A pesar de la triste soledad en que me ha dejado el fallecimiento de mi esposa, de los avatares y dolencias sufridos por una grave operación quirúrgica y, por añadidura, el sentimiento amargo de ver cómo va desmembrándose nuestra Patria, he acudido a la amable invitación que la organización de esta Universidad me ha hecho por tercera vez consecutiva, precisamente por el honor que supone venir aquí a participar en estos cursos, no he podido evitar caer en la tentación de declinar esta honrosa invitación; y haciendo de verdad un esfuerzo, estoy aquí, contento entre profesores y alumnos para seguir hablando sobre acontecimientos y personas que han sido importantes en la Historia de España.
Por todo ello me encomiendo a la benevolencia de todos al escucharme.
Hoy vuelvo a estar con vosotros, a comparecer en el ágora oscurlense —como en los dos años anteriores— para hablar de alguien muy importante —y que pudo serlo más, en la vida de España— de una persona cuyo mito enterró su verdadera personalidad y su auténtico significado político; razón por la que merecen gratitud temas sobre él por lo que debo empezar manifestando dos emociones que siento en este momento: la primera por hablar de José Antonio precisamente en la Universidad, su musa más feliz, el Alma Mater de donde salió su compromiso político y en donde se fraguó su vocación de abogado.
Y aun a esto, no puedo dejar que se extienda mi emoción al mencionar la que sentí el año pasado, cuando el eminente organizador de estos cursos universitarios me pidió que esta mi comparecencia, imponiéndome amablemente desarrollar el tema que hoy traigo aquí; porque me resultaba sorprendente que en este mundo, donde hoy todo es publicidad, tantas veces engañosa con abundancia de noticias escandalosas y bajo juego político, alguien como su muy docto organizador se interesara por la singular figura de José Antonio.
Y he tenido para ello que partir, precisamente del ambiente de la Universidad, de sus ansias por saber las cosas de verdad, lo auténtico, y fue este afán por conocer la verdadera trascendencia de aquel joven idealista a quien el mismo Unamuno, desde su peculiar exigencia crítica y con su lucidez habitual, calificó como el único joven interesante del Movimiento del 18 de Julio, le había interesado.
En sus últimos días, el viejo, entrañable y discutido profesor había mostrado su preocupación por la suerte del fundador de Falange: “La he seguido con atención y puedo asegurar que se trata de un cerebro privilegiado. Tal vez el más prometedor de Europa”.
Yo me hago cargo de la gran responsabilidad que se contrae al venir aquí a ocuparnos, a desvelar su verdadera personalidad humana y política después de tanto; sobre ello se ha mitificado y aún, podríamos decir, petrificado.
De José Antonio en sus primeros pasos en la vida política e intelectual de la Universidad, después de dar yo una conferencia en el gran salón de actos de la Junta de Investigaciones Científicas, con una gran asistencia de público, del que recuerdo especialmente al gran escritor Azorín y al eminente Doctor Marañón, escribí yo un libro que guardo en mi biblioteca en el lugar destinado a los grandes libros.
Era entonces José Antonio casi un adolescente, y aún lo parecía más por su aspecto un poco tímido, por su pudor irónico, por su relativo desaliño de entonces y por una cierta ingenuidad con la que se asomaba por primera vez a la vida intelectual. Se incorporó como alumno oficial a la misma promoción universitaria, pero con un año de retraso por haberse dedicado anteriormente a estudiar matemáticas con el propósito de hacerse Ingeniero de Caminos, como su padre deseaba.
En aquel ambiente liberal de nuestra Universidad —no exento de prejuicios— la condición de hijo del Capitán General don Miguel Primo de Rivera, ya muy próximo a la Dictadura, hacía a José Antonio sospechoso.
Muy pronto, cuando salíamos de la clase de Derecho Civil, cuyo magisterio desempeñaba el inolvidable catedrático don Felipe Clemente de Diego, me preguntó José Antonio sobre qué textos y trabajos había apoyado yo la lección que allí acababa de explicar, y yo le hablé ampliamente de los libros que casi diariamente utilizaba y consultaba en la biblioteca del Ateneo, al que inmediatamente se incorporó.
Quiero recordar que el Ateneo, aparte del gran valor de su biblioteca, tenía entonces mucho atractivo desde el punto de vista político por la discusión sobre los temas de la política del país que eran allí muy frecuentes y estridentes, especialmente en una famosa tertulia, “La Cacharrería”, donde reinaba con parsimonia de bajá oriental su secretario, don Manuel Azaña.
Pues bien, aquel joven José Antonio fue muy pronto un universitario auténtico, con una personalidad original y extraordinaria. Desde entonces (curso 1919-20), por las mañanas nos sentábamos juntos en la misma aula de la Universidad Central, y por la tarde en la biblioteca del Ateneo…
José Antonio era entonces un hombre generoso y leal. Estimaba todo lo que en realidad era estimable y si de un amigo no trataba su estimación, no conocía —dentro de su rectitud al valorar y juzgar— retraimientos ni reservas.
