Carta de Don Juan a Franco interesándose en participar en la Guerra Civil
Excmo. Sr. General Don Francisco Franco
Mi respetado general:
En forma tal vez impremeditada, cuando la guerra de España tenía sólo el carácter de una lucha interna, he intentado tomar parte en ella. Aunque me impulsaban sentimientos bien ajenos a la política, comprendo y respeto las razones que entonces movieron a las autoridades a impedir mi incorporación a las tropas.
Actualmente la lucha parece tomar, cada vez más, aspecto de una guerra contra enemigos exteriores, guerra en la que todos los buenos españoles de mi edad habrán podido hallar un puesto de combate. El deseo de hallarlo yo también, y en forma que aleje toda suspicacia, me mueve a someter a la benévola atención de V.E. mi aspiración.
Según noticias de prensa, se hallará pronto listo para hacerse a la mar el crucero Baleares, en el que podría prestar algún servicio útil, ya que he realizado mis estudios en la Escuela Naval británica, he navegado dos años en el crucero Enterprise, y he seguido luego el curso especial de artillería en el Iron Duke antes de abandonar la Marina inglesa. Yo me incorporaría directamente al buque, me abstendría en absoluto de desembarcar en puerto alguno español y desde luego le empeño mi palabra de que no recibiría ni aún a mis amigos personales.
Yo no sé, mi general, si al escribirle así infrinjo las normas protocolarias con que es usual dirigirse a un Jefe de Estado. Le ruego en todo caso disculpe el que confíe a su corazón de soldado este anhelo mío de servir a España al lado de mis compañeros.
Con mis votos más fervientes por que Dios le ayude en la noble empresa de salvar a España, le ruego acepte el testimonio del respeto con que se reitera a sus órdenes y muy afectuosamente e.s.m.
Juan de Borbón.
Franco contesta a Don Juan
Salamanca, 12 de enero de 1937.
S.A.R. Don Juan de Borbón
Alteza:
Su carta llena de patriotismo y entusiasmo me llena como soldado de satisfacción al contrastar, una vez más, cuán arraigado están en V.A. las virtudes de la raza y cómo siente nuestra Realeza los problemas de nuestra querida España.
Es verdad que la lucha por nosotros empeñada se sale de los límites de la nación para entrar en los internacionales, ya que no sólo se debate la suerte de España, sino también la de la civilización occidental y de la Iglesia católica, duramente atacadas por el comunismo ruso, con la complicidad y decidida cooperación de ciertos gobiernos extranjeros.
Hubiera sido para mí muy grato el haber podido acceder a vuestro deseo, tan español como legítimo, de combatir en nuestra Marina por la causa de España; pero la seguridad de vuestra persona no permitiría que pudierais vivir bajo el sencillo título de oficial, pues el entusiasmo de unos y las oficiosidades de otros habrían de dificultar tan nobles propósitos; sin contar con que el lugar que ocupáis en el orden dinástico y las obligaciones que de él se derivan imponen a todos y exigen de vuestra parte sacrificar tan patrióticos como nobles y sentidos, al propio interés de la patria.
Por todo ello, no obstante ser tan halagador vuestro deseo y tan valioso para la Marina española el aprovechamiento de vuestra pericia de oficial y vuestros sentimientos, en momentos que tantos compañeros han sido sacrificados por la barbarie roja, no me es posible seguir los dictados de mi corazón de soldado aceptando vuestros ofrecimientos.
Muy agradecido en nombre de España y de todos los compañeros de este Ejército y Marina por vuestros fervientes votos y entusiasmo, sabéis que contáis con toda la simpatía y respetuoso afecto de este leal soldado que afectuosamente os saluda.
Francisco Franco.
Carta manuscrita de Don Juan mostrando sumisión a Franco
Viale Parioli 112
Roma, 28-XII-1937, 2º. A .T. (segundo año triunfal)
Excmo. Sr. General Dn. Francisco Franco
Mi respetado general:
La prensa inglesa y francesa repetidamente vienen ocupándose de la política futura de España y sacan a la luz pública mi nombre en relación con ella, como si yo sostuviese actividades de este tipo. Como quiero que en modo alguno pueda V.E. tener duda sobre mi actuación, le pongo estas líneas para asegurarle que a ninguna persona, española o extranjera, he autorizado a expresar otras ideas que mi deseo de obedecer las órdenes de V.E. como el mejor medio de servir a España y que nunca he tolerado se hablase en mi presencia de otra cosa. Precisamente por creer que sirvo de la mejor manera posible a España siguiendo fielmente sus consejos, es por lo que, contra mi corazón, no he intentado nuevamente ir a tomar parte con mis compatriotas en la Cruzada de la que V.E. es el glorioso Caudillo.
