Pero no sólo el Alcázar ha quedado en ruinas, toda la ciudad de Toledo ha sufrido las consecuencias de la destructora ideología marxista.
En primer lugar, las Iglesias, y las obras de arte religioso. Durante siglos se viene atacando, parcialmente, a la Religión católica en todas sus manifestaciones de vida espiritual. Pero en Julio del 36, llegó la hora del ataque a fondo, total; y tuvo lugar principalmente aquí, en nuestra España, que era la que totalmente, y a fondo, la venía defendiendo, desde la Reforma. Se ataca la idea de Dios, principalmente, y su vigencia en el corazón y en el pensamiento de los hombres. Pero como el espíritu es uno, atacar a Dios era lo mismo que atacar al espíritu en sus creaciones más altas. También se atacaba a España, en su tradición latente e imperiosa, aprovechándose de la debilidad que creaba su actitud unitaria interrumpida. Y atacar significaba destruir, porque no se podía levantar nada grande ni bello, frente a la lección solemne del pasado.
Esta lección, los más sutiles, la deformaban, los más bárbaros se la cargaban tranquilamente. Atacaban a Dios, a la Patria y también a los muertos, a la muerte misma, porque para el hombre sin espíritu, la muerte es la nada.
Antes de toda determinación doctrinal, antes de todo concepto, y aún de toda propaganda, ¡qué efluvio malsano desprendía de sí el marxismo! Ante la más ligera afirmación de materialismo, todo corazón noble y generoso tiene que encabritarse, como un pura sangre, aunque no sepa bien el motivo por qué se encabrita.
Pero hoy, ya sabemos bien el motivo. Nadie puede hacerse el sordo, ni el ciego. Limitándonos a Toledo, ahí están sus Iglesias destrozadas —una perfecta labor, un buen trabajo al estilo de Moscú, por cierto—: La Magdalena, San Juan de la Penitencia, el convento de la Concepción, San Miguel, con sus muertos «al servicio del pueblo», San Pedro Mártir, San Clemente, San Lorenzo. Las que aún quedan de pie, han sufrido saqueo y profanación. Todas pueden presentar los méritos de su Pasión ante el Trono del Padre.
En el Hospital de Santa Cruz, que era Museo Provincial, estaban reunidas muchas joyas de la pintura española, para que los destructores pudieran hacer grandes destrozos en poco tiempo. ¡Qué hermoso campo de experimentación se ofrecía ante sus ojos! Allí iban a poder llegar a la plenitud de su ser, en un momento. El cuchillo, —santificado por la familiar participación del pan de cada día— y el hacha, —que poda sabiamente los árboles para que retoñen con más pujanza, o los derriba del todo para poner su madera al servicio de las más bellas construcciones—; el cuchillo y el hacha rasgaban y hendían, no sólo la materia, sino la forma artística y su alto valor espiritual. Y lo hacían sin motivos concretos, sino movidos por un sólo principio fundamental: la negación marxista del hombre que se había apoderado de la masa.
En el Hospital Tavera, la efigie de su fundador es mutilada en el mármol y en el lienzo. En la Catedral, el Tesoro ha sido robado, cuando no se ha perdido sin provecho, pero confirmando así, mejor, la intención de la obra demoledora.
El Zocodover, con su Arco de la Sangre, ha desaparecido. Y la Posada de la Sangre, también. Y profanado, al par de tantos otros, el antiguo recinto del milagroso Cristo de la Vega.
No podemos aquí lanzar ampliamente, a los cuatro vientos, nuestra lamentación por la ciudad histórica, habitada durante algunos meses por las consignas marxistas. Lamentación que tendría que ser una mezcla de imprecación y de oración tiernísima. Hoy ya, lloramos sobre Toledo con la alegría de España, salvada por el genio militar del Caudillo, desde la más sobria y rica doctrina, católica y española, de José Antonio. La obra del espíritu comienza por las armas. Y nuestro triunfo se funda en la más firme calidad humana de los que lo consiguen.
España está henchida de promesas y empiezan a ser realidad en ella los anhelos más puros de la juventud que combate, muere y triunfa. De la juventud que ha tenido y tiene siempre el más sincero y cálido elogio merecido, en los labios —y en el corazón— de Franco.
¡Juventud triunfante en la muerte y en la vida: Toledo destruida, es una prueba cierta de lo que tu actitud de servicio y sacrificio ha hecho por España!
