INTRODUCCIÓN
La matanza de Paracuellos del Jarama constituye uno de los episodios más graves y documentados de la violencia en la retaguardia madrileña durante la Guerra Civil Española. Entre noviembre y diciembre de 1936, miles de personas fueron sacadas de las cárceles de Madrid y ejecutadas en las inmediaciones de este municipio, en un contexto de colapso institucional, miedo y radicalización política. Aquellas fosas comunes, hoy símbolo de una tragedia colectiva, recuerdan la dimensión humana de una represión que afectó a civiles de todas las edades.
Dentro de ese drama, el asesinato de 276 menores de edad añade un elemento especialmente desgarrador. Niños y jóvenes que apenas habían tenido tiempo de formarse una conciencia política fueron incluidos en las sacas y ejecutados junto a adultos, en un proceso de violencia masiva que no distinguió entre combatientes y población civil. Este artículo se centra en ese aspecto concreto de Paracuellos para subrayar el impacto de la guerra sobre los más vulnerables.
En Paracuellos del Jarama (Madrid) se encuentran las mayores fosas de la represión de la Guerra Civil de ambos bandos. Los entre cinco y siete mil cuerpos que se encuentran allí enterrados son el ejemplo del sistema industrializado de asesinatos que los comunistas querían implantar en España para hacer desaparecer a los enemigos de “su revolución”, que o era sangrienta y acababa con los “enemigos del pueblo” como había ocurrido en la Unión Soviética tras la revolución de 1917, o estaría llamada al fracaso, según el planteamiento que hacían los propios dirigentes de las principales formaciones políticas de izquierdas.
Paracuellos solamente es uno de esos lugares en los que se puso en práctica la aniquilación total del enemigo. En el blog Los Crímenes del Comunismo no hemos profundizado en el estudio de la masacre de Paracuellos, al ser una de las más estudiadas por la historiografía, independientemente de su sesgo ideológico.
Llama especialmente la atención que el debate en el seno de la historiografía marxista se ha centrado siempre en minimizar el número de víctimas. Eran conscientes de que no se podía ocultar una matanza tan brutal, organizada y controlada desde el Gobierno como esa.
Para los historiadores marxistas, la cuestión de Paracuellos queda resuelta en cálculos manipulados que llegan a la conclusión de que en ese municipio madrileño “sólo” se asesinaron a unos dos mil “partidarios del bando de franco”. Como si dos mil personas fuera poco o como si pensar diferente justificase la represión.
Estas explicaciones, que pretenden quitar fuerza a lo que realmente fue la matanza de Paracuellos, dejan claro que el objetivo que buscaban desde el Gobierno del Frene Popular, desde el principio de la Guerra Civil, no era otro que el aniquilamiento total de esa media España que no pensaba como ellos y se negaba a morir.
Esa media España que, en definitiva, les impedía que lograsen imponer su “paraíso comunista” en nuestro país. Un proyecto, el de implantar el régimen soviético, que llevó -como veremos en el próximo capítulo- a que los sucesos y crímenes de Paracuellos no fuesen un caso aislado y que España quedase repleta de grandes fosas comunes como consecuencia de la represión comunista en España.
En este capítulo nos centraremos en algunos detalles de los crímenes cometidos en Paracuellos por la represión marxista. Los asesinatos de menores de edad y testimonios que demuestran la brutalidad dirigida por el Comité de Orden Público de Madrid, un organismo oficial encargado de exterminar en masa, no solo a los partidarios del bando contrario, sino a todo aquel que no pensase como ellos. Es decir, a todo aquel que no fuera comunista.
Entre el 7 de noviembre y el 3 de diciembre de 1936, en torno a 5.000 españoles fueron asesinados en Paracuellos del Jarama. Víctimas del terror rojo en Madrid del que en gran medida fue responsable Santiago Carrillo. Hoy nos centramos en este blog en 276 de estas víctimas, asesinadas en el propio sitio de Paracuellos en su mayor parte, y algunos en las localidades de Aravaca y Torrejón de Ardoz.
El más joven de las víctimas de la represión tenía tan solo 13 años. Se llamaba Samuel Ruiz Navarro y se desconoce los crímenes de los que habría sido acusado a esa edad. Aunque bien mirado, ninguno de los asesinados por los milicianos en Paracuellos había cometido delito o crimen alguno salvo el de pensar de manera diferente a quienes apretaban el gatillo amparados por las pañoletas rojas del PCE.
Otras dos de estas víctimas, calificadas por quienes justificaron entonces el asesinato de los quintacolumnistas –enemigos de la revolución comunista- como enemigos del pueblo, tenían apenas 15 años. Sus nombres eran Manuel Pedraza García y Francisco Rodríguez Álvarez. Con la misma posibilidad de haberse posicionado ideológicamente que el niño de 13 años.
Además de ellos, decenas de chicos de 16, 17, 18, … así hasta los 21 años. De esta lista, que fue publicada como esquela en el año 2006, están sacados los asesinados a la edad de 22 años a pesar de que en la Segunda República la mayoría de edad se había situado en los 23, frente a los 25 que se establecía hasta entonces.
