Tras su victoria en la Guerra Civil, Franco afrontaba al desafío de construir un régimen viable y estable durante varias generaciones, que gozase de la paz y el orden necesarios para producir prosperidad y elevar el nivel de vida de los españoles, especialmente los menos favorecidos, a la vez que lograra que España volviera a tener una voz relevante en el plano internacional. El ejemplo del fracaso de la dictadura del general Primo de Rivera, cuyos gobiernos tuvieron importantes éxitos económicos y sociales, pero que no supo resistir a las turbulencias políticas y desapareció en unos años pesaba en el recuerdo colectivo. Se le ha reprochado a Franco una ambición desmedida de poder al constituir un gobierno autoritario tras la contienda civil en lugar de, simplemente, restaurar una monarquía parlamentaria, tras el fracasado paréntesis republicano. El reproche nos parece sencillamente absurdo. Los que se habían estado matando en las trincheras no podían, sin más, competir en un proceso electoral. Se necesitaba primero un proceso de reconciliación y normalización. Tampoco podía decirse que el precedente de la experiencia parlamentaria inmediatamente anterior fuera especialmente atractivo. Además, no puede ocultarse que para que un sistema democrático se desarrolle de manera funcional es necesario que se den determinadas circunstancias culturales y socioeconómicas, como la existencia de una clase media suficientemente sólida y una evolución histórica que permita una cultura política favorable al parlamentarismo. Ninguna de esas circunstancias se daba en 1939, aunque sí en 1975, precisamente gracias a los efectos del Régimen franquista, de modo que, paradójicamente, fue gracias a Franco a quien se pudo constituir un régimen constitucional viable (si bien imperfecto) tras la transición, aunque esa no fuera, probablemente, su intención. Quienes, con evidente simplismo, le reprochan a Franco no restaurar, simplemente, la monarquía (en su versión parlamentaria) y “marcharse”, no saben, sencillamente, lo que dicen, y carecen del más mínimo sentido histórico.
La idea de Franco de que la monarquía regresase como elemento de reconciliación entre los españoles más adelante y no traída, inmediatamente, por el bando vencedor, parecía sensata. La Guerra Civil no había sido, como sabemos, un conflicto entre “monárquicos” y “republicanos”. Conocido es que el general Mola había iniciado el alzamiento al grito de “¡Viva la República!”. Pese a que José Antonio había salido elegido parlamentario en unas candidaturas monárquicas en el 34, los falangistas consideraban la monarquía una institución “gloriosamente fenecida” (gloriosamente, sí, pero fenecida) hasta el punto de que las juventudes de las JONS cantaban en sus marchas que no querían “más reyes de estirpe extranjera”[1]. Los carlistas, por su parte, tenían un pretendiente al Trono distinto de los demás. Tampoco, como es lógico, podía producirse una restauración monárquica tradicionalista, con un rey autoritario, ni con el pretendiente carlista ni con el “oficial”, en pleno siglo XX, por razones de anacronismo histórico que saltan a la vista.
El franquismo fue un régimen sin libertades políticas, pero en el que la represión fue mucho más baja, que en las dictaduras soviéticas con las que coincidió en el tiempo[2], y que, además, se fue reduciendo a lo largo de la vida del Régimen, hasta el punto de hablarse de “dictablanda” en sus últimos años. Como hemos dicho en una de las introducciones, había fronteras abiertas, libertad de circulación, estado de derecho y, si bien no había elecciones democráticas ni partidos políticos, la mayoría de la población vivía con normalidad, sin echar de menos tales cosas en su vida cotidiana.
Entre los casos de represión durante la posguerra es especialmente conocido el de las llamadas 13 Rosas, que es objeto de mitificación por parte de la izquierda, hasta el punto de haber protagonizado acalorados debates políticos en pleno siglo XXI y tener una amplia representación en la industria cultural, incluida una película de 2007.
Recién terminada la guerra, un grupo de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), trató de reconstituir el Partido Comunista y desplegar una ola de terror. Su ideología no era democrática, sino que, según explica Pio Moa en “Los años de hierro”, sin haber sido rebatido hasta ahora, representaban precisamente al sector más fanático y estalinista del PCE, y su método de actuación era el terrorismo. De hecho, cometieron el asesinato de un teniente coronel del ejército, de su hija de 17 años y del conductor de su coche. Los asesinos fueron pronto capturados y la organización desmantelada. Hubo 57 condenas a muerte, entre ellas las de las trece mujeres (los hombres han sido olvidados por la propaganda). La sentencia fue justificada en estos términos: “Terrible ha sido el fallo (…) Porque hay un propósito resuelto que es este: nadie, y por ningún motivo, podrá volvernos a la tragedia y al espanto que exigieron una guerra de tres años”. En lo relativo a las trece mujeres, algunas de corta edad, fue realmente una sentencia injusta, porque no habían intervenido directamente en el atentado y su único delito era formar parte de este grupo, pero de reconocer esa injusticia a presentarlas como mártires de la libertad y la democracia media un abismo.
El representante de Vox, Ortega Smith, probablemente hastiado por el uso demagógico del recuerdo de estas mujeres, dijo en una entrevista en el 4 de octubre de 2019 en el programa Los Desayunos de TVE: “No tengo ningún miedo a la historia, pero si vamos a hablar de memoria histórica hay que hablar de toda, no solo de una parte, sino de todo lo que ocurrió para que no vuelva a ocurrir, como por ejemplo, que hay pocos reportajes hablando de las checas de Madrid, las Trece Rosas, que torturaban, asesinaban y violaban vilmente”. Las declaraciones provocaron la presentación de una querella por la asociación Trece Rosas Asturias y por familiares de una de las mujeres, que el Tribunal Supremo archivó porque no advirtió que fueran constitutivas de delito. Ciertamente, no está demostrado que esas mujeres torturaran, asesinaran ni violaran a nadie, aunque, desde luego, el grupo al que pertenecían sí cometió asesinatos y el bando rojo en la Guerra Civil sí torturó en checas, asesinó y violó a gran cantidad de españoles, que es lo que parece que Ortega Smith quería decir. En todo caso, la anécdota demuestra cómo el tema vuelve una y otra vez al debate político impulsado por la izquierda, mientras que la derecha comienza muy tardíamente a plantar cara, tan solo en fechas muy recientes, con mejor o peor fortuna.
