Entre los terribles asesinatos de la retaguardia en ambos frentes, destacaron por su importancia dos de ellos, hasta el punto de que se consideraron las víctimas “oficiales” de cada una de las “Españas”, las que simbolizan a todas las demás. Federico García Lorca, asesinado por los nacionales y José Antonio Primo de Rivera, victimizado por el Frente Popular en Alicante, fueron objeto de especial atención en las propagandas de sus respectivos bandos, llegando a mitificarlos. Paradójicamente, José Antonio y García Lorca se conocían y eran amigos, teniendo amigos íntimos en común como Rosales o Agustín de Foxá. Un dato para reflexionar sobre el mito de “las dos Españas” en el que profundizaremos más adelante. Por ahora, digamos simplemente que si hay dos Españas a efectos moralmente relevantes no son izquierdas y derechas, sino asesinos y víctimas, y tanto unos como otras, estuvieron repartidos en ambos bandos del conflicto.
Suele decirse con bastante impropiedad que a García Lorca “lo mataron los fascistas”. En realidad, sus asesinos, según parece, simpatizaban con la CEDA (centro-derecha, equivalente al actual PP), al menos en su mayor parte y, particularmente, entre quienes dieron la orden (si bien se discute la militancia falangista de alguno de ellos), mientras que Lorca tenía varios amigos en la formación liderada por José Antonio, como el poeta Rosales en cuya casa se refugió y que realizó gestiones para su liberación que, por desgracia, no llegó a tiempo. Dalí, íntimo amigo suyo, reconoce en “Diario de un genio” que a Lorca lo mataron por razones “personales, ultrapersonales” y “locales”, pero que el poeta era “el ser más apolítico que jamás he conocido”. Se ha hablado también de la influencia de los Roldán y los Alba, parientes del propio Lorca y enemistados con el poeta por motivos familiares, que habrían presionado a las autoridades locales para su ejecución.[1]
Lorca era aficionado a los toros, admirador de Felipe II, católico y defensor de la misa tradicional. En una carta enviada por el poeta a su familia desde Nueva York, el 14 de julio de 1929, dice así:
“Hay un instinto innato de la belleza en el pueblo español y una alta idea de la presencia de Dios en el templo. Ahora comprendo el espectáculo fervoroso, único en el mundo, que es una misa en España. La lentitud, la grandeza, el adorno del altar, la cordialidad en la adoración del Sacramento, el culto a la Virgen, son en España de una absoluta personalidad y de una enorme poesía y belleza. Ahora comprendo también, aquí frente a las iglesias protestantes, el porqué racial de la gran lucha de España contra el protestantismo y de la españolísima actitud del gran rey injustamente tratado en la historia, Felipe II. (…) Es la gran cosa de España. Son las formas exquisitas, la hidalguía con Dios”.
No sé si estos rasgos de su personalidad gustarían hoy en día a la izquierda, pero el hecho de que se oculten sistemáticamente en las glosas que se hacen sobre el personaje da a entender que no, lo que da cuenta de la manipulación de la izquierda con su figura y su lamentable asesinato. La diputada de Vox, Mireia Borrás, afirmó en el Congreso, el 25 de agosto de 2021, que de vivir hoy García Lorca votaría a Vox porque amaba a España, a lo que un diputado de Podemos respondió “pero si lo matasteis vosotros”. La anécdota del rifirrafe político da a entender la ideologización de su muerte. Desde luego, Lorca amaba a España y dudo que ningún miembro de Vox hubiera nacido el día de su muerte, como para poder responsabilizar a este partido de sus tristes circunstancias. No me atrevo a decir a quién votaría el poeta (ni siquiera si votaría) si viviera hoy, pero, desde luego, no creo que aprobase la demagogia política de la izquierda con su figura.
