“Matar… Matar… seguir matando hasta que el cansancio impida matar más… Después… Después construir el socialismo… Que salgan en filas y se vayan colocando junto a aquella pared de enfrente, y que se queden allí, de cara a la pared… ¡Daos prisa!”.
A lo largo de la historia las matanzas colectivas de prisioneros han sido frecuentes, pero en la época moderna una de las primeras, si no la que las encabezó, fue la practicada por los revolucionarios franceses –eternamente ejemplares– allá por 1792. Entonces, ante la posibilidad de que París fuese tomado por las potencias europeas coaligadas, se planteó el problema de qué hacer con los monárquicos y los subversivos que llenaban cárceles, y conventos y hospitales habilitados como tales, por si eran liberados y se pasaban al enemigo, entonces, digo, uno de los dirigentes más reputados del revolucionarismo, Marat, un auténtico saco de maldad, parió la solución adecuada: asesinar a los presos y, ante el reparo de alguno de sus socios, siguió aportando ideas: la justicia revolucionaria debiera efectuarse espontáneamente. La espontaneidad ideada por Marat consistió en aumentar el odio existente en las masas y que éstas, el pueblo o lo que los revolucionarios de entonces y ahora consideran tal, aplicaran la justicia: que asaltaran las cárceles y acabaran con los traidores para lo cual contrataron a los carniceros de la ciudad y, así, efectuar el asunto con profesionalidad. Al parecer eran unas dos mil personas las encarceladas y si no murieron todas fue porque los carniceros pidieron un respiro porque “no podían más”. Danton, otro de los ilustres de aquel momento, explicó paladinamente la necesidad de inducir a la popular escabechina así: “Fue mi voluntad que toda la juventud de París llegara al frente manchada de sangre, garantía de fidelidad. Quise poner un río de sangre entre ellos y el enemigo”. Las bestialidades corales alcanzaron límites difíciles de superar; desde decretar que la ciudad de Lyon “sea destruida y demolido todo lo que los ricos habitaron” y algo similar con Tolón, suprimiendo los nombres de ambas, hasta fusilar a cañonazos a 64 jóvenes situados entre dos zanjas paralelas que servirían de fosas, si bien antes de caer en ellas eran apuntillados a sablazos ante la falta de puntería de los servidores de los cañones; al día siguiente 209 personas más suponiendo para los encargados de administrar justicia “experimentar íntimas satisfacciones, sólidas alegrías” o que “haremos de Francia un cementerio antes de consentir que no sea regenerada a nuestro modo”. Mucha fraternidad.
Tras esta introducción que, por aquello de la leyenda negra, contribuye a salvar nuestro honor de no haber sido los iniciadores de las matanzas populares modernas aunque, por desgracia, sirvió de ejemplo a nuestras fuerzas de progreso, aclaramos que el texto que encabeza este capítulo corresponde a un socialista del Partido Comunista de España, Enrique Castro Delgado, incluido en el Diario Oficial del 5º Regimiento del cual Castro era el comandante, a raíz de la rendición de los alzados en el cuartel de la Montaña de Madrid en las primeras jornadas de la guerra civil en donde su rebelión había fracasado. El número de fusilados sin juicio oscila entre los 130 y los 200 y, comenta César Vidal en su libro Paracuellos-Katyn al respecto, que el hecho de la publicación de semejante texto en un órgano oficial, “pone de manifiesto hasta qué punto se consideraba legítimo moralmente el asesinato en masa del enemigo de clase, tan legítimo que resultaba absurdo ocultarlo”. Y claro entre las fuerzas progresistas –feministas también, no lo olvidemos– no podía faltar la arenga de alguna de sus más cualificadas hembras, Margarita Nelken, militante de PSOE y PCE, narrada por el embajador de Chile a propósito de la resistencia de los defensores del Alcázar de Toledo: “por encima de todo, había que eliminar, dejándose de sentimentalismos, a las mujeres e hijos de esos canallas del Alcázar. ¡Lo que había de desarraigar para siempre era la nidada, el engendro, la semilla de esa canalla”.
