INTRODUCCIÓN
El martirio de los veintiséis religiosos pasionistas de Daimiel constituye uno de los testimonios más sobrecogedores de la persecución religiosa sufrida en España durante el verano y otoño de 1936. Jóvenes en su mayoría, ajenos a toda militancia política y consagrados a la oración, al estudio y a la preparación misionera, fueron expulsados de su convento, dispersados en grupos y finalmente asesinados únicamente por su condición de religiosos.
El relato de los hechos —recogido a partir de numerosos testimonios directos, declaraciones judiciales y documentos eclesiásticos— muestra con claridad la dimensión auténticamente martirial de su muerte: aceptación consciente del sacrificio, ausencia total de resistencia violenta, serenidad ante el peligro y explícita profesión de fe hasta el último momento.
Este artículo reconstruye, paso a paso, los acontecimientos vividos por la comunidad pasionista desde la noche del 21 de julio de 1936 hasta la ejecución de sus miembros en distintos puntos de La Mancha, Madrid y Toledo, ofreciendo una narración fiel, ordenada y respetuosa con la verdad histórica.
Hechos ocurridos en la noche del 21 al 22 de julio de 1936
Sobre las 11.30, unos milicianos llamaron en la portería. El H. Pablo María bajó a abrir con dos estudiantes y otro hermano. Les conminaron la orden:
—Deben abandonar el convento en media hora…
El H. Pablo no se enfadó, ni gritó, ni insultó, ni hizo gestos desaprobatorios: no hubiera sido prudente en aquel momento; tampoco iba con su carácter. Tranquilamente cerró la puerta y avisó al P. Provincial. Este ordenó que los religiosos se vistieran de paisano. En pocos momentos, la iglesia estaba ocupada por los 31 religiosos. El P. Nicéforo no perdió la calma, aunque estaban golpeando en la puerta.
—Hermanos, si ha llegado nuestra hora, ¡ánimo! El Señor estará con nosotros. Recibamos su ayuda.
El P. Germán le absolvió a él, y el P. Nicéforo, revestido con roquete y estola, hizo lo mismo con todos los demás religiosos; tomó luego el copón y habló a la comunidad:
—Ciudadanos del Calvario… es la hora de nuestro Getsemaní… La naturaleza, en su parte débil, desfallece y se acobarda. Pero Jesucristo está con nosotros… Os voy a dar al que es la fortaleza de los débiles. Si a Jesús lo confortó un ángel, a nosotros es el mismo Jesucristo quien nos conforta y sostiene… Dentro de unos pocos momentos estaremos con Cristo… ¡Moradores del Calvario, ánimo! ¡A morir por Cristo! A mí me toca el animaros, y yo mismo me estimulo con vuestro ejemplo…
Los religiosos consumen todas las especies consagradas. El P. Nicéforo dio breves instrucciones: cada uno podía obrar como mejor le pareciera. Si alguien deseaba salir del convento, era libre de hacerlo, aunque era mejor quedarse en la iglesia, por ser muy peligroso salir a aquellas horas de la noche.
—Yo me sentaré en estos bancos a esperar la muerte…
Entró un miliciano bien armado a quien escoltaban otros dos. El P. Nicéforo les dijo:
—Estamos ya preparados. Pueden disparar…
Los milicianos quedaron sorprendidos y perplejos:
—No os mataremos. Queremos llevaros a la estación, y desde allí marchaos a vuestras casas o adonde queráis. El convento va a ser necesario para otras cosas.
El P. Nicéforo no se fiaba:
—Si quieren matarnos, háganlo aquí, y no en descampado como a conejos.
—Pero ¿quién os ha dicho que vamos a mataros?
Uno de los jefes se echó el arma a la cara:
—Vais a salir inmediatamente. Si no queréis por las buenas, saldréis por las malas.
—Si es así, vamos —dijo el padre.
Nos pusieron de dos en dos a la puerta del convento, nos contaron y, en medio de trescientos o cuatrocientos hombres, nos llevaron por la calle que va a la estación, hasta que llegamos a la bifurcación que va al cementerio. Y nos obligaron a tomar esta dirección.
Uno de los religiosos les advirtió:
—A la estación se llega por este otro camino…
—Silencio y a callarse, que así lo ha ordenado el jefe.
El H. Pablo María arrastraba penosamente los pies a causa de las heridas:
—Por favor, no puedo más…
—Adelante, que ya falta poco.
Los religiosos, de dos en dos, caminaban en silencio, orando. Si acaso algún cuchicheo.
Al llegar a la bifurcación del cementerio, el cabecilla gritó:
—¡Al camino…!
