INTRODUCCIÓN
La persecución religiosa desatada durante los primeros meses de la Guerra Civil española alcanzó de manera especialmente dramática a la comunidad pasionista de Daimiel. Formada en su mayoría por jóvenes religiosos dedicados al estudio, la oración y la preparación misionera, esta comunidad fue completamente ajena a cualquier implicación política, convirtiéndose en víctima de la violencia únicamente por su identidad religiosa y su fidelidad a Cristo.
Entre julio y octubre de 1936, veintiséis miembros de esta joven y floreciente comunidad fueron asesinados en distintos lugares de Castilla-La Mancha y Madrid. Su muerte, vivida sin resistencia armada y asumida con serenidad, constituye un verdadero martirio cristiano, reconocido oficialmente por la Iglesia. El relato de los hechos permite comprender no solo la cronología del sacrificio, sino también la disposición espiritual que llevó a estos religiosos a aceptar la muerte como testimonio supremo de fe y fidelidad vocacional…
La comunidad pasionista de Daimiel fue martirizada entre el 23 de julio y el 23 de octubre de 1936. Para comprender este drama como verdadero martirio es necesario precisar que dicha comunidad era absolutamente ajena al juego de las facciones o partidos políticos de cualquier color. La mayoría de sus miembros estaba constituida por jóvenes religiosos de dieciocho a veintiún años que, en el estudio y la oración, se preparaban para ir un día a misionar en tierras de América.
En julio de 1936, la comunidad estaba formada por treinta religiosos, padres, hermanos y estudiantes. El padre Germán de Jesús y María era su rector. El padre Juan Pedro de San Antonio, vicesuperior. Pocas semanas antes había llegado a Daimiel el padre provincial, Nicéforo de Jesús y María, que proyectaba realizar su visita canónica a las diversas casas de la Provincia de la Sagrada Familia, comenzando precisamente por la comunidad de Daimiel. Esta circunstancia hizo que el padre provincial compartiera aquellos momentos de inseguridad que ya se vivían en el convento de Daimiel y en otras zonas de la provincia de Ciudad Real y en muchos lugares de España.
Ya durante los días siguientes al alzamiento militar, el convento fue varias veces registrado. Algunos religiosos permanecieron varias horas detenidos. Durante la noche del 20 al 21 de julio los milicianos mantuvieron rodeado el convento, en el que de madrugada hicieron un nuevo registro. La inquietud crecía por momentos. Al concluir aquella jornada del día 20, el padre Nicéforo hizo a los religiosos la llamada «reflexión de la noche», aconsejándoles que se mantuvieran tranquilos, pero a la vez en actitud sobrenatural por si se producían acontecimientos decisivos.
Veintiséis miembros de aquella joven y floreciente comunidad pasionista de Daimiel fueron inmolados por confesar su fe cristiana y por su fidelidad a Jesucristo y a su vocación religiosa. Constituían la comunidad treinta religiosos y se les había unido el padre provincial.
Martirizados en Manzanares (Ciudad Real), 23 de julio de 1936
Nicéforo Diez, nacido el 17 de febrero de 1893 en Herreruela (Palencia), superior provincial, 43 años.
José Estalayo, nacido el 17 de marzo de 1915 en San Martín de Perapertú (Palencia), estudiante, 21 años.
Epifanio Sierra, nacido el 12 de mayo de 1916 en San Martín de Perapertú (Palencia), estudiante, 20 años.
Abilio Ramos, nacido el 22 de febrero de 1917 en Resoba (Palencia), estudiante, 20 años.
Zacarías Fernández, nacido el 24 de mayo de 1917 en Cintruénigo (Navarra), estudiante, 19 años.
Fulgencio Calvo, nacido el 16 de febrero de 1917 en Cubillo de Ojeda (Palencia), estudiante, 19 años.
Martirizados en Carabanchel Bajo (Madrid), 23 de julio de 1936
Germán Pérez, nacido el 7 de septiembre de 1898 en Cornago (La Rioja), superior de la comunidad, 38 años.
