En el Palacio de la Zarzuela, el 23 de julio de 1969, Juan Carlos aceptaba su designación como sucesor del Caudillo. Lo hacía con unas significativas frases: “Formado en la España surgida el 18 de julio, he conocido paso a paso las importantes realizaciones que se han conseguido, bajo el mando magistral del Generalísimo”. Ante las Cortes españolas y en presencia de Franco el Príncipe reconocerá la legitimidad del 18 de julio que le permitirá ser un día rey:
“Quiero expresar, en primer lugar, que recibo de Su Excelencia el Jefe del Estado y Generalísimo Franco, la legitimidad política surgida el 18 de julio de 1936, en medio de tantos sacrificios, tantos sufrimientos, tristes, pero necesarios, para que nuestra Patria encauzase de nuevo su destino.
España, en estos últimos años, ha recorrido un importantísimo camino bajo la dirección de Vuestra Excelencia. La paz que hemos vivido, los grandes progresos que en todos los órdenes se han realizado, el establecimiento de los fundamentos de una Política Social son cimientos para nuestro futuro. El haber encontrado el camino auténtico y el marcar la clara distinción de nuestro porvenir son la obra del hombre excepcional que España ha tenido la inmensa fortuna de que haya sido, y siga siendo por muchos años, el rector de nuestra política”.
Al acabar la ceremonia Franco le dijo a Juan Carlos: “no sabía yo, príncipe, que hablara usted tan bien”. El ya sucesor le comentó: “Mi general, usted me ha sometido a tantas sorpresas que alguna le tenía que dar yo”. Pero si creemos al propio Juan Carlos, aquel día, pese a que tanto Carlos Ollero como Torcuato Fernández-Miranda le habían tranquilizado con una interpretación discutible de la legalidad vigente, le acompañó la sombra de la conciencia: “son muy pocos los que hablan de lo mal que lo pasé yo antes de prestar un juramento de fidelidad a unos principios que yo sabía que no podía respetar”.
Aquel día Franco estaba exultante, emocionado porque era la coronación de su obra política. Unos días después envió a Juan Carlos una nota de su puño y letra: “Estoy seguro de que servirá siempre a España con lealtad y que hará honor al juramento pronunciado ante las Cortes y al que en su momento deba hacer para respetar las Leyes Fundamentales del Reino”. Cuando en Navidades se dirija a los españoles el Caudillo recapitulará sobre lo conseguido y lo que espera para el nuevo decenio:
“Como dije en la memorable sesión del 22 de junio último, la sucesión a la Jefatura del Estado constituirá en el futuro un hecho normal que viene impuesto por la condición perecedera de los hombres. Si Dios nos sigue otorgando su protección, de la que tan señaladas muestras tenemos, la decisión adoptada ese día como una prudente previsión de futuro, aceptada por la nación, librará a España de las dudas y las vacilaciones que pudieran suceder cuando mi Capitanía llegue a faltar.
La permanencia inalterable de los Principios del Movimiento, la solidez del sistema institucional del Estado y la designación y juramento prestado por el Príncipe de España, de cuya lealtad y amor a la Patria ha dado sobradas pruebas, son firme garantía de la continuidad de nuestra obra.
Esta es la obra común que hemos venido levantando a lo largo de estos años. Sus frutos están a la vista de todos. El desarrollo económico y social que la sociedad española ha experimentado es patente.
En la década que ahora se cierra, la renta nacional, en pesetas constantes, se ha duplicado, habiendo crecido a un ritmo medio anual superior al de los países del Mercado Común.
Este crecimiento se ha reflejado en el nivel de vida de todos los españoles. En esta década se han construido el 85% de los automóviles que circulan por nuestras calles y carreteras; se han instalado el 60% de los teléfonos existentes, y se construyeron 1.175.000 nuevas viviendas, lo que representa que en este decenio han estrenado casa unos cinco millones de españoles.
En cuanto al turismo hemos pasado de poco más de cuatro millones de personas que nos visitaron en 1959 a 21 millones de turistas este año.
El esfuerzo realizado en favor de la enseñanza a todos sus niveles ha sido gigantesco. Durante estos diez años se han construido 35.000 centros de enseñanza primaria, con la creación de más de un millón de nuevos puestos escolares; 1.800 nuevos centros de enseñanza media, cuyo total de alumnos ha pasado de 670.000, en 1959, a 1.700.000 en 1969. Respecto a la enseñanza superior, el número de estudiantes ha pasado de 81.000 en el curso 59-60, a 172.000 en el actual.
