El relato detallado de lo que sucedió en los días del recuento figura en el libro de continua referencia. A modo de resumen me parece importante resaltar la influencia de un hecho. El partido montado por el presidente de la República, Alcalá-Zamora, para que lo gestionase su presidente del Gobierno, Portela Valladares, obtuvo un resultado desastroso y, a partir de ahí éste, persona enferma, sabiéndose perdedor y con una calle en efervescencia, parece que lo que deseaba era abandonar, como así hizo, su puesto, su responsabilidad. Martínez Barrio se refirió a él como “un hombre que quería salir a escape”. Un hombre que generó con su actuación una enorme confusión sobre el resultado del escrutinio. Es decir, que sin conocerse el resultado las izquierdas asumieron que habían ganado las elecciones y no estaban dispuestas a que se les arrebatase. Menos aún cuando se había producido un cambio de Gobierno que iba a favorecer cuantos desmanes cometieran en el recuento. Un ejemplo señalado por Álvarez y Villa: “Las nuevas autoridades coruñesas nombraron, además, delegados gubernativos entre los militantes de los partidos de izquierdas con órdenes de hacerse con las actas electorales de varios municipios y detener a los dirigentes locales conservadores que se opusieran”. Otro: en Cáceres “una manifestación frentepopulista asaltó el Gobierno Civil, usurpó el puesto del gobernador un socialista e indignados porque el recuento había dejado sin actas a sus candidatos, los afiliados del PSOE registraron todo el edificio buscando unas supuestas actas en blanco que no encontraron… el secretario de la Junta del Censo previendo que asaltarían la Diputación ordenó guardar la documentación electoral en la caja fuerte de la institución”. ¿Creen que sirvió de algo? Las fuerzas de progreso son irreductibles. Soltaron al gobernador que abandonó la provincia. El nuevo apartó de sus funciones al celoso secretario, se hicieron con las actas y consiguieron lo que se proponían: en el recuento oficial ganó el Frente Popular. Casos similares, descritos con detalle por los autores del libro a que nos referimos sucedieron en Santa Cruz de Tenerife, Las Palmas, etc., volcando la victoria de la derecha en los frentepopulistas.
En definitiva como dicen los autores “la entrega del poder a la coalición de izquierdas se hizo no solo antes de que se verificara el escrutinio oficial, sino antes también de que se conociera, oficiosamente, si esta obtendría una mayoría parlamentaria”… de manera que “el resultado que, a ciencia cierta, dieron las urnas el 16 de febrero se convirtió, en virtud de las manipulaciones posteriores al día 19, en una incógnita”. Una vez en el poder ejercieron un “ambiente coactivo orientado, allá donde los resultados habían sido ajustados, a apoyar la validación de las irregularidades propiciadas por el cambio de autoridades; o, donde el escrutinio fue desfavorable al Frente Popular”. Sí, “el ascenso de Azaña al Poder conllevó un aumento de la presión para que el Ejecutivo impulsara la anulación de los resultados donde favorecía a las derechas”.
Con este ambiente y con los datos oficiales sin depurar del fraude probado los resultados fueron, totalizados para toda España, los siguientes:
Frente Popular: 4.434.381 (46,3%)
Diversos Izquierdas: 4.450 (0,0%)
Centro Gubernamental: 324.276 (3,4%)
Diversos Centro-Derecha: 279.730 (2,9%)
Coalición Antirrevolucionaria: 4.402.811 (46,0%)
Diversos Derecha: 134.551 (1,4%)
En resumen, la izquierda y centro izquierda alcanzó un total de votos de 4.402.811 y la derecha y centro derecha 5.131.368. Pero por mor del sistema los primeros obtuvieron 259 escaños y los segundos 191.
Sin embargo el asunto no había finalizado; quedaban dos aspectos más por zanjar. Uno era la segunda vuelta que había de efectuarse en aquellas circunscripciones en que se requería en virtud de las reglas del sistema electoral comentadas anteriormente y otro, más significativo, fue el de la repetición de elecciones en determinadas circunscripciones.