Sobre la amistad de Lorca con José Antonio, Fernando Álvarez Jurado siguiendo al escritor falangista Jiménez de Sandoval, amigo de José Antonio, en su “Biografía apasionada de José Antonio”, testimonia que José Antonio admiraba a Lorca y trató de conocerle, sin éxito en el reestreno el 27 de febrero de 1935 de Bodas de sangre en el Coliseum. Si lograría conocerle más adelante y, de hecho, fue Lorca quien presentó a José Antonio y a Gabriel Celaya en el cabaret Casablanca, según relata este último. Jesús Cotta, por su parte, en su libro ‘Rosas de plomo’, investiga sobre esta amistad y concluye que ambos tuvieron mucho contacto entre finales del 35 y principios del 36, que José Antonio hubiera querido que Lorca fuera “el poeta de la falange”, pero que este era apolítico y le daba miedo que lo relacionaran con el falangismo. También relata que José Antonio ayudó a desbloquear una subvención para el grupo teatral de Lorca, ‘La barraca’, durante el gobierno de la CEDA, como reconoce hasta el hermano de Federico, Francisco García Lorca[2].
Existen en la Guerra Civil unas víctimas especialmente olvidadas que son los españoles de izquierdas perseguidos, represaliados y, en algunos casos, asesinados, por otros también de izquierdas, las víctimas de las purgas internas en el Frente Popular. Los asesinados por los frentepopulistas por sus supuestas simpatías derechistas, monárquicas, falangistas o, simplemente, por su religión católica fueron homenajeadas durante el franquismo, si bien eso no excusa el intento de invisibilización y de someternos a todos a una amnesia inducida sobre su existencia, derribando cruces y eliminando recuerdos, como pretenden las leyes de memoria. Las personas represaliadas por el bando nacional o por el régimen que le siguió son obsesivamente recordadas por las instituciones desde el 75, lo que está bien, porque las víctimas son siempre víctimas y merecen todo nuestro reconocimiento y respeto, mientras no se falseen sus circunstancias, exagerando su número o presentando como luchadores por la democracia a quienes, a menudo, defendían el establecimiento de una tiranía estalinista en España. El bando nacional durante la Guerra Civil observó una disciplina envidiable y apenas hubo ajustes de cuentas en su seno, más allá de algunos falangistas que no aceptaron el decreto de unificación y poco más. El bando rojo, en cambio, fue mucho más conflictivo.
En Barcelona, en el 37, estalló el conflicto entre los estalinistas del PCE y PSUC, frente a los anarquistas de la CNT y los trotskistas del POUM. En mayo se produjo la toma de la telefónica y hubo tiroteos entre estos dos bandos enfrentados, una guerra civil dentro de otra guerra civil, locura sobre locura hasta el infinito. Según rezaba su propaganda, para los comunistas la prioridad era ganar la guerra y para los anarquistas hacer la revolución, pero solo eran excusas, se trataba de una lucha por el poder, pura y simple, como casi todas. La CNT, armada hasta los dientes, se había constituido como un poder paralelo al gubernamental, más poderoso que este en Cataluña. Era cuestión de tiempo que chocasen. Además, no había crimen abyecto o matanza que los anarquistas no perpetrasen gustosos, por lo que habían perdido el apoyo de buena parte del pueblo catalán. No es que los estalinistas no tuvieran sed de sangre, pero utilizaron este rechazo popular en su beneficio. Las hostilidades entre los frentepopulistas en Cataluña terminaron con la victoria del gobierno, la generalidad y los comunistas. Aquello tuvo consecuencias. La CNT era demasiado poderosa para ser exterminada, aun en su derrota, y el gobierno se conformó con marginarla de las instituciones, pero el POUM era otra cosa. Aquellos infelices trotskistas, entre los que estaba un joven George Orwell, antes de que comprendiera la aberración del comunismo y escribiera sus geniales proclamas anti-estalinistas “Rebelión en la Granja” y “1984”, fueron borrados del mapa a sangre y fuego. En aquellos días en Barcelona era más fácil que a un anarquista o a un trotskista los asesinara un estalinista por detrás, que un franquista los abatiera por delante en el frente.
