Las andanzas financieras no se limitaron al asunto del niño de oro; se dilataron durante toda la guerra y tuvieron su colofón más vergonzoso a su finalización si bien la estrategia se diseñó tiempo atrás. En carta de 23 de junio de 1939, por tanto acabada la contienda, le escribía Negrín a Prieto una carta en los siguientes términos:
“El ministro de Hacienda (Méndez Aspe) –recordemos el que comandó el descerrajamiento de las cajas de seguridad–, de acuerdo conmigo y conforme a un plan minuciosamente estudiado y preparado desde hacía mucho tiempo, trató de asegurar en países, o por procedimientos en que nuestro derecho sobre los recursos del Estado republicano no pudieron ser puestos en peligroso litigio, todos los medios utilizables para remediar en lo posible, el infortunio de nuestros compatriotas en la emigración… Gracias a nuestra previsión y diligencia han podido salvarse elementos tales que en su cuantía no lo hubieran soñado quienes hace dos años aseguraban que la guerra estaba a punto de terminar por agotamiento de nuestros recursos y daban el insensato consejo, cuando aún la guerra podía y debía ganarse, de situar fondos en el extranjero, por estimar seguro un desenlace contrario sin reflexionar que el sigilo de tales movimientos es muy difícil guardarlo y que el conocimiento de tal medida hubiera tenido efectos catastróficos…Así, con cautela y rapidez, sin precipitaciones y atolondramientos, se ha podido salvar lo que se ha salvado”.
Merece la pena releer con detenimiento la misiva para constatar la miseria que trasluce y la categoría moral del personaje que la redactó. Previsión para acumular fondos no le faltó pues le eran necesarios para desarrollar el tren de vida que le gustaba; se desenvolvía en la buena vida como nadie hasta el punto, según informan quienes le conocieron, de llegar a vomitar lo engullido para seguir paladeando nuevos ingredientes. Pero le faltó diligencia al Doctor Negrín, veremos a continuación, para quedarse con el botín. Recordemos otra vez la opinión de Payne sobre la categoría de aquellos políticos, y la definición del polaco Makhaiski del socialismo. En esta carta se reflejan ambos asuntos. Nosotros a lo nuestro y los obreritos que se apañen ellos.
Lo que se alude en la carta de Negrín, lo salvado sin precipitaciones ni atolondramientos, se materializó en la carga depositada en un yate, al parecer de lujo, conocido como VITA, y el cargamento se había logrado mediante una política muy previsora con la que se logró acumular lo que Olya calificó como el tesoro de guerra de Negrín. Dado que al producirse el alzamiento todo el mundo, fuerzas del orden, milicias de partidos, sindicatos y particulares, requisaban como les venía en gana, se creó tan pronto como el 23 de septiembre de 1936, o sea en cuanto Negrín se hizo cargo del ministerio de Hacienda, un organismo de nombre Caja de Reparaciones y Perjuicios de la Guerra, mediante el que se estipulaba que las responsabilidades derivadas de esta se atribuirían a los “partícipes en el movimiento sedicioso” y se encargaría de recoger y administrar las incautaciones que se efectuasen de acuerdo con las disposiciones contempladas en sus doce artículos. En el 4º se regulaba la constitución dentro del tribunal popular que funcionase “en Madrid para conocer los delitos de rebelión y sus conexos… una sección especial encargada de determinar las responsabilidades civiles, haciendo las declaraciones sobre incautaciones y embargos preventivos o incautaciones provisionales que correspondan”. Podía acordar la retención provisional de los saldos y valores mantenidos en entidades de crédito de “las personas sobre las que hubiese indicios racionales de participación en el movimiento sedicioso”, así como de “los españoles que abandonen su residencia habitual para instalarse en territorio rebelde”. Desconozco si a los golpistas catalanes de nuestros días, culpables de sedición se les han retenido sus saldos y valores. Por el momento los medios de comunicación jaleadores del delito continúan sus emisiones.
El rosario de disposiciones dictadas para hacerse con cuanto fuese necesario de cara al futuro lo relata Olaya. En octubre decreto de Hacienda exigiendo entregar oro amonedado o en pasta o divisas y valores extranjeros a “toda persona individual o colectiva”. En enero otro decreto exigiendo a los bancos la entrega al Banco de España del material indicado que tuviesen en su poder. En mayo otro insistiendo en la entrega del ansiado material a los bancos, pero éste más delicado porque se permitía guardar al menos cinco monedas de las de un duro –los más jóvenes desconocen lo afortunado que era quien poseyese un duro de plata, no digo en los años treinta sino en los cincuenta–. En diciembre se autorizó al juzgado especial para proceder a “la apertura de Cajas de alquiler o cualquier otro recinto donde puedan existir monedas de oro, valores extranjeros –lo de siempre-, que no hubiesen sido presentados en el Banco de España”. Reconoce Olaya que “ignoramos la cantidad exacta de oro, valores, divisas, piedras preciosas, etc., que el gobierno pudo recuperar tras la publicación de estos decretos”, pero sí informa que cuando accedieron los socialistas al poder mandado por Largo Caballero con Negrín en Hacienda, el procedimiento de los envíos de fondos al extranjero cambió radicalmente con respecto al seguido por el anterior gobierno; con él la mayor parte de los envíos que se hicieron a Francia se depositaron en cuentas de personas de confianza del ministro y que en una de ellas, a nombre del propio Negrín, la cantidad fue de 370 millones.