Los textos de nuestros/as socialistas tienen el mismo sentido que el del revolucionario Danton, o el de otro de aquellos grandes maestros de la humanidad actores de la revolución francesa, el comunista Babeuf citado en un capítulo anterior, que antes de aquel ya había ideado la estrategia: “es necesario obligar al pueblo a realizar tales actos que le impidan retroceder”. Efectivamente, hay que derramar tanta sangre que ya no sea posible volverse atrás. Primero porque te conviertes en un asesino sin remedio, segundo porque no te perdonará el enemigo y, tercero, porque si este lo hace no te perdonarán los tuyos. Fórmula ejemplificada, hace un par de décadas, por la sección asesina del nazionalismo vasco al matar a una de sus militantes por la ocurrencia de abandonar la banda.
En el capítulo dedicado al genocidio religioso practicado por socialistas, anarquistas y separatistas aludimos a su afición a asesinar en masa, coralmente en lenguaje actual, de la misma manera que, según la ONU, lleva a cabo el socialismo del siglo XXI venezolano hoy. Por desgracia los asesinatos corales cometidos por las fuerzas de progreso no se limitaron a los religiosos sino que se extendió a militares y civiles durante toda la guerra. Las víctimas de estos actos, de acuerdo con el cuidado lenguaje que utilizan los redactores de las leyes memorialísticas, es decir por los herederos ideológicos de aquellos asesinos, se engloban bajo la denominación de víctimas de la guerra civil, mientras que los otros son crímenes del franquismo. De acuerdo con su léxico las víctimas del socialismo no existen; son, reiteramos, víctimas de la guerra civil, porque las palabras-ellos lo saben-tiene valor por sí mismas.
Un inciso; ustedes observarán que a lo largo de esta publicación englobo bajo el término socialista a los militantes del PSOE y del PCE o comunista a los militantes de cualquiera de ellos. No en vano el páter familias de ambos, Marx, según informó su camarada Engels, adoptó el término comunista porque el socialismo había adquirido un sabor de respetabilidad burguesa. También Schumpeter equiparaba ambos vocablos pues tan solo veía en ellos una manera más enérgica de designar la idea. En lo que respecta a nuestros dos partidos compartían idéntica ideología y proyecto: la dictadura del proletariado y recurrieron al mismo aliado: Stalin. En definitiva que tanto monta, monta tanto. Además recuerdo, esto los más jóvenes no lo conocen ni lo van a poder verificar, que cuando Televisión Española por medio de un conocido y excelente presentador, José Mª Íñigo, entrevistó al premio nobel de literatura Soljenitsin, el autor de Archipiélago Gulag, cuando las autoridades soviéticas tuvieron a bien permitirle la salida de su patria, el escritor se refirió siempre al socialismo, a los males y la opresión que esa ideología había establecido en Rusia, algo que según él ya había previsto otro gran escritor ruso, Dostoyevsky, que pronosticó en el siglo XIX que la instauración del socialismo en Rusia llevaría aparejado millones de muertes. También pronosticó en Los hermanos Karamazov algo que intenta hacer la progresía actual con nosotros: “les enseñaremos que son débiles, casi como niños lamentables, pero les haremos creer que esa felicidad es la más dulce de todos”. Lo dicen abiertamente en su agenda: no tendréis nada pero seréis felices. Ni siquiera los hijos nos pertenecerán.
