Su llegada al poder: el bienestar de España con el éxito de su propia carrera.
No fue la primera vez en la Historia el caso de Franco, el caso de un hombre sobre el que méritos y excepcionales circunstancias acumularon un poder político casi sobrenatural. El éxito de su propia carrera coincide con el de la Nación. Ahora bien, si este esquema tan simple puede ser útil para mantenerse en el poder sin vacilaciones —por lo menos algún tiempo— no sirve en cambio para comunicarse de verdad con el país ni para atraer hacia el Gobierno colaboraciones activas. Para ello hace falta una cierta teoría del Estado y un verdadero programa de acción pública, política y social.
Me parece que Franco casi lo llegó a comprender así, o pensar, y que era absolutamente necesario estudiar y trabajar para convertir el HECHO BRUTO DEL PODER en régimen político organizado; y para ello se le ofrecían varias opciones y sistemas políticos en Europa y que creo que algunos pensamos en su inclinación hacia la simpatía de alguna, teniendo, sin embargo, principios políticos muy sumarios.
También ofrece la Historia casos de hombres que en esas circunstancias se refugiaron pronto en el culto a la personalidad, y tuvieron que situarse por instinto defensivo en una plataforma alta, sin que la crítica, incluso la más real y leal, la más afectuosa humanamente, llegase a alcanzarles y sin que el reconocimiento del valor ajeno hiciese concebir en ellos sospechas sobre su propio valor.
Sin lograr conseguir el estímulo y el freno, a la vez, de quienes menos notorios, pero con autoridad y capacidad para forjar junto a él, sirviéndole con absoluta lealtad y valerosamente a la vez, un equipo de gobierno trabajando abnegadamente junto a él, sin aceptar ni él ni los otros sus opiniones como dogmas, sólo movidos por sus conocimientos, su buena fe y su honradez, pero que pronto, por el contrario, se dejaron ganar por las adulaciones que reciben con naturalidad, siendo en cambio indiferentes al valor y a la conducta de los hombres utilizados como colaboradores en el Gobierno, a los que han conservado y protegido si observaron la ley del juego, esto es, ser cómodos para su gran poder, y por el contrario han proscrito a quienes se han permitido ser severos con él.
Casi comprendiendo, repito, la necesidad de una cierta teoría del Estado y un verdadero programa de acción pública para convertir, digamos una vez más, el hecho bruto del poder en régimen político organizado, esto es, a que el régimen fuera régimen —conjunto de instituciones ordenadas a la reestructuración social y política del país— y no mero Poder, resultaron inútiles.
Ahora bien, Franco tenía de las ideas, como de las palabras y también de los hombres, una idea instrumental y oportunista. Lo que se ha dicho hoy no compromete para mañana, como ya expresamos anteriormente; Franco proclamaba principios o promulgaba leyes, pero no se sentía obligado a ellos. El Consejo Nacional de Falange, su Junta Política, y más tarde sus Cortes no funcionaron de verdad como órganos independientes y efectivos con su función real de control, iniciativa y estímulos, sino que los consideraba como meras formalidades y apariencias.
Como es más fácil cambiar las expresiones que las realidades, Franco pudo acomodarse nominalmente a las ideas de gentes en el mundo según cada ocasión sin que en muchas de las situaciones por las que él ha pasado tuvieran la menor relación con los hechos. Sus discursos (retocados o suprimidos parcialmente cada vez que se hacía de ellos una edición nueva) no revelan veleidad de pensamiento sino simplemente inexistencia de él. Y así resulta que no hay contradicción en las afirmaciones totalitarias de 1938 a 1944 (que son numerosas) y sus formulaciones posteriores más recientes a favor de una democracia orgánica o de una democracia renovada; pues tanto en un caso como en otro sólo era real su voluntad de mando personal sin contradictores.
En una ocasión el Ministro de Trabajo Girón, en sus primeras semanas de ingenuidad, habló y propuso la nacionalización de la Banca, y los corresponsales extranjeros y los banqueros nacionales, alarmadísimos, acudieron a Franco quien los tranquilizó diciéndoles que lo que Girón había dicho significaba simplemente que se procuraría impedir que los Bancos tengan capital extranjero.
