Desde la muerte de Alfonso XIII hasta el desembarco de los aliados en el norte de África ocurrido el 8 de noviembre de 1942, las relaciones entre don Juan y Franco habían sido excelentes. Pero a partir de esa fecha, surgen unos fuertes nubarrones en el tratamiento entre los dos. Los equipos de don Juan le aconsejan una política de ruptura con Franco para lograr la restauración de la monarquía, aprovechando el imparable avance de los aliados en la II Guerra Mundial. Entre Franco y don Juan se esbozaba una lucha abierta por el poder, y de ninguna manera, como alguien ha querido apuntar, como confrontación de dictadura y democracia. También por ese poder se apuntan los vencidos en la Guerra Civil: los republicanos, los socialistas y los comunistas.
Don Juan publicaba el primero de sus manifiestos de la lucha con Franco en el Journal de Genéve el 11 de noviembre de 1942. Sin duda, fue obra de Pedro Sáinz Rodríguez.
El manifiesto de Ginebra
11 de noviembre de 1942.
Don Juan publicaba el primero de sus manifiestos de la lucha con Franco en el Journal de Genéve el 11 de noviembre de 1942. Sin duda, fue obra de Pedro Sáinz Rodríguez.
No soy el jefe de ninguna conspiración. Soy el legítimo depositario de un tesoro político secular: la Monarquía española.
Estoy seguro de que la Monarquía será restaurada; lo será cuando lo exija el interés de España, no antes; pero tampoco ni una hora después del momento oportuno. Cuando el pueblo español estime llegado el momento, no vacilaré un instante en ponerme a su servicio. No entra en mis intenciones imponer a los españoles por mi propia autoridad las formas y las instituciones destinadas a regular la vida nacional. Mi suprema ambición es la de ser el Rey de una España en la cual todos los españoles, definitivamente reconciliados, podrán vivir en común. Si durante mi reinado logro reducir al mínimo o incluso suprimir los motivos de disensión, si consigo en la armonía y en la paz con la ayuda de todos, mejorar las condiciones espirituales y materiales de la vida de mi Patria, la Monarquía habrá realizado, como antaño, su misión histórica.
Hombre de mi tiempo, a quien la desgracia ha permitido observar directamente las desigualdades sociales engendradas por un sistema económico del siglo XIX, no descuidaré el acordar todas las medidas que puedan contribuir a una más justa distribución de la riqueza.
En cuanto a las relaciones internacionales, una amistad estrecha, mejor dicho, la fraternidad con Portugal y la América de nuestra raza y de nuestra lengua, será el fundamento inquebrantable de nuestra política.
En lo que concierne a las otras naciones del mundo, estoy plenamente convencido de que no existe ninguna reivindicación, entre las que España podría justificadamente formular, que no sea susceptible de una solución pacífica y satisfactoria para las partes interesadas.
En el actual conflicto, España, que convalece todavía de su guerra civil, tiene derecho a reclamar el mayor respeto de todos los beligerantes.
Para la Monarquía restaurada no es concebible ninguna actitud que no sea la de una absoluta neutralidad, la de una escrupulosa e imparcial neutralidad, completada por la firmísima resolución de defenderla, no importa a qué precio, hasta con las armas en la mano, si un país, cualquiera que fuere, pretendiese violarla.
Si la integridad territorial de España no fuera por desgracia respetada, seguro estoy de que el pueblo español sería lo que ha sido siempre, duro y bravo contra el invasor.
Si Dios nos reservase esta prueba, mi espada de soldado español estaría al servicio de mi Patria.
Lausana, 11 de noviembre de 1942.
Don Juan reclama a Franco, la Restauración urgente
08 de marzo de 1943.
Mi respetado General:
Los varios meses transcurridos desde la última carta de V.E., no han hecho sino intensificar la ansiedad que ya abrigaba yo entonces sobre los riesgos gravísimos a que expone a España el actual régimen provisional y aleatorio. Derivan éstos de tres causas patentes y fundamentalmente distintas en naturaleza, aunque relacionadas entre sí: la vinculación exclusiva del Poder en una sola persona sin estatuto de base jurídica institucional, la división profunda en que se encuentra la opinión pública y sentimental de los españoles y, finalmente, la situación, que crea la conflagración mundial.
En cuanto a la primera de estas causas, no necesito insistir en el ominoso desamparo que para el pacífico desarrollo de una nación cualquiera implica la persistencia de un periodo constituyente, máxime si éste no tiene otra base que la personalidad, por robusta y benemérita que sea, de un hombre único. Evitar el turbulento desencadenamiento de ambiciones consiguientes a su desaparición, posible como la de todos los mortales en cualquier momento, ha sido una de las más evidentes finalidades de todas las formas institucionales de gobierno. Vuecencia ha demostrado en sus discursos hallarse perfectamente percatado de la tan experimentada verdad, como de la lógica necesidad de abandonar el actual régimen transitorio y unipersonal para instalar definitiva y permanentemente el que, según reiterada frase de V.E., forjó la unidad y la grandeza histórica de nuestra Patria. En este punto, pues, nuestra unanimidad es perfecta.
Hay, sin embargo, fundamentales discrepancias en cuanto al tiempo y a la forma de acometer el imprescindible cambio. Vuecencia fija, en efecto, como única sazón para el tránsito a la Restauración monárquica, aquélla en la que quede lograda la obra revolucionaria que se ha propuesto realizar, y cuyos objetivos me parece poco calificar o de muy vagos en su presentación programática, o susceptibles de interminable desarrollo. De modo que establecer tal criterio para determinar el momento de la transformación del régimen, se viene a resolver en suma en un aplazamiento “sine die”. Semejante actitud de V.E., -si no la he interpretado mal o ha sido rectificada desde que de ella tuve conocimiento- se halla en flagrante contradicción con el arraigado convencimiento mío, según el cual por el argumento personal arriba expuesto y por otros fines que más adelante apuntaré, apremia adelantar lo más posible la fecha de la Restauración y ello sin recurrir a formas intermedias cuya introducción se susurra y cuyo único resultado sería el de desvirtuar la eficacia de la Monarquía.
