«Ahorcar a los frailes con las tripas de los curas.»
La Traca, Valencia, 17 de julio de 1936
«La justicia del Frente Popular ha sido una historia terrible de atropellos… matar por matar, destruir por destruir; expoliar al adversario no beligerante como principio de actuación cívica y militar.»
Carta colectiva del episcopado (1 de julio de 1937)
Desde la proclamación de la República, la llamada «Biblioteca de los sin Dios» publicó títulos tan significativos como Jesús no fue cristiano, Jesucristo mala persona, Los apóstoles y sus concubinas, Origen nefando de los conventos, etcétera. Junto a ellos, periódicos como La Traca, El frailazo y otros, inspirados en el peor gusto, arremetían contra Jesucristo y su Iglesia, ridiculizando al Papa, a los obispos y a los sacerdotes, sin que autoridad alguna pusiera control a tanto desenfreno.
El lenguaje de los partidos de izquierdas y extremistas en general era demoledor contra los católicos y la Iglesia. El 30 de mayo de 1931, El liberal, de Madrid, llamaba al Papa «el negrero de todos los pueblos esclavos, judío de nacimiento, campeón del capitalismo, hijo legítimo de una judía holandesa». Y Mundo Obrero, el 5 de junio del mismo, decía que el Papa era «el general de los envenenadores del pueblo».
El semanario republicano de Albacete Eco del pueblo, el 10 de junio de 1931, comentó en estos burdos versos la reciente quema de conventos:
Obispos, curas y frailes,
no os metáis en jaleos,
porque pueden arder
hasta los mismos manteos.
Hablando en Valencia, por aquellas fechas, Ángel Pestaña dijo a propósito de los clérigos españoles que «si no se les podía borrar moralmente, había que eliminarlos físicamente».
En 1936 existían en España 146 diarios antirreligiosos, aunque no todos ellos difundían el ateísmo ni usaban la misma virulencia y léxico contra la Iglesia. El diario El socialista fue en este sentido uno de los más radicales. Los demás, en líneas generales, difundieron noticias falsas, inventadas, exageradas, manipuladas, que fueron creando un ambiente abiertamente hostil a la Iglesia y a todos sus símbolos, instituciones y personas.
Esta línea informativa se intensificó tras el 18 de julio en numerosas publicaciones.
Pero todavía hoy, sesenta años después, se siguen desempolvando frases sacadas de contexto y se lanzan afirmaciones genéricas que afectan por igual a toda la Iglesia, sin el mínimo espíritu crítico. Es el caso muy lamentable del citado estudio, que bajo el título «Rebelión y revolución», ha publicado Julián Casanova. Está repleto de falsedades, exageraciones y manipulaciones históricas que aparecen a todas luces evidentes. Ha sido incluido en una obra colectiva, de carácter tendencioso y sectario, que resulta indignante a estas alturas, teniendo en cuenta que en ella se asegura no querer levantar resquemores. Libro que, por otra parte, reabre la polémica sobre los muertos de la guerra, unos muertos que no descansan después de haberse matado los unos a los otros porque todavía hay quien disputa con afán ideológico sobre las cifras de los asesinados. Lo cual demuestra que la tan cacareada reconciliación entre los españoles está todavía muy lejos de conseguirse ya que siguen en alto las espadas.
Esta obra recoge lo «peor de lo peor». Uno de los apartados se titula «Ellos se lo buscaron», una frase que se repetía en la prensa libertaria y socialista. «Y se lo buscaron —dice el autor— porque “los poderes del clericalismo estuvieron siempre junto a los poderes del sable”». Que nadie se extrañe —añadía—, que las iglesias, “reductos fascistas por excelencia, hayan quedado reducidas a cenizas”. Curas reaccionarios, de “moral pervertida”, frailes “gandules” y monjas “estériles”, ¿cómo iban a salvarse de la “ira popular”? Con el clero no había pactos posibles. La mejor prueba de que el pueblo estaba solucionando el problema “en la calle”, al margen de las legislaciones gubernamentales sobre “clausura preventiva de las órdenes”. Solidaridad Obrera, que a mediados de agosto de 1936 pretendía tranquilizar a la pequeña burguesía sobre los posibles excesos de la revolución, en el asunto del clero no admitía concesiones: «Las órdenes religiosas han de ser disueltas. Los obispos y cardenales han de ser fusilados. Y los bienes eclesiásticos han de ser expropiados».
«De los reproches éticos y las actitudes ofensivas, elementos comunes a la cultura anticlerical de republicanos, socialistas y anarquistas desde principios de siglo, se pasó definitivamente a la acción. El intenso anticlericalismo del primer bienio republicano y de la primavera de 1936 nunca había ido acompañado de actos de violencia. Ni siquiera en los intentos insurreccionales anarquistas de 1932 y 1933 hubo excesos y venganzas anticlericales, aunque sí que aparecieron en Asturias en octubre de 1934. En el verano de 1936 se pasó de las palabras a los hechos porque la derrota de los sublevados y subsiguiente vacío de poder abrió un período de dislocación social, de absoluta liberación con los vínculos del pasado, incluidos los que marcaban la “decencia común”.»
«En realidad, toda esta práctica anticlerical no representaba un ataque a la religión como a una específica institución religiosa, la Iglesia católica, estrechamente ligada, según se suponía, a los ricos y poderosos; y los actos de profanación de imágenes religiosas no eran un intento de destruir el poder o símbolo sagrado —que para el iconoclasta no tenía ninguno— sino de demostrar su “inutilidad” y a la vez su impotencia frente a los ataques sufridos. Pero para muchos, incluidos los incrédulos, significó una profunda conmoción en sus hábitos y en su percepción del orden social.
»Religión y anticlericalismo se sumaron con ardor a la batalla que sobre temas fundamentales relacionados con la organización de la sociedad y del Estado se estaba librando en territorio español. El anticlericalismo pudo ser útil al principio, para derribar los restos de lo que se consideraba el viejo orden, pero para lo que de verdad sirvió fue para que los vencedores ajustaran cuentas con los vencidos, recordándoles durante décadas los efectos devastadores de la matanza del clero y de la destrucción de lo sagrado.
»La guerra civil adquirió así una dimensión religiosa que condenó el anticlericalismo a pasar a la historia como una ideología y práctica negativas, con una visión particular de la verdad, de la sociedad y de la libertad humanas. Después de la guerra, las iglesias se llenaron de placas conmemorativas de los “caídos por Dios y la Patria”. Todavía hoy el Vaticano eleva a los altares a las víctimas de la “barbarie roja”, mientras se sigue pasando un tupido velo por la “limpieza” que en nombre de Dios emprendieron gentes piadosas y de bien.»
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