En medio de ese debate, el también representante de Vox, Hermann Tertsch, recordó a las 14 “rosas” del otro bando, es decir, a las 14 monjas de la orden de la Inmaculada Concepción torturadas, violadas y asesinadas por los frentepopulistas, en 1936, después de sufrir todo tipo de vejaciones, 14 más en la ola de anticlericalismo desatado del que ya hemos hablado, y que fueron beatificadas en 2019. Podemos elegirlas a ellas por la crueldad con que los “rojos” se despacharon al torturarlas, por su número exacto, justo una más que las militantes del JSU fusiladas y por su condición de mujeres, lo que da cierta simetría a su caso con el de las famosas “Rosas” y nos permite la comparación, pero, como sabemos, los crímenes de la izquierda en la República, la guerra y la posguerra con el maquis fueron constantes y se elevaron a miles sus víctimas. Recordar solo a los perseguidos de un bando y ocultar los del otro es una bajeza y un acto de manipulación.
Durante el franquismo, España experimentó un crecimiento económico sin precedentes, compatible con una protección social mucho más intensa que la que existe en la España del régimen del 78 y en un clima de indudable paz social. A finales de los 40, a pesar de la dura posguerra, ya había en España el doble de maestros que durante la república. Durante los años 50, la enseñanza primaria se generalizó, la secundaria triplicó a la de la república, la universitaria se duplicó y la de ingenierías se sextuplicó. La esperanza de vida en España ya era de 70 años, por 55 de la República y había casi el doble de líneas telefónicas.[3] Y eso en plena posguerra, sin duda una época de terrible dureza, antes de que el “milagro económico español” aumentase el poder adquisitivo de los ciudadanos, en especial los más humildes, permitiendo un aumento en el bienestar sin precedentes.
Notable mérito del franquismo fue también el mantener a España fuera de la Segunda Guerra Mundial, terrible conflicto que tiñó Europa entera de sangre y que, de estar implicada, hubiera multiplicado los sufrimientos en España de manera exponencial. Franco contentó a Hitler, en su famosa entrevista en Hendaya, con el compromiso de que España entraría en la guerra en favor de Alemania, pero más adelante, cuando así lo decidiera y sin que se hiciera público hasta entonces. Esta genialidad diplomática permitía a España retrasar indefinidamente su participación en el conflicto, hasta evitarla por completo si las circunstancias lo aconsejaban como, de hecho, así fue. Las vidas españolas que se salvaron gracias a ello fueron incontables.
La única excepción a esa no beligerancia primero, y a la directa neutralidad después, fue el envío de voluntarios al Frente del Este, encuadrados en la División 250 de las SS, más conocida como División Azul. Los alistados en la división eran en su mayoría falangistas o derechistas afines al bando vencedor en la guerra en España, cuyas ideas políticas tenían en común el anticomunismo. El sobrenombre de “División Azul” venía por ser el azul el color de la camisa de Falange, que se suponía los alistados llevaban simbólicamente bajo el uniforme alemán. Unos pocos, sin embargo, eran izquierdistas identificados con los perdedores de la contienda patria que buscaban limpiar su nombre o el de su familia en la España de la posguerra en la que no estaban bien vistas las simpatías izquierdistas (había incluso un anuncio de una sombrerería cuyo eslogan rezaba “los rojos no usaban sombrero”) o hasta salvar a algún familiar encarcelado, que se beneficiase de que un pariente suyo fuese un héroe de la lucha anticomunista.
Los soldados de la División Azul protagonizaron multitud de gestas heroicas y además tuvieron un comportamiento exquisito con la población civil, a diferencia de los continuos crímenes de guerra en que incurrían los demás combatientes de ambos bandos. Una de sus actuaciones más memorables fue la batalla de Krasni Bor. Tuvo lugar el 10 de febrero de 1943, en los arrabales de Leningrado. En ella 5.900 españoles equipados con armamento ligero frenaron a 44.000 soldados del Ejército Rojo, apoyados por armamento pesado, artillería y tanques. Los españoles, abrumados por la superioridad rusa en hombres y armamento, utilizaban los cráteres que dejaban los impactos de los obuses para resguardarse, cuando se quedaban sin munición atacaban con las bayonetas, las unidades que eran copadas en el asalto, no se rendían, sino que seguían combatiendo en todas direcciones. Incluso llegaron a pedir insistentemente fuego de artillería a sus propias posiciones cuando estas eran tomadas por los soviéticos y se luchaba cuerpo a cuerpo. Dos mil españoles murieron ese día y mil más en los días posteriores, y unos 300 hombres fueron hechos prisioneros, pero lograron detener el avance soviético produciéndole más de 10.000 bajas al Ejército Rojo, que tuvo que cancelar la Operación Estrella Polar. En los interrogatorios posteriores los rusos insistían en saber cuál era el arma secreta que tenían los españoles. Ante la historia contada por el capitán Palacios en “Embajador en el infierno”, del soldado que ensangrentada la cara y ciegos los ojos por estallarle un obús demasiado cerca, rechazaba la evacuación argumentando, machete en mano, que, si no veía, todavía podía palpar, podemos persuadirnos de que no había más arma secreta que el valor extremo, lo que los soldados llamaban, vulgarmente, tener cojones.
Los divisionarios hechos prisioneros no fueron liberados terminada la guerra, como habría sido lógico, sino que permanecieron cautivos en Rusia, vagando por sus terribles campos de concentración, donde muchos murieron de hambre y de frío o, simplemente, asesinados, hasta 1954, cuando los supervivientes pudieron retornar, tras padecer un auténtico infierno, a su patria y con sus familias, a bordo del buque Semiramis y de otros que completaron los traslados después. En su periplo fueron presionados hasta lo indecible para participar en actos de propaganda comunista y aceptar la nacionalidad rusa, a los que la mayoría se resistieron con heroísmo, manteniendo su dignidad intacta incluso en tan terribles circunstancias.