En la entrevista Soljenitsin no usó la palabra comunismo sino socialismo. Los socialistas patrios le saltaron al cuello y alguno de ellos, respetuoso con la libertad de opinión y la verdad, pidió que lo devolviesen al Gulag. He dicho que los que no vieron aquella entrevista no tendrán oportunidad de contemplarla porque, según oí hace unos meses en la radio, la cinta en la que estaba grabada se había usado para cubrir otra necesidad de TVE. Una muestra más del afán ahorrador en un organismo cuidadoso en extremo con el gasto. No me resisto a contar a los jóvenes una secuela de la entrevista ejemplificadora de cómo construyen algunos la historia. El entrevistador, Íñigo, es para mí el mejor presentador que he conocido, dejaba hablar al entrevistado algo complicado cuando se engola ilimitadamente el profesional televisivo. Allá por el año 2004 escribió un libro titulado Ahora hablo yo en el que recogía curiosidades de sus entrevistas, contando que la de Soljenitsin no la había visto Franco en el momento de su emisión manifestando su deseo de conocerla, para lo cual, como entonces no existían los aparatos modernos, habían de romperse paredes y ventanas para trasladar los de la época al Pardo, y en vez de ello se optó por reproducir la entrevista el martes de la semana siguiente para satisfacción del General. Pues bien en un programa de nuestros días –abril 202– que gusto ver por cuestiones nostálgicas, reprodujo el presentador el vídeo de una antigua entrevista que le había realizada a Íñigo antes de su muerte solicitándole que le hablase sobre el asunto. Ratificando lo escrito en su libro nos enteramos, además, que tras ver el martes el programa reproducido le regaló Franco una corbata. Dice nuestro refranero que “martes ni cases ni te embarques” y, añado yo, no cuentes trolas tan esperpénticas, porque el paso del tiempo es inflexible y la entrevista al nobel ruso se realizó en marzo de 1976…y Franco había fallecido el 20 de noviembre… pero de 1975 –a falta de que le remitan al exjuez Garzón el certificado de defunción ¿tendría razón al solicitarlo?–. Los más jóvenes ignoran que a la muerte de Franco hubo muchísima gente que, de pronto, debían demostrar que habían sido unos represaliados, aunque fuesen los presentadores de TVE más habituales y famosos. Pero muchísimos.
Sí, entiendo apropiado el uso del término socialismo para denominar la doctrina del PSOE y PCE, incluido el anarquismo pues este también aspiraba a la instauración del cielo socialista en la tierra, discrepando con aquellos partidos por cuestiones meramente estratégicas; los primeros consideraban precisa la previa instauración de la dictadura del proletariado mientras que los anarquistas no y, por si no fuese suficiente, ratifican lo apropiado del término las palabras de Castro Delgado: matar, matar… para luego construir el socialismo y, a ser posible, para ejemplarizar al fascismo, de manera coral. Veamos, resumidamente, algunas de estas hazañas que siguieron a la del cuartel de la Montaña madrileño.
La segunda matanza colectiva, también de civiles, que durante mucho tiempo quedó en el anonimato, es la denominada de los Trenes de Jaén narrada resumidamente en el libro de César Vidal, que posteriormente ha sido historiada al menos dos veces monográficamente en El Tren de la muerte de Santiago Mata de 2011 y en El Tren de Jaén. El tren del exterminio (1936), de Ignacio Valenzuela de 2019; éste último redactado por Almudena Valenzuela y comentado por Francisco Bendala en Razón Española. En el primero el autor contó con el testimonio de un superviviente de la matanza, mientras que el segundo es la transcripción realizada por Almudena Valenzuela a partir de lo escrito por don Ignacio de los hechos de los que escapó milagrosamente ya que fue uno de los viajeros del fatídico tren. Su relato tiene un enorme valor pues lo escribió a los pocos meses del exterminio. Se libró de la muerte porque se hizo pasar por francés, lengua que dominaba por cuestión de nacimiento, y los milicianos justicieros entraron en el tren preguntando si había algún extranjero porque, para prevenir incidentes con las potencias de origen, tenían órdenes de no matarlos. Ignacio Valenzuela escribió su relato en la embajada de Cuba donde logró refugiarse tras escapar de la cárcel en que le habían recluido y murió en 1939.
El exterminio efectuado por los milicianos socialistas –integrantes de esa pléyade de hombres nuevos que el marxismo requería para instaurar la dictadura del proletariado– se remonta al 12 de agosto de 1936, afectó a 191 personas y fue perpetrado en el paraje madrileño conocido como el Pozo del Tío Raimundo. La tragedia comenzó en la catedral de Jaén donde al inicio de la contienda se confinaron a unas 1.200 personas procedentes de la capital y provincia. Con ellas se organizó una expedición de dos trenes con destino a la prisión de Alcalá de Henares; las personas que viajaron en el primero de ellos fueron unos privilegiados, aunque no todos porque ya los milicianos socialistas y anarquistas dejaron su impronta asesinando a una docena de viajeros –incluido, como no, un sacerdote– al llegar a la estación de Atocha el día 11 de agosto. El resto, decimos que fueron unos privilegiados porque llegaron vivos a su destino. Se salvaron no por la generosidad de los militantes del PSOE y PCE, sino porque la estación de Atocha se sitúa en el centro de Madrid y su estrategia justiciera habría sido muy escandalosa, y como no estaban dispuestos a renunciar a su gesta la modificaron en el segundo de los trenes.
