Mes trascendental en cuyo curso acabó de configurarse la Unificación estimulada en gran parte por las contradicciones internas entre los mandos políticos de la Falange y de la Comunión tradicionalista. He señalado la retirada voluntaria del conde de Rodezno a su casa en Cáceres, la suspensión de las conferencias entre ciertos falangistas y los tradicionalistas acerca de la unificación de ambas organizaciones. Hemos visto al general Franco y a Serrano Suñer discurriendo sobre la fórmula unificadora, extendida a todos los españoles que estuvieran decididos a servirla. Serrano Suñer escribió: «Mi propósito falangista estaba basado en esta razón: si el tradicionalismo era evidentemente un movimiento de extraordinaria vitalidad, heroico, romántico y lleno de virtudes, adolecía de una cierta inactualidad política; en cambio, en el pensamiento de la Falange estaba incluida buena parte de su doctrina, y ésta tenía, por
otra parte, el contenido popular, social, revolucionario, que debía permitir a la España nacional absorber ideológicamente a la España roja, lo que era nuestra gran ambición y nuestro gran deber.
En marzo salían a la superficie, en el mando político falangista, los disentimientos radicales y las inquietudes ante el futuro. Existía ya un acuerdo de principio en amplios sectores —reitero que excluyo a los combatientes, los cuales permanecieron siempre firmes en sus puestos de vanguardia militar— para modificar la estructura de la dirección colegiada, y suprimir la presidencia o jefatura conferida a Manuel Hedilla en septiembre de 1936. Las diferencias educacionales y de cultura, también de posición social y hasta de latitud geográfica, pudieron tener alguna participación en aquellos disentimientos. Es posible, pero no podríamos apoyarnos sino en supuestos, los cuales tienen escasa o nula validez historiográfica. Uno de los esenciales actores en el desacuerdo con Manuel Hedilla, ha declarado: «Al llegar a la zona nacional me di cuenta de que los mandos de la Falange eran inferiores al desarrollo que ésta adquiría y a las responsabilidades de la guerra y de la política. Comprendí que lo que había sido apto para las primeras luchas y la clandestinidad, ya no lo era. Faltaban hombres. Era fácil darse cuenta de que se habían creado unos reinos de taifas en Aragón, Extremadura, el Sur…
«Agustín Aznar me informó de que él había sido autor de la Junta de mando provisional y de la designación de Hedilla para presidirla. Yo no sentía y no la siento, aversión hacía Hedilla ni puedo poner en duda su honradez personal. Ahora bien: este hombre no era orador ni escritor, que yo creo son condiciones necesarias para un político, y más en aquellas circunstancias.
«Opiné que era inadecuado para el cargo que ocupaba. Miré alrededor, y no vi a ningún hombre que pudiera ostentar el mando supremo. Si se me permite una imagen diré que la Falange había pasado de sencilla avecilla a ser un majestuoso cóndor. Lo que había nutrido a la primitiva Falange no podía alimentar a la que se estaba desarrollando.
«Quise solucionar los problemas que se le venían encima a la Falange. Creí que ésta iba a desempeñar un papel segundón en la política española y trabajé para que la Junta de mando, en vez de contar con siete vocales, quedara reducida a un triunvirato, ya que ninguno de nosotros tenía autoridad ni facultades para ser jefe nacional.
«Estimé que Hedilla iba derechamente a ser proclamado jefe nacional, ya que se le estaba creando una aureola, una personalidad, por los escritores que estaban a su lado. Entonces empecé a trabajar para la eliminación de Hedilla, a fin de que la Falange fuera por otros rumbos. Hallé camaradas que en general compartían mis opiniones, y así fue preparándose la destitución de Hedilla, contra el cual yo formularía un pliego de cargos.
«Pude haber maniobrado fácilmente en otros sentidos, pues no me faltaron proposiciones para que lo hiciera, pero siempre quise atenerme al espíritu de José Antonio. Pues yo, en realidad, serví a la Falange por José Antonio, aun dándome cuenta de la infantilidad manifiesta en algunos aspectos de la organización antes de la guerra.
«Hoy procedería, en iguales circunstancias, como procedí entonces»
Ese culto a la personalidad es imputado en otros testimonios: Agustín Aznar, Jesús Muro Sevilla, Gumersindo García Fernández, Roberto Reyes, cada uno de ellos con distinto acento, han declarado, lustros después, que los artículos encomiásticos de Manuel Hedilla aparecidos en la Prensa falangista, y alguna interviú con el jefe de la Junta de mando, engendraron recelos e insatisfacciones Es verídico que por exiguo sector se intentó situar a Hedilla en un plano de autoridad de que preceptivamente carecía, por ser únicamente miembro de una dirección colegiada. Pero al mismo tiempo, aspirábase a que fueran constituidos un Consejo Nacional y una Junta Política, que habrían sido mucho más que órganos consultivos: la Junta Política, deliberante y en cierto modo poder ejecutivo. Hedilla habría pasado a ejercer una suerte de poder moderador, presidencial, meramente.
Los intentos no obedecieron a una singular simpatía humana, y mucho menos a la apetencia de mercedes y recompensas que el jefe de la Junta no podía otorgar. Se trataba de un planteamiento realista, hecho después de la muerte de José Antonio. La Falange necesitaba un símbolo humano, de cara, sobre todo, al porvenir. Serían conquistadas las grandes ciudades y las zonas industriales; sería ineludible abordar la reforma agraria. Manuel Hedilla, obrero mecánico, infundiría menos desconfianza a las muchedumbres proletarias que otro militante de distinta clase social.
Como es lógico, hubo extravasaciones y demasías; a veces demasiada cortesanía en la tarea. Faltó común inteligencia mesurada, una coordinación nacional. Uno de los que, sin participar en el concierto, aspiraba a sumarse como espontáneo, fue Ernesto Giménez Caballero: no acertó.
También se pretendía darle a Hedilla una soltura de maneras y una abundancia de elocución de las que no daba muestras señaladas. Por temperamento, por sus orígenes campesinos —o por falta de seguridad— solía mostrarse tan rígido en el trato que se le podía imputar acentuado autoritarismo a simple vista. Sus silencios tenían apariencias irónicas. Desde enero de 1937 fue haciéndose cada vez más hermético. Parecía olvidar que era uno «inter pares». Ese hermetismo originó uno de los puntos de la acusación más graves que se le dirigirían en fecha que ya era cercana. A pesar de lo enumerado, el sector que le apoyaba, le consideró hombre cabal e incapaz, por tanto, de faltar a la línea auténtica del nacional-sindicalismo.
La tirantez manifiesta empezaba a ser perceptible en otros planos jerárquicamente inferiores del mando político de la Falange. En marzo aún era desconocida por la base de la retaguardia. De los dos sectores que sordamente polemizaban, partieron iniciativas que si de una parte acreditan que las tendencias sobre el poder directivo eran inconciliables, ninguna de ellas tenía plena confianza en sus posibilidades.
Esas iniciativas apuntaban a una tercera solución que, ciertamente, no estaba acorde con los Estatutos restablecidos, pero podía ser legitimada por una asamblea de consejeros nacionales, jefes territoriales y provinciales y una representación genuina y proporcional de los combatientes. La solución era, alternativamente, elegir para el mando a Raimundo Fernández Cuesta o a Miguel Primo de Rivera Sáenz de Heredia. Ambos se hallaban presos en el territorio de la República Popular. Miguel, bajo la condena que le infligió el tribunal de Alicante, y Fernández Cuesta, sin haber sido sometido a proceso. Había, pues, que rescatarles, por medio de canje, y la posible opción al mando dependería de la cronología de su liberación.
Manuel Hedilla trabajó para que Fernández Cuesta fuese canjeado por dos nacionalistas vascos, hermanos del ministro de Justicia de la República Popular, Manuel de Irujo, quienes se hallaban detenidos en el fuerte de San Cristóbal, de Pamplona. Las gestiones de Manuel Hedilla obtenían, a fines de marzo, la aquiescencia del secretario general del Estado, Nicolás Franco
Sancho Dávila ha revelado el origen y los pormenores de sus gestiones para canjear a Miguel Primo de Rivera: «El no llegar a acuerdos políticos trascendentales desacreditaba a la Falange, preocupaba al Cuartel General y amenazaba con que las escisiones llegaran a los frentes de combate; mientras, sin lugar a dudas, muchos enemigos se frotaban las manos ante nuestra incapacidad.
«A mi manera de ver, dos de los que, según noticias, aún conservaban la vida en la zona enemiga, podrían poner serenidad en el ambiente enardecido: Raimundo Fernández Cuesta y Miguel Primo de Rivera. Conocía las gestiones favorables que para el canje existían a favor del primero, pero me llegaron noticias de que el iniciado a favor de Miguel estaba en punto muerto. Por lógico cariño y necesidad imperiosa de su presencia, acompañado de dos íntimos nuestros, Enrique Duran y Fidel Lapetra, marchamos al frente del Ebro, para que yo me entrevistara con el Generalísimo. Me recibió al momento en su puesto de mando, un pequeño pabellón rodeado de álamos. Le expuse mis temores, y sin dilación, a través de la Cruz Roja, ofreció el canje por persona enemiga en nuestro poder. En Vitoria, su hermana Pilar, familiares e íntimos, le estrechábamos algún tiempo después en nuestros brazos; pero ya era tarde, y la tragedia derivada de la división interior se había producido.
«Recuerdo que para acentuar mi ruego a su favor, innecesariamente le hice ver a Franco que desaparecidos José Antonio y Fernando, con la lealtad de Miguel a su alta jerarquía, de la que no dudaba, atraería a él aún más la subordinación de los camaradas de Falange.
«Asomados a una pequeña terraza, en mi exaltación, señalando a Enrique y a Fidel, que se encontraban esperándome en el jardín, e ‘ dle: «De su lealtad a Vuestra Excelencia, mi General, respondemos con nuestra cabeza los tres»
Con expresiva sinceridad, el jefe nacional de la Primera Línea explica su cambio de actitud respecto de Manuel Hedilla: «Lo que voy a decir no ha de considerarse una excusa a distancia, ni mucho menos, porque asumo la responsabilidad de mis actos. En mis primeros disentimientos con Manuel Hedilla tuvo gran parte la incitación que dos o tres persons me hacían. En lenguaje llano, pero gráfico: «me calentaron la cabeza».
