INTRODUCCIÓN
Durante los años de la II República Española y la posterior Guerra Civil Española, España vivió uno de los periodos más convulsos y dolorosos de su historia contemporánea. A la violencia política y militar se sumó una persecución religiosa de una intensidad desconocida desde los primeros siglos del cristianismo, que tuvo como principales víctimas a sacerdotes, religiosos y seglares comprometidos con la fe.
El fenómeno plantea interrogantes complejos: ¿cómo distinguir las motivaciones religiosas de otras causas políticas o sociales?, ¿puede el reconocimiento del martirio contribuir a la reconciliación o reabrir heridas? El texto aborda estas cuestiones desde una perspectiva histórica y teológica, centrándose en el concepto de martirio in odium fidei y en el testimonio de quienes murieron exclusivamente por su fe.
En los años de la II República (1931–1936) y de la guerra civil (1936–1939) se mezclaron muchos y complejos fenómenos sociales, políticos, militares y también religiosos. Hubo muertes, en una y otra parte, debidas a motivaciones políticas, a veces a venganzas personales u odios ancestrales, a represiones incontroladas, sin mencionar las que fueron causadas por los combates militares.
¿Cómo separar las motivaciones religiosas de las políticas o de otro tipo? Todavía más aún: admitiendo que muchos murieran por motivos religiosos, su beatificación o canonización ¿no puede ser causa u ocasión de nuevas divisiones y enfrentamientos más que de reconciliación? En este caso, una declaración oficial de su martirio por parte de la Iglesia ¿sería oportuna y conveniente?
El tributo de sangre rendido por la Iglesia en España fue impresionante. Desde los tiempos de las persecuciones del Imperio romano, en los primeros siglos del cristianismo, no se había conocido una situación igual, pues además no existieron razones políticas ni sociales en los asesinatos de sacerdotes; y, si las hubo en los casos de algunos seglares, fueron muy contadas, ya que casi todas las muertes tuvieron una causa fundamental: ser sacerdotes o religiosos, hombres o mujeres de Acción Católica.
Existió además un solo móvil, que reduce a género todas las especies de muertes: in odium fidei, in odium Ecclesiae.
Los sacerdotes y religiosos asesinados en su mayoría eran pobres, tan pobres como sus mismos asesinos, porque nunca hubo en España sacerdotes aristócratas ni de clases acomodadas —y, si alguno hubo, fue tan contado que no afecta para nada a nuestra afirmación—, pues las vocaciones sacerdotales y religiosas han sido tradicionalmente de extracción humilde en su inmensa mayoría, y de la media burguesía en una reducida minoría, como ya he dicho.
Tampoco encontraron los asesinos en las casas parroquiales ni en las comunidades religiosas el «botín» que buscaban, porque los tesoros que, según ellos, acumulaba la Iglesia no consistían en fuertes valores monetarios, sino en un patrimonio histórico, artístico y documental de inmenso valor, que fue destruido en buena parte. Este constituye otro de los aspectos fundamentales de la persecución religiosa.
A los sacerdotes, religiosos y seglares que entregaron sus vidas por Dios y solo por Dios, el pueblo les consideró santos y comenzó a llamarles mártires cuando se tuvo noticia de que, además de la muerte, habían sufrido terribles torturas, mutilaciones corporales y toda clase de vejámenes morales que testimonian, por una parte, que los perseguidores habían llegado al máximo nivel de degradación humana, y, por otra, que las víctimas soportaron con heroica entereza el suplicio y la muerte por Dios.
En la mayoría de los casos quedó probada, con la relación formal de causa y efecto, la condición exacta del martirio: por ejemplo, morir por no revelar el sigilo sacramental, morir por no blasfemar, por no renegar de la fe, etcétera; y todo ello ipso facto, prometiéndoles la vida si prevaricaban.
Pero el calificativo de mártires lo recibieron también de los papas, de la Congregación para las Causas de los Santos y de los obispos españoles de entonces y de ahora.
CONCLUSIÓN
El elevado número de víctimas cristianas durante la II República y la Guerra Civil constituye un hecho histórico y religioso de gran relevancia. En la mayoría de los casos, quedó acreditado que la causa directa de la muerte fue el rechazo a renegar de la fe, a blasfemar o a violar principios fundamentales como el sigilo sacramental, lo que fundamenta su consideración como auténticos mártires cristianos.
El reconocimiento de estos mártires por parte de la Iglesia católica, a través de los papas, los obispos españoles y la Congregación para las Causas de los Santos, no pretende reabrir divisiones, sino preservar la memoria de un testimonio de fe vivido hasta las últimas consecuencias. Comprender este fenómeno exige un ejercicio de rigor histórico y sensibilidad espiritual, capaz de situar el martirio en su verdadero significado: una entrega total por Dios en medio de uno de los episodios más trágicos de la historia de España.