Las circunscripciones en que se necesitaba una segunda vuelta fueron cinco: Álava, Castellón, Guipúzcoa, Soria y Vizcaya provincia. Sucedió que los conservadores estaban desmoralizados y atemorizados por los desórdenes, de manera que desaprovecharon las posibilidades que tenían en esta vuelta. De nuevo hubo desmanes, como las amenazas panfletarias que hicieron desistir a las comunidades religiosas de participar en Vitoria; o como en San Sebastián en que grupos armados irrumpieron en los colegios electorales y asaltaron y destrozaron un centro del PNV provocando dos heridos de bala. Poca cosa, no obstante, en comparación con lo sucedido en la primera vuelta.
El resultado es que el Frente Popular salió reforzado tras la esta segunda al lograr los 267 escaños, mientras que el centro y las derechas llegaron a 206. No obstante lo que sería la formación de gobierno, que estaría integrada por los candidatos de Izquierda Republicana y Unión Republicana, los partidos de Azaña y M. Barrios solo tenían 115 escaños. Razón por la cual Azaña escribió a su cuñado que “el triunfo electoral que políticamente es fuerte, lo es menos numéricamente en las Cortes”, y es que estaba en manos de los representantes de los gruesos batallones populares, amén de que como añadía en su misiva “la gente, que habla de la victoria, se va a quedar un poco sorprendida cuando vea la fuerza que las derechas tienen en las Cortes”.
El segundo aspecto, más significativo como hemos adelantado, es el de la repetición de elecciones en determinadas circunscripciones. En este asunto fue donde las fuerzas de progreso, como nuestras entrañables folclóricas, sacaron “todo lo que llevaban dentro”, y si entonces, como ya relatamos en el capítulo dedicado al golpe de estado de 1934, cuando al perder las elecciones del año anterior se personaron ante el presidente de la República, Alcalá-Zamora, para pedirle un decreto que anulase los comicios, ahora no estaban dispuestos a verse obligados a repetir la iniciativa por muy orgullosos y legitimados que se sintiesen de ella. Dado que, en palabras del propio Martínez Barrio, el ejecutivo de Azaña temía “reaccionar violentamente contra la desorientación y extravío de las masas” por si se las enemistaba, los gruesos batallones se envalentonaron más pidiendo la anulación de las elecciones, en aquellos lugares en que las habían perdido. Así sucedió en Albacete desde donde se dirigieron telegramas a otras provincias para que secundaran su estrategia. En una de éstas, Zaragoza, se creó una comisión para protestar ante el Gobierno por el resultado las elecciones y algo similar hicieron en Baleares; en Salamanca se solicitó que se privara del acta a Gil-Robles.
Ahora bien, donde el asunto se calentó de veras fue en Granada porque allí los candidatos de derechas no se acobardaron y respondieron con razones de peso. Acusaron a los frentepopulistas de “querer sacar la discusión de las actas de su cauce legal… y llevarlo a la calle y al mitin con escandaloso alboroto para coaccionar las libres determinaciones del Congreso”. Se preguntará el lector por el fundamento de las izquierdas, siempre respetuosas, para instar la anulación. Pues la muy contundente y sencilla, aportada en todas las circunscripciones en que lo intentaron, fue que ”el fruto natural de la jornada izquierdista del 16 no podía ser otro sino nuestra victoria”. Esta les había sido arrebatada por las “malas artes de suplantación y por viles coacciones, violencias y abusos de poder”. La consecuencia de tan legítimo axioma devino en que el resultado de las elecciones en Granada era insoportable e inasumible para las fuerzas de tan alto sentido del progreso; allí obtuvieron 98.073 votos y la derecha 147.840, o sea casi 50.000 votos de diferencia. Los altercados promovidos ocasionaron en tres días cuatro muertos y ocho heridos graves, “una veintena de edificios –las sedes de los partidos conservadores, iglesias, teatros, empresas y el diario El Ideal- fueron asaltados e incendiados, además de varios domicilios particulares”. De hecho uno de los más famosos miembros del PSOE, Fernando de los Ríos, “recabó los apoyos en su minoría para que esta anunciara, sin esperar siquiera a que se constituyera la Comisión de Actas, que hacía ‘cuestión cerrada’ de la anulación de las elecciones en Granada”. Él y otro de la cuerda de Azaña, “advirtieron que abandonarían sus escaños si las Cortes no votaban la nulidad”. La actitud de Fernando de los Ríos contrasta con la mantenida al principio ya que inicialmente no había observado nada que precisase la anulación; tal vez en ello influyese el hecho de que él había salido elegido por Granada pero no así alguno de sus compañeros del PSOE que, encabezados por un tal Lamoneda, le incitaron a luchar por la anulación como terminó haciendo.