Esto en cuanto al momento. En lo tocante a la forma, me ruega V.E. que como manera más eficaz para facilitar la Restauración me identifique con el programa de FET y de las JONS, es decir, en términos más directos, que identifique al Rey con una concreta ideología política, aunque ésta sea la de la Falange, en cuya actuación no dejo de reconocer buenos propósitos.
Ahora bien, mi aquiescencia a este requerimiento implicaría una patente negación de la esencia misma de la virtud monárquica –radicalmente adversa al fomento de las escisiones partidistas y a la dominación de castas políticas; expresión máxima del común denominador de todos los intereses nacionales y árbitro supremo de las inevitables tendencias antagónicas- y equivaldría a una siembra de tempestades para la definitiva ruina de la Monarquía restaurada, en plazo no lejano. Precisamente mi advenimiento al Trono después de la cruenta guerra civil debería, por el contrario, aparecer a los ojos de todos los españoles –y éste es justamente el trascendental servicio que la Monarquía y nadie más que ella puede prestarle- no como gobierno oportunista de un momento histórico o de ideologías exclusivas y cambiantes, sino como símbolo excelso de una realidad nacional permanente y garantía de la reconstrucción, por la concordia, de la España íntegra y eterna. Quedaría así cerrada la solución de continuidad histórica tan malhadadamente abierta en abril de 1931, cuyos males quiso hacer menos cruentos mi Augusto Padre cuando con elevado patriotismo, reconocido ahora por el mundo entero, se despidió de España con aquellas sus nobilísimas palabras que, marcándome la clara ruta de mi deber, han sido gran consuelo de mi destierro. Soy el Rey de todos los españoles y también un español. Podría contar con medios suficientes para mantener mis Reales prerrogativas, haciendo uso de la fuerza contra los que me las niegan, pero estoy firmemente resuelto a abstenerme de toda acción que pueda hundir a mis compatriotas en la guerra fratricida.
La lógica histórica pudo más que su voluntad cristiana y española, pero su reinado pasó a la Historia limpio de sangre, legándome en su gesto último una misión sagrada: procurar la Restauración monárquica en una España reconciliada y unida para lograr su ideal: ser Rey de los españoles y un español más, sin distingos de clases sociales ni de partidos y banderías.
Prescindiendo, ya que V.E. debe percibirlas a diario, de las razones varias de orden interno que aconsejan el tránsito rápido a la Restauración, fundadas casi todas en la imposibilidad psicológica de armonizar –no siempre por culpa exclusiva del vencedor– el espíritu del triunfo con el de olvido y conciliación evidentemente imprescindibles para la normalización de la vida nacional, paso al aspecto internacional del problema, que es, acaso, el que más honda preocupación me causa. Nadie, es verdad, puede predecir cuándo ni cómo acabará el horrendo conflicto que está desolando el mundo. Es innegable, no obstante, que en estos últimos tiempos ha habido acontecimientos que se prestan a reflexión muy seria. Desde luego no cabe para nuestra Patria –éste es otro punto de absoluta concordia mía con V.E.-, política distinta a la de neutralidad. Pero su actual neutralidad, como inevitable secuela de las incidencias de nuestra lucha y natural tendencia del régimen vigente –sistemáticamente proclamada por artículos periodísticos y aun declaraciones oficiales- ostenta un matiz de parcialidad que habría de cortar el actual régimen para hacer oír su voz como auténtico neutral, no ya en un tono reivindicativo, sino aun siquiera con suficiente peso para protegerse contra eventuales lesiones a sus más legítimos derechos en el cónclave de la paz, fuere quien fuere el vencedor.
Justificadamente o no, la postura internacional del régimen anda calificada en el extranjero, con acento más o menos fuerte y apreciaciones oportunistas, de analogía a la de uno de los bandos en pugna. En tales condiciones, una manera veo, y sólo una, de esquivar el peligroso escollo que para el porvenir de España se alzaría en el trascendental instante de la reorganización de Europa, acaso para siglos, si resultara victorioso el bando opuesto: la urgente instauración de un nuevo régimen nacional que, como el de la Tradicional Monarquía Católica, se halle libre de los compromisos e implicaciones nocivas al concepto de la neutralidad estricta.
Apelo pues solemnemente a la conciencia española de V.E. –y de ésta mi resolución doy cuenta a todos aquéllos cuyo ánimo embargan mis inquietudes– señalando a su atención la grave responsabilidad en la que, como árbitro supremo de los destinos de nuestra Patria en esta coyuntura, habría de incurrir ante la Historia si no pusiera su voluntad, con tanta fortaleza revelada, en el logro de la rápida evolución que imperiosamente exigen los riesgos señalados en la primera parte de esta carta, y sobre todo el agobiante trance del fin de la contienda mundial.
Quiera Dios iluminar a V.E. en la hora de su decisión, que tan gran trascendencia ha de tener para los futuros destinos de nuestra amada Patria.
En cuanto a mí, pido a Dios me dé las fuerzas que sin Su ayuda habrían de faltarme para cumplir la gran misión de ser rey de todos los españoles.
De V.E.
Juan
Lausana, 8 de marzo de 1943.
Franco le contesta mediante un duro y fuerte escrito
21 de mayo de 1943.
Alteza:
He recibido oportunamente vuestra carta de marzo, que por su sinceridad contribuirá a aclarar nuestra relación al servicio de nuestra Patria; pero antes de entrar en su análisis, creo conveniente fijar nuestras respectivas posiciones para reforzar la autoridad y responsabilidad de mis palabras y prevenir la contrariedad que pudiera causaros.
