Pero ni el cambio social de España se reduce a la vertiente laboral, ni hay espacio de una conferencia o de un artículo el resumen siquiera de las transformaciones que en esos años comportaron cambios económicos y sociales de repercusiones inusitadas. Podríamos hablar durante horas de la transformación del medio rural en España, con la repoblación forestal, la construcción de pantanos, canales y la puesta en regadío de superficies enormes, tal como había soñado el regeneracionista Lucas Mallada. Este tema de los pantanos, que motivó tantas parodias, mueve hoy a la más seria reflexión: En 1975 España ocupaba el quinto lugar del mundo por número de presas construidas, solo superada por Japón y Estados Unidos. De la importancia del agua embalsada da idea el hecho de que mientras las costas marítimas de la península es de 3905 kilómetros, mientras que las costas interiores debidas a estos lagos artificiales alcanzaba los 8000 kilómetros, es algo más del doble. Desde las legendarias presas romanas de Cornalvo y Proserpina, que son del siglo II de nuestra era, hasta 1936, se habían construido 58 presas en España. Franco inauguró —no siempre con su presencia— 572, lo que equivale a más de una cada mes durante los cuarenta años que gobernó.
Son los datos los que demuestran la transformación económica de España. Estos datos son aburridos para los lectores. La conversión de nuestro país en la novena potencia industrial del mundo se refleja en tediosas estadísticas, a veces espectaculares: volúmenes de producción en las industrias de base (energía, acero, cemento), viviendas terminadas, aparatos de radio, teléfonos o automóviles por habitante, televisores, consumo de azúcar o de carne y tantos y tantos datos que a mí mismo me producen tanta sorpresa, que solo los acepto cuando los reconocen, no los políticos, sino competentes profesionales.
Es uno de ellos Enrique Martín López, catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, que ha aportado un estudio rigurosísimo al primer volumen del tomo XIX de la Historia General de España y América, publicado este mismo año por la Editorial Rialp. En esas ciento veinticinco documentadas páginas está contenida la transformación que la sociedad española experimenta entre 1939 y 1975, expresada con la objetividad de la estadística.
La sociedad española creció en cerca de nueve millones y medio de miembros durante un intenso proceso de urbanización, pues las personas que vivían en municipios de más de cien mil habitantes eran en 1940 el 19,1 % y en 1975 el 36,8 % de la población total. La población económicamente activa se mantiene en una proporción constante, pues siendo del 36 % en el 40, es del 36,1 en el 75. Lo que resulta muy significativo es que el porcentaje de población activa en agricultura, que era del 51,9 % pasa a ser del 21,9, «es un seguro indicador del intenso desarrollo económico experimentado por la sociedad española entre 1939 y 1975». Como simultáneamente la población activa en la industria pasa del 24 al 38 % y en los servicios del 24 al 40,1, es patente que es en este período cuando surge «lo que desde el punto de vista económico y laboral puede llamarse con rigor la España moderna».
Como indica el propio Martín López, «la renta per cápita es, sin duda, el indicador de desarrollo económico que con mayor frecuencia se ha usado para medir la posición de un país en el concierto internacional». El hecho de que la renta per cápita fuera en España de 131 dólares en 1940 y de 2088 en 1975, «hace inútil todo comentario». En cuanto a su distribución, aunque no se dispone de datos referidos a los años 40, la participación de las rentas del trabajo en el producto nacional bruto, que era en 1954 del 50,20 % llegó al 60,60 % en el 73.
Por lo que se refiere a los presupuestos familiares y admitido que al aumentar el nivel de renta disminuye el porcentaje destinado a alimentación y aumenta el de gastos diversos (como sanidad, transportes, enseñanza, cultura, diversión y vacaciones), es evidente que la situación de escasez de los años cuarenta, en que el presupuesto de alimentación consume el 60,1 % del gasto familiar y sólo el 7,4 se dedica a gastos diversos, llega en 1975 a los umbrales de la sociedad de consumo, con el 39,9 % dedicado a alimentación y el 28,8 a gastos diversos.
El porcentaje de analfabetismo, que es del 28,5 % en 1940, se ha reducido al 7,3 en 1975 (el último dato de que se dispone, lo cifra aún en el 6 %). El número de estudiantes por cada cien españoles pasa del 10 al 17,8 y mientras la estructura educativa de 1940 es la de un país subdesarrollado, con una altísima proporción en la enseñanza primaria y bajos porcentajes en la enseñanza media y superior, en 1975 se había alcanzado el nivel de un país desarrollado y los estudiantes universitarios habían pasado del 1,4 % al 7,1 % del total. Sin olvidar, claro es, que al puro hecho de la escolarización se añadió el esfuerzo educativo complementario que supuso la generalización de la educación física y del deporte y la convivencia juvenil en campamentos, albergues y Colegios Menores.
En esta singular evolución de la sociedad española, hay un dato que merece ser especialmente destacado. Es el que se refiere a la población reclusa, que constituye sin duda un índice del grado de bienestar de una sociedad y de la educación y capacidad de convivencia de sus miembros.
