Con las palabras entrecomilladas inicia Francisco Olaya Morales un capítulo de su libro El expolio de la República,en el que relata exhaustivamente las andanzas financieras del PSOE durante los años de la guerra civil y posteriores. Olaya fue militante de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), el sindicato de inspiración anarquista –el de mayor implantación en España entonces–, que intentó mantener su independencia de los partidos de la época. En la breve presentación de la obra realizada por Jiménez Losantos, destaca éste certeramente la semejanza entre su libro y el del estadounidense Burnett Bolloten titulado inicialmente El gran engaño, en el que historió lo sucedido en la zona llamada republicana durante la contienda. Ambos autores dedicaron una parte importante de su vida a investigar y coleccionar cuantos datos y documentos consideraron de interés para la culminación de sus libros. Y ambos han sido ninguneados por los seguidores de lo que se denomina corrección política que han contado a su favor para la consecución de tal propósito con lo voluminoso de sus obras, creo yo.
Es famoso el discurso radiado de Indalecio Prieto de 9 de agosto de 1936, semanas después de producirse el alzamiento nacional protagonizado por la media España que no se resignaba a morir, afirmando que “una guerra no es simple heroísmo…Si la guerra, cual dijo Napoleón, se gana principalmente a base de dinero, dinero y dinero, la superioridad del Estado es evidente…Con los recursos financieros totalmente en manos del Gobierno, podría ascender hasta la esfera de lo legendario el valor de los que impetuosamente se han lanzado en armas contra la República, y aún así serían inevitable, inexorablemente, fatalmente vencidos.” También el jefezuelo de Cataluña, Companys, arengaba en el diario de la Esquerra que “Contamos con la industria, con la armas y la moral”. No recuerdo donde leí que Franco dijo al respecto que, efectivamente, “lo tienen todo menos la razón”.
Pues bien, un componente importantísimo de ese dinero y dinero invocado por el líder socialista lo constituía el oro al que se refiere Olaya. En concreto es el que el gobierno del Frente Popular que se había adueñado de la República remitió en su mayor parte al gran Stalin, a título de depósito, para que lo guardase de caer en malas manos, las de los nacionales, que por la época en que se decidió su envío se aproximaban a Madrid en donde se guardaba y no precisamente en pequeña cantidad. Según los historiadores eran las cuartas reservas de oro más importantes del mundo.
Sobre aquella vergonzosa decisión, tomada en virtud de un decreto de 13 de septiembre de 1936, y tal vez por ese carácter de auténtica vergüenza, se ha escrito bastante. El calificativo aplicado a la medida no creo que sea exagerado; de hecho el propio dirigente socialista Prieto, decía años después que cuando le tocó a él informar al presidente de la república, Azaña, desconocedor del envío, “nunca le había visto tan fuera de sí”, anunciándole su decisión de dimitir inmediatamente, cosa que como otras veces no hizo. Teniendo en cuenta que la llamada memoria histérica propiciada por el gobierno socialista-separatista, y su muchachada informativa, se retrotrae solo hasta 1939, es interesante conocer cómo se tomó aquella decisión y porqué indignó –encolerizó– tanto al mismísimo presidente del régimen.
Azaña había firmado un decreto calificado de reservado en la fecha referida, por el que facultaba a Negrín, ministro de Hacienda, “para que en el momento que lo considere oportuno ordene el transporte con las mayores garantías, al lugar que estime de más seguridad, de las existencias que de oro, plata y billetes hubieran en aquel momento en el establecimiento central del Banco de España”. Según Olaya el traslado lo tenía ya decidido Negrín dado que comenzó al día siguiente embalándolo en “diez mil cajas que se habían fabricado previamente en los talleres colectivizados de la carpintería de la UGT y su lugar de destino fue Moscú”. Azaña se enteró seis meses después del envío cuando, como hemos señalado, se lo comunicó Prieto, y el lector se preguntará porqué se hizo de esta manera, porqué se ocultó un hecho de tal trascendencia al presidente de la añorada república. Desde luego una cuestión trivial no fue; por ejemplo Pío Moa calificó en su día el envío del oro a Rusia como la medida político-estratégica más decisiva, más trascendental, que tomó el Frente Popular en su historia. Es interesante ante algo de tal importancia conocer la versión del asunto ofrecida, posteriormente, por los personajes implicados en él, todos ellos dirigentes de alcurnia del PSOE.
La explicación de Prieto, muy creíble como podrán verificar, fue que se enteró casualmente al coincidir en Cartagena con el embarque de las cajas, porque en ese puerto fue donde se les dijo adiós para siempre a las reservas. Largo Caballero, presidente del gobierno cuando los hechos, por su parte apuntó que se ocultó porque Azaña, “se hallaba entonces en un estado espiritual verdaderamente lamentable”. Ambas explicaciones son un ejemplo más de la profunda realidad que caracterizó al ensalzado régimen que, según el parecer de algún que otro historiador, constituyó un factor primordial en el resultado desastroso de la república. El factor en cuestión es el que apuntó, en mi opinión acertadamente, el norteamericano Payne ya mencionado en otro capítulo de este libro: “la baja calidad e irresponsabilidad de los jefes políticos”.
No es esta una condición de escasa importancia para el funcionamiento adecuado de un régimen democrático. Al contrario, señalaba uno de los más importantes economistas del pasado siglo –pero que era mucho más que economista–, el ya citado en otro lugar Schumpeter, que la primera de las cuatro condiciones precisas para el éxito del método democrático –temblemos– “consiste en que el material humano de la política debe ser de una calidad suficientemente elevada”. No se trata de redactar aquí un tratado de politología pero no me resisto a exponer la cuarta condición enumerada por el autor indicado: “la autodisciplina democrática” que implica que “por encima de todo los electorados y los parlamentos tienen que tener un nivel intelectual y moral lo bastante elevado para estar a prueba de los fulleros y farsantes o de otros hombres que, sin ser ni de una ni otra clase, se conducirán de la misma manera que ambos”. Como no deseo la desbandada de una gran parte de la población española omito relacionar las otras dos condiciones que faltan. Quedémonos por ahora con temblores, si bien faltan dígitos en la escala Richter para medirlos a la vista de nuestra actual gobernanza.