Otras personas pueden hablaros con la sumisión que su celo dinástico o su conveniencia cortesana les dicte; yo cuando le escribo no puedo prescindir de hacerlo como jefe del Estado de la nación española, que se dirige al pretendiente al trono de la misma nación; y considero necesario recordar esta situación, por veros desviado de la posición que corresponde a un príncipe que aspira por la vía natural (semejante a la del príncipe heredero), de acuerdo con la voluntad del que ejerce la autoridad actualmente y en continuación de la gran obra política que nuestra cruzada hizo posible.
Yo comprendo las dificultades que se presentan para poder exigiros una fe ciega en nuestra obra, ya que tendría que ser resultado de un conocimiento de la situación de España, así como de mi persona y de mi historia, desfigurado todo ello en vuestro ánimo por las informaciones maliciosas o erróneas de elementos fracasados, extranjerizados o disidentes, apartados de la comunidad política nacional; pero a lo que se debe aspirar es a que los enemigos y disidentes de la situación no polaricen alrededor del Príncipe y a que el pensamiento político de éste se subordine, de buena voluntad, a las directrices de nuestro Movimiento, fundamentadas en verdades eternas e incontrovertibles. Con lo demás nada puede ganar el servicio de España, ni el crédito personal del propio príncipe.
He aquí las razones de la inquietud hondísima que hubo de producirme vuestra carta, al coincidir con la desdichada y torpe petición que en España realizan algunos de los que se titulan vuestros amigos.
Yo me permitiría el recordaros la conveniencia de que antes de recibir presentaciones comprobéis la personalidad moral, política y financiera de quienes os visitan, que aparte de serviros para formar un justo juicio sobre sus intenciones os alejarían del descrédito que a dichas personas acompaña.
Yo no puedo ocultar la preocupación que muchos buenos españoles sienten por vuestra formación. La preparación de un Rey no es la de un ciudadano cualquiera. Necesita crearse una capacidad de mando y una serenidad de juicio difíciles de obtener en una edad temprana.
Los reyes mejor formados se educaron en una disciplina severa, al lado de varones doctos, que, totalmente apartados de todo interés terrenal, sólo pensaban en el servicio de Dios, en el bien de su patria y en el juicio que la Historia formase de un príncipe. A esta formación contribuía la indispensable autoridad y vigilancia del rey sobre el llamado a sucederle, que impedía su desvío.
La Historia ofrece numerosos ejemplos de las intrigas que, a pesar de todo ello, los cortesanos solían promover para, en servicio de sus propios intereses, desviar al príncipe de su recto camino. Y esto sucedía en tiempos en que no existían los gravísimos problemas exteriores, políticos, económicos y sociales que la vida actual de las naciones encierra, ni se desenvolverían éstas bajo la crisis de un sistema y el despertar de una nueva era, en medio de la más dilatada y compleja de las guerras que registra la Historia.
Yo quiero situaros ante la gravedad de que os presenten a nuestro Régimen como “provisional y aleatorio” y que esta idea pueda prender en vuestro ánimo.
¿No os dice nada el que su doctrina nazca con nuestra gloriosa cruzada, que bajo su signo hayamos ganado la guerra más difícil que conoce la Historia, construyendo una economía sin oro, divisas ni ayudas extrañas, y que lográsemos firmar con el extranjero tratados ventajosos en los que el honor y el prestigio de España brillan a una altura como hacía más de dos siglos España no lograba?
¿Ni que cuando terminada la cruzada todos consideraban a España aniquilada, supere las gravísimas situaciones monetarias, industriales, de transportes y financieras que el dominio rojo creó, con medidas justas, generosas y eficaces, salvando nuestra economía, las finanzas, la industria, la agricultura y los propios patrimonios de los particulares?
¿Es que no tiene trascendencia para V.A. la obra de liquidación del problema de la justicia, que da comienzo con más de cuatrocientos mil procesados para acabar, a fuerza de generosidad, pero sin claudicaciones ni mengua de ejemplaridad, reducido a menos de setenta mil presos, autores principales de crímenes o con gravísimas responsabilidades?
¿No apercibís el valor que encierra que en medio de tantas dificultades y desde el primer día de nuestro Movimiento vaya realizándose nuestra doctrina con una labor en el orden social exorbitante, que si no alcanza toda su virtualidad por las derivaciones de la guerra, constituye una justicia real para nuestras clases más numerosas y no sólo merece ser mirada con respeto en el extranjero, sino que incluso se la estudia y se la copia?
¿Ni tampoco os ilustran los avances que en el orden intelectual y en el científico ha habido bajo nuestro Movimiento, con la reorganización de nuestras universidades y la creación de colegios mayores y numerosos centros de cultura que tienen su más alta expresión en el Instituto de Investigaciones Científicas, que ha producido en tres años más obras científicas que las que España produjo en sus mejores épocas?
Cualquiera de éstas u otras de las muchas realizaciones bastarían para prestigiar y acreditar un régimen. Por ello, a un Estado que tanto ha rendido a la nación no puede sin injusticia ponérselo en interinidad ni en entredicho porque una docena de politicastros despechados o de capitalistas insaciables pretendan difamarlo.
Si tocamos los peligros que en vuestra carta me exponéis por lo que llamáis ‘vinculación exclusiva del poder en una sola persona’, no tengo más remedio que responderos que ésa es precisamente la característica del régimen monárquico, se titule o no rey quien ejerza la suprema potestad. Y en uno y otro la sucesión entraña problemas cuando al régimen le falta vigor.
Nuestra monarquía en esos períodos de decadencia es pródiga en esta clase de turbulencias. La guerra de sucesión primero y las luchas civiles que acompañaron a las sucesiones en el siglo XIX son, entre otras muchas, demostración harto elocuente de este aserto.
