Al ser la Guerra Civil un conflicto fundamentado en odios ideológicos, los crímenes en retaguardia fueron, por desgracia, comunes en ambos bandos. En el republicano, las checas (prisiones de muy reducidas dimensiones, donde se torturaba a los enemigos de un modo particularmente sádico), los “juicios populares” y los siniestros “paseos” de los que nunca se regresaba eran parte del día a día. En agosto del 36, milicianos asaltaron la Cárcel Modelo, donde se encontraban retenidos numerosos ciudadanos acusados de “derechistas”, y asesinaron al famoso aviador falangista Julio Ruiz de Alda, entre otras decenas de falangistas y militares. Ruiz de Alda era poco menos que un héroe nacional, al haber protagonizado el afamado vuelo en el Plus Ultra con Ramón Franco, que había saltado a las páginas de los periódicos de todo el mundo, al recorrer en un trayecto más de 10.000 km entre Palos de la Frontera (Huelva) y Buenos Aires. Era la época en la que los aviadores, como el francés Roland Garros, que daría nombre al torneo de Tenis que siempre gana Nadal, eran venerados por la prensa y admirados por la gente, como ahora lo son los deportistas o los actores.
Como nota anecdótica, al enterarse de lo sucedido, el compañero de hazañas aéreas de Julio, Ramón Franco, abandonó su militancia republicana, que le había llevado, entre otras cosas, a ser elegido diputado por Barcelona en una candidatura federalista apoyada por los separatistas catalanes de Esquerra Republicana y a participar en numerosas conjuras republicanas, en una de las cuales llegó a amenazar con bombardear el Palacio Real, lo que le valió el exilio por un tiempo, y se decidió a apoyar el alzamiento militar encabezado, ya en esos momentos, por su hermano Francisco. Ramón tenía un carácter diametralmente opuesto al del entonces recientemente nombrado Generalísimo, era extrovertido, juerguista y vividor. También sus ideas políticas discrepaban mucho de las del futuro Caudillo (hasta el punto de que se dice que el personaje del hermano rojo de la novela Raza, escrita por el propio Francisco Franco y luego llevada al cine por Sáez de Heredia, se basaba en él) y solo el terrible asesinato de su íntimo amigo y compañero en la conquista de los aires permitió que acabaran luchando en el mismo bando.
Entre noviembre y diciembre del 36, miles[1] de presos salieron de las cárceles madrileñas, en las conocidas “sacas”, bajo responsabilidad de Santiago Carrillo[2] (posterior líder del PCE, vergonzosamente homenajeado, tanto por la izquierda como por la derecha liberal, olvidando sus crímenes, para humillación terrible de sus víctimas), pretextando un traslado, que terminó en Paracuellos del Jarama donde fueron asesinados y enterrados. Entre los asesinados estuvo el ilustre escritor don Pedro Muñoz Seca, autor de la divertidísima “La venganza de don Mendo”, entre otras muchas obras y creador del género de la astracanada. Cuentan que mantuvo el humor hasta casi el final, diciendo a sus asesinos cuando le arrebataban sus bienes “podéis quitármelo todo menos el miedo que tengo”. En realidad, su muerte fue cruel, como la de tantos otros, además de profundamente injusta. Muñoz Seca no cometió otro delito que el de hacer reír y ser buena persona.
Los crímenes frentepopulistas se dilataron durante toda la guerra, prosiguiendo después en el maquis. A modo de cruel paradoja, el teniente Pedro Mohíno, de 26 años, simpatizante republicano que fue el que entró en primer lugar en el Ministerio de Gobernación, para colocar la bandera tricolor en el edificio el 14 de abril, protagonizando una foto icónica del republicanismo español, terminó secundando el alzamiento aterrorizado por los crímenes frentepopulistas y muriendo asesinado por sus antiguos camaradas en la Universidad Complutense de Madrid, tras un juicio sumarísimo.[3]
Como decimos, los crímenes en retaguardia fueron, por desgracia, comunes en ambos bandos. En el nacional, destacaron las ejecuciones de izquierdistas en Badajoz, donde cientos de ellos perdieron la vida tras la toma de la ciudad. La mitología izquierdista construyó en torno a esta triste realidad un relato delirante sobre la “matanza de la plaza de toros de Badajoz”, según la cual miles de presos (7000 según algunas fuentes) fueron recluidos allí con público asistente en las gradas jaleando, algunos fueron toreados y el resto ametrallados, en una orgía de sangre, para jolgorio del público asistente, en lo que sería un antecedente directo de Auschwitz. Lo cierto es que ni fueron 7.000, sino entre 500 y 1.000, según las fuentes más solventes[4], los que, desafortunadamente, ya son suficientes, ni hubo público aplaudiendo ni se toreó a nadie ni existe comparación posible con Auschwitz[5].