Sí, en este segundo pasaron de largo en Atocha y al llegar al apeadero del Tío Raimundo los hombres nuevos, los incontrolados, procedieron a aplicar la justicia popular requerida por Castro Delgado. El tren había contado con la protección de la guardia civil durante el trayecto, pero con este no deseaban cometer errores los incontrolados, de manera que al parar en el apeadero plagado de entusiastas seguidores de los asesinos, un teniente de la Guardia de Asalto entrega un papel al jefe de los civiles el cual, a la vista de su contenido, ordena a los guardias que se retiren; los viajeros al percatarse empiezan a comprender la que se prepara y, cuenta Valenzuela, les gritan: “¡Guardias! ¡Por Dios, no nos dejen ustedes! ¡Nosotros nos vamos con ustedes! ¡Por Dios guardias!”. No pudieron ir con ellos, sino que fueron asesinados por los milicianos dirigidos por un socialista llamado Onteniente, que contó para la gesta con la colaboración de otros mandos de idéntica filiación. Es sabido que todas estas gestas se cometieron por incontrolados o descontrolados según los historiadores progresistas, y el caso del tren de Jaén lo confirma.
En el lugar donde se desarrolló la justicia popular se hallaban congregados unos dos mil seguidores del Frente Popular, o sea socialistas del PSOE y PCE y anarquistas, previamente convocados para asistir, entre vítores, al fusilamiento efectuado mediante tres ametralladoras llevadas, sin duda incontroladamente, al lugar. Allí en un terraplén y en grupos de unas veinte personas sacadas del tren se les ajustició sin que, desgraciadamente, se conserven los legajos del juicio. Finalmente ha de agradecerse la piedad demostrada por las fuerzas de progreso intervinientes puesto que la intención inicial de los milicianos era quemar el tren –ya saben, otra contribución a la maravillosa luminosidad de nuestra mejor historia– y achicharrar a los fascistas dentro, pero renunciaron a la falla por lo espectacular que hubiese sido.
Hubo de todo; desde un joven de 19 años que pidió que se perdonase a los cuarenta que quedaban por morir a cambio de su vida logrando salvar alguna, hasta el caso de la hermana del obispo de Jaén autora del tremendo delito de ser hermana de un obispo; generosamente se le concedió la gracia de que la mataría no un hombre sino una mujer -ya entonces apuntaban maneras feministas-, como finalmente sucedió; le descargó su pistola una mujer del pueblo conocida por la Pecosa. Otra vecina de Vallecas, la Quiñones, invitó a los milicianos a que contemplasen como ultrajaba el cadáver “manipulando soezmente las partes más íntimas del cuerpo de la víctima”. Aquí no podíamos ser menos y necesitábamos una mujer del pueblo que imitase a la francesa que mostró la cabeza de la princesa Lamballe. Por supuesto el obispo también fue ejecutado; de rodillas y pidiendo perdón por sus asesinos. Sí, Pablo Casado, los dos bandos merecieron perder, y para muestra contundente la forma de morir del obispo y de su hermana. Empiezo a superar mis dudas sobre la bondad de la teoría de la evolución de Darwin al detectar el empeño de tanta gente por transformarse en ovejas.
