El patrimonio de Franco
En tiempos recientes se ha venido hablando mucho, pero sin documentación alguna y sin fundamento serio, acerca del supuesto y abultado patrimonio de Francisco Franco y del legado multimillonario que hubiera podido dejar a su familia. No ha quedado cuantificado en dichas argumentaciones periodísticas de qué montante de dinero o bienes se habla, aunque sí se han identificado algunos bienes, tales como el famoso Pazo de Meirás o el castillo de Hoyo de Manzanares del Conde de las Almenas, conocido como “Canto del Pico”, frente a Torrelodones.
En otras muchas ocasiones se ha confundido el patrimonio personal de Franco con las fortunas —o ruinas— de algunos de sus descendientes, muchos de los cuales han tenido, lógicamente, sus propias carreras profesionales e incluso se ha dado el caso de confundir el patrimonio de Franco con algunos de sus descendientes que ni siquiera habían nacido cuando el general Franco murió en noviembre de 1975, hace ya la friolera de 43 años.
Transcurrido ya todo este tiempo, casi medio siglo, sorprende que surjan ahora las acusaciones contra el origen de sus bienes, cualesquiera que fueran, especialmente si tenemos en cuenta que además se han sustanciado derechos de herencia hace años y que ha habido legados y testamentarías diversas en tanto tiempo. Resulta extraño que sea ahora cuando se pone el dedo en la llaga sobre el patrimonio de Franco cuando nunca antes se había hecho.
Quiénes son los que lo hacen y con qué motivo es lo que debe ponernos sobre la pista de los objetivos: se trata, como se intentará demostrar más adelante, simplemente de propaganda infundada diseminada no ya por sus detractores o adversarios políticos, si es que alguna vez los tuvo a parte de los líderes de la Unión Soviética que apoyaron con sus divisas grupos terroristas en suelo español como ETA, sino por políticos actuales de nuevo cuño —que no vivieron la Guerra Civil como sus padres o sus abuelos— y que buscan ensalzarse en el rencor generando odio.
El argumento del tiempo transcurrido desde la muerte de Franco hasta nuestros días no es baladí en este asunto, pues si hubiera habido irregularidades y no se hubieran investigado antes se habría incurrido por parte de alguien en encubrimiento y, en todo caso, si las hubiera habido, lo que no ha podido ser demostrado, estarían ya absolutamente prescritas.
Lo que parece claro a ojos de cualquier investigador que se acerque al asunto con los datos o pruebas de quien acusa, que no pasan de mera especulación periodística, es que se trata de acusaciones veladas sin fundamento que lo que realmente pretenden es hacer daño a la imagen y figura de Franco y desprestigiar su imagen, poniéndola a la altura de un déspota cualquiera de los muchos que hubo en Europa del Este durante la era del comunismo soviético.
Como el dictador polaco Wojciech Witold Jaruzelski, que fue general y presidente de Polonia entre 1981 y 1989, poco antes de la caída del comunismo; el dictador comunista de Rumanía Nicolae Ceaușescu, que murió fusilado por sus propios “camaradas”, acusado de genocidio y nepotismo junto a su esposa; o el dictador comunista de la República Democrática Alemana (RDA), Erich Honecker, que tuvo que exiliarse a Chile hasta su fallecimiento en 1994 tras la caída del Muro de Berlín para no ser enjuiciado en la nueva Alemania reunificada.
Algunos de los procesos judiciales que tenía pendientes guardaban relación con la dureza con la que reprimió la oposición interna a su régimen o las ejecuciones sumarias de casi 200 personas que intentaron cruzar el Muro de Berlín, aunque también se le acusaba de nepotismo: su propia esposa, Margot, fue ministra de Educación Popular.
En España no cayó ningún régimen al fallecimiento de Franco; todo lo contrario, se sucedió a sí mismo en la figura de Su Majestad el rey Don Juan Carlos I, cuya coronación estaba ya prevista en la Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado de 1947, en la que se establecía que España era un Reino.
El proyecto de esta ley fue remitido por el Gobierno a las Cortes españolas el 28 de marzo de 1947, aprobado en sesión del 7 de junio de 1947 y sometido a referéndum el 6 de julio de 1947, entrando en vigor el 26 de julio de 1947.
Esta ley es la que propició realmente que hubiera transición en nuestro país y que se produjera la sucesión al generalísimo Francisco Franco como jefe del Estado en la figura de Don Juan Carlos I, a título de rey o de regente del Reino; un reino que había ido cercenado por la dictadura que surgió en los últimos momentos de la II República, en la que, tras el destronamiento del abuelo de nuestro rey emérito, Alfonso XIII, se produjeron asesinatos como el del diputado Calvo Sotelo, persecuciones y proclamaciones absurdas como la de la República de Cataluña, que tuvo que ser cortocircuitada por el mismísimo presidente de la República Indalecio Prieto en 1934.
Es por ello un sinsentido que se pretenda ahora venir a enjuiciar por algunos iletrados el hecho inconmensurable de que Franco pudiera “haberse forrado” a costa del ejercicio de su cargo como jefe del Estado.
La administración que se desarrolló durante el periodo de Franco como jefe del Estado no permitía muchos privilegios, y es conocido el hecho de que incluso algunos de los altos cargos podían caer en desgracia por tal o cual corruptela, infidelidad o manoseo en algún negocio poco claro.
Mucho menos hubieran consentido los miembros de su equipo o de los sucesivos gobiernos que el propio Caudillo, un hombre de formación militar, austero y poco derrochador, y mucho menos presumido, hubiese buscado forma alguna de enriquecerse a costa de un pueblo que estaba intentando, con gran esfuerzo, sacar la cabeza sobre otras naciones del mundo y recuperar su espíritu positivo y su orgullo herido.
Pero hay varios motivos que nos inducen además a pensar que este cúmulo de falsedades en torno a las supuestas riquezas de Franco son una falacia que no guarda ningún tipo de fundamento, a saber:
Nunca jamás hubo sospechas, denuncias o campañas exteriores acerca de tales hechos durante el periodo en vida de Franco.
Ni fuera ni dentro de España se produjeron dudas, rechazos o denuncias acerca de tal o cual origen del dinero o patrimonio de Franco.
Conociendo los detractores hacia España en el extranjero y los enemigos exiliados que tenía Franco, resulta raro que no se emprendiera contra él y contra el Estado algún tipo de campaña que lo acosara en este sentido. Es conocido el hecho de que este tipo de campañas hacen mella en la credibilidad de los líderes y que socavan sus apoyos incluso en el interior. Los efectos sobre Franco lo habrían hecho caer antes de su fallecimiento, sin duda, sin tener que esperar a su muerte. Que no lo aprovecharan sus enemigos en la época en que se produjeron no tiene sentido.
Nunca durante el tiempo en que vivió Francisco Franco hubo ninguna duda acerca de sus finanzas privadas. Incluso durante su mandato como jefe del Estado de España, su nómina en el ejercicio de tal cargo fue modesta y nada excesiva si la comparamos con los jefes de Estado de otros estados europeos salientes de la Segunda Guerra Mundial, como Francia, la República Federal de Alemania o Reino Unido.
Tampoco se cuestionaron internacionalmente sus emolumentos durante todo el periodo que va desde 1938 hasta 1975, año de su fallecimiento.