«Me aseguraban que Hedilla quería alzarse con la jefatura de la Falange, pues ya estaba muerto José Antonio; me hablaban de la próxima llegada, por medio de un canje, de Fernández Cuesta; de las gentes que so capa de falangistas sólo servían su propio interés…
«Realmente, lo que me decían equivalía a un fracaso mío si era cierto, puesto que yo fui el autor de la designación de Hedilla para la jefatura de la Junta de Mando. Recuerdo que en un viaje que hice desde Salamanca a una ciudad que no hay para qué mencionar, me pusieron, o acabaron de ponerme, en tensión.
«Ahora bien; ni entonces ni ahora he creído que Hedilla sea una mala persona. Tampoco he sentido duda sobre su honradez. Esto hay que descartarlo absolutamente. En 1937 opiné que Hedilla carecía de preparación para. la actividad política. Creo que a Hedilla le engañaron algunos que eran, o parecían ser, sus consejeros»
Un consejero nacional y jefe territorial de Aragón declaró: «Antes del de abril de 1937, entre algunos falangistas con mando habíase hablado de que parecía manifestarse en algunos intelectuales un culto a la personalidad de Hedilla»
La conferencia en Villarreal de Álava
La Junta de Mando no realizó, corporativamente, ninguna gestión cerca del Generalísimo para solicitar información acerca de los presuntos designios unificadores y de sus directrices. En todos los mentideros políticos y diplomáticos de Salamanca la intensidad de los ru» mores anunciando la unificación para fecha cercana, iba creciendo. Provocarían incluso la intervención de espontáneos y amigables componedores. Uno de éstos —que había colaborado con Ramiro Ledesma Ramos durante el período primitivo del Jonsismo—declara: «Con algunos amigos monárquicos a los que hablé—el marqués de Valdeiglesias, Pedro Sainz Rodríguez, Juan José Pradera—, inicié unos contactos encaminados a lograr que tanto la Falange como la organización tradicionalista se adelantasen a ofrecer espontáneamente y con generosidad su unificación a Franco, con lo que a mi juicio, la fuerza política del Movimiento hubiera
acentuado su raigambre popular» * . Pensaban —aespués de conversar con Hedilla—pedir audiencia con
Javier de Borbón-Parma, en San Juan de Luz *
Por exclusiva decisión personal, Manuel Hedilla se puso en contacto —ya empezado el mes de abril— con algunos tradicionalistas para examinar la coyuntura política. Acordaron reunirse en Villarreal de Alava, adonde acudieron el secretario de la Comunión, Lamamié de Clairac, y Arauz de Robles.
Hedilla se mostró partidario de realizar, con la mayor urgencia, la unificación voluntaria de falangistas y tradicionalistas —aunque no fuera definitiva, lo que da a entender que persistiria mientras durase la guerra—. Los representantes tradicionalistas manifestaron su conformidad de principio, haciendo resaltar que la disciplina imponía la consulta a Javier de Borbón-Parma y al jefe delegado Fal Conde. La respuesta era previsible.
(Ha afirmado Hedilla que los reunidos se mostraron de acuerdo en no aceptar cargo alguno si la unificación se hacía por decreto, aunque seguirían colaborando en el esfuerzo por la victoria del Movimiento.
Por su parte, Fal Conde testimonia: «Ya en el mes de marzo la unificación tomó cuerpo o estado entre ciertos carlistas, y por ello trabajaron Rodezno, Luis Arellano, José Martínez Berasaín y otros»).
La decisión unificadora
Poseemos una fecha concreta para establecer el hecho de la decisión unificadora adoptada por el Generalísimo: de abril de 1937. Aclara, en gran medida, el hecho histórico. Serrano Suñer en 1947 señaló que «no faltaron algunas negociaciones previas con elementos de los partidos interesados, cuyos representantes más destacados quedaron notificados de las intenciones del Cuartel General…»
Los documentos que existen en el Archivo carlista de Sevilla, muestran que el de abril el Generalísimo recibió al conde de Rodezno, quien iba acompañado por Marcelino Ulíbarri, el conde de la Florida y José Martínez Berasaín, para notificarles el designio de unificar a la Falange y a la Comunión. Creo que esa notificación y sus inmediatas repercusiones han sido consignadas —y no me excluyo— con notoria superficialidad en nutrida bibliografía.
(Franco convocó a tradicionalistas conspicuos —Rodezno, ex jefe delegado; Florida, turolense y con cargo preeminente en la dirección del Requeté, y Berasaín y Ulíbarri, navarros, con influencia en su ámbito.
Fal Conde estaba en el exilio. Navarra, en realidad, era el bastión máximo del tradicionalismo. El Regente se hallaba en San Juan de Luz. La notificación a los convocados se hizo, pues, para que la transmitieran «a qui de droit». Sin duda alguna, al Regente…).
Según los documentos del Archivo carlista de Sevilla, los personajes informados por el Generalísimo no acudieron, inmediatamente, a San Juan de Luz, donde se hallaba Javier de Borbón-Parma. Encuentro, en esa conducta, una corroboración de las divergencias que existían en los planos superiores del tradicionalismo y del falangismo. Puede equipararse al acuerdo personal de Hedilla al celebrar conversaciones con algunos tradicionalistas en Villarreal de Álava, sin dar previa ni posterior cuenta a la Junta de Mando.
Prefirieron marchar a Navarra, donde convocaron a la Junta restringida —provincial—, que no era más que una emanación de la Regencia acatada —14 abril 1937—. La Junta decidió convocar a una asamblea en que figurarían delegados de partidos judiciales, merindades, etc. Se abrió el de abril, en el Círculo Carlista de Pamplona, y a todos los asistentes —un centenar— les fue recomendada absoluta discreción. Nada debía trascender fuera del ámbito en que se movían los mandos tradicionalistas navarros.
Se manifestó en la asamblea, después de un discurso del conde de Rodezno, mayoritaria disposición al acatamiento del cercano decreto unificador. He ahí un suceso que parece inexplicable, y que desorientó en 1937 a los partidarios de la Regencia y de Fal Conde. Navarra tiene un régimen foral privilegiado, al que afirmó y consolidó el de julio de 1936. Es provincia—región, pues hay territorios navarros irredentos en Francia— españolisima: el fuerismo navarro inquietó oblicuamente a ministros de Hacienda de la Regencia, como Germán Gamazo —1894—, y a otros políticos anteriores y posteriores al castellano Gamazo. El acuerdo, tardío, pero eficaz, con el general Mola, para el Alzamiento, fue utilizado por los carlistas —el empleo de esta denominación no es un error ni un «lapsus»— para retrotraerse en ciertos aspectos a los días del Reino de Navarra, a sus Cortes, a su vasallaje a distintas Coronas, el cual comportaba —en esencia jurídica— la posibilidad de desnaturarse.
En la asamblea de Pamplona, los carlistas acordaron dar un pase foral a la Unificación—se acata, pero no se cumple, según vieja y consabida preceptiva sofística— a los designios unificadores del Generalísimo.
Estaba en su naturaleza, su educación foral y en conformidad con su pasado carlista, suponer que la Comunión navarra era, muerto Alfonso Carlos sin sucesor, la máxima autoridad política. En la asamblea de Pamplona actuaban como si se tratara de dar a modo de un pase foral a la Unificación.
Así, surgió una propuesta minoritaria para que una comisión delegada visitara al Generalísimo, solicitando que en el decreto unificador se recogieran principios básicos de la Comunión. La respuesta del conde de Rodezno, secundado por Luis Arellano, precisó los términos de la entrevista con Franco. Este les había llamado para «notificarles el decreto que proyectaba sobre el partido único». Y a jucio de Rodezno no procedía el «nombramiento de Comisión alguna que visitara al jefe del Estado, porque éste no lo ha solicitado y porque además esta Asamblea, magnífica por la calidad de sus señores asistentes, no tiene la representación oficial de la Comunión tradicionalista».
Un asesor de la Junta de guerra carlista, Juan Ángel Ortigosa, declaró que «en estos momentos, y a la altura a que han llegado las cosas, no queda a la Comunión otro camino que colaborar con S. E. el Generalísimo».
La Asamblea, sin excepción, mostró su acatamiento, y a la vez, decidió dirigir un escrito al Regente expresándole la inquietud de los tradicionalistas de Navarra ante la posibilidad de que fuera publicado «un documento que marque a la Comunión, siquiera sea en la escasa medida posible dentro de las circunstancias, una significación hostil a la constitución de la nueva entidad política social, caso de que el intento expresado por el Generalísimo llegue a requerimiento, en nombre de exigencias y necesidades del presente momento, cuya interpretación le corresponde».
El tradicionalismo navarro acataba —y serviría— la Unificación.
He inquirido de los miembros de la Junta de Mando provisional de la Falange, a lo largo de los años, si colectiva o individualmente fueron informados del cercano decreto unificador, a la manera que lo habían sido los tradicionalistas. La respuesta fue negativa. No hay motivo para dudar de su veracidad. Mas aquí juegan las fechas, la implacable cronología. La audiencia a los tradicionalistas convocados por Franco se celebró el día de abril; la asamblea de Pamplona tuvo lugar el 14; el día el mando político de la Falange se desmoronó. Es lógico suponer que el Generalísimo proyectaba convocar asimismo a los falangistas para informarles.
He llegado a la conclusión de que tanto el sector opuesto a la persistencia de Manuel Hedilla en la jefatura de la Junta de Mando como el mismo Hedilla conocían exactamente la inminencia del decreto unificador. Hay pruebas suficientes para afirmarlo. De una parte, la celebración de la asamblea en Pamplona, su orden del día y su resolución no podían mantenerse en secreto. Era imposible. La Falange contaba en Navarra con decenas de millares de afiliados —y de combatientes navarros en las centurias nacional-sindicalistas— y, por tanto, con observadores e informadores.
Manuel Hedilla estaba en San Sebastián el día de abril y salió con urgencia para Salamanca, adonde llegó el día, e hizo convocar al Consejo Nacional, en reunión extraordinaria que debería celebrarse pocos días después.
El día, por la mañana, fue destituido Hedilla por la mayoría de la Junta de Mando, la cual decidió constituir un triunvirato.
Ambos sectores —o bandos— trataban de adelantarse, de ganar posiciones, ante el hecho de la Unificación. Lo que hasta hoy desconocemos son sus móviles verídicos. Los supervivientes podrán exponerlos. Yo no lo he conseguido. Hay, sí, sendas explicaciones —que consignaré—, pero después de la investigación histórica realizada por mí en los últimos años no son convincentes.
La decisión unilateral de Hedilla
La convocatoria del Consejo Nacional no fue tramitada en reunión de la Junta de Mando. Manuel Hedilla consideró que tenía facultad para hacerla unilateralmente. Mas los Estatutos, restablecidos en su plenitud, disponían: «Artículo.—Con diez días de anterioridad, y haciendo constar en la convocatoria los temas acerca de los cuales se va a consultar, podrá el Jefe del Movimiento, oída la Junta Política, convocar al Consejo Nacional con carácter extraordinario cuando lo considere preciso». La Junta de Mando provisional sustituía, interinamente, a la Junta Política.