Pero lo más importante es que en este período la sociedad española ha cobrado conciencia de que la extensión de la enseñanza y la igualdad de oportunidades son el mejor motor y la más segura garantía de su futuro. En los Presupuestos Generales del Estado, los créditos correspondientes al Ministerio de Educación y Ciencia han llegado a ocupar el primer lugar por su volumen. La década de los años setenta se inicia con la creación de nuevas universidades y el renovado empeño de construir un sistema educativo adecuado a nuestra época.
No puede concebirse el desarrollo económico del próximo decenio sin unas bases sólidas de estabilidad de precios y de pleno empleo. La estabilidad es condición indispensable para el óptimo aprovechamiento de los recursos con que cuenta el país. Solo manteniendo la estabilidad se asegura un crecimiento real del poder adquisitivo de los salarios. Por el contrario, el fácil camino de la expansión incontrolada constituye un espejismo, obligaría a soportar unos costes sociales demasiado elevados y pondría en peligro las fuentes del crecimiento futuro. Por ello, es preciso ceñirse al ritmo de marcha de lo programado, de acuerdo con lo que permite el potencial de nuestra economía, en la seguridad de que de este modo llegaremos antes y sin tropiezos a las elevadas metas a que todos aspiramos”.
Franco continuó blindando a la joven pareja incrementándose la cercanía con ellos. Los historiadores, a falta de hechos concretos, tenemos el testimonio de las fotografías y de las anécdotas de todo tipo que se encuentran en tantas y tantas publicaciones. Quedan cientos de fotos en las que se ve a un Franco sonriente cuando estrecha la mano a Juan Carlos al llegar a una cacería o a cualquier encuentro no oficial. Queda para el recuerdo el gesto y la expresión de Franco cuando en las Cortes españolas, tras la designación de Juan Carlos como su sucesor, estrecha la mano al Príncipe.
“La gente —confiesa doña Sofía a su biógrafa— pensaba que estábamos padeciendo un humillante sometimiento, que estábamos debajo de la bota de Franco; pero Franco no mandaba sobre el Príncipe, ni trataba de tenderle trampas. Mi marido tomaba las iniciativas, y le proponía lo que iba a hacer, lo que él pensaba que debía hacer. Le exponía un programa, pero no le pedía consejo. Y Franco nunca le dijo nada. Claro que el Príncipe siempre planteaba cosas razonables. Pero Franco le dejaba hacer. Le quería como un hijo, es verdad. Yo notaba, aunque Franco no era expresivo, que se alegraba con la presencia de mi marido. Le gustaba verle. Se le ponían brillantes los ojos. Le quería como el hijo que no había tenido […] Por otra parte, el Príncipe tenía un gran instinto político, y humano, para moverse con Franco […] En cuanto a mí no me humillaba estar bajo Franco. No me sentía dominada por él. Al contrario, siempre me sentí respetada y tratada por quien yo era: siempre me habló como un general habla a una princesa […]”
El trato con la familia Franco era un poquito banal […] Hubo una relación cordial con los marqueses de Villaverde, pero no fuimos amigos de ellos. Ni de doña Carmen ni del propio Franco. Nunca nos tuteamos. Ellos nos llamaban “alteza”. Tuvimos una relación correcta, amable. Y llegada la hora difícil, cuando ellos tenían que dejar todo el poder que habían disfrutado, la verdad es que lo hicieron con gran discreción y sin crear una sola dificultad […] Los amigos eran mis hijos y los nietos de Franco. Jugaban juntos, de niños, siguen siendo amigos, y se tutean desde siempre. Incluso algunos nietos de Franco aceptan la monarquía […] Doña Carmen Polo era muy amable conmigo. No tuve el menor problema con ella. Era una mujer de su época, por cultura, por formación. Era discreta. No se entrometía en la vida nuestra. Tenía su propio mundo, sus amigas, sus reuniones de señoras mayores. Ay, era muy leal a su marido. Le adoraba como a un dios. Me atrevería a decir que era su mayor entusiasta.
No se puede negar que hemos estado aquí, viviendo con Franco durante el franquismo. Yendo a los desfiles de la Victoria, o a los jardines de la Granja los 18 de Julio, apareciendo el Príncipe detrás de Franco en la Plaza de Oriente… Es la historia. No se puede negar. ¡Sería negar nuestra vida!