Las supuestas riquezas que Franco pudiera haber obtenido o acumulado en el ejercicio de su cargo no fueron jamás cuestionadas por gobiernos exteriores, ni aliados, como Estados Unidos, ni enemigos, como los países de la órbita de la Unión Soviética o allegados, como Rumanía, República Democrática Alemana o Checoslovaquia.
Hubo un momento, en los últimos años de Franco, en que incluso se produjo un acercamiento económico y comercial con los llamados en aquella época (de 1972 a 1975) “países del Este”. Se abrieron algunas legaciones comerciales, se propiciaron viajes de intercambio, se eliminó el bloqueo a obtener visado de turista en algunos de esos países e incluso se abrieron en España oficinas de las líneas aéreas de Rumanía, Hungría o Bulgaria, como Malev o Balkan, que posibilitaron que algunos españoles pudieran viajar y hacer turismo por aquellos parajes mucho antes de la caída del bloque soviético.
Franco gozaba en aquellos tiempos, década de los 70, de un prestigio poco cuestionado: sus amigos y aliados, como los Estados Unidos, algunos países árabes y la mayor parte de Hispanoamérica, le respetaban o incluso lo querían como aliado estratégico o comercial, seguros de que España mantenía firme su palabra y compromisos. Sus enemigos, como la China del momento —no se podía obtener visado para viajar a la China comunista, que por cierto es la misma China de entonces—, la URSS o la Yugoslavia de Tito, le respetaban silenciosamente.
Pero aun así, la duda surge ahora. ¿Cuánto cobraba realmente Francisco Franco?
Una buena parte de sus emolumentos como jefe del Estado iban ligados aún, hasta su muerte, a los estipendios que recibe un militar, un general. Si nos acercamos a la nómina real de Franco, por ejemplo la correspondiente al mes de junio de 1969, más de cinco años antes de su muerte, podemos comprobar que sus pagos mensuales se efectuaban desde la “Pagaduría” de la Casa Militar y no desde una pagaduría civil como “presidente del gobierno” o “jefe del Estado” al uso.
Franco mantuvo exhaustivamente hasta su muerte los pagos de sus nóminas mediante los servicios de las Fuerzas Armadas, como jefe militar. El sobre en el que el jefe del Estado recibía su paga mensual estaba encabezado por el escudo de la “Casa Militar de Su Excelencia el jefe del Estado y generalísimo de los Ejércitos”, en concreto al departamento de “Pagaduría”.
A continuación, como si de la nómina de cualquier otro militar se tratase, aparecían desglosados los distintos conceptos: sueldo, trienios, dedicación especial, representación, indemnización familiar y masita vestuario.
El sueldo militar de Franco se veía sustancialmente incrementado por las condecoraciones pensionadas, como a cualquier otro militar, lo que solo suponía un 23% del total. Es decir, que Franco nunca cobró sueldos exagerados fuera del comportamiento militar al uso, y eran los justos a un militar de máximo rango, condecorado y victorioso.
Percibía emolumentos por la Laureada de San Fernando, la Gran Cruz de San Hermenegildo y otras dos medallas militares que había ganado en la Guerra de África, así como otras condecoraciones anteriores a la Guerra Civil que tenían que ver con su carrera militar en el más estricto sentido.
A Franco además se le descontaban de su sueldo otros conceptos como a cualquier otro militar. Del total de 113.758 pesetas netas había que restar 10.931 en concepto de utilidades, 315 para los huérfanos y 6.800 pesetas más en concepto de donativo para el Colegio de Huérfanos Oficiales del Ejército.
En resumen, después de impuestos y donativos, Franco cobraba mensualmente 95.712 pesetas en un sobre firmado por el comandante jefe de la Pagaduría de la Casa Militar.
Pero lo más curioso de este documento histórico que se conserva y que cualquier ciudadano español puede acudir a consultar, y que quedará sorprendido por ello, son las anotaciones escritas a mano por el beneficiario en el reverso del sobre. Franco echa cuentas el primero de cada mes, aunque solo resta un gasto fijo: «Importe neto sobre», escribe, «95.712 pesetas», a las que él mismo resta 500 para destinar a la Falange. Así, «quedan» 95.212 pesetas limpias.
Tenemos que tener en cuenta que el salario a finales de los años 60 era de unas 5.000 pesetas al mes para un administrativo o una secretaria, y de unas 25.000 o 30.000 para un ejecutivo o contable, lo que coloca a Francisco Franco con el sueldo de un director general de la época. Muchos grandes ejecutivos o directores generales en sus empresas ganaban más que Francisco Franco como jefe del Estado, que cobraba sueldo de militar. Eso ocurre también ahora. Incluso tenemos que alcaldes como Ada Colau de Barcelona o Manuela Carmena de Madrid perciben sueldos superiores al propio presidente del Gobierno.
La nómina de Franco se desglosaba a finales de los años 60 o principios de los 70 como se aprecia a continuación:
- 31.500 – El sueldo base de la nómina militar de Franco asciende a 31.500 pesetas
- 17.100 – Tras seis décadas de carrera militar, la antigüedad ascendía a 17.100
- 21.781 – El complemento de dedicación especial ascendía a 21.781 pesetas. El jefe del Estado lo es 24 horas al día
- 15.750 – Se concedió a sí mismo esta condecoración ya finalizada la Guerra Civil
- 12.600 – La nómina no especifica de qué dos medallas se trata
- 1.667 – Esta distinción solo pueden recibirla militares por su constancia en el servicio e intachable conducta
- 12.700 – Los gastos de representación se cuantificaban en 12.700 pesetas al mes
- 11.246 – Los «descuentos» ascendían a 11.246 pesetas en concepto de “utilidades” y de “huérfanos”
- 6.800 – Franco entregaba 6.800 pesetas al Colegio de Huérfanos del Ejército
- 500 – El único gasto fijo que Franco restaba a su nómina era 500 pesetas, que destinaba a la Falange
Si acudimos a la última nómina de Franco poco antes de su fallecimiento comprobamos que la situación no variaba mucho, por lo que aquellos que creen que Franco se enriqueció siendo jefe del Estado no lo pueden argumentar bajo el concepto de su sueldo al frente de la jefatura del Estado. Franco se embolsaba solo como generalísimo de los ejércitos 168.000 pesetas al mes.
Así descubrimos cómo Franco era poco más o menos que un «mileurista» de la época, una persona austera que se embolsaba, allá por 1975, la cantidad de 168.477 pesetas —unos mil euros en la actualidad—, que después de las preceptivas deducciones quedaban en 154.710 pesetas.
Para los que no hayan guardado nunca pesetas en sus bolsillos, podemos comparar y ofrecer una serie de datos orientativos sobre su valor real y actual. Claro que, comparativamente, era una cantidad considerable que no representa en modo alguno el poder adquisitivo de los 1.000 euros de hoy en día, pero podemos hacernos a la idea de que un joven técnico recién salido de una carrera en torno a 1988 o 1989 podía percibir unas 105.000 pesetas de nómina. Estamos hablando solo de poco más de diez años después de la muerte de Franco, y podemos hacernos a la idea de que tampoco era lo que percibía Franco una cantidad sorprendente o fuera de época.
Por tanto, tenemos que concluir que Franco no pudo hacerse rico, si es que alguna vez lo fue, solamente con su nómina, pues acumulando todo el dinero que pudiera haber ganado en el ejercicio de su cargo da apenas para acumular unos 75 millones de pesetas, que serían hoy poco más de 450.000 euros sin actualizar la renta.