La mayor fosa común de la Guerra Civil está en Paracuellos del Jarama. Habría que explicar a los defensores de la memoria histórica que los que la llenaron de cadáveres inocentes fueron los comunistas, socialistas, anarquistas y demás republicanos. También habría que explicarles que los familiares de estas víctimas no conocen el lugar exacto en el que están los cuerpos de sus allegados, a pesar de los cuarenta años de franquismo.
También habría que explicarles que en el asesinato masivo organizado por los dirigentes del bando republicano, se trasladaba a los condenados en autobuses de dos pisos para agilizar el exterminio y que eran sacados de las cárceles con la excusa de un traslado a Valencia.
Además, deberían saber que morían ametrallados, atados de dos en dos, que se aprovechaba el peso de unos para arrastrar a los otros al fondo de la fosa y que en la mayoría de los cuerpos que se han individualizado –casi 1.000- no había tiro de gracia. Se les dejaba morir desangrados en una lenta agonía o se les echaba tierra encima cuando todavía no estaban muertos.
Quizá los defensores de la mal llamada memoria histórica deberían saber los crímenes que cometieron los que lucían las banderas tricolores de la república que ellos usan para reclamar unos supuestos derechos que sus anhelados líderes no concedieron a miles de españoles, al menos 5.000 de ellos en Paracuellos del Jarama.
276 menores asesinados en las sacas de Paracuellos
Entre el 7 de noviembre y el 3 de diciembre de 1936, en torno a 5.000 españoles fueron asesinados en Paracuellos del Jarama. Víctimas del terror rojo en Madrid del que en gran medida fue responsable Santiago Carrillo. Hoy nos centramos en este blog en 276 de estas víctimas, asesinadas en el propio sitio de Paracuellos en su mayor parte, y algunos en las localidades de Aravaca y Torrejón de Ardoz.
El más joven de las víctimas de la represión tenía tan solo 13 años. Se llamaba Samuel Ruiz Navarro y se desconoce los crímenes de los que habría sido acusado a esa edad. Aunque bien mirado, ninguno de los asesinados por los milicianos en Paracuellos había cometido delito o crimen alguno salvo el de pensar de manera diferente a quienes apretaban el gatillo amparados por las pañoletas rojas del PCE.
Otras dos de estas víctimas, calificadas por quienes justificaron entonces el asesinato de los quintacolumnistas –enemigos de la revolución comunista- como enemigos del pueblo, tenían apenas 15 años. Sus nombres eran Manuel Pedraza García y Francisco Rodríguez Álvarez. Con la misma posibilidad de haberse posicionado ideológicamente que el niño de 13 años.
Además de ellos, decenas de chicos de 16, 17, 18, … así hasta los 21 años. De esta lista, que fue publicada como esquela en el año 2006, están sacados los asesinados a la edad de 22 años a pesar de que en la Segunda República la mayoría de edad se había situado en los 23, frente a los 25 que se establecía hasta entonces.
La mayor fosa común de la Guerra Civil está en Paracuellos del Jarama. Habría que explicar a los defensores de la memoria histórica que los que la llenaron de cadáveres inocentes fueron los comunistas, socialistas, anarquistas y demás republicanos. También habría que explicarles que los familiares de estas víctimas no conocen el lugar exacto en el que están los cuerpos de sus allegados, a pesar de los cuarenta años de franquismo.
También habría que explicarles que en el asesinato masivo organizado por los dirigentes del bando republicano, se trasladaba a los condenados en autobuses de dos pisos para agilizar el exterminio y que eran sacados de las cárceles con la excusa de un traslado a Valencia.
Además, deberían saber que morían ametrallados, atados de dos en dos, que se aprovechaba el peso de unos para arrastrar a los otros al fondo de la fosa y que en la mayoría de los cuerpos que se han individualizado –casi 1.000- no había tiro de gracia. Se les dejaba morir desangrados en una lenta agonía o se les echaba tierra encima cuando todavía no estaban muertos.
Quizá los defensores de la mal llamada memoria histórica deberían saber los crímenes que cometieron los que lucían las banderas tricolores de la república que ellos usan para reclamar unos supuestos derechos que sus anhelados líderes no concedieron a miles de españoles, al menos 5.000 de ellos en Paracuellos del Jarama.
CONCLUSIÓN
Paracuellos del Jarama se ha convertido en un lugar de memoria inevitable cuando se aborda la violencia en la Guerra Civil Española. La magnitud de las ejecuciones y la existencia de fosas comunes con miles de víctimas reflejan el grado de deshumanización alcanzado en los primeros meses del conflicto. El hecho de que entre los asesinados se encontraran centenares de menores de edad pone de relieve hasta qué punto la lógica de la guerra y la represión arrastró a la sociedad a un abismo moral.
Recordar a las 276 víctimas menores de Paracuellos no es un ejercicio de confrontación, sino de dignidad histórica. Reconocer su sufrimiento permite comprender mejor la dimensión del trauma colectivo que dejó la Guerra Civil y refuerza la necesidad de una memoria que incluya a todas las víctimas, sin exclusiones ni lecturas selectivas del pasado. Solo desde esa mirada completa es posible avanzar hacia una comprensión más humana y responsable de nuestra historia reciente.