Recapacitemos: el ministro de Hacienda, socialista, interpreta como le viene en gana el famoso decreto reservado, y ni él ni el jefe del gobierno, también del PSOE, informan al jefe del Estado sobre el lugar donde se envía el modestísimo cargamento y, para finalizar, comienza la hazaña al día siguiente de la emisión de la norma. Otro ministro, Prieto en ese instante a cargo de Marina, dice enterarse de manera fortuita al coincidir con el cargamento en Cartagena. Más recapacitación: con Madrid en plena guerra civil se están cargando diez mil cajas en la sede del Banco de España, y nadie informa al gobierno de semejante hecho; creíble cien por cien Prieto que ratifica la calificación cualitativa de Payne porque ¿de qué asuntos se ocupaban aquellos ministros? ¿este carecía de importancia o no querían saber nada de él? Por si faltaba algún personaje más tenemos a Largo Caballero, presidente del gobierno, reconociendo que lo ocultaron al de la república por su estado espiritualmente lamentable. Ellos debieran conocer suficientemente la personalidad del que se encontraba en semejante estado puesto que lo habían colocado en ese puesto destituyendo, de manera calificada por muchos de ilegal, al anterior Alcalá-Zamora, ¿para ningunearlo? En cualquier caso tratándose de gobernantes socialistas, y aunque entonces no existiera el Consejo de Transparencia, esta fue total en este asunto. Virtud en la que no le van a la zaga sus actuales herederos. Pero debe quedar claro que las tres personas decisivas en tan honrosa hazaña fueron tres dirigentes del Partido Socialista Obrero Español. E insistimos en ello porque para la posteridad quedó el mensaje de que fue obra del Partido Comunista, por aquello de que el oro quedó en manos de la nación, la URSS, patria del comunismo durante años. Y la referencia era el oro de Moscú.
Pero tanto las ideas como los hechos suelen arrostrar consecuencias y, enviar aquellos ahorrillos a tan ilustre amigo de la humanidad, no iba a ser una excepción. Para Pío Moa en su reciente libro Por qué el Frente Popular perdió la Guerra Civil, este asunto presenta tres evidencias: primera, la entrega fue ilegal o irregular por su clandestinidad – al presidente de la república se le ocultó–; segunda, se envió a una nación totalmente opaca financieramente hablando, distante por si fuera poco unos 4.500 km. sin posibilidad de rescate o devolución del oro. Tal vez aquellos gestores tuviesen ya asumida la idea que, décadas más tarde, expresara una componente de su partido: “el dinero público no es de nadie” y, si es así, quien lo encuentre se lo queda. En este caso quien se lo encontró –el depositario– fue Stalin, y para hacerse una idea de la personalidad del beneficiario vean lo que sucedió una días antes de la remisión. En agosto se celebró en Moscú un juicio contra dieciséis comunistas acusados por otros colegas, estos adeptos a Stalin, de terroristas; aquello era una comedia en la que no se sabía quiénes eran los acusados y quién el fiscal, en la que convencieron a los primeros que asumieran su delito y que pidieran, ellos mismos, la pena de muerte para, a continuación, solicitar la gracia del Tribunal Supremo. Resultado: a las 24 horas fueron fusilados los dieciséis. No podían desconocer los ilustres dirigentes del PSOE el hecho porque fue publicado por un periódico tan prestigioso como el parisino L´Humanité del 26 de agosto en estos términos:
“No hay un trabajador honesto, un socialista sincero, un amigo de la paz que no apruebe el acto de legítima defensa del Estado socialista contra la banda de asesinos y de espías… ¡Viva el socialismo triunfante en la Unión Soviética! ¡Viva el Partido bolchevique! ¡Viva el camarada Stalin, conductor genial de los trabajadores hacia una vida feliz!”
O sea que a Alberti y Neruda les precedieron otros panegiristas tan repulsivos o más que ellos. A este personaje, a Stalin, le confiaron nuestros socialistas sinceros amantes de la paz las reservas de oro. Y claro, la tercera y más decisiva evidencia apuntada por Pío Moa fue que “Stalin se convertía en amo de los destinos del bando izquierdista-separatista español, al depender de él la entrega de armas”.
Parece ser que ese gran estratega llamado Largo Caballero lo lamentaría largamente en la posteridad. Uno de los argumentos de los defensores del Frente Popular, de entonces y ahora, justificadores de la victoria de los nacionales fue el abandono de las democracias occidentales de su causa. Quieren obviar que en España, entonces y ahora, existen embajadas de muchos países que deben informarles de nuestros acontecimientos. Británicos y franceses conocían las andanzas conjuntas del progresismo hispánico y soviético del momento y no debían sentir gran entusiasmo para cooperar en el instalación de otra república socialista, de manera que, por si les faltaban datos –ejemplo, el asesinato de un jefe de la oposición por los socialistas que, aunque a estos les cueste creerlo, también lo sabían–, enterarse de la remisión del oro al prócer socialista ruso no contribuiría a incrementarlo. Lean la información de un agente francés a su Ministro de Exteriores de 26 de septiembre de 1936, precisamente sobre los problemas de entendimiento entre el gobierno central y la generalidad catalana por cuestiones financieras –España nos roba ya entonces–, a raíz de la estancia del agente en Barcelona: “El suceso de mayor importancia es la agria controversia entre la Cataluña sindicalista y el gobierno central de Madrid, que debe ser calificado como comunista. En efecto, toda la actividad del señor Largo Caballero está dictada por los cuatro delegados de los soviets que le rodean y le imponen su voluntad”. Y en ese instante la influencia de Stalin en el Frente Popular estaba comenzando.
Además de la irregularidad que supuso el ocultamiento al presidente del régimen –cuesta imaginar en el bando nacional a algún ministro escamotear un hecho similar a Franco–, hay otras cuestiones interesantes en el envío del oro.
Una de ellas es porqué se eligió a Rusia como destino y la premura en remitirlo. Recordemos que el Decreto Reservado, al parecer dictado a instancias de Negrín, tenía fecha 13 de septiembre, ni siquiera dos meses después del alzamiento nacional y ocho días más tarde de que tomara posesión el nuevo gobierno encabezado por L. Caballero con Negrín en Hacienda. El primero razonó, más tarde, que “como los facciosos estaban a las puertas de la capital… solicitó permiso para sacar el oro y llevarlo a sitio seguro sin decir donde. Esto era una cosa natural en evitación de que, en un caso desgraciado, el tesoro, fuese a parar a manos de los sublevados, pues sin armas y sin oro para comprarlas la derrota de la República sería inevitable”. Olaya en su libro no comulga con este argumento; es verdad que Talavera había caído en poder de los nacionales el día 3 de septiembre, pero se habían estabilizado allí a una distancia de 116 km. de la capital donde el 8 sufrieron el contraataque republicano mientras que, al día siguiente el general Monasterio toma Arenas de San Pedro y enlaza a los sublevados del norte y el sur, y la decisión que tomaron, tras la toma de Maqueda el 21 de septiembre, fue dirigirse a Toledo ciudad en la que además de El Alcázar, cuya liberación adquirió resonancia internacional e inyectó una dosis de moral importante en las tropas nacionales, acogía una fábrica de armas que cayó en sus manos. A Madrid no llegaron hasta noviembre, dos meses después.