Anécdotas como ésta se podrían contar muchas, pero esos cambios de “sentido” en su prosa política todavía no habían sido tan llamativos como en lo que concierne a la política internacional, en la que uno mismo de sus discursos lo pudo ser presentado en un momento como acto de co-beligerancia junto al Eje y al mismo tiempo como servicio suyo “deliberado” a favor de la causa de los aliados; esto es, para significar que no había querido otra cosa que disfrazar o disimular sus planes en alguna ocasión en nombre de una lealtad.
Es penoso decir que no son caso único en la Historia, pero sí abundantes; desgraciadamente y en un caso extremo se llega a la sacralización de quien asume el poder absoluto, y cualquier crítica o juicio de valor sobre él quedaban excluidos, y la figura de enjuiciar al Jefe como el más alto poder durante 39 años quedaba incluida en la Ordenación Penal e interpretada del modo más absoluto; de ahí que la adulación se convirtiera en deber y además en un hábito de hipocresía.
Y así es natural que convertido el Jefe por las circunstancias —creo sinceramente que de buena fe más que por vanidad— se proclamaría él mismo “COMO HOMBRE PROVIDENCIAL, EXCEPCIONAL E IRREPETIBLE”.
(El historiador tiene el deber de referirse a otros hechos que, junto a actuaciones dignas y aún ejemplares a los que nos referiremos, en nuestro caso una de las formas de adulación, a mi juicio de mayor gravedad, fue la retórica que llegó a extremos impensables cuando el General Bermúdez de Castro publicó en un artículo de nuestra prensa un trabajo en el que confrontando a Franco con Julio César, con Carlos V, con Napoleón y otras grandes personalidades de la Historia, triunfadores, encontraba que todos ellos cedían a Franco la primacía. Y añadía que sólo el caso de Alejandro Magno hubiera sido comparable al suyo de no haber muerto tan joven. Cuando leímos ese artículo, no dudamos muchos, creo que incluso algunos militares, de que su autor sería sancionado y que por falta de respeto al gran Jefe se le impondría como correctivo el arresto en un castillo; lo que no fue así y la familia resultó muy lejos de perjudicada).
Hubo otras adulaciones tontas, como la ya referida del catedrático Pascual Marín; y en periódico de Murcia, o en otro de Valencia, con motivo de graves inundaciones que allí se produjeron al dar la noticia de que con este desgraciado motivo Franco iba a visitar la comarca, escribieron: “Bendita la riada que nos trae a Franco”.
Más graves son, a mi juicio, las adulaciones del estamento eclesiástico: el Obispo de Madrid-Alcalá, a la sazón Doctor Eijo Garay, en una de las ceremonias que organizábamos —en el tiempo de las ilusiones con tanta ingenuidad y desmedida, aunque tal vez no se pueda negar que tuvieran mejor estilo formal que las que más tarde hemos conocido— recibió a Franco en el atrio de la iglesia de Santa Bárbara, en acto allí organizado para “ungirle” Caudillo de las Españas, mientras le incensaba le dijo:
“En mi larga vida sacerdotal, mi Caudillo, nunca he incensado con tanto gusto como ahora”.
(Y en aquel momento las personas que estábamos junto a ellos, asombrados, pensábamos en las veces que el tal Obispo habría incensado al Santísimo).
Una revista de los frailes Corazonistas publicaba en la portada unas imágenes de Franco arrodillado y al pie se escribían unas líneas en las que se decía que Franco sería elevado a los altares como lo fueron sus antecesores San Hermenegildo y San Fernando.
