INTRODUCCIÓN
El estallido de la Guerra Civil española en julio de 1936 desencadenó un periodo de violencia extrema en ambos bandos del conflicto. En muchas ciudades de la zona republicana se produjeron detenciones arbitrarias, ejecuciones extrajudiciales y las llamadas “sacas” de presos de las cárceles. A estas prácticas se las conoció popularmente como “paseos”, un eufemismo utilizado para describir los asesinatos de detenidos trasladados fuera de las prisiones.
Entre las víctimas se encontraban numerosos militantes falangistas, estudiantes del S.E.U., dirigentes políticos, militares y personas vinculadas a distintas organizaciones consideradas enemigas. La aparición de centros de detención conocidos como “checas”, inspirados en la policía política soviética, consolidó un sistema de interrogatorios, encarcelamientos y represalias que marcó profundamente aquellos primeros meses de la guerra.
La alegría por la liberación de ciudades y pueblos iría siempre acompañada de la triste confirmación del asesinato de los mejores. En San Sebastián, entre otros del S. E. U. habían muerto los tres hermanos Iturrino. Jesús, jefe provincial de la Falange, cuando fue fusilado en el paseo de los Fueros el 23 de julio, gritó: «El que medé en el corazón que se quede con mi reloj.» Días más tarde, el 30, caía María en la cárcel de Ondarreta; había luchado en los cuarteles de Loyola hasta el día 28, y aquel día precisamente era sacado de la cárcel su hermano Augusto, cuyo cadáver apareció magullado junto al cementerio, y también Leopoldo Ramírez de Arellano, de la Facultad de Derecho. El consejero de la Falange y del S. E. U. y jefe nacional de Prensa y Propaganda, JoséManuel Aizpurúa, era fusilado el 6 de septiembre, junto con Javier Pradera, en las tapias del cementerio de Polloe. El día anterior habían asesinado a don Víctor Pradera, una de las primeras figuras de Acción Española, el grupo intelectual monárquico que había intentado contrapesar la influencia de la Revista de Occidente. Pradera fue detenido por Telesforo Monzón, antes activo monárquico.
En la zona roja se imponía un terrorismo salvaje. En Madrid, todas las mañanas aparecían docenas de cadáveres en la Casa de Campo, en la pradera de San Isidro y las carreteras que cercaban la capital. «Paseados», morirían Luis Aguilar, jefe nacional de las milicias falangistas; Fernando Covián, Manuel Díaz de la Guardia, Francisco Romero de la Gándara, con Enrique Arroyo y Javier Bardají, que habían preparado con Galar, en la primavera, la organización de los primeros Campamentos del S. E. U.; Eduardo Rodenas, que se entregó para salvar a su hermano pequeño, detenido como rehén por orden del pintor comunista Luis Quintanilla; José Guerrero Fuensalida, autor de la música del himno de las J. O. N. S.; José Costas, que había presenciado un anticipo de estas jornadas en el asesinato de Cuéllar; Francisco Utrilla, condecorado con la Palma Roja de la Falange; Esteban Gómez Villanueva. Abel Sánchez Patencia, José María Martínez, Emilio Rambán, otro Rodenas y Mazarrosa, los cinco últimos de la Escuela Industrial. Ganaban con un sereno morir la admiración del mundo .
Los crímenes encontraron su perfección técnica en las checas, de origen ruso. El 10 de agosto inauguraban la muy tristemente célebre de Bellas Artes los tres hermanos Rodríguez Tarduchy, Emilio, Ramón y Manuel, los dos últimos destacados en el S. E. U. Ramón había sido llevado a hombros por sus compañeros de Ciencias cuando volvió a la Facultad después de su primera detención en la primavera. En las depuraciones iniciadas el 22 de
Es bien significativo que Ernest Hemingway escribiera, en Quinta Columna, refiriéndose a quienes eran paseados:
«—Pero, dígame, ¿quién muere bien?
—Los falangistas, los verdaderos falangistas; los jóvenes, muy bien. A veces con mucho estilo. Están equivocados, pero tienen mucho estilo para eso.»