Cortés, delicado, inteligente y comprensivo, no pasaba por movimiento mal hecho y decía las verdades al lucero del alba; estaba legitimado para tanta exigencia porque lo que exigía de los demás empezaba por exigírselo a sí mismo.
No soportaba lo vulgar ni lo inauténtico, y sobre todo le ponían fuera de sí las personas pretenciosas que en realidad, a su juicio, no pasaban de aproximativas.
Era sincero, y por serlo implacable con toda suerte de duplicidades y mentiras. Tenía un sentimiento religioso verdadero y humano, y se sabía un pobre pecador que no toleraba a los aludidos entonces por el insigne Cardenal Ottaviani, que se servían, o se sirven, del catolicismo y lo utilizaban para sus asuntos económicos y conveniencias políticas.
Pronto logró José Antonio entonar en el ambiente y, en algún caso con éxito rotundo sobre problemas universitarios, y su pasión por la Universidad fue la más genuina de su vida, y por ello siempre sería su musa más feliz.
Consciente de su inteligencia y de su progreso formativo le parecieron excesivos los elogios que un grupo de universitarios le hicieron, y él con impertinencia inevitable exclamó: «¿Pero tan mal lo habré hecho para merecer tantas adhesiones?»
En las muchas disputas y luchas internas durante la guerra civil se usó y abusó del estilo de la Falange, incluso por personas que carecían de toda cultura; cuando llegaron a convertir en cosa ridícula algo tan importante, serio y necesario, como será siempre, en todo, el estilo; precisamente por el estilo José Antonio tenía verdadera obsesión, y dijo en aquella ocasión:
«Nos impusimos con el más estricto deber el de conservar siempre, aun en las manifestaciones más ásperas de la lucha, dos cosas que casi son una sola: el rigor intelectual y el estilo».
Y en aquella pasión y en la fiereza con que tantas veces de uno y otro lado se incurría, cuando una vez un joven falangista se quejó de que el periódico F.E. no fuera bastante duro, José Antonio inmediatamente se dirigió a él con estas palabras:
«Camarada estudiante, revuélvete contra nosotros si ves que un día descuidamos el rigor de nuestro estilo; vela tú porque no se oscurezca en las páginas de nuestro periódico la claridad de las ideas y los contornos mentales».
José Antonio continuaba con su preocupación de la Falange y al deber que en ella se tenía de elevar la formación y la cultura del pueblo español y manteniendo todos en ese clima general por la necesidad de mejorar la sociedad y construir el Estado con toda firmeza y pulcritud que, como ya se ha recordado, él mantuvo en la etapa política de su Padre al que después de palabras de cariño y justificación política ante las circunstancias, recordó que hizo la afirmación de que faltó en su “elegancia dialéctica”, como firme en sus convicciones él quería para sí y sus colaboradores: la mayor pulcritud frente a otros regímenes políticos diferentes y sus seguidores siempre con la preocupación de conseguir la mejor formación política del país.
Contra este deseo suyo de lograr la mejor forma o por lo menos las mejores maneras en los políticos al tratar con los de otras tendencias. De manera que frente a las diferencias que se produjeran en el Parlamento entre personas y grupos de distinta ideología y formación política soñando en que de esta manera tendríamos siempre a España.
Un diputado radical socialista —advenida ya la República— interviniendo en un debate sobre la política económica de la Dictadura que aquél aprovechó como oportunidad para atacar en términos ofensivos a la personalidad y en la rectitud de intención que en todo caso tuvo el Dictador, General Primo de Rivera, José Antonio se puso en pie, no pudo soportar aquellas afrentas, y con gran dignidad y energía dijo estas palabras:
“Mi Padre, un hombre de nuestro tiempo que llegó al Poder con la misma exuberancia de espíritu, con la misma salud, con el mismo valor y la misma sugestión de las multitudes, como fuera un gran Capitán del Renacimiento; aquel hombre, mi Padre, que pudo resistir en el servicio de España, extenuándose durante seis años seguidos de tiempo, no pudo soportar seis semanas de afrentas, y un día en París, con los periódicos de España en la mano, dobló la cabeza y nos dejó para siempre”.