Algo parecido podemos decir sobre la famosa “desbandá” que se utilizó recientemente, además, para justificar la profanación de los restos mortales del general Queipo de Llano y su traslado de cementerio con la vergonzosa cooperación de la Hermandad de la Macarena. El 8 de febrero de 1937, tras la entrada en Málaga de las tropas nacionales, una multitud de milicianos, temiendo represalias tras los duros crímenes cometidos en esta ciudad por el Frente Popular, abandonaron sus posiciones y huyeron a pie hacia Almería, ciudad bajo control del Ejército Popular Republicano, por la carretera que unía estas dos ciudades. Algunos de ellos, irresponsablemente, se hicieron acompañar por civiles, mujeres y niños. Para entorpecer la retirada y evitar que se reagruparan en Almería, la aviación nacional bombardeó esta caravana. La propaganda frentepopulista habló de más de 100.000 refugiados civiles de los que ente 3.000 y 5.000 habían muerto en los bombardeos. Otros autores, el catedrático de historia contemporánea de la Universidad de Málaga, don Antonio Nadal[6], por ejemplo, reducen drásticamente la cifra dividiéndola entre 10, además de recordar que no se trataba de civiles sino de milicianos (alguno de ellos acompañado por civiles).
Especialmente trágica fue la represión religiosa en el bando frentepopulista. Según Antonio Montero Moreno[7], los religiosos asesinados en la retaguardia republicana ascendieron a 6.832, de los cuales 4.184 eran sacerdotes, 2.365 frailes y 283 monjas. Vicente Cárcel Ortí, para la preparación del «catálogo de los mártires cristianos del siglo XX«, solicitado por el papa Juan Pablo II amplía la estimación con 3000 seglares, en su mayor parte miembros de Acción Católica, lo que eleva la cifra a 10.000 víctimas asesinadas por su fe. En palabras de Hugh Thomas: “En ninguna época de la historia de Europa, y posiblemente del mundo, se ha manifestado un odio tan apasionado contra la religión y cuanto con ella se encuentra relacionado.”[8] Y en las de Stanley G. Payne: “La persecución de la Iglesia católica fue la mayor jamás vista en Europa occidental, incluso en los momentos más duros de la Revolución francesa”.[9]
Entre los asesinados hubo 13 obispos. Por su crueldad podemos mencionar el martirio y ejecución de Florentino Asensio Barroso, obispo de Barbastro. Detenido en la cárcel municipal, se le interrogó en varias ocasiones y se le intentó obligar a que apostatara. Ante su negativa fue torturado por milicianos que llegaron a realizarle amputaciones, como la de los testículos. En la madrugada del 9 de agosto fue trasladado junto a otros doce detenidos en un camión hasta un paraje cercano a Barbastro, donde fueron fusilados y arrojados a una fosa común en la que ya habían sido enterrados varios de los seminaristas de la localidad.
Conocemos por Francisco Torres el caso de un hombre, de militancia falangista, denunciado y asesinado por llevar una cruz, que escribe un soneto en la cárcel:
«Quizás yo nunca sepa por qué es eso;
mas sé que no ha sido por acción nociva,
¿será porque amo a España, grande, altiva,
enamorada de su historia santa,
cristiana por su fe, noble y entera
madre de pueblos y de santos planta…?
Si es la razón sentir esta quimera,
de amar de España, la grandeza tanta
adorando a mi Dios con fe sincera,
¡mil veces mi prisión bendita sea!»