Aquella voz sonó en nuestros oídos como la sentencia de muerte… El cementerio sería nuestra mansión. Así lo creemos fuertemente con la fe del mártir que ve la rueda del tormento.
Una vez más ofrecemos la vida a Dios, seguros de que nos encontraremos en la gloria, y nos disponemos a morir.
¿Nos enterrarán vivos? ¿Nos fusilarán en las tapias? ¿Cómo quedaremos?
Estos negros pensamientos bullían en la mente, como comentábamos después los que quedamos con vida.
A las puertas del cementerio los detienen. El jefe se ha rezagado.
Cuando llega, dialogan en voz baja los cabecillas, y por fin uno habla en nombre del jefe:
—Camaradas, nada de sangre. La pólvora y el plomo se necesitan para otras cosas. Que se vayan donde quieran, pero que no vuelvan por Daimiel, porque entonces no responderíamos de su vida…
Al escuchar esta orden, los religiosos respiraron, aunque más de uno temió que les seguirían e irían cazándoles como conejos. Siguieron carretera adelante hacia Ciudad Real. Llegaron a un paraje donde parte hacia la izquierda el camino que lleva a la estación de El Campillo, del ferrocarril de Ciudad Real a Alcázar de San Juan.
Los superiores repartieron el dinero que había en caja: veinticinco pesetas a cada uno. El P. Nicéforo repitió la consigna:
—Hacia Madrid. Lugar de encuentro, Zaragoza. ¡O el cielo!
En cada grupo iría un sacerdote, para que, llegado el caso, diera la absolución a los demás, y porque, siendo menores de edad casi todos los estudiantes, una persona mayor debería responder por ellos.
Distribución de los grupos
Primer grupo
Veintiún religiosos tomaron la carretera de El Campillo, donde después se subdividieron en dos grupos: uno de nueve que, por Ciudad Real, llegó a Carabanchel Bajo, donde fueron fusilados todos; lo encabezaba el P. Germán; y otro de doce, al frente del cual estaban el P. Nicéforo y el P. Ildefonso, que marchó en dirección contraria, por Manzanares y Alcázar de San Juan hacia Madrid; serían fusilados en Manzanares.
Segundo grupo
Siete religiosos se dirigieron hacia Ciudad Real por Torralba de Calatrava; cinco se salvaron y dos murieron en Ciudad Real.
Tercer grupo
Tres religiosos marcharon campo a través hacia Malagón, y murieron fusilados en Urda (Toledo).
Grupo de Manzanares: primer martirio
El grupo de doce lo integraban los padres Nicéforo Diez Tejerina, Ildefonso García Nozal y Justiniano Cuesta Redondo; los estudiantes José Estalayo, Honorino Carracedo, Epifanio Sierra, Fulgencio Calvo, Abilio Ramos, Tomás y José María Cuartero, Eufrasio de Celis y Zacarías Fernández Crespo.
Permanecieron por los alrededores de El Campillo esperando el tren. Las personas con quienes trataron aquel día testifican su bondad, paciencia y sencillez. Les dejaron como recuerdos de gratitud medallas y crucifijos, que conservaron como reliquias de unos hombres sacrificados por su condición de religiosos. Tomaron el primer tren que pasó, que sería el de las 9:30 de la mañana, aunque otro testigo habla del anochecer.
Según la versión recogida en los primeros años por el padre Juan María, C.P., el anarquista Francisco Menchén llamó a su hermano Antonio, que trabajaba en la estación de Manzanares y era famoso por su odio a Dios. La consigna de Francisco revelaba bien sus intenciones:
«Van a pasar por ahí los pasionistas de Daimiel. ¡Carne fresca! No la dejéis escapar…».
El tren pasaba por Daimiel. Es posible que algún ferroviario conociese a los religiosos, o que los del Comité del Pueblo subieran a inspeccionar, o que algún empleado de El Campillo o desde Ciudad Real avisase. Al llegar a Manzanares fueron obligados a descender del vagón. Les esperaba el Comité Ferroviario. No era, pues, casualidad la detención. Allí estaba Antonio Menchén.
Escoltados por los del Comité hasta el Ayuntamiento, se les encerró en el departamento conocido como «la perrera», donde pasaron la noche. Serían las cinco de la mañana cuando fueron a la estación escoltados por carabineros. El padre Nicéforo entró en el despacho del subjefe de estación, Emigdio García, y le pidió un suplemento de billete hasta Alcázar de San Juan a fin de proseguir viaje a Madrid en el expreso que subía de Sevilla. El empleado le facilitó el billete.