Suponiendo que Franco hubiera guardado todo el dinero de sus nóminas y no se hubiera gastado nada, la renta actualizada de tales emolumentos sin gastar nada y acumulando todo el dinero supondría hoy unos 9 o 10 millones de euros en total. Pero tendría que no haberse gastado nada y haber guardado todo para sus herederos. En el caso de que hubiera hecho eso, tampoco sería ningún delito ni habría cometido ninguna irregularidad.
Con ese sueldo de Franco, en los años setenta se podían adquirir seis televisores de gama alta o un Renault 5 —el coche que causaba furor— con combustible suficiente para recorrer un país con una incipiente red viaria. Un piso de ochenta metros cuadrados venía a costar unos dos millones de pesetas y el agraciado con el Gordo de Navidad se embolsaba veinte millones de aquellas pesetas. Con el sueldo de Franco de todo un año de aquella época se podía comprar un piso.
Para que nos hagamos una idea de lo que supone esta reflexión, hoy con todo el sueldo de la mayoría de las nóminas de los españoles, que pueden resumirse en una media de entre 15.000 y 20.000 euros anuales brutos, no da ni para pagar la entrada, los impuestos y el notario.
La Casa Civil de Francisco Franco como jefe del Estado tenía sus propios gastos y aportaciones del presupuesto, lo que parece ciertamente lógico, pues había que asumir una serie de gastos que Franco no tenía por qué pagar de su bolsillo, tales como la manutención, la guardia o la limpieza.
El rey actual mantiene la misma estructura de gastos. La Jefatura del Estado contaba con una asignación anual de unas 30.900.000 pesetas y, por su parte, la Jefatura de la Casa Civil con 20.987.000 pesetas.
Estos datos contrastan con los sueldos de la época: un funcionario cobraba unas 35.000 pesetas en los años setenta; el director de ventas de una multinacional, 90.000; y un oficinista no superaba las 30.000 pesetas.
Sobre los salarios de Franco ha habido mucha controversia y mucha falacia. Se ha insistido por algunos medios de comunicación acerca de los emolumentos del Caudillo y se han falseado o fantaseado los datos sin que ello sea cierto o se aporten datos o documentos que lo respalden.
Algunos articulistas e historiadores antifranquistas, como el profesor Julián Casanova, promocionaron el libro titulado “40 años con Franco”, en el que se vertieron en su día afirmaciones no contrastadas.
Sobre la nómina del Caudillo, se llegó a mencionar el dato falso de que en 1935, cuando era jefe del Estado Mayor Central del Ejército de la II República, cobraba la cantidad de 2.429,98 pesetas, una cifra similar a la de cualquier otro militar o general en el ejercicio de su cargo que hubiera tomado parte en la Guerra de África. Tengamos en cuenta que hablamos de una situación anterior a la Guerra Civil. Despectivamente se trata a Franco como si no tuviera derechos como general de la II República a percibir estos emolumentos; debemos recordar aquí que fue el oficial más joven de Europa en todos los escalafones.
Pero el caso es que podemos elevar la suma que Franco percibía en 1960 o 1970 y equipararla con los sueldos actuales: esa cantidad equivaldría a 5.263,80 euros actuales, un sueldo equiparable al que perciben la mayor parte de los alcaldes de pueblo de nuestros días, muchos concejales con dedicación exclusiva o cualquiera de nuestros diputados de los tiempos modernos.
La nómina de Franco es, por tanto, un 45% menor de lo que hoy cobra un almirante general cuya hoja de servicios, por brillante que sea, no puede compararse con la del Generalísimo, que actuó en numerosos combates y guerras, actuaciones militares que conllevan distinciones pensionadas que jamás podría imaginar hoy uno de nuestros soldados.
Esta es la verdad que puede encontrarse en cualquier archivo histórico, incluyendo los de Presidencia del Gobierno, los de la Fundación Francisco Franco o los del Ministerio de Hacienda.
Recordemos que nuestro actual jefe del Estado, el rey Felipe VI, cobra unos 254.000 euros, a los que hay que sumar lo que se gasta en la Casa de Su Majestad el Rey en concepto de manutención y gastos generales, o los 74.000 euros del presidente del Gobierno, muy lejos de la discreta austeridad del viejo general.
El historiador Francisco Torres García, para el diario YA, comentaba: “Euro arriba, euro abajo, salen 53.000 euros anuales a valor actual que percibía Franco en sus emolumentos anuales, que suponen la quinta parte de lo que cobra Felipe VI y 20.000 euros menos que don Mariano Rajoy”.
Y bastante menos que la “pensioncilla” que cobraba el señor Rodríguez Zapatero, que es de 80.000 euros a los que se añaden otros 74.000 como consejero de Estado, tres veces más que el salario de Francisco Franco.
¿Es real la fortuna de Franco?
Llegando a la conclusión y la premisa de que Franco no se pudo hacer realmente rico o multimillonario con sus sueldos, ya que no consta que hubiera detraído dineros del erario público por otros procedimientos, como concursos ilegales, “premios” corruptos o saqueos a la caja del Estado, nos queda la duda de si realmente existe una “fortuna de Franco” o “fortuna de los Franco”, como han titulado algunos medios de comunicación.
No se ha distinguido por estos medios si de lo que hablan es de que Franco se hizo rico por sí solo, con ayuda de alguien, si acumuló riquezas que luego legó a sus familiares y si estos legados los hizo de manera legal o mediante trampas o empresas interpuestas. Y, en muchas ocasiones, se confunde el supuesto “legado de Franco” con las fortunas que, con mayor o menor acierto, hayan podido hacer sus descendientes.
Porque el hecho de apellidarse Franco no debería ser un impedimento, en el supuesto Estado de Derecho que nos rige, para que uno u otro de los herederos del Caudillo haya podido hacerse rico, hacer negocios o haya tenido suerte en la vida. Deberíamos mirar a cualquiera de los “Franco” como a cualquier otra persona, sin prejuicios o rencor.
Muchos de los Franco actuales eran niños muy pequeños o incluso ni siquiera habían nacido cuando Francisco Franco Bahamonde murió en la cama un 20 de noviembre de 1975.
Habitualmente se tiende a confundir en los medios de comunicación entre la fortuna de Franco y la fortuna que hayan podido obtener sus allegados o parientes más cercanos. Algunos de sus herederos son hoy “personas ricas” que han obtenido su fortuna después de la muerte de Franco. Efectivamente, muchos de ellos eran niños en 1975, año de la muerte de Franco, y no percibieron más herencia que la que aparece en el testamento del Caudillo para su esposa e hija.
La envidia política de muchos de sus adversarios ha hecho que crezca un halo de duda acerca de las supuestas “finanzas del Caudillo” o supuestos entramados corruptos que nunca tuvieron lugar. Jamás se ha podido establecer un vínculo real entre algunos de sus ministros o entramados societarios con las compañías, empresas multinacionales o monopolios que tuvo el Estado en aquellos momentos.
Ni el petróleo, ni el azúcar, ni el tabaco o las gasolineras hicieron rico a Franco. Tampoco las colonias como el Sáhara —con sus fosfatos— o Guinea Ecuatorial —con su cacao, su pesca o sus maderas— hicieron rico al Caudillo ni prácticamente a ningún español; más bien les causaron la ruina, especialmente durante el proceso de descolonización.