Ezequiel es profundamente religioso. Sabiendo que le van a matar, escribe a sus hermanas, y les dice: no os preocupéis por mí, nada he hecho, por lo que estaré en el cielo con nuestra madre. Perdono a los que me han denunciado, por llevar una Cruz. ¡VIVA ESPAÑA![10]
Pedro Sánchez Trujillo nos trae otro testimonio de martirio, el de Juan Duarte Martín, diácono, natural de la Yunquera:
“Tras la muerte de Merino y de ‘Miguelito’, que Juan Duarte había contemplado, le condujeron a Alora, donde vivió su propia pasión y muerte desde el día 8 al 15 de noviembre, y pudo demostrar su amor a Cristo por encima de todo. (…) En ese lugar los milicianos le insistían para que blasfemara y como sólo respondía ¡Viva Cristo Rey! le pegaron mucho, como atestiguó una vecina que lo escuchó todo desde detrás de la persiana de su ventana. Diariamente fue torturado para que blasfemara, como así lo manifestó uno de sus verdugos al ser preguntado sobre su blusa manchada de sangre: ‘Vengo de dar una paliza a ese cura, y estas son las salpicaduras, para que vea usted lo tozudo que es. Ni, aunque lo mate, consigo que se cague en Dios’. Una vecina lavó la camisa del diácono y estaba toda ensangrentada y rota de los latigazos y culatazos. (…)
Como las palizas no conseguían hacerle blasfemar le introdujeron cañas por debajo de las uñas y le producían descargas eléctricas en los órganos genitales mediante un cable conectado a una batería de coche, dos horas diarias, pero tampoco consiguieron que blasfemara.
Estando allí lo sacaban con frecuencia montado en un burro y lo paseaban por el pueblo entre burlas e insultos cantándole coplillas ofensivas, haciendo el mismo recorrido de las procesiones de Semana Santa.
A las bofetadas y puñetazos en el estómago para que blasfemara respondía: ¡Viva Cristo Rey! o ¡Viva el Corazón de Jesús! A muchos de cuantos le vieron les recordó vivamente al Señor camino del Calvario.
La población estaba impresionada e incluso una persona fue a visitarle a la cárcel con la intención de que depusiera su actitud, pero le vio tan sereno y con tanta calma que no se atrevió ni a proponérselo.
Como pasaban los días y el seminarista no claudicaba le pusieron en la celda una chica de 16 años, amiga de un miliciano, para que le hiciera pecar contra la pureza. Pero no lo consiguió. Su novio-amigo le ayudó para que con una navaja de afeitar le cortara los testículos, como así hizo, y los paseó por el pueblo en un plato diciendo: ¡Son los huevos del curita! Si va a ser cura no los va a necesitar”, después le pidieron a la posadera que se los guisara, pero ésta los guardó en una caja de lata y los enterró junto a una pila de estiércol. Meses más tarde se los entregó a su madre.
Poco después lo llevaron hacia el arroyo Bujía, a un kilómetro de Alora donde, a pesar de que estaba muy débil por la pérdida de sangre, continuaron mutilándolo horriblemente. Él dijo a sus verdugos: ‘podéis matar mi cuerpo, pero no mi alma’.
Se sabe que fue abierto en canal, rociado de gasolina y prendido fuego, pues su sangre estaba cuajada y su carne cocida por el fuego. Sus piernas aparecieron partidas, pedazo a pedazo”[11].
Sin perjuicio del antecedente que suponen el lanzamiento de proyectiles desde dirigibles en la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil española también tiene el dudoso honor de haber visto nacer los bombardeos sobre población civil, uno de los crímenes de guerra más terribles y destructivos, y que vería en la Segunda Guerra Mundial su máximo apogeo con Dresde, Hiroshima y Nagasaki. En ese sentido, el bombardeo de Guernica aparece en la cultura contemporánea y en el imaginario colectivo como el modelo o el paradigma de este crimen, como su máxima expresión, parte por la propaganda de guerra frentepopulista y aliada, parte por el cuadro de Picasso. Lo relativo a la obra del pintor malagueño resulta una circunstancia curiosa y llamativa porque, en realidad, parece que su temática se inspira en la muerte del torero Sánchez Mejías, lo que explica los desconcertantes motivos taurinos, y su composición en el film ‘Adiós a las armas‘, de Frank Borzage, y no en el famoso bombardeo[12], pero sigue levantando toneladas de publicaciones y despertando la máxima atención. Según la propaganda antifranquista más grotesca, Guernica es el primer bombardeo sobre población civil de la historia. Otros historiadores-propagandistas, algo más informados, lo adelantan al de Durando, efectuado por los nacionales en marzo del 37, 26 días antes que el de Guernica. Lo cierto es que la aviación republicana llevaba bombardeando civiles desde el verano del 36, recién iniciada la contienda, como reconocen sus propios partes de guerra, de modo que realmente fue el bando frentepopulista el que “inventó” los bombardeos sobre población civil, sin perjuicio del antecedente en la Primera Guerra Mundial, ya comentado, dudoso honor, ciertamente.
