El catalanismo político fomentó la divulgación y el uso de la lengua catalana en los ámbitos urbanos, principalmente en las clases medias, a diferencia de las populares castellanoparlantes. Durante el periodo republicano el catalanismo estuvo nucleado en torno a dos partidos políticos; Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), con un discurso laicista y federalista, se relacionó con la izquierda de ámbito nacional; y la Lliga Catalana, partido del histórico Francesc Cambó, representativo del espacio derechista, reflejo de los sectores empresariales y de profesionales liberales. El estallido de la guerra civil provocó la revolución social y la persecución religiosa, siendo los lligistas perseguidos y asesinados junto al resto de las fuerzas no frente populistas.
José María Fontana, en su libro Los catalanes en la guerra de España describe el exilio y apoyo catalán al bando nacional. En la construcción del nuevo Estado, los lligistas y los falangistas catalanes, defendieron su bilingüismo. En 1951, hará su aparición el Premio Nadal para obras publicadas en catalán. El gran auge de los premios literarios en catalán se fijará entonces, con un fuerte protagonismo de Josep María Cruzet. De este modo surgieron premios como el Rafael Campalans destinado a estudios sociales, el Amadeu Oller para poesía inédita, varios para el teatro (Folch i Torres, Ruyra y Sagarra) y para ensayos religiosos como el Carles Cardó. En 1960 aparecerá el premio Sant Jordi. Entre las obras más significativas de la época brillan con luz propia el Carrer estret de Josep Plá, y el Final de Laberint de Salvador Espriu.
Entre las personalidades más destacadas de la cultura catalana del momento, podemos destacar a Josep Pla, principal periodista y escritor en lengua catalana y castellana, que ha sido el más leído en catalán en los últimos 25 años. Otro de los más destacados fue el filósofo clasicista, Eugeni D’Ors. En París le sorprendió la Guerra Civil española. Allí permaneció acongojado por el conflicto que asolaba España, hasta que a mediados de 1937 se trasladó a Pamplona, donde reanudó su Glosario en el diario Arriba España, y comenzó a colaborar en la reorganización de las instituciones culturales del bando nacional, en cuyo ejército combatían sus tres hijos. En 1938, participó en la creación del Instituto de España, del que fue nombrado Secretario Perpetuo, que era la unión de las Academias. Fue nombrado también Jefe Nacional de Bellas Artes. En esa condición consiguió reunir en Ginebra y recuperar para el nuevo Estado Español los tesoros del Museo del Prado que habían sido robados por el anterior gobierno de la República durante la guerra. Aunque el más conocido internacionalmente será Salvador Dalí. Quien, en su juventud, aunque estuvo relacionado con el anarquismo y el comunismo, los acontecimientos de la guerra civil en su querida Cataluña y en su familia, le influyeron en la evolución de su pensamiento. Otra causa fue también el liderazgo autoritario de André Bretón, trotskista de formación, del mundo artístico. Finalmente, el bombardeo atómico de Japón le llevó a su vuelta al catolicismo, a su querida Cataluña y la crítica a la izquierda por su persecución religiosa, declarándose defensor de Franco.
En cuanto a la difusión de la cultura vasca, en 1949 se publicó Arantzazuko Poema del franciscano Salbatore Mitxelena. La Escuela del Monasterio de Arantzazu y sus publicaciones (Aranzazu, Jakin, Egutegia, etc.) fueron la punta de lanza del renacimiento en lengua euskérica, junto a la Diputación foral de Navarra que se prodigó con publicaciones como Fontes Linguae Vasconum, Cuadernos de etnología y etnografía de Navarra o la revista en euskera Principe de Viana. No obstante, la principal institución de la recuperación del euskera sería Euskaltzaindia. En 1956, Euskaltzaindia inició sus actividades con el primer congreso de la postguerra en Arantzazu. La década que siguió (1956-1968) correspondió a una nueva generación de colaboradores, a la introducción creciente del euskera en los centros escolares bilingües de iniciativa social no-pública (ikastolak), la renovación de la prensa euskérica, y los primeros intentos de alfabetización en euskera, etc.
Uno de los responsables de aquel renacimiento fue Antonio Arrue, que fue nombrado académico de Euskaltzaindia en 1954. Un año antes, se había destacado por entrar en la dirección de la revista Egan, que dependía de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País. Arrue fue procurador de Guipúzcoa en las Cortes de Madrid, por el tercio familiar, en la legislatura comprendida entre 1967 y 1971. Gracias a su esfuerzo y al de los frailes franciscanos, la literatura en euskera volvió a adquirir fuerza en los años sesenta, ante el desarrollismo económico y la aparición de una nueva generación de autores que fueron demandados por una clase media urbana interesada en leer en euskera.
El año 1964 se publicó Harri eta Gabi, un libro de poemas, escrito por Gabriel Aresti, en el que por primera vez se rompía la orientación religiosa que siempre había tenido la literatura en euskera. En 1957 José Luis Alvarez Emparanza Txillardegui había marcado una nueva etapa en la novela vasca, con él comienza la novela de personaje en la que no se describen paisajes o tradiciones, sino que se plantea la problemática del mundo interior de los protagonistas. El autor más relevante en los últimos años será Bernardo Atxaga, que publicó en 1972, Obabakoak, una obra experimental que triunfará de manera destacada.
En cuanto a la literatura vasca en castellano, el académico de la lengua Juan Antonio Zunzunegui, ahondó en el costumbrismo con El supremo bien, el barco de la muerte y la quiebra. Ignacio Aldecoa, con su transparencia y sencillez, llega al control perfecto del lenguaje a través de El fulgor y la sangre y Con el viento solano. Luis Martín Santos, con Tiempo de silencio, escribe una obra excepcional, que intenta seguir la línea del pesimismo de la generación del 98 y el sentido crítico que se origina con Quevedo. Los poetas Blas de Otero y Gabriel Celaya serán los principales poetas contemporáneos con una temática central de protesta social. Entre las obras del primero destacamos Cántico espiritual y Ángel fieramente humano. Celaya conoció el surrealismo llegando a la lírica de acción, término que significaba que la poesía era un instrumento para transformar el mundo. Obras suyas son Marea de silencio y La soledad cerrada.
En el mundo de la escultura, a partir de 1950 surgirá un grupo de vanguardia formado por Jorge Oteiza, Eduardo Chillida, Néstor Basterretxea, José Manuel Alberdi, Remigio Mendiburu y Agustín Ibarrola, quienes intentarán plasmar de forma novedosa la identidad de ser vasco, con un uso de materiales que hacen alusión a la fenicia del hierro, pero también a la tradición de la tierra. Los apóstoles de la Basílica de Aránzazu, será la obra más importante y destacada de Jorge Oteiza.