Mucho más importante que los problemas de la sucesión es para los españoles el asegurar que no puede torcerse o desvirtuarse la obra realizada a costa de tantos sacrificios, que el Régimen alcance fortaleza y plenitud, y que quien está llamado a regir los destinos de España no pueda equivocarse y sobre las dotes naturales de moralidad y patriotismo alcance aquella perfecta formación que le asegure capacidad de mando y serenidad de juicio.
La continuidad nos dará la unidad de los españoles y el vigor político de nuestro Régimen, independientemente de que haya o no un príncipe al frente de la jefatura del Estado.
Precisamente por esa responsabilidad histórica que sobre mí pesa, estoy obligado y resuelto a que no se malogre lo que se ha levantado con tantos sacrificios, cualquiera que fuese el tiempo y los medios que esto requiriese.
Os confunden, igualmente, cuando os presentan el Régimen como falto de estatutos
de base jurídica institucional, ocultandoos la existencia de unas leyes orgánicas sobre la organización del poder, del Consejo Nacional y las Cortes que forman un cuerpo de leyes básicas de nuestra revolución, que aunque no revistan la forma de las constituciones liberales, constituyen un estatuto permanente de base jurídica institucional.
Si de esto pasamos a los conceptos políticos que vuestra carta entraña, la disparidad es más evidente.
La Falange Española Tradicionalista y de las JONS es precisamente lo contrario de lo que suponéis. No es un partido, es un movimiento con una ideología en la que se funden los ideales de nuestra revolución, llenando de contenido la vida política de nuestra nación. Los pueblos no saben ni pueden vivir sin una política; han de tener un concepto sobre las leyes, sobre la moralidad, la justicia, la educación, la acción social y la cultura, y todo esto no es más que política. ¡Noble política!
Cuando lleva la nación siglo y medio de envenenamiento, escindiéndose España bajo la pluralidad de los partidos y desmoralizándose con la siembra de ideas disolventes que la colocaron en el nivel más bajo a que los pueblos pueden llegar, no es posible abandonarla a su propio ser sin incurrir en gravísimas responsabilidades; hay que encuadrarla y educarla bajo unos principios morales, patrióticos y sociales que, haciendo fecunda la sangre derramada, garanticen su futuro.
Esto es lo que significa nuestro Movimiento. No es un partido que se aproveche de la revolución. Soy yo, su conductor, el que después de haber sacado a España de la sima donde aparecía hundida, interpretando el sentir general de cuantos participaban en el alzamiento y ante las necesidades imperiosas de la nación, le señalé en aquel momento histórico, cuando aún teníamos la guerra por delante, el rumbo político que había que seguir y que viene siguiéndose desde entonces, al tiempo que se depura nuestra doctrina, que es hoy la de toda la nación. Por ello no debería extrañaros el que se os pida que os identifiquéis con estos principios que son los comunes de nuestra juventud y sobre los que no cabe discusión.
Precisamente V.A. pareció comprender esta necesidad cuando, dejándose llevar de su hacer natural y siguiendo el impulso de la juventud española, se presentó a combatir en nuestras filas a raíz de nuestro alzamiento, vistiendo la camisa azul y tocándose con la boina roja, uniendo así, por primera vez, los símbolos políticos de lo que se asociaba para la gran empresa.
Mucha fue la sangre que se derramó sobre esa camisa y esas nobles boinas para que nadie pueda separar lo que tanto costó unir. Si en todos los momentos el príncipe está obligado a identificarse con los ideales de su pueblo, mucho más corresponde en esta ocasión, ya que se trata de los ideales de nuestra cruzada a quien debemos nuestro resurgir. Sólo bajo el régimen liberal pueden concebirse los reyes como árbitros de las luchas políticas.
Otro punto tocáis en vuestra carta, íntimamente ligado con esta tesis, que aunque hubiese deseado no tratar, no puedo dejar de abordar por la responsabilidad de abandonaros en el error del que otros deberían apartaros.
Se refiere a la salida de España del último de sus reyes, en lo que, salvando todo el respeto debido a su memoria y a su buena voluntad y deseos de acierto, su decisión en aquellos tristes momentos no puede constituir escuela a seguir por nuestros príncipes. En este juicio la unanimidad de todos los buenos españoles es completa. La Historia ha de ser en su juicio más rigurosa. Sus nobles palabras y su desinterés, apreciables como hombre, no le elevan en cambio como Rey. Mucha fue la sangre que se vertió luego como consecuencia de aquel acto.
La marcha del Rey y la caída de la monarquía dimanan del momento en que por decisión real fue expulsado del poder el general Primo de Rivera, a cuya instauración como dictador tanto había contribuido la Corona. La colaboración del Rey con la dictadura fue uno de los actos más populares de su reinado, una de las etapas en la que el Rey estuvo más cerca de su pueblo.
El error de aquellos gobernantes de no haber formado en la nación una conciencia política que sustituyese a la derrocada hizo que los residuos de la vieja política se aprovechasen del desgaste natural del dictador para ocupar el hueco político que había dejado vacío.
Cuando el Rey, impresionado por la atmósfera capciosa que le habían formado viejos políticos y habilidosos cortesanos, despidió a don Miguel entregando el poder a los políticos profesionales, malogró su obra anterior y una triste realidad vino a demostrarle cuál era la fuerza de los que tanto alardeaban.
El pueblo, más justo y consciente, en el entierro del dictador exteriorizó su sentimiento, desbordando su enojo ante la estupefacción de los propios gobernantes. Alguien exclamó entonces: ‘Éste es el entierro de la monarquía’. Pocos meses después se cumplía el triste vaticinio, y los que habían empujado al Rey a tomar aquella decisión se apresuraban a subirse a la carroza del vencedor, titulándose ¡republicanos de toda la vida!