Algunos hombres de negocios y algunos políticos sí pudieron hacerse “ricos” durante la etapa de Franco, pero, desde luego, no fue él. Y tampoco lo consintió o animó. Franco no consentía la corrupción, como tampoco le gustaba tener alrededor suyo personas que mantuvieran infidelidades conyugales, fueran hombres o mujeres, ni que en el gobierno se instalaran personas que buscaban el enriquecimiento en el cargo. De hecho, no se duraba mucho en los gobiernos de Franco, donde costaba “apalancarse”.
Y comprobamos además cómo en el periodo de Franco hubo numerosos actos y actuaciones que llevaron a algunos entramados corruptos a la cárcel. Efectivamente, Franco no consintió la corrupción entre sus allegados al gobierno y siempre buscó personas capaces y con mérito para encumbrar sus ministerios.
Uno de los casos más sonados de gran escándalo durante el franquismo fue el llamado “caso SOFICO”, en el que se vieron implicados ministros, militares y otros altos cargos de la época.
Los orígenes del Grupo Sofico se remontan a 1962, cuando, con un capital de 15 millones de pesetas, se constituía en Madrid la Sociedad Financiera Internacional de Construcciones (Sofico), cuyo objetivo principal era construir, vender y arrendar apartamentos en la Costa del Sol, sobre todo en Estepona.
Dicha sociedad era fruto del impulso de Eugenio Peydró Salmerón, un emprendedor almeriense que más tarde crearía Sofico Inversiones para captar dinero de inversores, por el que pagaba intereses de un 10 %, y que era invertido sobre apartamentos ya construidos —y más tarde sobre plano—, que se ponían a nombre del comprador, pero que eran alquilados y administrados por Sofico.
La idea era buena, un sistema que aún hoy en día ha dado buenos resultados, pero que en su época dio lugar a una burbuja en SOFICO que llevó a este grupo a la insolvencia y a la quiebra. Y el problema más grave no era el empresario o el inversor, sino que había implicadas personas “del régimen”, que posteriormente cayeron en desgracia.
En 1965, a las mencionadas sociedades se sumaron otras dos: Sofico Vacaciones y Sofico Atlas. Una vasta red de persuasivos vendedores y una gran campaña de publicidad que garantizaba el 12 % de rentabilidad neta anual —cuando la inflación no llegaba a los dos dígitos— parecieron cimentar el éxito de los negocios del grupo.
En octubre de 1973, el Ministerio de Hacienda dio orden de limitar la publicidad financiera con promesas de rentabilidad, que debía someterse a la aprobación administrativa. Sofico no volvió a prometer el 12%.
No obstante, en 1974 comienzan las dificultades para la sociedad. Sus directivos insisten, a través de los medios de información, en la salud de la empresa del “caballito de mar”, que era el atractivo símbolo de la compañía. Pero a partir de julio, Sofico deja de pagar la rentabilidad comprometida. Peydró ordenó diversas medidas para que los compradores y rentistas no se alarmaran, y Sofico siguió vendiendo apartamentos sabiendo que no los podría entregar nunca.
El 28 de noviembre de ese año, un acreedor solicita la quiebra de la sociedad. El 30 del mismo mes, Sofico Renta presenta suspensión de pagos en el juzgado.
Unos años después, José Antonio Martín Pallín fue el fiscal que investigó la quiebra de Sofico, cuyas sentencias recayeron ya tras la muerte de Franco, en los años noventa, cuando se terminaron de juzgar los hechos.
Como suele decirse en algunos chistes que corren actualmente por redes sociales, Franco puso a los mejores de la clase, la Transición a algunos de los peores de clase, y la etapa actual incluso a muchos que no fueron a clase.
Han existido libros muy críticos con la etapa de Franco, con su familia y con las supuestas riquezas acumuladas por el Caudillo en vida. Uno de los más duros es el del historiador Ángel Viñas, “La otra cara del caudillo” (Crítica, 2015), una obra que da “un paso más en el continuo proceso de desmitificación de Franco”, según sus críticos más favorables, pero que, según esta interpretación, presenta datos que no guardan rigor.
Con una nómina en 1935 de 2.493 pesetas y de 50.000 como jefe de Estado, la riqueza del militar llegó en agosto del año 1940 a 34,3 millones de pesetas, un capital “acumulado en diversas cuentas corrientes” que supondrían cerca de 388 millones de euros actuales, pero que no crecieron prácticamente nada en los años sucesivos y que se debían en gran parte a las herencias familiares.
Lo que muchos coinciden en señalar, tanto adversarios de la época como favorables a su gestión, es que Franco era un hombre austero, como ha declarado en varias ocasiones el hispanista Paul Preston, que no guarda precisamente por Franco profunda devoción.
Todo lo más que puede achacarse a Franco es que recibía “regalos tales como medallas de oro o automóviles de lujo”, que aún existen en inventario del Estado, como lo muestran algunos vehículos que se conservan en el Museo del Palacio del Pardo y que pertenecieron supuestamente a Franco pero que realmente estaban bajo titularidad estatal. Incluso los reyes de España los han utilizado, como ocurre en algunos desfiles militares. Es decir, que no eran propiedades personales en sentido estricto.
Franco nunca podría haber vivido o corromperse vendiendo las medallas de oro de ciudades como Palencia o la del Real Madrid si hubiera querido venderlas, tras hacerle “hijo” de tal o cual ciudad o “socio de honor” de tal o cual club.
Existe otro mito, el de la riqueza de sus herederos, sobre los que se ha escrito mucho sin concretar. Algunos de los supuestos herederos de Franco lo son, pero, como hemos mencionado, eran niños o no habían nacido cuando él murió.
Franco fue un jefe del Estado sin afán de lucro. Psicológicamente, no era lo que le gustaba: presumir de tal o cual bien, ni siquiera poseerlo. Quienes le conocieron dicen que era un hombre callado, reservado, al que le gustaba conocer la opinión de los demás sobre casi todas las cosas, internas o exteriores, muy bien informado, austero en el comer y en el beber.
También era un hombre al que le costaba vestirse bien, acostumbrado al uniforme, aunque a comienzos de los años cincuenta fue abandonándolo públicamente en actos civiles para aparecer con traje oscuro o gris, camisa blanca y corbatas oscuras y poco llamativas, como se le acostumbraba a ver en los mensajes de Navidad.
Su única pasión oculta era realmente la pesca, más incluso que la caza, una afición que mantuvo hasta que pudo y que le permitía meditar en soledad, no desplazarse mucho y pensar ensimismado. También era profundamente religioso, como es conocido. Rezaba todos los días, comulgaba siempre que podía, confesaba sus pecados y no veía con buenos ojos que los demás los cometieran.
Digamos que era ese tipo de hombre que no se deja llevar por las debilidades y al que lo mundano le provoca rechazo. Desde el punto de vista psicológico, cabe traer aquí las crónicas de sus compañeros de tienda durante la Guerra de África, quienes mencionaban que mientras ellos salían de juerga en los ratos libres, él se quedaba en la tienda leyendo o estudiando.
Franco fue un hombre poco dado a la juerga, y eso lo conocen bien tanto sus parientes como sus amigos y allegados. Tampoco se le conocieron gustos por el alcohol o por las mujeres y, aunque esto pueda ser un lugar común, es probable que parte de su éxito en la vida se debiera al rechazo que mostró hacia este tipo de conductas. No era un hombre que cayera en debilidades, ni las fomentaba, ni las consentía.