Deseándole el mismo acierto que hasta ahora ha tenido para llevar a su fin la campaña y con ello la pacificación de España, quedo suyo affmo.
Juan de Borbón.
Telegramas cruzados con motivo de la conquista de Barcelona
Felicito de corazón a V.E. con el orgullo de ser español por el victorioso remate tan ejemplar que redime para España queridas provincias catalanas. Con la emoción que siento ante el heroísmo invencible ejército, Generales y Mando Supremo le saluda afectuosamente.
Juan de Borbón.
Respuesta de Franco:
Recibo con vuestra felicitación el entusiasmo emocionado con que participáis en las glorias de nuestra juventud que forja la España Grande que todos anhelamos. En día tan señalado para nuestra Patria os envío el más afectuoso y sentido de los recuerdos.
Generalísimo Franco.
Telegramas cruzados con ocasión de la victoria en la Guerra Civil
Generalísimo Franco. Burgos.
Uno mi voz nuevamente a la de tantos españoles para felicitar entusiasta y emocionadamente a V.E. por la liberación de la capital de España. La sangre generosa derramada por su mejor juventud será prenda segura del glorioso porvenir de España, Una, Grande y Libre.
¡Arriba España!
Juan de Borbón.
A vuelta de correo, Franco le contestó:
A S.A.R. don Juan de Borbón. Roma
Al recibir vuestro emocionado telegrama por la gran victoria nacional, me es grato recordar que entre esa juventud admirable, tan pródiga en el sacrificio, habéis intentado formar, solicitando reiteradamente un puesto de soldado. Por ello será realidad la España Una, Grande y Libre que evocáis.
¡Arriba España!
Generalísimo Franco. Burgos, 6 de abril de 1939.
Franco escribe a don Juan una carta en la que le designa sucesor a título de Rey
30 de septiembre de 1941.
Al Príncipe don Juan.
Alteza:
A nuestro común y leal amigo Alfonso Hoyos confío el encargo de llevaros la presente con mis votos por el feliz acontecimiento que esperáis. Mucho siento que la distancia me prive de la satisfacción del frecuente diálogo en que poder ilustraros de la real situación de nuestra patria, pues conozco cuánta es vuestra inquietud por ella.
En estos momentos tan difíciles del mundo e importantes para el futuro de nuestra nación, España participa de los sacrificios de Europa, en la que está presente en todo momento, en la medida que el interés propio exige y la situación de nuestros medios permite, manteniendo una línea de conducta conveniente con los principios que presidieron nuestra cruzada y los imperativos de nuestra historia.
Esta posición política de España ante el mundo es combatida por cuantos fueron en la cruzada nuestros enemigos, despertando los naturales y encubiertos ataques a las naciones que ayer jugaron contra nosotros y hoy luchan contra Europa.
Explotan algunos el despecho de los vencidos y de los descontentos para el desarrollo de las más turbias maniobras que, aunque condenadas al fracaso, no por eso dejan de tender a menoscabo el prestigio y la posición de España ante el exterior, que será tanto mejor cuanto más fuerte y unido se les presente el pueblo español y más firme y estable la política del régimen.
Esta unidad y estabilidad políticas no se lograrán si no se llevase a término la Revolución Nacional que nuestro Movimiento ha puesto en marcha que, reduciendo injusticias seculares, haga a todos los españoles solidarios con la gran empresa de conducir España a la realización de su destino histórico.
Ningún español puede ya ignorar que ni la caída de la monarquía, ni el progreso del marxismo en la revolución roja que a España devastó, ni el triunfo de la cruzada son hechos esporádicos y casuales, sino la coronación de un proceso histórico que volverá a reproducirse si quedan perennes las causas que lo motivaron.