Un gran sigilo —extendido a los falangistas burocratizados que intervinieron en la confección material del documento— se observó en torno a la convocatoria. Lo esencial de ésta decía:
«Convocatoria del jefe de la Junta de Mando provisional para celebrar un Consejo Nacional extraordinario el día de abril de 1937, en la jefatura provincial de Falange Española de Burgos. (Adviértase cómo Hedilla rehuía la celebración en Salamanca, residencia oficial de la Junta de Mando.)
«En atención a las circunstancias en que actualmente se desenvuelve la actuación interna de Falange Española de las JONS, que evidentemente sufre aguda crisis de autoridad, disciplina y relajación de los
principios nacional-sindicalistas, originados por el carácter provisional del régimen de Junta de Mando, que está en pugna con el espíritu que informa la Falange, y con los preceptos de sus Estatutos, que establecen categóricamente la unidad de mando encarnada en una sola persona, que ha de asumir toda la responsabilidad, a la vez que toda la autoridad, y considerando que, por otra parte, han llegado a esta Jefatura constantes y reiteradas sugerencias de camaradas pertenecientes a la Junta Política y al Consejo Nacional hechas en el mismo sentido.
«He dispuesto:
«Convocar a una reunión extraordinaria del Consejo Nacional.
«El Consejo será presidido por el camarada que por orden de pre-lación tenga la cualidad que a continuación se indica:
«1.—Que formara parte de la última Junta Política por designación personal del Jefe nacional.
«2.—Que formara parte de la última Junta Política por designación del Consejo Nacional.
«3.—El camarada más antiguo de la organización que sea miembro del Consejo Nacional.
«El presidente dirigirá todas las deliberaciones del Consejo, llevará el orden de las discusiones y nombrará las Comisiones que hayan de constituirse para el estudio y redacción de ponencias. Tendrá autoridad plena durante toda la actuación del Consejo.
«La presidencia del Consejo será ocupada, inmediatamente, por el camarada en quien recaiga la designación para Jefe nacional, en sustitución de la actual Junta de Mando.
«Actuará de secretario del Consejo el consejero de menor edad; será ayudado en su función por los camaradas que designe el presidente.
«El Consejo deliberará acerca de los siguientes extremos:
«1.—Disolución de la Junta de Mando provisional.
«2. —Elección de Jefe nacional, condicionada a las dos circunstancias siguientes:
«a) El que resulte elegido lo será hasta que se reintegre a su puesto el indiscutible Jefe nacional, José Antonio Primo de Rivera.
«b) En el caso de que el secretario general del Movimiento, Raimundo Fernández Cuesta, se incorpore a su puesto antes de que lo hiciera José Antonio Primo de Rivera, el Consejo se reunirá automáticamente para resolver lo que entonces proceda.
«3.—Los consejeros con mando político traerán un informe detallado del desarrollo del Movimiento en el territorio de su mando, con arreglo al siguiente índice:
«JONS, Milicias, Segunda Línea, Flechas, Sección Femenina, Auxilio de Invierno, Prensa y Propaganda, Sanidad, Jurídico, Administración, SEU, Servicios Técnicos, Servicios diversos, Sindicato español del Magisterio, Central obrera nacional-sindicalista y Central de empresarios nacional-sindicalista.
«4.— Iniciativas y proposiciones de los consejeros.
«Salamanca, de abril de 1937.—El jefe de la Junta de Mando provisional, Manuel Hedilla. ¡Arriba España!»
A pesar del sigilo, a mediodía se conoció por el sector opuesto a Manuel Hedilla que la convocatoria sería depositada en Córreos la tarde de aquel mismo día. Los sobres llevarían, naturalmente, el matasellos con la indicada fecha, con lo que se cumplía el trámite estatutario del plazo de diez días desde la convocatoria a la celebración. Mas la lentitud del correo por causa de la guerra hacía presumible que la convocatoria no llegaría a sus destinos antes de que pasaran dos o tres fechas. Sin embargo, Manuel Hedilla por sí, y por medio del jefe de Prensa y Propaganda, había notificado la convocatoria a varios consejeros nacionales el día
Los miembros de la Junta de Mando —y el secretario de ésta, Rafael Garcerank— que se encontraban en Salamanca eran Agustín Aznar y José Moreno. Estos cursaron aviso urgente a otro vocal de la Junta, Sancho Dávila: «Fui llamado desde Salamanca a Sevilla por Agustín Aznar para que regresara urgentemente. Compartía conmigo la preocupación del momento. Era necesario tomar una decisión»
También fueron avisados para que se trasladaran a Salamanca Jesús Muro, vocal de, la Junta y jefe territorial de Aragón, y el consejero nacional Francisco Bravo, quien se hallaba en Galicia *
El triunvirato falangista
Once de la mañana. Salamanca. de abril. Calle de Toro. En una oficina cercana al domicilio de la Junta de Mando provisional —la Administración general de la Falange—, cuatro vocales de la Junta de Mando escuchaban la lectura de un documento hecha por su autor, Rafael Garcerán. Eran Agustín Aznar, Sancho Dávila, José Moreno y Jesús Muro.
«Me sentí triste al acudir a esa reunión», me ha declarado Agustín Aznar. «Yo no elaboré —añade— el recurso del triunvirato para reemplazar a Hedilla: lo acepté».
El testimonio de Jesús Muro ha aclarado otros extremos. «Fui informado de que iba a decidirse el cese de Hedilla, por causas relacionadas con el culto a la personalidad que algunos parecían fomentar.
Garcerán pretendía que yo fuera miembro del triunvirato. Me negué. Entonces se designó a Moreno. Los tres puestos se repartieron, pues, entre Aznar, Dávila y Moreno. El secretario general sería Garcerán».
Desde la Administración general los reunidos acudieron a la Junta de Mando, donde se encontraban Manuel Hedilla y otro vocal: José Sainz. En torno a la mesa de juntas fue leído a Hedilla el pliego de cargos:
«Reserva para con la Junta oficial, a la que nunca ha dado cuenta a fondo de sus gestiones, conversaciones y orientaciones políticas, de las que, en cambio, estaban enteradas personas ajenas a los mandos de la Falange. Si alguna vez ha hecho manifestaciones, ha sido «a posteriori» y coaccionado por la actitud de algunos miembros de la Junta.
«Resistencia sorda y solapada para cumplimentar los acuerdos de la Junta oficial…
«Sometimiento dócil a la Junta extraoficial, en contraste con su hosquedad y enemiga a la Junta legítima. A la primera pertenecen hombres peligrosos y advenedizos *
«Propaganda desmedida e impropia de su persona, para ponerse a una altura superior a la que corresponde, orientando su actuación a crearse partidarios personales y reclamando para esta tarea a colaboradores ociosos encargados de fabricarle artículos y discursos de todo género.
«Traición final a la Junta de Mando para verse libre de la Junta de Mando.
«El camarada jefe de la Junta ha decidido convocar un Consejo Nacional sin dar cuenta a la Junta y encargando la tarea a los hombres de la oficina, con la advertencia expresa de que fuera ocultado el hecho al secretario de la Junta.
«De este Consejo se ha excluido a nombres de prestigiosos camaradas, por suponerles adversarios a la política del jefe, y pretendiendo, en cambio, convocar a otros que supone amigos suyos, por lo que resultarían unos consejeros agradecidos, y por tanto, capaces de designarle jefe del Movimiento.
«Entre estos últimos hombres habrían de incluirse algunos encarnizados enemigos de José Antonio, y contumaces traidores en la actualidad con nuestra organización, la cual desfigura constantemente, hasta el punto de haberse tomado el acuerdo en una reunión de la Junta de Mando celebrada en este año, de prohibirle hablar en público sin conocimiento expreso de la propia Junta.
«Ineptitud manifiesta del camarada, acusada por su analfabetismo, que le obliga a caer en manos de los sicarios más insolventes y de los hombres más peligrosos, para el Movimiento, de quienes se siente prisionero.
«Por el sólo hecho de conspirar contra la Junta de Mando, fue separado un camarada de dicha Junta, quien posee dotes intelectuales muy superiores a las del camarada jefe de la Junta Política; como éste ha atacado reiteradamente a la Junta por omisión encaminada a exaltar su figura últimamente por traición descarada y fulminante, se le impone la misma sanción a quien como presidente tenía más obligación con ella que cualquier otro consejero *
«Habida cuenta de que la Junta de Mando, reunida en esta grave circunstancia, ha de velar de manera inexorable por la integridad de la Falange, hoy en peligro, debido a los manejos del camarada presidente, y depositaría como es del mando y del poder dentro del Movimiento, acuerda lo siguiente:
«a) Destituir al presidente de la Junta Política del cargo de jefe de esta Junta, y asimismo de la Jefatura territorial de Burgos, que queda disuelta, pasando a depender las provinciales a aquélla pertenecientes, al mando central.
«b) Designar un triunvirato que desde este momento asuma las funciones que los Estatutos confieren al Jefe nacional del Movimiento. Este triunvirato estará compuesto por los camaradas suscritos, y a los efectos del artículo de los Estatutos, y a todos los reglamentarios, tomará sus acuerdos por mayoría de votos.
«c) Ratificar al camarada José Moreno su cargo de Administrador de la Falange, por el celo, pulcritud y sacrificio puestos en el desempeño de tan delicada misión.
«d) El triunvirato queda comprometido a convocar Consejo Nacional dentro de un término de cincuenta días, a cuyo fin procederá a hacer la designación de los jefes de servicios que deben existir estatutariamente.
«A reservar diez cargos de consejeros en atención a los camaradas que aún están fuera de la zona liberada; a designar a los que con arreglo a los Estatutos corresponde a la jefatura del Movimiento; a convocar a las elecciones de consejeros por grupos de provincia que a» y a designar seis miembros de la Junta Política, que será completada en la primera reunión del Consejo
«Y para la restauración de todos los órganos estatutarios del Movimiento nombra secretario al camarada Rafael Garcerán, que lo es ya de esta Junta de Mando, y como tal, queda encargado de custodiar la presente acta y todos los documentos de la Junta de Mando, que desde este momento queda autodisuelta por haber cumplido la misión provisional que le fue conferida por el Consejo Nacional, quien en su primera reunión subvendrá con arreglo a los Estatutos, a los problemas planteados por la ausencia de nuestro glorioso Jefe Nacional, José Antonio Primo de Rivera.»