Abundando en lo dicho antes sobre las víctimas olvidadas, debemos tomarnos un momento para hablar de los “berlineses”. Fue el sobrenombre que se le dio a los exiliados republicanos españoles que terminaron siendo capturados en Berlín por el ejército rojo soviético. Primero llegaron a Francia, donde fueron internados por sus compañeros de ideología izquierdista en campos de concentración. Curioso destino para los camaradas de lucha antifascista por la democracia y paz. Más adelante, una vez Francia fue invadida por Alemania en la Segunda Guerra Mundial, fueron incluidos en los contingentes de trabajo obligatorio que fueron llevados hasta Berlín, para sustituir como fuerza de trabajo en las fábricas a los jóvenes alemanes que morían en el este. Allí se encontraban al terminar la Segunda Guerra Mundial (de ahí el apodo) cuando entraron las tropas rusas. Confundidos con “fascistas” por su condición de españoles, fueron trasladados a la Unión Soviética e internados en campos de concentración, donde muchos murieron de hambre y de frio, y, en cualquier caso, pasaron penalidades de todo tipo, pisoteándose sus derechos humanos. Algunos coincidieron en los campos con prisioneros de la División Azul, los que, olvidando sus diferencias políticas, menguaron sus exiguas raciones, para aumentar las de las mujeres y los niños que había entre sus compatriotas. Muchos de estos “berlineses” tuvieron ocasión de arrepentirse de sus ideas comunistas conociendo el comunismo en primera persona. No existe constancia de que estos españoles, entre los que, insistimos, había mujeres y niños, lograsen regresar a España ni en el Semiramis ni en barcos posteriores.
Semejante suerte fue la que corrieron los tripulantes de buques mercantes republicanos retenidos en Rusia. A mediados de 1937, las autoridades soviéticas impidieron la salida de Rusia a un grupo de buques que habían sido enviados a aquellos puertos por el Gobierno rojo español para cargar material de guerra. A medida que llegaban nuevos buques, de cada tres, los rusos permitían regresar a dos y se quedaban uno, con pretextos burocráticos. Un acto de piratería en toda regla cometido contra los que, en aquellos momentos, eran sus aliados. Una parte de los tripulantes de los buques retenidos fue repatriada antes de terminar la Guerra Civil. Los demás, una vez concluida, fueron interrogados acerca de si deseaban permanecer en Rusia, regresar a la España “fascista”, como ellos la denominaban, o ser trasladados a otros puntos. Algunos se atrevieron a decir que querían regresar a España, pero la mayoría, bien porque prefería otros destinos, bien por miedo a ser considerados enemigos por los rusos, solicitaron Méjico, Francia y otras naciones como puntos de destino. Sorprendentemente, quienes fueron repatriados fueron solamente los muy pocos que se atrevieron a decir que querían volver a España. Por lo visto, la Policía soviética imaginó que iban a ser perseguidos o represaliados y consideró esto como una buena oportunidad para la propaganda contra España y su régimen. Sin embargo, los marinos que, vía Turquía, llegaron a su patria en agosto o septiembre de 1939, fueron incorporados a sus antiguos puestos en las Compañías marítimas, sin reproche alguno.
El resto de los marinos fue mantenido en casas alquiladas, concentrados en un hotel después y, finalmente, les ofrecieron firmar un documento en que declaraban desear quedarse en Rusia bajo amenaza velada de ser considerados enemigos si no lo hacían. Los que firmaron el documento fueron automáticamente separados y trasladados a fábricas y koljoses, donde pasaron el resto de sus días en condiciones miserables y añorando su patria y a sus familias. Los que no firmaron el documento permanecieron en libertad unos meses más, hasta que un día fueron sacados de la casa, de madrugada, rodeados por soldados con armas cortas en posición de disparo, metidos en unos vagones cárceles y trasladados a la prisión de Jarkof, donde, en una celda de cuatro por cinco metros, en condiciones pavorosas, fueron encerrados cuarenta y cinco marinos. De allí fueron trasladados a otras prisiones y, finalmente, al Círculo Polar Ártico, donde colaboraron en la construcción de una carretera. Un secuestro estatal, absolutamente criminal, sin paliativos. Fueron muriendo de hambre y de frío o desapareciendo de un modo inquietante, hasta que 17 terminaron coincidiendo con los prisioneros de la División Azul, como cuenta el Capitán Palacios, en el gulag soviético, por lo que conocemos su historia.
De igual manera, el 9 de agosto de 1938, ochenta y cinco alumnos pilotos del Ejército del Aire del Gobierno rojo español salieron de Sabadell, rumbo a la U.R.S.S., para asistir a diversos cursos de aprendizaje en las escuelas soviéticas. Una vez en tierras rusas, un funcionario, en nombre del embajador de España, Marcelino Pascua, les retiró el pasaporte español, anunciándoles que sería canjeado por otra nueva documentación. Estuvieron en la Escuela de Kirobabad pilotando aviones rusos hasta que un día llegó la noticia de que, en España, deshecho y en retirada el Ejército rojo, ocupada la totalidad del territorio por las fuerzas nacionales, la guerra había terminado. Doce días después, el general Orlof, director de la Escuela, se presentó acompañando a una comisión de jefes del Ejército, procedente de Moscú, para averiguar qué destino escogían los aviadores españoles. Podían permanecer en Rusia, volver a España o dirigirse a otros países. De los doscientos españoles allí concentrados, sesenta y cinco desearon quedarse en Rusia. Los ciento treinta y cinco restantes, comprendiendo que aquella solicitud equivalía a la pérdida de nacionalidad y con ella a la de toda esperanza de regresar, pidieron ser trasladados a Chile, Méjico o Argentina. Ninguno se atrevió a decir España para no ser tachado de “fascista”. Con el paso del tiempo y las presiones, cuarenta más se dejaron convencer atemorizados y renunciaron a marcharse. Un grupo numeroso decidió, para no irritar a la Unión Soviética, quedarse mientras durase la guerra con Polonia, recién iniciada. Treinta y tres, en cambio, se opusieron y fueron automáticamente trasladados, para que no contaminasen a los anteriores. El 29 de enero de 1940, cinco de ellos desaparecieron. Corrió el rumor de que fueron fusilados, para advertencia del resto. Nunca se les volvió a ver.