Caso curioso fue, en Valencia, el de Luis Lucia, representante de la Derecha Regional Valenciana, leal a la legalidad republicana en la Guerra Civil y que fue condenado a muerte por los dos bandos, si bien tuvo la fortuna de que ninguno de los dos ejecutase la sentencia. Siendo ambas condenas injustas, resulta más llamativa la republicana, dado su apoyo explícito al gobierno del Frente Popular, simplemente por no ser de izquierdas.
La Guerra Civil en el mito del cainismo español
Se ha discutido si nuestra Guerra Civil fue tan solo el síntoma más evidente y trágico de un sentimiento guerracivilista de cainismo desbordado inserto en el ADN de los españoles desde tiempos de los celtiberos, cuya representación gráfica más visual puede ser el cuadro “Duelo a garrotazos” de Goya. Como argumento en favor de esta tesis se recordaría la tradición de golpes militares y conflictos civiles, como las Guerras Carlistas, que asolaron España en el siglo XIX. Hermano gemelo del mito del cainismo español es el de las dos Españas, traído a colación también con motivo de la Guerra Civil, que sería su máxima expresión, cuando dichas dos Españas pasaron a matarse en las trincheras. En sus versiones más populares, tales dos Españas no serían simétricas, sino que habría una España buena, la progre, y otra mala, la conservadora, culpable de todos los enfrentamientos civiles. Tan solo recordando que, en realidad, casi todos los golpes militares de nuestra historia han sido protagonizados por liberales y progresistas, y que, hasta pleno siglo XX, con el General Primo de Rivera y, luego, con Franco, no ha habido pronunciamientos derechistas, podríamos dar por rebatida esta afirmación.
Por supuesto, si pretendemos demostrar que los españoles somos especialmente cainitas y predispuestos al enfrentamiento civil, seguro que hayamos episodios históricos que lo ratifican, como en todas las naciones. Esto, sin embargo, no es definitivo, porque de igual manera, si los buscásemos, un millón de episodios más nos dirían lo contrario, encontrándose en nuestra historia numerosos ejemplos de concordia, unión y heroísmo. Además, si ampliamos el espectro histórico y buscamos más atrás del siglo XIX, lo que sorprendentemente hayamos es que España fue modelo de cohesión social durante prácticamente toda la Edad Moderna, mientras otros países se vieron devastados por guerras de religión, levantamientos de campesinos o motines urbanos por hambre. Vamos a repasar brevemente los enfrentamientos sociales fuera de España, especialmente en el mundo protestante, para discernir si admiten comparación con el caso español y a que pueblos se puede acusar con más justicia de cainismo.
Cuando se piensa en la Reforma protestante vienen a la mente ideas de progreso y modernidad, como una reacción a la corrupción de la Iglesia. Al hablar de las naciones protestantes hablamos de naciones ricas y prosperas. Hasta el Vaticano lo reconoce cuando por boca de su máximo representante agradece los “dones espirituales” de la Reforma. Cuando se analiza despacio, sin embargo, se observa un panorama menos alentador. Como expliqué en El sueño de España, los resultados del luteranismo fueron terribles para los territorios alemanes. Ejemplo de ello fueron las matanzas de campesinos, de los que Lutero era, en un principio, defensor y que constituyeron sus primeros seguidores. Sin embargo, cuando los príncipes alemanes le dieron su apoyo, Lutero se puso de su parte y al estallar la Guerra de los Campesinos, una revuelta de estos contra la alta nobleza por sus malas condiciones de vida, llamó literalmente a asesinarlos como a perros: «Contra las hordas asesinas y ladronas mojo mi pluma en sangre: sus integrantes deben ser aniquilados, estrangulados, apuñalados, en secreto o públicamente, por quien quiera que pueda hacerlo, como se matan a los perros rabiosos.«[3] Fruto de arengas como esta y legitimados ante los ojos del dios protestante por su máximo profeta, fueron exterminados entre 110.000 y 130.000 campesinos, la mayor matanza de la historia hasta la época contemporánea.