Ésta es la historia que interesa no se repita. Ninguno de los que pretenden aleccionaros arrastra más que sus propias ambiciones: el puesto perdido, la embajada malograda, el condado frustrado o los intereses afectados. También entonces se hablaba de reconciliación de los españoles y de pacificación de los espíritus, olvidando que la vida es una continua batalla a la que no podemos desconocer. En ella, como en la guerra, los errores se pagan a precio de desastres.
Lo que interesa es estar en posesión de la verdad y cuando de ella nos sentimos seguros, la hemos de defender con tenacidad, distinguiendo lo que son principios, en los que no se puede ceder, de lo que es matiz, en lo que la política hace posible la benevolencia.
Y llegamos al último de los puntos, al internacional. La posición en este orden, mantenida por España, ha sido muy clara: de simple neutralidad ante los problemas que enfrentaron a las naciones civilizadas del centro o del norte europeo, más cuando la guerra llegó al Mediterráneo occidental amenazando nuestras fronteras y costas, la neutralidad de España se matizó con una situación tensa y vigilante. España no podrá ser jamás indiferente a lo que ocurra en ese espacio. Análoga consideración nos movió ante el problema comunista: no puede ser indiferente ante la posible bolchevización de Europa. La insensibilidad en este caso sería un síntoma claro de la propia agonía.
Esta postura seria y viril –respaldada por la totalidad del pueblo español– es comprendida en el extranjero, aunque en el interés momentáneo de los beligerantes pudiera agradar otra postura.
Una cosa es lo que dicen los irresponsables y otra la que piensan los elementos directivos. Las naciones en el exterior se guían por su propio interés y no por sentimentalismos, pesan las realidades y no las ficciones. La alianza de S.M. británica con Stalin es un ejemplo. Por eso en el orden internacional no existe nunca nada definitivo, las naciones son hoy amigas y mañana enemigas, según les dicte su propio interés. La mejor defensa de España descansa en su unión y en su fortaleza, traducida por el valor de sus hombres, el vigor de su política y su voluntad firme ante el peligro.
En esto la posición de nuestro Régimen no puede ser desfigurada, es españolísima, exclusivamente española; sin que por ello haga dejación de la hidalguía característica de nuestra raza. Y estas realidades españolas no se pueden alterar, quienquiera que sea la persona que rija sus destinos.
Por ello es criminal la labor de quienes, en su miseria intelectual, conciben una España subordinada al extranjero e intrigan en el exterior o en las cancillerías, ofreciéndoles los servicios de sus torpes pasiones, intentando comprometer en ello el nombre de V.A. con el que sin escrúpulos especulan.
En esto como en todo se equivocan; el pueblo español no se deja engañar, sabe que las naciones que noblemente estimen a España desearán su régimen fuerte y poderoso; las que en cambio aspiran a su sustitución sólo buscarían en el príncipe el antecedente inmediato de Prieto o de Negrín.
La guerra, por otra parte, salvo cambios siempre posibles o sucesos militares o políticos imprevistos que pertenecen a los designios de Dios, se presenta larga y en el mundo está produciendo tales estragos que para el futuro la unidad y la fortaleza de España serán no sólo gratas, sino para todos una necesidad.
Éste es mi pensamiento respecto a los distintos puntos que en vuestra carta me exponéis y que aspiro, en servicio de España, a aclararos una situación y descubriros el juego de los que, empequeñeciéndolo todo, intentan con su torpeza convertiros en jefe político de una facción.
La gravedad de los asuntos tratados justificará sin duda la claridad de mis palabras, que si por vuestra situación de ánimo no fuesen comprendidas, tengo la seguridad de que el tiempo las valorará.
De V.A. sincera y cordialmente, Francisco Franco. Madrid, 21 de mayo de 1943.
Don Juan le da un ultimátum a Franco
03 de agosto de 1943.
Los últimos acontecimientos de la guerra están precipitando el rumbo de los destinos de Europa con celeridad impresionante, en el sentido previsto en la carta que dirigí a V.E. con fecha 8 de marzo. Ello me impulsa a dirigirme a V.E. telegráficamente. No hay tiempo que perder si V.E., ratificando la opinión expresada en sus escritos, en las conversaciones con el infante don Alfonso y en manifestaciones públicas, se resuelve a contribuir a la evitación de gravísimos males para nuestra querida Patria, facilitando la incondicional restauración de la monarquía. Es evidente que tan sólo un régimen sin tacha de partidismos durante la conflagración mundial podría hallarse en condiciones, cuando la paz llegue, de defender con eficacia los intereses legítimos de la nación.
En cuanto al problema interno, V.E. mucho mejor que yo, por estar en inmediato contacto con las realidades españolas, puede imaginar lo que habrá de ser un movimiento subversivo triunfante. Renuncio por innecesario a aludir a los horrores que provocaría la venganza. Sólo una manera hay de conjurar todos los peligros: la inmediata Restauración de la monarquía que, por no haber intervenido en los asuntos de España durante este trágico período, se halla capacitada de manera providencial para ejercer una acción conciliadora y constructiva dentro y fuera de las fronteras nacionales.
Los acontecimientos de Italia pueden serviros de aviso. Pensando en ellos, las Cortes instituidas por V.E. acaso pudieran ser utilizadas como instrumento en el proceso de urgente transición del régimen falangista a la restauración monárquica que V.E., tanto en público como en privado, ha proclamado repetidamente como natural desenlace de la presente situación política.
Es ésta la suprema llamada para conjurar el inminente peligro de mi conciencia de español a la suya. Si nuevamente resulta en vano, cada uno de nosotros habrá de asumir, sin equívocos, su responsabilidad ante la Historia. Nuestras posiciones consignadas están en la correspondencia cruzada. Vuecencia, como Jefe de Estado, dispone de ilimitados recursos para justificar ante el mundo su actitud; yo, obligado a asumir en esta hora una responsabilidad histórica tan grave como la suya, carezco por el contrario de elementos oficiales para hacer valer la que juzgo como imperiosamente dictada por mi deber histórico en beneficio de los altos intereses de la nación.