Uno de los argumentos contrarios a la capacidad estratégica de Franco fue dirigirse a Toledo en lugar de ir directamente a Madrid. Más bien parece, por el resultado final de la contienda, que quienes así opinan hubieran deseado que se estancara de por vida en la capital. Es paradójico que una persona a quien sus enemigos califican de zote, cerril, incompetente, militar mediocre, etc., al verificar que con los medios a su disposición no podía tomarla, modificara la estrategia siguiendo los consejos de otros compañeros de armas. Olaya dice que “la verdad es que las fuerzas franquistas no llegaron a las inmediaciones de Madrid hasta dos meses después, y el peligro no debió ser tan evidente, pues hasta el propio Azaña, que temía por su físico más que por el oro, se mantuvo en la capital hasta los primeros días de noviembre”.
Sobre la premura también se ha apuntado otro motivo que, según Olaya, los dirigentes del Partido Comunista años más tarde introdujeron en base a dos argumentos de peso: “los faistas (los militantes de la FAI, los anarquistas) catalanes querían apoderarse del tesoro y el presidente de la Generalidad, Juan Casanovas, exigía que se le entregaran grandes cantidades de divisas”. No participa Olaya plenamente de esa teoría, aunque sí manifiesta que los enfrentamientos o desconfianzas entre los gobiernos central y autonómicos de entonces fueron un estorbo para la financiación de la guerra. Así se expresa el historiador anarquista: “El oro que no se podía confiar a los catalanes, ni a los vascos, ni a los valencianos, ni a los embajadores, ni a las comisiones de compras, que se utilizaba mal y a destiempo, fue entregado a los rusos, en definitiva, con candidez que desconcierta y sin garantías”. En resumen una coordinación perfecta que sirve de ejemplo para constatar la confianza que se observaban mutuamente aquellos líderes tan homenajeados y reconocidos hoy, con Caballero al mando de las operaciones.
Bien, justificada o no la premura, lo cierto es que el oro salió de Madrid en septiembre con destino a Cartagena y en opinión de Olaya “si el oro se trasladó a Cartagena, no es porque se pretendiera ponerlo en seguridad. Se llevó allí con la intención preconcebida de enviarlo a Moscú…No obstante, descubierta la maniobra, se buscan a posteriori otros pretextos (que no tienen más valor que los primeros), para justificar el destino y sus consecuencias ulteriores”. ¿Y porqué no se quedó en Cartagena? La conformación de su puerto, creo yo, ha sido el motivo fundamental de que Cartagena haya sido, desde siempre, un enclave apetecido por cuantos han querido dominar el Mediterráneo. Es una ensenada natural extraordinaria, dotada de unas condiciones de seguridad portentosas que, por si faltara algo, cuando la guerra, el bando frentepopulista contó con una ventaja abrumadora para asegurar su defensa por cuanto la mayor parte de la flota permaneció en sus manos; ventaja: 46 unidades navales para su bando por 19 para los nacionales que no supieron explotar. Eso sí organizaron una escabechina con los oficiales de los barcos que cayeron de su parte. Todavía en fecha tan próxima a la finalización de la contienda, el 7 de marzo de 1939, fue hundido el buque de los nacionales Castillo de Olite, al no recibir la orden de retirarse e intentar entrar en el puerto, resultando centenares de muertos consecuencia del fuego de una batería de los populistas. Es más, Cartagena al igual que Madrid fue una de los últimos enclaves en caer en poder de los nacionales; en concreto el 29 de marzo, un par de día antes de la finalización de la lucha.
Las prisas son malas consejeras, y en este asunto más que prisas había más de uno loco por la música, la música estalinista que agradaba enormemente a los socialistas que no se habían recatado de alabar en sus mítines y declaraciones. Recapitulemos, el decreto reservado es del 13 de septiembre y el 14 se inicia el envío a Cartagena, precisándose diez mil cajas… ya preparadas, o sea que cuando al presidente de la república le presentan el reservado a la firma, el asunto estaba más que cocido porque un número tal de envoltorios no se confeccionan de la noche a la mañana, ni con un milagro de productividad socialista.
En fin, que los hechos posteriores, caídas de Madrid y Cartagena tan tardías, muestran que la premura no tuvo justificación, y si se optó por tal estrategia de buena fe no cabe calificarla de acertada. Recordemos que los zotes, los incompetentes, los brutales, los incultos, etc., eran los generalotes del bando nacional. Los cultos, sabios, modernos, progresistas, etc., eran, y son, los progresistas del Frente Popular. ¿Influiría en las prisas la intención del gobierno de entonces de abandonar la capital al conocer el avance de los nacionales y no desear alejarse del Tesoro? Tras éste, en el mes de noviembre se marchó el gobierno a Valencia en un gesto que no puede catalogarse de valiente. Algunos ministros hubieron de soportar dificultades y humillaciones en el camino hacia allí debido a los controles instalados por los milicianos.
La elección de Moscú es otra de esas medidas geniales adoptadas por aquellos sabios gobernantes socialistas que solo sus mentes privilegiadas podrían haber explicado. Es sabido que años más tarde, al inicio de la II Guerra Mundial, los gobiernos francés y británico, ante la amenaza de la invasión germana mandaron sus reservas a Canadá, país más de fiar que la Unión Soviética de entonces; ignoro quien era su jefe de gobierno en la época pero seguro que no tenía sobre su conciencia la multitud de crímenes del amigo de nuestros progresistas. Líneas arriba transcribíamos las palabras de Largo Caballero explicando el por qué se autorizó la salida de Madrid, pero no explica la elección de Moscú. Tampoco que sepamos se conoce que Negrín se manifestara al respecto. ¿Por qué se desecharon Francia y Gran Bretaña? Según relata Olaya, el Partido Comunista que había guardado silencio sobre este asunto durante treinta años afirmó con el tiempo que “el gobierno tuvo que tomar medidas antes de salir de Madrid y que, después, por temor a un desembarco enemigo, decidió llevarlo fuera de España, aduciendo el testimonio de Largp Caballero siguiente: “¿Dónde? Inglaterra y Francia eran el alma de la No Intervención. Además, ésta última se había negado a devolver a la República el sobrante por la desvalorización del franco hecha por Poincaré. ¿Se podía tener confianza en ellas? No ¿En dónde depositarlo? No había otro lugar que Rusia, país que nos ayudaba con armas y víveres. Y a Rusia se entregó”.