Felipe Valcobado, nacido el 26 de mayo de 1874 en San Martín de Rubiales (Burgos), sacerdote, 62 años.
Maurilio Macho, nacido el 15 de marzo de 1915 en Villafría (Palencia), estudiante, 21 años.
José Oses, nacido el 29 de abril de 1915 en Peralta (Navarra), estudiante, 21 años.
Julio Medinilla, nacido el 7 de mayo de 1915 en La Lastra (Palencia), estudiante, 21 años.
José María Ruiz, nacido el 3 de febrero de 1917 en Puente la Reina (Navarra), estudiante, 21 años.
Laurino Proaño, nacido el 14 de abril de 1916 en Villafría (Palencia), estudiante, 20 años.
Anacano Benito, nacido el 23 de septiembre de 1906 en Becerril del Carpio (Palencia), hermano coadjutor, 30 años.
Felipe Ruiz, nacido el 10 de marzo de 1915 en Quintanilla (Palencia), hermano coadjutor, 21 años.
Martirizados en Urda (Toledo), 25 de julio de 1936
Pedro Largo, nacido el 19 de marzo de 1907 en Alba de los Cardaños (Palencia), sacerdote, 29 años.
Félix Ugalde, nacido el 6 de noviembre de 1915 en Mendigorría (Navarra), estudiante, 21 años.
Benito Solana, nacido el 4 de enero de 1898 en Cintruénigo (Navarra), hermano coadjutor, 38 años.
Martirizados en Corral de Calatrava (Ciudad Real), 25 de septiembre de 1936
Juan Pedro Bengoa, nacido el 19 de junio en Santa Águeda (Guipúzcoa), sacerdote, 46 años.
Pablo María Leoz, nacido el 16 de febrero de 1882 en Leoz (Navarra), hermano coadjutor, 54 años.
Martirizados en Manzanares (Ciudad Real), 23 de octubre de 1936
Ildefonso García, nacido el 15 de marzo de 1898 en Becerril del Carpio (Palencia), sacerdote, 38 años.
Justiniano Cuesta, nacido el 19 de agosto de 1910 en Alba de los Cardaños (Palencia), sacerdote, 26 años.
Eufrasio de Celis, nacido el 13 de marzo de 1915 en Salinas de Pisuerga (Palencia), estudiante, 21 años.
Honorino Carracedo, nacido el 21 de abril de 1917 en La Lastra (Palencia), estudiante, 19 años.
Tomás Cuartero, nacido el 22 de febrero de 1915 en Tabuenca (Zaragoza), estudiante, 21 años.
José María Cuartero, hermano del anterior, nacido el 29 de abril de 1918 en Tabuenca (Zaragoza), estudiante, 18 años.
Antecedentes remotos del martirio de los pasionistas de Daimiel
En mayo de 1931, mientras en otras ciudades de España ardían iglesias y conventos, en Daimiel hubo un incendio en el local del colegio de los pasionistas destinado a guardar las herramientas de la huerta y el carro. No se tiene noticia de posteriores intentos de idéntica naturaleza.
En marzo de 1936 hubo registro por parte de unos trescientos hombres armados en busca de armas. Los superiores encargaron trajes de paisano para cada religioso, con un gasto de 458 pesetas. Se pensó en mandar a todos a casa por las noticias verdaderamente alarmantes que llegaban a sus oídos.
La tensión no disminuyó en los meses sucesivos, aunque no se verificaron hechos concretos lamentables. El padre Juan Pedro Bengoa escribía a su hermana Genoveva: «No sé dónde terminará esto. Yo creo que, según todos los indicios, no tardarán mucho en empezar por nosotros. Aquí todos los días están diciendo que nos queda ya poco tiempo y quieren coger el convento. Ya tenemos ganas de que se termine todo esto, pues estamos sufriendo muchísimo y no tenemos libertad para nada».