Algunos se pusieron en contacto con embajadas extranjeras, gracias a lo cual, los aviadores que contaban con familiares fuera de España pudieron ser reclamados desde el extranjero y lograron salir rumbo a la Argentina. Los demás se reunieron frente a la Embajada francesa. Una vez allí forzaron la vigilancia de la Policía e incluso de las fuerzas armadas de guardia frente al edificio diplomático, se precipitaron hacia el interior y se presentaron ante el embajador pidiendo a gritos el derecho de asilo. El embajador, pretendió echarlos fuera, pero éstos se negaron diciendo que era tanto como condenarlos a muerte y que si habían de morir tendría que ser allí dentro, con testigos de cuanto ocurría. El embajador les propuso, entonces, alistarse en la Legión Francesa. Con el fin de tramitar esa solución, pidió y consiguió ser recibido por el ministro Molotov, que se negó a permitir la salida de los españoles, ni siquiera para incorporarse al Ejército de un aliado de Rusia en plena guerra. Finalmente accedieron a abandonar la Embajada.
El 25 de julio de 1941, de madrugada, la residencia fue acordonada por tropas armadas, y los aviadores fueron encarcelados, transportados en vagones cárceles y encerrados en campos de concentración… Diez años después, reducidos a la mitad por el hambre, la miseria y los malos tratos, tras haber recorrido miles y miles de kilómetros dando tumbos de campo en campo de concentración, y teniendo sobre sus espaldas cinco años más de cautiverio que los presos de la División Azul, llegaron a Borovichi, donde, en el campo de La Mina, el capitán Palacios coincidió con ellos. Así relata el encuentro:
“En el corazón de Rusia las dos Españas borraron sus diferencias. Allí se abrazaron para siempre. La una comprobó cuanto de Rusia sabía. La otra aprendió cuanto de Rusia ignoraba. Se fusionaron en un abrazo de sangre y sacrificio y, codo con codo, lucharon juntas, sufrieron procesos, soportaron condenas. ¡En los campos de concentración de Rusia terminó para nosotros la guerra civil! Si alguno de los aviadores cuando llegó a Rusia era sinceramente comunista, la criba a que fueron sometidos les arrancó hasta la última semilla rosada de marxismo. Pasaron el Jordán y salieron limpios… A uno de ellos, José Romero, le he oído la frase más hermosa y, a la par, más estremecedora que he escuchado nunca a través de mis años de cautiverio. Este muchacho era, es, hijo de una dignísima familia gallega cuya única tragedia era contar entre sus miembros a un hombre de ideas tan avanzadas como las de José en su juventud. Pues este muchacho, arrepentido y contrito de sus ideas y de sus actos, que tan caros pagó, me dijo un día estas palabras tremendas, alentadas por soplos del Evangelio:
–Yo no tengo más que un deseo. Volver a mi padre, arrodillarme ante él, oír de sus labios que me perdona y después morirme.
Al redactar estas líneas Romero habrá seguramente cumplido su propósito”.[4]
Me parece curioso que la izquierda tan preocupada por que los luchadores por la libertad y la democracia (y por el comunismo y el estalinismo) que se enfrentaron a las tropas de Franco en la Guerra Civil sean recordados, condene, sin embargo, al más absoluto olvido a todos estos luchadores izquierdistas que tanto padecieron a manos de sus propios camaradas de la revolución proletaria.
Milagro económico y milagro social
El éxito económico del Franquismo se asentó en muchas bases, una de ellas, especialmente a partir de los años 60, fue el desarrollo de la industria del turismo. El escritor francés Michel Houellebecq sorprendió a sus lectores con esta reflexión al respecto en su novela Serotonine de 2019: “Francisco Franco, independientemente de otros aspectos a veces objetables de su acción política, podía ser considerado el verdadero inventor a escala mundial del turismo de lugares con encanto, pero su obra no se detenía ahí, ese espíritu universal sentaría más adelante las bases de un auténtico turismo de masas (¡pensemos en Benidorm!, ¡pensemos en Torremolinos!, ¿existía en el mundo, en los años sesenta, algo comparable?), Francisco Franco era en realidad un auténtico gigante del turismo, y es con esta vara con la que acabaría siendo valorado, cosa que ya empezaban a hacer algunas escuelas de hostelería suizas, y, de un modo más general, en el plano económico el franquismo había sido recientemente objeto de estudios interesantes en Harvard y Yale, que mostraban cómo el caudillo, presintiendo que España nunca llegaría a subirse al tren de la revolución industrial que, preciso es decirlo, había perdido totalmente, había tenido la audacia de quemar las etapas invirtiendo en la tercera fase, en la fase final de la economía europea, la del sector terciario, el turismo y los servicios, dando así a su país una ventaja competitiva decisiva en el momento en que los asalariados de los nuevos países industriales, al acceder a un poder adquisitivo más alto, deseasen utilizarlo en Europa…”[5]
Ciertamente, el desarrollo turístico de la España franquista fue espectacular y, lo mejor, es que se realizó sin detrimento de los demás sectores, que continuaron su evolución positiva. De este modo, tanto el campo como la industria fueron aumentando sus beneficios y el nivel de vida de sus gentes.
En la actualidad, el sector turístico que se desarrolló durante el franquismo sigue siendo el más competitivo de nuestra economía, pero a diferencia de entonces, tanto la agricultura como la industria están siendo destrozadas, con el ingreso de España en la UE y con los tratados de libre comercio, por los que, por ejemplo, se dejan pudrir nuestras naranjas en los árboles mientras se traen de Argelia o Suráfrica. Esto aplica el modelo económico internacional impuesto por los organismos económicos supranacionales, por el que se reserva a los países más ricos la producción de alta tecnología muy cara, a los más pobres se les esquilma de sus materias primas a precio de saldo y se explota su mano de obra barata a través de la deslocalización y de la inmigración masiva, mientras que, a los intermedios, como los del sur de Europa, España entre ellos, se les reserva la prestación de servicios, entre ellos los turísticos. Así, el modelo franquista se ha pervertido tras su muerte, convirtiendo algunas de nuestras ciudades en campos temáticos para turistas extranjeros.