Olaya concluye que la reserva mantenida sobre este asunto ha sido tan absoluta, que hasta los más acérrimos defensores de Negrín reconocieron que su gestión en el ministerio era un misterio y que las justificaciones posteriores son pura superchería: “no puede afirmarse con seriedad que el oro no podía enviarse a Francia, Inglaterra, Suiza o México o los Estados Unidos”. Los datos objetivos permiten concluir que el motivo fue ideológico. La atracción que la Rusia de Stalin ejercía sobre los líderes del PSOE era la de un imán de extrema potencia. Tan grande era la confianza de los socialistas en semejante criminal que, como veremos más adelante, ni siquiera le exigieron un resguardo del cargamento a su admirado ídolo. Si grande era la confianza la opacidad la superaba hasta llegar al esperpento. Lean, lean la carta secreta que remitió el embajador de España en la URSS –¿aconsejado o inducido por el propio Stalin?– a su gobierno. Pueden consultarla completa en el libro de Olaya; aquí reproducimos por razones de espacio el párrafo final advirtiendo para su comprensión que, entre paréntesis, aclaramos quienes eran el padre, la madre y el padre de la madre en el parto de que se trata en tan original misiva:
“Por las condiciones y situaciones delicadas en que se ha producido el parto (el parto era la entrega del oro) y las repercusiones dañosas que su publicidad acarrearía tanto al padre (el papá era la URSS), como a la madre (la mamá era España) caso de que toda la familia (la gran familia era el Consejo de Ministros) conociera la sucedido me permito insistir en que se conserve la más rigurosa reserva. A mi juicio estas consideraciones imponen que, por ahora, solo se advierta del nacimiento del niño (el chiquillo era el oro) y de sus detalles al padre (este papá era Negrín) y al abuelo por parte materna (el personaje de la historia de Heidi era Largo Caballero)”.
La narración del asunto, obviando su trascendencia y la golfería que lo rodeó, resulta hilarante. Todo debía guardarse con tanto celo que, sigue Olaya, cuando a otro ilustre socialista, Araquistain, se le ocurrió mencionar en una conferencia que las armas rusas se pagaban con el oro español, denunciando la campaña de los comunistas que hablaban de la ayuda soviética como algo generosamente desinteresado, los dirigentes del Partido Comunista “pidieron a voz en grito que se le encarcelara por alta traición y difamación”, porque, claro está, solo podían conocer el parto el papá, la mamá y el abuelo por parte materna, y desviarse de los consejos del paterfamilias, Stalin, era peligrosísimo. Algún historiador, caso de Pío Moa, pone en duda que las instrucciones de la carta de mantener el secreto familiar fuesen obra del embajador; interpreta que más bien debieron ser instrucciones del gobierno o del propio Stalin. No es posible a estas alturas aclararlo. Ni si la redacción corrió a cargo de Groucho Marx o de Gila.
Otro aspecto de interés es el cómo se efectuó la entrega del niño iniciada al día siguiente a la emisión del reservado; el día 14 de septiembre empieza el traslado a Cartagena en las famosas diez mil cajas de madera. Aunque estamos ante unos políticos que habían demostrado su catadura, quisieron dar un cierto toque de legalidad al desfalco y para ello fueron consultados los consejeros del Banco de España, solo cuatro porque los otros doce habían escapado a la zona nacional e interpretando la consulta como una farsa, algunos de los restantes dimitieron, decisión que al no admitírsela optaron por el abandono de sus funciones, excepto uno de ellos que informó a los nacionales. Según un famoso socialista de la época, Zugazagoitia, que intervino en la saca del niño del Banco, al tropezar con cierta resistencia por parte de un funcionario, reacio a entregar al pequeño sin que le entregaran un mandato que le cubriese de toda responsabilidad, se le mató. Así lo cuenta Olaya. Pío Moa informa que fue un suicidio; desconozco si se refieren a la misma persona.
Una vez trasladado el pequeño a Cartagena había que enviarlo a un lugar seguro que, para nuestros ilustres socialistas del momento, ya hemos informado, fue la guarida de Stalin por entonces un conocido modelo de transparencia amén de otros encomiables atributos. El embarque se inició el 23 de octubre por la noche, como dice Olaya “a la hora en que se cometen los delitos con alevosía 7.800 cajas empezaron a ser cargadas en los barcos rusos”, prolongado durante tres noches y con llegada al puerto ruso de Odesa los días 2 y 9 de noviembre siguiente custodiados por cuatro claveros del Banco de España. Cuando llegó el cargamento a Rusia se informó al embajador de España del asunto porque hasta entonces le habían mantenido en la ignorancia más absoluta –más transparencia–. Fue allí cuando se procedió al recuento y peso de las cajas, cuya acta definitiva no se firmó hasta febrero del año siguiente; los rusos se negaron a firmar recibo o resguardo alguno en el momento de la carga lo que da idea de la confianza depositada por nuestros socialistas de la época en el camarada ruso. Vamos, parece que le estuvieran mandando una cesta de naranjas de Valencia, cerrando el trato con el apretón de manos tradicional.
El oro se envió en calidad de depósito, es decir que debiera haberse utilizado de acuerdo con las disposiciones que estimase oportunas el depositante, el gobierno frentepopulista, supuesto que en el caso no aconteció. Quien lo manejó fue el depositario, la URSS, derivándose una consecuencia fundamental ya apuntada: la dependencia absoluta del Frente Popular de los dictados de Stalin, entre estos el fortalecimiento del Partido Comunista de España que obtuvo un predominio cada vez mayor en su zona digno de meditación por la organización que puso las bases para conseguirlo: el PSOE que fue quien organizó el crucero para el niño.
El historiador estadounidense Bolloten incluye en su libro la siguiente cita del coronel Casado, Jefe de operaciones del Estado Mayor del Frente Popular durante unos meses: “Según pasaba el tiempo aumentaba la influencia rusa en el Ministerio de la Guerra. Los asesores militares rusos supervisaban los planes del estado Mayor y a través del ministro rechazaban muchas propuestas técnicas e imponían otras…Esos asesores amistosos ejercían su autoridad lo mismo en la Aviación que en el Cuerpo de Tanques”. Añade Bolloten la opinión del socialista Araquistain acerca de la influencia rusa en las altas esferas:
“La aviación dirigida por los rusos operaba cuando y donde estos querían, sin ninguna coordinación con las fuerzas de tierra o mar. El ministro de Marina y Aire, Indalecio Prieto, cínico y humilde, se burlaba de su cargo ante cuantos iban a visitarle diciendo que él no era ministro ni nada porque la aviación no le obedecía absolutamente. El verdadero ministro del Aire era el general ruso Douglas…Detrás de ellos (los oficiales rusos) estaban los innumerables agentes políticos que se disfrazaban de agentes comerciales y que eran en rigor los que dirigían la política española… Ellos dirigían a los militares rusos, al partido comunista y al propio embajador soviético, Rosemberg, que en realidad era un embajador de paja. Los verdaderos embajadores eran esos hombres misteriosos que entraban en España con nombres falsos y que trabajaban a las órdenes directas del Kremlin y de la política rusa”.