Negó Hedilla autoridad a sus correligionarios para deponerle, disolver la Junta y constituir el triunvirato. La tesis de Manuel Hedilla, compartida por José Sainz, apelaba al Consejo Nacional. La mayoría de los vocales reiteró que la convocatoria sería hecha por el triunvirato.
La discusión era baldía. El testimonio de varios actores concuerda en que no se produjo ninguna violencia de palabra ni de gesto. Hedilla se marchó del domicilio de la Junta, para dirigirse al Cuartel General del Generalísimo. Allí tuvo una entrevista con el teniente coronel de Estado Mayor Antonio Barroso y Sánchez-Guerra, informándole con minuciosidad, para que lo transmitiese al jefe del Estado.
LAS HORAS INCIERTAS
Es necesario examinar la correlación de las fuerzas de que en Salamanca disponían el triunvirato y Manuel Hedilla. La convocatoria dirigida por éste a los consejeros señalaba a Burgos como ámbito del Consejo. Hedilla era jefe territorial de Burgos, Soria, Guadalajara y Santander, y en la primera de esas provincias puede asegurarse que la Falange le era adicta.
En Salamanca, la organización, mandada por Ramón Laporta, no tenía, colectivamente, gran sensibilidad política. La Primera Línea había acudido a los frentes. A éstos concurriría pronto un nuevo contingente de la Milicia salmantina, por lo que el cuartel, instalado en la antigua residencia de los jesuítas, estaba completo. En él se alojaba, asimismo, la primera centuria de Madrid, muy fiel a Agustín Aznar.
En el supuesto de que Hedilla pretendiese imponer la autoridad que le negaba el triunvirato, habría tenido que recurrir a la Falange de Salamanca. El primer movimiento de Manuel Hedilla fue convocar al jefe provincial y al de Milicias, Manuel Gil Remírez, para informarles de lo ocurrido aquella mañana y ordenarles que ocuparan el domicilio de la Junta de Mando.
El jefe provincial se ofreció a ir, él solo, a la Junta de Mando, para conferenciar con el triunvirato, mientras Gil Remírez, en el cuartel, prohibiría la salida de la Primera Línea salmantina y de la centuria de Madrid.
«Acudí al domicilio de la Junta de Mando, donde me recibió José Moreno. Le supliqué que lo ocurrido por la mañana se solucionara dignamente, sin que hubiera márgenes para la lucha violenta entre los partidarios del triunvirato y quienes seguían fieles al jefe de la Junta de Mando provisional. Moreno me contestó:
«—¡TÚú eres un espía de Hedilla! No te ocupes de este asunto. Lo que debes hacer es ir al cuartel y procurar que esté arreglado y limpio»,
La entrevista de Manuel Hedilla y Laporta se había celebrado a primera hora de la tarde. El jefe salmantino no volvió a visitar a Hedilla hasta la medianoche. En ese interregno decidió primero permanecer neutral; luego, ponerse a las órdenes del Cuartel General del Generalísimo.
Hedilla y los escasos falangistas que con él se hallaban presumieron la actitud del jefe provincial salmantino, lo que determinó la apelación o llamada a Burgos y el traslado a la ciudad salmantina de un núcleo de toledanos y de jefes de centuria recién nombrados.
En tanto, el triunvirato suscribía la siguiente nota, destinada a la Prensa y a la Radio: «La ausencia de nuestro Jefe nacional, José Antonio Primo de Rivera, y de otros prestigiosos camaradas, determinó la constitución de una Junta de Mando, que asumió provisionalmente la máxima jerarquía de nuestro Movimiento, bajo la presidencia del camarada Hedilla. Esta Junta, en el uso de sus facultades, ha decididoen el día de hoy transferir el mando a tres de sus miembros, de acuerdo con las prescripciones estatutarias de Falange Española.
«Para lograr el total funcionamiento de los órganos que integran el Movimiento, será rápidamente convocado el Consejo Nacional, que, con plenos poderes, designará los mandos y cargos de Falange con arreglo a sus estatutos.
«Al dar cuenta a nuestros camaradas de este acuerdo, les aseguramos que nuestra actividad se encaminará a prestar a los hombres de Primera Línea los desvelos y atenciones que merece su actuación, y al saludar a todos los camaradas recordamos la necesidad de mantener íntegramente nuestras consignas. Dedicamos un efusivo recuerdo a los camaradas del SEU, a los que cabe la gloria de haber dado el primer muerto por la Falange.
«Con los respetos debidos a su alta jerarquía, consignamos, por último, un saludo a S. E. el Jefe del Estado español.
«Salamanca, de abril de 1937. Agustín Aznar, Sancho Dávila, José Moreno. ¡Arriba España!»
Vicente Cadenas, como jefe de Prensa y Propaganda, recibió la nota, en propia mano, de José Moreno, para que la transmitiera con rapidez. No lo hizo. Acudió al domicilio particular de Hedilla, y después, acompañado por José Sainz, acudió de nuevo al domicilio de la extinta Junta de Mando.
Intentaron convencer al triunvirato para que accediese a esperar la celebración del Consejo Nacional convocado por Hedilla. La respuesta fue negativa.
Esa gestión de Cadenas inspiró desconfianza al triunvirato, que decidió enviar por sí mismo la nota a la Prensa salmantina y a la radio, y cursarla telegráficamente a las provincias.
Se le encomendó el envío telegráfico al oficial mayor de la secretaría de la Junta, Mariano García Gutiérrez. Este acudió al domicilio de Hedilla para informarle.
Por iniciativa de uno de los falangistas reunidos con Manuel Hedilla se decidió intentar el bloqueo telegráfico, postal, periodístico y radiofónico del triunvirato. La operación resultaría fructuosa. Los telegramas quedaron «congelados» en el Centro de Salamanca; las cartas no llegaron a su destino; los diarios salmantinos tampoco insertaron la nota, y finalmente, la radio no la transmitió.
El triunvirato, apenas se constituyó, había solicitado audiencia del Generalísimo, quien les recibió a las cuatro y media de la tarde. Franco escuchó el relato de lo ocurrido por la mañana y los triunviros le expresaron su total adhesión y ánimo de servicio a la guerra.
Las apelaciones hechas por Manuel Hedilla determinaron la llegada a Salamanca, desde Burgos, del jefe provincial de Santander, Eduardo González Camino; el jefe de Milicias de la misma provincia, José María Alonso Goya; algún otro falangista santanderino y el inspector nacional de Sanidad de la organización, el doctor Tomás Rodríguez López, húrgales. De Toledo, por obra de José Sainz, llegó un corto número de militantes.
He consignado ya que en las cercanías de Salamanca —en Pedro Lien— existía una academia para jefes de centuria. Acababa de salir una promoción, que aún permanecía en la academia, esperando destino.
Uno de los nuevos jefes, el catalán Pedro Pere Parera, conoció casualmente, a través de una conversación con el falangista turolense Martín Almagro Bosch, lo ocurrido aquel día. Almagro le sugirió que él y otros camaradas montasen guardia en el domicilio de Hedilla, A éste asintió. Pere Parera fue a Pedro
En esa hora, los servicios informativos y de vigilancia del Estado —con los que cooperaban otros de la Jefatura provincial salmantina— habían sido desplegados totalmente. Conocían, pues, los movimientos de unos y de otros. «A las diez de la noche —declaró el jefe salmantino— me convocó al Gobierno Militar el coronel de Estado Mayor, por orden del general García Alvarez. Me dijo, en resumen, que se preparaba un golpe por ambos mandos falangistas, que se tenía noticia de movimientos en la academia de Pedro Lien…
«Mi contestación fue que indicara al general que estuviera tranquilo, toda vez que los seiscientos falangistas alojados en el cuartel para marchar al frente estaban bajo mi control y a sus órdenes, para evitar cualquier alteración»
A la misma hora, en una de las conversaciones telefónicas que mantuvo durante la jornada Manuel Hedilla con el teniente coronel Barroso, éste le invitó, en nombre de Franco, a pasar la noche en el Cuartel General. Lo agradeció Hedilla, pero estimaba que su vida no corría peligro.
José María Alonso Goya había sido compañero de Sancho Dávila en la cárcel madrileña y luego en la Embajada de Cuba en Madrid, donde encontraron refugio hasta su evacuación de la zona frentepopulista.
Creía el jefe provincial de Milicias de Santander que esa amistad le permitiría persuadir a Dávila para que hubiese una tregua política hasta la reunión del Consejo Nacional, de nuevo convocado —y urgentemente— por Hedilla. En principio, Alonso Goya pretendía ir solo al hospedaje de Dávila —calle de Pérez Pujol,, junto a la Plaza Mayor—. El jefe territorial de Andalucía tenía numerosa escolta. Los reunidos con Hedilla opinaron que podía ser expuesta la visita, en solitario, proyectada por Alonso Goya. Y entonces surgió una nueva apelación a la academia de Pedro Lien. Entre los nuevos jefes de centuria había varios montañeses. Alonso Goya marchó a buscarles. Eran Daniel López Puertas, Aurelio Gutiérrez Llano, Santiago Carral y Fernando Ruiz de la Prada, a los que se unió otro montañés, Alfonso Corpas Iturriaga.
Hay dos testimonios acerca de la conversación que Alonso Goya sostuvo con sus camaradas.
«—Vais a venir conmigo a Salamanca. Hay una conjura para asesinar a Hedilla y quizá a Franco» El segundo amplía la anterior referencia:
«—Por lo que oímos a Goya, el jefe había tomado la decisión de entrevistarse con Sancho Dávila, al que se consideraba uno de los principales fautores del triunvirato»
La tragedia
En 1947, tres falangistas que se hallaban en el domicilio de Hedilla la noche del al de abril, dirigieron sendas cartas a su antiguo jefe, testimoniando que éste dio órdenes precisas a Goya para que evitase violencias. Los testimoniadores eran Víctor de la Serna, Tomás Rodríguez López y Luis Ortiz. Sus cartas se publicaron en un folleto, sin pie de imprenta ni año, titulado «Cartas cruzadas entre D. Manuel Hedilla Larrey y D. Ramón Serrano Suñer, con motivo de la publicación del libro «Entre Hendaya y Gibraltar», del señor Serrano Suñer».
El jefe de la Primera Línea montañesa —sigo esos testimonios— acudía a visitar a Dávila para hallar una fórmula de concordia o de tregua y proponerle una entrevista con Manuel Hedilla.
Sancho Dávila ha dado, en 1967, su versión de la tragedia, y la que recojo integramente.
«Cuarenta y ocho horas antes del decreto [de Unificación], dos magníficos camaradas encontraron la muerte en mi dormitorio de la pensión de la calle Pérez Pujol,, en un doloroso hecho.