En aquel momento hizo acto de presencia Antonio Menchén, quien se encaró con el señor García y le apuntó con la pistola:
—¿Vas a dejar que escape esta gentuza?
Ante el gesto amenazante de Menchén, el padre Nicéforo se puso de rodillas, en actitud de pedir perdón:
—Por favor, no le haga nada a él. Máteme a mí, si es preciso.
La escena parece que despertó el odio contra el grupo de religiosos, que, callados y dispuestos a todo, esperaban la hora de tomar el tren, ante la absoluta pasividad de los carabineros. El señor Menchén empujó al padre Nicéforo para que abandonara el despacho. Se agruparon los milicianos que, armados, merodeaban por la estación. Se agregaron mujeres y otros elementos extremistas ya avisados desde la noche anterior. ¿Se determinó en comité ejecutar a los religiosos, «esa gentuza»? No hay datos, pero la aglomeración de tanta gente a hora tan temprana se presta a creer que sí.
Los pasionistas, amenazados con las armas, echaron a andar por la vía del ferrocarril, fuera de la estación, hacia un lugar próximo conocido como «La Vereda de Valencia». De pronto sonaron descargas de escopeta y fusiles, y los doce religiosos quedaron tendidos en un área de unos sesenta metros cuadrados.
El padre Nicéforo quedó mirando al cielo, con una sonrisa de paz. Uno de los milicianos le increpó:
—¿Todavía ríe?
Y le disparó el tiro de gracia.
Con el padre Nicéforo murieron allí mismo los más jóvenes: José Estalayo, Abilio Ramos, Epifanio Sierra y Zacarías Fernández. Sus cadáveres fueron levantados más tarde e inhumados en Manzanares.
Los siete restantes quedaron malheridos. Los milicianos, inmisericordes, esperaban a cierta distancia para divertirse viendo cómo se levantaban y volvían a caer. En aquellos momentos cruzó el tren que iba de Alcázar hacia Ciudad Real. El señor Pinilla, de El Campillo, relató la terrible escena:
«A la mañana siguiente, un colega, un joven empleado del tren que llegaba de Manzanares, me contó conmovido y muy impresionado que aquella misma mañana habían sido fusilados, junto al paso a nivel de Madrid, el grupo de religiosos que el día anterior estaban en El Campillo, y añadió: Desde el tren hemos podido ver cómo algunos se levantaban y caían nuevamente en el suelo…».
Algunos dirigentes del Comité Popular avisaron a la Cruz Roja de la localidad. El practicante Benito Trujillo Soguero y otros voluntarios se presentaron a eso de las diez de la mañana a recoger los cadáveres, que en un camión fueron conducidos al depósito, y a los heridos, trasladados en una furgoneta particular hasta el hospital municipal. Mientras se les subía a la furgoneta, algunas personas se acercaron a insultarles y a darles golpes.
Ya en el hospital, los religiosos confesaron su dolor:
«Mucho sufríamos, heridos como estábamos; pero lo que nos llegó al alma fueron aquellos golpes con alpargatas…».
Fulgencio Calvo llegó inconsciente. Una enfermera que vive en Manzanares dice:
«Uno se murió en una habitación. Lo dejaron en el suelo, lleno de sangre. Las Hermanas de la Caridad quisieron ponerle en una cama y les dijeron que no, que tenía que ser así…».
Y el padre Ildefonso dijo:
«¡Feliz él! Nosotros hemos tenido la palma del martirio en la mano, y se nos ha escapado».
Los demás presentaban heridas gravísimas. El padre Ildefonso, al cobrar el conocimiento, preguntó:
—¿Dónde estamos?
—Entre las Hijas de la Caridad…
—¡Gracias a Dios! Somos pasionistas…
Las Hijas de la Caridad permanecieron en el hospital hasta el 31 de julio, muy limitadas en su libertad de actuación. Con ellas vivía la empleada Vicenta Gómez Sánchez, cuyos recuerdos han permitido reconstruir los hechos.
Sor Basilisa Lumbreras Montes relata la actitud de los heridos:
«¡Qué pena! Hemos tenido la palma del martirio en las manos y San Pedro no nos ha dejado entrar…».
Grupo de Urda (Toledo)
Al despedirse de los demás compañeros en la bifurcación de la carretera que va a El Campillo, el padre Pedro Largo, el estudiante Félix Ugalde y el hermano Benito Solana siguieron carretera adelante. En Torralba se echaron al descampado, soportando el sol de un día de julio en La Mancha.