El interés de nuestra fe católica está en que se desarraiguen para siempre las causas que produjeron la progresiva desestabilización de España y que el programa social, que la doctrina católica propugna, se realice con la rapidez y vigor que sólo puede lograrse mediante un Estado fuerte respaldado por una potente organización política.
Los altos intereses de la patria, tanto en el exterior como en el interior, se encuentran enteramente ligados a la realización de los programas de nuestro Movimiento, que la hagan resurgir en un clima de justicia y equidad, hasta ahora desconocidos. A ello va unido el bien particular de los españoles.
Y para Vuestra Alteza y el régimen que representáis, es también el único camino por el que, en el día que el servicio de España os llame para que coronemos la obra con la instauración de un régimen tradicional del que para mí sois el único y legítimo representante, pueda éste tener la solidez y plena autoridad que mi espíritu acaricia.
Puede dañar y dificultar este propósito la ceguera y torpeza de muchos que, titulándose monárquicos, confunden vuestro interés y el de España con su pasión bastarda y su interés privado, apareciendo apartados cuando no en oposición con el Movimiento, que es la única y posible realidad española sin la cual sería flor de un día cuanto intentásemos levantar y que nadie ha de necesitar mañana más que Vuestra Alteza.
Creo haberos expuesto de una manera clara mis pensamientos en relación al momento político actual, ya que pocos de los que hoy se titulan vuestros adictos sabrían comprenderlo.
Con mis deseos de felicidad para cuantos forman su cristiano hogar, queda vuestro sincero y leal amigo.
Francisco Franco.
Don Juan contesta a Franco
23 de octubre de 1943.
A S.E. el Generalísimo D. Francisco Franco.
Mi respetado General:
Ha llegado a mi poder su atenta del 30 de septiembre pasado que mucho he celebrado recibir.
Le agradezco sinceramente su voto por el acontecimiento que entonces se esperaba y que hoy ya es realidad. Como seguramente sabrá V.E., ha nacido un nuevo varón a quien ya se ha bautizado imponiéndosele el nombre de Alfonso y que viene a asegurar la continuidad de mi Dinastía. Estoy seguro de que esto habrá de ser motivo de alegría para V.E. y, ello, con gusto se lo manifiesto.
Me habla V.E. de los momentos difíciles por los que atraviesa el mundo, tan importantes para el futuro de nuestra Nación. Bien me hago cargo de las gravísimas preocupaciones y responsabilidades que sobre V.E. pesan y hago fervientes oraciones para que Dios le ayude en la ardua y espinosa tarea de llevar a nuestra Patria al cauce de su historia, en estas excepcionales circunstancias y después de una guerra en la que quedaron asolados nuestros suelos y muertos nuestros mejores.
La sinceridad de su escrito me permite hacerle con toda cordialidad las consideraciones que sobre el momento político español paso a exponerle, seguro de que habrá de apreciar la confianza con que le escribo.
No hay duda de que lo que sucedió en nuestra Patria el 14 de abril de 1931 fue la coronación de un proceso de negación del espíritu español, al que contribuyeron las causas que crearon el estado caótico a que llegó nuestra Nación. Pero si, aprovechando la coyuntura actual, después de la gran Victoria lograda por las Armas de España dirigidas por V.E. se logra organizar un Estado, afirmando resueltamente aquel espíritu y creando las instituciones que hagan capaz a España de cumplir su misión histórica, quedarán superadas aquellas causas que la disgregaban, uniendo a los españoles sin necesidad de preocuparse especialmente de ellas. V.E. sabe que para que el Estado español sea tal es tan necesaria la Monarquía, que todo intento de crear un Estado sin ella o levantar nuestro espíritu sin tenerla presente, ha estado siempre condenado al fracaso.
Pero la Monarquía, que no es sólo el Rey, sino todo un sistema político y de Gobierno, no es algo aparte de la Nación, a la que podría llegarse como final de un proceso. La monarquía de auténtica raigambre, como la española, confirmada por las sucesivas generaciones a través de los siglos, crea la nación y la mantiene por medio de un Estado que, siendo fuerte y soberano, firme en lo que afecta a los principios e instituciones y flexible en lo que se refiere a la administración, va perfeccionándose a sí mismo y perfeccionando el sistema y la marcha política y vida administrativa del país. España volverá a tener su ser y espíritu sólo por nuestra Monarquía tradicional que siendo el centro de la vida y organización nacional, podrá regenerar la Patria.
