INTRODUCCIÓN
La tradición cristiana ha definido siempre el martirio no solo como la muerte violenta causada por odio a la fe, sino como la aceptación libre, consciente y amorosa de esa muerte por fidelidad a Cristo. El mártir no responde con violencia ni con odio, sino con el perdón, siguiendo el ejemplo del propio Jesús en la cruz. Esta distinción es esencial para comprender el significado profundo del martirio cristiano.
A la luz de estos criterios, la muerte de las carmelitas descalzas de Guadalajara constituye un testimonio singularmente elocuente. Sus palabras, sus escritos y la actitud mantenida hasta el último instante revelan una disposición habitual y reiterada a ofrecer la vida por la fe, asumida no como fatalidad, sino como don libremente entregado. El relato de sus últimas horas permite examinar, con serenidad y rigor, si en su muerte se cumplen plenamente las condiciones que la Iglesia ha reconocido siempre como propias del auténtico martirio…
No basta que el perseguidor ejecute a sus víctimas por odio a la fe o a la religión. Si éstas se resisten violentamente o se defienden por la fuerza, podrán tal vez ser consideradas como héroes, pero no como mártires. El martirio reclama de la víctima la aceptación voluntaria y paciente de la muerte y el perdón a los verdugos. ¿Se cumplen estas condiciones en el martirio de las carmelitas?
En Guadalajara todas hubieran querido ser mártires, pero el Señor sólo a tres lo concedió. La madre Araceli, priora del convento, lo atestigua: «Las tres siervas estaban dispuestas a perseverar e incluso a morir si hiciera falta. Todas estaban dispuestas a lo que viniera, decididas a morir antes que ofender a Dios». Y sor María del Sagrado Corazón añade: «Como todas, las tres siervas de Dios estaban dispuestas a sufrir el martirio y me consta ya de antes que las hermanas Teresa y Ángeles tenían verdadero anhelo por el martirio».
Es bien clara, pues, la disposición y voluntad habitual de sufrir el martirio por parte de las tres carmelitas. Hubo además momentos en que lo manifestaron expresamente: «De un modo especial en los días de recreo, como eran los festivos, manifestaron repetidas veces sus deseos de martirio». Cada una de ellas lo hizo a su manera, según cuenta sor María del Rosario: «El mismo día 22 de julio de 1936 tuvimos la misa a puerta cerrada, permaneciendo todo el día en oración, y, al caer la tarde, la hermana Pilar se acercó a la priora, sor Araceli, para decirle: “Madre, he dicho al Señor que, si quiere alguna víctima en esta comunidad, que me escoja a mí y se salven las demás”».
Respecto a la hermana Teresa, baste recordar de nuevo su respuesta a la carta en la que, en tono jocoso, se decía «Viva la República»: «A tu “Viva la República” contesto con un “Viva Cristo Rey” y ojalá diera mi vida en una guillotina por Él». La hermana Ángeles, «alma muy humilde y virtuosa, tenía grandes deseos de martirio, pero advertía siempre que se consideraba indigna de esa gracia, que ella consideraba muy grande».
Sobre la hermana Teresa se manifestó también que dijo en una de las últimas cenas en el convento: «Hay que comer mucho para tener mucha sangre, para derramarla por Cristo Rey».
A la hermana Ángeles, todavía en el convento, la oí muchas veces manifestar su deseo de dar la sangre por Dios. Estando yo refugiada en casa de doña Ascensión Valverde, me dijo una joven, que creo que era religiosa, a quien desconocía y no puedo identificar: «Qué santa debe ser la hermana Ángeles y qué deseos tiene de martirio». Y esto me lo decía con verdadero entusiasmo, y esto me lo decía a mí misma.
Se impone, a la luz de tantos testimonios, la convicción moralmente cierta acerca de la disposición habitual y repetida, en las tres carmelitas, a aceptar la muerte por la fe. ¿Qué ocurrió cuando llegó la hora suprema?
La hermana Ángeles no tuvo tiempo de manifestar esta aceptación, al menos externamente. Cayó al instante, mortalmente herida por las descargas de los milicianos. Había escrito: «Oh dulcísimo Jesús, como ovejitas fieles, queremos seguirte siempre hasta, si es necesario, dar nuestra vida por Ti. Dios mío, recibid mi vida entre los dolores del martirio y en testimonio de mi amor a Vos, como recibisteis la de tantas almas como os amaron y por vuestro amor murieron». Por lo demás, la noche anterior, en el refugio donde se encontraban, había dicho a la madre priora: «Madre, ¡qué dicha si fuéramos mártires!».