Las guerras de religión en los territorios alemanes constituyeron en realidad una guerra civil en el Sacro Imperio. El resultado de la Guerra de los 30 años, cuyo casus beli fue el nombramiento del católico Fernando II como emperador del Sacro Imperio y rey de Bohemia, frente al que se rebelaron luteranos y calvinistas, fue demoledor para los territorios alemanes. Pronto las causas religiosas dejaron de tener importancia y se puso de manifiesto su verdadero carácter político. Así, la católica Francia se alió con las protestantes Holanda y Suecia, y la Alemania luterana con las católicas Austria y España. El balance: la población del Sacro Imperio se redujo un 30% y la masculina un 50%, de modo que hizo falta más de un siglo para que recuperase sus niveles anteriores. La entrada de los ejércitos suecos en territorio alemán redujo a cenizas 2.000 castillos y fortalezas, 18.000 villas y 1.500 pueblos.[4]
La discriminación contra los católicos ha sido una constante en el mundo protestante, llegándose a producir terribles persecuciones. Como Elvira Roca nos señala: “El vínculo entre protestantismo y nacionalismo ha existido desde sus mismos principios. De manera que ser católico en Inglaterra, en Alemania o en Holanda ha sido, por decirlo suavemente, muy problemático.” En una fecha tan cercana como el siglo XIX todavía había normas represivas contra los católicos en el Imperio alemán, incluso se recrudecieron. Bismark aprobó una serie de leyes anticatólicas que afectaron a este grupo religioso, que en 1870 alcanzaba el 36% del total. Michael B. Gross habla de 20 años de histeria antijesutica y antimonástica [5] Como resultado aproximadamente la mitad de los obispos, sacerdotes, monjes y monjas prusianos acabaron en prisión o en el exilio, un tercio de los monasterios y conventos tuvieron que cerrar sus puertas, sobre 1800 párrocos acabaron encarcelados o expulsados y miles de personas fueron a la cárcel por ayudar a los sacerdotes.[6]
En las provincias de los Países Bajos donde los calvinistas tomaron el poder: “Los que se mantuvieron católicos pasaron a ser ciudadanos de segunda clase. (…) no les estaba permitido ejercer ninguna función pública, ni celebrar su culto públicamente ni tener jerarquía ni contacto con sacerdotes.”[7] En el primer placaat anticatólico aprobado por los Estados Generales en 1581 se ilegalizaba el culto católico público y privado, se prohibía el uso de ropas talares a los religiosos, se cerraban las escuelas católicas y se prohibía la impresión de obras católicas. Se siguió aprobando legislación anticatólica hasta bien entrado el siglo XVIII. En las provincias del sur, que tardaron más en anexionarse, cuando lo hicieron la represión fue mucho más dura. Como dice Elvira Roca: “Se obligaba a los católicos a contraer matrimonio ante sacerdotes calvinistas y a permitir que estos bautizaran a sus hijos. Igualmente se les obligaba a asistir a los sermones y al culto calvinista.”
La segregación contra los católicos en el mundo calvinista ha relegado a su mayor parte, durante casi trescientos años, al trabajo en el campo y al pequeño comercio, sin apenas posibilidades de educación,[8] hasta generar lo que en holandés se conoce como “doorbraak”, que podríamos traducir por ruptura, la división de la sociedad en columnas o pilares según la religión.[9] De esta manera, católicos y protestantes han podido coexistir sin tener apenas relación. Una autentica fractura social, que se prolonga hasta nuestros días, aunque a partir de la segunda mitad del siglo XX de manera atenuada, afortunadamente, en parte gracias a los efectos de la Segunda Guerra Mundial, donde los agresores eran mayoritariamente luteranos y los católicos se comportaron con ejemplar patriotismo.