Ahora bien, es evidente también que para superar las causas que trajeron el caos a España y se logre que ésta vuelva de verdad a encontrarse a sí misma, se hace preciso realizar en España la fecunda revolución que supone el retorno a lo que ha sido y es específicamente nuestro sentido religioso de la vida, incluido lo social y la reafirmación del núcleo familiar, de las corporaciones profesionales y de la vida local; lo que significa la renovación que debe verificarse en cada español. Pero esto, que no puede ser obra breve y que habrá de iniciarse con la creación de nuevas Instituciones que con el Rey formen la Monarquía, tendrá que ser, por los motivos expuestos, la función primera, constante y normal del Estado Monárquico.
Por otra parte yo, en mis incesantes meditaciones sobre España, su historia y su porvenir, pienso que la Nación española, Madre, como Monarquía Católica, de la Hispanidad, espolón de Europa en África y en el Atlántico y llave del Mediterráneo, lo mismo que fue luz de la verdadera fe en el mundo en aquella época que se llamó Renacimiento, puede en estos tiempos críticos de la Historia, a pesar de ser tan escasos los medios materiales con que hoy cuenta, presentar a los pueblos el vivo ejemplo de la Nación con espíritu universal, con auténtica fe católica. Nuestro deber de católicos y de españoles nos hace profundizar en estos pensamientos y considerar la obligación que tenemos en conciencia cada uno, según el lugar en que Dios ha querido colocarnos, de preparar a nuestra amada Patria para realizar tan importante y decisiva misión, dejando organizar el Estado monárquico con tiempo suficiente para que pueda oírse su voz en esta contienda de Europa contra el comunismo empezada en España en 1936, en defensa y para la expansión de los más sagrados valores patrios.
Claro es que el tránsito del presente momento al del ejercicio de hecho en España del Poder Real habrá de hacerse de forma que el Estado actual no se señale plazo de caducidad que disminuya su autoridad siempre necesaria, y singularmente en estas horas de Europa.
La solución no parece difícil si se piensa en que la instauración de algunas Instituciones del Estado monárquico pudiera ser la obra de una Regencia como medio para que dicha transición se operase con la máxima asistencia y respeto de todos los españoles, cualquiera que fuese el grupo nacional al que perteneciesen, cuando en 1936 aportaron su decidida colaboración al Glorioso Movimiento Nacional.
Dicha Regencia, orientada clara y públicamente hacia la Monarquía, deberá de informar desde el principio al país de su decidido propósito de organización política que tan esencialmente le afecta.
Durante su vida deberían de liquidarse los asuntos de justicia relacionados con la Cruzada.
Intensamente me preocuparía a mí la provisionalidad de los poderes del actual Estado español, pero es evidente que al dirigir y proyectar la política y la construcción del Estado español hacia la Monarquía Tradicional, por medio de una Regencia, lejos de sentirse la interinidad de poderes, resultarían éstos reforzados al apreciarse que la sucesión de los de V.E. quedaría resuelta sin solución de continuidad. Así se fundirían en uno solo desde el principio de la Regencia y después de la coronación del Rey, el Poder Real y los que se ejercen como consecuencia de la Cruzada Nacional.
No quiero terminar, mi General, esta carta sin expresar a V.E. muy sinceramente mi agradecimiento por su manifestación de que soy, para V.E., el único y legítimo representante del Régimen Tradicional Español. Así lo creo y por ello estoy dispuesto a imponerme todos los penosos sacrificios que Dios pueda enviarme, decidido a aceptarlos con el mejor ánimo en su servicio y en el de España y por cumplir el mandato de nuestros muertos. Por el concepto que le he indicado que tengo sobre la orientación de la política en España y de la Monarquía española, comprenderá hasta qué punto me hago cargo de la responsabilidad que sobre mí pesa de velar por los valores nacionales, que hoy, después del reconocimiento hecho por V.E. de mi legitimidad, me creo más obligado aún, si cabe, a defender. Por tener una fuerte noción sobre esa responsabilidad, pienso en lo conveniente que resultaría esa Regencia como instrumento efectivo y nacional para la reorganización del Estado monárquico y la llamada al Rey para su coronación en España. Este instrumento aparece como solución clara ante las actuaciones de grupos y ante las pruebas poco meditadas de situar al país frente al hecho consumado de un Príncipe en el Trono.