Entonces eso se veía normal. Él había venido aquí desde niño para educarse en la realidad española. Vivía en el franquismo. No pensábamos que pudiera perjudicarle más que no estar. Al contrario, si actuaba con talento y con prudencia esa era la puerta para poder llegar a ser rey. Él iba a todos los desfiles de la Victoria. Incluso había desfilado cuando era cadete. Después fue un oficial de ese mismo ejército, aunque no hizo la guerra civil, porque cuando estalló ni siquiera había nacido. Yo, desde que vine, también iba a esos desfiles. Mi puesto era en la tribuna de enfrente, con doña Carmen”.
Quizás, para entender esa relación familiar, a partir de las anécdotas, nada tan ilustrativo como lo acontecido en el verano de 1969, el primero que Sofía y Juan Carlos compartieron con Franco y su familia en el Pazo de Meirás. Rompieron la cama. Al día siguiente es fácil imaginar el ambiente. Franco, sonriendo, se limitó a decirle al Príncipe: “mandaré cambiar la cama”.
No muy distante es lo sucedido cuando por vez primera actuaron los coros del Ejército Rojo en el Teatro Monumental de Madrid, la Princesa acudió con sus hijas a verlos en una función con poco público. Al acabar la función el director pidió a Sofía y a sus hijas que subieran al escenario a saludar con ellos. Aquello no debió de sentar bien porque en el fondo era el Ejército Rojo y fueron con el cuento a Franco para desprestigiar a Sofía. Fiel a su costumbre solo sonrió. Por su parte, doña Sofía, algunas décadas después de la muerte del Caudillo, recordó a Pilar Urbano que “la España que yo conocí, más que una dictadura era una dictablanda… [Franco] era monárquico… era un dictador pero no un tirano”. Preston, por su parte, también tiene que asumir que ese era el pensamiento de Juan Carlos a tenor de lo que había visto desde su llegada al país: “el Franco paternal que conoció Juan Carlos parecía más benévolo que dictatorial”.
Cierto es que no todo estaba hecho. La aceptación de 1969 era para Franco definitiva, siempre que Juan Carlos cumpliera con lo establecido. El Príncipe, por su parte, reiteró en diversas ocasiones su compromiso, como lo hizo en febrero de 1970 ante una de las organizaciones del Movimiento, la Guardia de Franco que acabaría imponiéndole el emblema del yugo y las flechas en oro:
“Vosotros estáis integrados en una organización que, de acuerdo con el artículo 8 de los Estatutos del Movimiento y Leyes fundamentales del Reino. Habéis jurado servir a España; yo, también; habéis jurado fidelidad a los Principios del Movimiento y a las Leyes Fundamentales; yo también; habéis jurado lealtad a Franco y a lo que Franco significa; yo, también; queréis para España el esfuerzo continuado que le asegure su grandeza y su lealtad; yo también quiero lo mismo”.
Palabras similares, de elogio y afecto a Franco se sucedieron. Así el 3 de marzo de 1970, durante una recepción a la dirección de la Hermandad de Alféreces Provisionales, afirma: “la tarea que estamos comprometidos responde a las constantes históricas de nuestra Monarquía secular y por ello, Franco ha querido dejar bien sentado que sea esta forma de gobierno tradicional la que herede el Estado surgido con el esfuerzo y la sangre de los mejores. He jurado lealtad a los Principios Fundamentales del Movimiento, ideales por los que murieron vuestros compañeros en la Cruzada. Sobre estos ideales tenemos que basar el desarrollo del país, buscando sin desmayo la grandeza de España. Unos meses después en la Escuela de Estado Mayor, al hablar de las virtudes militares explica que estas “difícilmente se encuentran juntas y de las que tenemos el mejor ejemplo en el Generalísimo Franco, que nos ha dado constantes muestras a lo largo de una vida entregada a la Patria”. Y en septiembre, en Ceuta, arenga a los legionariosde este modo:
“Mi recuerdo y el de todos vosotros va en estos momentos hacia el comandante de la 1ª Bandera, nuestro Generalísimo Franco, de quien os traigo un cariñoso saludo. Su prestigio militar alcanzado en estas tierras, su victoria en la Cruzada, su obra ingente en la paz señalando la base de nuestro desarrollo y nuestro progreso, hacen que aquí, ante esta guarnición de Ceuta y ante la Legión a la que tanta gloria dio, le expresemos el profundo reconocimiento de los soldados de España”.