«Resulta difícil transcribir lo sucedido en aquellas trágicas jornadas.
«Escribo —bien lo sabe Dios— con el corazón transido de dolor recordando a los que murieron, a los que fueron arrastrados en el torbellino del momento. Desgracia es, en la mayoría de los casos, que la Historia se escriba con sangre.
«… Aquella misma noche, cuando descansaba en la pensión después de una jornada muy intensa y emotiva, llamaron a la puerta unos hombres armados. Dos de ellos subieron y se introdujeron por sorpresa en mi habitación. Al encenderse la luz les reconocí. Antes que yo pudiese reaccionar, me habían arrebatado la pistola que tenía sobre la mesilla de noche y me exigían que les acompañara ante Manuel Hedilla. Les reproché su conducta, haciéndoles ver en qué forma destemplada estaban actuando y los riesgos a que se exponían. Me contestaron:
«—Cumplimos órdenes.
«A lo que yo repliqué:
«—Hay órdenes que no deben cumplirse.
«Cuando estaba vistiéndome, dos hombres de mi confianza y muy apreciados por mí, fueron alertados por la sirvienta de la pensión. Su primera reacción fue ahuyentar a los que se habían quedado abajo, esperando en el zaguán, arrojándoles una granada de mano. Ellos, en respuesta, hicieron fuego.
«Mientras tanto, yo luchaba para desarmar a los que se encontraban conmigo. De pronto, se abrió la puerta violentamente, y el mismo que había arrojado la granada apareció pistola en mano. Al ver que yo luchaba con dos hombres armados y me encontraba en grave peligro, disparó y ocasionó la muerte instantánea de uno de ellos, en tanto que el otro se volvía y hacía fuego contra él, hiriéndole gravemente y falleciendo a las pocas horas.
«La llegada providencial de unos guardias civiles y agentes de la autoridad terminó con el suceso sangriento, haciéndose cargo del herido y conduciéndonos a la prisión provincial» **
Las víctimas fueron Alonso Goya, de la Falange de Santander, y Manuel Peral, de la territorial de Andalucía.
La versión de los falangistas que participaron con Alonso Goya en el luctuoso episodio, difiere en los pormenores *”. La resumo con la debida objetividad, entrecomillándola:
«Al salir del domicilio de Manuel Hedilla, Goya—siempre se le llamaba por el segundo apellido— entregó varias bombas Lafitte a Ruiz de la Prada, para que las preparara. Cada uno de los hombres recibió dos bombas.
«—Es una medida de precaución —señaló el jefe de Milicias—. Esta noche no debemos andar inermes.
«El portal de la pensión fue abierto por el sereno. Ruiz de la Prada y Carral se situaron en el descansillo de la escalera.
«Los cuatro restantes, llamaron al piso y entraron sin violencia al serles franqueada la entrada. En el dormitorio de Dávila penetraron Goya y López Puertas. Gutiérrez Llano y Corpas quedaron en el corredor, junto a una habitación donde se hallaban acostados dos falangistas de la escolta del jefe de Andalucía.
«López Puertas testimonió que en el dormitorio de Dávila había dos camas. En ellas estaban acostados Dávila y su escolta Manuel Peral. Goya pidió a Dávila que se entrevistara con Hedilla, en el lugar que prefiriese, asegurándole que no se pretendía cometer ninguna violencia.
«La contestación fue negativa, y aún excitó Dávila a su visitante para que se incorporara a la disciplina del triunvirato.
«De pronto, se oyó una explosión producida en el interior de la casa. Goya se lanzó a la puerta, y apenas se hubo vuelto de espaldas, Peral le disparó un tiro en la nuca, que le produjo la muerte instantánea. López Puertas sacó su pistola y disparó contra Peral, hiriéndole de gravedad. El arma del montañés se encasquilló, y Dávila se lanzó sobre él. Ambos estaban luchando, cuando penetró en el dormitorio otro de los miembros de la escolta del jefe andaluz. Pudo desasirse López Puertas, y mantuvo a raya a los dos, con la amenaza de una bomba de mano.
«La explosión fue producida por otra bomba, lanzada por un falangista de la escolta de Dávila: uno de los que estaban acostados en la habitación junto a la cual hacían guardia Gutiérrez Llano y Corpas. Había salido con el pretexto de ir al cuarto de baño. En vez de entrar en éste, penetró en un cuarto contiguo, y desde allí lanzó la bomba, que no hirió a los montañeses, porque éstos se arrojaron al suelo.
«Estos hicieron entrar a los dos escoltas en el dormitorio de Dávila. Se le veía a Manuel Peral sangrando en abundancia y escurriéndose lentamente. En el suelo, Goya, exánime; el tiro le había entrado por el occipucio y salido por el ojo derecho.
«López Puertas ordenó a algunos de sus camaradas que cumplieran otro servicio: la detención de Rafael Garcerán. El y otros dos quedarían en la casa, custodiando a los falangistas andaluces.
«Llegó la policía, y Aureliano Gutiérrez, uno de los que permanecieron en la pensión, logró escabullirse.»
Efectivamente, los falangistas montañeses, a los que se unió Martín Almagro Bosch, se dirigieron a la avenida de Mirat, donde vivía Garcerán, en una casa requisada. Mas sobre la orden de detención del que
era secretario del triunvirato, no testimoniaron los falangistas que se hallaban en el domicilio de Hedilla.
Garcerán apareció en una ventana de su domicilio, y al oír que Manuel Hedilla quería verle, empezó a disparar. Los falangistas respondieron. Acudió la guardia civil. Ruiz de la Prada expuso que cumplía órdenes para el arresto de Garcerán. Según su testimonio, el jefe de los guardias repuso:
—Pues mande retirar a la gente, que nosotros tenemos la misma orden. Y que sus caramadas vayan a la Comisaría. Usted no, porque es alférez.
Ruiz de la Prada acompañó a sus camaradas hasta la Comisaría, y desde allí se encaminó a Pérez Pujol,. Manuel Peral había sido trasladado al hospital. El cadáver de Goya seguía tendido en el suelo.
Para entonces, estaba actuando un juez instructor que había acudido a la pensión, y que ordenó la detención de Ruiz de la Prada. En el cuartel de la Guardia Civil se encontraban ya detenidos Dávila y los suyos; los falangistas montañeses —menos Aureliano Gutiérrez, que consiguió desaparecer, incorporándose al frente del Norte—, los jefes de centuria catalanes y Rafael Garcerán.
La rapidez con que se presentó la guardia civil ante el domicilio de Garcerán, y la presencia del juez instructor en Pérez Pujol,, era obra de las disposiciones preventivas adoptadas desde el Cuartel General del Generalísimo. Antes de la tragedia —con antelación de varios días— los servicios informativos del Cuartel General tenían» motivos para vaticinar la posibilidad de que imperase la violencia entre los dos sectores falangistas.
«El Generalísimo —nos ha testimoniado Serrano Suñer— fue informado de la mortal agresión contra Goya y de las restantes peripecias ocurridas en el domicilio de Sancho Dávila apenas ocurrieron. Habíase retirado a descansar antes de la media noche. Yo seguía trabajando. Poco después, un capitán de la guardia civil, Cano, me dio la noticia de lo que acababa de ocurrir.
«Llamé a la puerta de la alcoba de Franco, comunicándole que había empezado lo que desde hacía horas se presagiaba y se temía.
«El Generalísimo salió de su habitación, Cano le informó directamente, y aquél cursó varias órdenes urgentes.»
Una de éstas, la designación del comandante de la guardia civil, Rodrigo Zaragoza, como juez instructor, y otra, la de redoblar la vigilancia en lugares ya determinados de la ciudad.
En el cuartel de la Primera Línea salmantina no se produjo ningún movimiento. Los testimonios de Agustín Aznar y del subjefe, Gumersindo García Fernández, aseveran que se retiraron a descansar a primera hora de la noche. «Aquellas horas —ha manifestado García Fernández— me parecían críticas, y recuerdo perfectamente que coloqué fusiles Schmeisser debajo de las camas de Agustín Aznar, Heliodoro Fernández Cánepa, delegado del SEU, y de la mía».
Aznar y García Fernández testimonian que conocieron lo ocurrido aquella madrugada por la visita —ocho de la mañana— de Francisco Bravo. Este había acudido al cuartel de Milicias, por indicación de Manuel Hedilla. Es un movimiento que ha explicado Aznar. A primera hora de la mañana del día, Hedilla volvió al domicilio de la Junta de Mando, acompañado por los suyos: los hombres de su escolta y los falangistas que habían permanecido con él desde que comenzó la crisis. La visita de Bravo tenía, pues, un designio de conciliación, porque Hedilla consideraba cerrado el brevísimo ciclo del triunvirato. «No reconocí —manifiesta Aznar— la autoridad de Hedilla, y le comuniqué al camarada Bravo que si en el plazo de dos horas no quedaba desalojada la Junta de Mando, iría a asaltarla con mi gente.
«Volvieron con nuevos requerimientos, y para que no hubiera un día de luto de la Falange y de España, evité el asalto a la Junta de Mando, poniendo como condición un armisticio que duraría hasta que se reuniera el Consejo Nacional, en el que se aclararía la actuación de unos y de otros.
«Me indujo a ese armisticio el hecho de que Sancho Dávila estaba detenido y el triunvirato había fracasado.»
La respuesta de Aznar aceleró aún más la urgencia del Consejo. Por telégrafo y teléfono se reiteró a los consejeros nacionales ausentes de Salamanca que se trasladaran a ésta con máxima rapidez
En el sumario, ya iniciado, los detenidos aquella madrugada tenían sobre sí graves acusaciones: asesinato, incitación al desorden público, agresiones… Estaban sometidos, absolutamente, al código de justicia militar, en tiempo de guerra.
EL CONSEJO INDISPENSABLE Y ESTÉRIL
A la quiebra de la homogeneidad política había seguido la ruptura aciaga de los vínculos de la hermandad. El único español que podría haber ordenado una depuración profunda del Movimiento hubiera sido José Antonio Primo de Rivera. Nadie podía reemplazarle, aun en el supuesto de que el Consejo eligiera por abrumadora mayoría a un jefe nacional. Hacía meses que el Consejo había dejado de ser representativo. Pudo serlo, de haber incorporado a legítimas representaciones de los combatientes falangistas y de las JONS constituidas en la zona franquista.