El propio Martínez Barrio “consideró peligroso e injusto abusar de la victoria calificando la campaña pro nulidad como una ‘deplorable’ satisfacción del ‘apetito’ de candidatos <<no muy seguros de su derecho’ ”. Lo de Martínez Barrio quedó en palabras, mientras que Sánchez-Albornoz, elegido por Ávila en donde habían triunfado las derechas, se negó a anular las elecciones cuando una comisión de esa circunscripción le solicitó apoyo para lograrlo. Pueden imaginar de quien partió la iniciativa pro anulación en la patria chica de Santa Teresa. Sí, de un candidato del más democrático de nuestros partidos: del PSOE.
La postura de Sánchez-Albornoz fue una gota de agua en el océano progresista. En efecto, la narración detallada de los autores de referencia en su libro de cómo se dilucidó en las Cortes el asunto de las actas, permite concluir que aquello no podía finalizar bien. El sectarismo implantado en dicha institución era de tal calibre que ni la retirada de los conservadores supuso rectificación por parte del Frente Popular. Al final las Cortes anularon las elecciones de Granada y Cuenca. A continuación comentaremos como se desarrollaron las nuevas elecciones en ambas circunscripciones, pero antes resumiremos lo que supuso en términos numéricos la discusión en las Cortes de las actas. De antemano señalemos que de las 55 circunscripciones se aceptaron 20 y 35 fueron protestadas. Estas son las que debían ser enjuiciadas por el Congreso, y de tal juicio resultó como principal fuerza política perjudicada la CEDA que perdió 11 diputados, seguida por los monárquicos, radicales y progresistas, mientras que el Frente Popular se vio favorecido con seis escaños más, si bien su mayor incremento se logró gracias a la anulación de las elecciones en Granada y Cuenca que le proporcionarían un añadido de 17 escaños. En estas circunscripciones las candidaturas antirrevolucionarias lograron 10 y 6 escaños por 3 y 0 el Frente Popular.
Los comicios a celebrar nuevamente tuvieron, al principio, la condición de nuevas elecciones, de manera que los candidatos podían ser distintos a los del 16 de febrero y debían realizarse la primera vuelta el 3 de mayo y la segunda el 17 inmediato siguiente. En la candidatura de Cuenca, al principio, iban a figurar José Antonio Primo de Rivera y Franco pero finalmente ninguno de los dos se presentó. Entre otras cosas por la manipulación sectaria que el Frente Popular llevó a cabo para que, en lugar de nuevas elecciones, tuviesen la consideración de segunda vuelta. El propio Pestaña, líder sindicalista, con esa hiperlegitimación, en lenguaje vulgar cara dura, de que se adorna la izquierda, declaró que si bien las derechas tenían jurídicamente razón no se podía tolerar que trajeran a la Cámara “a un fascista”.
Las derechas a pesar de haber impugnado la nulidad de las elecciones en Granada y el carácter de segunda vuelta en Cuenca acudieron a ellas, y a partir de entonces nos encontramos de nuevo sumergidos en el oasis de convivencia, respeto y normalidad democrática que adornó ese paradigma progresista que fue la II República. La violencia desatada contra las derechas lo fue con la “aquiescencia y hasta la directa complicidad de las autoridades…con la finalidad apenas velada de impedir la movilización de los cuadros y electores conservadores”. Nueva demostración socialista de su magisterio en la aplicación del instrumento básico de la ideología tan vilipendiada por ellos: el terror.
Veamos algunos ejemplos reseñados en el libro que nos sirve de guía.