El pensamiento sugestivo de José Antonio demuestra la actualidad de su doctrina proyectándose más allá de las fronteras de España, y con este motivo quiero señalar un trabajo del Profesor de la Universidad de Lima, Carlos Cárdenas Quirós. Me refiero a la concepción sobre la persona humana y la necesidad del fortalecimiento del Estado para proteger eficazmente la libertad y la dignidad de la persona; y es necesario señalar aquí un trabajo muy importante publicado en nuestra Revista “JONS”, donde José Antonio (nº 16 de abril de 1934) formula una distinción absolutamente exacta entre individuo y persona:
“el Derecho necesita una pluralidad para su facultad de exigir algo: sólo el Derecho frente a un Deber correlativo, pues toda cuestión de Derecho no es sino una cuestión de límites entre las actividades de dos o varios sujetos”.
El Derecho presupone la convivencia en un sistema de normas condicionantes de la actividad vital de las personas; el individuo pura y simplemente no es el sujeto de las relaciones jurídicas, el individuo es sólo el substratum físico, biológico. El Derecho para montar un sistema de relaciones jurídicas se refiere a que la verdadera unidad jurídica es la persona, esto es, no el individuo en su calidad vital, sino como portador activo o pasivo de las relaciones sociales que regulan: capaz de exigir, de ser compelido, de atacar y de transigir; y agrega José Antonio: la persona no lo es tanto por su estatura, alta o baja, dotado de una lengua o de otra, sino en cuanto portadora de determinadas relaciones sociales reguladas. No es persona sino en cuanto se es otro, es decir frente a los otros, posible acreedor o deudor de otros. La personalidad, pues, no se determina desde dentro, sino por ser portador de relaciones con otros.
Con esto José Antonio afirma una posición personalista, humanista, que concibe a la persona como centro y vida de las relaciones jurídicas, reconociendo su condición como ser ontológicamente libre y destacando en particular su calidad de ser social, que inevitablemente ha de realizarse comunitariamente, en coexistencia con otros hombres.
Resulta pues que en el propósito de que la persona pueda realizarse sin encontrar obstáculo para el libre desenvolvimiento de su personalidad de acuerdo con su proyecto vital, debe brindársele la tutela más amplia de sus derechos, tributarse el máximo respeto a la dignidad humana, a la dignidad del hombre y a su libertad.
José Antonio afirma de este modo una posición personalista, humanista, que concibe a la persona como dentro y fin de las relaciones jurídicas, destacando en particular su calidad de ser social que inevitablemente debe realizarse comunitariamente con otros hombres, como así se expresa en los Puntos Iniciales de Falange Española.
A este respecto se ha señalado con acierto que José Antonio se plantea el problema de hacer compatible el máximo respeto al hombre con la necesidad de que un Estado supere el carácter de mero gendarme que tenía en la concepción liberal, para que así el respeto a la persona humana fuera real y efectivo, no meramente verbalista como venía ocurriendo.
En este sentido José Antonio descartaba la absorción de la persona por el Estado; por el contrario proponía que toda la organización, toda la revolución nueva, todo el fortalecimiento del Estado y toda la reorganización económica, fueran incorporados al disfrute de las ventajas de esas masas enormes desarraigadas de ellas por la economía liberal y por el caos comunista.
José Antonio propugnaba, pues, fortalecer al Estado, pero no en beneficio de éste, sino para que fueran una realidad, o más real, la protección de la libertad de la persona y de su dignidad.
José Antonio continuaba con su preocupación de la Falange y el deber que en ella se tenía de elevar la formación y la cultura del pueblo español y manteniendo todos en ese clima general por la necesidad de mejorar la sociedad y construir el Estado con toda firmeza y pulcritud que, como ya se ha recordado, él mantuvo en la etapa política de su Padre al que después de palabras de elogio y justificación política ante las circunstancias, recordó que hizo la afirmación de que faltó en su «elegancia dialéctica», como firmeza en sus convicciones él quería para sí y sus colaboradores; la mayor pulcritud frente a otros regímenes políticos diferentes y sus seguidores siempre con la preocupación de conseguir la mejor formación política del país.
Contra este deseo suyo de lograr la mejor forma o por lo menos las mejores maneras en los políticos al tratar con los de otras tendencias. De manera que frente a las diferencias que se produjeran en el Parlamento entre personas y grupos de distinta ideología y formación política soñando en que de esta manera tendríamos siempre a España.
Un diputado radical socialista —advenida ya la República— interviniendo en un debate sobre la política económica de la Dictadura que aquél aprovechó como oportunidad para atacar en términos ofensivos a la personalidad y en la rectitud de intención que en todo caso tuvo el Dictador, General Primo de Rivera, José Antonio se puso en pie y, no pudo soportar aquellas afrentas, y con gran dignidad y energía dijo estas palabras:
«Mi Padre, un hombre de nuestro tiempo que llegó al Poder con la misma exuberancia de espíritu, con la misma salud, con el mismo valor y la misma sugestión de las multitudes, como fuera un gran Capitán del Renacimiento; aquel hombre, mi Padre, que pudo resistir en el servicio de España, extenuándose durante seis años seguidos de tiempo, no pudo soportar seis semanas de afrentas, y un día en París, con los periódicos de España en la mano, dobló la cabeza y nos dejó para siempre».