Doctor Jesús Mérida Pérez, refiriéndose a unas palabras que Franco había dicho en relación con la Iglesia, comentó: «Así, como este hombre jamás ha hablado nunca nadie». (Como cosas menores suele recordarse que Jordana aconsejó a Franco que exigiera etiqueta rigurosa en todos los que hablaran con él y que suprimiera tuteos y maneras familiares; y en este orden de cosas el Almirante Nieto Antúnez dijo en un periódico de La Coruña que él y Franco eran amigos desde la infancia y que naturalmente habían hablado siempre como tales diciéndose de tú, hasta que llegado el día en que recibió el nombramiento de Ayudante del Caudillo, empezó, y siguió siempre, hablándole de Vd.).
El primer acto adulatorio, con implicaciones patrimoniales, lo produjo el Gobernador Civil de La Coruña, que muy poco tiempo después ascendería al cargo de Jefe de la Casa Civil de S.E., que era un carlista sin apenas tradición, muy oficioso, servicial, con maneras complacientes en extremo y un tanto amaneradas. Parece que inducido por el industrial Barrié de la Maza, que por aquellas calendas, me consta que no gozaba ciertamente de la estimación de Franco porque entre otras cosas me decía de él que era un mazón (lo que yo nunca supe si lo decía confundidamente o por su obsesión), lanzó la idea de que los gallegos, sus paisanos, le regalaran a Franco por suscripción una casa, un Palacio, que fuera digno de él, y tenía incluso pensado que podía ser el Pazo de “Las Torres de Meirás”, que había pertenecido, como se sabe, a la gran escritora doña Emilia Pardo Bazán.
Franco me habló de este tema en el tono de tantas cosas corrientes y debo aclarar y decir, con gran satisfacción por mi parte, que él, Franco, no aceptaba la idea y que consideraba que en el Poder no se podían recibir semejantes regalos más o menos privados. Así tuve la satisfacción de comunicárselo al citado Gobernador. Más no pasaron muchos días sin que desgraciadamente el citado Poncio y las personas que tuvieron la iniciativa, más persuasivas que yo, lograran que Franco aceptara el ofrecimiento, y después vendrían restauraciones, alhajamientos, etc., con lo que pronto advirtieron los iniciadores y ejecutores de la obsequiosidad que la aportación de cuotas voluntarias para la adquisición del citado palacio era insuficiente y cayeron todos en un sistema malísimo, pues a los recibos de la contribución, de cada uno, se añadía la cuota que debía pagar, además, para esa finalidad.
(El mal ejemplo se siguió por otros que en plena guerra civil aceptaron regalos semejantes, y la verdad es que Franco había rechazado el regalo, repito, con insistencia).
Él no utilizó nunca el Poder como instrumento para el aumento de su fortuna, lo que merece señalarlo teniéndolo en cuenta que, en cambio, él era muy celoso y se ocupaba con mucho cuidado de su dinero legítimo y del de su mujer con toda honradez, llegando la protección a llevar fondos y alhajas al Banco Crédit Lyonnais, sin que se diera en él, como ha sido tan frecuente, la confusión entre el ejercicio del poder y el disfrute de una propiedad conquistada, al contrario de lo que otros han entendido el mando: más como recompensa que como responsabilidad.
CARÁCTER
Arbitrismo
La inclinación de Franco al arbitrismo y al capricho era quizás una predisposición a su carácter, pero nunca habría llegado a desarrollarse tanto sin la formidable concentración de poder personal a la que no supimos, o no pudimos, poner los límites necesarios y que sus cortesanos fomentarían sin escrúpulo alguno, como no fue caso único en el suyo sino en la vida pública ofrecen muchos más: es frecuente en los dictadores no dirigidos por ideologías vigorosas.
El capricho se ha manifestado en Franco en la elección de su estado de vida, libre de obligaciones regladas y exigibles por encima de él; en el tratamiento de ciertos asuntos generalmente pequeños; en la inclinación al arbitrismo (cuyo coste ha resultado en ocasiones caro), y en la designación y repudio de sus colaboradores, siempre por criterios de sumisión más que por fidelidad. Capricho y versatilidad por un lado, y por otro implacabilidad, son rasgos de su carácter, como se puede ver en distintos momentos.
