INTRODUCCIÓN
Gregorio López-Bravo Carrizosa representa con claridad el perfil del tecnócrata del tardofranquismo, formado en la excelencia académica y orientado a la modernización económica del país. Ingeniero naval y doctor con el número uno de su promoción, su trayectoria profesional estuvo marcada desde el inicio por una sólida preparación técnica y una visión pragmática del desarrollo industrial y de la proyección internacional de España. Vinculado al grupo tecnócrata asociado al Opus Dei, su carrera política se desarrolló al margen de las tradicionales familias ideológicas del régimen, con un enfoque centrado en la eficiencia, la planificación y la apertura económica.
López-Bravo Carrizosa, Gregorio. Madrid, 19.XII.1923 – Bilbao (Vizcaya), 19.II.1985. Ingeniero y político.
Hijo de un funcionario de Hacienda y una maestra, completó su educación escolar en colegios públicos de Madrid. Con posterioridad obtuvo el doctorado en Ingeniería Naval en la Universidad de Madrid con el número uno de su promoción (1947). Completó su formación realizando prácticas de dirección de empresas en diferentes entidades industriales norteamericanas.
Se incorporó a la Sociedad Española de Construcción Naval, de la que llegaría a ser director tras su labor realizada durante la década de 1950. Su primer cargo público fue el de director general de Comercio (1959). Miembro del Opus Dei, se le identificó con el que se denominó sector tecnócrata del régimen, integrado por políticos sin una afinidad ideológica identificable entre las familias existentes en el franquismo y esencialmente preocupados por la modernización e internacionalización de la economía española.
Tras ocupar la dirección general del Instituto de Moneda Extranjera (1960), y participar junto al ministro de Comercio, Alberto Ullastres, y al de Hacienda, Mariano Navarro Rubio, en la puesta en marcha del Plan de Estabilización (1959), fue nombrado ministro de Industria con treinta y nueve años, permaneciendo en el cargo del 11 de julio de 1962 al 29 de octubre de 1969. Durante sus años en este Ministerio, alentó el despegue de la industrialización española impulsando el desarrollo de sectores con alto grado de intervención estatal, como el automovilístico y la siderurgia. Fue la época de esplendor del Seat 600.
Pese a haber sido su departamento el más implicado en el escándalo Matesa, Franco, seguro de su lealtad, quiso incorporarlo al nuevo gabinete surgido de la crisis, siendo designado ministro de Asuntos Exteriores (del 29 de octubre de 1969 al 11 de junio de 1973). Este nombramiento incrementó los rumores sobre el posible favoritismo que Carmen Polo —esposa de Franco— ejercía en El Pardo a favor del nuevo jefe de la diplomacia española.
Imprimió en Exteriores un aire distinto al de Castiella, su predecesor. Por influencia de su especialización profesional, lo relativo a cuestiones económicas adquirió más relevancia que los miramientos sobre el prestigio nacional en el exterior. Tras la firma del Acuerdo de Amistad y Cooperación con los Estados Unidos y la conclusión del Acuerdo Comercial Preferencial con la Comunidad Económica Europea (CEE), ambos en 1970, el ministro persiguió ampliar los intercambios económicos y explotar la diplomacia multilateral esbozada por su antecesor. El establecimiento de relaciones comerciales con el bloque soviético fue una de sus realizaciones más destacables.
Tras su cese en 1973, se dedicó a la actividad empresarial como consejero del Banco Español de Crédito, si bien continuó como miembro del Consejo Nacional por designación directa de Franco. En los primeros pasos de la transición, sostuvo posiciones de carácter continuista con el sistema político autoritario. Fue uno de los fundadores de Alianza Popular en 1976, partido por el que obtuvo su acta de diputado en la legislatura constituyente (1977-1979), retirándose seguidamente de la actividad pública.
Falleció en accidente de aviación. Estaba casado y tenía nueve hijos.
CONCLUSIÓN
La figura de Gregorio López-Bravo encarna una etapa decisiva de transformación estructural del Estado franquista. Desde el Ministerio de Industria impulsó el despegue del tejido industrial español y consolidó sectores estratégicos que marcaron el crecimiento económico de los años sesenta. Posteriormente, al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores, orientó la política exterior hacia una diplomacia eminentemente económica, reforzando los vínculos con Estados Unidos, Europa y nuevos mercados internacionales. Su paso a la política democrática, breve pero significativo, refleja la continuidad de una élite tecnocrática que trató de influir en los primeros compases de la Transición. Su muerte en accidente aéreo puso fin a la trayectoria de uno de los ministros más representativos del desarrollismo español.