Tomás Borras haría protagonista de Checas de Madrid a un estudiante del S. E. U. En el libro de Borras aparecen reflejados: Los interrogatorios interminables, bajo focos implacables, con lentes que deformaban la visión, y las celdas en las que solamente se podía estar en cuclillas o inmóvil y de pie, con una lámpara cegadora ante los ojos. Las palizas con llantas de goma que rompían los huesos. El tormento de la limadura de los tobillos. El arrancamiento de las uñas y de los dientes. Los baños con fondo oscuro que ocultaban vidrios cortantes. Las botas de hierro, que podían apretarse gradualmente hasta triturar los huesos. Los colgados del techo, con grandes pesos El sadismo de dar a elegir a un padre y a su hijo, quién había de ser fusilado, cuando no agosto en la Cárcel Modelo, dirigidas por Enrique Puente, uno de los jefes de las Juventudes Socialistas, entre centenares de víctimas, se encontraban hombres tan distintos políticamente como Julio Ruiz de Alda, Fernando Primo de Rivera, los generales Capaz y Villegas, Albiñana, Álvarez Valdés y Martínez de Velasco, ministros de la República; Rico Abelló, ministro de la Gobernación en el Gobierno Martínez Barrios; Melquíades Álvarez, decano del Colegio de Abogados y presidente del Partido Liberal Demócrata, y Matorras, que del comunismo se había pasado a la Falange. Con ellos, numerosos estudiantes, dos muy destacados en la Escuela Industrial: Emilio Travesí Bibiano y José López Chávez.
Los crímenes en Santander adquirieron un tinte especialmente dramático con los arrojados desde el faro contra las rocas del acantilado. Los tirados al mar con una piedra atada a los pies fueron encontrados al liberarse la ciudad, verticales en espeluznante guardia submarina. En el asalto al barco-prisión «Alfonso Pérez» —se siguió el ejemplo de lo sucedido antes en Bilbao en los barcos «Altuna Mendi» y«Cabo Quilates», en los que el asesinato de sacerdotes proporcionó un serio contratiempo al Gobierno de Euzkadi—, ametrallado con los presos que se amontonaban en la bodega, murió el estudiante José María Corbín Ferrer, que se encontraba en la Universidad de Verano. Su vida ejemplar, su labor de apostolado desde los Estudiantes Católicos, su edificante conducta en la checa del Ayuntamiento y después en el barco-prisión merecieron que se iniciara un proceso de beatificación. Con él caían el benjamín de la Falange en La Montaña, el estudiante Domingo Betegón, y los tres hermanos Burgués, y también los tres hermanos Solís y dos Quintana.
En agosto podía decirse en un manifiesto de la juventud anarquista: «La Iglesia ha rendido ya sus cuentas. Los templos han sido pasto de las llamas y los cuervos clericales que no pudieron escapar han sido liquidados por el pueblo» .
La criminalidad llegó a poner en peligro el reconocimiento del Gobierno de Madrid. Bélgica llevó al Tribunal de La Haya, como violación del Derecho internacional y el de gentes, el caso del asesinato del agregado a su Embajada, barón Jacques de Borschgrave. El Uruguay rompió sus relaciones cuando aparecieron brutalmente asesinadas las hermanas del cónsul. El Cuerpo diplomático elevó una queja severa con motivo de las «sacas» carcelarias. Ello dio lugar a la urgente constitución de tribunales populares.
Los tribunales populares eran una pantomima legal, con la ventaja de que los asesinatos eran controlados. Largo Caballero los justificó así: «Para evitar que siguieran realizándose los llamados «paseos», el Gobierno constituyó tribunales especiales en los que tenían representación los organismos obreros y políticos».
El terror llegó a ser perfecto; los más alejados de la política trataban de ponerse a salvo por los procedimientos más insospechados; quienes se escondían emparedados o entre ruidas, y dio lugar a la nueva clase de «asilados», gentes que es amontonaban en Embajadas y Consulados .
En Daimiel eran asesinados los hermanos Galiana. En Gerona, los estudiantes del Sindicato fueron juzgados por los Tribunales Populares; el fiscal les imputó como agravante «su condición intelectual, por lo que formaban la fuerza más peligrosa del fascismo». Joaquín Lloret, Roberto Roura, Ramón Mané, Andrés Salgado y Juanito Barceló, hasta veintitrés, con su jefe, Luis Rodríguez, fueron fusilados. En Tarragona, los hermanos Bushell desaparecían para siempre después de ser vistos intentando la huida por las playas de Salou. En Almería eran asesinados Jaime Calatrava, Francisco Esteban y los tres hermanos José, Miguel y Ricardo Díaz de Aguilar Spottorno, hijos de un profesor del Instituto. En los montes del Saja, en Reinosa, asesinaron el 12 de octubre al estudiante Ángel Alonso Obeso, secretario local de Falange; seis días antes habían matado a su hermano Arturo.