El descontrol de la matanza se confirma a la vista del desarrollo de los acontecimientos. El teniente de la Guardia de Asalto que se personó para auxiliar a la escolta del tren, ante la demanda justiciera de los hombres nuevos –y mujeres, aunque Marx ¿machista? no las mencionara– convenientemente convocados, telefoneó al Ministro de Gobernación y, tras dos horas de conversación, colgó el aparato dirigiéndose a la progresía expectante diciéndoles: “Ya pueden Vds. llevarse a los presos, pero que a esto no hay derecho”, ordenando a sus guardias que abandonaran el tren. Hoy no hay duda de que quien autorizó la entrega de las víctimas fue el tercero en la línea jerárquica del ministerio, el director General de Seguridad –de Seguridad–, Manuel Muñoz del partido de Manuel Azaña. El ministro que prestó el consentimiento el general Sebastián Pozas, y el jefe del Gobierno era en ese instante José Giral también del partido de Azaña quien, desde el principio del alzamiento, había dado la orden de entregar armas al pueblo. Ninguno de los tres, por tanto, eran miembros del PSOE; quien sí lo era, quien comenzó a calentar a las masas fue un diputado socialista por Jaén, Alejandro Peris, que desde la radio local alertó a las fuerzas de progreso en los siguientes términos: “Atención, atención, va a salir de Jaén un tren abarrotado de fascistas peligrosos, tened cuidado, haced con ellos lo que debáis”. El cumplimiento del deber instado por el diputado del PSOE se saldó, según César Vidal desenterrando al final de la guerra 206 cadáveres incluido el de una peligrosa fascista, la hermana del obispo, mientras que en el libro de Valenzuela se habla de 191 muertos. Por descontado los cadáveres fueron despojados de cuanto valor llevasen consigo. Exprópiense ordenaría alguien. El asunto del Tren de Jaén era uno de los que inicialmente, al parecer, decoraría alguna pared de la Basílica del Valle de los Caídos pero, tras la entrevista del escultor Juan de Ávalos con Franco, se concluyó que al ser un monumento de reconciliación no debían figurar sucesos que hirieran a ninguno de los bandos enfrentados. No se me ocurre, en el asunto del Valle, como curar el disgusto que asola a los memorialistas de que allí se enterraran muertos de ambos bandos y no solo de los vencedores.
Las matanzas corales –ya saben, víctimas de la guerra civil– continuaron, fundándose en la contundente razón de evitar, al igual que los maestros franceses, que los presos se unieran a las fuerzas del fascismo. César Vidal hace una descripción detallada de ellas en el libro referido que aquí intentamos sintetizar.
La primera fue la cometida en la cárcel Modelo de Madrid en donde internaron a personas consideradas desleales al gobierno a la espera del juicio. Un anarquista apellidado Sandoval conocido como el doctor Muñiz, que estaba en prisión por delitos de sangre se convirtió en agente gubernamental de la noche a la mañana. A partir del 15 de agosto se procedió a sacar a algunos presos que se fusilaban fuera de ella. Días después en el interior tras un juicio se condenó a muerte a seis políticos de derechas, uno de ellos el jefe del partido en el que había militado Azaña. La gesta, dice Vidal que, en lugar de aplacar a los milicianos “tuvo un efecto electrizante”, tanto que los socialistas de la conocida como Motorizada creada por Indalecio Prieto, fusilaron a once presos más en la noche del 22 o mañana del 23. Y éste último día siguieron cuatro fusilamientos más, uno el de un general que se hallaba en la enfermería. Más víctimas de la guerra civil.
La siguiente es la conocida como las sacas de las Ventas en la que se superó la productividad demandada por Castro Delgado para construir el socialismo; en los ocho meses transcurridos desde 25 de julio del 36 al 26 de marzo del 37 se sacaron casi cuatrocientas personas con idéntico destino: la muerte. El brazo ejecutor correspondió al agente gubernamental citado antes, el doctor Muñiz, y el Director General de Seguridad que indicamos en el caso de los trenes: Manuel Muñoz.
Y como aquellos héroes eran imaginativos extendieron la consigna de Castro Delgado a otros lugares distintos a las prisiones. Informa César Vidal los de la Casa de Campo, tapias de cementerio del Este, etc., destacando el pueblo de Boadilla del Monte en donde, al finalizar la guerra, desenterraron 166 cadáveres de los cuales solo fue posible identificar a 25, entre ellos –como no– los de 12 religiosos.