El 4 de junio regresó a España el padre Nicéforo Diez Tejerina. Aunque no conocemos su carta, sí conservamos la respuesta del padre Inocencio desde Roma, fechada el 18 de junio de 1936, en la que se alude a la situación crítica de España y a la disposición del superior general para encontrar refugio en caso de expulsión.
Esta impresión era general en toda España, no solo en Daimiel. El día 15 de junio el padre Nicéforo tuvo consulta en Zaragoza. Nada hacía prever una situación de emergencia, pues se realizaron los cambios de religiosos y los nuevos destinos con normalidad, de cara a un nuevo curso.
El padre Nicéforo se dispuso a cumplir la visita canónica en España. Comenzaría por Corella y seguiría por la casa de Daimiel. Posteriormente, sin explicar las razones, invirtió el orden y determinó presentarse en Daimiel.
Su paso por Madrid le resultó inquietante. Llegó a Daimiel coincidiendo con el asesinato de Calvo Sotelo. El día 15 de julio escribió: «Mi viaje a ésta fue de lo más feliz y sin ningún percance. Aquí en Daimiel todos están bien, pero con un sobresalto que no duermen de miedo, sobre todo ahora con lo de Calvo Sotelo».
El 18 de julio se produjo el alzamiento militar. La noticia llegó al convento el día 19. Había comenzado la guerra civil. Ese día los milicianos volvieron a registrar el convento en busca de armas, sin resultado.
En la comunidad se celebró la primera misa de las siete con normalidad. Llamó la atención la escasa asistencia. Una anciana advirtió que las iglesias del pueblo estaban bloqueadas por gente armada, no para impedir el culto, sino para evitar aglomeraciones.
El día transcurrió entre inquietud y ansiedad. El padre Zenón Merino describió la situación diciendo que la tragedia se acercaba a pasos agigantados. El día 20 continuó la tensión. Dos religiosos fueron enviados a informarse en el pueblo, fueron interrogados durante horas y finalmente liberados.
La jornada concluyó con normalidad. El padre Nicéforo dio la reflexión de la noche y aconsejó mantenerse tranquilos, pero en actitud sobrenatural.
Durante la noche del 20 al 21 de julio los milicianos rodearon el convento. Al amanecer practicaron un nuevo registro. Durante el día no ocurrió nada reseñable, salvo la desaparición del criado Juan Sousa. El superior solicitó protección de la Guardia Civil. Se le respondió que nada ocurriría.
La comunidad cenó, rezó el rosario y completas, escuchó la reflexión y recibió la bendición del padre Nicéforo. Cada uno se retiró a su celda, con la angustia interior propia de aquellas horas. No es probable que durmieran.
No consta si la pareja de la Guardia Civil llegó a presentarse. De haberlo hecho, pudo no intervenir por su inferioridad numérica o ser fácilmente neutralizada por los revolucionarios.
CONCLUSIÓN
El martirio de los veintiséis religiosos pasionistas de Daimiel se inscribe plenamente en la tradición cristiana del testimonio hasta la muerte por fidelidad a la fe. La ausencia total de implicación política, la aceptación serena del sufrimiento y la coherencia entre vida religiosa y muerte violenta confirman el carácter auténtico de su martirio.
Más allá del contexto histórico concreto de la Guerra Civil española, la muerte de estos jóvenes religiosos revela la fuerza de una fe vivida con radicalidad evangélica y la solidez de una vocación asumida hasta sus últimas consecuencias. La dispersión de sus ejecuciones en el tiempo y el espacio no diluye la unidad de su testimonio, sino que la refuerza, mostrando una comunidad unida en la fidelidad incluso en la prueba extrema.
Al reconocer oficialmente su martirio, la Iglesia no hizo sino ratificar lo que ya había sido percibido por el pueblo cristiano: que la sangre derramada por estos religiosos no fue fruto de un enfrentamiento político, sino expresión de una fe ofrecida libremente y sostenida por la esperanza cristiana.