Mas era indispensable reunirlo. Iba a celebrarse bajo el augurio de que sería la última asamblea de Falange Española de las JONS. El relativo secreto de la audiencia de los tradicionalistas con el Generalísimo había cesado: ya era del dominio público. La muerte de Goya y de Peral representaba infinitamente más que un choque lamentable siempre, pero que con otra motivación y desarrollo, habría sido anecdótico. El frente —los frentes— constituían un enigma para todos. La moral militar era excelente hasta entonces. Mas, ¿qué grado de acatamiento dispensarían los voluntarios a un nuevo jefe nacional? Había que sentir temores del provincialismo, siempre latente en los españoles, sobremanera si éstos tienen precaria educación política. El Sur parecía adicto a Sancho Dávila; en el Norte se marcaban preferencias por Hedilla; algunas provincias se mantenían indecisas… Mas no llegaría la ocasión de poner a prueba las afinidades y las aversiones.
El Consejo reunido era menos de la mitad que el elegido por las JONS y por designación directa de José Antonio. No acudió un consejero: Sancho Dávila. Manuel Hedilla parece que había gestionado su presencia, pero el juez instructor del sumario la denegó.
Asistieron José Sainz, Agustín Aznar, Jesús Muro, José Andino, Martín Ruiz Arenado, Celso García Tuñón, José Andino Núñez, Jesús Suevos, Francisco Rodríguez Acosta, Fernando Meleiro, Francisco Bravo Martínez, Manuel Yllera, Vicente Gaceo, Ricardo Nieto Serrano, Juan Francisco Yela, Miguel Merino Ezquerro, José Luna Meléndez, Joaquín Miranda, José Moreno y Manuel Hedilla Larrey. Presidía José Sainz, por su categoría de miembro de la Junta Política designada en 1935.
El primer punto del orden del día trataba de la admisión, como miembros deliberantes y con sufragio, de tres jefes de servicios: Vicente Cadenas, Roberto Reyes Morales y Heliodoro Fernández Cánepa. Nadie se refirió a Pilar Primo de Rivera, jefe de servicio tan importante como era la Sección Femenina. Se reiteraba la omisión cometida en noviembre de 1936.
Fue aceptada la admisión, agregándose un voto de censura a la Junta de Mando, por no haber incorporado con anterioridad al jefe de Prensa y Propaganda, quien no tenía nombramiento alguno de José Antonio. Cadenas ni siquiera había participado en el Alzamiento. Veraneaba en Fuenterrabía el mes de julio de 1936. Otro voto de censura a la Junta fue acordado, por unanimidad: «La Junta de Mando provisional merece un voto de censura por haber incorporado a Rafael Garcerán Sánchez».
El texto taquigráfico de las sesiones parece que se ha perdido. Se dispone, actualmente, de los testimonios verbales de consejeros, del documento leído por Manuel Hedilla y del resultado de las votaciones.
Manuel Hedilla leyó el pliego de cargos contra él suscrito por el triunvirato el de abril, y a seguido, su propia defensa. Era interesante lo que afirmaba con relación a sus escritos y discursos: «Ni una sola de las ideas por mí vertidas en artículos o discursos, deja de ser mía. ¿Que he requerido a camaradas cuya preparación o cuya cultura nacional-sindicalista me eran necesarias?
«¡Naturalmente! ¿Es que iba a ser tan necio que me creyera capaz de entregar a la historia de la Falange documentos definitivos sin requerir las luces de la inteligencia de otros camaradas? La Junta de Mando ha conocido, por otra parte, antes de lanzarlos, mis discursos y hasta ha colaborado en ellos con adiciones y supresiones que yo he aceptado. Cien veces que tuviera que pronunciar nuevos discursos, cien veces los sometería a la consideración de mentalidades que yo considero puras y leales a España y al nacional-sindicalismo».
Según Hedilla, los propósitos de sus antagonistas eran:
«Primero.—Mi destitución y nombramiento del triunvirato, con traslado a la territorial de Sevilla de los mandos de la Falange».
«Segundo.—Mi asesinato y el de otros cuarenta y siete camaradas más, que debía haberse perpetrado en la mañana de ayer, para lo cual tenía órdenes la llamada centuria de Madrid».
«Tercero.—El nombramiento de jefes de servicios para aumentar los votos del Consejo con gente adicta a la sublevación».
La lectura aumentó la perplejidad de una asamblea nativamente perpleja. Se advertiría, en el curso de las deliberaciones y de las votaciones, una general resistencia a pronunciarse por uno cualquiera de los sectores polémicos. Estimo que la mayoría de los consejeros consideraban indispensable —y en sí misma, dramática— la asamblea. Ciertamente, tenían razón. La Falange no podía omitirla, aunque los consejeros Carecieran de la firme representatividad que habían poseído otrora. Aunque se tratase de un cuerpo limitado, en el qua las ausencias irremediables fueran mucho más numerosas que las presencias, el Consejo era necesario. La Falange no podía desaparecer sin dar un último testimonio.
Pretendía Manuel Hedilla ausentarse de la sala de juntas, mas lo impidieron José Sainz, presidente, y otros. Por fin, José Moreno, miembro del triunvirato, tomó la palabra para protestar de las afirmaciones hechas por el ex jefe de la Junta de Mando.
Y surgió el «coup de théatre», a cargo de Hedilla. Anunció que tenía motivos para creer que el Generalísimo se disponía a asumir el mando de la Falange. No indicó la fuente de sus informaciones. Las manifestaciones de Hedilla son uno de tantos problemas que no he podido resolver, dado el hermetismo del personaje. A él hubiera incumbido, en todo caso, demostrar la procedencia de los motivos que le llevaron a reunirse, días antes, con un sector del tradicionalismo en Villarreal de Álava, y a sostener ante el Consejo el anuncio de que el Generalísimo asumiría el mando de la organización nacional-sindicalista.
Llegaba el arduo punto del orden del día para elegir Jefe nacional. Probaría las profundas divergencias del restringido Consejo. José Sainz y Vicente Cadenas, explicaron su voto. Lo concedían a Manuel Hedilla, para que ocupara la jefatura hasta el rescate de Raimundo Fernández Cuesta. Ambos
consejeros habían sostenido a Hedilla en la crisis.
El resultado del escrutinio arrojó:
Manuel Hedilla, votos.
En blanco, votos. José Sainz, Miguel Merino, Martín Ruiz Arenado, Jesús Muro: voto cada
uno.
Cifra del escrutinio: votos.
Los sufragios negativos para Hedilla sumaban, por tanto votos, y dos de los obtenidos por el ex jefe de la Junta de Mando eran condicionales. Moralmente, el «quorum» era impugnable. Debió de repetirse la votación.
Después de la sesión, el nuevo jefe nacional debía cumplir un acuerdo del Consejo, reflejado en nota que se publicó en los periódicos y fue radiada: «Reunido el Consejo nacional de Falange Española de las
JONS con asistencia de los consejeros…, acordó nombrar jefe nacional, con todas las atribuciones que según los Estatutos le corresponden por tal cargo, al camarada Manuel Hedilla Larrey.
«El Consejo nacional concedió amplias facultades y total confianza al nuevo jefe nacional.
«Terminado el acto se trasladó el señor Hedilla, acompañado de dos jefes más, al Cuartel General, donde escuchó el discurso de S. E. el Jefe del Estado y después de felicitarle, se puso, con la Falange, incondicionalmente a su disposición.»
Los acompañantes de Manuel Hedilla fueron Martín Ruiz Arenado y Roberto Reyes Morales. Incondicionalmente
En la segunda sesión del Consejo —Junes, de abril—los primeros debates versaron la depuración de responsabilidades. El juez instructor sería Martín Ruiz Arenado —montañés, ex jefe provincial de
Santander y uno de los fundadores de la Falange andaluza—, asistido por dos abogados, Ricardo Nieto y Roberto Reyes.
A seguido, el Consejo eligió a cuatro miembros de la Junta política. Otros cuatro serían designados por el nuevo jefe nacional.
La elección resultó significativa. Figuraba a la cabeza Ruiz Arenado, amigo fraternal de Sancho Dávila.
He aquí los votos alcanzados por los cuatro elegidos:
Ruiz Arenado,.
José Sainz,.
Miguel Merino,.
Roberto Reyes,.
Manuel Hedilla hizo diversos nombramientos de consejeros nacionales, entre los que figuraban Pilar Primo de Rivera y el coronel Juan Yagúe Blanco.
El decreto de Unificación
Habían terminado las sesiones del Consejo nacional. Era el de abril, ocho de la noche. Un correo del Cuartel General del Generalísimo entregó a Manuel Hedilla—en su domicilio particular—un sobre voluminoso. Contenía el texto del discurso y del decreto que daría a conocer, aquella misma noche, por Radio Nacional, el Jefe del Estado: la Unificación.
La nueva entidad política se llamaría «de momento» —expresaba el decreto—Falange Española Tradicionalista y de las JONS, porque era el resultado de la integración de Falange Española de las JONS y del Requeté o Comunión Tradicionalista.
«A mí me correspondió —declara Serrano Suñer— la tarea de redactar el decreto. Los generales Queipo de Llano y Mola, como las dos figuras más significadas, fueron convocados, antes de supromulgación, a fin de que expresaran su juicio y conformidad.
«… También se incluyó en la Unificación, aunque por disposición especial, sin haber sido citados expresamente en el decreto, a los grupos de Acción española y de Renovación española. Se pensó que podían ser buen fundente de las dos alas unificadas. Muchas de las personalidades de estos grupos. aceptaron con entusiasmo, y colaboraron en puestos importantes».
Horas después de la promulgación del decreto, el Generalísimo concedía audiencia solicitada a Manuel Hedilla y a los vocales de la nueva Junta política. La nota emitida por Radio Nacional y publicada en la Prensa informando de la audiencia la redactó un falangista colaborador de José Antonio, y fue aprobada, antes de darse a la publicidad, por Hedilla y sus compañeros de la Junta Política. Decía así:
«Con motivo del trascendental decreto publicado por el mando supremo, el jefe nacional de Falange Española de las JONS, camarada Manuel Hedilla, acompañado de los miembros de la Junta Política, Merino, Sainz, Reyes y Ruiz Arenado, visitó ayer a S. E. el Generalísimo Franco.
«El Jefe del Estado expuso a sus visitantes cuanto espera de la nueva organización por él dispuesta, en servicio exacto del nuevo Estado español, al que quedan incorporadas, sustantivamente, las normas de Falange.
«Asimismo, recabó la firme colaboración de los nacional-sindicalistas, discípulos del glorioso Ausente, para organizar a España en un régimen de justicia y de grandeza nacional.
«Su Excelencia, al reiterar su fe en los principios básicos de la Falange, anunció una etapa de intensa actividad en la edificación del Estado, a la cual deben estar prestos los nacional-sindicalistas que tan gloriosa y espléndida aportación guerrera han dado y dan al Movimiento liberador».