Otros libros cuyas tesis no se sostienen con datos son el titulado “Los Franco S.A.” o “Ricos por la guerra de España”, del periodista Mariano Sánchez Soler, todos ellos acusando a Franco de enriquecerse. Se trata de trabajos que, según esta interpretación, presentan cifras y datos inventados o abultados que no se corresponden con la realidad.
Una cuestión crucial es determinar si Franco, a lo largo de sus 37 años como jefe del Estado, pudo llegar a enriquecerse en el ejercicio del poder o no. En todo caso, esto no invalidaría tampoco su mandato: hoy vemos cómo muchos políticos se han enriquecido con el poder y no por ello han dejado de ser políticos. Algunos han sido encausados por este enriquecimiento ilícito, pero ello no ha invalidado sus mandatos.
El de Franco tampoco lo ha invalidado la historia, que mantiene inalterables sus logros, entre los que se considera más importante su lucha contra el comunismo. De no haber sido por Franco, es probable que España se hubiera integrado en la órbita de la Unión Soviética en Europa Occidental, como ocurrió tras el final de la Segunda Guerra Mundial en países como Polonia, Hungría, Rumanía o Checoslovaquia.
España quedó encuadrada en el bloque occidental y alejada del comunismo internacional, con las consecuencias económicas y sociales que, según esta interpretación, afectaron a otras naciones.
Pese a las campañas en contra de la imagen de Franco, algo denostadas ya tras casi medio siglo desde su fallecimiento, puede determinarse con rigor que Franco no se enriqueció en el ejercicio del poder.
Las investigaciones más recientes que le atribuyen grandes cantidades de dinero en 1940 dejan sin responder una pregunta esencial: ¿qué pasó después con esa supuesta fortuna? Porque el hecho es que Franco abandonó esta vida con un patrimonio bastante modesto para tratarse de una persona que había ocupado el poder durante tantos años, casi 40.
A lo largo de los años que siguieron a su fallecimiento, el supuesto patrimonio de los Franco ha sido investigado sin tregua hasta nuestros días y nadie ha sido capaz de encontrar nada especialmente irregular o abultado. La ocultación de patrimonio irregular habría aflorado a su fallecimiento con la herencia, y su hija o sus nietos habrían tenido que hacer aparecer este patrimonio de una u otra manera: sociedades, propiedades o cuentas abultadas.
Lo cierto es que para el propio Francisco Franco el dinero fue una cuestión muy secundaria.
Suele decirse, parafraseando a Marañón respecto al Conde-Duque de Olivares, que hay dos tipos de mandatarios: los que buscan el poder como un instrumento para ganar posición y enriquecerse, y otro tipo que mantiene el poder por sí mismo, por “pasión de mandar” u organizar las cosas, de proyectar una manera determinada de ver su país, quizá por un sentimiento personal de misión o por mera voluntad de dominio y ejercicio del poder.
Es probable que Franco perteneciera a esta última categoría, pues, desde luego, no se enriqueció. Simplemente fue un general que ganó una guerra y que se mantuvo en el poder para perpetuar aquella victoria.
Muy al contrario que otros líderes de su tiempo con los que se le suele comparar desde ciertos ámbitos, como Adolf Hitler, canciller de Alemania, o Benito Mussolini, presidente de Italia. Ambos fueron políticos, no militares como Franco, y, a diferencia de este, además perdieron una gran guerra, la más decisiva de todas.
Francisco Franco, ya antes de 1936, tuvo sobradas oportunidades para enriquecerse y está comprobado que no lo hizo. Es probable que influyera el hecho de que su propia esposa, Carmen Polo, venía de una familia con posición, y que Franco era un hombre modesto y austero, de formación militar, que nunca disfrutó realmente de las cosas materiales, mucho menos en exceso.
Se sabe de sus tiempos en la Academia Militar, e incluso de sus años en la Guerra de África, que mientras sus compañeros aprovechaban las noches para disfrutar de juergas o borracheras, Franco se quedaba en su tienda o en su litera, leyendo o escribiendo, como hemos mencionado.
Otro hecho incontrovertible es que muchos militares de su época, acompañados por no pocos políticos, sí se metieron en enjuagues de lo más diverso: negocios, cacicadas o asonadas. A Franco nunca se le imputó nada durante aquellos tiempos, como hombre callado y reservado que era. Ningún negocio turbio o disposición discutible para un militar que desarrolló su carrera entre 1909 y 1939, año en que finaliza la Guerra Civil. Una larga vida militar que, según esta interpretación, se caracteriza por el servicio a la patria, el cumplimiento del deber y el destino allí donde se le requería.
El desinterés de Franco por el dinero ha sido uno de los aspectos más subrayados por los biógrafos favorables a su figura, pero también uno de los puntos donde se centran quienes han intentado cuestionar su imagen como dirigente.
Para los más críticos, el tema del dinero de Franco ha sido un asunto controvertido en el que no han encontrado pruebas concluyentes que lo vinculen con enriquecimiento personal ilícito. Según esta visión, Franco pasaría a la historia de España como un dirigente austero que condujo al país por una etapa de desarrollo económico y estabilidad tras la Guerra Civil.
Como ocurre en todos los regímenes, es bien sabido que durante los años en que Franco rigió el Estado hubo un intenso tráfico de favores en torno al poder, un trasiego de nombramientos e influencias para lograr ventajas o ascensos. La influencia política, lograr una plaza de alto funcionario o conseguir contratos del Estado han sido prácticas presentes en distintos contextos históricos, y la España de aquella época no fue una excepción.
Hoy consta que algunos familiares de Franco utilizaron su posición para hacer dinero o, simplemente, “dejarse querer” y encumbrarse, algo inevitable por los promotores de tal o cual negocio, pero nadie ha podido demostrar que de ahí se derivara una “corrupción de Estado” o, aún menos, un lucro personal para Franco.
Cuando Mariano Sánchez Soler publicó su libro “Los Franco, S.A.” (Oberón, 2003), llegó a la conclusión de que la familia tenía un patrimonio de unos 500 millones de euros. Pero al analizar el detalle, esa cifra provenía de la suma de los patrimonios de todos los descendientes de la familia Franco-Martínez Bordiú —que son numerosos— y, en su mayor parte, se trataba de activos inmobiliarios cuyo crecimiento coincidía con las sucesivas burbujas inmobiliarias de los años 70 y 90. Por tanto, según esta interpretación, nada tendría que ver con una supuesta “fortuna oculta” de Francisco Franco.
Dichas riquezas y patrimonios se deben a la evolución de las vidas de cada uno de sus descendientes, así como a los negocios que realizaron con mayor o menor éxito. Muchos de ellos son hoy personas con recursos económicos, pero cuando Franco murió algunos ni siquiera habían nacido o eran niños pequeños, por lo que no pudieron enriquecerse por influencia directa suya.
Tal es el caso, por ejemplo, de uno de sus nietos más conocidos, Jaime Martínez-Bordiú, nacido en 1964, que contaba con tan solo diez años a la muerte de su abuelo, lo que hace imposible vincular su situación económica a una supuesta influencia directa.
En cualquier caso, a la muerte del general Franco, llevar ese apellido era más bien un lastre que un beneficio.
El caso del café
Existe un episodio citado en ocasiones como intento de vincular a Franco con un asunto de corrupción. Se trata del llamado “asunto del café”. El historiador Ángel Viñas señaló la posible existencia de una trama relacionada con un envío de café que habría generado beneficios personales para Franco, cuestión que desarrolló en su libro “La otra cara del caudillo” (Crítica, 2015).