Así pues, si V.E. persiste en mantener inalterables las para mí inadmisibles condiciones que subordinan el advenimiento de la monarquía, provocando en consecuencia una ruptura definitiva, la necesidad de deslindar claramente las responsabilidades respectivas me obligaría a recurrir al único medio que las circunstancias me dejan: informar a la opinión pública con la plena exposición de los hechos.
Con el alma limpia de impaciencias personales y la mirada fija únicamente en el mejor porvenir de España, saludo afectuosamente a V.E. haciendo fervientes votos porque su decisión –que aguardo con la misma inquietud inspiradora de estas líneas y le ruego sea urgente- ponga fin a la presente situación cuyos peligros se agravan de día en día.
Franco le contesta cinco días más tarde
08 de agosto de 1943.
Cuestión tan ardua y compleja como plantea el telegrama no encuentra en laconismo telegráfico medio adecuado de respuesta a que el requerimiento me obliga. Sólo el interés supremo de España preside mi conducta en todos los momentos. Los acontecimientos de Italia son consecuencia inmediata de sus grandes reveses militares, del cansancio e impopularidad de la guerra y de la crisis de virtudes guerreras. Caso de España no admite parangón. Debe al Régimen, integrado por el pueblo, el Ejército y su Caudillo, en victoriosa Cruzada, el mantenerla aparte de la guerra y su resurgimiento actual.
Destrucción régimen Italia, tan celebrada por sus enemigos, puede tener catastróficas consecuencias como toda destrucción de la política de una nación.
Régimen nacional español, por sus características espirituales y sociales propias, es el único que asegura a España actualmente la paz interna, justicia entre los españoles y el respeto exterior. Bajo él no tienen posibilidad alguna clase de movimientos subversivos. Al comunismo, verdadero peligro de Europa, no se le desarma con concesiones; yerran quienes otra cosa aseguren.
La gravedad de vuestro telegrama aconseja, en servicio de la Patria, la máxima discreción en el Príncipe, evitando toda actividad o manifestación que pueda tender a menoscabar el prestigio y autoridad del régimen español ante el exterior y la unidad de los españoles en el interior, lo que redundaría en daño grave para la monarquía y especialmente para Vuestra Alteza.
No obstante las diferencias de apreciación, debidas sin duda a vuestro desconocimiento actual de España, es mi esperanza y mi deseo no rompáis con ningún acto una relación de tanto interés para nuestra Patria.
A Dios pido os ilumine e inspire a tiempo y os envío mi saludo leal y afectuoso. Generalísimo.
Desde esta fecha hasta finales del año 1943 hubo intercambio de telegramas corteses entre don Juan y Franco, con motivo del santo del Caudillo en octubre, la inauguración de la Ciudad Universitaria y las felicitaciones de Navidad. Lo que no hubo fueron más comunicaciones de tipo político durante este período.
Pocos días antes de la festividad de Reyes del año 1944, a Franco le llega, parece ser por conducto de Calvo Serer, una carta de don Juan que iba dirigida al conde de Fontanar, que contenía términos de ruptura, llamando a Franco “usurpador ilegítimo”.
Franco reaccionó muy duramente contra don Juan
Agosto de 1943.
Alteza:
Por la torpeza de la persona portadora de una carta vuestra, que dio lugar a su extravío y que cayera en manos de un agente extranjero del que pudimos rescatarla, hube de enterarme de su contenido y de la intimidad de vuestro pensamiento.
Hubiera deseado devolvérosla sin comentario, pero la gravedad que entraña para la nación y para la suerte de la monarquía y los proyectos que en ella se exteriorizan me obligan, en cumplimiento de un elemental deber, a intentar el evitar lo que habría de ser irreparable.
Desde hace mucho tiempo vengo apercibiéndome de los esfuerzos que desde Lisboa, y aún de la misma Suiza, se hacen sirviendo a un interés extraño para decidiros a jugar la absurda carta de la ruptura, y he podido comprobar cómo esta idea, en pugna con vuestros sentimientos naturales de nobleza y de lealtad, prende más de una vez en vuestro ánimo.
Conozco los esfuerzos de los López Oliván, de los Gil Robles y de los Sáinz Rodríguez para decidiros. ¡Cartas viejas, jugadas desacreditadas y perdidas!
Su ejecutoria republicana o masónica debiera haberlos desacreditado en vuestro ánimo. Tuvieron su hora que no supieron servir ni aprovechar y hoy, empujados unos por su pasión y otros por sus compromisos de Logia, intentan servir, a costa vuestra, a la tercera España.
Tres falsedades se intentan ir grabando en vuestro ánimo: la supuesta ilegitimidad de mis poderes, una calumniosa situación de España y un pobre concepto de los españoles para arrastraros, como consecuencia de ello, a una aventura estéril en la que perderíais todo y ellos nada.
Por interés de nuestra patria intentaré aclarároslas:
Poniendo por delante que para mí el poder es un acto de servicio más entre muchos prestados a mi nación y su fin el bienestar público, he de sentar varias afirmaciones:
a). La monarquía abandonó en 1931 el poder en la República.
b). Nosotros nos levantamos contra una situación republicana.
c). Nuestro Movimiento no tuvo una significación monárquica, sino española y católica.
d). Mola dejó claramente establecido que el Movimiento no era monárquico.
e). Los combatientes de nuestra Cruzada pasaron de la cifra del millón.
f). Los monárquicos constituían entre ellos una exigua minoría.
Por lo tanto, ni el Régimen derrocó a la monarquía ni estaba obligado a su restablecimiento.
Entre los títulos que dan origen a una autoridad soberana, sabéis se encuentran la ocupación y la conquista; no digamos el que engendra salvar una sociedad.