Pero no hagamos responsables únicos a los rusos, tal y como sucede con el problema actual del separatismo, el tumor radica no tanto en lo externo como en lo interno: los gobiernos de Madrid. Sí, veamos lo que manifestaba el mismo Prieto sobre la influencia de las fuerzas soviéticas que llegaron para ayuda a la república democrática del momento: “Rusia no podía ejercer coacción alguna que derivase de las fuerzas militares enviadas a España por ella. Su coacción provenía de haber quedado a virtud de la actitud de las demás potencias, como nuestra única suministradora de material y el instrumento coactivo lo constituían el Partido Comunista Español, más los comunistas y comunistoides enrolados en otras organizaciones políticas, principalmente en la socialista”. Recapacitemos don Inda, así le llamaban sus más cercanos, usted que vio la carga del oro rumbo a Rusia ¿no pudo disponer nada aun siendo ministro de Marina para evitarlo? ¿y tiene la caradura de lamentarse después de la influencia soviética?
Largo Caballero también reflexionó más tarde así: “Tenía que hacer esfuerzos titánicos para tolerar a los asesores por la siguiente reflexión: ¿Y si no nos facilitan material de guerra?”, y como al parecer los asesores advertían recelos en los asesorados y amenazaban con largarse proseguía Caballero “con estas amenazas ¿qué hacer? El Gobierno soviético se erigía en definidor de como debíamos hacer la política en nuestro país. Cuando esto lo hacían con nosotros ¿qué consignas no darían a los comunistas?”. Así se manifestaba el genial estratega tras remitirles el oro. Que yo sepa nadie les había puesto una pistola en el pecho para formar con ellos el Frente Popular ni para enviar al niño al cuidado de Stalin. En resumen, le entregan el oro y el depositario no solo lo administra a su gusto, sino que dirige la política de los entregadores. Operación genial de aquellos políticos ilustres con estatuas, calles y plazas en la España de nuestros días, concedidas por los herederos ideológicos de quienes acabaron maldiciendo las consecuencias de su actuación. Solo que las maldiciones no se entonaron en aquellos momentos, vinieron con mucho retraso; entonces las fotografías gigantescas de su admirados Lenin, Stalin y demás secuaces inundaban sus mítines, reuniones de partido y, como sabemos, rellenaban los arcos de la Puerta de Alcalá –mírala, mírala–, coronada con un ¡Viva la URSS! Imaginemos que los nacionales hubiesen colocado fotos de Hitler; seguirían abriendo los telediarios con ellas todos los días.
Y por último otro aspecto resaltable de la operación es el cuánto, la magnitud, la talla y peso del niño. Indicamos que las reservas depositadas en el Banco eran las cuartas más importantes del mundo, unas 638 toneladas y lo que se envió a los soviéticos, de acuerdo al acta de recepción, pesó un total de 510.079.529,30 gramos, en pesetas oro 1.586.236.800. La realidad de la cuantía monetaria es difícil de evaluar pues, aun aceptando el peso, al parecer la mayor parte del oro eran monedas que fueron fundidas perdiendo, lógicamente, su valor numismático; a este respecto nada pudieron aportar los cuatro funcionarios del banco, los claveros que acompañaron al pequeñuelo; ni pincharon no cortaron, estuvieron prácticamente secuestrados.
Olaya informa que no se limitó el envío al oro al que nos hemos referido, que no fue poco, sino que hubo más. Por ejemplo cajas de monedas y lingotes de oro camufladas en un buque camino de Odesa; por ejemplo envío a la embajada rusa en Praga de 90 kilos de monedas de oro por orden de la lideresa comunista Dolores Ibárruri y del socialista convertido al comunismo Álvarez del Vayo, ambos realizados a principios de 1938. Relata Olaya un sinfín de envíos escamoteados u ocultados mediante procedimientos que habría envidiado la mafia más ilustrada. No solo se retiró el oro de Madrid; le siguió una segunda intervención tras el cargamento de las famosas diez mil, para apoderarse de la plata con destino también a Cartagena y, a continuación, ya metidos en faena, en el mes de noviembre, de noche claro, una misión comandada por otro socialista, Méndez Aspe –llegó a ministro de Hacienda-, se dedicó a descerrajar 6.197 cajas de seguridad particulares de oro, monedas, alhajas y divisas, que se empaquetaron en bultos con tanta precipitación –con la oposición del funcionario encargado de su custodia–, que se rompieron por el camino sin que con seguridad se haya podido determinar su valor y destino. Eran cajas de particulares y no consta que se extendiese nota alguna de lo extraído de cada una para devolvérselo a sus legítimos propietarios en el futuro; otra modélica muestra más de la actuación del gobierno legítimo de la época.
Que el gobierno de L. Caballero sentía atracción –que le resultó fatal– por la Rusia soviética y su ensalzada y ejemplar dictadura del proletariado, lo demuestra el cambio de actitud con respecto al lugar elegido para mandar el oro. Antes de que el socialista accediese al mando, recordemos 5 de septiembre de 1936, lo ejercía José Giral hombre de la cuerda de Azaña sustituído, ante los reveses militares que venía recibiendo el bando populista, por Caballero que incorporó a su gobierno a cinco socialistas más, uno el doctor Negrín para encargarse de Hacienda. Los envíos de oro con Giral al frente, e incluso algunos también con Caballero, para la compra de material bélico se realizaron a naciones que podríamos calificar de más normales que la Rusia socialista y, por supuesto, más cercanas; por ejemplo a Francia se mandaron hasta final de 1936 unas 200 toneladas de oro, o sea más de un tercio de los que guardaría ejemplarmente el zar rojo de Moscú. El gobierno no tuvo problemas para operar con ese oro en la compra de material bélico, como tampoco los tuvo con las no despreciables 1.225 toneladas de plata remitidas a Estados Unidos. Eso sí, parece que con tanto metal no siempre en buenas manos, la corrupción en las compras abundó.
Se discute si primaron o no los motivos ideológicos en el envío a la Rusia comunista. Primaran o no, allí recaló el niño y llamativamente la medida se tomó cuando el gobierno se plagó de socialistas, que durante todo el período republicano no cesaban de alabar la dictadura soviética. Por si fuera poco muchos estudiosos del asunto están de acuerdo en que no se ha podido llegar a conclusiones totalmente exactas, por la opacidad que el ministro de Hacienda, socialista, mantuvo de todo ello. Con un agravante añadido que muestra el pelaje de aquellos dirigentes: a los miembros del gobierno no parecía importarles lo que se estaba cociendo con las reservas de oro; no les apetecía siquiera informarse. Por su actitud la impresión es que se estaban enajenando, como adelantamos, naranjas de Valencia. Y por si fuera poco pretenden algunos historiadores que tenían un desconocimiento absoluto, recordemos que Prieto dijo enterarse de casualidad al coincidir con el embarque en Cartagena. Barcos soviéticos cargando miles de cajas y el ministro de Marina y Aire se entera de casualidad. Prieto que al inicio de la guerra invocó como factor decisivo para ganarla el potencial económico de su Frente Popular –las guerras se ganan con oro decía–, no puso trabas a desprenderse de él poniendo rumbo al camarada Stalin.