Trataron de evitar el encuentro con los revolucionarios que iban al santuario de las Cruces a buscar a su capellán, don Modesto D’Opazo Maján. Dejaron el santuario y, acosados por la sed, se acercaron a una vivienda de campo llamada «Flor de Ribera». Por fortuna vivía allí gente de paz.
Sagrario López Astillero testifica:
«El 23 de julio se presentaron en el molino de mi hermano… Les pedí agua…».
Convencidos de que en Madrid podrían salvarse, siguieron hacia Malagón. Dos serenos los reconocieron en el Puente Navarro y los condujeron al Ayuntamiento:
«Traemos tres peces gordos; son frailes de Daimiel…».
Fueron llevados a Urda, donde los esperaban las turbas. El señor Justo Anciano recuerda:
«Vi que llevaban tres hombres seguidos de milicianos…».
Poco después sonaron las descargas. Los tres fueron asesinados al amanecer del 25 de julio, fiesta de Santiago Apóstol. ¿Cuál había sido su delito? El ser religiosos.
Grupo de Ciudad Real
En el punto de separación, cinco jóvenes —los padres Zenón Merino y Pablo Vega, y los estudiantes Andrés Goya, Gonzalo Cirauqui y Melitón Alonso— se encaminaron hacia Ciudad Real campo a través. Por su parte, el padre Juan Pedro Bengoa y el hermano Pablo María Leoz siguieron carretera adelante hacia la capital de la provincia.
Los cinco jóvenes salieron a la carretera cerca de Torralba. Encontraron a estos dos, enfermos y agotados por los años y la caminata, sentados en la cuneta, exhaustos.
—No nos moveremos de aquí hasta que nos llegue la muerte.
Los cinco jóvenes les animaron a seguir adelante, y los dos venerables religiosos se levantaron y echaron a andar.
—Id vosotros, que podéis correr más. Nosotros iremos a nuestro paso.
Los cinco jóvenes llegaron a Torralba y pudieron subir a un autobús que iba a Ciudad Real. Mientras esperaban sentados dentro, vieron que llegaban los otros dos. Convencieron al conductor para que esperase un poco a ver si ellos podían subir también. Efectivamente, los siete siguieron ruta hacia Ciudad Real.
En la capital, los cinco más jóvenes fueron detenidos y llevados a una comisaría. Pasaron allí la noche y les dejaron en libertad. Con la ayuda del agente de policía, señor Pinilla, llegaron a Madrid. Después de mil peripecias y encarcelamientos lograron llegar a Zaragoza, testigos de la tragedia vivida en Daimiel.
El padre Bengoa y el hermano Leoz solicitaron refugio en el seminario y después en el convento de los padres claretianos. Estos les recomendaron la pensión de Antonia Martínez, en la calle Montesa, número 6. Esto ocurría el 22 de julio. Allí permanecieron hasta el 24 de septiembre, conviviendo con el padre Tomás Ramos, C.M.F., don Eduardo Hoyos, seglar, y el padre Jesús Hita, marianista y también beato.
El 6 de agosto, el padre Juan Pedro conocía ya la masacre de la comunidad. Posiblemente las visitas que recibía de Daimiel le confirmaron la tragedia, que pudo comunicar a Roma, al padre Inocencio. Este recibió también noticias a través de un tal Evaristo Herrero, a quien el 18 de marzo de 1937 escribía desde Cannes (Francia) un tal «Antonio de» (apellido ilegible). Dice, entre otras cosas:
«Algo más concreto y seguro puedo hablar del reverendo padre superior de los pasionistas que, juntamente con un hermano lego, ocupó una pensión modesta en la calle del Gato (sic), donde ya estaban alojados un padre claretista y don Jesús Hita (marianista). Al final del mes de agosto, a raíz de una orden del gobernador en la que se mandaba a todos los fondistas dar razón de las personas que tenían en su establecimiento, los cuatro señores mencionados fueron prendidos y a los pocos días fusilados.
En cuanto al convento de los padres pasionistas de Daimiel, sirve de alojamiento a numerosas familias que se han distribuido por las diversas dependencias. Referente a la patrona del pueblo, Nuestra Señora de las Cruces (dos estatuas), y al Santo Cristo, al que tenía gran devoción el pueblo, los han hecho añicos. Aquel pueblo parece un infierno. Socialistas y comunistas se disputaron la supremacía a tiro limpio por las calles, y llegó un momento en que el cónsul francés no se sintió seguro».