En Granada el Frente Nacional no pudo hacer propaganda; partiendo de que su periódico, El Ideal, había sido asaltado y quemado semanas antes. El gobernador ordenó sustituir los gobiernos locales de centro derecha, que aún existían en unos cincuenta municipios de la provincia, por gestoras del Frente Popular. En la segunda quincena de abril y durante las celebraciones del 1º de Mayo se asaltaron y quemaron unas veinte iglesias expulsando a sus sacerdotes de los pueblos. Más cositas. Al llegar a Guadix los conservadores para participar en un acto electoral los alguaciles informaron a las autoridades locales y, cosa curiosa, los diputados de la derecha se encontraron con que los guardias municipales quisieron quemar su coche. El alcalde, en lugar de protegerlos, les indujo a abandonar el pueblo; le hicieron caso pero soportando el apedreamiento del que resultó herido uno de los candidatos. No quedó ahí el asunto; un directivo de la CEDA del pueblo tuvo que abandonarlo ante las amenazas de muerte que coreaban las fuerzas democráticas de progreso ante su vivienda capitaneadas por un guardia municipal.
En otra localidad, Cúllar-Baza, el recibimiento fue similar, pero en este pueblo el alcalde estaba más comprometido con la cosa socialista. Se adelantó para registrar minuciosamente el vehículo y como no halló nada extraño rajó los neumáticos del vehículo por si escondían armas. Éste moderno pura cepa necesitaba demostrar a la progresía del pueblo cuál era su nivel con más ahínco. Los detuvo durante cuatro horas para dejarles salir del pueblo situando a ambos lados de la carretera dos hileras de personas de probada condición social-progresista que les lanzaron confetis en forma de pedradas y tiros. Otra demostración de su instrumento favorito; más terror.
Cuando llegaron los propagandistas a otro pueblo, Diezma, visitaron a sus representantes de allí. Pero el alcalde que debía tener, igual que los anteriores, un alto concepto del respeto a las normas de convivencia, al día siguiente ordenó la detención de los representantes locales, y ya en la cárcel les aplicaron jarabe progresista: los molieron a palos. Estos hechos fueron confirmados por el gobernador (in)civil; dando una versión muy suya. Según el miserable del caso lo que hizo la fuerza pública fue defender a los “señores de derechas en evitación de que pudieran ser agredidos”. Terror en aras de implantar otro de los instrumentos queridos por el socialismo patrio: que hubiese un único partido.
En la misma ciudad de Granada un grupo de milicianos armados, junto con policías, detuvieron a los candidatos de la CEDA y a un diputado en el hotel en que se alojaba éste. Se les acusó de reunión ilegal y los llevaron a Comisaría donde fueron retenidos.
Ante tal cúmulo de proezas progresistas, y de acuerdo con Gil-Robles, publicaron un manifiesto anunciando que se retiraban de las elecciones, que el gobernador no autorizó y multó al diario que se atrevió a hacerlo. Defensores a ultranza de la libertad de expresión. De la suya. En fin, como era costumbre no podía faltar la clásica proeza socialista: quemar iglesias. En Íllora, alcalde socialista mediante, se asaltó la iglesia y se apilaron las imágenes religiosas para organizar una falla; como la impunidad era total un grupo formado tras escuchar las pacíficas alocuciones en un mitin celebrado el 1 de mayo, se dirigió a la iglesia de su pedanía, Alomartes, y siguieron el ejemplo de los de Íllora: derribaron la puerta de la iglesia y se calentaron, a pesar de hallarse en estación primaveral, con otra pira. La progresía siempre demostrando su amor por el arte y la cultura. Otra muestra de nuestro pasado más luminoso. ¿Qué hacían los intelectuales de la izquierda ante todos estas proezas?. Pues sus medios de comunicación celebraban que “el caciquismo hubiese sido batido en sus últimas guaridas”; la retirada era porque las derechas habían comprobado que “no les sería hacedero robar votos, comprarlos ni simularlos, como era su costumbre”. Ochenta años después, una sentencia ha mostrado lo bien que han manejado el asunto de la compra de votos, durante décadas a lo bestia, los herederos de aquellos magníficos progresistas en su región.