Otro cementerio en donde hubieron más víctimas de la guerra civil fue en el de Aravaca, la mayor parte procedentes de la cárcel de las Ventas sacados por el Comité Provincial de Investigación Pública. Sigue diciéndonos César Vidal que según las últimas informaciones los asesinados ascendieron a no menos de 423, pero que el enterrador de aquella época testimonió 775, cifra a la que debe añadirse la de un número elevado de milicianos fusilados por sus propios compañeros por deserciones o desavenencias políticas. Entre los 31 asesinados en la saca de las Ventas, ordenada por Manuel Muñoz el 1 de noviembre de 1936, diciéndoles que se les llevaba a Chinchilla, estuvo Ramiro de Maeztu, uno de los últimos grandes intelectuales que hemos tenido, y otro Ramiro Ledesma Ramos de quien al enterarse de su muerte Ortega y Gasset dijo, creo, que “han asesinado una inteligencia”.
Otra acción previa y necesaria para la construcción del socialismo menos conocida tuvo lugar en vascongadas. Allí se trasladaron sacerdotes de las provincias cercanas, Santander y Asturias, en la creencia de que el gobierno vasco defendía a los religiosos. Un texto manuscrito reproducido por J.L. Martínez Sanz en la obra colectiva Revisión de la Guerra Civil Española, narra lo sucedido el 25 de enero de 1937 en el convento de los Ángeles Custodios. El texto contradice la idílica información que el sacerdote nazionalista Onaindía quiso trasladar sobre la bondadosa política desarrollada por el PNV. Dice: “así llegaron al 25 de enero en que las turbas, sin que nadie intentase contenerlas, asaltaron las cárceles y dieron bárbara muerte a 205 desgraciados, entre ellos trece sacerdotes, en el convento de los Ángeles Custodios habilitado como prisión. Esta ignominiosa agresión, de la que tanto se ha hablado y escrito, no tuvo para Monzón (el consejero de Gobernación del PNV) más que aquellas palabras hipócritas ‘¡Qué dirán en Inglaterra!’, no hizo mella en los gerifaltes nacionalistas ni les conmovió para conceder el pasaporte a los sacerdotes y religiosos, de quienes ya se decía públicamente que habían de ser pronto víctimas del populacho”.
La historia, pasada y reciente, ha demostrado que confiar en la sección miserable del nazionalismo vasco es de tontos. En otro lugar de esta publicación incluyo el consejo del cafre que fundó el PNV sobre la contestación a dar por un buen animal euskaldún a quien le pida auxilio si se ahoga en la ría: “no hablo tu idioma”; pudo suceder que los presos no se expresaran en eusquera. Según José María Riesgo en esa misma obra colectiva, en realidad fueron tres centros los asaltados: la prisión de Larrinaga, los Ángeles Custodios y Monte Carmelo, adonde el gobierno vasco alarmado por la presencia de una multitud en las puertas con presencia de milicianos y mandos de la CNT, mandó un batallón de la UGT para tranquilizarlos. La tranquilidad aportada por el sindicato socialista consistió en unirse a la multitud y, para satisfacción de Castro Delgado, ajusticiar a 94, 96 y 4 presos de cada centro respectivamente. Según Salas Larrazábal los muertos fueron 224. El batallón de la UGT fue desarmado y sometido a consejo de guerra secreto. Tan secreto que, al menos yo, desconozco las penas aplicadas a sus integrantes.
El más famoso asunto relacionado con las sacas de presos, víctimas de la guerra civil, fue el de Paracuellos del Jarama. He comentado en otra parte de esta publicación que en todo el período de mi vida transcurrido en tiempos de Franco, nunca oí hablar de estos sucesos. Por supuesto ni una sola película, ni obra televisiva dedicada al asunto. Es más, recuerdo que hace unos años, con motivo de la edición del libro del diplomático noruego Félix Schlayer titulado Diplomático en el Madrid Rojo en España, escuché en la radio a un tertuliano de derechas comentar su incredulidad de que el régimen de Franco no hubiese utilizado esa obra con fines propagandísticos contra sus adversarios, y es que el libro se editó en 1938 en Alemania, sin llegar a publicarse en España hasta hace unos años, bastantes después de la muerte del General. En el proceso de satanización de Franco hasta los comentaristas de derechas parecen incapaces de entender que el régimen no se dedicara a promover el odio en el pueblo español. La referencia a la obra de Schlayer es obligada en el asunto de Paracuellos porque el diplomático detectó e investigó las matanzas que se estaban cometiendo en Madrid, gracias a lo cual se salvaron multitud de personas mediante su acogida en las embajadas abiertas en Madrid, no solo en la de Noruega, porque otros países informados por él procedieron de idéntica manera. Schlayer informó que “el asesinato organizado…respondía a una metodología rusa”; nada extraño a tenor de la atracción que nuestros socialistas sentían por sus colegas de Rusia, si bien para la producción de víctimas de la guerra civil la excusa que han pretendido establecer es que llegaban las tropas de los nacionales a Madrid; la misma invocada por sus maestros franceses.
