INTRODUCCIÓN
En los primeros días del conflicto que estalló en julio de 1936, el control de los pasos de la sierra de Guadarrama adquirió una importancia estratégica decisiva. Dominar estas posiciones significaba proteger Castilla y, al mismo tiempo, mantener abierta la posibilidad de avanzar hacia Madrid en el momento oportuno.
En este escenario se desarrollaron duros combates en el Alto del León, donde falangistas, soldados y voluntarios tradicionalistas defendieron las cumbres frente a los ataques de las fuerzas republicanas. Muchos de aquellos combatientes eran estudiantes que apenas habían tenido formación militar y que aprendieron el manejo del fusil en los mismos camiones que los llevaban al frente.
Aun desechada por los nacionales la rápida conquista de Madrid por las columnas del Norte, puesto que Zaragoza había de hacer frente a los ataques de la zona catalana, Burgos no podía descuidar su línea de contacto con Santander, y tanto Galicia como León tenían encima la amenaza asturiana; resultaba una necesidad estratégica la ocupación de los pasos serranos de Madrid, con doble objeto: impedir la irrupción en Castilla y estar en disposición de poder lanzarse hacia la capital en el momento preciso.
Por el paso de Somosierra guerrearon las gentes del S. E. U. de Navarra, cuyo primer hecho de armas fue la toma de la casilla de miqueletes de Elarraza; sus andanzas habrían de ser cantadas por Rafael García Serrano, matriculado entonces con sus camaradas en una veterana Facultad española, la de Letras y Armas.
Numerosos tradicionalistas navarros defendieron estas crestas, con ellos Jaime del Burgo, director de A.E.T. de Pamplona y, en 1936, jefe del requeté de la capital, y como testigo y relator, otro estudiante, Juan de Zabala 188.
Hasta allí llegó con más valor que medios un grupo de Renovación Española, al mando de los ya célebres hermanos Miralles.
El 17 de julio, la emisora vallisoletana, después de un significativo silencio, radió estas palabras: «Las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista, al habla: ¡Arrollaremos al marxismo! ¡Arriba España!» Las escuadras falangistas y el Ejército iniciaban la ocupación de la ciudad y, de madrugada, liberaban a sus camaradas detenidos. Al día siguiente llegó Onésimo Redondo y los que con él estaban en la cárcel de Ávila.
Anselmo de la Iglesia, con las milicias falangistas, completó el dominio de la provincia, en donde existían fuertes contingentes socialistas. El día 20, Anselmo recibió tres balazos en un brazo, pero continuó su misión.
«Una vez que la guarnición de Valladolid y las centurias falangistas de la citada capital hubieron asegurado el éxito del Alzamiento en buena parte de Castilla, se ordenó a toda prisa la ocupación del collado de Guadarrama. Un par de centenares de jóvenes entusiastas se pusieron en marcha sobre camiones. El taponamiento del Guadarrama ofrecía ventajas tácticas de consideración y se confió a los primeros voluntarios de Valladolid la ardua tarea, con la consigna de cumplirla hasta la muerte».
El 21 se formó una centuria, asumiendo la jefatura José Antonio Girón, con los correspondientes mandos militares.
Muchos estudiantes aprendieron el manejo del fusil sobre los mismos camiones que los transportaron al Guadarrama. Se combatió rudamente, cuerpo a cuerpo, con las bocas resecas, y aun cuando los republicanos tenían una franca superioridad numérica y contaban con aviación, a las seis de la tarde, falangistas y soldados, bajo el mando del coronel Serrador, clavaron en el tosco monumento de la cumbre las banderas de España y de la Falange.
Los rojos montaron un serio contraataque, al mando de un antiguo jefe legionario y prestigioso republicano, el teniente coronel Puig. Doce horas duró el combate y en él fueron parte decisiva dos centurias, llegadas el mismo día 23 de Valladolid, al mando de Luis González Vicén, en las que otros estudiantes ostentaban mandos secundarios. El fracaso de la reconquista llevó al pueblo de Guadarrama a Casares Quiroga, «La Pasionaria» y al capitán Benito Sancho. Allí deciden un ataque por sorpresa, por el sector de Cuelgamuros y en plena noche. El capitán Benito y sus milicianos de refresco tropezaron en la loma «Del Copo» con la falange de César Sanz, estudiante de Derecho, de dieciocho años de edad. En la emboscada pereció la falange entera; pero, apenas amanecido, un grupo mandado por González Vicén había reconquistado la posición. En la lucha caían dos estudiantes destacados: Clarencio Sanz, jefe de centuria, y Carlos Salamanca, que mandaba una falange. Algunos de los muertos eran casi niños, como Eusebio Lobo, de Bachillerato, que apenas contaba quince años.