Sobre el comportamiento de los dos pasionistas en la pensión de Ciudad Real, nos lo cuenta la señorita Antonia Martínez Navalón:
«Todas las mañanas se levantaban a las cinco, hacían sus rezos y su oración. Desayunaban a eso de las nueve de la mañana. Dedicaban el tiempo a lectura espiritual y recitaban el Oficio divino, que el padre Juan Pedro no omitió en todo el tiempo. Confesaba a todos los que estaban en casa.
Comían a eso de la una y, después de un rato de recreo, hacían su oración y se dedicaban a la lectura de cosas espirituales; rezaban en común con otros religiosos que allí estaban y con la familia. El padre Juan Pedro y el hermano Pablo rezaban aparte los quince misterios del rosario.
El padre Juan Pedro animaba y alentaba a los demás a soportar el martirio, de cualquier manera que viniese, y para ello pedían todos los días esta gracia al Señor. Hablando de la posibilidad de que los sacaran para matarlos, decían a las dueñas de casa: “Si alguno nos saca para fusilarnos, os pedimos que a nadie tengáis odio ni rencor, por mal que nos hagan. El Señor lo permite para nuestra satisfacción”.
Durante todo el tiempo que permanecieron en la pensión, el padre Juan Pedro llevaba unos cilicios de cuerda. El hermano Pablo ayudaba cuanto podía en las faenas de casa, ayudando a veces de cocinero, ya preocupándose del corral. Con su trabajo deseaba no ser gravoso a nadie y ganar algo; por eso se le buscó una zapatería para poder trabajar como zapatero.
Casi todos los rezos los hacían con los brazos en cruz. El hermano no podía aguantar tanto tiempo».
Recibieron algunas visitas de Daimiel —a ciencia cierta se conoce la de Manuela, «La Monjilla», a quien el padre Juan Pedro regaló el rosario—, lo que pudo indicar la pista a los milicianos. El padre Juan Pedro escribió a las Hermanitas del Asilo de Daimiel pidiendo dinero y alimentos, y a la familia D’Opazo, posiblemente con la misma urgencia, para pagar la pensión.
El 24 de septiembre de 1936, a las diez de la mañana, se presentaron los milicianos. La señora Martínez quiso salvar, cuando menos, la vida del hermano Pablo María:
—Este es un zapatero…
—A ver las manos…
Le miraron las manos para ver si tenía callos y le retorcieron el brazo para comprobar su fortaleza. Todo fue inútil. Les llevaron al seminario, convertido en checa. Sobre las diez de la noche fueron conducidos a Carrión de Calatrava (Ciudad Real). Según confesaron más tarde los mismos asesinos, el padre Juan Pedro apretaba el crucifijo contra el pecho y gritó «¡Viva Cristo Rey!» mientras la descarga acabó con su vida.
Los cadáveres fueron arrojados en un profundo foso juntamente con otros ochocientos. Los dos pasionistas aceptaron la muerte con espíritu martirial. El padre Juan Pedro solía decir a la dueña de la pensión:
—Si contásemos solo con la ayuda de los hombres, nunca haríamos nada; pero con la de Dios, sí.
Era el 25 de septiembre. Por la tarde de aquel mismo día, los milicianos volvieron a la pensión para llevarse la maleta de otro religioso. La dueña les preguntó:
—¿Dónde están los señores que teníamos en casa?
Respondieron:
—No os preocupéis. Les hemos dado ya el pasaporte para la América.
Expresión suficientemente significativa que confirmó la muerte de los dos religiosos, cuyos restos reposan en el Valle de los Caídos con sus compañeros de tragedia, ya que no fue posible la identificación personal.
CONCLUSIÓN
Los hechos que culminaron en el martirio de los veintiséis religiosos de Daimiel no pueden entenderse como episodios aislados ni como consecuencia de enfrentamientos armados, sino como una persecución sistemática motivada por el odio a la fe y a la vida consagrada. Su comportamiento —marcado por la oración, el perdón a los verdugos y la aceptación serena de la muerte— responde plenamente a los criterios tradicionales del martirio cristiano.
La dispersión forzada de la comunidad, los fusilamientos sucesivos en Carabanchel, Manzanares, Urda y Ciudad Real, así como el sufrimiento prolongado de algunos heridos antes de ser ejecutados, configuran una de las páginas más dramáticas y elocuentes de la historia religiosa española del siglo XX.
Hoy, su memoria permanece como testimonio luminoso de fidelidad a Cristo, de amor llevado hasta el extremo y de esperanza cristiana frente a la violencia. El martirio de los pasionistas de Daimiel no es solo un hecho del pasado, sino una llamada permanente a la verdad, a la reconciliación y a la dignidad de la fe vivida sin concesiones.