La represión contra los católicos en Inglaterra comenzó en 1534 con el Acta de Supremacía, por la que Enrique VIII se proclamó jefe de la iglesia de Inglaterra y dueño de sus propiedades y rentas. Desde ese momento, cualquier acto de alianza o amistad con el papa pasaba a considerarse traición. El acta de Supremacía fue rechazada por siete conventos franciscanos y por los cartujos de Londres. Ese mismo año, los cartujos fueron descuartizados con su prior, John Houghton, a la cabeza. En 1535 fueron decapitados Tomás Moro, lord canciller de Enrique VIII, Juan Fisher, Obispo de Rochester y Margaret Pole, madre del cardenal Reginald Pole, por el mismo delito.
Entre 1536 y 1537 se produjeron una serie de rebeliones católicas que comenzaron en York y se extendieron por el norte de Inglaterra y que recibieron el curioso nombre de “Las Peregrinaciones de la Gracia”. Tras su derrota, fueron condenados a muerte 216 laicos, 6 abades, 38 monjes y 16 sacerdotes parroquiales. Su líder, el abogado Robert Aske fue colgado con cadenas en los muros del castillo de York y su cadáver permaneció allí durante meses como medida intimidatoria.[10]
Tras la muerte de Enrique VIII en 1553, heredó el trono la católica María I, hija de Catalina de Aragón, nieta de los Reyes Católicos y, desde 1554, esposa de Felipe II. Con ella en el poder, la represión contra los católicos se tomó un respiro, que, por desgracia, concluiría tras su muerte sin descendencia en 1558. Su sucesora fue su hermanastra bastarda Isabel, hija de la decapitada Ana Bolena, que al ser ilegitima desde el punto de vista católico tuvo que sostenerse en los anglicanos para mantener el poder. En realidad, también era ilegitima para los anglicanos, porque el matrimonio de sus padres por el que se rompió la unidad del cristianismo en Inglaterra y murieron miles de santos, fue declarado después nulo y su madre ejecutada, pero más adelante había sido legitimada de nuevo, junto a María, en el acta de sucesión.
Ciertamente, Isabel, que teóricamente había aceptado el catolicismo, también había sido legitimada por su hermana María, e incluso Felipe II le había propuesto matrimonio para mantener la alianza hispano-británica, pero su posición en el orden católico era de extraordinaria debilidad, al depender su legitimidad del papado y pender sobre su cabeza, por tanto, la espada de Damocles de su condición de bastarda, de modo que buscó el apoyo en los anglicanos. Con ella, la represión contra los católicos se reanudó más terrible que nunca.
Por decisión de Isabel, la asistencia a los servicios religiosos anglicanos se hizo obligatoria, con penas para los ausentes, desde latigazos a prisión y muerte. También estaba duramente penado con cárcel y confiscación de bienes no delatar al vecino que no acudía, con lo que los británicos entraron en una paranoia de denuncias y delaciones vecinales e, incluso, familiares. En 1585, el Paramento de Londres dio cuarenta días de plazo para que los últimos sacerdotes católicos abandonaran el país, a la vez que prohibió la misa católica, no solo publica, sino también privadamente. Se consideraba delito de traición castigado con la muerte ser sacerdote católico, así como darles cobijo o cualquier tipo de ayuda. A pesar de esta terrible represión, algunas familias que mantenían su catolicismo en secreto, ocultaban sacerdotes en sus casas, en una especie de zulo llamado priesthole que se popularizó en las viviendas británicas.
Tras del hundimiento de la Armada Invencible, la persecución empeoró con la Real Proclamación de 18 de octubre de 1591, que crea un libro de vigilancia en el que todos los británicos tienen que consignar los movimientos de vecinos, conocidos, parientes o visitantes. Un sistema de delación y espionaje ciudadano que ni, por supuesto, la inquisición, ni después ninguno de los regímenes totalitarios que ha conocido el siglo XX han sido capaces de establecer. Impresionante para la patria del liberalismo y los derechos individuales, que aun venera a la reina Isabel I, a la que llama “gloriana” o “la buena reina” y que considera su reinado, objetivamente un periodo de guerras, ruina, inestabilidad y tiranía, una época dorada.