No se conformaron las fuerzas de progreso con la retirada de las derechas debido al clima de terror impuesto que siguió el 3 de mayo, día de las elecciones. También en tal fecha hubo un muerto y, como eran así, en Motril y Salobreña milicias socialistas y comunistas uniformadas encarcelaron a los electores que consideraban desafectos clausurando las iglesias. No se conformaron, decíamos, sino que para darle un aire de formalidad a las elecciones, debían defender que la población había votado masivamente. Según las cifras oficiales habían participado 260.448 electores. Más que en las celebradas en febrero y Fernando de los Ríos, que entonces no había llegado a los 100.000 votos, ahora obtuvo 224.498. Un par de candidatos socialistas y un comunista, consiguieron el 100% de los votos en una treintena de municipios. Es decir que los votantes que en febrero votaron en un 60,1% a las derechas se pasaron en masa al Frente Popular gracias a la ingeniería progresista, muy meritoriamente porque los periódicos hablaron de colegios electorales vacíos. Aquellos chicos lo hacían a lo grande: en un centenar de mesas, la suma de votos obtenidos por los candidatos del Frente Popular superó al número de votantes. Un apunte que permite conocer el nivel de sovietización del PSOE: Fernando de los Ríos pertenecía a la rama reformista de su partido; había renunciado al marxismo y era de convicciones cristianas, características que no le impidieron comulgar con todas las barrabasadas, por utilizar un término suave, que sus congéneres estaban cometiendo.
En Cuenca no se retiraron las derechas. En esta circunscripción habían obtenido todas las actas y el Frente Popular ninguna en febrero. Al principio el gobernador, miembro del partido de Azaña, pareció dispuesto a mantener la normalidad, pero finalmente el comportamiento fue similar al de Granada. Dispuso la detención de cinco miembros de Falange y Renovación Española, de los cuales dos debían ser proclamados candidatos, sin especificar el motivo; que no computarían los votos que se otorgasen a Miguel Primo de Rivera al tiempo que para presionarle se registró su domicilio de Madrid con la detención de siete personas, casi todas familiares. Cuando el 30 de abril, días antes de los nuevos comicios, se produjo un tiroteo entre un grupo apostado frente al hotel en que se hospedaba Primo de Rivera que gritaba vivas a la CNT y los escoltas de éste, la reacción del gobernador fue registrar el hotel, la detención de aquel y otros dieciséis falangistas ordenando su envío a Madrid. Al candidato Goicoechea que había resultado electo en febrero, lo detuvieron también a pesar de llegar una hora después del tiroteo. Lo dejaron en libertad pronto con la advertencia de que no podían asegurar su seguridad. Goicoechea fue el diputado que se libró del tiro en la nuca, similar al que acabó con la vida de Calvo Sotelo el venidero 13 de julio, porque no lo hallaron en su casa. El gobernador de Cuenca que tan celoso era con el mantenimiento del orden sin detener ni un solo militante de izquierdas, pertenecía al partido de Azaña, y domaba como él de esta manera a los gruesos batallones populares.
Tampoco en Cuenca podía faltar la obsesión de la progresía con la Iglesia. Nadie como ella merecía sentir en sus carnes el famoso instrumento fascista que con tanta eficacia aplicaban los socialistas. El 2 de mayo se asaltó al convento de los frailes paúles con la excusa de que un grupo de obreros había recibido disparos al pasar cerca del convento. A continuación la UGT declaró la huelga general exigiendo la salida de los provocadores frailes, y el compadre del domador les dio ocho horas para desalojar el convento porque no podía garantizar su seguridad. Claro que no podía: ordenó reintegrar la fuerza pública a sus cuarteles para no molestar a los integrantes de los famosos batallones. El sufrimiento de los oscurantistas frailes a manos de los progresistas está descrito con detalle en el libro de Álvarez y Villa. Entre otras hazañas los valientes progres, entraron en el edificio, quemaron la biblioteca –más indiscutible “luminosidad de nuestro mejor pasado”, con lo bien que arde el papel–, tomaron prisioneros a los frailes, los pasearon entre escupitajos y palos, se revistieron con sus hábitos religiosos; el valiente compadre del no menos valeroso domador ordenó el registro del convento en busca de armas y como no encontró nada y había de justificar la actitud de la muchachada popular, se filtró a la prensa el hallazgo del “arsenal de los paúles” consistente en nueve bombas, una docena de armas cortas, 289 cápsulas de armas cortas y 115 rifles Remington; el arsenal, es decir el bulo, fue suficiente para justificar la “indignación popular”. Cuando los héroes progresistas, los valientes integrantes de los batallones, detectaron que las autoridades dependientes del domador actuaban con tal contundencia, continuaron su labor depuradora del oscurantismo religioso. En una provincia, caso raro, que no había conocido violencia religiosa, les tocó entonces a las monjas josefinas tener que evacuar sus conventos debido al inmenso mal que habían infligido a sus conciudadanos durante años y años. Otros cinco pueblos soportaron la violencia antirreligiosa con asaltos e incendios –¿luminosidad?–.
