Me he referido a la campaña de infundios lanzados sobre las obras del Valle de los Caídos. Ahora la desmontaré sin ayuda de documento alguno. Basta con las declaraciones que hicieron a Daniel Sueiro, Damián y Francisco Rabal, a cuya familia pertenecen los dos primeros trabajadores que llegaron al Valle de los Caídos.
Las entrevistas, grabadas en cinta magnetofónica, fueron recogidas en el libro citado, páginas 25 a 40. El padre, Benito, obrero libre y su hijo Damián, de 19 años, que durante la guerra había sido guardia de asalto, también obrero libre, sí intervinieron en las obras. No así Francisco, al actor, que entonces tenía 12 años de edad. Dicen los hermanos Damián y Francisco
Rabal:
TESTIMONIO DE LOS HERMANOS RABAL
«Todos los Rabal estuvimos en el Valle de los Caídos, todos pasamos por allí en un momento u otro. El padre, la madre, los hijos, las nietas… Durante un tiempo, largo,fue algo así como la sede familiar…Y en el principio, al comienzo de las obras cuando aún no había nada allí, o casi nada… Nuestro padre había sido minero. En la Unión, en Murcia y en el coto minero que se llama la Cuesta de Gos, y en el Lomo de Bas, la parte de minas de Aguilas, de donde somos nosotros. Minero desde niño. Había trabajado por todos esos sitios, aunque no sólo se dedicó a las minas sino también a las carreteras. Y por su experiencia y preparación profesional es por lo que la empresa lo manda a Cuelgamuros. Ya entonces estábamos en Madrid, claro… él y tres o cuatro hombres más (fueron los) que dieron el primer picotazo en Cuelgamuros y yo (Damián) conviví con ellos… Con diez o quince obreros, no más, se empezó a abrir el túnel, a perforar la galería en la roca… Entonces, al llegar nosotros allí, no había más que dos pequeñas casas en todo el Valle… Mi padre es el encargado, por parte de la Empresa San Román, de la obra que entonces da comienzo; el señor Juan es el capataz; yo (Damián), de momento, empiezo a funcionar de sanitario. Entonces no estaban allí Banús, ni Agromán, ni todos los que vinieron después… Mi padre había encontrado allí un trabajo, aunque aquel trabajo en la
piedra, dentro del túnel contribuyera a agravar su silicosis… A poco de estar nosotros allí, de los pueblos vecinos, como Peguerinos, El Escorial, Guadarrama, donde escaseaba mucho el trabajo, empezaron venir los primeros obreros.
Eran obreros libres; los presos vendrían más tarde… Venían allí con siete pesetas diarias de salario. Algunos, muy pocos, volvían a sus pueblos por la noche. Los más se quedaban allí toda la semana, hasta el sábado; entonces volvían al pueblo para regresar el lunes. Así fue como empezaron a improvisarse otras chabolillas por allí por el monte… Después ya se hicieron las casas para obreros, los barracones para los presos, la iglesia; se montó el economato y más tarde se improvisó el campo de fútbol. El equipo (de fútbol) estaba formado tanto por presos como por libres. Jugaban uno contra otro los equipos de las distintas empresas: Agromán, Banús, San Román; o bien contra los equipos de Guadarrama, El escorial u otros pueblos próximos… Yo (Francisco) entonces subía todos los sábados a Cuelgamuros. Habían hecho allí esas casas y nuestra madre se había ido también a vivir allí… Al año o así sube mi mujer ( Damián) , en el: 42 nacen las gemelas y a la tercera, Conchita, la bautizamos allí, en la iglesia aquella. Ya habían subido mi madre y la hermana. Y más tarde iría también a trabajar allí otro tío nuestro, casado con una hermana de nuestra madre… Aquello empieza a organizarse cuando se hacen casas medianamente habitables para los empleados, que es cuando suben también las mujeres y viene ya más gente a trabajar… Cuando empiezan a ir las mujeres de los presos a verlos, la mayoría de ellos vivían en casa de nuestro padres. Allí dormíamos hacinados en el suelo unos y otros… Yo (Damián) de sanitario, paso a ser barrenero. Porque al llegar más gente, mi padre me llama y me dice: «A ver si van a creer que tú estás aquí de señorito». Y estuve con una perforadora hasta que me llamaron al servicio militar, porque a mí me movilizaron otra vez, después de haber pasado la guerra… Nosotros podemos decir que al proceso de ensanchar la cripta (que empezaría siendo un túnel de 2 metros de alto por uno y medio de ancho) y de levantar la bóveda, así como de construir detrás el monasterio, etc., ya no asistimos sino como visitantes de fines de semana. Ya para entonces habían llegado las máquinas, y se imponía un sistema d e trabajo mucho más racional. Y habían llegado los presos por supuesto… Al principio, los funcionarios de prisiones eran bastantes rigurosos con
ellos. Allí había un director de prisiones y varios funcionarios, como en una cárcel… Al principio hubo bastante rigor; incluso ha habido malos tratos: alguna vez le han dado alguna bofetada a algún preso, eso me consta. Pero luego la
gente libre… llamaban la atención de los funcionarios de prisiones en el sentido de que no podían extremar el control, que aquello no podía ser un campo de concentración. Algunos funcionarios se encontraban de repente con que los
obreros libres les afeaban la conducta de tal manera que se encontraban marginados… Allí se formó en seguida una relación muy estrecha entre los libres y los presos. Muchos matrimonios (de reclusos trabajadores) se hicieron amigos nuestros, una amistad que siguió luego de padre a hijos… Nuestra casa todas las noches estaba llena.