Años después reconocería que “el PSOE no podrá vanagloriarse de los resultados desdichadísimos que concluyó teniendo aquella aventura pero en justicia no puede, como desea cierta propaganda, descargar toda la responsabilidad sobre los comunistas. Un ministro socialista pidió plena autorización para proceder libremente; el Gobierno del que formábamos parte otros cinco socialistas, incluso quien lo presidía, se la concedió, y socialistas eran también los bancarios que dispusieron cuanto se les ordenó, tanto en España como en Rusia, así como los paisanos que convoyaron el cargamento entre Rusia y Cartagena”. Y por si no fuera suficiente continuaba manifestando que “aunque para nada intervine en el depósito ni en la administración del oro conducido a Rusia, estoy segurísimo de que es falsa la afirmación difundida por Pravda (el periódico de Stalin) de que el importe de las quinientas toneladas de oro se consumieron por la República. Estamos ante un desfalco colosal”. Perdón, ¿atribuible a los socialistas del PSOE?
Y seguía Prieto contando –había muchísimo que contar– interesantísimos asuntos atinentes a las glorias financieras que socialistas y comunistas desarrollaron en situación de guerra civil: “Que el partido Comunista francés administró para compras de material de guerra dos mil quinientos millones de francos entregados por Negrín, sin que la administración de tan enorme suma la hubiese controlado, poco ni mucho, ningún funcionario del Estado español…Que ávido de dinero, el Partido Comunista francés, rectificando constantemente sus liquidaciones por nadie examinadas, reclamaba mayores sumas a los señores Negrín y Méndez Aspe… Y que la flota, compuesta de 12 buques, pertenecientes a la France Navigation, era propiedad de España, pues con dinero español se compraron todos los buques, no obstante lo cual los comunistas franceses, administradores de dicha compañía, se negaron a devolverlos considerándolos suyos”. Claro ejemplo de la ejemplar, pero que muy ejemplar, solidaridad socialista internacional. Una vez más han de recordarse las palabras de Payne sobre la categoría de aquellos políticos.
Sería interminable el relato total de las corruptelas que rodearon el asunto del niño de oro y las compras de armas, que de forma detallada, hasta prolija, expone Olaya en su libro reiteradamente citado, pero hay que incidir en la importancia que la tercera consecuencia aducida por Pío Moa acarreó la entrega del oro, la de convertir a Stalin en el dueño de los destinos del bando socialista-separatista. Es decir, convertir la zona roja por ellos dominada en un auténtico sicariato estalinista.
Líneas anteriores expusimos las declaraciones de los líderes del PSOE explicando cómo los socialistas obedientes a Moscú se habían hecho con las riendas del poder –socialistas militantes en los dos partidos de esa ideología, PSOE y PCE–, y las lamentaciones a destiempo de aquellos magníficos estrategas que se nos quieren vender como luchadores por la modernización de España y la democracia. Y debe recalcarse que la instauración del sicariato fue obra fundamentalmente del PSOE, organización que desde su fundación añoraba la dictadura del proletariado; que no tuvo ningún recato en mostrar su admiración por la Rusia soviética cuando el socialismo se implantó en esa nación; que dio un golpe de estado para conseguir idéntico paraíso aquí; que se unió con los de obediencia estricta a Stalin en las elecciones fraudulentas de 1936 y que, si aspiraba a desenvolverse con independencia de aquel en algún momento, la descartó desde el instante en que sus dirigentes le entregaron el niño de oro. Una muestra ejemplar de quien era el amo la sufrió en sus carnes aquel genio de la estrategia política, Largo Caballero, descabalgado de la jefatura del gobierno cuando le pareció oportuno al jefe del sicariato, designando a otro socialista más de su agrado, Negrín. La instauración de semejante régimen no se limitó a que las entregas de armas y disposiciones generales se acomodaran a los deseos del amo moscovita. El efecto final atribuido por Olaya al oro que perdió una guerra que nos ha servido para iniciar este capítulo, fue totalmente certero. Una vez dueño de la situación, cuando la internacional le pareció más ventajosa a sus intereses dejar en la estacada al frente popular, a sus sicarios de aquí, el zar los abandonó para escándalo de alguno de sus hasta entonces ardientes seguidores y miserable seguimiento de quienes fueron serviles hasta el fin, caso de la Pasionaria y Alberti entre otros.
Si quedan dudas sobre esta afirmación aconsejo la lectura del final de la guerra contenido en las memorias de Francisco F. Montiel. Ese final de nuestra contienda cuidadosamente olvidado, tal vez porque fue consecuencia del golpe protagonizado por el coronel Casado con el apoyo del socialista Besteiro contra los otros socialistas capitaneados por Negrín, intentando alcanzar un pacto con Franco para acabar cuanto antes la guerra, o sea una guerra entre miembros del Frente Popular. Ese final está detalladamente expuesto por Ricardo de la Cierva en su libro 1939. Agonía y victoria casi segundo a segundo, obra que por cierto sentó muy mal a dos miembros del jurado que le otorgó el premio Espejo de España de 1989 porque descubría que, hasta el último momento, las fuerzas progresistas se pelearon entre ellas y que la guerra terminó tal y como empezó: con un golpe de estado solo que en el de 1939, de algunos socialistas del PSOE contra otros socialistas del PSOE y PCE. Uno de los jurados descontentos fue Mújica Herzog, antiguo estalinista reconvertido con el paso de los años a militante y ministro del PSOE, el que se refirió con gracejo a Carrero Blanco como el “almirante volador” por el modo en que le asesinó la ETA. Años después a su hermano Fernando también le voló la cabeza la sección asesina del nazionalismo vasco.
El relato de Montiel describe las tripas, el fondo, el porqué del golpe y desde luego, de resultar verídico, demuestra la catadura de aquellos personajes. Algo de certeza debe tener cuando sus camaradas comunistas, amén de intentar desprestigiarlo cuando abandonó sus creencias, quisieron asesinarlo por dos veces. Intentaré resumir los dos capítulos que dedica Montiel al asunto en su libro en el que se incluye, a modo de anexo, el informe que realizó sobre aquellos acontecimientos en fecha tan próxima a la finalización de la contienda como el 17 de abril de 1939. El informe es una relación de los hechos que él vivió directamente, mientras que los capítulos aludidos del libro narran el cómo y el porqué se produjo el golpe, tras meditar y atar cabos de cuanto vivió en primera persona.
Esta es la conclusión expresada por Montiel en relación con el aliado íntimo buscado, y admirado, por las fuerzas más importantes del Frente Popular lideradas siempre por el PSOE: “La intervención soviética en nuestra guerra fue un medio de controlar la República, no para defenderla, sino para servirse de ella como instrumento de negociación, de presión o de provocación”. Conclusión deducida de los hechos que, resumidamente, son los siguientes.