El pensamiento sugestivo de José Antonio demuestra la actualidad de su doctrina proyectándose más allá de las fronteras de España, y con este motivo quiero señalar un trabajo del Profesor de la Universidad de Lima, Carlos Cárdenas Quirós. Me refiero a la concepción sobre la persona humana y la necesidad del fortalecimiento del Estado para proteger eficazmente la libertad y la dignidad de la persona; y es necesario señalar aquí un trabajo muy importante publicado en nuestra Revista «JONS», donde José Antonio (n.º 16 de abril de 1934) formula una distinción absolutamente exacta entre individuo y persona:
«El Derecho necesita una pluralidad para su facultad de exigir algo; sólo el Derecho frente a un Deber correlativo, pues toda cuestión de Derecho no es sino una cuestión de límites entre las actividades de dos o varios sujetos. El Derecho presupone la convivencia en un sistema de normas condicionantes de la actividad vital de las personas; el individuo pura y simplemente no es el sujeto de las relaciones jurídicas, el individuo es sólo el substratum físico, biológico. El Derecho para montar un sistema de relaciones jurídicas se refiere a que la verdadera unidad jurídica es la persona, esto es, no el individuo en su calidad vital, sino como portador activo o pasivo de las relaciones sociales que regulan; capaz de exigir, de ser compelido, de atacar y de transigir, y agrega José Antonio: la persona no lo es tanto por su estatura, alta o baja, dotado de una lengua o de otra, sino en cuanto portadora de determinadas relaciones sociales reguladas. No es persona sino en cuanto se es otro, es decir uno frente a los otros, posible acreedor o deudor de otros. La personalidad, pues, no se determina desde dentro, sino por ser portador de relaciones con otros».
Con esto José Antonio afirma una posición personalista, humanista, que concibe a la persona como centro y vida de las relaciones jurídicas, reconociendo su condición como ser ontológicamente libre y destacando en particular su calidad de ser social, que inevitablemente ha de realizarse comunitariamente, en coexistencia con otros hombres.
Resulta pues que en el propósito de que la persona pueda realizarse sin encontrar obstáculo para el libre desenvolvimiento de su personalidad de acuerdo con su proyecto vital, debe brindársele la tutela más amplia de sus derechos, tributarse el máximo respeto a la dignidad humana, a la dignidad del hombre y a su libertad.
José Antonio afirma de este modo una posición personalista, humanista, que concibe a la persona como dentro y fin de las relaciones jurídicas, destacando en particular su calidad de ser social que inevitablemente debe realizarse comunitariamente con otros hombres, como así se expresa en los Puntos Iniciales de Falange Española. A este respecto se ha señalado con acierto que José Antonio se plantea el problema de hacer compatible el máximo respeto al hombre con la necesidad de que un Estado supere el carácter de mero gendarme que tenía en la concepción liberal, para que así el respeto a la persona humana fuera real y efectivo, no meramente verbalista como venía ocurriendo.
En este sentido José Antonio descartaba la absorción de la persona por el Estado; por el contrario proponía que toda la organización, toda la revolución nueva, todo el fortalecimiento del Estado, y toda la reorganización económica, fueran incorporados al disfrute de las ventajas de esas masas enormes desarraigadas de ellas por la economía liberal y por el caos comunista.
José Antonio propugnaba, pues, fortalecer al Estado, pero no en beneficio de éste, sino para que fueran una realidad, o más real, la protección de la libertad de la persona y de su dignidad. Aspiraba, pues, a un Estado fuerte, pero sin ser tiránico, «porque sólo podrá emplear su fortaleza por el bien y la felicidad de sus súbditos, que así serían más participantes en la vida humana en número mayor de hombres».
Así desarrolló estos temas en una importante conferencia pronunciada en el Círculo Mercantil de Madrid, el 9 de abril de 1935, con el título «Ante una encrucijada en la Historia política y económica del mundo». La tesis de José Antonio era que el hombre hoy sólo puede ser libre si el Estado lo defiende, pero hay que tener cuidado de que este, el Estado, no sea tan poderoso que, a pretexto de tutelarlo, lo que en realidad resulte es que lo aplaste.
José Antonio rechaza, por tanto, la idea del panteísmo estatal, de la estatolatría, del totalitarismo, proclamando por el contrario la primacía del ser humano como conjunto de un cuerpo y un alma, portador de una misión, de una unidad cumplidora de su destino. Y creyó con ello, hizo de su vida testimonio de esa convicción y murió gloriosamente por ella en España.