Cuando los oficiales hacían el recuento y faltaba alguno., ya sabían que estaba tranquilamente en nuestra casa; oyendo, a veces, una de aquellas radios antiguas que tenían mis padres… Yo tengo que decir, no en beneficio del sistema, que no tiene ninguna disculpa, sino en el de la gente que de alguna manera manejaba aquello, que la condena allí era mucho más suave que en las prisiones. Todos procurábamos echar una mano, eso es cierto, porque, la verdad, los presos no eran útiles para aquella clase de trabajo; se lesionaban, no sabían ni podían. Muchos iban solos al Escorial o a Guadarrama y no se fugaban sino que volvían. Además, podían tener allí a sus mujeres; ellas iban y ya se quedaban aunque fuera antirreglamentario… Nuestra presencia en el Valle de los Caídos dura hasta el momento del retiro de nuestro padre, muy castigado ya por la silicosis, que le venía de antiguo, claro, del trabajo inhumano de las
minas de plomo de la Unión y de toda la parte de Cartagena. Debió ser hacía el año 1955, cuando Paco estaba ya trabajando de actor, y yo ( D a m i á n ) estaba metido en el mismo campo del cine…»
Otro testigo, Teodoro García Caña, condenado a treinta años, cuenta (página 44) cómo fue trasladado, a petición propia, desde el penal de Ocaña al Valle de los Caídos:
«Nos montaron en dos camiones Saurer descubiertos, unos treinta o cuarenta en cada uno, con un oficial de prisiones. Al pasar por aquí, por Madrid, nos dijo (Juan Banús, que les acompañaba): «Si alguno tiene dinero y quiere
comprar algo, puede hacerlo. Y si alguno trata de escapar, no se extrañe, que yo llevo una pistola y tengo que defender mi pan, así que ya sabéis..».
Terrible; Juan Banús, una pistola, y ochenta penados en medio de Madrid…
Jesús Cantelar Canales, condenado a treinta años, encargado de obra, antiguo barrenero (páginas 61 y siguientes), dice:
«Yo tuve que hacer una instancia y mandarla al Ministerio de Justicia, al Patronato que había de Redención de Penas, y si era aprobada, me man- daban al destacamento solicitado; si no, no podía salir de la prisión…
Un amigo me dijo: «Vente a Cuelgamuros, que allí relativamente….,alli tenemos…dentro del recinto de lo que es el Valle una vez has hecho la jornada puedes pasearte por allí…» Además, en Cuelgamuros nos dieron facilidades para llevar a la familia… Yo tenía a mi madre, a una hermana y a un hermano que fueron allí conmigo, y allí estuvieron conmigo hasta que me dieron la libertad…. Salíamos a trabajar a las ocho. No había guardia civil de escolta, sino funcionarios de prisiones… Había un jefe de servicio más tres oficiales de prisiones… Cenábamos e incluso podíamos ir con las familias a las pequeñas barracas que tenían, a estar con ellas, hasta el toque de oración, y luego ya entrábamos en los barracones colectivos que teníamos… Allí lo que pasaba, a mí como a casi todos, es que trabajando seis u ocho años sabías que tenías la libertad asegurada… Casi todos los que estábamos trabajando, al recibir la libertad, casi todos nos quedábamos allí trabajando».