Sí, un rosario de disposiciones –y aún más actuaciones– a la caza del oro, alhajas y demás activos mencionados. Pueden encontrarlas en la obra de Olaya o en las semblanzas de Negrín y Prieto, incluidas en el libro de José María Zavala Los gángsters de la Guerra Civil. No hubo tropelía que no se cometiera atestiguada por las declaraciones de los miembros de los partidos que integraron el famoso frente popular. A título de ejemplo lean lo narrado por el comunista Rancaño que sintetiza muy bien la estrategia practicada: “entre esas alhajas estaban las alianzas de boda de centenares de gentes modestas, leales, además, a la República, y los recuerdos familiares de cientos de familias (extraídos) de los Montes de Piedad, donde estaban empeñados. Primero salió la disposición –decreto o lo que fuera—ordenando la entrega de alhajas en los bancos. Después se bloquearon las cajas de alquiler y los depósitos de los bancos, así como las existencias de los Montes de Piedad…Y en los primeros días de noviembre se procedió a abrir con soplete las cajas de alquiler”.
Hay que decir que si bien en el caso los lamentos provienen de un comunista, no hubo ninguna organización del frente popular que quedase fuera de la necesidad expoliadora; todos: socialistas, comunistas, separatistas catalanes y vascos…, con un factor común a casi todas las relaciones que mantuvieron entre sí aquellas organizaciones de la época: las peleas para ver quien se quedaba con la bolsa. Como puede suponer el lector una de las más interesadas en el botín fue la de los separatistas catalanes, porque ellos precisaban de medios para que “una vez en el destierro, la Generalitat, como institución representativa de la personalidad catalana, pudiese seguir actuando”, como, clarísimamente, con toda razón y legitimidad expresaba uno de sus dirigentes Pi y Sunyer. Mediando aquella olla de grillos era preciso poner orden y se les ocurrió –a los grillos–, encarnados en este caso por los presidentes de la República, de las Cortes, del Gobierno y de Cataluña y Euzkadi, la constitución de un organismo para la administración de los bienes de la República cuyo desenlace describe así Martínez Barrio: “Azaña encontró la idea razonable y ventajosa…El acuerdo de crear dicho Consejo no fue, naturalmente, escrito, protocolizado, fue lo que corrientemente se llama un pacto entre caballeros. Un pacto que no se cumplió”. Cosa rara interviniendo en el asunto Azaña, una persona que desprendía un halo de autoridad, por la valentía demostrada, difícil de eludir.
Supongamos que todos esos bienes, desechando las opiniones vertidas por políticos y seguidores del Frente Popular sobre la corrupción con la que se gestionaron los bienes incautados, se aplicaron a una política de guerra correctamente. Suposición errónea y totalmente alejada de la realidad porque una parte del tesoro se embarcó en el yate VITA, y el encargado de gestionar el cargamento fue el tantas veces citado líder del PSOE Indalecio Prieto. El famoso yate había pertenecido al rey Alfonso XIII con el nombre de Giralda y adquirido años después por Negrín con el fin de trasladar un bonito tesoro lejos de España. En febrero de 1939, tras la última reunión de las Cortes del Frente Popular en España, se acordó trasladar el tesoro acumulado en el castillo de Figueras a París, pero del tesoro 120 maletas fueron finalmente embarcadas en los puertos de El Havre y Ruán en el VITA que, por cierto, operaba con bandera estadounidense rumbo a Veracruz, en donde al arribar se planteó un serio problema por no presentarse allí la persona de confianza designada por Negrín para hacerse cargo del tesoro que, por si faltaba algún ingrediente, llegaba en un barco en el que ninguno de sus tripulantes era de la nación que lo abanderaba.
