INTRODUCCIÓN
Tras el estallido de la Guerra Civil española en julio de 1936, la figura de José Antonio Primo de Rivera adquirió una importancia central para la Falange. Su permanencia en la cárcel de Alicante generó una profunda preocupación entre sus seguidores, que veían en su liberación una prioridad política y moral en medio del conflicto.
Según relata David Jato en La rebelión de los estudiantes, desde los primeros meses de la guerra se elaboraron diversos planes para conseguir su libertad. Falangistas, estudiantes del S.E.U., oficiales militares y colaboradores civiles participaron en proyectos de evasión, rescate armado o incluso intentos de canje de prisioneros. Muchos de estos planes, sin embargo, fracasaron por falta de coordinación, por la vigilancia sobre la prisión o por circunstancias políticas y militares que hicieron imposible su ejecución.
Los trasvases políticos, iniciados a raíz de las elecciones de febrero, se acentuaron después del 18 de julio. Los partidos derechistas prácticamente se quedaban sin afiliados, mientras la Falange a duras penas podía encuadrar adecuadamente la avalancha de quienes descubrían, de pronto, una doctrina sugestiva y con futuro. También en regiones de tradicional influencia, los requetés crecían con rápido ritmo. El 24 de julio se crea en Burgos una Junta de Defensa Nacional, presidida por el general Cabanellas, para atender las necesidades civiles más perentorias y tratar de ordenar el puzle militar. La Falange vivía para los frentes, esperando el regreso de José Antonio, sin atreverse a pensar siquiera en la posibilidad de perderle. Al no contar tampoco con Onésimo Redondo, Julio Ruiz de Alda, Raimundo Fernández Cuesta o Ledesma Ramos, que, sin duda, se hubiera incorporado a las tareas dirigentes, la Falange se convirtió en un inmenso cuerpo sin cabeza.
El 2 de septiembre, los consejeros falangistas presentes en la zona nacional acordaron, en Valladolid, nombrar una Junta de Mando, con carácter provisional, compuesta por siete miembros y presidida por Manuel Hedilla, jefe provincial de Santander. Una de las personas más influyentes en la Falange de estos primeros días del Alzamiento era Agustín Aznar, pero su temperamento le inclinaba más a la acción, al igual que a la juventud universitaria. Únicamente, en esporádicas actuaciones de propaganda, periódicos o emisiones de radio, aparecían nombres de estudiantes de urgente necesidad para orientar a las masas que seguían, con más fervor que conocimiento, las banderas rojinegras y entonaban con el menor pretexto el «Cara al Sol», convertido por el pueblo en canción nacional.
Estabilizados, en cierto modo, los frentes y planteada la lucha sin perspectivas de solución rápida, los falangistas concentraron más sus pensamientos en la cárcel alicantina. Sin confesarlo, sentían el temor de que, en plena evolución teórica y transfusión humana con la circunstancia histórica de la guerra, la Falange no acertara con las fórmulas que el país requería. Así, la liberación de su Jefe se convierte en obsesión. Reiteradamente se intentó su rescate. Antes del 18 de julio, José Antonio tenía en el Supremo un recurso de casación; se ideó su fuga a través de la Sala de Togas, pero fue denegada su petición de actuar ante el alto Tribunal. El 6 de junio, antes de llegar a Alicante, con motivo de su traslado desde la Modelo de Madrid, el propio José Antonio convenció a los agentes que le escoltaban y al comisario Lino, pero no hubo ocasión para evadirse debido a la vigilancia de otro coche ocupado por guardias de Asalto con pistolas ametralladoras.
Ya en la cárcel alicantina se redoblaron los intentos y no faltaron en ellos los estudiantes.
El 29 de junio, un diputado de la C. E. D. A., César Contreras, expuso a José Antonio un plan de evasión. Disponía de medios, pero no pasó de proyecto. Desde Baleares, el jefe provincial de Falange, Alfonso Zayas, trazó un plan, para el que contaba con dos embarcaciones. Un elemento clave era Juan Ramírez Palmer, destacado en Palma de Mallorca en la última huelga estudiantil y detenido en la cárcel de Alicante. En una carta de Ramírez, fechada el 3 de julio, se describe la preocupación de los falangistas por su jefe; había protestado José Antonio, a gritos, por las dificultades que ponían a sus comunicaciones con el exterior. «Al oírle hemos roto las dos puertas de nuestro departamento y acudimos a ponernos a sus órdenes; a pesar de que han reforzado las guardias, a pesar de registrarnos todos los días y de revisar nuestras celdas y trasladarnos de departamento, en cuanto oímos la voz del jefe acudimos hasta donde está; tenemos que estar muy alerta por si se preparase algo contra él.»
A través de Ramírez, a quien sus compañeros apodaban «Gafitas», y por un sistema de papel punteado que al superponerlo sobre el periódico mallorquín La Almudaina marcaba las palabras del mensaje, Zayas enviaba sus comunicaciones. El proyecto quedó desbaratado con la detención en julio del jefe balear. Más tarde, Ramírez sería fusilado.