El frente no era continuo, lo que permitía, al amparo de los bosques, numerosas filtraciones; en una de ellas, cuando se dirigía al Alto del León, moriría uno de los jefes más destacados de la Falange, Onésimo Redondo, atravesado a balazos por una patrulla de la F. A. I. en el pueblo de Labajos. Ese mismo día 24 moría la primera mujer falangista en acto de servicio, María Sagrario Amo Peñas; se había afiliado el 1 de febrero de 1934, cuando tenía dieciséis años. Su entusiasmo la llevó a un incansable trabajo en Valladolid, principalmente en el socorro a los presos; asistió a las concentraciones de Tordesillas, Peñafiel y del cine Madrid, en mayo de 1935. En Zamora y Toro escondió las armas de algunos camaradas, que de otra forma hubieran sido detenidos; asumió el mando de un grupo de la Sección Femenina y de las mujeres del S. E. U. Estudiaba, al estallar el Movimiento, sexto año de Bachillerato en el Instituto Núñez de Arce.
Se encontraba el día 24 de servicio en el Hospital Militar de Valladolid y, al enterarse de la muerte de Onésimo, salió en un coche hacia San Rafael. A la entrada de Boecillo recibe el coche una descarga que la alcanza mortalmente; continuaron hasta la Pedraja del Portillo y allí murió en la casa del médico, dos horas más tarde, después de haber confesado. Cuando José María Arranz, que la acompañaba, promete vengarla, ella le pide que no lo haga, pues acaba de perdonar a todos. María Sagrario rogó a los que la rodeaban que no llorasen ni se entristecieran, pues ella moría tranquila, pensando que lo hacía por Dios y por su Patria. José María Arranz moriría al mes siguiente en el frente.
«Viniste a la Falange, Sagrario Amo —escribió Libertad—, en la época del silencio, y viniste con fe ciega y profunda.» Su nombre se perdió en el incesante sacrificio de la guerra.
Los intentos rojos para reconquistar el Alto del León no cesaron. El 30 de agosto, en una dura acción en Cueva-caliente, recibió un balazo en una pierna Anselmo de la Iglesia; pero refuerzos de consideración, entre ellos el tercio de requetés de Abárzuza y unas líneas bien fortificadas fueron suficiente garantía. El heroico comportamiento de los camaradas de Valladolid haría que, para siempre, se llamase al puerto «Alto de los Leones de Castilla». Allí ganó una Medalla Militar el afiliado al S. E. U. de Derecho José Antonio Girón. Por contra, Tuñón, afiliado a la F. U. E., hijo de un profesor del Instituto de Almería, moría luchando en el bando republicano.
Cuando mencionemos como republicano al Ejército rojo, no debe olvidarse que tal vez las masas más importantes de la zona nacional se consideraban también republicanas.
Los estudiantes, que habían aprendido a morir ejemplarmente antes que el oficio de soldado, regaron con su sangre las cumbres del Guadarrama, dejando sus cuerpos rotos entre los peñascales. Y era nada más que uno de los primeros episodios del Alzamiento.
CONCLUSIÓN
La lucha por el Alto de los Leones se convirtió en uno de los primeros episodios simbólicos del conflicto en la sierra de Guadarrama. A pesar de la dureza de los combates y de la superioridad numérica de las fuerzas republicanas en algunos momentos, las posiciones quedaron finalmente en manos de las fuerzas sublevadas.
Aquellas jornadas estuvieron marcadas por enfrentamientos intensos, sacrificios personales y la participación de jóvenes voluntarios que se encontraron repentinamente en un frente de guerra. La defensa de estos pasos montañosos consolidó un frente clave en el inicio de la Guerra Civil y se convirtió en uno de los primeros capítulos de una contienda que marcaría profundamente la historia de España.
