INTRODUCCIÓN
En la vasta geografía de la retaguardia durante la Guerra Civil española existen lugares que, pese a su relevancia histórica, permanecieron durante décadas en la penumbra del recuerdo colectivo. Antiguas minas, pozos y simas se convirtieron en espacios de exterminio silencioso, alejados del frente y de la mirada pública, donde la violencia política se ejerció de manera sistemática contra vecinos de la zona y contra personas trasladadas desde otros puntos del territorio.
La mina de Camuñas, en la provincia de Toledo, es uno de esos escenarios. En el interior de una vieja explotación romana de plata se arrojaron durante meses cuerpos de hombres y mujeres ejecutados sin juicio, muchos de ellos fusilados en la propia boca del pozo. Los trabajos de investigación y recuperación de restos realizados décadas después permitieron documentar la magnitud de lo ocurrido y poner nombre a parte de las víctimas, sacando a la luz un episodio que ilustra con crudeza la lógica de la represión en la retaguardia profunda.
En la vieja mina de plata romana de la localidad toledana de Camuñas reposan desde hace más de tres cuartos de siglo los restos de centenares de víctimas de la represión comunista, socialista y anarquista. Situada en la retaguardia profunda, la boca y el pozo de la vieja explotación fueron testigos de los asesinatos y la crueldad de uno de los bandos enfrentados en la Guerra Civil. Bando cuyos herederos hoy reclaman una memoria histórica selectiva que destape unas fosas mientras pretende que se eche tierra sobre las que llenaron de inocentes sus ídolos.
Quien esto escribe pudo participar junto al afamado forense Francisco Etxeberría en los trabajos de individualización y búsqueda de restos. Un trabajo acometido por un equipo de forenses y espeleólogos de la sociedad Aranzadi que tuvieron que trabajar a casi 30 metros de profundidad sobre una sima formada por restos humanos.
Durante los días que permanecí allí pude hablar con los más ancianos del lugar que recordaban perfectamente los hechos. En la mina de Camuñas se asesinaba casi a diario. Primero se aprovechó para llevar a los vecinos, considerados como contrarrevolucionarios, de los pueblos del entorno –Camuñas, Madridejos, Villafranca, Consuegra, Turleque o Villacañas- pero pronto empezaron a llegar camiones conducidos por milicianos de las provincias de alrededor.
En Camuñas, como asegura uno de los vecinos que tenía 12 años cuando empezó la guerra y que a los 86 (era 2010) mantenía intacta la memoria, “se mató durante toda la guerra, a veces venían camiones con gente viva y las fusilaban en la boca del pozo, otras veces los traían ya muertos y los tiraban dentro”. Y eso duró los tres años de guerra ya que la zona se mantuvo hasta el final bajo el control de los revolucionarios del Frente Popular.
Los estudios y las catas realizadas por el equipo dirigido por Etxeberría calcularon que en la sima del interior de la mina no habría menos de 350 cuerpos, pero que podrían ser muchos más. Tras una semana de trabajo se lograron individualizar 40 cuerpos, entre ellos los de tres sacerdotes que la diócesis de Toledo buscaba en el marco de los procesos de beatificación de mártires de la Guerra Civil.
El resto se dejó tal cual estaba ya que la forma en la que se procedió con el exterminio en la mina de Camuñas dificultaba el trabajo que no recibió ningún tipo de financiación como ocurre con las exhumaciones promovidas por las asociaciones de la memoria histórica.
En Camuñas se fusilaba en la boca de la mina para aprovechar la caída de las víctimas hacia el fondo del pozo de casi 30 metros de profundidad. Cuando los cuerpos habían caído, evidentemente sin recibir el tiro de gracia que acortase su agonía, en el mejor de los casos se lanzaba una granada al interior, pero la mayoría de las veces se les dejaba morir lentamente. Algunos de los vecinos con los que se puso en contacto el autor aseguraban que por la mañana, cuando los familiares de las víctimas acudían a buscar información, eran frecuentes los gritos y lamentos desde el fondo de la mina.
Finalmente, cuando la guerra tocaba a su fin, los milicianos incendiaron el interior de la mina lanzando gasolina y prendiendo fuego desde arriba. Después arrojaron toneladas de piedras sobre los restos para evitar que fueran descubiertos. Era inútil, ningún vecino de los pueblos de alrededor podía olvidar el terror que se vivió durante los tres años de guerra en la mina de Camuñas.
CONCLUSIÓN
La mina de Camuñas constituye uno de los ejemplos más estremecedores de cómo determinados espacios naturales e industriales fueron transformados en fosas colectivas durante la Guerra Civil. La reiteración de las ejecuciones, el uso de la sima como lugar de ocultación de los cuerpos y los intentos finales por borrar las huellas de los crímenes revelan una voluntad clara de eliminar al adversario y de hacer desaparecer toda prueba de lo sucedido.
Más allá del número exacto de víctimas, lo ocurrido en Camuñas refleja el impacto duradero del terror en las comunidades rurales de la retaguardia. Los testimonios de los vecinos y los trabajos forenses posteriores han permitido reconstruir una memoria silenciada durante décadas. Integrar estos episodios en el relato histórico no implica instrumentalizar el pasado, sino reconocer la complejidad y la dureza de un conflicto que dejó cicatrices profundas en la sociedad española y cuya comprensión exige mirar de frente a todas sus víctimas.
