INTRODUCCIÓN
Tras los primeros pronunciamientos de Pío XI y Pío XII, el reconocimiento del martirio cristiano durante la Guerra Civil Española continuó de forma sostenida a lo largo de los pontificados de Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II. Cada uno, desde su sensibilidad pastoral y su contexto histórico, abordó la cuestión con un mismo fondo doctrinal y espiritual.
Juan XXIII impulsó la continuidad de los procesos canónicos iniciados en España, reconociendo el testimonio de fe de sacerdotes, religiosos y seglares asesinados in odium fidei. Pablo VI, con prudencia y sentido de oportunidad, optó por una pausa reflexiva que permitiera examinar las causas con mayor serenidad. Finalmente, Juan Pablo II dio un decidido impulso a la culminación de los procesos, convencido de que el reconocimiento del martirio no debía quedar bloqueado por consideraciones políticas.
JUAN XXIII
En la misma línea, veinte años más tarde, Juan XXIII, en un mensaje al cardenal arzobispo de Tarragona, declaraba:
«Todavía están recientes los sufrimientos de los sacerdotes, religiosos y seglares que en esa archidiócesis —igual que en toda la católica nación española— dieron pruebas del amor que tenían a su fe y de la poca estima de las cosas terrenas.
Por eso nos ha sido muy grato saber que en la peregrinación que se prepara para visitar la iglesia de San Fructuoso de Capodimonte y la Ciudad Eterna traerán los procesos canónicos de estos siervos predilectos de Dios, para someterlos al juicio de la Santa Sede».
De hecho, durante el pontificado de Juan XXIII continuaron los procesos canónicos diocesanos de muchos presuntos mártires y fueron llevados a la Santa Sede.
Se refiere al proceso de los mártires de Tarragona, donde fueron asesinados el obispo auxiliar, doctor Manuel Borrás, y setenta sacerdotes diocesanos, además de numerosos religiosos (cf. Ecclesia, 31 de enero de 1959, p. 6).
Lo testimonia el obispo Mons. Pía Gandía en Del Carmelo al Calvario, carta pastoral, Boletín Oficial del Obispado de Sigüenza-Guadalajara, 128 (1986), pp. 371–532, de donde se han tomado buena parte de los datos para esta presentación.
PABLO VI
Durante el pontificado de Pablo VI siguieron presentándose en Roma numerosos procesos de mártires. Sin embargo, este Papa, por razones de oportunidad y diversas circunstancias, dejó con muy buen criterio paralizados estos procesos, esperando tiempos más oportunos o más de acuerdo con los planes de la Providencia.
En efecto, el paso del tiempo ha permitido examinar con mayor serenidad las numerosas causas.
JUAN PABLO II
Esta oportunidad ha llegado con el actual pontífice Juan Pablo II, quien en el mes de marzo de 1982 manifestó a los obispos de la provincia eclesiástica de Toledo que tenía intención de impulsar la canonización de los mártires de la persecución religiosa española y que no se paralizarían los procesos
«por ciertos pretextos políticos, que ya en tiempo de los romanos se alegaban contra los mártires».
La Providencia ha querido concedernos un Papa que ha conocido en su propia carne y en la de su patria el odio hacia todo lo religioso, y en especial lo cristiano, por parte de ideologías totalitarias y anticristianas de uno y otro signo. El Papa que ha canonizado al P. Maximiliano Kolbe —a quien Pablo VI beatificó— y ha beatificado al P. Tito Brandsma y a la carmelita de origen judío Edith Stein, todos ellos víctimas del nazismo anticristiano, ¿cómo no había de promover la terminación de los procesos canónicos de quienes también murieron por la fe, víctimas de la ideología marxista?
Ha llegado el momento de reconocer oficialmente este testimonio o martirio, con los más sinceros deseos de reconciliación y con el perdón a quienes fueron inductores o ejecutores, pero también sin miedo alguno a la verdad y sin complejos de ningún tipo.
Pasados cincuenta años de aquella tragedia, muchos obispos pidieron la conclusión de procesos que estaban en fase muy avanzada de estudio. Juan Pablo II accedió a ello y procedió a las primeras beatificaciones. Actualmente, en la Congregación para las Causas de los Santos están pendientes 130 procesos, que comprenden unas 1.500 víctimas, escogidas en su mayor parte de los casi 7.000 eclesiásticos asesinados.
Pero entre ellos hay también varios procesos de hombres y mujeres seglares, muchos de ellos militantes de Acción Católica y de otras asociaciones confesionales.
CONCLUSIÓN
El magisterio de Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II sobre el martirio cristiano en la Guerra Civil Española muestra una clara continuidad doctrinal unida a una evolución pastoral. La Iglesia no renunció a la verdad histórica ni al reconocimiento del sacrificio de quienes murieron por su fe, pero supo esperar el momento oportuno para hacerlo con serenidad, sin ánimo de revancha y con un firme deseo de reconciliación.
El impulso definitivo dado por Juan Pablo II permitió que numerosos procesos llegaran a término, reconociendo oficialmente a miles de víctimas —clérigos y seglares— como testigos de la fe cristiana. Este reconocimiento, acompañado explícamente del perdón a los perseguidores, sitúa el martirio no como elemento de división, sino como memoria espiritual que invita a la verdad, a la justicia y a la paz, cincuenta años después de una de las tragedias más profundas de la historia de España.