Los efectos de esta represión contra los católicos fueron salvajes. Como resume Elvira Roca: “De esta manera, calle por calle y casa por casa, los católicos fueron barridos de la faz de Inglaterra.”[11] En solo diez años (1559-1569) fueron ejecutados más de 800 fieles católicos y unos 160 sacerdotes. Las ejecuciones de sacerdotes católicos, si eran descubiertos, resultaban brutales. Constituían un espectáculo público por el que la gente pagaba entrada. Primero se les amputaban en vivo los órganos genitales, después eran ahorcados, arrastrados y desmembrados (hanged, drawn and quartered).
Diversos acontecimientos sirvieron como excusa para nuevas persecuciones y asesinatos, como La “Conspiración de la pólvora” [12] que dio lugar a masacres de jesuitas y benedictinos, o el incendio de Londres de 1666, del que se culpó a los católicos, estilo “Nerón”.[13] Entre 1678 y 1681, Titus Oates fue acusado de liderar otra supuesta conjura católica, esta para llevar soldados franceses a Inglaterra, lo que desató una nueva oleada de histeria anticatólica. En 1780 se produjeron los Disturbios de Gordon, cuando el anglicano radical John Gordon se opuso a que se suavizaran las leyes represivas contra los católicos, lo que provocó unos tumultos en los que fueron asesinados alrededor de 700 católicos y también algunos anglicanos acusados de ser católicos o de protegerlos.[14]
También en la católica Francia hubo guerras de religión. Francia apoyaba, financiaba y armaba a los protestantes en los territorios alemanes y en Flandes, pero no los consentía en su suelo. La matanza de San Bartolomé es el nombre con el que se conoce el asesinato en masa de hugonotes (cristianos protestantes franceses de doctrina calvinista) durante las guerras de religión de Francia del siglo XVI. Comenzó en la noche del 23 al 24 de agosto de 1572 en París, y se extendió durante meses por todo el país. El número de muertos se estima en 3.000 en París y de 10.000 a 20.000 en toda Francia.
Entre 1730 y 1795 se produjeron en Francia unos cien levantamientos provocados por el hambre, siendo especialmente grave el de 1775. En Inglaterra, los disturbios populares suman 375 entre 1730 y 1795, de ellos 275 por hambre, el más grave el de 1780 en el que, como en la mayoría, se eligió a los católicos como víctimas propiciatorias, quedando arrasado el barrio católico de Londres. En España, en ese periodo, se produjo exactamente un levantamiento similar, el famoso motín de Esquilache.
Cuando se habla de las “dos Españas” o del “cainismo” prototípico de los españoles no podemos dejar de esbozar una sonrisa. En el mundo protestante, creador y depositario de la leyenda negra antiespañola, de la que luego hablaremos con más detenimiento, sí ha existido una fractura social, como la que causan siempre los nacionalismos agresivos. En Alemania, Holanda o Inglaterra, con la excusa de la religión, ha sido especialmente intenso y cruel. Eso sí que es cainismo, eso sí que es dividir a la sociedad en dos mitades irreconciliables. Por lo que destaca España, cuando se estudia su historia y se compara con la de otros países, en términos verídicos, es, precisamente, por lo contrario. Aquí no hubo guerras de religión ni motines por hambre. Si se estudia la historia de España y de Europa en perspectiva, sin caer en lugares comunes y fijándonos en un periodo cronológico algo más amplio, se revela la verdad del engaño.
¿De dónde nos viene entonces esa mala fama de los españoles? Como tantos otros mitos históricos, del siglo XIX. Y es que es en esta centuria en la que España rompe su paz social tradicional para sumirse en su época de mayor turbulencia, como todas las patrias, por otra parte, han tenido antes o después. Desde luego, el siglo XIX y la primera mitad del XX son los de la España en guerra permanente, a veces contra sus enemigos y casi siempre contra sí misma, pero esto no deja de ser excepcional en la vida de nuestra patria, donde lo que ha destacado ha sido lo contrario, la paz y la cohesión.