El gobernador, ejerciendo de tal o sea con estricto sometimiento a su ley y su derecho, el día anterior a las elecciones ordenó la detención de cincuenta interventores de la CEDA y de Renovación Española. Ya el 30 de abril se había detenido a ochenta militantes monárquicos y falangistas que pretendían reforzar los equipos electorales, terminando algunos de ellos internados en la cárcel modelo de Madrid. Para tales actuaciones contaron las autoridades con 120 militantes del partido socialista, integrados entre los “delegados gubernativos”, nombrados por el gobernador. En realidad eran miembros de la tristemente famosa “Motorizada” organizada por Indalecio Prieto. Magnífico ejemplo más, otro más la motorizada, del eficacísimo instrumento preferido y aplicado por los socialistas sin cortarse un pelo.
Un par de asuntos más para terminar. Uno el incidente ocurrido en El Pedernoso relatado así por nuestros autores: “la pretensión del delegado de llevarse la documentación, pactando un reparto por mitades entre izquierdas y derechas en un municipio de significación conservadora, provocó un tiroteo entre socialistas y derechistas que se saldó con un muerto y dos heridos. La Guardia de Asalto se llevó a 44 simpatizantes de los conservadores”.
Otro, el robo de las actas en once municipios y la suspensión de las elecciones en otros cinco.
Las consecuencias de tanta normalidad democrática fue la no proclamación de ningún diputado de las minorías; de los conservadores que, en febrero, habían sido los ganadores absolutos con el 60,8% de los votos. Para hacerse una idea de la limpieza del recuento llevado a cabo por los progresistas, tan solo añadiremos que en una decena de municipios se contaron más votos que electores.
Las candidaturas de derechas perdieron en estas dos circunscripciones, Granada y Cuenca, en esta segunda vuelta o nuevas elecciones, como quiera denominársele, 16 escaños.
A modo de epílogo los autores señalan varios aspectos interesantes.
El primero de ellos es la inoportunidad de celebrar las elecciones en el contexto de la nación en aquel momento. Ya hemos indicado anteriormente la advertencia de Gil-Robles a Alcalá-Zamora cuando conoció su intención: ir a la guerra civil.
El segundo es que las elecciones fueron todo lo limpias que podían ser en la España de entonces. Hubo violencia y muertos que no fue a más gracias a la intervención de la fuerza pública.
El tercero es que el pacto de los republicanos de izquierda, el denominado frente republicano, con la extrema izquierda dio la razón al único de sus integrantes que no quiso entrar en él, Sánchez Román, advirtiendo que convertiría a aquellos en meros administradores de las demandas radicales y antidemocráticas de sus aliados obreros. No siguió su consejo Azaña a pesar de que, según algunos, era de las únicas personas a quien realmente respetaba.
El cuarto es que entre la noche del 16 y el mediodía del 19 se hizo caer al Gobierno de Portela y el nuevo, liderado por Azaña, incapaz de luchar contra la violencia desatada por socialistas y comunistas permitió el fraude que se efectuó en el recuento de las votaciones. Según los autores citados, “Lo que fue una votación generalmente limpia se convirtió en un recuento adulterado”. Así, “las alteraciones de la Comisión de Actas harían engordar la mayoría del Frente Popular con 23 nuevos escaños, incluyendo en el cómputo los obtenidos en Granada y Cuenca ya en mayo. Siendo esto grave, lo fue todavía más que esa cifra se añadiera a los entre 29 y 33 que las izquierdas sumaron a las alteraciones ocurridas en la primera vuelta electoral”. Y terminan: “ha quedado demostrado que algo más del 10% del total de los escaños de las nuevas Cortes, más de medio centenar, no fue fruto de una competencia electoral en libertad”.