La superioridad justifica, por otra parte, moral y jurídicamente la soberanía; que en este caso también viene determinada por la autoridad que se disfrutaba en la sociedad antigua.
Propios merecimientos contrastados en una vida de intensos servicios, prestigio y categoría en todos los órdenes de la sociedad, reconocimiento público de esa autoridad se dan en este caso.
Ha existido, por tanto, una previa superioridad pública.
Y en la Cruzada, la proclamación como Jefe Supremo del Estado por las tropas y fuerzas políticas integradoras del Movimiento y el beneplácito de toda la nación me otorgan otro título indubitable. Y no digamos el haber alcanzado, con el favor divino repetidamente prodigado, la victoria y salvado a la sociedad del caos, que engendra y consolida, por muchos conceptos, un derecho soberano.
Y aún habría de ser ilegítima y falta de títulos la soberanía y la convertiría en legítima, según los más preclaros tratadistas de derecho político, el tiempo y las relaciones jurídicas que éste encierra.
Al defender la legitimidad de soberanía, sólo quiero rechazar con alegaciones tan claras y contundentes el concepto de usurpador con el que se pretende presentarme a vuestros ojos; pero aún hay más y es lo importante: todo el derecho es de la sociedad que prevalece sobre el de las personas. El poder no es personal del que lo ejerce, sino para el bien público, ya que no se trata de un bien privado. Se ejercita para la nación y en provecho de ella. Por ello, cuando una nación disfruta de una paz y un orden jurídico a tanta costa logrado, es condenable toda pugna que trate de menoscabar la autoridad del que ejerce el poder soberano, lo que no sólo no mejoraría la paz y la justicia social, sino que empeoraría la situación de la nación a la que se lanzaría a la mayor de las catástrofes.
Si a esto se une el que este poder legítimo y soberano no sólo no cierra el camino de la instauración monárquica, sino que en cuanto sirve al bien público hacia ella generosa y noblemente camina, se explica menos el que ningún monárquico pueda intentar perturbar ese orden jurídico.
Para destruir estos poderosos argumentos era preciso el calumniar a España, el falsear sus realidades, el desconocer nuestra paz social, nuestro progreso en todos los órdenes, y el silenciar, cuando no difamar, nuestra obra de gobierno. Única forma de poder torcer vuestros nobles sentimientos y vuestros deberes con la patria.
El resurgimiento de España en todos los órdenes es la más elocuente y trascendente respuesta a estas campañas.
Y queda el tercer punto, el pobre concepto con el que os presentan a los españoles. El español medio es extraordinario en sus virtudes, apasionado y terco; muchas veces tiene un concepto más justo de la dignidad que las clases que suelen llamarse elevadas. Es este pueblo español demasiado viril y sensible para que se doblegue jamás a imposiciones exteriores. Nuestra Guerra de la Independencia es harto elocuente.
Yo confío en que vuestro buen sentido triunfe una vez más sobre las presiones de quienes intentan empujaros hacia el abismo.
Nosotros caminamos hacia la monarquía, vosotros podéis impedir que lleguemos a ella. Yo puedo aseguraros que los monárquicos verdaderos están consternados con esta situación que hoy os rodea; por sentir a su patria y conocer sus realidades, no tienen otra impaciencia que la de que no os gastéis ni malogréis su porvenir; aspiran a ver asegurado el Régimen y la sucesión futura en vuestra persona, ya que saben que fuera de él volvería a reinar el caos. Precisamente lo contrario de los que tratan de estorbar esa feliz contingencia, por no interesarles nuestra España ni la monarquía, sino su República, la tercera España.
Mi deber leal es el de prevenirnos para que no podáis decir jamás que no os lo he anunciado en la forma más clara.
En estos momentos tan poco apetecibles en que yo tengo sobre mí responsabilidades tan grandes, Vuestra Alteza, por providencial designio, está carente de ellas. ¿Por qué pues hipotecar vuestro crédito ante los españoles y gastaros?.
Yo os encarezco a que no os divorciéis de España ni os desliguéis de nuestra Cruzada, en la que quisisteis combatir; para la unidad de los españoles no cabe más generosidad que la que nuestro Régimen viene practicando desde el primer día de la paz; otra cosa sería ofender a tantas víctimas y traicionar a la patria, caer de nuevo en manos de nuestros enemigos.
No hagáis caso a lo que del extranjero puedan insinuaros: las promesas de Polonia al rey Pedro de Yugoslavia, al de Grecia, a Víctor Manuel, a Giraud y a tantos otros, se esfumaron ante las realidades. Pesan más Stalin, Tito, los guerrilleros griegos o los comunistas franceses que los convencionalismos y las promesas a gobiernos y monarcas.
Una nación entera, serena y dispuesta a defender su libertad y su independencia, tras esta guerra agotadora en la que los demás están sumidos, es el mayor argumento y seguridad en el orden internacional. Por ello pecan gravemente cuantos atenten a esta unidad o menoscaben su prestigio.
Sobre otra porción de pequeñas cosas sólo he de deciros que yo siempre he anhelado el veros bien servido y aconsejado, y lo que reprendo y condenaré siempre es que quienes os rodeen puedan comprometeros en el juego turbio de sus conspiraciones.
Que Dios os dé todas las venturas que para Vuestra Alteza y Real Familia deseo, y os ampare e ilumine en todos los momentos.
Muy cordial y sinceramente, Francisco Franco.
Don Juan anuncia la ruptura
25 de enero de 1944.
Mi respetado General:
Honda inquietud y preocupación me ha producido su carta del 6 del corriente que me escribe como consecuencia de haber leído una particular mía dirigida a mi secretario, interceptada, según V.E. me informa, por agentes extranjeros que al parecer han tenido la posibilidad de intervenir el servicio postal entre Irún y San Sebastián.