El coronel Casado era conocido entre aquella gente por su anticomunismo, “un permanente saboteador de las operaciones militares del ejército popular”, y sin embargo, en mayo de 1938, le entregan los comunistas el mando del Ejército del Centro, el baluarte de la República. Moscú no deseaba proseguir la guerra porque la consideraban perdida y por algún otro factor más decisivo; ese Ejército lo componían cuatro Cuerpos de Ejército de los cuales tres estaban mandados por jefes comunistas, es decir fuerzas suficientes para reducir el golpe de Casado en cuanto se lo propusieran si hubiesen querido, pero el coronel había sido convencido de que no habría reacción, porque si no hubiese asumido eso con sus escasos efectivos poco podría hacer contra sus hipotéticos adversarios dado que tan solo un solo cuerpo de ejército, el IV, no estaba mandado por comunistas sino por un anarcosindicalista que no se distinguía por sus simpatías hacia los sicarios de Stalin. En suma Montiel mantiene que el golpe se diseñó con la premisa de que no habría oposición. Pero para sorpresa de Casado –según Montiel fue el principal asombrado– sucedió que en Madrid sí hubo parte de comunistas que, o bien no estaban en el ajo, o no quisieron degustarlo y lo que iba a ser un golpe incruento se convirtió en una auténtica mini guerra civil que duró varios días, del 5 al 11 de marzo, con cañonazos dentro de la capital, y por supuesto con muertos.
Dice Montiel: “El único engañado fue el jefe de la Junta (Casado) y si de algo pudieron sorprenderse los jefes de Moscú no fue del golpe de Casado sino del contragolpe que resultó, sin que sea fácil saber cómo y en todo caso sin permiso de las altas jerarquías comunistas…El área donde iba a tener lugar el golpe militar y su sede la Junta nacida de ese golpe (dicho de otra manera Madrid) estaba bajo el control absoluto de tres cuerpos de ejército cuyos jefes eran coroneles de obediencia soviética. Los tres habían prometido a Casado que no se moverían”.
El que fue magnífico cura de mi pueblo, un joven en aquellos días, me contó antes de morir pasados los noventa años que él fue alistado y participó en la lucha que allí se desarrolló “a cañonazos”. Una vez producida la reacción de los comunistas no asilvestrados, de los que no estaban por la rendición, se puso en marcha, sigue contando Montiel, la maquinaria propagandista de los seguidores de Stalin con el cinismo que les caracterizó, y caracteriza a sus herederos, transmitiendo que los indomables luchadores era los militantes del PCE oponiéndose al golpe fascista. Sentencia Montiel que “pocos saben que lo sucedido en España en Marzo de 1939 fue un espectáculo de historia ficción”.
Y los motivos por los que Stalin diseñó esta estrategia pueden ser estos: el zar rojo albergaba el temor de que Hitler encontrase algún motivo para declararle una guerra; conflicto que podía surgir si las fuerzas alemanas y soviéticas que operaban en España tenían algún encontronazo entre ellas y, recordemos, es en agosto de 1939 cuando se firma el pacto de no agresión entre Rusia y Alemania que sorprendió al mundo, pacto que debía estar cociéndose bastante antes de su firma. Únase a ello que Stalin había fallado en su intento de enzarzar a las democracias occidentales en una guerra con Alemania intentando su intervención en España; que consideraba la guerra española perdida para sus sicarios y que, continuar enviando armamento a cuenta de las reservas del oro que celosamente guardaba, era poco rentable. Y por si todo esto no fuese suficiente, advirtamos el ejemplar comportamiento de los líderes comunistas operantes en España, tanto los importados como los indígenas: mientras sus abnegados resistentes luchaban en Madrid, ellos se habían largado a Elda y desde esta localidad alicantina al extranjero. Difícil aceptar que estuviesen colaborando o dirigiendo las operaciones de resistencia de sus tropas en Madrid desde Elda o El Palmar de Murcia, como informa Montiel. Su relato no rebaja el mérito de Casado o Besteiro de intentar acortar la guerra, pero según él fueron utilizados por Moscú porque allí se decidió abandonar a la zona roja a su suerte. Especialmente duro se muestra nuestro autor con la Pasionaria a quien denominaba Stalin con faldas por el cinismo demostrado.
Cuenta Montiel como en una reunión de los camaradas comunistas posterior a aquellos hechos, cuando uno de ellos leyó una página redactada por la que llevaba faldas en la que decía que “La constitución de la Junta de Casado, con su propósito capitulador, fue una sorpresa para nosotros”, todo el mundo soltó una carcajada. Montiel conoció de primera mano los hechos que relata pues vivió sobre el terreno los combates de aquellos días, ostentando un cargo importante como diputado por el PSOE y comunista encubierto. Por cierto su desapego y desengaño, y el no estar dispuesto a callar, le hizo acreedor, como apuntamos líneas arriba, a dos intentos de asesinato por parte de sus antiguos socios; de uno de ellos no se libró el pobre hombre a quien confundieron con él.
En definitiva, el personaje, el socio al que enviaron el niño de oro, jugó con ellos abandonándolos cuando le resultó rentable. Tres reflexiones finales: una, la actitud miserable de personas como la Pasionaria, Alberti y otros dirigentes del PCE que conocedores de estos hechos abandonaron, día 6 de marzo, a sus compañeros mientras combatían en Madrid a pesar de lo cual sus herederos les siguen rindiendo tributo –tal vez fuese la prisa por tomar el falcón de la época por la que declare el doctor Pedro su cercanía a ambos personajes/as-; dos, la ingratitud de los nacionales por no erigirle estatuas a Stalin o, siquiera, mantener su imagen en los arcos de la Puerta de Alcalá por su contribución al triunfo de la causa nacional y, tres, sea o no cierta la conclusión de Montiel, como señala en la magnífica introducción a su libro el profesor Molina Cano, “a Montiel hay que creerle bajo palabra, pues no presenta pruebas documentales”, lo cierto y verdad es que Stalin abandonó a los suyos cuando le interesó. Abundan al respecto las ilustrativas palabras de un probado comunista y ex ministro entonces, Jesús Hernández: “Moscú venía preparándose para jugar a dos alternativas, y salir en cualquiera de ellas ganador: o una guerra general europea o un pacto con Hitler. Para cualquiera de las dos combinaciones creyó útil conservar en sus manos la carta española. A partir de Múnich el Estado estaliniano se preparó para efectuar un viraje de 180 grados, y se determinó a jugar la carta estaliniana…Decidió pues negociar con Berlín ofreciendo, en prueba de su sinceridad, el cadáver de la República española. Y en el Ebro comenzó a redactarse por los rusos el pacto germano-soviético, con la sangre, el heroísmo y el sublime sacrificio del pueblo español”. El texto coincide sustancialmente con el relato de nuestro autor.