En esta singular evolución de la sociedad española, hay un dato que merece ser especialmente destacado. Es el que se refiere a la población reclusa, que constituye sin duda un índice del grado de bienestar de una sociedad y de la educación y convivencia de sus miembros. Antes de la guerra civil estaban en los establecimientos penitenciarios 32.000 personas. En 1975, los reclusos eran 16.000, descendiendo a 8.440 cuando S.M. el Rey otorgó el indulto con que comenzó su reinado. Según el último dato disponible, los reclusos actuales son 41.099.
Todo esto se resume en que la estructura de la participación de los miembros de la sociedad española en los logros de la misma cambió radicalmente entre 1939 y 1975. La sociedad española de la preguerra es una sociedad rural, con algunos localizados núcleos industriales y una pequeñísima clase media. Esa clase media se calcula según Murillo Ferrol, en el 27% en el censo de 1950. En 1964, Cazorla la estima en el 41,4%. El informe FOESSA de 1966 la sitúa en el 45,5. El II Informe FOESSA, con referencia al año 1969, la eleva al 49% y el III Informe FOESSA concluye que en 1970 las clases medias ascienden al 53,9% de la sociedad española. Con una clase media tan amplia y con unos sectores obreros que participaban abiertamente de los ideales de la sociedad de consumo, España había abandonado definitivamente los lastres del pasado.
Hay una anécdota sumamente expresiva contada por Vernon Walters, el General norteamericano que tan directamente colaboró con Eisenhower, en su interesantísimo libro Misiones discretas. Walter refiere con detalle las visitas de Eisenhower y de Nixon a Franco en 1959 y 1969 y que él mismo presenció y la suya personal del 25 de febrero de 1971, por encargo del segundo de los citados Presidentes, que deseaba conocer la opinión del General Franco acerca, entre otras cosas, de la futura estabilidad de España. Franco dijo: «Dígale al Presidente Nixon que el orden y la estabilidad en España quedarán garantizados por las oportunas y ordenadas medidas que estoy adoptando». «En el momento de estrecharme la mano —escribe Walters— me dijo en voz muy apagada, casi en un murmullo: “Mi verdadero monumento no es aquella cruz en el Valle, sino la clase media española. Cuando asumí el gobierno, no existía. La legó a la España de mañana”».
Otras muchas realidades institucionales figuran también entre lo que Franco legó a la España de mañana. Entre las insensatas contradicciones que presenciamos los españoles en el último quinquenio, una de las que a mí más me divierten es la que se refiere a la conmemoración de los cincuenta años de instituciones, leyes o acontecimientos, a los que se otorga el honor del recuerdo elogioso, a la vez que se ignora sistemáticamente la época en la que surgió lo que se juzga memorable o —lo que es peor— se elogia la creación, denigrando simultáneamente a los creadores.
Así, que yo recuerde sin esfuerzo, en enero de 1987 cumplió cincuenta años Radio Nacional de España; en diciembre, el Instituto de España; en mayo del 88 la Magistratura de Trabajo; en diciembre la Organización Nacional de Ciegos; en 1989, la Agencia Efe y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas; en abril de 1990 la Escuela Superior del Ejército; en 1991 la Renfe, la Orquesta Nacional de España y el INI; en este año, 1992, la reapertura de la Academia de Zaragoza, el Seguro de enfermedad o la Radio Exterior de España. Esta última conmemoración ha sido un claro ejemplo de incoherencia, pues quienes escriben que la emisora se creó para intentar legitimar lo ilegítimo se ven abiertamente contradichos por S.M. el Rey que expresa su reconocimiento a los profesionales que vienen realizando ese trabajo desde su inicio.
CONCLUSIÓN
En diversos momentos de su historia, España intentó su modernización política, pero faltó desdichadamente, la previa o simultánea modernización social. El avanzado Estado liberal de Derecho con que España inicia el siglo XX la hace, sin duda, uno de los países políticamente más modernos de la época, pero esa fórmula política resultó estéril para una estructura social en la que el 70% de la población trabajaba en el campo y el 15% que lo hacía en la industria tenía un nivel de vida miserable y un bajísimo grado de instrucción.
Por el contrario, es difícil negar que a la modernización social que España había alcanzado ya a mediados de la década de los sesenta, no se correspondió con una modernización política equivalente. Algo podríamos contar de ello cuantos fuimos considerados «aperturistas», que propugnábamos abiertamente el reconocimiento del derecho de asociación política o sindical, que trabajamos para que se anticipara la modernización política con el reconocimiento del derecho de huelga y que siempre vimos la democracia como desenlace de aquella situación excepcional y no como revisionista alternativa.
España ha conseguido —por fin— alcanzar la vida democrática que tantas veces ensayó y que se resolvió en otros tantos fracasos. Si el factor inmensamente estabilizador que es la Corona ha sido felizmente recuperado y si el Rey D. Juan Carlos I, que tan titánicos esfuerzos tiene hechos por el entendimiento de los españoles, ha conseguido con su talante personal un reinado de tal éxito que no tiene en España precedentes desde al menos 1789, algo se debe también a las profundas transformaciones que España logró durante los años del Régimen de Franco. Un Régimen que con una estructura política desacorde con nuestro tiempo —aunque en su momento tuvo su razón de ser— puso los cimientos de nuestra real incorporación a los niveles educativos, sociales, económicos y políticos del mundo occidental.