La meditada lectura de su carta produce la impresión de que V.E. cuenta con una información deficiente y tal vez inexacta, que le lleva a sostener erróneas opiniones sobre la situación interior y exterior de España. Y esa equivocada información alcanza también a lo que sobre mi modo de pensar y las supuestas presiones de que soy objeto se refiere. Afirma V.E. que hay gentes que intentan ir grabando en mi ánimo tres falsedades: primera, la supuesta ilegitimidad de los poderes de V.E.; segunda, una calumniosa situación de España y tercera, un pobre concepto de los españoles. Pues bien, sinceramente he de afirmarle que ese temor carece de toda base. Nadie se ha propuesto persuadirme de la ilegitimidad de los poderes que de hecho V.E. ejerce, y nunca hubiera tolerado la más mínima insinuación calumniosa sobre España ni sobre el elevadísimo concepto que tengo del pueblo español.
Pronto se cumplirán trece años de mi vida en el destierro, durante los cuales he podido conocer la situación de España y la manera de pensar de los españoles, con una claridad e independencia que difícilmente hubiera logrado de continuar en Palacio, donde tanto me hubiera costado conocer la realidad a través de la atmósfera de adulación que en todo tiempo envuelve a los poderosos. Desde hace muchos años vengo estudiando la situación de España y contrastando detenidamente los informes verbales de la casi totalidad de las personalidades políticas, diplomáticas, industriales, intelectuales, etc., que al salir de España vienen a visitarme; afirmo a V.E. que con unanimidad casi absoluta todas ellas, incluso las más ligadas personalmente a V.E. y al Régimen nacional-sindicalista, coinciden en sentirse gravemente angustiadas respecto al futuro de nuestra patria, cuya situación estiman sumamente intranquilizadora. Ignoro si esas personalidades, que tan oscuro ven el panorama nacional, se expresan ante V.E. con la misma franqueza que ante mí. Bien es posible que la experiencia de la desfavorable acogida que V.E. reservó a los clarividentes y patriotas escritos de los procuradores en Cortes y más tarde de los tenientes generales, haya contribuido a velar sus juicios.
La información que sobre la situación interior de España he obtenido en copiosas y auténticas fuentes nacionales acrecienta la divergencia de nuestras respectivas visiones sobre la situación internacional y sobre la repercusión que los acontecimientos mundiales puedan tener en nuestra política interior. V.E. es uno de los contados españoles que cree en la estabilidad del Régimen nacional-sindicalista; en la identificación del pueblo con tal Régimen, en que nuestra nación, todavía no reconciliada, tendrá fuerzas sobradas para resistir los embates de los extremistas al término de la guerra mundial y que V.E. logrará, por medio de rectificaciones y concesiones, el respeto de aquellas naciones que pudieran haber visto con disgusto la política seguida con ellas.
Este modo de enjuiciar el presente y el futuro es totalmente opuesto al mío y, por tanto, nuestras actitudes no pueden ser concordantes. Estoy convencido de que V.E. y el Régimen que encarna no podrán subsistir al término de la guerra y que de no restaurarse antes la monarquía, serán derribados por los vencidos en la Guerra Civil, favorecidos por el ambiente internacional que cada día se pronuncia más fuertemente en contra del régimen totalitario que V.E. forjó e implantó. Para impedir tan trágico futuro es preciso ofrecer a los españoles algo que no sea el totalitarismo de V.E. ni la vuelta de la República democrática, antesala del extremismo anarquista; y esa tercera solución la constituye solamente la monarquía Católica Tradicional, de cuyos ideales fundamentales estaba más próxima la mayoría de los héroes y mártires que hicieron posible el Alzamiento de julio de 1936, que de las exóticas instituciones que se ha pretendido estérilmente hace arraigar en nuestra patria con desprecio de la mística inspiradora de la Cruzada.
Siempre me he negado a acceder a los requerimientos escritos por V.E. para identificarme con el Estado falangista, por estimar que ello era incompatible con la esencia misma de la monarquía, que ha de ser genuina y absolutamente nacional y para todos los españoles. Pero he llegado al firme convencimiento de que esta actitud que he venido observando no basta para salvaguardar en el futuro los intereses de la patria, ya que son muchos los que en España y en el extranjero interpretan mi silencio como una identificación con el Régimen presente. Ello me obliga a dar a conocer a España y al mundo la total insolidaridad de la monarquía con él. No levanto bandera de rebeldía ni incito a nadie a la rebelión. Me limito exclusivamente a hacer pública la fundamental divergencia que siempre nos separó, impidiendo así que la caída del Régimen nacional-sindicalista imposibilite la restauración de la monarquía y prive a la patria, en tan críticos momentos, de las seculares instituciones, únicas que pueden oponerse al extremismo revolucionario.
Nadie podrá, con fundamento, tachar de egoísta, mi actitud que constituye, por el contrario, un muy duro pero sagrado deber. Sólo un equivocado concepto de lo que es la Realeza puede llevar a afirmar que en este momento estoy carente de responsabilidades. Las de carácter histórico que sobre mí pesan pueden concretarse por acción o por omisión; para hacer frente a ellas me veo impelido, por convicción íntima y personal, a adoptar la actitud que anuncio a V.E.
No estimo oportuno en esta ocasión refutar la afirmación de V.E. relativa a que el Régimen camina generosa y noblemente hacia la restauración de la monarquía. Hasta hoy sólo he tenido noticia de la prohibición de toda propaganda monárquica, de los ataques en discursos y publicaciones oficiales a la monarquía, y de los documentos conteniendo graves acusaciones para mi persona que obligatoriamente ha insertado toda la prensa de España.
Esperando no vea V.E. en esta carta nada ofensivo, ni siquiera molesto para su persona, por la que conservo una alta estima y aprecio, le saluda afectuosamente.
Juan, Conde de Barcelona. Lausana, 25 de enero de 1944.
