LA ANCIANIDAD
Todos los pueblos del mundo han rendido honores a la ancianidad.
Los ancianos han sido siempre los jefes, los jueces, los consejeros, los jerarcas.
Un anciano que ha llevado una vida honrada es una lección viva en la que debe aprender la juventud: esa lección nos habla de constancia, paciencia, lucha, sacrificio y dolor. Y también de triunfo. Llegar a una ancianidad sana y optimista es una magnífica victoria sobre la vida.
España ve en la ancianidad la rica vena de la tradición.
El Estado español, lejos de abandonar a los ancianos, los acoge amorosamente y les asegura el tiempo que les queda de vida.
En otros tiempos, el trabajador miraba con angustia el día en que ya no podría trabajar ni ganarse un jornal. «¿Qué será de mí?» —decía.
Ahora ya no tiene que pensar en eso. El Estado ha creado el seguro de vejez, y cuando un anciano no pueda trabajar más, seguirá cobrando su jornal exactamente igual que si trabajase. Y si no tiene quien le cuide, podrá ir a un Asilo lleno de luz y alegría donde nada le faltará y le atenderán mejor que si estuviera en su casa.
Bien está que el Estado piense en los ancianos, pero que piensen también los hombres en su futura ancianidad. Cuando yo sea mayor, también pensaré en la mía y contribuiré con el Estado a asegurarme una vejez tranquila, hasta que Dios sea servido de llamarme.