Le agradezco tanto más sus reconocimientos y la sinceridad de su carta cuanto que me permiten haberle escrito ésta con la mayor confianza y con el calor que sé que V.E., soldado de la España victoriosa, habrá de apreciar y de entender con el corazón. Queda de V.E. sincero y afectuoso amigo.
Juan de Borbón. Roma a 23 de octubre de 1941.
Franco contesta, con gran retraso, la carta de don Juan
A S.A.R. el Príncipe don Juan de Borbón.
Alteza:
Hace muchos días que deseo escribiros para agradeceros la sinceridad de vuestra carta y haceros presente mi pensamiento sobre algunos de los puntos que la misma encierra con aquella lealtad y claridad que fue normal en mis relaciones con vuestro padre y que por otra parte me impone la responsabilidad que sobre mí pesa.
Destaca en ella vuestra fe en la institución monárquica que si es indispensable al Rey para mantenerse en el trono, sin embargo no lo es todo; tienen que conjugarse las instituciones y las personas y mucho más en las épocas fundacionales.
Las personas son las que crean; las instituciones lo más que logran es conservar o afianzar lo creado. Monarquía existía en España antes y después de los venturosos años de Isabel la Católica, de Carlos I y de Felipe II, y, sin embargo, sus antecesores tardaron 8 siglos en reconquistar lo que los árabes les arrebataron en contados días; y el Imperio que ellos forjaron vivió trescientos años en los que sus sucesores lo fueron liquidando.
La verticalidad estaba pues en aquellos monarcas. Si nos adentramos en el examen de la Historia y de los acontecimientos contemporáneos, encontramos que los males de España no venían de los años inmediatos al 14 de abril, su proceso de descomposición tenía raíces mucho más hondas.
La institución monárquica había venido perdiendo con su poder, su arraigo popular y las personas que la representaban no se formaban ya en la escuela de sus gloriosos antecesores. Por eso en nuestro juicio no podemos igualar a las personas que forjaron el Imperio con las que lo perdieron, pese a las buenas cualidades que hayan podido tener, y cuando hablamos de Monarquía la entroncamos con la de los Reyes Católicos, con la de Carlos I y Cisneros o con la del segundo de los Felipes; pero no con los que firmaron las paces que mutilaron nuestro Imperio, suscribieron la separación de Portugal o nos infamaron en Utrecht.
Esos tres siglos de constantes desmembraciones no pueden contar para nosotros y sé que tampoco para Vuestra Alteza.
No son las instituciones, parece, las que han de hacer a España capaz de cumplir su histórica misión; sino los jefes que dirijan su revolución nacional, sus nuevas juventudes que con tanto heroísmo como desinterés se sacrifican. La Monarquía de los Reyes Católicos, tan admirada como poco comprendida, fue una Monarquía revolucionaria, totalitaria en el más puro sentido de esta palabra; lo demuestra cuando a los inveterados excesos de los grandes señores, crea y opone la Santa Hermandad que asegura a los viajeros y al comercio contra los expoliadores, echando los cimientos de la moderna fuerza de orden público; al recabar y asumir el supremo poder de las órdenes militares, nervio de los ejércitos de aquellos tiempos, antes retenido en diversas manos; al limitar jurisdicciones y reforzar poderes, recabando una mayor y más eficaz intervención en los nombramientos de la Iglesia; al imponer la fe de Cristo a todos los españoles, expulsando de nuestra tierra a judíos y moriscos, y unir a todos en la gloria y en los sacrificios.
Su Corte se componía entonces de guerreros y de santos y de grandeza que hacia el exterior proyecta, es en el interior para toda justicia amparo.
Los tiempos posteriores son, en cambio, los de la mala escuela, de la Monarquía decadente y sin pulso, que ya no proyecta hacia el exterior el genio de España, sino que recibe, acoge y ensalza lo de la antiespaña concibe allende las fronteras y que culmina en la invasión enciclopédica y masónica que patrocinan Floridablanca y el conde de Aranda que fatalmente tenía que terminar ennobleciendo a banqueros y especuladores, los mismos que los últimos años sonsacaban el socorro rojo internacional y ayudaban a los periódicos marxistas.