Las arbitrariedades pequeñísimas, y algo ridículas, son a veces más reveladoras de una personalidad que las grandes decisiones. Franco ha satisfecho su caprichosidad hasta en detalles ínfimos: por ejemplo imponiendo a la Real Academia de la Lengua Española la supresión en el Diccionario de una de las acepciones vulgares de la palabra “gallego” —“mozo de cuerda”— que al glorioso presidente de la Academia Don Ramón Menéndez Pidal, gallego de mucha mayor entidad, no se le había ocurrido nunca; pues la referencia a acepciones vulgares no significa ofensa para la significación de la acepción principal.
Lo mismo ocurrió con la orden que dio para que se suprimiera la clásica expresión en el lenguaje fiscal “Impuesto de Derechos Reales”, porque decía que daba a entender que eran derechos del Rey, cuando la realidad es que todo el mundo sabe que esta técnica viene desde la universalidad del Derecho Romano; y el “Derecho Real”, como es sabido, es un concepto jurídico que significa, en principio, el poder directo de la persona sobre la cosa, frente al “derecho de obligación”, que recae sobre una persona obligada —el deudor— con respecto al acreedor, a dar alguna cosa, a prestar algún servicio, a realizar un acto o abstenerse de realizarlo.
Tradicionalmente en España, la legislación impositiva sobre esta materia se llamó por esto “Impuesto de Derechos Reales”, que grava las transmisiones de bienes inmuebles y muebles, y la constitución de hechos legales sobre aquellos, tales como servidumbres de paso, de luces, etc.
En tiempos de escasez y carestía hubo que crear unos cargos, las figuras de “Delegados de Abastecimientos” con funciones de control y uno de éstos cargos lo desempeñó el Teniente Coronel don Rufino Beltrán, y al entrar yo un día en el despacho de Franco encontré que estaban trabajando los dos con la tarea de establecer los “escandallos” para piezas de bicicletas.
(Estas inclinaciones suyas explican el éxito que con él tuvieran personas tan mediocres como Arrese que había ideado —le comunicaba— un embutido de delfín que podría lanzarse al mercado como enjundia de bocadillo popular. Este ministro es el mismo que en un discurso sobre “austeridad” aconsejó que en las comidas se suprimiera la salsa mayonesa).
Examinaban siempre con cuidado las fotografías que se enviaban a algún periódico o libro, lo cual era cosa natural y simpática; lo que sin embargo resultaba excesivo, es el caso de que cuando León Degrelle, belga, como es sabido, refugiado en España, enviaba artículos a una revista de su país sobre cosas políticas de aquí, al hablar, en uno de ellos, de Franco hacía su descripción física diciendo que Franco era “trapu”, término que, como es sabido, en francés quiere decir hombre no alto pero fuerte, cosa que no es ciertamente peyorativa, pero, sin embargo, cuando el original del escrito había salido ya para Bruselas, la censura de madrugada envió al domicilio del citado Degrelle un motorista con la orden apremiante y conminatoria de que telefoneara con urgencia a la redacción de la revista belga para que suprimiera del texto la palabra “trapu”.
Dionisio Ridruejo, constituido ya el primer Gobierno, le planteó ciertas instancias y exigencias sobre la organización y acción de los Sindicatos, y Franco le atajó afirmando que la cuestión social quedaría prácticamente resuelta en España cuando se pudiera proporcionar bicicletas a todos los obreros, y asombrado ante tal ocurrencia nos contó que no supo decirle más que:
«Pero, mi General, en este país hay muchas cuestas».
Poco más tarde compareció allí un austríaco, este inventor más modesto, pues hacía simplemente gasolina con una combinación de lechugas y agua. El asunto fue tan tomado en serio que en el Boletín Oficial del Estado se publicaron unas bases para la adjudicación de esta industria. (Aquí no juzgamos a nadie, sólo describiendo una situación de hecho).