El asunto se solucionó tras una serie de trapicheos gracias a la intervención de Prieto, que desde noviembre de 1938 estaba fuera de España adonde nunca volvió –sí, el líder del proletariado dejó a sus muchachos en plena contienda y, por lo que pudiera suceder, atisbó el conflicto desde la lejanía–. Finalmente el desembarco de la mercancía se realizó en Tampico descrita por el militar mejicano que la inspeccionó en “diversidad de baúles, petacas y valijas chicos y grandes en cantidad oscilante entre 150 y 155”. De allí se trasladó a la vivienda de un funcionario de la embajada española, donde otro español, el doctor Puche, informó que “se encontraba todo en un completo desorden, bultos por todas partes, maletas abiertas mostrando su contenido; en fin aquello era un verdadero caos. En esas condiciones no podía uno aceptar aquello”. Según Puche la carga ocupaba los dos tercios de una habitación de unos 30 metros cuadrados. Al cabo de un mes el tesoro se depositó en un departamento alquilado por Prieto. Puche diría después que “el que se hizo cargo de los bienes de la República fue don Indalecio Prieto… La excusa que dio para intervenir no era válida, pues decía que el Gobierno había abandonado todo lo que venía en el VITA, cosa que no era cierta. Lo que pasó es que, siendo un cargamento con un alto poder material, podía convertirse en poder político…Lo cierto es que lo que luego sucedió con el dichoso cargamento, fue lamentable para el prestigio de la República y de la emigración”.
Así las cosas hubo quien no se resignó a que el tesoro tuviese un único dueño: Negrín –recuerden que líneas anteriores dijimos que había obrado con precisión pero no con diligencia–, que decidió haciendo de tripas corazón, iniciar unas relaciones amistosas con Prieto mediante carta dirigida a éste tal vez en un intento de suplir la omitida diligencia: no hacerse con la pesada carga. La contestación del ausente no lo fue tanto, léanlo:
“Estimado correligionario: …debo decirle que nuestra amistad ya muy quebrantada a partir de abril de 1938 la considero rota por completo desde abril de 1939. Consiguientemente no debe realizarse la entrevista conmigo que proyecta usted a su llegada a esta capital… Si, aparte de esta amistad ya muerta, tuviera usted algo que decirme, ruégole que lo haga por escrito para que sea también por escrito mi respuesta”.
Vamos que del tesoro me encargo yo solito. Y ya lo creo que lo hizo; cuando el gobierno reconstituido en el exilio mejicano le pidió cuentas no tuvo inconveniente en rendírselas aportando los documentos precisos para que los encargados de analizarlas las aprobaran; pero uno de ellos, seguramente con conocimientos rudimentarios de contabilidad, captó un detalle: se informaba de la gestión y del inventario restante pero no del inventario de partida; es decir ¿qué había inicialmente en las bodegas del VITA?
A partir de ahí lo previsible: encontronazos entre unos y otro llegando al extremo de que el gobierno en el exilio requirió judicialmente a Prieto para que entregase los bienes del yate que siguiesen en su poder; tristemente no se obtuvo respuesta satisfactoria. Finalmente resultó que sí existía una relación, la que él siempre negó, en la que constaban los bultos con su numeración y contenido individualizado que pueden hallar detalladamente en la obra de Zavala. Algunos ejemplos ilustran acerca del grado de golfería que habían alcanzado para intentar vivir del tesoro allí existente: Colección de relojes de valor histórico, colecciones de monedas de oro de valor numismático, ejemplares únicos de incalculable valor histórico, ropas y objetos religiosos procedentes de la catedral de Toledo, entre ellos el famoso Manto de las cincuenta mil perlas, objetos históricos de la catedral de Tortosa y, por supuesto, depósitos de los Montes de Piedad a espuertas. En fin un latrocinio del que pensaban vivir aquellos grandes gobernantes progresistas. Y, para colmo, las monedas de valor numismático incalculable se mandaron a fundir, con el desglose que informó el gobierno mejicano.
Sucedió el milagro de que el dinero de los particulares se había transformado en público al pasar a manos de los representantes del gobierno y, tal y como hoy ya sabemos, al experimentar tal cambio el que antes lo encuentre que lo disfrute. Por desgracia para sus intereses no todo adquirió esa condición, la de público, porque quien sí consiguió encontrar entre los bultos del VITA sus joyas fue la mujer de uno de los ministros de la república que no admitió la conversión. Casualidades de la vida. Pequeñeces que no le impidieron al gran Prieto vivir en un magnífico chalet y pasear en Cadillac como denunciaron otros exiliados no tan afortunados (Makhaiski). Los hechos demostraron la certeza de la respuesta de Prieto a quien le preguntó sobre el lío en que se metía al asumir la gestión del tesoro: “Sí, la mierda puede llegarme hasta el cuello”. Si en la cuestión del oro los dirigentes del PSOE contaron con la colaboración nada desinteresada de su admirado Stalin, en lo referente al asunto VITA se lo trajinaron ellos solos.
Una última cuestión. ¿Usted considera acertada la afirmación de Olaya sobre la consecuencia que supuso la entrega del oro a Stalin por el gobierno del PSOE?