El episodio se sitúa en 1940, poco después de finalizada la Guerra Civil, en un contexto de escasez generalizada y con Europa en plena guerra. El entonces dirigente brasileño Getulio Vargas realizó una donación de 600 toneladas de café a España. Según esta versión, Franco trasladó el producto al Ministerio de Industria y Comercio, que se encargó de su distribución y venta al público.
Se trató de una aportación relevante en un momento de necesidad. Las interpretaciones sobre este hecho han sido objeto de debate historiográfico, especialmente en lo relativo a sus posibles implicaciones económicas.
En relación con las fuentes documentales, se ha mencionado el archivo del Palacio Real, donde en distintos momentos históricos se ubicaron dependencias oficiales. Cabe recordar que, durante la Segunda República, el Palacio de Oriente fue utilizado como sede institucional bajo la denominación de “Palacio Nacional”, y que posteriormente albergó oficinas administrativas durante el periodo de Franco, incluyendo dependencias vinculadas a la Presidencia del Gobierno y a los Planes de Desarrollo.
La supuesta venta del café brasileño cuyo caso comentamos ascendió a 7,5 millones de pesetas, una suma cuantiosa para la época. Casualmente, en la relación de cuentas de Franco de agosto de 1940 figura un apunte de 7,5 millones de pesetas que algunos investigadores han vinculado a la transacción.
Apunte que se suma a otras cantidades que arrojan un balance total de 34,30 millones de pesetas en la cuenta personal de Franco, fortuna acumulada por el Caudillo durante los años de la guerra. Conclusión de Viñas: Franco se quedó con el dinero del café y con otras dádivas semejantes.
¿Resulta verosímil la acusación de Viñas? Concedamos que Franco era tan estúpido como para robar más de 34 millones de pesetas, consignarlo escrupulosamente en sus cuentas y dejar luego que el balance se guardara en los archivos públicos. Ahora bien: ¿qué pasó después con ese dinero?
Aquí es donde surge el problema y la disyuntiva actual, porque ese dinero, acto seguido, se disolvió en las cuentas institucionales de la Jefatura del Estado, y esa es la parte que Viñas no cuenta, quizás deliberadamente, quizás porque no es un historiador tan riguroso como pueda parecer y se ha olvidado de contrastar otras fuentes cuando ha llegado ya a la conclusión que le satisfacía.
Viñas solo nos indica que el dinero se empleó para pagar cosas como la rehabilitación del Castillo de la Mota o la ampliación del colegio de las Adoratrices de Valladolid. Pero si Franco había robado el dinero del café, ¿qué demonios hacían esas donaciones altruistas hacia las Adoratrices o hacia un castillo que no poseía?
O sea que Franco no se quedó el dinero, sino que lo gastó en esas cosas y otras del mismo género. Ante la evidencia, Viñas retuerce el argumento acusando a Franco de gastarse el dinero de forma “arbitraria”. Es decir, que no se lo quedó Franco, sino que se instruyó y distribuyó de manera que las anotaciones contables existen y se sabe dónde se destinaron los dineros.
Ahora quizá lo importante sería saber qué ocurrió, por ejemplo, con el dinero de las donaciones al bando sublevado durante la Guerra Civil; es probable que también se lo quedara Franco. O, más bien, ¿quizá pulule aún alguna cuenta reservada en algún banco de seguridad de México a nombre de algún heredero de dirigente republicano?
Porque ahora están comenzando a aparecer algunas monedas históricas de oro, de gran valor de coleccionista, en los mercados americanos, cuyo origen bien pudiera estar vinculado al patrimonio expoliado durante la Guerra Civil por los mandos republicanos y trasladado en barco hacia México.
Viñas debe conocer bien esos datos porque trabajó mucho en la biografía de Negrín, el presidente del Gobierno de la República, que, entre otras cosas, organizó el expolio masivo de la denominada “caja de reparaciones”, esos dineros sí que faltan, como el famoso “oro de Moscú”.
¿Qué fue la “caja de reparaciones”? Pues un artificio administrativo creado por el Frente Popular para depositar en él los bienes incautados por sus milicias, ya fueran de titularidad pública o privada. La privada era lo que robaban en las casas de los fusilados o de las iglesias expoliadas. Fortunas enteras que desaparecieron en muchos casos en barcos camino de México o de Francia al acabar la guerra. Un agujero sin fondo. Un poco negro. Un agujero negro estelar.
Negrín, cuando tuvo certeza de la derrota, sacó de España todo el botín en el yate “Vita” para aliviar el exilio de la cúpula republicana. A juzgar por la relación que hizo el socialista Amaro del Rosal, responsable de la susodicha “caja de reparaciones”, su valor se aproximaba a unos 300 millones de dólares. Negrín, irrisoriamente, redujo su cuantía a 40 millones.
De modo paralelo, perfectamente puede suponerse que el dinero de la famosa cuenta de Franco, esos 34,30 millones de pesetas, tuviera un origen semejante: donaciones acumuladas para el esfuerzo bélico, y que su finalidad fuera la misma. Al poco de acabar la guerra, esa cuenta desapareció para siempre.
Lo más lógico es pensar que el dinero se lo quedó Franco o quizás se quedara en manos del Estado. Pero esto es exactamente lo que autores como Viñas no pueden aceptar, porque entonces se quedarían sin libro, sin ventas y sin propaganda contra Franco, cuarenta años después de su muerte. Franco vende ahora más que durante la Transición, y este es un hecho que no admite discusión.
La realidad es que el morbo que genera Franco, alimentado por espacios como los que distribuyen medios y cadenas como La Sexta, contribuye a crear un escenario imaginario donde policías de Franco, parecidos a la Gestapo, acosaban a las personas y les robaban, como en un filme en blanco y negro, y así hasta el final de los tiempos de 1975.
Pero la verdad es que esos fotogramas en blanco y negro de las películas de cartón y de La Sexta no fueron realidad. España vivió unos años 60 y 70 en color, con un turismo creciente que aún hoy continúa suponiendo un pivote del 25% de su PIB y una etapa en la que los españoles alumbraron, todos juntos, una edad de creciente paz y prosperidad como nunca antes se había visto en la Historia de España.
Y esos datos son difícilmente rechazables.
Algo semejante ocurre con otra supuesta “mordida” que Viñas denuncia: un donativo mensual de 10.000 pesetas por parte de la compañía americana de comunicaciones ITT, que entonces era la accionista principal de Telefónica. Diez mil pesetas de la época equivalen, según Viñas, a 11.000 euros de hoy (El País, 5 de septiembre de 2015). Tampoco es exactamente una fortuna, pero, en fin…, algo hay que contar contra Franco, a ver si alguna vez se acierta.
¿Para qué pagaba la ITT ese dinero? ¿Para que Franco no nacionalizara Telefónica? Eso deja entender Viñas. Pero eso exactamente, nacionalizarla, es lo que hizo Franco en 1945. Más verosímil parece una explicación puramente personal: el presidente de ITT, Sosthenes Behn, era un furibundo anticomunista que apostaba por la victoria de Franco y por eso contribuyó con esa donación personal a través de su empresa.
No obstante, Viñas persiste: “Mis sospechas apuntan hacia la posibilidad de que se quedara con la mayor parte de los fondos acumulados”. ¿Solo sospechas? Sí, solo sospechas. Y nada más. Cierto, no obstante, que el titular de prensa habrá bastado para que, a partir de ahora, alguien pueda decir que Franco era, además, un corrupto. Pero solo podrá decirlo si no ha leído el libro en cuestión.