En aquel ambiente de facilidades resultaba difícil, incómodo y duro, en ocasiones, la obligación de hablar críticamente como la lealtad entendíamos que exigía, pero quien lo hacía, discrepaba o censuraba, perdía pronto la simpatía, la estimación y luego la confianza, llegando a ser considerado como enemigo, derrotista siempre, e incluso alguna vez traidor. Por ello el lenguaje corriente era el de manifestaciones incondicionales y gratas y pocas veces se hablaba de otra manera, pues el tono de censura y disconformidad se hacía con poca frecuencia, por ello allí sonó un día como una bomba la carta —que cuando ya resultó manifiesta— extensa y útil, la incorporación al régimen del «Opus Dei» y gentes de otras procedencias, Dionisio Ridruejo envió al Caudillo una carta en estos términos:
«Señor, los falangistas no se sienten dirigidos como tales, no ocupan los resortes vitales del mando, pero en cambio lo ocupan en buena proporción los enemigos manifiestos, y otros disfrazados de amigos, amén de buena cantidad de reaccionarios e ineptos. Yo cumplo con mi conciencia presentando ante V.E. mi absoluta insolidaridad. Esta no es la Falange que quisimos y yo no puedo exponerme a que V.E. me tenga por un incondicional, porque no lo soy.»
Las ideas políticas de Franco, las verdaderamente sentidas por él, que le habían permitido sin ninguna perplejidad identificar el bien de España con el éxito de su propia carrera. Ahora bien, si éste esquema tan simple puede ser muy útil para mantenerse en el poder sin vacilaciones, no sirve en cambio para comunicarse con el país, ni para atraer hacia el Gobierno del mismo colaboraciones activas. Para ello hace falta una cierta teoría del Estado y un verdadero programa de acción pública. Me parece que Franco lo comprendió pronto y temo mucho haber sido yo una de las personas que le ayudó a comprenderlo y a elegir una entre las varias opciones que para convertir —como ya hemos dicho— el hecho bruto del poder en régimen político organizado.
Él tuvo que situarse, por instinto defensivo, en una plataforma alta, sin que la crítica, incluso la más leal, llegase a alcanzarle y sin que el reconocimiento del valor ajeno lo hiciese concebir sospechas sobre el valor propio. Situado en la cumbre del mando político, sin apuros ni apreturas, en parte por obra del azar como ya hemos visto y dicho con anterioridad, estimulado por personas que, como yo mismo, creíamos en su prestigio, podría ser suficiente para comunicar con él autoridad a un equipo de gobierno que, trabajando leal y abnegadamente, competentemente, con él, sinceramente, no tuviera que aceptar sus opiniones como dogma; pero, por el contrario, comenzó pronto a dejarse ganar por las adulaciones y a recibirlas con naturalidad.
Por el contrario ha recibido sin pestañear los homenajes más rendidos y las más desaforadas adulaciones, ha mantenido y utilizado a los hombres que conservaban la ley del juego —ser cómodos— y ha proscrito a los que se han permitido ser en alguna ocasión severos por sus opiniones en nombre de una lealtad efectiva que, claro es, al ser cierta no podía ser meramente personal.
(Llegada la hora de, terminada la guerra, trasladarse a Madrid, su Ayudante y otras personas salieron para la capital para habilitar y adecuar las habitaciones que Franco con su familia debía habitar en el Palacio Real. Conocida la noticia, amigos monárquicos míos, y el Ayudante de Servicio de aquel día, el cura y alguien más —preocupados por las cuestiones monárquicas— vinieron a darme la noticia —desconocida por mí— con gran disgusto; y yo considerando el acto, por lealtad me obligaba a ocuparme del asunto y me dirigí a Franco diciéndole que no podía creer esa noticia que acababan de darme, a lo que él, con enfado, me dijo:
«¿Y eso por qué?»,
«¿no soy el Jefe del Estado en estos momentos como o más que el Rey?»
Al oírle quise convencerle de que el asunto en esos términos estaba mal planteado, pues no se trataba —dije— si él era más, menos o igual, porque tu magistratura era otra, era distinta. Incluso, pensando que la idea le resultara agradable, apunté que se construyera un nuevo palacete en algún lugar de Madrid que pasara a la Historia con ese nombre: «Palacete del Generalísimo».