En esos años, España se tuvo que adaptar a fenómenos como la pérdida de su Imperio, el ascenso internacional de sus enemigos ancestrales y la imposición de las ideas de la que ellos hacían gala. La traumática y poco deseada introducción de las teorías liberales, del Nuevo Régimen y de la modernidad de nuestros enemigos en nuestra patria, engendró una cascada de conflictos. Si este periodo aislado, con enfrentamientos horribles, pero mínimos en comparación con las fracturas religiosas y sociales vividas en otros países han motivado esta mitología, que otros no tienen, es debido a varios motivos: está más cerca en el tiempo, coincide con el momento en que nace la historiografía contemporánea con todos sus sobreentendidos y, sobre todo, porque encaja en los prejuicios de la leyenda negra de la que más adelante hablaremos con más detenimiento.
Lo mismo podemos afirmar respecto al mito de las dos Españas. Surge en la literatura española del siglo XIX, desde la famosa frase de Larra, a modo de epitafio: “Aquí yace media España, la mató la otra media” hasta el poema de Antonio Machado “una de las dos Españas ha de helarte el corazón” pasando por novelas como “Doña Perfecta” de Pérez Galdós, donde la susodicha doña Perfecta del título representa a la España carlista y tradicional (y, como su sobrenombre da a entender, es no solo antipática, sino perversa) mientras el protagonista y joven profesor krausista Pepe Rey, representa a la España liberal (y, por supuesto, es educado, idealista y despierta necesariamente todas las simpatías). Larra criticó el complejo hispanófobo en muchos de sus artículos y Galdós exaltó el patriotismo en sus famosos Episodios Nacionales, pero ambos eran hijos de su tiempo y asumen también muchos tópicos políticos de la época, con su carga de errores. Su calidad literaria no puede hacer olvidar lo infantil de sus planteamientos: liberales buenos, carlistas malos; izquierda buena, derecha mala. Obviamente, la realidad es más compleja.
El mito de las dos Españas es un reduccionismo dualista maniqueo que pretende simplificar una realidad compleja, como la española, al enfrentamiento atávico de dos bandos, la España buena, moderna, liberal, avanzada e inteligente, a la mala, carlista y, luego, fascista, atrasada, religiosa, inculta, inquisitorial, etc. En gran medida, las leyes de memoria actuales siguen ese esquema. No es solo que supongan una simplificación infantil, sino que muchos de sus tópicos y sobreentendidos, simplemente resultan antagónicos a la realidad.
Las épocas políticas convulsas y las guerras civiles, como la del 36, predisponen a aceptar esquemas de este tipo, que dividen los bandos enfrentados en buenos y malos, y proporcionan la tranquilidad de conciencia de pertenecer a los buenos, lo que dispara el fanatismo y justifica cualquier crimen por servir a la causa mayor. Ni que decir tiene que las leyes de memoria y los discursos del PSOE de Pedro Sánchez y de sus socios de Podemos y los partidos separatistas en la actualidad suponen un intento irresponsable de apelar a este mito y de alentar el guerracivilismo para satisfacer sus fines egoístas de sobrelegitimación.
Démonos cuenta de que, aunque este mito se forja en las guerras carlistas y tiene como origen la complicada entrada de las nuevas corrientes de pensamiento liberales implantadas en el resto de Europa en España, cuando los carlistas dejan de representar una fuerza política determinante y con probabilidades de éxito, el mito pervive transformando esas dos Españas de carlistas y liberales a liberales moderados y liberales exaltados, y, después, monárquicos y republicanos, hasta finalmente, aun en nuestros días, derechas e izquierdas. Si la responsabilidad principal de este dualismo fuera la resistencia de los tradicionalistas a aceptar las nuevas ideas de la modernidad y no lo innegablemente absurdo y equivocado de algunas de estas ideas y su carga objetiva de conflictividad, eliminada esa resistencia con la derrota de la España tradicional, que se produjo ya hace mucho, el mito debería haberse extinguido. Su persistencia demuestra el fracaso del liberalismo español para instituir un sistema político estable, aún sin la oposición de resistencia tradicionalista alguna, simplemente por no poder dominar a sus facciones más exaltadas.