La gesta, sacar a los presos de las cárceles y matarlos, la iniciaron a principios de noviembre de 1936 –mediando ya un presidente de gobierno del PSOE– conjuntamente los socialistas y los anarquistas; o sea las dos ideologías aspirantes a lograr la idílica sociedad comunista sin clases que andaban a la gresca por la cuestión estratégica fundamental apuntada líneas arriba: si era precisa la etapa de dictadura del proletariado o no, pero que en lo accesorio, en las matanzas imprescindibles, estaban de acuerdo. Miren si no esta otra soflama también de Castro Delgado que incluye en su libro César Vidal, transmitida en este caso a su comisario Contreras el 6 de noviembre: “Comienza la masacre. Sin Piedad. La quinta columna de que habló Mola debe ser destruida antes de que comience a moverse. ¡No te importe equivocarte!.. Contreras, comunista duro, estaliniano, le entiende. ¿Plena libertad? pregunta. Respuesta de Castro Delgado: Esta es una de las libertades que el Partido, en momentos como este no puede negar a nadie?”.
Tampoco carecían de entusiasmo los anarquistas que habían entrado a formar parte del gobierno encabezado por Largo Caballero el 4 de noviembre, con cuatro carteras. Uno de ellos, el ex delincuente García Oliver militante de la FAI, ministrado para Justicia, mantuvo una conversación con el secretario técnico en la que le preguntó cuál era la población penal de Madrid en aquellos momentos. El secretario le informó que la cifra sería de 10.500 presos. Esta fue la réplica del nuevo ministro de Justicia –sí, sí, de Justicia– del gobierno socialista: “Serán quinientos. Sospechando la intención de la respuesta, dijo el secretario: Desde luego son diez mil quinientos presos los que hay. Y entonces García Oliver puso de manifiesto sus piadosos propósitos, insistiendo así: Habrá diez mil quinientos, pero dentro de muy pocos días solamente tienen que quedar quinientos –y añadió–. Está visto que usted o no entiende o no quiere entenderme.” Tiene toda la credibilidad del mundo que cuanto pasó a continuación fue obra de incontrolados justificando, contundentemente, la inexistencia de crímenes del socialismo; otro caso de víctimas de la guerra civil. Más soflamas pacifistas. Apareció por allí la diputada socialista, la feminista y progresista pata negra Margarita Nelken, exigiendo el 6 de noviembre al director general de Seguridad la entrega de presos a lo que éste no se negó. Palabras de la excelsa socialista: “Nosotros queremos la revolución, pero no es la Revolución rusa la que nos servirá de modelo; lo que necesitamos son llamas gigantescas que puedan verse desde toda la Tierra; lo que necesitamos son oleadas de sangre que tiñan de sangre todos los mares del mundo”. No creo que Marx se molestara si se aplicara a esta hembra socialista el calificativo de mujer nueva, empeñada en alcanzar inmensas cotas de luminosidad.
Con este ambientazo sucedió la atroz matanza de miles de personas sacadas de las cárceles para ser fusiladas en lugares preparados al efecto, y al mando de las operaciones una persona que ejemplifica la responsabilidad, fundamental, de los socialistas del PSOE y del PCE: Santiago Carrillo, un jovencito por entonces que perteneció a las dos formaciones; de hecho en el momento de los crímenes de la guerra civil que nos ocupan, formalmente pertenecía al PSOE ocultando a sus jefes que ya se había afiliado al PCE. Hasta el cuatro de diciembre siguiente continuaron las sacas y fusilamientos dirigidos por este personaje, del que estaban perfectamente informados dirigentes del gobierno socialista, entre ellos otro integrante del PSOE menos conocido pero tan siniestro o más que el propio Carrillo, el ministro de Gobernación Ángel Galarza.