TEORÍA DEL ESTADO
“Carácter y formación política de Franco”
A través de éstas y otras páginas irá quedando dibujado su carácter, pero digamos como cosa principal, mientras marchaba paralelamente «la guerra interior y exterior», que faltó formación política, falta de visión, de estabilidad en las ideas, y en las personas, pues Franco tuvo siempre el propósito íntimo de permanecer vitaliciamente en el Poder, apoyándose más en unos o en otros grupos, según fueran las circunstancias del mundo que a su citado fin le aconsejaran o le convinieran, o se adaptaran mejor con su capacidad pragmática y «adaptativa» (palabra ésta que emplea el sociólogo Amando de Miguel) para mantenerse en el Poder: la Falange, la Acción Católica, el Opus Dei, etc.).
Veámoslo como fue así: En julio de 1945 en una «Declaración de Principios» con motivo de la promulgación del «Fuero de los españoles», se definía el sistema español como democrático con representación orgánica, no a través de los Partidos, sino de los organismos naturales: la Familia, el Municipio y los Sindicatos.
Poco después, en octubre del mismo año 1945 se promulgó la Ley del Referéndum presentando a éste como la forma y participación del pueblo en las grandes decisiones y problemas; y en el año 1947 en la Ley de Sucesión definía al Estado Español como «católico, social y representativo», estableciendo que Franco sería el Jefe del Estado con carácter vitalicio y derecho a nombrar sucesor.
Lo que en el primer tiempo de la guerra era un ambiente de consideración y de respeto primero, se deformó pronto, como con frecuencia ocurre con hombres que alcanzan poderes absolutos que se refugian pronto en el culto de la propia personalidad, en ocasiones no tanto por la embriaguez del éxito constante como por la conciencia de tener que superar sus limitaciones que es lo que suele llamarse HACER DE LA NECESIDAD UNA VIRTUD.
Proclamado por el Presidente de las Cortes «Caudillo por la gracia de Dios», acuñada en moneda fraccionaria, fue sacralizada su figura.
Lo que no puede extrañar, ni ha extrañado nunca demasiado que un hombre con formación y principios políticos muy sumarios; careciendo de las dotes que suelen adornar la figura de los grandes líderes —oratoria firme y convincente, prestancia personal y naturalidad para conducirse en cualquier ocasión o circunstancia— se refugiase pronto en ese culto a la propia personalidad.
FRANCO ORADOR
José María Pemán dijo que Franco había sido el peor orador que jamás hubiera existido en el mundo (claro es que aliviando con esa afirmación, como era corriente hacer, con las necesarias consideraciones y expresiones lisonjeras, como compensación y también como función de escudo, señalaba que su elocución era enredada y torpe, el tonillo de su prosodia especial —acompañado del sube y baja como mecánico de una mano— era casi infantil, añade, con su voz atiplada.
Los discursos si preparados eran farragosos y si improvisados incoherentes, con su dicción lamentable, pues nunca dejó de decir «dotrina», «primo», «conflito», «hetáreas», etc., comiéndose el sonido de las consonantes c y t, y se señalaba también una corriente de desconcierto lógico de su oración, y se solía citar como ejemplo en acto ofrecido a los oficiales del Ejército —en acto celebrado en el Banco de España el día 19 de mayo de 1939— en el que dijo que:
«los soldados que salen de la entraña misma del pueblo se crecen en el vendaval y ya no hay barrera ni límites que se opongan a nuestro afán de Imperio… En esa Revolución nuestra, y hablo de revolución sin que os asuste la palabra, ¿es que a vosotros os asusta esta palabra por la que derribamos la frivolidad de un siglo? Bien sé que no os asusta que arranquemos los frac y los vestigios del fatal espíritu de la Enciclopedia de Versalles. La aristocracia de España no se forjó en los salones sino endureciendo la mano sobre el puño de la espada. Cuando los viejos guerreros se pusieron guante blanco y dejaron de tener las manos encallecidas por el uso de la espada perdieron. Entonces muchas veces se ha hablado del Imperio y yo no afirmo que esto sea una palabra hueca. Yo os quiero así, recios, de manos callosas y forjaremos el Imperio».
