El alzamiento de 1936 y en las sesiones parlamentarias del 16 de junio al 16 de julio de 1936 y en los duelos parlamentarios que hubo entre Calvo Sotelo y Casares Quiroga hasta la víspera del comienzo formal de la guerra civil, demuestra y es más fácil aceptar tras estas deliberaciones parlamentarias que Franco no era un dictador.
Es así como se puede entender que otro reconocido liberal como Fernando Chueca Goitia escribía que Franco no es un dictador que se alza en armas, es un hombre que es promovido por fuerzas históricas, que éstas están más allá de él y de su voluntad, y que ni siquiera él encarna de una manera típica. Franco no es el dictador que se alza, es, por el contrario, el dictador que es alzado. Se podrá decir que tanto da, que al final es un dictador, pero meditando con más rigor se pueden advertir grandes diferencias. Franco no se impone a la sociedad, es la sociedad, y no olvidemos que esa sociedad no era menguada entonces, la que impone a Franco, a gusto y contento de todos. Por lo tanto, y recuerdo que esta larga cita es de Chueca Goitia, la responsabilidad histórica de la existencia de Franco no es responsabilidad suya, sino que es responsabilidad compartida por una fracción mayoritaria de la nación, porque en ellas se encontraban no sólo las llamadas derechas, sino buena parte del movimiento liberal y republicano, como lo demostraron las conductas de grandes próhombres de la izquierda intelectual.