Esa nota —pieza histórica— había sido sometida, naturalmente, a la censura militar, muy alerta siempre, y singularmente aquellos días.
Uno de los asistentes a la audiencia declara: «Era sorprendente la amabilidad cordial con que Franco nos recibió y habló. Llegó el Generalísimo a emocionarse al hablar de José Antonio.
«Nosotros deseábamos saber cuál sería la proporcionalidad en la nueva organización; si los puntos y el estilo serían respetados y si contaría la importancia numérica.
«Sacamos aquel día la impresión de que todo lo enumerado sería atendido satisfactoriamente».
En el transcurso de tres jornadas, la clara decisión de acatamiento y promesa de servicio, expresadas por Manuel Hedilla en sus dos entrevistas con el Generalísimo—18 y de abril—, y hechas públicas en sendas notas aprobadas por el mismo Hedilla, variaron radicalmente. y originarían una cadena de procesamientos, por el fuero militar.
Esos procesamientos serían consecutivos al que se instruía por la muerte de Alonso Goya y de Peral. El juez instructor había dejado en libertad, después de seis días de prisión, a los jefes de centuria catalanes que hicieron guardia, la noche del al, en el domicilio de Manuel Hedilla. Quedaban, pues, sujetos al procedimiento sumarísimo los montañeses que estuvieron a las órdenes de Goya, Sancho Dávila y, Rafael Garcerán.
Mas el día de abril, el juez ordenó la detención de Agustín Aznar y su ingreso en el cuartel salmantino de la Guardia Civil.
Simultáneamente, el jefe provincial de Salamanca recibió orden de incautarse de toda la documentación de la Junta de Mando y de la Comunión Tradicionalista. Lo hizo ante notario, y la entregó en el Cuartel General.
El decreto número, firmado por el Generalísimo, con fecha de abril de 1937, disponía:
«En cumplimiento de lo prevenido en el artículo.” de mi decreto número, y a los efectos que en él se expresan, procede nombrar la mitad de miembros del Secretariado o Junta Política de la FET y de las JONS, y en su virtud dispongo:
«Artículo único.—Son miembros del Secretariado político de FET y de las JONS don Manuel Hedilla Larrey, don Tomás Domínguez Arévalo, don Darío Gazapo Valdés, don Tomás Dolz de Espejo, don Joaquín
Miranda, don Luis Arellano Dininx, don Ernesto Giménez Caballero, don José María Mazón, don Pedro González Bueno y don Ladislao López Bassa.
«Dado en Salamanca a de abril de 1937.»
Había dos falangistas antiguos: Hedilla y Miranda. Otro, que había sido reincorporado a la Falange hacía pocos meses, Giménez Caballero; dos neofalangistas, González Bueno y López Bassa, éste capitán de Ingenieros.
Gazapo Valdés era un teniente coronel de Estado Mayor—jefe de operaciones en el frente aragonés— del Ejército de África, y afiliado a la Falange meses antes de la guerra.
Como tradicionalistas aparecían el conde de Rodezno —Domínguez Arévalo—, el conde de la Florida—Dolz de Espejo—, Arellano y Mazón.
Manuel Hedilla realizó varias visitas desde que tuvo noticia de su nombramiento. De una tenemos conocimiento testimonial claro: la hecha a Agustín Aznar, detenido en el cuartel de la Guardia Civil. El que ya era ex jefe nacional de Milicias—el primer acto de Hedilla al ser a su vez elevado a la jefatura de la organización fue «aceptarle una dimisión” que no había sido presentada; Aznar no parecía partidario de la aceptación de los cargos en el Secretariado de FET
Hizo Manuel Hedilla sendas visitas a los embajadores de Alemania —Von Faupel— y de Italia — Cantaluppo—. Según sus manifestaciones no iba en petición de consejo, porque ya tenía decidido no aceptar el cargo. Mas pretendía tener alguna noticia relacionada con la actitud del Cuartel General del Generalísimo. Aseguraba que Von Faupel le declaró:
«—Usted debía de haber tenido más amistad y más familiaridad con Franco. Y ahora, debe usted aceptar el hecho consumado.»
La nueva actitud de Hedilla, que aproximadamente adoptó el día, trascendió a las esferas oficiales. En aquella Salamanca congestionada por una superpoblación cuantiosa, no faltaban agentes informadores que adoptaban «camouflages” diversos, y penetraban, con sutileza, por doquiera. Manuel Hedilla recibió visitas de emisarios más o menos oficiosos y llamadas telefónicas de otros, más caracterizados, para intentar persuadirle de que la aceptación del cargo era un servicio a la guerra y a la Patria. Es muy difícil — inaccesible a mi conocimiento— discriminar los motivos de la súbita evolución de Hedilla. Sus argumentaciones posteriores están en contradicción con los términos de las dos entrevista celebradas por él y por sus camaradas con el Generalísimo.
Tenía, por lo demás, una salida airosa para mantener su negativa: era entonces joven, fuerte y valeroso. Pudo alistarse en cualquier unidad combatiente declarando que consideraba terminada su tarea política. Lo hizo así—19 abril—José Luis Zamanillo, delegado nacional del Requeté.
La tirantez era del dominio público, y llegó la orden de detención de Hedilla, emanada del juez instructor del sumario por los sucesos luctuosos. Era el de abril. Se dictaba auto de procesamiento, y Manuel Hedilla ingresó en la cárcel provincial de Salamanca a las siete de la tarde. En Salamanca y en varias provincias fueron detenidos menos de un centenar de falangistas. En los frentes no hubo repercusión alguna.
El desarrollo de la Unificación
Los monárquicos alfonsinos invitados —8 mayo 1937— a sumarse a la Unificación, hicieron público su acuerdo favorable el día, «con gran alegría y orgullo», según manifestó oficialmente José María Pemán.
Antes había surgido una espontánea adhesión: la de la Ceda, expresada desde Portugal por José María Gil Robles, por medio de carta a Luciano de la Calzada, jefe de la JAP, quien debía cursarla a los correligionarios.
«Mi querido amigo: Expresada nuestra adhesión a la idea de unificación de Milicias y partidos tan pronto como el Jefe del Estado la expresó en su alocución radiada, y reiterada después, al publicarse el decreto, sólo me resta hoy, al cancelar nuestras actividades políticas, dirigir por tu conducto unas brevísimas palabras de despedida a los que han sido hasta ayer nuestros correligionarios.
«Nacimos a la política en circunstancias especialmente dolorosas para actuar en un régimen que no habíamos implantado, y para desenvolvernos en un sistema que pugnaba fundamentalmente con nuestras convicciones. Como en aquellos momentos no había opción posible, iniciamos la durísima labor con la vista puesta en Dios y en España, y aun con el presentimiento de que, por la falta de conexión de las fuerzas nacionales, lo’ que los hombres denominan un fracaso nos esperaba, con grandes probabilidades, al final de la tarea.
«No nos importó tan poco halagadora perspectiva. Convencidos de que la magnífica explosión del sentimiento nacional que algún día había de surgir no sería posible sin una intensísima siembra de ideales a través de experiencias tan dolorosas como indispensables, a ella dedicamos nuestros mejores esfuerzos.
«Hoy, al contemplar con gozo la espléndida cosecha, vemos recompensado con creces el trabajo.
«Para que la unificación de la conciencia nacional sea pronto un hecho es preciso que Acción Popular muera. Bendita muerte que ha de contribuir a que crezca vigoroso un germen de nueva vida.
«En el nombre sagrado de España ha pedido el Jefe del Estado la unión de todos sus hijos. Acudid a su llamamiento y secundad sus designios sin sentir la amargura del pasado, ni dar cabida en vuestros pechos a la ambición del porvenir.
«Al despedirme de vosotros con la emoción más intensa de mi vida, pido a Dios que acepte nuestro gustoso sacrificio, y que ilumine a quienes tienen en sus manos el sagrado depósito del porvenir, para que, con vuestra ayuda y la de todos los españoles dignos de ese nombre, acierten a elevar la Patria hasta las más altas cumbres de su grandeza. ¡Viva España!, José María Gil Robles» la carta, según Gil Robles en su autobiografía, fue escrita el de abril. La fuente de que la tomamos señala la fecha del de abril.
Hubo un rápido y nutrido movimiento de afiliaciones en la nueva organización.
A esa carta, precedió otra, enviada directamente a Franco por Gil Robles: «He leído en la Prensa portuguesa el texto de su alocución radiada, en la que pide en nombre de España la unión de todos sus hijos. En nombre de Acción Popular me complazco en recoger el llamamiento y decirle que pongo en sus manos toda la organización, tanto el partido absolutamente en suspenso como las Milicias ya militarmente organizadas para que adopte las medidas que estime conveniente en orden a esa deseada unificación. La Junta de Mando de las Milicias [Luciano de la Calzada] recibe hoy mismo el mandato terminante de presentarse en el Cuartel General a recibir órdenes, ya sea la disolución, la fusión obligatoria con otro u otros organismos, o la incorporación pura y simple al Ejército.
«Al hacerlo así pienso interpretar con toda fidelidad el espíritu de los que desde 1931 murieron en la lucha ciudadana precursora de la epopeya actual, de los que al producirse este Movimiento salvador renunciaron a su personalidad partidista para nutrir el voluntariado del Ejército, y de los que con el emblema de Acción Popular en el pecho saben luchar y morir sin esperar una mención ni una recompensa.
«Con máxima emoción, al hacer a España en manos de V. E. el sacrificio de algo tan querido, pido a Dios guíe sus pasos para conducirnos a todos a la victoria cierta y a la salvación de la Patria idolatrada.
«Una vez más, me reitero suyo afectísimo y amigo, José María Gil Robles».
Proseguía el movimiento de afiliaciones a FET. La Junta Nacional Carlista de guerra, el jefe de Renovación española, Goicoechea. Y otras muchas, que solían proceder de antiguos afiliados a los partidos de la derecha ya enumerados en capítulo anterior. Era evidente que había un número indilucidable, numéricamente, de españoles que pretendían relegar, para el futuro —esto es, después de que terminase la guerra— los problemas sociales y políticos planteados en la zona, y que aumentarían por las presuntas y deseadas conquistas territoriales que obtuvieran las armas.
Empero, el preámbulo del decreto de Unificación era diáfano. En él se declaraba: «Su norma programática está constituida por los veintiséis puntos de Falange Española» Añadía: «Como el Movimiento que conducimos es precisamente esto, más que un programa, no será cosa rígida ni estática, sino sujeto, en cada caso, al trabajo de revisión y mejora que la realidad aconseje».