Bajo aquel sistema fallaban los más firmes propósitos. ¿Cuánto fue el patriotismo y buena voluntad de vuestro amado padre, para mí querido Rey, en el servicio de la Nación y cómo sus buenos propósitos naufragaron en medio de la desasistencia, el egoísmo o los torpes intereses de grupo y de partidos irresponsables, más fuertes y poderosos que la propia Monarquía? ¿Cuántos de los que hoy se llaman monárquicos viven llenos de prejuicios liberales, de bastardas ambiciones o de turbios propósitos y añoran aquellos pasados y desdichados tiempos? Los sucesos de la Historia están encadenados y no se producen casualmente, sino como resultado de un proceso que, sin embargo, muchas veces no acertamos a descubrir.
La pérdida del arraigo de la Monarquía, la proclamación de la República, los avances del marxismo y comunismo, y la consiguiente rebelión de las masas, son consecuencia directa de otros hechos que no podemos desconocer.
Al dejar de ser la Monarquía para los españoles su amparo y defensa, perdidas con sus ideales sus virtudes guerreras y verla presidir el nacimiento, la expansión y el dominio del capitalismo, a quien llega a honrar y ennoblecer, el pueblo por éste esclavizado, la encasilló entre sus opresores y ésta fue la verdadera causa de que en la primera coyuntura, sin pena ni gloria, el más ligero viento la haya derrumbado.
El poder de captación del marxismo y comunismo fue un fenómeno racional. El papel que al Rey en el orden temporal y a la Iglesia en el espiritual correspondían en la defensa de nuestro pueblo contra la nueva esclavitud del capitalismo, que les hubiera creado el calor y entusiasmo de las masas, no lo supieron ver, y el marxismo y comunismo, haciendo de esa defensa bandera, logran esa fuerza proselitista que aún hoy se intenta desconocer.
Las masas españolas llevan varios siglos de miserias. Quienes os digan otra cosa os engañan. El 33 por ciento de las viviendas españolas son chamizos o cuevas insalubres; las camas en los sanatorios antituberculosos del Estado no llegaban a la vigésima parte del número de los que al año fallecían, y nunca podían ser alcanzadas por los humildes.
La vida de nuestras clases modestas y medias es muy inferior a la de los demás países europeos. Los monocultivos y las grandes propiedades crean un paro estacional en las dos terceras partes del año. La educación profesional, tan abandonada, que faltando obreros especialistas sobraban centenares de miles de peones. El retiro obrero estaba constituido por una peseta diaria después de cincuenta años de continuo trabajo. Los seguros sociales, atrasados cuando no burlados.
Cuando se tienen cinco o menos pesetas de jornal y varios de familia, y existen la falta de seguridad en el salario y de pan en la vejez, no se puede amar ni siquiera sentir al régimen que lo preside.
Al mirar, en cambio, el sector privilegiado veían multiplicarse los bienes y las riquezas y cómo éstas se acumulaban en unos pocos, plenos de derechos y desconociendo las más de las veces los deberes.
¿Creéis que en una España así se puede sentir la solidaridad de españoles? Yo no sé cómo sienten siquiera a nuestra Patria, don divino tiene que ser cuando perdura a pesar de tantas injusticias. Esta es la razón de nuestra Revolución que yo con la Falange patrocino. Muchos son los enemigos que intentan impedir su realización y desprestigiar el movimiento, tachándonos de demagogos; pero no importa, amé siempre las dificultades y si cayese en el empeño no podría alcanzar honor más alto.
La realización de esta revolución, sin la cual España volvería a su situación preagónica, es incompatible, hoy por hoy, con la proclamación de instituciones que si posibles en pueblos como Hungría, que por carecer de dinastía no la colocan en situación de interinidad, en España tened la seguridad de que serviría para que nuestros enemigos, unidos a ambiciosos y arribistas, polarizasen alrededor del Príncipe, con descrédito para su persona y grave daño para la Patria.