El doctor Angel Lausí, médico del Consejo de Obras del Monumento, que también redimió pena por el trabajo, declara (páginas 72 y siguientes):
«Me ocupé de todos los obreros de las diversas empresas que trabajaban allí. Allí hubo accidentes, enfermos, partos, en fin, de todo… Pero para los heridos graves se organizaba el traslado en ambulancias, que pedíamos de Madrid, o en los mismos coches de las empresas, si no eran muy graves. Los traían a la Clínica del Trabajo, que está en la calle de Reina Victoria… Sí, hubo catorce muertos, en todo el tiempo de la obra, porque yo he estado prácticamente allí todo el tiempo… se han dado bastantes casos de silicosis… Entonces se conocía poco la silicosis. Cuando venía uno con trastornos así bronquiales y tal, lo mandábamos aquí al médico de la empresa, que los miraba y los ingresaba en algo del Instituto de Previsión… De los presos políticos que estuvieron allí hasta el año cincuenta, y yo-he estado allí, la mayoría eran excelentes personas, estaban cumpliendo una condena por cosas políticas y estaban ganando unas pesetas para mantener a sus familias. Una vez liberados, muchos se quedaban allí trabajando. Alrededor de los años cincuenta ya quitaron los establecimientos penales y sólo quedó el personal libre. Y empezaron a llevar presos comunes, pero los presos comunes ya no daban resultado. Se escapaban… Ha habido algunos (presos políticos) que sí se han fugado, pocos. Porque aunque no vigilaban, se vigilaban ellos mismos… Allí yo cobraba un sueldo del Consejo de las Obras, como médico de las mismas; pero estaba el seguro de enfermedad, de todos los trabajadores que había allí, y el seguro de accidentes… Y claro, cuando había mucho trabajo y mucho personal, había muchas cartillas del seguro de enfermedad, muchos accidentes, y se ganaba dinero, Cuando la obra terminó, sólo con el sueldo de Consejo, no daba para vivir. Entonces hicieron un concurso de traslado al seguro de Enfermedad, y claro, como yo era seguramente el más antiguo de los que se presentaban, me dieron una plaza en el ambulatorio de San Blas, en Madrid».
OTROS TESTIGOS
Otros testigos: Luis Orejas, practicante, redime pena de una sentencia de nueve años. Le llegara pronto su libertad aunque él preferirá continuar en el Valle, donde empieza ganando quinientas pesetas mensuales…
Me dieron una pequeña vivienda y me llevé a mi mujer; allí tuvimos los cuatro hijos que empezaron a estudiar el bachillerato con el maestro que teníamos en el mismo Valle y todos han salido muy bien colocados; ahora están casados
y ya hay doce nietos».
Cuando salió del Valle fue destinado al servicio de Urgencias de La Paz.
Gonzalo de Córdoba, maestro, conmutada la pena de muerte a treinta años:
«Yo llego allí el año cuarenta y cuatro, el dos de marzo»y «comenzó ganando mil cien pesetas mensuales», de entonces.
Cierto todo ello, que coincide matemáticamente con los informes oficiales del Patronato Central de Nuestra Señora de la Merced de Redención de Penas por el Trabajo. ¿Que hubo algunos abusos ais-
lados?, seguramente; ¿Que hubo fallos humanos?, seguramente; ¿Que alguna Empresa abusó de la confianza en ella depositada?, seguramente. Pero ello no oscurece la gran obra redentora de la Legislación Penitenciaria de aquellos años. ¿Que al terminar la guerra civil los que la ganaron debieran haber hecho borrón y cuenta nueva? ¿Se imaginan los problemas derivados de orden tan injusta para quienes habían sentido en sus carnes la terrible represión frentepopulista? ¿No lo habrían considerado un desprecio a los llevados a las chekas, a los que sufrieron expolios, a las violadas, a los asesinados al amanecer con el tiro en la nuca junto a las cunetas, en las tapias de los cementerios, arrojados al agua con lastre en los pies, torturados, martirizados al fin?
Tabla rasa, se pregona ahora, con la ignorancia culpable de que en el mismo Valle de los Caídos hubo penados que habían sido condenados a tres penas de muerte en 1940 y que en 1950 fueron auténticamente reinsertados, como se dice ahora, en la sociedad civil.
En «Misión de Guerra en España», el Embajador de los Estados Unidos, Carlton J. H. Hayes, hombre de confianza del presidente Roosevelt, señala lo siguiente:
«El recuerdo de los horrores de la reciente guerra civil es aún demasiado vivo, y el temor de precipitarla de nuevo es una obsesión nacional, si se exceptúa a la minoría comunista. Después de todo, el régimen existente representa aquella parte del pueblo español que ganó la guerra, y sería totalmente inédito en la historia del mundo que los vencedores en un lucha como esa dijésen a los vencidos a los cinco o seis años: «Lo sentimos; no debíamos haber ganado; hemos ocasionado un desorden considerable; queremos devolveros el poder y dar la bienvenida a vuestros jefes, dejándoles que hagan lo que quieran de nosotros» ¡Imaginémonos al General Grant diciendo algo parecido a los Jefes de la Confederación del Sur en plena reconstrucción de nuestra guerra civil!».
Este artículo, junto con los que tienes a continuación forma parte de un escrito de Juan Blanco para el boletín de la Fundación Nacional Francisco Franco
La verdad sobre el Valle de los Caídos. El desprecio de los muertos
La verdad sobre el Valle de los Caídos. Se aceleran las libertades condicionales