Lo malo no es, obviamente, el turismo en sí, que supone una fuente de ingresos nada desdeñable, sino la pretensión de basar solo en ello nuestra economía, pretensión nacida tras la muerte de Franco, con la destrucción de los demás sectores, al servicio de oligarquías extranjeras.
También la política fiscal del franquismo resulta llamativa en comparación a la del Régimen del 78. La carga de la presión impositiva caía sobre las clases altas y no sobre las clases medias, y era muy inferior a la vimos desde los años 80 en adelante. Que a pesar de ello se mantuvieran todos los gastos necesarios para el funcionamiento del estado asistencial que se estaba creando da idea del rigor con el que se acometía el gasto público y del despilfarro que empezamos a sufrir en la transición.
Su política social también es destacable. No existían las ETTs ni los contratos basura ni los ERES y casi todos los contratos eran fijos. El Instituto Nacional de la Vivienda había llenado de edificios las ciudades para garantizar que los españoles tuvieran un techo sobre sus cabezas. Por cierto, que una de las consecuencias de las leyes de memoria ha sido eliminar las placas con el logotipo del Instituto Nacional de la Vivienda en los hogares construidos por esta institución. Parece que el cometido de las leyes de memoria es destruir la memoria. Se instituyó la Seguridad Social, construyendo una red de hospitales para sostenerla, que garantizaron la sanidad universal para los españoles.[6] La indemnización por despido rebajada de 45 días por año trabajado a 33 (y en algunos casos 20) por la reforma laboral del ejecutivo de Rajoy (seguidora de otra anterior del de Zapatero y mantenida por el gobierno de Pedro Sánchez con Podemos), era, al final del franquismo, de 60 días. Podemos seguir la constitución del llamado estado social, asistencial o del bienestar en la España franquista siguiendo la cronología de las leyes sociales aprobadas.
1939 ley de subsidio familiar y ley de seguro de la vejez.
1940 ley de descanso dominical y de los días festivos.
1942 ley de patrimonios familiares y de seguro obligatorio de enfermedad.
1944 contrato de trabajo, vacaciones retribuidas, maternidad y garantías sindicales, paga extraordinaria de Navidad.
1947 paga extraordinaria de 18 de julio (actual extra de verano).
1956 accidentes de trabajo.
1958 convenios colectivos.
1961 seguro de desempleo.
1962 ayuda a la ancianidad.
1963 ley de Bases de la Seguridad Social.
Es cierto que alguna de estas normas tenía algún antecedente en nuestra tradición jurídica, pero su alcance era mínimo. Por poner un ejemplo, durante la Segunda República había existido un seguro por desempleo, pero, en 1933, solo alcanzaba al 2,4% de los trabajadores.
Francisco Torres estudia en su libro de provocador título “Franco Socialista”[7] el legado social inigualable del franquismo. En similar línea, Gustavo Bueno clasifica el franquismo como “derecha socialista” y Stanley Payne define la segunda época del franquismo por sus políticas como “socialdemócrata posfascista”. Desde luego, su defensa de la justicia social y el nivel de protección de los trabajadores en aquellos años fue muy superior a lo que había existido antes y a lo que existió después.
En el plano social, se ha acusado al régimen de Franco de “machista”, lo que no parece tener mucho sentido. En todo caso se podría decir que la sociedad española de la época era machista, como lo eran, por otra parte, las de los demás países de nuestro entorno, aunque tuvieran regímenes democráticos, y mucho menos machista que otras sociedades de otras culturas, como las islámicas. En ese sentido, es curiosa la criminalización de la cultura hispano-católica, como avanzadilla de una criminalización posterior de toda la civilización occidental, acusándola de machista, misógina, patriarcal, etc. Que tal acusación es injusta se deduce con facilidad de la comparación con las demás culturas. Nuestra civilización no es, contra lo que parecen pensar nuestras actuales feministas imbuidas de marxismo cultural, la que inventó el machismo (sociedad patriarcal lo llaman ellas) sino aquella en que la mujer ha alcanzado las mayores cotas de libertad y dignidad, y ello en gran parte gracias al culto y a la veneración a la Virgen María que colocó los valores de la maternidad y la feminidad en un alto grado de protección social.
Durante el franquismo todavía existían normas civiles que daban ventajas a los hombres en la gestión del patrimonio familiar, normas que no había inventado el franquismo, sino que venían de atrás y que se fueron transformando durante la vida del régimen por influencia, entre otras personas, de la falangista Mercedes Formica. Durante estos años, sin embargo, la mujer se incorporó a la educación general, incluso a la superior, y se dieron las transformaciones sociológicas necesarias para la igualdad legal que llegaría poco más tarde. Como anécdota personal, en casa de mi abuela luce la orla de mi tía, licenciada en filosofía y letras en los años 50. La mitad de los titulados de aquella promoción son mujeres.
Mercedes Formica-Corsi Hezode nació en Cádiz, el 9 de agosto de 1913 y murió en Málaga, el 22 de abril de 2002. Fue una jurista, novelista y ensayista conocida por su defensa de los derechos de la mujer en España. Admiradora de José Antonio Primo de Rivera, se afilió tempranamente a la Falange Española. Sin ninguna necesidad del feminismo de género ni de sistemas de cuotas, impulsó la reforma del Código Civil en pleno franquismo, logrando en 1958 la modificación de 66 artículos dando un primer paso fundamental para mejorar la situación de jurídica de la mujer casada, iniciándose así un largo proceso de reformas que culminaron en los años 80. Pese a que su nombre debería figurar en la memoria de juristas y literatos y en el de la historia de las mujeres en España, sus logros apenas tuvieron el reconocimiento público a partir de la muerte de Franco, a causa de su militancia falangista. Que la gran heroína de la lucha por los derechos de la mujer fuera joseantoniana en lugar de izquierdista es más de lo que los progres actuales pueden soportar.