El primero de todos tuvo lugar en Tetuán, sobre el que se lanzaron ocho proyectiles el mismo 18 de julio del 36, que causaron 15 muertos y más de 40 heridos. A este siguieron varios, de forma generalizada. Especialmente cruel fue el bombardeo sobre la población de Cabra (considerado el Guernica de la izquierda, que causó un daño y un número de víctimas semejante, pero mucho menos conocido) el 7 de noviembre de 1938. Tres bombarderos republicanos descargaron en día de mercado veinte bombas que causaron 109 bajas inmediatas y 234 heridos de los que algunos fallecerían en los días siguientes.
El número de muertes ocasionadas por el bombardeo de Guernica es uno de los puntos que ha generado debate. La leyenda forjada por la industria cultural habla de “miles” pero los historiadores antifranquistas reducen ya la cifra: Paul Preston considera entre 1000 y 1200, y otros propagandistas republicanos hablan de hasta 1600. Pio Moa los limita a entre 100 y 120. La cifra real máxima, demostrada por Jesús Salas Larrazábal[13], en el estudio más completo hasta la fecha, es de 126 muertos, lo que está más cerca de Moa que de Preston y, desde luego, que lo que reza la leyenda. Franco prohibió, tras Durango, el bombardeo sobre objetivos civiles. Fue desobedecido solo en dos ocasiones, Guernica y Barcelona. El Frente Popular practicó bombardeos de ese tipo sobre multitud de ciudades, nunca los prohibió y en sus partes de guerra presumía de ellos y se jactaba de sus efectos “desmoralizadores”.
[1] La cifra exacta difiere según la fuente, de los 2.400 de Ian Gibson a los entre 10.000 y 12.000 del Diario Alcazar, pasando por los 5.000 de César Vidal, siguiendo a José Manuel Ezpeleta: Vidal, César (2005), Paracuellos-Katyn: un ensayo sobre el genocidio de la izquierda, Madrid: LibrosLibres. Gibson, Ian (1983), Paracuellos: cómo fue, Madrid: Plaza & Janés
[2] Sobre la responsabilidad de Carrillo puede consultarse: Cierva, Ricardo de la (1994), Carrillo miente. 156 documentos contra 103 falsedades, Madridejos (Toledo): Editorial Fénix.
[3] La historia la refiere Pedro María Corral en «Eso no estaba en mi libro de la Guerra Civil» (Almuzara) 2019
[4] Según los datos de A. D. Martín Rubio y F. Sánchez Marroyo, a partir de los registros civiles y del cementerio, pueden estimarse, no solo en esos días, sino hasta fin de año, entre 500 y 1.500 víctimas, lejos de las 4.000 de Jay Allen o John T.Whitaker y aún más lejos de las 7.000 que ofrece, por ejemplo, Francisco Espinosa en “La columna de la muerte”, reiterados después en “Por la sagrada causa nacional. Historias de un tiempo oscuro”, obras que en sus propios títulos ya dan idea de que van a discurrir más por derroteros propagandísticos que historiográficos. Moisés Domínguez Núñez y Francisco Pilo Ortiz, por su parte, concluyen que fueron unos 500.
[5] Sobre este episodio de la Guerra Civil pueden leerse también: “Balas en agosto” de Moisés Domínguez Núñez y Francisco Pilo Ortiz, y “Mi padre el General Yagüe” de Mª Eugenia Yagüe y ambos de SND Editores
[6] Nadal, Antonio: “Considerando: Abandono y deshonor en la pérdida de Málaga 1937” Ediciones Algorfa, 2021.
[7] Montero Moreno, Antonio, Historia de la persecución religiosa en España. 1936-1939. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1961. Fernando del Rey, por su parte, ofrece una interesante estadística, los asesinatos de religiosos durante la “fase caliente” de la represión roja supuso el 38,85% del total, cuando su población representaba el 0,20%. Se puede encontrar en: «Retaguardia roja» Galaxia Gutenberg, 2019
[8] Hugh Thomas, La República Española y la Guerra Civil, pg. 257
[9] Payne G., Stanley (1984). El catolicismo español. Planeta. p. 214
[10] Francisco Torres García: «La vida por José Antonio. Entre la represión y el olvido” Ediciones Barbarroja; Madrid, 2016
[11] Pedro Sánchez Trujillo: «La Fuerza de la Fe Vida y martirio de Juan Duarte Martín y recuerdo de otros mártires malagueños de 1936»
[12] Como quedó demostrado en el artículo de José Luis Alcaine: “El Guernica, Adiós a las armas, Las meninas y Alcaine” en la revista especializada Cameraman
[13] Salas Larrazábal, Jesús María: “Guernica. El bombardeo: la historia frente al mito” Galland Books, S.L.N.E. 2012
