INTRODUCCIÓN
Desde los primeros compases de la Guerra Civil Española, el papa Pío XI no dudó en condenar el carácter fratricida del conflicto y el sufrimiento que estaba causando en el pueblo español. En sus palabras de septiembre de 1936, el pontífice describió con crudeza una realidad marcada por el enfrentamiento entre hermanos, los sacrilegios y la destrucción de valores humanos y cristianos fundamentales.
Al mismo tiempo, Pío XI quiso destacar el testimonio de fe de quienes estaban siendo perseguidos y asesinados por su condición de cristianos. En diversos discursos y documentos, el Papa subrayó el heroísmo espiritual de sacerdotes, religiosos y seglares que aceptaron el martirio sin renegar de su fe, convirtiéndose en ejemplo de fidelidad evangélica en medio de la violencia.
Cuando los militares, sublevados el 18 de julio, desencadenaron la guerra civil, no dudó Pío XI en denunciar el carácter fratricida de la misma:
«Es horrible que precisamente entre hermanos existan tan crueles discordias. Basta mirar a las de España, donde hermanos asesinan a hermanos; horrible matanza fraterna, sacrilegios, horrible tormento, horrible estrago de todas las cosas más humanas, incluso divinas y cristianas».
(Palabras del 4 de septiembre de 1936).
El 14 de septiembre, recibiendo a quinientos prófugos españoles que habían conseguido escapar de la persecución religiosa, Pío XI exaltó el heroísmo de fe y el martirio de las víctimas en un extenso discurso que ha quedado como el más elevado testimonio del carácter antirreligioso de la violencia homicida contra la Iglesia en la España de 1936.
Repitió el Papa los conceptos ya conocidos, deploró la guerra fratricida, denunció la persecución desencadenada por el comunismo, defendió a la Iglesia de acusaciones infundadas y terminó su discurso con palabras de perdón para los asesinos, porque —decía el pontífice—:
«Les debemos amar con un amor particularmente hecho de compasión y de misericordia; amarlos y, no pudiendo hacer otra cosa, rezar por ellos; rezar para que vuelva a sus mentes la serena visión de la verdad y se abran sus corazones al deseo y a la búsqueda fraterna del verdadero bien común; rezar para que vuelvan al Padre que les espera con ansia; rezar para que estén con nosotros cuando, dentro de poco —tenemos plena confianza en Dios en el auspicio glorioso de la hodierna exaltación de la Santa Cruz, per Crucem ad lucem—, el arco iris de la paz se lanzará sobre el hermoso cielo de España».
En dicha alocución, y refiriéndose a quienes murieron por su fe en Cristo, dijo entre otras cosas:
«Todo esto es un esplendor de virtudes cristianas y sacerdotales, de heroísmo y de martirios, verdaderos martirios, en todo el sagrado y glorioso significado de la palabra, hasta el sacrificio de las vidas más inocentes de venerables ancianos, de juventudes primaverales…».
En términos parecidos habló en la Divini Redemptoris de los obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares asesinados «por el mero hecho de ser buenos cristianos…».
CONCLUSIÓN
Las palabras de Pío XI sobre el martirio cristiano durante la Guerra Civil revelan una postura profundamente pastoral y evangélica. Junto a la denuncia clara de la persecución religiosa y del carácter antirreligioso de la violencia, el Papa insistió en la necesidad del perdón, la misericordia y la oración incluso por los perseguidores, situando la reconciliación como horizonte último.
El reconocimiento de aquellos asesinados in odium fidei como auténticos mártires no fue, para el pontífice, un instrumento de confrontación, sino un acto de justicia espiritual y de memoria cristiana. Su mensaje sigue interpelando hoy: recordar el sufrimiento vivido sin odio, afirmar la verdad sin revancha y confiar en que, como expresó el propio Pío XI, el “arco iris de la paz” vuelva a tenderse sobre España.