Que a la izquierda antifranquista la mujer solo le importa cuando extrae réditos políticos de ella se deduce con facilidad del argumento, ya comentado, de Victoria Kent en la Segunda República para negar el derecho al voto a las mujeres: pensaba que en su mayoría no la iban a votar a ella ni, en general, a las izquierdas. De igual modo, en la actualidad, la tan cacareada necesidad de acceso de las mujeres al liderazgo político rompiendo el llamado “techo de cristal” deja de surtir efecto cuando este liderazgo femenino se ejerce en la mitad del tablero conservadora. Así, las feministas boicotean a Marine Le Pen en Francia o a Giorgia Meloni, primera mujer presidente de la historia de Italia, tan solo por militar en el patriotismo antiglobalista. De la misma manera, que la izquierda solo persiga obsesivamente a los violadores cuando son población europea autóctona, pero que ignore a las víctimas de manadas de inmigrantes, denota que a la izquierda no le importa el dolor de las mujeres, sino que lo utiliza para vendernos su ideología averiada y bastarda. Eso sin contar con los efectos perniciosos de sus leyes “de género” que a la vez que anulan la presunción de inocencia para los hombres, ponen a los violadores en la calle para que sigan perpetrando sus horribles crímenes.
De un modo paralelo, se acusa también al franquismo de represión contra los gais. Es cierto que la Ley de Peligrosidad Social incluía referencias a los homosexuales y que, ocasionalmente, la policía hacía redadas en locales frecuentados por gais y detenía a quienes sorprendía teniendo relaciones sexuales en urinarios públicos, pero esa situación era frecuente en los demás países de nuestro entorno con democracias parlamentarias. De hecho, el cantante estadounidense George Michael fue detenido por este motivo en Beverly Hills, en 1998, cuando hacía ya 20 años que esta norma estaba derogada en España. En la España franquista, el Titi y otros artistas reconocidamente homosexuales actuaban sin sufrir represión ninguna.
Este reproche conecta con un tema clásico de la leyenda negra, que primero nos acusaba a los españoles de excesiva tolerancia con la sodomía y luego, cambiando el prejuicio, culpaba a la cultura hispano-católica y, en particular, a la Iglesia romana de lo contrario, de fundamentar la represión “homofóbica”. Como ejemplo de cómo se las gastaban los “tolerantes” protestantes a este respecto se puede poner la persecución de homosexuales en las Provincias Unidas de los Países Bajos, con motivo del hundimiento de diques causado por el molusco de la broma en 1731. Las autoridades calvinistas interpretaron que se trataba de un castigo divino por la abundancia de homosexuales, sodomitas como se decía en aquellos momentos. Surgieron numerosos panfletos llamando a la violencia contra los afeminados. En algunos de ellos se acusaba expresamente al Papa y a los jesuitas de haber pactado con el demonio para exterminar la raza humana utilizando la homosexualidad. Hubo casi 30 ejecuciones precedidas de espantosas torturas y las persecuciones se extendieron por numerosas ciudades provocando cientos (tal vez miles) de muertos[8].
De nuevo, baste la comparación entre el trato dispensado a los homosexuales en su odiado occidente y el que reciben en otras culturas, por ejemplo, la musulmana, para rebatir la insidia. En el mundial de fútbol de Qatar de 2022, por ejemplo, no se permitieron símbolos homosexualistas, como la famosa bandera arco iris, ante la pasividad de los gobiernos occidentales, mientras se persigue a los gobiernos húngaro y polaco por no permitir charlas “LGTB” en los colegios, aunque, de hecho, la homosexualidad no está reprimida en estos países y sí lo está en Qatar, y los titulares del derecho a educar a los niños conforme a sus convicciones morales y religiosas son sus padres y no el lobby LBTB. En recientes desfiles del orgullo gay, hemos escuchado gritos de “arderéis como en el 36” y de “vamos a quemar la conferencia episcopal”. Curiosamente, uno de los motivos aducidos por los frentepopulistas para asesinar a sacerdotes durante la Guerra Civil es que “eran todos maricones”. Curiosamente también, en esos desfiles participa siempre Pablo Iglesias, primer líder de Podemos y presentador y productor de su programa en el canal “La Tuerka”, que aparece también en la televisión pública de Irán, donde se lapida a los homosexuales, sin que nunca haya criticado al gobierno de este país musulmán por este hecho[9].
Un argumento similar culpa al franquismo del establecimiento de la censura y de acabar con la libertad de expresión asfixiando a los españoles e impidiéndoles expresarse libremente. Obviamente, como ya hemos explicado, el franquismo fue un régimen sin libertades políticas, entre ellas la de expresión, lo que no impidió la existencia de unas elevadas dosis de libertad real en la vida cotidiana de la gente, a diferencia de lo ocurrido en las dictaduras comunistas con las que coincidió en el tiempo, como la entrevista ya mencionada al Nobel ruso pone de manifiesto. El tema de la censura fue una estrella del argumentario antifranquista en el tardofranquismo y la transición, cuando, de hecho, ya no tenía aplicación práctica. Lo curioso del caso es que, en realidad, la censura franquista fue tan solo continuación de la republicana. El Estatuto jurídico del Gobierno Provisional, la Ley de Defensa de la República y la Ley de Orden Público de 1933 permitieron al gobierno republicano imponer sanciones y limitar la libertad de prensa. Aunque el artículo 34 de la Constitución Española de 1931 eliminaba la censura previa, ésta fue restituida bajo la Ley de Orden Público de 1933 y la reiterada aplicación de los estados de excepción contemplados en la misma. Como vemos, la censura franquista no era tan franquista, sino que traía causa de la legislación anterior de la tan admirada por la izquierda Segunda República, régimen teóricamente democrático, pero con censura previa, circunstancia que los mismos que se la reprochan al franquismo no parece importarles.