[…] y que si no fuera porque ya había muertos por la causa, él se retiraría de esta lucha y lo dejaría todo; pero pronto reaccionaba con su sentido del deber y a veces empujado también por el sentido del humor, y así sentados un día enfrente de una pequeña mesa donde estaba Gil Robles con sus gregarios, me decía:
—«Oye Ramón, ¿por qué no nos acercamos ahora a los del «Jefe, Jefe» que se dé de baja de «Acción Popular»?»
El gran amor, respeto y admiración que José Antonio tuvo siempre por su Padre y por sus tías, hermanas de su Madre, que falleció cuando José Antonio y sus hermanos eran pequeños.
Hay que destacar que cuando José Antonio está absolutamente dedicado a proyectar el nuevo régimen político para España, aparte de la constante relación que tuvo con su hermana Pilar, tuvo ternura y gran estimación por su hermano menor, Fernando, quien siguiendo la tradición de familia se preparó para ingresar en el Ejército español y consiguió muy pronto ingresar en la Academia de Caballería, pero que pronto, ante la injusticia y aun la brutalidad con que algunas gentes se dedicaban a ofender, más bien que a estudiar críticamente la obra política de su Padre, Fernando no pudo seguir en aquel ambiente y renunció a la carrera militar donde había ganado un puesto con su buen trabajo.
Entonces se dedicó a estudiar Medicina, con gran aprovechamiento, y al terminarla se puso al habla con el Doctor Marañón para colaborar con él, que por cierto quedó muy contento de todo el trabajo inteligente y de la asiduidad con que venía realizando sus trabajos de colaboración con Marañón, que así lo proclamó éste siempre, recuerdo de gran simpatía y estimación.
Convocadas en 1931 elecciones para Cortes Constituyentes, se apoderó el pánico ante la actitud de la República y nadie entre los viejos, ni entre los jóvenes políticos, quería saber nada de ser candidato para aquellas elecciones, cuando antes todos luchaban entre sí para conseguir ser candidatos.
(Yo mismo conocí muy personalmente aquella situación de pánico cuando las llamadas «Fuerzas vivas», expresión que era entonces muy corriente y que ahora casi no se emplea, cuando vinieron a verme a mi casa y me hablaron de que esperaban contar conmigo para acudir a la lucha en aquellas elecciones, cuando mientras nadie quería ser candidato, antes había una pugna constante entre los políticos viejos o nuevos para serlo.
Y me hicieron la consideración los de las «Fuerzas vivas» de que era necesario ir a la lucha, pero que ahora era indispensable hacerlo con gente nueva y que habían pensado para ello en mí como candidato, y rápidamente les manifesté que de ninguna manera podía aceptar el puesto para el que se me requería, y que por el contrario creo que yo era el menos indicado para ello, pues yo no era de Zaragoza, había sido destinado allí por un cargo oficial, Abogado del Estado, cargo que había conseguido en recientes oposiciones, todo ello circunstancias […]
[…] que los adversarios políticos sabrían utilizar sin piedad contra nosotros.
Todavía insistieron diciéndome que yo no era ciertamente un desconocido, sino que había alcanzado en Zaragoza ya gran notoriedad por haberme distinguido mucho en el ejercicio profesional, por haber dado ya allí algunas conferencias y publicado artículos en el periódico católico de allí, que tenía por título «El Noticiero», al que allí subrayaban su carácter y con humor aragonés le llamaban «El Pulpitico».
Pero como quiera que aquellos señores insistieran en su intento, quise dar por terminada nuestra conversación diciendo categóricamente que no estaba dispuesto a ser candidato para las elecciones ya convocadas, pero no obstante, si al terminar el plazo legal para la presentación de candidatos no había ninguno, lo que creo que hubiera sido vergonzoso para todos, yo entonces me sacrificaría y aceptaría.
Las cosas, desgraciadamente, ocurrieron así y fui nombrado candidato y tuve que luchar para las elecciones de las Cortes Constituyentes; y en su consecuencia pronunciar varios discursos, celebrar muchas conversaciones con electores, porque he de subrayar que entonces, en aquellos tiempos, los electores conocían a los diputados que elegían y se mantenían relaciones entre electores y diputados, cosa bien distinta a lo que hoy vemos todos los días.
Fuimos derrotados; en cambio —esto era casi una atención para mí— me designaron candidato para las primeras Cortes ordinarias, en las que salí triunfante y en primer lugar de la candidatura, con votos de la «Unión de Derechas» de Zaragoza, que era una unión circunstancial de católicos, monárquicos y la gran masa que se llamaba gente de orden.
Parecida fue la posición que José Antonio tuvo en Cádiz, donde fue designado candidato para las Constituyentes, donde tampoco triunfó, pero sí en las primeras elecciones para las primeras Cortes ordinarias que se convocaron. Así otra vez nos encontramos juntos José Antonio y yo.