No es extraño que Franco, durante la guerra, fuera titular de una abultada cuenta personal en la que se vertieran los donativos de estados, empresas y particulares que simpatizaran con su causa por afinidad ideológica o por interés económico, personal, familiar o político. No es extraño porque el líder era él y a su persona se dirigían las donaciones.
Ese dinero, entre otras cosas, debería servir para facilitar el exilio de Franco y los suyos en caso de derrota, cosa que en cualquier momento podía ocurrir. Franco administró parte de ese dinero, efectivamente. Y también pudo servir para contribuir a la administración y la guerra en el territorio que controlaba Franco.
Por ejemplo, la moneda, con esa Fábrica Nacional de Moneda y Timbre que se “trasladó” a Burgos —el bando republicano mantuvo la sede de Madrid en materia emisora—, y desde donde se emitía toda la moneda que circulaba en la zona llamada comúnmente “sublevada”, que no era otra que la de Franco.
La importancia de la administración fiduciaria y emisora de moneda por parte de la zona franquista ha sido puesta de relieve por algunos historiadores y aparece bien documentada, hasta tal punto que se le atribuye por una parte de los investigadores de la Guerra Civil como una cuestión básica en la victoria del bando nacional.
Efectivamente, mientras en la zona nacional se impulsaba un sistema único de emisión de moneda, con una peseta escasa, fuerte y controlada, en el bando republicano se fomentó la emisión de moneda local, con resultados desiguales, lo que contribuyó a problemas económicos significativos.
En resumidas cuentas, no supieron gestionar la moneda, que se fragmentó en emisiones locales, como ocurrió en numerosos municipios catalanes o levantinos, donde cada cual actuaba según sus propios criterios. El bando único y centralizado de Franco facilitó la coordinación, y una cuestión poco estudiada es la repercusión que tuvo la emisión de moneda centralizada desde la sede de Burgos de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, una sede transitoria hasta la toma de Madrid, pero efectiva desde el punto de vista material, fiscal y fiduciario.
¿Era de Franco “la escopeta nacional”?
A despecho de sospechas personales sin apoyo documental, lo cierto es que no hay ni una sola prueba de que Franco se quedara con el dinero que pasó por su mano, ni de que lo sacara de España o lo invirtiera en propiedades de ningún tipo.
No hay prueba documental alguna de que Franco fuera corrupto, alimentara corrupciones, se quedara con dinero o fomentara corruptelas de sus familiares.
Más bien al contrario, Franco, durante su mandato, fue agasajado con innumerables regalos: pazos o fincas como el de Meirás o palacios como el del Canto del Pico, automóviles y barcos, joyas —los tópicos collares que lucía su esposa— y, como hemos visto, incluso café.
Algunas de esas cosas pasaron a sus descendientes y otras no. Pero no construyó una fortuna personal con el poder. No iba con su carácter. Nunca rechazó el lujo de Estado, pero insistía en vivir en un caserón como el palacio de El Pardo, anticuado y no excesivamente grande.
Consintió que a su alrededor se desplegara un notable tráfico de influencias, esto puede ser un hecho, pero ni tomó parte en él ni se lucró. Por otro lado, en la época aquellas prácticas no eran delictivas si no incluían estafa o apropiación indebida, lo que siempre fue cortado tajantemente.
La ausencia de partidos políticos propiamente dichos cooperó en que la corrupción no se extendiera. Y, además, tampoco había grandes volúmenes de dinero público como en épocas posteriores, ni existían fondos europeos, lo que limitaba determinadas prácticas.
A Franco, rigorista y puritano como era, todo aquello debían de parecerle maniobras inaceptables para la mentalidad de un militar austero, donde todo estaba planificado y estructurado.
Franco además no necesitaba de dinero para vivir, porque era el jefe del Estado de un país que quería y al que había hecho crecer y triunfar. Franco estaba cómodo en ese papel, no quería más, como afirman sus adláteres de la época, sus ayudantes y sus colaboradores más cercanos.
¿Para qué podía querer robar si ya tenía todo lo que podía aspirar a tener, y no podía ni gastarlo ni llevárselo fuera? Franco, además, no aspiraba a irse de España, sino a vivirla tranquilamente, porque aspiró a la paz y a la seguridad.
Añadamos algo más. Después de la muerte de Franco, y sobre todo a raíz de la victoria socialista en 1982, una legión de inspectores de Hacienda se puso a seguir la pista de las supuestas “fortunas del franquismo”, nómina que incluía no solo al propio Franco, sino también a muchos de sus ministros.
Podemos apuntar el caso concreto de un exministro, Fernández de la Mora, que se vio obligado a demostrar que solo tenía dos vehículos ante la incredulidad de un funcionario al que “le habían informado” de que poseía un verdadero parque móvil de lujo.
El hecho es que todas aquellas investigaciones se quedaron en nada. Eso sin contar con que buena parte de los oligarcas que hicieron dinero con el franquismo seguían ocupando posiciones de poder con la democracia, y no en el campo político, sino en el financiero e industrial.
Desde entonces se dio por definitivamente frustrada la búsqueda de la presunta corrupción de Franco. Es llamativo que el asunto haya resucitado artificialmente hoy, cuando el sistema democrático amenaza ruina precisamente por la corrupción.
No, Franco no se enriqueció en el poder. Sencillamente, ese nunca fue su objetivo. Esto, por supuesto, no quiere decir que durante el franquismo no hubiera corrupción. La hubo, como en todos los sistemas. Pero ese debería ser objeto de otro estudio, no sobre si Franco se apropió de algo no suyo o se enriqueció ilegal o injustamente con el poder.
Las propiedades de “los Franco”: la verdad sobre pazos o palacios
No se determina bien por parte de algunos medios de comunicación qué es lo que realmente entienden por propiedades de “los Franco”, si los bienes que tuvo y retuvo Franco para sus descendientes o todos los bienes acumulados tanto por él como por sus descendientes.
Sería injusto atribuir a Franco la totalidad de los bienes de algunos señores que, aun siendo descendientes suyos, apenas le conocieron ni le trataron. Las casas o empresas que detenten son de su responsabilidad, así como sus posibles quiebras, ventas o participaciones.
Un titular del diario El Economista, publicado en noviembre de 2007, afirmaba rotundo: “La fortuna de los Franco: la familia tiene un patrimonio de 500 millones”. Es una mendacidad tal afirmación, pues no se sabe lo que suman: si las casas y propiedades, si lo que han ganado con sus trabajos o negocios, incluso con sus bodas o enlaces si les han sido propicios.
Por ejemplo, quien se casa con una “mujer rica” asume presumiblemente un incremento en su nivel de vida, gasto, ostentación o capacidad de riesgo crediticio, que en nada tiene por qué parecerse a la de su padre o abuelo.
A veces se atribuye el éxito de las exitosas empresas de Francis Franco al fantasma de su abuelo, como si le inspirara dinero o fortuna. Sin embargo, nadie habla de la situación económica del resto de los nietos, como Cristóbal o Jaime, ni por qué unos parecen ser más inmensamente ricos que otros.