Al margen de la censura institucionalizada, durante la Segunda República, manifestar libremente las opiniones podía costar caro. Muchas personas fueron asesinadas en el bando rojo en el 36, simplemente por ser de ideas derechistas conocidas. Antes, incluso, de que estallara la guerra, el ambiente ya estaba enrarecido. Puedo contar una anécdota familiar al respecto. En la Segunda República no estaba bien visto (incluso podía estar perseguido) decir adiós para despedirse, porque era nombrar a Dios (a-Dios). Había que decir «salud». En cierta ocasión, mi abuela, entonces joven, fue reprendida por decir adiós en el tranvía. «Ahora hay que decir salud», le dijeron. «Pues salud nos de Dios», replicó ella. Tuvo que escapar del tranvía en marcha para no ser denunciada. Con aquel acto de valor, mi abuela su jugó la vida y era consciente de ello. En mi juventud, recuerdo a mis mayores recomendarme que “no me metiera en política”, que ni siquiera participara en conversaciones de tipo político con conocidos, porque eso era “significarme” y podía ser peligroso “si venía otra guerra”. Se entenderá que no seguí el consejo y que, en el espero que improbable caso de un nuevo conflicto bélico entre hermanos en el que Valencia, mi lugar de residencia, fuera, como en el 36, “zona roja” a mí no me salvaría ni la caridad. Nótese que no solo consideraban peligroso manifestar ideas izquierdistas por si volvía la dictadura, entonces todavía reciente (se cuenta que miles de retretes españoles quedaron atascados con carnets del PSOE y de la UGT el 23 F) sino también derechistas, porque sabían que la intolerancia podía venir de ambos lados. El recuerdo de los crímenes y persecuciones republicanas estaba más lejos en el tiempo, pero fresco en su recuerdo.
Volviendo al franquismo, ya con Fraga de ministro, la censura fue limitando su actuación, con la Ley de Prensa de 1966, hasta desaparecer poco después. Tras gozar en los primeros años de la democracia de una libertad de expresión bastante amplia, la dictadura de la corrección política y la cultura de la cancelación han ido restringiéndola hasta obligar a todo el mundo, especialmente los creadores, a autocensurarse y auto-limitarse, bajo amenaza de sufrir duras consecuencias de lo contrario. Esta censura no declarada, pero de aplicación terrible, tampoco funciona igual a ambos lados del espectro político. Así, para opiniones conservadoras o políticamente incorrectas, según los dictados de la progresía, la libertad de expresión es prácticamente inexistente, aceptándose la censura, el silenciamiento o incluso la violencia, para acallar las voces discrepantes. Valen aquí linchamientos morales, censuras, multas, cierres de librerías, prohibiciones de actos, incluso escraches, acosos o violencias. Para expresiones procedentes de la izquierda del tablero, sin embargo, la libertad de expresión es prácticamente infinita, abarcando los insultos, las humillaciones, las amenazas o, incluso, la apología del crimen, del terrorismo o del genocidio, mientras sus autores sean de izquierdas y sus víctimas sean religiosos, derechistas o, simplemente, personas normales, que han tenido el doble infortunio de ser victimizados por el bando simpático, a ojos del marxismo cultural dominante. En estos casos, incluso cuando se sobrepasan los límites del código penal, se pretende que se desconozcan las leyes o que se modifiquen ad hoc, para conseguir la impunidad absoluta e, incluso, se promocionan y justifican manifestaciones violentas que hacen arder las calles de no ser así.
De 1996 a 2017, el dueño de la librería Europa Pedro Varela ha sido encausado repetidamente por el terrible delito de vender libros, incluida una condena a 5 años de cárcel, antes del cierre definitivo de la librería. En 2017, en plena campaña gubernamental transexualista, el colectivo “Hazte oír” fletó un autobús con el sencillo mensaje “Los niños tienen pene, las niñas tienen vulva, que no te engañen”. El autobús fue retenido por orden judicial bajo acusación de delito de odio. Finalmente, terminó la persecución judicial, pero fue quemado por unos activistas LGTBI, ante el aplauso unánime de los medios de comunicación. Hemos visto peticiones de censura para una canción de Mecano por contener la palabra “mariconez”, para una de Hombres G por decir “voy a vengarme de ese marica, voy a llenarle el cuello de polvos pica-pica” sin que su evidente intención humorística disuada a los censores, para un anuncio de chocolatinas acusado de “plumofobo”, para los conguitos (ya saben, vestidos de chocolate con cuerpo de cacahuete) por racistas, etc., etc. Sin embargo, cuando un rapero fue condenado por amenazar de muerte en sus canciones a personajes a los que deseaba ajusticiar con piolets o alegrarse por el asesinato de guardias civiles por ETA, ardieron las calles plagadas de activistas violentos de extrema izquierda, que causaron multitud de daños reivindicando su libertad de expresión. Basten estas como muestras de cómo funciona la libertad de expresión y la ausencia de censura en el Régimen del 78 del que tan orgullosos se sienten nuestros progres antifranquistas.
Todo esto sin tener en cuenta el brutal atentado contra la libertad de expresión y otros derechos constitucionales que suponen las leyes de memoria y sobre el que ahondaremos en el capítulo dedicado a ellas. No podemos evitar recordar las palabras de Orwell en su afamada 1984: “El Partido os decía que negaseis la evidencia de vuestros ojos y oídos. Ésta era su orden esencial. El corazón de Winston se encogió al pensar en el enorme poder que tenía enfrente. Y, sin embargo, era él, Winston, quien tenía razón. Había que defender lo evidente. (…) La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos contados”.
Esta acusación, además, coincide con un tema clásico de la leyenda negra, sobre la que nos extenderemos más adelante. Los autores antiespañoles acusaban a nuestra patria de sufrir un retraso en su progreso por las restricciones al libre pensamiento y a la libertad de expresión que suponían el predominio de la religión católica, la influencia de la Iglesia romana y la existencia de instituciones como la Inquisición. Cambiando inquisición por censura, estamos en las mismas. Sin perjuicio de rebatir estos infundios con el detenimiento que merecen en el capítulo dedicado a ello, baste recordar aquí que, como nos recuerda Juanma Badenas en “Contra la corrección política”, el origen de la libertad de expresión no se encuentra, como suele decirse, en John Milton, sino en Francisco de Vitoria y su Relecto de Indis, leída en la Universidad de Salamanca en 1539[10].