En su primera intervención en el Parlamento, José Antonio habló, como siempre hacía, con gran rigor de pensamiento y de palabra, siendo escuchado por todos con atención y curiosidad, salvo por el «gran jefe del grupo católico, o de derechas», que ante el singular efecto que causaban en la Cámara las maneras y las ideas rigurosas de José Antonio, lejos de los tópicos y discursazos corrientes, el jefe del grupo más numeroso de las Derechas y con impertinencia que encubría otro sentimiento le dirigió a José Antonio estas palabras:
«Ese es el tiempo que Su Señoría necesita para desarrollar un nuevo ensayo».
Más tarde, en un debate que se planteó con motivo de la enseñanza de la Universidad y sus problemas, a los que había que prestar gran atención, José Antonio intervino en el debate con gran fortuna, propia de su gran conocimiento de la Universidad y de su espíritu por encima de pequeñeces políticas […]
[…] alcanzó un éxito extraordinario, de tal manera que terminada su larga y ejemplar intervención, en los pasillos del Congreso, donde era corriente que se reunieran los diputados después de una actuación importante, recibió felicitaciones con frases del mayor elogio de diputados de distintos grupos políticos.
Y él, José Antonio, con humor socarrón, y en privado me decía a mí y a otros dos amigos que estaban allí, si es que habría estado él tan mal para que tantos le felicitaran.
Entre muchos actos y episodios que podría traer aquí para dibujar mejor la personalidad de José Antonio, su temple y su carácter, he recordado siempre impresionado este episodio:
Un día, con su pequeño automóvil, solo, salía de Madrid para dirigirse a un pueblo relativamente próximo a la capital. Iba solo y, al pasar por una plaza contigua a la carretera, dos o tres disparos alcanzaron o pasaron muy próximos a él.
Ante esta situación José Antonio paró rápidamente, descendió del coche y se dirigió a la poca gente que allí había para tratar de saber lo que ocurría o se proponían.
Algunas de las personas que allí estaban abandonaron la plaza y con los que allí quedaron y alguno más que acudió, habló José Antonio tranquilamente para tratar de averiguar de qué se trataba, qué significaban aquellos tiros, y explicaron que no era gente de allí la que había disparado, sino que al parecer se trataba de dos o tres personas extrañas en el pueblo.
Hablaron José Antonio y ellos del orden público en el país durante unos minutos y José Antonio, dándoles la mano, se despidió de ellos, volvió a subir a su cochecito y a seguir su camino.
La noticia de lo ocurrido se extendió rápidamente y llegó a Madrid. El hecho fue que aquel día había sesión de Cortes y normalmente las sesiones del Parlamento empezaban a las cinco por la tarde.
Y allí, antes de que se abrieran las puertas del Parlamento, cerca de las grandes columnas, llegamos los dos y una nube de periodistas se acercaron ansiosos de precisar detalles en relación con el atentado que había sufrido José Antonio por la mañana, y se deshicieron en elogios y admiraciones, subrayando que José Antonio, prescindiendo de lo que de su política quisiera opinarse, había que reconocer y decir que era un hombre de un valor extraordinario.
Al oír José Antonio aquellas manifestaciones las cortó diciendo:
«Lo que yo hice no era tanto un acto de valor como de serenidad y de cálculo, pues pensé que el modo de salvar mi vida era el de no haber seguido marchando en el coche, porque lo normal era que hubieran seguido los disparos y me hubieran dejado muerto allí. Yo, por el contrario, considerando que lo prudente era seguir […]»
Pero los periodistas, ante lo que era una noticia de interés público, insistieron hablando, elogiando su temple y su valentía, ante lo que José Antonio cortó su discurso diciéndoles una vez que nada sería para él tan desagradable que quisieran forjar su figura de valiente, pues:
«Quiero decirles de verdad que a mí, en materia de valentía personal, sólo me interesa tener y conservar la necesaria para andar por las calles con la frente levantada.»
(Cuando aumentaba el pequeño grupo que aquellos tres o cuatro periodistas y nosotros dos formábamos) se abrieron las puertas del Congreso y terminó aquella conversación.
Lo cuento como uno de los recuerdos reveladores de su carácter, lo más opuesto a cualquier fanfarronada.
Siguiendo en esta línea del humor de José Antonio, recuerdo que un día, con motivo de la creación de las Asociaciones de Estudiantes en cada Facultad, y de la lucha entre estudiantes —lucha que se extendió también al profesorado—, pedimos al Decano de la Universidad un espacio para reunirnos y tratar nuestros asuntos dentro del espíritu y de la unidad que nos ofrecía el citado Decreto de autonomía universitaria.
Allí teníamos reuniones infinitas, donde se charlaba de todo, y donde se puso de manifiesto el gran sentido del humor que tenía José Antonio que, cuando llevábamos mucho tiempo discutiendo y razonando, a veces demasiado, cuando era la hora que teníamos que terminar y salir a la calle para ir a nuestras casas, José Antonio decía siempre:
«Vámonos, vámonos, porque mis tías me estarán esperando.»