La modestia no era característica de sus discursos, pues en el que leyó ante las Cortes Españolas al presentar la Ley Orgánica del Estado dijo:
«que no era necesario que se recordase lo mucho que quedaba por hacer. Nadie mejor que yo lo sabe, y en lo referente a los que así arguyen, sostengo que ese poco hecho en estos treinta años es enorme si se compara con lo realizado en España desde la muerte de los Reyes Católicos hasta nuestros días».
Así pues, para Franco, desde la muerte de los Reyes Católicos no se había hecho nada en España, ni el Imperio, ni el Siglo de Oro, Cervantes, Quevedo, Lope, ni el Derecho de Gentes, ni don Marcelino Menéndez y Pelayo con sus investigaciones y sus estudios puso de manifiesto que existía en España ciencia española —que no era sólo la de tipo matemático—, palacios y construcciones importantes y… El Escorial —pequeños olvidos—.
Y algunos de sus discursos destruyen también la reputación de hombre prudente; sirvan de ejemplo entre otros el categórico anuncio que hizo ante el Ejército de que si un día estaban en peligro los caminos de Berlín, enviaría un millón de hombres para su defensa.
Otra demostración contraria a esa reputación de hombre prudente es la tremenda frase que un día después de haberse sentado cien veces con la Falange y haberla detestado, cuando un grupo de falangistas se le mostró sumiso y adulador exclamó con esta, políticamente, grave afirmación que se comenta por sí sola:
«Creo en España porque creo en la Falange».
(Y con motivo de la muerte de Carrero que se produjo en un espectacular atentado, concienzudamente preparado a lo largo de varios meses con incomprensibles facilidades o descuidos ante su ejecución, comentó el suceso diciendo:
«Como no hay mal que por bien no venga».)
La brillante, exótica y anacrónica Guardia mora, el énfasis de sus Casas Civil y Militar, su propio atuendo de Capitán General de los Ejércitos con el fajín con sus tres hileras de entorchados, los collares, las condecoraciones, las placas y los emblemas, el sable y el bastón de Mariscal resucitado por él, todo a despecho de su pequeña estatura así invadida, resulta grotesco cuando se recuerda la sobriedad indumentaria de los jefes de pueblos poderosos como Roosevelt, Churchill, Hitler, Stalin, etc.
Y el mismo De Gaulle, hombre de gran orgullo, con una personalidad para mí antipática, pero de dimensiones considerables —entre ellas la de gran escritor—, elegido Jefe del Estado se quedó como militar en la modesta categoría de General de dos estrellas.
LA OBRA POSITIVA DE FRANCO
En medio del desorden y las preocupaciones de la guerra y las pugnas políticas de los distintos grupos, Franco no abandonó la debida atención a los problemas de la economía y sobre todo del Trabajo, llegando, en ocasiones, en sus realizaciones en esta materia más allá de la política que hiciera la II República, en todo lo cual es justo señalar la parte importante que tuvo como Ministro José Antonio Girón, nombrado para tal cargo en 1941, cargo en el que permaneció 18 años.
En esa época del Gobierno de Franco se dio efectividad al Seguro de Vejez. Se estableció la protección familiar, el Seguro de Enfermedad —Seguridad Social—, la Ley del Contrato de Trabajo. Una nueva Ley de Descanso Dominical. El Reglamento de Seguridad e Higiene en el Trabajo. El Cuerpo de Inspectores de Trabajo. La Ley de Reaseguro Obligatorio de Accidentes de Trabajo de 8 de mayo de 1942.
Una política de arbitraje entre patronos y obreros se inició ya en Barcelona durante la Dictadura del General Primo de Rivera con los organismos que se llamaron «Comités Paritarios» y que luego la República sustituyó por los llamados «Jurados Mixtos».