A pesar de estos pareceres tal vez piense el lector que la conclusión de Montiel es una exageración, que era imposible que la dirigencia estalinista instalada en España, me refiero a los integrantes españoles del sicariato, asumiese la estrategia del zar de Moscú. Pues lean las declaraciones de uno de los afamados sicarios de la época, miembro que fue de los dos partidos socialistas o comunistas –como más les guste– de entonces, PSOE y PCE. Esto manifestaba en 1974 en una entrevista Santiago Carrillo, secretario general del PCE, o sea treinta y cinco años después de los hechos relatados, sobre el dramático problema de elegir entre los intereses de un país determinado o el interés superior de la Unión Soviética: “Si me hubieras preguntado en 1938 lo que yo, comunista, prefería: la victoria de la España republicana al precio de la Unión Soviética o la inversa, ya te he dicho que habría escogido la segunda proposición”.
A la vista de tanta baba le propongo al lector un acertijo, un ejercicio de historia ficción. Supongamos que la guerra la hubieran ganado los socialistas y que se hubiese mantenido el pacto de no agresión Hitler-Stalin, acordando que el primero se quedara con la Europa occidental, incluida España, y el segundo con la oriental como así sucedió. ¿Usted cree que nuestros babosos patrios hubiesen consentido la entrega a Hitler a tenor del grado de esclavitud ideológica demostrado?
Es que hemos visto que prefería que sus compañeros de partido –de partido y compatriotas- muriesen en Madrid traicionados por la URSS a que esta sufriese algún perjuicio. Menuda escoria. Su partido, el PSOE, fue el principal impulsor de la Ley que expulsó a los jesuitas, recuerden, por su voto de obediencia a un dirigente extranjero, el Papa. Alguien dijo que las ideologías no se discuten; menos mal que sí se abandonan y ninguna ha soportado tantos exilios como la socialista.
Lejos de mi intención abundar en nuestra leyenda negra; la escoria estaba, y está, extendida en muchas otras naciones como comprobaron los pueblos de la Europa oriental. Incluso en Francia, el partido comunista ofrecía la siguiente solución ante una posible invasión de su país si “el ejército soviético, defendiendo la causa de los pueblos, la causa del socialismo, viniera a expulsar a los agresores hasta nuestra propia tierra, los trabajadores, el pueblo de Francia, ¿podrían comportarse hacia el ejército soviético de distinta manera que los pueblos de Polonia, de Rumanía, etc.” El asunto mereció la condena de la Asamblea Nacional francesa que calificó la declaración “como un insulto al sacrificio de los patriotas que lucharon exponiendo su libertad y su vida contra la invasión extranjera”. Por su parte el ministro del Interior francés, socialista, realizó una aplastante requisitoria considerada un mazazo contra el partido comunista francés. En nuestros días y en nuestro país, cuando la escoria separatista, incluida la asesina, apunta contra la unidad nacional cuya integridad requirió, y requiere, el sacrificio de tantos compatriotas, encuentra el aliado y el liderazgo del PSOE nuevamente. Escoria que no falte.
Por supuesto cuando nuestro Carrillo realizaba aquellas manifestaciones, cuando sus camaradas morían luchando en Madrid, él andaba por Francia; también residía en el país vecino cuando terminada la II Guerra Mundial su jefe Stalin pretendió reiniciar la guerra en España mediante eso que se ha querido presentar como una lucha patriótica conocida como maquis o, como cuando en 1948 también, según él mismo informaba, “fuí incluso a Yugoslavia a ver a Tito para pedirle que organizar lanzamientos en paracaídas sobre Levante” –el levante español se entiende– porque el estratega Carrillo estaba seguro que en esa zona había más guerrilleros y la comunicación con Francia más fácil. Estos hechos constan mejor y más detallados en el libro de Montiel, quien rotundamente manifiesta que tanto los comunistas franceses como los españoles promovían una insurrección no contra ningún fascismo sino para entregar ambos países a la URSS. Sí, Casado, los dos bandos merecieron perder… pero unos más que otros.
Y si no opinan así –si unos más que otros–, analicen por último una cita interesante que añade, además, otra prueba a la afirmación de Payne sobre la categoría de los políticos de la época. El 12 de febrero de 1939, cuando el golpe de Casado y Besteiro se estaba preparando recibe Azaña, ya en París, a un enviado del general del bando socialista-separatista Miaja solicitando su regreso a España y respalde la inevitable negociación de éste con Franco. Respuesta del domador de los gruesos batallones populares –los que días más tarde se matarán en las calles de Madrid–: “Yo he decidido desentenderme de los problemas de España. Diga al general Miaja que haga lo que mejor le parezca y considere de su obligación como militar”. Creo que el Parlamento actual, noviembre de 2020, le ha rendido homenaje como hombre de consenso con el único voto en contra de VOX por considerar el acto una estrategia más en el intento de socavar la monarquía. Hombre de consenso… Qué mejor consenso que sus gruesos batallones se matasen entre sí y él oyéndolo por la radio desde París. Nos quedamos sin conocer las palabras de desprecio que Azaña, fiel a su estilo, hubiese pronunciado al enterarse del homenaje. ¿Cuándo dejarán los socialistas-separatistas en paz a los muertos que utilizan exclusiva, torticera y rastreramente con fines electoralistas?
Según el general Ramón Salas, cuenta Ricardo de la Cierva, en la lucha final intervinieron siete brigadas comunistas y doce del Consejo de Defensa (Casado), si bien al principio la relación de fuerzas era favorable al PCE. Los muertos ascendieron a 233 y los heridos a 564, “como en una batalla en regla de la guerra civil general”. ¿Se habría evitado algún muerto si el consensitizado hubiese comparecido o dado alguna orden? De alguna forma el número de combatientes merece un comentario que avala, en mi opinión, la teoría de Montiel. Veamos, el Ejército del Centro mandado por Casado se componía de cuatro Cuerpos de Ejército y cada uno de estos tenía, a su vez, tres Divisiones que contaban con tres Brigadas cada una. Por tanto un Cuerpo de Ejército constaba de nueve brigadas y los cuatro juntaban 36. Si en la lucha intervinieron solo siete por el lado comunista y el único Cuerpo no mandado por comunistas –el dirigido por el anarquista Cipriano Mera–, contó con doce, en total intervinieron diecinueve ¿qué hicieron las diecisiete restantes? Si no intervinieron fue porque se abstuvieron validando la tesis de Montiel… o porque los propios comunistas no tenían ganas de combatir? Hay un hecho significativo, al finalizar la lucha se fusiló por parte de la Junta de Casado a un único dirigente de los tres Cuerpos de Ejército en manos comunistas, el coronel Barceló, tras juicio sumarísimo por rebelarse contra las órdenes de Casado.