También los catalanes, con Bassas como director, intentaron su fuga, comprando a los carceleros, como había hecho Juan March. Lógicamente, los falangistas de Alicante no dejaron de pensar en la evasión de José Antonio desde su ingreso en la Cárcel Provincial. El 16 de julio, Luis Castelló comunicó al jefe nacional que laguardia exterior estaba a cargo de oficiales del regimiento de Infantería encuadrados en Falange y que los soldados también eran militantes; en Alted, a cinco kilómetros, esperaba una avioneta pilotada por Pombo. Aquella madrugada, el jefe falangista envió un mensaje a Raimundo Fernández Cuesta anunciándole su llegada a la Ciudad Universitaria madrileña, pero, sin que se sepan los motivos, la evasión no fue intentada; según Castelló, «por no compremeter la suerte del Alzamiento». Temía José Antonio que su acción pudiera llegar a anticiparlo, desconcertando su complicado montaje; pues, por otra parte, confiaba que, el día «D», el gobernador militar,general García Aldave se apoderaría de la plaza, como le había indicado a través del capitán Meca Romero, y quedaría así en libertad en el momento preciso.
Independientemente, se había confiado en el valor y decisión de los falangistas de Callosa de Segura, según un plan preparado por los tenientes Lupiáñez y Pascual. EJ grupo de Callosa de Segura habría de recibir el día 19 armas largas en el cuartel de Benalúa. Simultáneamente, los oficiales jóvenes del Regimiento número 38, de guarnición en Alcoy, que formaban una célula falangista, se apoderarían de la ciudad. La defección de García Aldave, quien, no obstante, fue fusilado por los rojos, hundió estos planes en el fracaso, muriendo enelintentocinco falangistas.
Agustín Aznar puso sus ilusiones en la empresa de la liberación del jefe nacional. Franco le había dado todo género de facilidades; entre los acompañantes de Agustín estaban los del S.E.U., con Guillermo Aznar, Carlos María Rodríguez de Valcárcel, José María Díaz Aguado, Juan José Olano y Miguel Primo de Rivera, y a mediadosde septiembre partían de Sevilla en un barco alemán, llevando un millón de pesetas y los nombres de posibles colaboradores. Agustín desembarcó en Alicante yconsiguió de un cabecilla de la C. N. T. ciertas promesas. Los que participaran en el golpe huirían después con la colaboración del cónsul alemán Von Knobloeh, un fervienteadmirador de las ideas falangistas, quien, en un informe a la Wilhelms-trasse, manifestaba que, sin José Antonio, los falangistas no podrían sentar las bases de una efectiva revolución social y que, después de la guerra, los elementos reaccionarios impedirían a Franco tal programa; pedía autorización para intentar su libertad, estimando tener seguro éxito. Von Knobloeh no obtuvo el visto bueno de sus superiores para una intervención directa. Hicieron posibles las gestiones de Agustín las hermanas María del Carmen y Matilde Pérez.
La fatalidad hizo encontrarse a nuestro camarada con Zárraga, ya capitán de Asalto, que tenía comorecuerdo de Agustín un tiro en el cuello, del ataque a la F. U. E. de San Carlos en 1934. A fuerza de decisión pudo escapar; pero, avisados los rojos, quedaba roto el intento.
Agustín no se rindió; preparó un golpe de mano directo; había muchos estudiantes entre los escogidos, concentrados en las afueras de Sevilla. Al mando del grupo de Valladolid se encontraba Girón. Comenzaron un entrenamiento adecuado. Esta vez, el servicio de información rojo haría imposible la sorpresa y, con ello, elproyecto. El 20 de septiembre, el hijo de Largo Caballero, que se encontraba detenido en un cuartel de milicias de la Falange sevillana, escribió a su padre, entonces jefe del Gobierno, transmitiéndole la propuesta que le hacían «de un canje mío y de otras personas que pudieran interesarnos a cambio de José Antonio Primo de Rivera».
Su carta y una relación de veinticinco canjeables fue llevada por Mauricio Karl a Gibraltar. Nadie ha explicado por qué; pero, de creer a Largo Caballero, la nota de canje no llegó jamás a su destino. «Alguien hizo circular la especie de que se había propuesto el canje de mi hijo por el jefe falangista Primo de Rivera» . Por el contrario, el presidente del Gobierno cuenta cómo el diputado comunista Bolívar llegó a darle el pésame por el fusilamiento de su hijo .
Para mayor confusión, Llopis, subsecretario con Largo Caballero, asegura que el canje se planteó en Consejo de Ministros.
En los primeros días de octubre, Eugenio Montes trató desde Francia el mismo objetivo. Consiguió colaboraciones importantes del ministro francés Yvon Delbos y un contacto, a través de la Embajada de Rumania, con Indalecio Prieto. Nada se logró; parecía que el destino estaba marcado.
En septiembre llegó a la zona nacional Heliodoro Fernández Cánepa; había logrado evadirse de Madrid merced a la nacionalidad argentina de su padre. La Junta de Mando provisional, en una reunión en Sevilla, le nombró interinamente jefe nacional del S. E. U., «mientras no fuera rescatado Alejandro Salazar»; trataba con tal fórmula que los esfuerzos de guerra no paralizaran de modo absoluto la actividad falangista en los centros escolares que se fueran abriendo.
CONCLUSIÓN
Los distintos intentos de liberar a José Antonio Primo de Rivera reflejan el clima de incertidumbre y urgencia que vivía la Falange en los primeros meses de la Guerra Civil. Sin su fundador y con varios de sus dirigentes ausentes o muertos, la organización intentaba reorganizarse mientras mantenía la esperanza de recuperar a su líder.
Tal como recoge David Jato, los proyectos de evasión, las gestiones diplomáticas y las propuestas de canje muestran hasta qué punto la liberación de José Antonio se convirtió en una auténtica obsesión para muchos falangistas. Sin embargo, ninguno de estos intentos logró materializarse, dejando su destino marcado por los acontecimientos de la guerra.