Hasta la publicación de este libro, numerosos autores habían advertido del fraude que supusieron aquellas elecciones de las que resultó ganador el Frente Popular. A título de ejemplo décadas anteriores José Pla, en su célebre Historia de la Segunda República escribió: “Las elecciones de febrero crearon una Cámara cuya característica fue el equilibrio acusadísimo entre las fuerzas de derecha y el Frente Popular. Este equilibrio fue roto al socaire de la anarquía creada por la huida de Portela (17-20 de febrero), que permitió que en cuatro o cinco provincias se apoderaran las masas de los organismos provinciales y se realizaran pucherazos de una envergadura nunca vista en España. Hubo que fabricar, en una palabra, la composición de las Cortes”. Y todo este cambalache, todo este fraude, toda esta falta del más mínimo respeto a la convivencia nacional se llevó a cabo bajo la presidencia de don Manuel Azaña, la “encarnación” de la República, ahora declarado hombre de consenso. Y como estrella invitada especial la de siempre: el PSOE.
Lo que habían apuntado distintos historiadores ha sido demostrado detalladamente, minuciosamente, con un relato casi al minuto de los acontecimientos de aquellas jornadas en el libro que nos ha servido de guía. La solapa de una nueva edición de la obra incluye la opinión merecida al historiador Stanley G. Payne: “el fin del último de los grandes mitos políticos del siglo XX”. Al parecer los autores se quejan de que su magnífica aportación –el calificativo es mío no de ellos– al conocimiento de aquellos sucesos, demostrativos de las notas de legalidad y legitimidad que adornaron al gobierno de Azaña, no han generado ningún debate. Las fuerzas democráticas de progreso de nuestros días no han contradicho su obra. La estrategia a seguir es la misma que con los libros de quienes no comulgan con la línea políticamente correcta. Con lo que denominan memoria democrática. Hacer como si no existieran. Pero existen.
Aceptado el resultado de las elecciones y teniendo en cuenta la personalidad del nuevo presidente del Gobierno, que lo sería pronto de la República, es difícil que las cosas mejoraran. Empezó por elegir como ministros no a los más capaces sino a los más fieles según reconoció él mismo, “he repartido los cargos entre los más fieles”, sin que fuera óbice para despreciar a los elegidos. Sobre uno de ellos, Amós Salvador, nombrado para Gobernación, decía “se asustó mucho…estuvo acoquinado y descontento”. Sobre el de Estado, Barcia, “navega ampulosamente en las aguas diplomáticas. Está en sus glorias y en los Consejos nos lee las notas en francés. Hace todo lo que yo le digo, y nada más”. Más adelante, en sus Memorias de Guerra, añadirá: “Este es uno de los mayores obstáculos: la falta de gente apta para el gobierno”. Y los había escogido él. Ahora bien él era Él y así se autocalificaba: “Y yo soy el ministro universal. Tengo que atender a todo. Por fortuna, todavía me pasan por la cabeza cincuenta cosas en un minuto. A los más listos, me basta hacerles indicaciones generales, pero a algunos tengo que llevarles de la mano y decirles todo lo que tienen que hacer y cómo”. No es de extrañar que uno de los que mejor le conocía, Prieto, se refiriera a la acertadísima elección que de sus ministros hizo el ministro universal de esta manera: “las carteras claves fueron entregadas, con olvido de otros factores muy esenciales en aquella y en otras horas a íntimos del señor Azaña. La voluntad y el criterio de éste imperaban de modo absoluto. La devoción que entre sus íntimos despertaba el señor Azaña solía rayar en la idolatría y los idólatras jamás disienten del ídolo”. Hombre de consenso.