Incluye en su libro César Vidal un apéndice con los nombres de los asesinados hasta contabilizar un total de 4.021 muertos. Entre ellos don Pedro Muñoz Seca autor de una de las obras más simpáticas, desternillantes y representadas del teatro español, La venganza de don Mendo, que mantuvo su estilo hasta el final espetándoles a sus asesinos que “me podéis quitar todo excepto el miedo que tengo”. Por supuesto en la escabechina no podían faltar religiosos, 280 fascistas redomados. Como a alguno de aquellos gobernantes les debió parecer que no se guardaban las formas progresistas decidieron que el exterminio debía seguir la ortodoxia legal mediante la realización de juicios garantistas y, prueba de ello, como informa César Vidal, en la cárcel de San Antón en tres días la justicia popular celebró mil ochocientos juicios. Mediando tales garantías resulta a todas luces improcedente que se pueda plantear, siquiera, ante el nuevo ministerio de memoria democrática la existencia crímenes del socialismo.
Las matanzas se interrumpieron no porque las autoridades socialistas y anarquistas que conformaban el gobierno y la Junta de Defensa de Madrid lo desearan, sino porque irrumpió la figura de un anarquista que honra a esta ideología, Melchor Rodríguez, apodado más tarde por los nacionales el ángel rojo dispuesto a acabar con los crímenes de la guerra civil. El anarquista fue nombrado delegado general de prisiones en Madrid el 4 de diciembre con plenos poderes e impuso que cualquier salida de las cárceles llevara su firma. Por desgracia no finalizaron las matanzas colectivas, las víctimas de la guerra civil; Melchor Rodríguez fue destituido el 1 de marzo de 1937, año que marca el comienzo del poder absoluto del PCE en el Frente Popular. Empezaron por descabalgar al mastuerzo de Largo Caballero de la jefatura del gobierno y colocaron a Negrín en su lugar. Con él al mando se produjo la matanza del túnel de Usera para la cual los socialistas del PCE diseñaron una estrategia sutil; se hacían pasar por miembros de la quinta columna para localizar a las personas que deseaban pasarse a la zona nacional, y una vez descubiertos los encarcelaban en una casa de Usera, los torturaban, les robaban y cumplidos esos trámites los fusilaban arrojándolos a fosas comunes; algunos seguían vivos al caer y murieron por la asfixia que les provocaban los muertos que les caían encima, igual que en Paracuellos. Los cadáveres exhumados al finalizar la guerra fueron 67.
Analiza finalmente César Vidal quienes fueron fundamentalmente los grandes responsables de aquellos terribles acontecimientos. Creo que acierta al descartar como único a Santiago Carrillo, si bien pudo ser el principal, pero matanzas de esa dimensión no son atribuibles a un solo actor. Incluye en el grupo a Margarita Nelken, Ángel Galarza, García Oliver y Manuel Muñoz. Vamos, que no faltó casi ningún componente del famoso Frente Popular. Por supuesto contaron con la colaboración de los milicianos que sacaban a la gente de las cárceles, ataban con alambres las manos a la espalda, fusilaban y arrojaban los cuerpos a las fosas, previa y descontroladamente, preparadas al efecto donde el que no había fallecido por los balazos moría asfixiado por los cuerpos que le caían encima.
Llegar a ese grado de crueldad no es cosa de un día como apuntamos al relatar el genocidio religioso; se requiere una labor didáctica de tiempo e intensidad que en Europa se venía desarrollando desde al menos un siglo antes por parte de marxismo y anarquismo. Conseguir la sociedad celestial en la tierra precisaba la violencia y, sobre todo, precisaba algo aún más fundamental: el hombre nuevo. El hombre precisado por Marx para la instauración de la sociedad sin clases, que encontró en Rusia un ambiente propicio para nacer y se desarrolló y expandió en España en número y calidad al menos no inferior al de aquella nación. Qué mejor manera de establecer la sociedad sin clases que eliminar a la otra, la perversa compuesta por quienes no piensen como nosotros.