Han pasado treinta y tres años desde la firma del decreto unificador. La cláusula enumerada, suele ser omitida en los juicios de valor o de estimativa política. La previsión y advertencia revelan una
considerable sagacidad. Otra cláusula manifestaba: «Cuando hayamos dado fin a esta ingente tarea de reconstrucción espiritual y material, si las necesidades patrias y los sentimientos del país así lo aconsejaran, no cerramos el horizonte a la posibilidad de instaurar en la Nación el régimen secular que forjó su unidad y su grandeza histórica». Quedaba definido que el objetivo de la guerra no era, ni exclusiva, ni esencialmente, la instauración de un régimen monárquico. El verbo elegido tiene gravidez: instaurar. Nunca existió la más leve referencia del Poder constituido al verbo restaurar.
Instrumentalmente, se mantuvo el estilo nacional-sindicalista en varios aspectos, y sobremanera en el juramento previo al ingreso en la organización. Era de fidelidad a los Puntos programáticos, al Jefe nacional y a la hermandad con los camaradas. Siguió vigente, ineludible tanto para el escuadrista más oscuro como para el militante que ocupara un cargo de ministro.
En la Segunda Línea —la retaguardia— se mantuvo la camisa azul, sustituyendo al gorro cuartelero con la boina roja. En los frentes, las sendas Milicias conservaron sus banderas, distintivos, camisas peculiares. El saludo falangista quedó convertido en saludo nacional —24 abril 1937—, con la excepción de los militares. Persistió el tuteo entre los afiliados a FET y de las JONS. A la fórmula escueta ¡Ariba Españal!, fue añadido: «Saludo a Franco». La documentación de cualquier índole, terminaba con la frase: «Por Dios, España y su Revolución Nacional-Sindicalista».
Por una serie de nombramientos escalonados de fines de abril a junio de 1937, Pilar Primo de Rivera fue ratificada en la Delegación Nacional de la Sección Femenina, José Luis Escario en la de Servicios técnicos, Agustín Aznar nombrado asesor nacional de la Milicia de FET y de las JONS, a la vez que para otros puestos se designaba a militantes tradicionalistas. Para reemplazar a Manuel Hedilla en el Secretariado o Junta Política, se designó a un neofalangista de León, el médico Fernando González Vélez. El peso, del Secretariado, su dirección instrumental, lo asumía el capitán de Ingenieros Ladislao López Bassa “”.
Los procesos y las sentencias
Los dos procesos instruidos en Salamanca quedaron conclusos a fines de mayo. La primera vista se celebró el de junio. El consejo de guerra estuvo formado por oficiales generales. La acusación se basaba en distintos hechos considerados como actos de desacato al decreto uni-ficador, cometidos por Manuel Hedilla y otros falangistas.
La sentencia condenaba a la pena de muerte a Hedilla, Aniceto Ruiz Castillejos, médico; Lamberto de los Santos Jalón, ingeniero de caminos, y José Chamorro, capitán de caballería y delegado nacional del Servicio de Información de Falange. Ángel Alcázar de Velasco, periodista, y Félix López Gómez, empleado, a reclusión perpetua. Ricardo Nieto Serrano, abogado, veinte años de reclusión temporal; Ángel Inaraja y José Rodiles, empleados, diez años de prisión mayor; José Luis de Arre-se Magra, arquitecto, dos años de prisión correccional.
La sentencia fue aprobada por el séptimo Cuerpo de Ejército, con fecha de junio.
El proceso por la muerte de Alonso Goya y de Peral, se vio, ante el consejo de guerra, el de junio. La sentencia condenaba a muerte a Hedilla y a Daniel López Puertas; Ruiz de la Prada, Carral y Corpas, reclusión perpetua; J. A. Serrallach Julia, quince años de reclusión.
Eran absueltos Sancho Dávila y Rafael Garcerán.
Esa sentencia no sería aprobada. Fue revisada la causa, y en uno de los considerandos se declaró:… fue erróneo condenar a los procesados, según se hizo en esta causa, como comprendidos en el artículo del código de justicia castrense en relación con el bando de de julio de 1936, porque no puede considerarse a Manuel Hedilla ni a ninguno de aquellos compañeros suyos de ejecutores adheridos a la rebelión militar, ya que no hay en las actuaciones elemento alguno de prueba que permita deducir estuviesen, al obrar como lo hicieron, identificados con los rebeldes, unidos en espíritu a éstos, ni que persiguieran con sus actos temibles los fines de la rebelión misma».
La sentencia firme condenó a Hedilla y a López Puertas a veinte años de reclusión temporal; Ruiz de la Prada, Corpas y Carral, quince años; Serrallach, doce y un día.
Se ratificó la libre absolución de Dávila y de Garcerán.
Circuló —y circula— la especie de que Manuel Hedilla fue condenado a muerte en los dos procesos. Es notorio que los fallos de los consejos de guerra son provisionales hasta que la autoridad los ratifica.
He ahí lo ocurrido en el proceso por la muerte de Goya y de Peral, y que desmiente aquella especie.
El embajador alemán Von Faupel dirigió a su Gobierno—9 junio— un telegrama muy urgente, pidiendo autorización para decir a Franco, en sustancia, lo que sigue, en nombre del Gobierno del Reich:
«El Gobierno del Reich se permite, sin tomar ninguna posición respecto al procedimiento seguido y a la sentencia pronunciada contra Hedilla, hacer la observación amistosa de que la ejecución de Hedilla y de sus compañeros en el momento actual es una medida que parece criticable por razones políticas y sociales.»
El secretario alemán de Estado, Mackensen, contestó el de junio:
«Su proposición de hacer una comunicación a Franco en nombre del Gobierno del Reich, daría como resultado aumentar nuestra responsabilidad en relación con la evolución de la política interior española. Por este motivo le ruego que se atenga a la advertencia amistosa que ha formulado ya a Franco, relacionada con la reacción que puede producir la ejecución posible de Hedilla»,
Sobre los condenados a muerte se cernía un gran peligro, y no me refiero a la pena en sí misma. Consistía en el riesgo de que con buena fe surgiera un movimiento de protesta —en los frentes o en la retaguardia— que podía degenerar en choques violentos. También era temible que intervinieran agentes provocadores. Había gentes partidarias de las ejecuciones, y entre ellas, algunas que tenían recursos para suscitar la provocación. Algunos falangistas se dedicaron, urgentemente, a circular voces de alerta, a los frentes y a zonas de la retaguardia, para que no se hiciera ningún movimiento de protesta ni se prestara oídos a cualquier provocación. Aquellos falangistas eran escasos, ciertamente, pero conocían el mecanismo interior de la Falange y eran escuchados por sus camaradas.
Se mantuvo, pues, el silencio expectante, que no impedía realizar discretas gestiones. El cardenal Goma, ante el ruego de unos falangistas hizo con gran diligencia una gestión pro indulto.
En el Cuartel General hubo, desde que fue dictada la sentencia, un hombre que se mostró adversario de las ejecuciones: Ramón Serrano Suñer. Ha mantenido durante varios lustros un digno y absoluto silencio, a pesar de los ataques que —sin duda por falta de información— le dirigió Manuel Hedilla. en unas cartas —1947— que circularon profusamente, y a las que he aludido en otra página. Mi tenaz insistencia suscitó el siguiente testimonio de Serrano Suñer: «Nadie que tenga información de lo ocurrido, conciencia y veracidad, podrá negar que desde el primer momento opiné que esas sentencias no podían ejecutarse, y no sólo por razones de humanidad, sino porque políticamente se hubiera cometido un grave error, dándose ante el mundo la impresión de una crisis interna muy grave, que, por fortuna, no lo era tanto.
«Darle más importancia de la que tenía hubiera sido imprudente.
«Me consta que alguien dijo que esta postura era una debilidad mía, pero la verdad es que, meditado serenamente el caso, los indultos fueron concedidos sin dificultad.»
Pilar Primo de Rivera, acompañada por algunas camaradas, fue recibida en Burgos por la señora de Franco. La rogaron que influyese en favor de los indultos. La esposa del Generalísimo dio ciertas seguridades a sus visitantes y puntualizó que los condenados tenían persistente defensor en Serrano Suñer.
Las conmutaciones de la pena de muerte fueron firmadas por el Generalísimo con fecha de julio.
La metodología que empleo hace necesaria una anticipación cronológica. Los presos falangistas empezaron a ser liberados al final de la guerra. José Luis de Arrese sólo permaneció seis meses recluido.
La mayoría de los condenados se reincorporó con celeridad a la vida activa dentro de FET y de las JONS. Alguno ha sido ministro por tres veces: Arrese. Otro, gobernador civil: Ruiz Castillejo. O jefe nacional de un sindicato: De los Santos. O agregado de Prensa en el extranjero: Alcázar de Velasco. Otros han asumido cargos de confianza en la organización y empleos diversos relacionados con ella.
Manuel Hedilla pasó el tiempo de su prisión en la cárcel de Las Palmas de Gran Canaria. Hacia el mes de junio de 1941 escribió al Generalísimo. En el aniversario del Alzamiento, Franco firmó un decreto conmutando el resto de la pena por la de confinamiento en Mallorca.
En su viaje a Palma, Hedilla tocó en Barcelona. Y allí se le hizo el ofrecimiento de asumir la delegación nacional de Sindicatos, que declinó. El de marzo de 1946, Manuel Hedilla escribió otra carta al Generalísimo, suplicándole que levantara la pena de confinamiento. El de abril, Franco accedió. Más tarde fueron cancelados los antecedentes penales de Manuel Hedilla, como lo habían sido los de sus camaradas.
Sobre el período de confinamiento de Manuel Hedilla se han escrito varias inexactitudes, y de éstas la más divulgada fue suscrita por un escritor inglés. Asegura que el confinado tuvo que trabajar en el puerto de Palma como «docker». Puede interpretarse que se le redujo forzosamente, como un suplemento de castigo, a esa condición, o que le fueron cerradas otras posibilidades. Hedilla vivió en Palma con entera libertad, acompañado por su esposa, sus dos hijos y su madre. Habitaba en un hotel modesto. En Mallorca el costo de la vida era entonces muy barato. El confinado tuvo numerosas relaciones y amistades.
Desempeñó empleos burocráticos en empresas privadas.
Por lo demás recibió mensualmente un subsidio de dos mil quinientas pesetas, que satisfacía el Ministerio de la Gobernación y luego corrió a cargo de la Secretaría General de FET y de las JONS. Dicho subsidio siguió recibiéndolo tras su retorno a la Península, fecha en la que fue empleado burocrático en una empresa paraestatal: la compañía de aviación «Iberia».