Pronto ya no tenía que ser él quien hiciera estas manifestaciones cuando se acercaba la hora de comer, y era alguno de los estudiantes reunidos quien anticipándose a José Antonio decía:
«Vámonos, vámonos José Antonio, porque tus tías te estarán esperando.»
Y José Antonio ya con su sentido comentó:
«Verdaderamente que mis tías tienen una gran personalidad universitaria.»
Y en una ocasión, movido por las mismas razones, cuando terminaban nuestras conversaciones y salíamos a la calle para ir a nuestras respectivas casas, como José Antonio y yo subíamos juntos la pequeña calle de San Bernardo hasta la Glorieta del mismo nombre, donde pasaba un tranvía —que quiero recordar que era el número 11— y hacía el recorrido de Argüelles-Retiro.
Pues bien, como realmente era muy tarde, salíamos y José Antonio me decía:
«Vamos corriendo Ramón, tomemos el caballo.»
Y efectivamente empezamos a correr marcando, él con exageración, el paso del galope del caballo y diciendo:
«Vamos, vamos al galope.»
En esta situación, al pasar muy próximos por delante de una pequeña iglesia que hay allí, Montserrat, donde nos cruzamos con dos señoras viejas, que sin duda iban a rezar y que asombradas ante nuestra actitud, considerándonos sin duda como chiflados, se detuvieron mirándonos fijamente, y José Antonio, con humor, dirigiéndose a ellas, señalaba en la frente suya llevándose la mano a la frente y dijo:
«Señoras, de aquí nada, todo está bien, pero es que los dos nos estamos entrenando para emprender nuestra lucha contra la vejez.»
Todo ello lo decía del modo más gracioso y divertido, con aquel sentido del humor que frente a problemas y actitudes enérgicas, que eran las habituales entonces, no le faltaba nunca.
Una Democracia verdadera, serena, competente, y aquí está el punto difícil.
El peligro está en que si no se mantiene un principio de orden, con honradez y con inteligencia, se cae con un espíritu fuerte —fiel a sí misma— que la mantenga dentro de los límites propios, se cae con frecuencia en la demagogia, y la demagogia es siempre la tiranía.
Se ha de mantener el principio con orden y responsabilidad, aunque en ocasiones ello no pueda ser el gusto de quienes la establezcan o administren sin pulcritud llegando a situaciones de preferencia.
Es inevitable recordar aquí lo que con tanto acierto había escrito el insigne español don Salvador de Madariaga.
(Siempre aprecié toda la trascendencia filosófica y práctica que tiene la posesión de la verdad; sabía que era ruta difícil, pero la buscaba con esperanza y con el dinamismo de su carácter, sin desmayos ni acomodos, sin unilateralidades.)
Era un enamorado de la norma y propugnaba por la recta estimativa de nuestro gran polígrafo renacentista Luis Vives, que concebía la verdadera sabiduría como el arte de juzgar de las cosas de modo incorruptible, estimándolas como son en realidad, pero no a medias o aproximadas, sino enteras y totales, con todas sus aristas y asperezas.
Lo que antes que con nadie quería practicar consigo mismo y tenía a la vez la más noble generosidad en relación con los valores y conductas de los demás.
De aquí derivaron sus cualidades de jefe que le llevaban a jerarquizar con insobornable estimativa los rasgos espirituales y humanos de cada uno y pensaba que la mayor iniquidad era la de medirlo todo por el mismo rasero.
Supo atraer a la juventud y entusiasmar de nuevo a las almas nobles que habían perdido su fe en nuestro destino.
Aquí otra vez el recuerdo del verso de Ridruejo:
«Armó las almas, sin albergue, frías,
volvió sed a las aguas olvidadas.»
Por ello fue adorado por cuantos tenían pereza e ilusión recobrada.
Nuestra camaradería universitaria me dio ocasión de conocerle en un momento crucial de su vida cargado de interés, lleno de perspectivas e incitaciones que luego habrían de plasmar en la concreción de una de las personalidades de mayor fortaleza en nuestra vida pública.
Compensaba su rigor exigente con todos, que antes que con nadie practicaba consigo mismo, con la más noble generosidad en la estimación de los valores que consideraba buenos.
No anidaron jamás en su alma ni el afán exclusivista ni el más pequeño malhumor envidioso por el mérito o el éxito ajeno.
Por eso entusiasmó a muchas almas nobles que en el desengaño habían visto romperse su fe en nuestros destinos.
No tengo tiempo para extenderme más, pero no querría terminar sin referirme especialmente al documento político más perfecto que salió de la pluma de José Antonio en los tristes días de la República.