El fracaso de Lérida costó la vida a veinticuatro estudiantes que formaban el núcleo fundamental de la Falange; algunos, fusilados sin formación de causa, como Alfonso Franco Galíndez, al ser asaltada la cárcel por la columna Durruti, que también incendió la catedral; otros pasaron por la comedia de un Tribunal Popular, como Eduardo Cava de Llano, Santiago Albitos Farrán, Javier Montseny y Arques, JoséRoli Fontanea, Paulino Gort Porta, Arcadio Argelitot Gelios.
Los rojos, que, no sin razón, veían en cada estudiante un enemigo político, los persiguieron sañudamente por toda su zona. Antonio Jurado Arroyo y Francisco Gómez Salas fueron asesinados en Puente Genil. Igual destino aguardaba a Manuel Molina Martín en Torrecardela; Lorenzo Calatrava Morillas, en Mancha Real; Baltasar Hernández Collantes, en Lanjarón; José García Morales, en Guadix; Francisco Jimeno Paya, en Linares; este último fue detenido en Montoro y conducido al lugar donde fue fusilado tras maltratarlo delante de sus padres. Los últimamente mencionados eran estudiantes universitarios de distintas Facultades granadinas. Daniel Ferrater, secretario de la A. E. T. de Barcelona, «paseado» por los milicianos, apareció en Moneada, atado a un árbol, con un tiro en una pierna y las venas de las muñecas cortadas. Sus asesinos desconocían su función entre los escolares tradicionalistas; lo asesinaron por encontrarle un libro del padre Laburu a él dedicado. Y Manuel Bruquetas, estudiante de Derecho de la Falange de Murcia.
Decidían la exterminación total—tal fue el caso de los tres hermanos Soria, del S.E.U., asesinados con su padre en Paracuellos del Jarama; entre este pueblo y Torrejón, solamente el día 17 de noviembre fueron fusilados 1.300 presos de la Cárcel Modelo de Madrid—. El saco con los ojos de los fusilados del tren de Jaén. La peregrinación mañanera de padres y mujeres buscando entre los cadáveres al hijo o al marido desaparecidos.
Suponer, como reverso de la medalla, que la zona nacional era un lugar seráfico, poblado por seres desprovistos de pasión y vacunados contra cualquier arbitrariedad, es una simpleza que no vale la pena considerar. La diferencia estaba que en el mundo rojo fue norma y táctica, a lo largo de la guerra, dominar con el terror criminal, mientras en la zona nacional fueron hechos aislados, referidos a lugares y momentos determinados.
El 19 de agosto, en una de estas lamentables acciones, muere asesinado el fundador de «La Barraca Estudiantil», Federico García Lorca. Días después del 18 de julio quedaron bajo la familiar protección de los falangistas de Granada Miguel y Luis Rosales. García Lorca pensaba en su «Canto a los muertos de España», del que incluso compondría la música.
A finales de 1968, la revista Nuestro Tiempo, editada por el Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra, comentaba el libro de la escritora francesa Marcelle Auclair «Enfanees et mort de García Lorca», en el que decía Luis Rosales: «El arresto de Federico en casa de mis padres parece haber sido un episodio de la rivalidad-C.E.D.A. -Falange, una maniobra política del diputado de la C. E. D. A. en Granada, Ramón Luis Alonso, a fin de provocar «el gran escándalo capaz de arruinar al partido rival, al demostrar que «jefes falangistas de los más importantes, y además amigos suyos personales, esconden en su casa a un rojo». El examen de estas violencias hizo escribir a Hugh Thomas: «En cuanto a los autores de tales atrocidades eran, en su mayor parte, miembros de los antiguos partidos de derecha más bien que de Falange».
CONCLUSIÓN
Los llamados “paseos”, las checas y las sacas de presos constituyen uno de los episodios más trágicos de los primeros meses de la Guerra Civil española. La violencia política, el colapso de la autoridad institucional y el clima de radicalización provocaron una espiral de represalias que afectó a miles de personas.
El recuerdo de estos hechos refleja la dureza del conflicto y la profunda fractura que vivió la sociedad española durante aquellos años. Analizar estos episodios permite comprender mejor la dimensión humana de la guerra y la complejidad de un periodo histórico marcado por el enfrentamiento, el miedo y la pérdida.