Yo siento tener que deciros que ese sentimiento monárquico que os quieren hacer ver existente en nuestro pueblo es falso, una gran parte de los que hablan de Monarquía añoran la decadente y sin pulso; otros la identifican con la explotación impune de los humildes y el restablecimiento del régimen liberal con unos grupos en lucha, para muchos es la impunidad para los crímenes, el resurgimiento del separatismo o la vuelta de los expatriados. Esto es el triunfo a plazo fijo de nuestros enemigos.
La Monarquía que a España conviene, como nosotros la sentimos, la única posible, ésa es la que no quieren. No ignoro que existen insensatos que, ciegos a todo raciocinio, intentan aprovechar la coyuntura que les ofrece la mala situación de abastecimientos y el apoyo del conglomerado anglo-comunista, tan favorable al torpe espíritu de los vencidos ansiosos de revancha; pero estamos alerta, pasaron los tiempos en que una maniobra política o un pronunciamiento afortunado en un pueblo sin alma, podía derrocar un régimen. Nuestra cruzada es prueba elocuente de tal quimera. Al juzgar la situación de España no se puede olvidar que el comunismo y la masonería no perdonan, no se darán por vencidos; el extranjero les ayuda a alentar la disidencia dondequiera que la hallen, pues al interés secular de arruinar y mediatizar a España, se une hoy el de la guerra a vida o muerte que el mundo mantiene y en la cual España tiene una parte clara y españolísima.
Nuestros órganos de policía constatan a diario actividades intensas en este orden que con mano firme se reprimen. Para salvar a España el único camino es el de reforzar su unidad realizando la Revolución Nacional que haga a todos solidarios en su servicio, y esta unidad y solidaridad no se realizarán más que sobre el partido único y la educación total de las juventudes en un credo político que se apoye en verdades eternas, como son la ley de Dios, el servicio a la Patria y el bien general de los españoles.
Así lo siente ya la juventud en pleno, sin que desfiguren esta plenitud la disidencia artificialmente mantenida de unos pequeños grupos, sujetos inconscientes de manejos extranjeros.
Cuando os hablen de lo que piensan los distintos grupos políticos, tened presente que los que se llamaron partidos fueron sólo las máscaras que encubrían bastardos intereses. Ni el destino católico de nuestro pueblo, ni el bien de la Patria ni en general de los españoles, lo tuvieron jamás; estaban en este o en el otro grupo porque les convenía a sus ambiciones de todo orden; así os explicaréis sus cambios frecuentes de casaca y que lo mismo les diese la República que la Monarquía.
Analizad la conducta de las personas que os solicitan, medid sus servicios a la Patria, examinad sus ideas sobre los problemas sociales y descubriréis sus ambiciones, unas veces políticas, otras de privilegios, las más de intereses materiales y muchas también de vanidad; sin contar los aspirantes a condes y marqueses.
El que el régimen liberal encerrase tantos explotadores y vividores políticos no quiere decir que no exista una política noble y que los pueblos puedan vivir sin política. Todos los seres racionales tienen en su pensamiento dos huecos: el religioso y el político; la predisposición a creer en lo sobrenatural y el juicio de lo que conviene a la sociedad de la que forman parte, y cuando este hueco no se llena con la verdad, otros lo llenarán con sus errores.
La grandeza y la propia existencia de la Patria, pues, en la labor que se haga con sus juventudes, en construir sobre ella y no sobre los residuos de lo corrompido, y esto, para lo que yo tengo tantas prisas, es incompatible con la precipitación de etapas que intentan inspiraros. La vida de España está tan intensamente ligada a esta gran obra que tened la seguridad que sin ella, tarde o temprano, todo de nuevo se derrumbaría.
Es mi ilusión que no tarde en coronarla para poder ofreceros en ese día con la jefatura total del pueblo y sus ejércitos, el entronque con aquella Monarquía totalitaria que sólo por serlo vio dilatarse sus tierras y sus mares.
Yo me permito rogaros meditéis estas palabras y os identifiquéis con la Falange Española Tradicionalista y de las JONS y prohibáis a cuantos se titulan vuestros amigos el estorbar o retrasar este propósito. Convencido de que así serviréis al interés supremo de nuestra Patria y a la continuidad histórica de vuestra dinastía.
Con la máxima sinceridad y el más sentido afecto.
Francisco Franco. Madrid 12 de mayo de 1942.