Otro lugar común de la demagogia antifranquista son las últimas ejecuciones ocurridas durante el régimen. Se produjeron el 27 de septiembre de 1975 en Hoyo de Manzanares (Madrid), Barcelona y Burgos, donde fueron fusilados tres miembros del FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota), José Humberto Baena, José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz, por el atentado en el que asesinaron al policía armado Lucio Rodríguez, y dos miembros de ETA, Juan Paredes Manot (Txiki), por un atraco en la sucursal del Banco de Santander de la calle Caspe de Barcelona, el 6 de junio, en el que mató al policía Ovidio Díaz, y Ángel Otaegui, por el atentado en el que fue asesinado el Guardia Civil Gregorio Posadas. Estas ejecuciones levantaron una ola de protestas y condenas contra el Gobierno español, dentro y fuera del país, a las que se sumó vergonzosamente el propio Vaticano. Este apoyo internacional, que daba más importancia al ejercicio implacable de la justicia franquista, en aplicación de la ley y con todas las garantías judiciales, cuando ejecutaba la pena capital, que a los asesinatos a sangre fría, en terribles atentados terroristas, que le dieron lugar y que continuarían, tras la muerte de Franco, asolando a la joven democracia, reforzaron a los terroristas, especialmente a la ETA, que sumó más de 800 asesinatos antes de su cese en la lucha armada.
No se entiende el éxito de ETA y como pudo llenar de sangre las calles de las provincias vascas y del resto de España sin considerar esta oleada de demagogia filoterrorista repugnante a la que se apuntaron, no solo la izquierda española, cuyos jóvenes representantes gritaban “ETA ven y mátalos” en las manifestaciones antifranquistas, sino, como decimos, los líderes de los estados “democráticos” de nuestro entorno y hasta incluso el propio Vaticano.
Un año antes, el 2 de marzo de 1974, había sido ejecutado con garrote vil Salvador Puig Antich en Barcelona, también por su implicación en un atraco en el que resultó asesinado el policía Francisco Anguas. Con Puig Antic se solidarizaron numerosas figuras intelectuales y artísticas como el pintor Miró, el grupo de teatro Els Joglars, Luís Llach y, hasta, más adelante, Loquillo. El 5 de marzo de 2016, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, inauguró un mirador con vistas a la ciudad en el barrio de Les Roquetes con su nombre. En la plaza se colocó un monumento en su memoria, obra del arquitecto Nicolás Aparicio y Gerard Cuartero. Colau reivindicó en su intervención la memoria anarquista de la ciudad y reclamó la Barcelona «anticapitalista, feminista y antisistema». También condenó la impunidad de los “crímenes del franquismo”. Nadie, en cambio, se ha solidarizado nunca con Francisco Anguas, el policía asesinado en el atraco en el que Puig Antic participó. Tampoco nadie ha recordado ni homenajeado a Gregorio Posadas, Ovidio Díaz ni Lucio Rodríguez, los policías y el guardia civil asesinados en los atentados de ETA y el FRAP que dieron lugar a las últimas ejecuciones del régimen. Valga esta mención aquí como nuestro reconocimiento. Esta auténtica inversión de valores humanos, dando mayor importancia a las vidas de los terroristas que a la de los servidores del orden y mayor legitimidad a las bandas de asesinos que al estado que se defiende del terror, pone de manifiesto la bajeza del antifranquismo que las leyes de memoria pretenden convertir en obligatorio.
Podemos coincidir con el balance que hace Pio Moa de los logros del franquismo:
“…venció a una revolución totalitaria, manteniendo la unidad de España y la cultura cristiana; logró evitar la entrada de España en la guerra mundial; aplastó luego a una peligrosa guerra de guerrillas comunista; a continuación resistió a las presiones y chantajes de los ‘Tres Grandes’ vencedores en la guerra mundial (URSS, Usa e Inglaterra) y derrotó el aislamiento absolutamente ilegal e injusto impuesto por la ONU; logró hacer olvidar los odios que había desgarrado a la república; reconstruyó el país afrontando enormes dificultades y sin ayuda del Plan Marshall; creó la Seguridad Social, hizo retroceder el analfabetismo como nunca antes y mejoró la economía como nunca antes o después.”[11]
Stanley G. Payne, por su parte, afirmó en una entrevista realizada por Javier Navascués Pérez para El Correo de España (29 diciembre 2019): “Franco fue el gobernante de mayor éxito económico y social de toda la historia de España”. Desde luego, su legado económico, social, nacional y moral, dilapidado a partir de su muerte, precisamente, por quienes más presumen de antifranquistas, es difícil de cuestionar.
[1] En el Himno de las JONS, de 1931, con letra de Juan Aparicio, se incluye la estrofa: “No más reyes de estirpe extranjera, ni más hombres sin pan que comer; el trabajo será, para todos, un derecho, más bien que un deber.”
[2] Véase al respecto la famosa entrevista a Solzhenitsyn de José María Iñigo en el programa “Directísimo” de Televisión Española el 8 de mayo de 1975, de la que hemos puesto un fragmento como cita introductoria.
[3] Se pueden ver estos y otros datos en “Nueva Historia de España: De la II Guerra Púnica al Siglo XXI” de Pio Moa, Ed: La Esfera de los Libros, 2011
[4] Torcuato Luca de Tena: “Embajador en el infierno. Memorias del Capitán Palacios. (Once años de cautiverio en Rusia)” Premio Nacional de Literatura 1955 Premio “Ejército” de Literatura 1955. Editorial Kamerad, pág. 137
[5] Michel Houellebecq: “Serotonina” Anagrama, 2019.
[6] Véase el artículo “Franco, la Seguridad Social, el sistema sanitario, la red hospitalaria y el Estado del Bienestar.” Por Francisco Torres en el boletín FNFF 21 de abril de 2020
[7] Francisco Torres: “Franco Socialista”, editorial SDN, Madrid, 2018.
[8] Louis Crompton, Homosexuality Civilization, Cambrige-Londres: Belknap, 2006, págs. 463-470.
[9] Irán inyectó 9,3 millones en tres años a la productora de Pablo Iglesias según informa, entre otros, El Mundo el 22 de julio de 2020: https://www.elmundo.es/espana/2020/07/22/5f18558bfc6c83b4228b458d.html
[10] Badenas, Juan Manuel: Contra la corrección política. Por una nueva moral. Ediciones insólitas, 2021, pág. 239
[11] Pio Moa, en un artículo titulado “España, el catolicismo, el franquismo y la teoría” publicado en La Gaceta de 22 mayo de 2015