En resumen, tras los mitos del cainismo español y de las dos Españas se ocultan las dificultades del liberalismo y el progresismo para imponerse en una tierra donde generaban rechazo, al ser identificados con ideas extranjeras traídas por los Imperios opositores al español. También tiene relación con el fracaso del proyecto de modernidad española (no es que España se opusiera a la modernidad, al contrario, fue su primera adalid con la Escuela de Salamanca entre otros hitos intelectuales), derrotado finalmente por las armas, que nos puso en la desagradable tesitura de tener que aceptar la modernidad de nuestros enemigos o quedarnos atrás, esa “pugna estéril” entre unos tradicionalistas “que no querían ser actuales” y unos progresistas “que no sabían ser españoles” en palabras de Ramiro Ledesma. De todas formas, esta fractura no deja de producirse en un periodo muy reciente y reducido de nuestra historia que, en general, llama la atención, por lo contrario.
La Guerra Civil, por lo tanto, no es ninguna prueba de cargo sobre ningún defecto de nuestro carácter ni es denotativa de ningún problema histórico arraigado en nuestra psique colectiva desde tiempos de los celtiberos. Tampoco es exclusiva responsabilidad de una tendencia política o un bando reaccionario e incapaz de aceptar el “signo de los tiempos” sino más bien consecuencia del camino tomado por lo que Pemán llamaba el “signo y viento de la hora”, es decir, por las modas políticas de cada momento que en su delirio extremista arrastraron a España, como a otras muchas naciones, a la locura. En general, España ha tenido una cohesión social envidiable, siendo ajena a las guerras de religión que asolaron durante siglos a otras naciones. Basta observar la historia en perspectiva para no dejarse engañar.
[1] Véase el documental “Mitos al descubierto – Los intelectuales españoles ante la Guerra Civil” producido por Telemadrid https://www.youtube.com/watch?v=lTEbyaaEAkU
[2] Cotta Lobato, Jesús, Rosas de plomo, Editorial: Stella Maris, 2015
[3] Lutero en su escrito «Contra las hordas asesinas y ladronas de campesinos»
[4] Roca Barea, María Elvira, Imperiofobia y leyenda negra, Biblioteca de ensayo Siruela, 2017, pp 175
[5] Michael B. Gross, The war against Catholicism: liberalism and the anti-Catholic imagination in Nineteenth-Century Germany, Ann Arbor: University of Michigan Press, 2004, pag. 1
[6] Ronald J. Ross, The Kulturkampf: Restriction and Control son the Practice of Religion in Bismarck´s Germany, Redwood: Stanford University, 1997, pág. 29.
[7] Enrique Alonso de Velasco Esteban, La crisis de la Iglesia católica en los Países Bajos en la segunda mitad del siglo XX, Anuario de historia de la Iglesia 20 (2011), pág. 264.
[8] Roca Barea, María Elvira, Imperiofobia y leyenda negra, Biblioteca de ensayo Siruela, 2017, pp 257-259
[9] Enrique Alonso de Velasco Esteban, La crisis de la Iglesia católica en los Países Bajos en la segunda mitad del siglo XX, Anuario de historia de la Iglesia 20 (2011), pág. 266.
[10] M. L. Bush, The Tudor Polity and the Pilgrimage of Grace, Historical Research 80 (2007), págs. 47-72.
[11] Roca Barea, María Elvira, Imperiofobia y leyenda negra, Biblioteca de ensayo Siruela, 2017, pág. 208. Más información sobre el tema en las páginas 204-215.
[12] Antonia Frasier, La conspiración de la pólvora. Catolicismo y terror en la Europa del siglo XVII, Madrid: Turner, 2005.
[13] Jacques Roubaud, Le Grand Incendie de Londres, París: Seuil, 1989.
[14] George Rudé, The Gordon Riots: A Study of the Rioters and their victims, Transactions of the Royal Historical Society 6 (1956), págs. 93-114.