También había escrito la hermana Pilar: «Señor y Dios mío, desde ahora recibo ya de vuestra mano, con ánimo tranquilo y gustoso, cualquier género de muerte que te pluguiere darme, con todas sus amarguras, penas y dolores». Y a fe que cumplió a la perfección este ofrecimiento, desde que cayó acribillada en la calle Francisco Cuesta, pasando por su breve permanencia en la farmacia de la calle Mayor, hasta su estancia en el dispensario de la Cruz Roja y la última etapa en el Hospital Provincial.
Todos los testigos coinciden en señalar su paciencia y su ofrecimiento de perdón. La dentista María Carrasco declara: «Ella se tranquilizó un poco y entonces empezó a decir: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿qué les he hecho yo para que así me traten?”, e inmediatamente: “Perdonadles, que no saben lo que hacen”, y repitió muchas veces estas palabras, hasta tal punto que aquel espectáculo me impresionó de tal forma que estaba profundamente acongojada y llorando; y en el mismo estado de ánimo estaban casi todos los presentes, médicos, practicantes e incluso los guardias de asalto».
Un practicante, don Aurelio Díaz Clemente, lo ratifica: «… a la que yo oí varias veces decir: “Dios mío, perdónales, que no saben lo que hacen”, sin que hiciera manifestación alguna de odio o aversión contra sus enemigos, sino más bien de paciencia y resignación cristiana».
Poco queda que añadir a lo ya escrito sobre las horas últimas y momentos finales de la hermana Teresa. Aportamos como complemento dos testimonios todavía no mencionados. Sor Modesta del Espíritu Santo atestigua: «La hermana Teresa varias veces había manifestado sus deseos de martirio; por eso ella, en una recreación, pidió hacer el papel de mártir». Y otra compañera, sor María Cecilia del Santísimo Sacramento, declara: «Aunque nos embargaba el temor de lo que podía suceder, de la hermana Teresa recuerdo que manifestaba su deseo de martirio; ella y yo nos disputábamos el honor, si entraban los rojos, de romper el torno e ir a salvar el Santísimo».
Todos estos deseos fueron puestos en acto en la tarde del 24 de julio de 1936. La joven religiosa manifestó su generosidad y valentía al afrontar la muerte en defensa de su fe y de su pureza. En lugar de gritar «Viva el comunismo», gritó «Viva Cristo Rey» y extendió sus brazos en cruz. Sus mismos perseguidores y ejecutores admiraron su valentía moral y su fortaleza de espíritu.
Con todos estos datos bien comprobados, nadie puede dudar de que nos hallamos ante un auténtico martirio, en nada diferente del de los antiguos mártires de los primeros siglos de la Iglesia. Al declararlo, la autoridad de la Iglesia no hace, por otro lado, más que reconocer oficialmente lo que ya el pueblo cristiano había intuido. Muy poco tiempo después de los hechos se extendió la fama del martirio de las carmelitas.
CONCLUSIÓN
La muerte de las carmelitas de Guadalajara aparece, a la luz de los testimonios recogidos, como un auténtico martirio cristiano en sentido pleno. No se trató únicamente de una ejecución violenta, sino de una entrega consciente y perseverante de la vida, precedida por un deseo explícito de fidelidad a Cristo y acompañada, en el momento supremo, por el perdón a los verdugos y la aceptación serena del sufrimiento.
Las palabras pronunciadas, los gestos realizados y la coherencia entre vida, intención y muerte confirman que su sacrificio se inscribe en la misma tradición espiritual que la de los mártires de los primeros siglos. Al reconocer oficialmente su martirio, la Iglesia no hizo sino ratificar lo que ya había sido percibido espontáneamente por el pueblo cristiano: que en la muerte de estas religiosas se manifestó de forma eminente el amor llevado hasta el extremo.
Su testimonio permanece así como una llamada permanente a comprender el martirio no desde categorías políticas o históricas, sino desde su raíz evangélica más profunda: el amor que vence al odio y la fe que se entrega sin reservas hasta la muerte.