En el régimen de Franco esos organismos fueron suprimidos y sustituidos en beneficio de los económicamente débiles, y para su protección, por algo mucho más consistente que fue la Magistratura del Trabajo.
Los trabajadores tuvieron la inamovilidad en el empleo y el derecho a cuotas vitalicias de jubilación con el complemento del Subsidio Familiar, con lo que se llamaban «puntos», resultando además que la retribución de los trabajadores era directamente proporcional a sus cargas familiares.
Todo ello fue consecuencia de la creación con anterioridad del Fuero del Trabajo.
Se crearon impuestos por beneficios extraordinarios durante la Guerra Mundial.
Tuvo eficacia importante la creación del Instituto Nacional de la Vivienda.
En materia de economía fueron muchas las disposiciones que se dictaron en medio de las grandes dificultades en que por falta de materias primas y de una metodología se crearon.
La fijación de cambios políticos. Se cometió el error evaluando nuestra moneda por encima de la cotización o valor real, lo que produjo una gran extensión del mercado negro. Por el contrario el eminente, singular, político doctor Salazar —que procedía de la prestigiosa Universidad de Coimbra, en la que fue profesor de Economía y Hacienda— aprovechó la oportunidad para beneficiarse de su situación y enriquecer considerablemente el Estado acumulando con ello oro y divisas con los que pudieron ir mal viviendo y gobernando los que le sucedieron.
Aquí se mantuvo un cambio fijo, rígido, irreal que dio lugar a situaciones de injusticia con graves perjuicios.
Se realizaron obras públicas especialmente pantanos, carreteras, siguiendo planes y trabajos iniciados por el competente ministro Peña Boeuf. Hubo también labor importante en otras materias como la que realizaron los ministros Larraz y Fernández de la Mora.
A estas personalidades conocidas ya con anterioridad por su capacidad, diremos, como nota pintoresca, que se nombraban también ministros a personas desconocidas, dándose algún caso curioso como el del nombramiento de Ministro, creo que de Agricultura, persona sin duda digna, pero sin notoriedad, ni especial valía, lo que produjo en Alicante —su pueblo, donde era funcionario— tanta extrañeza y se recibió con mucha reserva la realidad de su nombramiento, y como quiera que alguien desde allí se dirigiera pidiendo información real sobre el caso a un ilustre coetáneo de Madrid, éste puso un telegrama cuyo texto, pintoresco que se hizo famoso, era este:
«Lo nombran Ministro, te lo juro por mi madre».
Por lo demás, como es sabido y repetido, España pasó desde una posición insignificante que tenía a ocupar un lugar importante en el mundo de la industria.
La idea que llevé a Girón para la creación de un Partido «Laborista» en España al estilo del Labor Party inglés, porque aunque tú tengas mucha gente, le dije, que te ataque, es evidente que en el mundo del trabajo tú y tu labor tienen una presencia y ambiente efectivo entre una gran masa de trabajadores, en cambio hay a la vez un ambiente muy extendido, de mal estilo, profundamente contra la Falange que debilita toda nuestra fuerza. El modo de cortar ese proceso de debilitación es dar forma, con nuestra presencia, autoridad, a un Partido concreto y auténticamente de trabajo hecho sobre estas bases.
A Girón le impresionaron mucho estas reflexiones mías, las acogió con ilusión, y le vi bien dispuesto, aunque conociendo todo el mundo cómo él es, de pronto después mostró su conformidad con entusiasmo y me dijo:
«Pero, oye, ¿y si un día Franco se harta y me mete en la cárcel?»
y yo le repliqué rápido:
«¡Ojalá! eso es lo que nos conviene y lo que dará especialmente fuerza al proyecto».
(Yo tenía que salir para Suiza al día siguiente, tardamos unos días en encontrarnos de nuevo y entre tanto sus amigos le habían desilusionado y habían querido hacerle creer que todo eso era un plan que yo tenía para inutilizarle, para destruirle a él).