Suele atribuirse generosamente por parte de algunos medios que la familia Franco Martínez-Bordiú controla un extenso conglomerado de empresas y propiedades inmobiliarias, incluyendo “fincas solariegas”, pisos en las mejores zonas de Madrid y la costa, locales, aparcamientos e incluso palacetes, como la Casa Cornide en La Coruña o el Pazo de Meirás, en la misma provincia, objeto actualmente de polémica ante la reclamación del edificio por parte de la Xunta de Galicia como Bien de Interés Cultural.
Otro motivo objeto de polémica es lo que se conoce como Canto del Pico, en el municipio madrileño de Torrelodones. Esta casa fue un capricho arquitectónico cuyo diseño se debió a un proyecto personal de José María del Palacio y Abárzuza, conde de las Almenas, en el que no intervino directamente la mano de ningún arquitecto.
Las obras fueron realizadas por maestros canteros de la zona, como Mazarredo, y se extendieron desde 1920, bajo, según algunas fuentes, la dirección del ingeniero Antonio Ramos, amigo personal del propietario, y por el maestro mayor de obras de Torrelodones, Prudencio Urosa, hasta 1922.
Durante la Guerra Civil, el Palacio del Canto del Pico fue sede temporal, entre el 6 y el 25 de julio de 1937, del mando militar republicano. Era una atalaya privilegiada desde la que observar con antelación los movimientos de tropas y, por ello, sirvió de cuartel general a Indalecio Prieto (1883-1962) y al general Miaja (1878-1958), quienes dirigieron desde allí la ofensiva militar para aliviar a Madrid de la presión de las tropas sublevadas y que desembocó finalmente en la batalla de Brunete.
Miaja fijó otra atalaya cercana en la conocida Casa Patata de Galapagar, desde la que se divisa la explanada de las llanuras de Villanueva del Pardillo hasta Brunete. Esta casa se encuentra hoy en ruinas.
El conde de las Almenas perdió a su único hijo al finalizar la Guerra Civil. Su hijo se llamaba Ignacio del Palacio y Maroto, nació en 1895 y falleció en julio de 1940, con 45 años. Su muerte provocó en el conde una fuerte depresión, legando en 1947 la finca y el palacio, escriturados a nombre de Francisco Franco Bahamonde (1892-1975), como herencia y en reconocimiento por haber ganado la guerra que fue tan cruel con su familia.
En 1955, el Tribunal Supremo concedió a la finca y a la casa la exención de la contribución territorial urbana «por ser de hecho un museo del Estado».
Tras la muerte de Franco, la propiedad pasó a sus herederos. Su nieta, María del Mar Martínez-Bordiú, Merry, y el periodista Jimmy Giménez-Arnau fijaron allí su residencia a finales de los años 1970, después de contraer matrimonio, aunque tras su divorcio cayó en desuso y abandono hasta la situación penosa en que se encuentra actualmente.
Por ello hay que recalcar que hay numerosas propiedades que ya se han vendido o desmembrado a lo largo de los últimos años, como el mencionado Palacio del Canto del Pico, en Torrelodones, que amenaza ruina y que fue traspasado ya en un lejano 1988 por unos 200 millones de pesetas, lo que valen ahora tres pareados, tras años de abandono y deterioro.
Ni Ayuntamiento ni Comunidad de Madrid permitieron que se construyera allí un hotel que habría dado riqueza a la zona, que habría creado puestos de trabajo y que habría permitido mantener un bien de interés histórico-artístico.
En este palacio falleció accidentalmente Antonio Maura, cayendo por la escalera de piedra del interior. Hoy amenaza ruina, y nadie quiere saber nada de él.
O la parcela en la Colonia El Bosque, en Pozuelo de Alarcón, también en Madrid; la finca Cerca de los Monteros, en Marbella; los terrenos de olivares en Mancha Real, en Jaén o los apartamentos en la Playa de Campoamor, Alicante.
Un caso aparte es el conocido Pazo de Meirás, que centra ahora toda la atención. Contra lo que mucha gente cree, y a pesar de su aspecto medieval, la actual edificación data de finales del siglo XIX, siendo que la primera piedra se colocó en 1893.
El caserón está edificado sobre las ruinas o cimientos de una antigua fortificación que perteneció a los Patiño de Bergondo desde el siglo XVI y que fue totalmente destruida por las tropas francesas en el año 1809 durante la Guerra de la Independencia.
De hecho, el Pazo de Meirás fue declarado Bien de Interés Cultural en tiempo bien reciente, en el año 2008. Nunca antes había estado protegido, y esto supone una desvalorización para este bien y una pérdida de valor por las limitaciones de su uso, como se ha visto tras los intentos fallidos de ponerlo en venta.
La categoría de BIC (Bien de Interés Cultural) incluye el compromiso de los propietarios de tener que abrir al público el inmueble, al menos, tal y como dicta la ley, cuatro días al mes.
Mediante enlaces, las propiedades fueron pasando a los Pardo de Lama y por herencia llegó a Emilia Pardo Bazán, que emprendió la construcción de la actual edificación, conocida como las Torres de Meirás, y que mucha gente llama erróneamente “palacio”, aunque en realidad es una casa grande de relativa singularidad, con valor principalmente paisajístico y arquitectónico en su entorno, siendo la construcción más destacada en varios kilómetros a la redonda.
La escritora gallega se casó en la capilla del pazo, al que ella llamaba «Granja de Meirás», el 10 de julio de 1868 y, una vez remodelado, llegó a pasar allí más de cuatro meses al año, el resto entre Madrid y La Coruña. Pardo Bazán trabajaba en la torre que se rehízo y que llamaba «de la quimera», donde tenía instalada su biblioteca, que permaneció allí tras la cesión del edificio a la familia Franco.
Tras la muerte de Emilia, en 1921, y el asesinato en 1936 de su hijo Jaime y del nieto de la condesa, también llamado Jaime, por milicianos anarquistas de la FAI alineados en el bando republicano, la propiedad queda en manos de su hija Blanca Quiroga de Pardo Bazán y de Manuela Esteban-Collantes, viuda de Jaime.
Las dos deciden donar el pazo a la Compañía de Jesús con una serie de condiciones que no son aceptadas por estos. Entonces, en 1938, las autoridades coruñesas decidieron ofrecer el pazo a Francisco Franco como residencia veraniega.
Durante aquella fase del caserón se constituyó una comisión con el fin de acondicionar el pazo y recaudar el dinero necesario para ello por medio de donativos. A funcionarios y trabajadores de empresas privadas se les restó parte de su salario para comprar el pazo, y los ayuntamientos de La Coruña aportaron como mínimo el 5% de la recaudación del impuesto de la contribución para su sostenimiento.
En 2018, tras la muerte de Carmen Franco, hija del general Franco, sus herederos decidieron poner el pazo a la venta, con resultado infructuoso por el momento y ante los riesgos legales que podrían afectar a cualquier comprador. Hoy por hoy, el hecho es que el Pazo de Meirás puede correr una suerte muy parecida a la del Canto del Pico de Torrelodones, es decir, caer en el abandono.
Franco dejó a sus descendientes directos una herencia asegurada mediante testamento firmado en el Palacio de El Pardo el 20 de agosto de 1968. Este testamento es públicamente conocido y notorio, y sobre él no cabe inventar nada ni se puede fantasear.
“Lo que hay es lo que hay, y lo que no está escrito, no lo hubo jamás”, como así nos lo recuerda el periodista José Luis Barceló, editor de El Mundo Financiero y responsable de la información económica en Radioya.es.