Dirigido a los militares españoles; descendiente y hermano de soldados, sangre militar en sus venas y aliento militar en su alma, José Antonio se dirigió en ella al Ejército español en la forma respetuosa y grave.
Sabía que la forma literaria pura y cuidada es homenaje popular y que el pueblo, con su congénita figura espiritual, repudia las formas de dicción tópicas, chabacanas o serviles.
En esa carta a los militares españoles usa de un lenguaje directo y crudo, que es la forma más seria de la lealtad y del respeto.
Rechaza la lisonja y el halago que hubiera intentado usar cualquier burlador ocasional y, para desarrollar su pensamiento en aquel grave trance de la Historia, emplea la palabra cortante, ceñida y ajustada, de magnífico sabor castrense.
La forma es el espléndido atavío de un pensamiento magnífico, la proyección limpia de su clara mentalidad.
La misma que en la despedida que hiciera a los miembros de la Falange encargados de propagar y resucitar por España la fe en la eternidad de sus destinos y en toda su predicación falangista —interpretación auténtica de la eterna metafísica de España—.
Y su muerte a los 33 años, sembrando entre nosotros incertidumbres llenas de febriles esperanzas, le elevaron a la categoría de héroe de romancero con un nombre lleno de poesía.
La juventud española lloró angustiada su pérdida, pero desde el punto de vista del personal destino de José Antonio, su muerte temprana ofrece los claros indicios de la especial tutela y predilección que Dios dispensa a sus elegidos.
Porque él, con su prudencia, sus esperanzas, sus luchas, al volver aquí entre nosotros en un ambiente demasiado denso de resentimientos y rencores, en clima frecuentado con lamentable exceso por ráfagas de vesania o tontería, sufriendo la acción constante de gentes atrabiliarias y envidiosas, quizás se hubiera asfixiado.
Porque nosotros mismos —como había dicho Ridruejo— con nuestros propios ojos hemos visto todavía en el centro del drama español cómo gentes mezquinas, cualesquiera que sean sus prácticas externas y la buena patente que les discerniera el convencionalismo social, sentían la ofensa de la grandeza de José Antonio al enfrentarla con su propia vanidad y endeblez.
Por eso, al llevárselo Dios en el momento cenital de su grandeza, quiso evitar que llegase un día en que, cansado de sufrir y hecha añicos su fe, se viera envuelto por la idea amarga de que desaparecer de la tierra es mejor que perdurar en ella sufriendo el acoso incesante de resentidos, incapaces y malvados.
De ahí el vislumbre profético de la dura consigna que nos diera a todos:
«Ser inaccesibles al desaliento.»
(Palabras de un artículo mío publicado el 25 de septiembre de 1941.)
La República, las elecciones para las Constituyentes. Las primeras Cortes ordinarias de la República. Cobardías, dificultades. (Buscar las dificultades que existieron para encontrar un candidato).
Derrotado en los Constituyentes, fui elegido en las primeras para las Cortes en la República.
Ver aquí lo que ocurrió con José Antonio en Cádiz, y la petición que él hizo directamente a las Cortes de Madrid pidiendo un puesto para la defensa de una gloriosa memoria.
JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA. DEL RIGOR AL SACRIFICIO
Cuando Indalecio Prieto conoció los documentos dejados por José Antonio en la cárcel de Alicante, escribió impresionado:
«Acaso en España no hemos confrontado con serenidad las respectivas ideologías para descubrir las coincidencias, quizá fundamentales, y medir las divergencias, probablemente secundarias, a fin de apreciar si éstas valían la pena de ser ventiladas en el campo de batalla».
Tal era la fuerza de los argumentos joseantonianos, su capacidad de atracción.
La gran lumbrera de la izquierda española de aquella época reconoció, con sinceridad que le honra, en aquellos escritos algo que vertebraba desde el principio el pensamiento político del fundador de la Falange:
la búsqueda de la regeneración de España, el fin del caos político, del caciquismo, las oligarquías y de la injerencia religiosa; la incorporación paritaria de la mujer; el sindicalismo y la protección de los sectores menos favorecidos de la sociedad.
Y no solamente esas metas concretas en lo social y lo político, sino el convencimiento de la necesidad de entendimiento y cooperación de todos en momentos graves para la Patria.
Pues en aquellas lúcidas y sobrecogedoras cuartillas, José Antonio se ofrecía a mediar en el conflicto, a participar en un gobierno de salvación nacional y a ordenar a sus escuadras que no secundaran el levantamiento militar.
La ceguera de unos cuantos, las antipatías de otros y el destino trágico que parece imponerse a tantos idealistas impidieron que sus deseos se hicieran realidad y tuviera que afrontar, con la serenidad de quien lo ha aceptado desde el principio y el coraje de su alma generosa, la realidad del martirio.