Normal que con estos gobernantes y sus socios de coalición electoral el orden público fuese inexistente. La situación era tal que hasta hubo de decretarse la suspensión de las elecciones municipales ya convocadas; según Azaña porque podían ganar las derechas si iban desunidos socialistas y republicanos; según otros por el temor del ministro universal a que triunfasen los socialistas, que ya habían proclamado que querían la mayoría en todos los ayuntamientos. “Han cometido la ligereza de decir que eso lo hacen para dominar la República desde los ayuntamientos y proclamar la dictadura y el soviet… el hombre neutro está asustadísimo. El pánico de un golpe comunista es equivalente al pánico a un golpe militar”. O sea que la suspensión de las municipales obedecía al temor del domador no a que ganasen las derechas sino a que lo hiciesen sus gruesos batallones; a que la República del 14 de abril se sustituyese por una soviética. Centenares de muertos desde las elecciones de febrero hasta el 18 de julio, entre ellos el asesinato de uno de los jefes de la oposición por militantes del PSOE. Media España no se resignó a morir había anunciado Gil-Robles.
Las fuerzas aglutinadas en el Frente Popular acabaron, como el rosario de la aurora, al extremo de que la finalización de la guerra lo fue con un golpe militar de unas de sus fracciones contra sus otrora amigos, que comentaremos en otro capítulo. Antes de que se conformara el famoso frente, allá por 1911, ya había emitido la famosa ley de hierro de las oligarquías que rige en los partidos, aludida en otro capítulo, el sociólogo alemán Robert Michels; ley que denuncia que aquellos se desvían de su ideología por deseo de la oligarquía que los dirige obedeciendo al objetivo primordial de ésta –la oligarquía– que no es otro que alcanzar el poder y, “con tales métodos, el partido no solo sacrifica su virginidad política, al entrar en relaciones promiscuas con los elementos políticos más heterogéneos, relaciones que en muchos casos tienen consecuencias desastrosas y duraderas, sino que además se expone al riesgo de perder su carácter esencial como partido”. Ese método, concluía Michels, convertía al partido en una mera organización. Los firmantes del Frente –seguro que la conocían– pensarían que ellos eran más listos, que esas cosas las superarían. La historia demostró que la tesis de Michels los retrató, que fue escrita casi pensada para ellos; no solo acabaron enfrentados de manera duradera durante décadas, sino que llegaron a matarse mutuamente.
Analicemos algunos sucesos de nuestros días. El doctor Pedro, aludiendo a no se qué problema de insomnio, convoca nuevas elecciones, sin que se conozca que recogiera la opinión de las bases, ni tampoco cuando tras las milagrosas píldoras decide que el mal sueño ha pasado. Por su parte el hombre del moño anunció que dimitiría si llegado al poder no podía reducir el recibo de la luz. La bella Inés no nos informó de que contara con las bases del partido para las recientes mociones de censura. ¿Cree usted que mantienen la virginidad política o se confirma la ley de Michels porque prevalecen las ansias de poder?
No son extrañas, a la vista de la actuación de los integrantes del famoso Frente Popular y las consecuencias que acarrearon, las palabras de uno de los padres de la República, Gregorio Marañón: “Tendremos que estar maldiciendo varios años la estupidez y la canallería de estos criminales, y aún no habremos acabado. ¿Cómo poner peros a los del otro lado?”. Si lo mencionamos mucho son capaces de quitar su nombre al sanatorio que lo ostenta.
A partir de la victoria electoral del famoso frente se instaló en España, con mucha más intensidad que en los años previos, aquel fabuloso estado comandado por el PSOE que ha impulsado a nuestro doctor a reivindicar ese vínculo luminoso con nuestro mejor pasado el 14 de abril en las Cortes. Algunos, solo algunos, datos ratifican la luminosidad, a pesar de que las fuerzas de la reacción patrias critiquen sus sabias palabras: entre febrero y julio de 1936 sucedieron cosas como estas:
-Iglesias destruidas totalmente: 160, luminarias incluidas. España era una Falla.
-Muertos por atentados: 269.
-Periódicos destruidos: 10.
-Centros de derechas destruidos: 69.
Etc., etc., con el colofón de la madrugada del 13 de julio: Calvo Sotelo asesinado por militantes del PSOE, dirigidos por el capitán Condés, socialista e instructor de sus milicias que acababa de ser amnistiado por su participación en el golpe de estado de 1934. Imposible un mejor pasado.
Una última cuestión. ¿Cree usted certera la opinión de Montiel atribuida a los comunistas de que sin el Frente Popular no habría habido guerra civil?
