INTRODUCCIÓN
La Guerra Civil Española fue también un conflicto ideológico en el que la religión, y de forma muy especial la fe católica, se convirtió en objetivo directo de la violencia política. En la zona controlada por el Frente Popular se desarrolló una persecución religiosa que afectó no solo al clero, sino también a miles de seglares cuya única “falta” era mantener públicamente sus creencias. Detenciones, torturas, saqueos de templos y asesinatos formaron parte de un clima de terror que buscaba erradicar la presencia social de la Iglesia.
Frente a los intentos de minimizar o relativizar estos hechos, los testimonios de las víctimas y la documentación histórica permiten reconstruir una realidad de represión sistemática contra católicos practicantes, miembros de asociaciones religiosas y símbolos del cristianismo. Los casos que se recogen en este artículo ilustran hasta qué punto la violencia anticlerical fue un fenómeno extendido en la retaguardia republicana durante los primeros compases de la guerra.
Cualquier católico que viviera en la zona republicana podía correr la misma suerte. Copiando el ejemplo de lo que Lenin y Stalin habían hecho en la Unión Soviética, las izquierdas españolas querían hacer desaparecer la religión -identificándola especialmente con la católica- en el país donde más arraigada estaba. Por ese arraigo, la sorpresa que se llevaron los asesinos republicanos de la retaguardia es que no se conocen apostasías entre los seglares que eran martirizados hasta la muerte.
A menudo, la historiografía marxista pretende ocultar el carácter de persecución contra la Iglesia que tuvo la Segunda República y el gobierno frentepopulista durante la Guerra Civil. Frente a ello contraponen la falsedad de que la represión en el bando franquista se centró sobre los maestros para “evitar que los hijos de los trabajadores” salieran de la miseria. Algo que es totalmente falso ya que más del 80% de los maestros en 1936 habían obtenido sus plazas docentes gracias a los planes de extensión educativa de la etapa del general Miguel Primo de Rivera y eran pocos -proporcionalmente- los que habían entrado en el sistema educativo durante el periodo republicano que, pese a las manipulaciones al respecto, se limitó a completar los planes educativos de Primo de Rivera. Siendo así que las ejecuciones en retaguardia de maestros nacionales no son significativas en términos estadísticos.
Si lo son, por el contrario, las persecuciones contra católicos que fueran reconocidos miembros de organizaciones seglares como la Adoración Nocturna o la Acción Católica. Pero no solamente contra ellos. En la mayoría de la España rural sometida al control del Gobierno frentepopulista, era suficiente una denuncia de un vecino que declarase ante los comités locales que alguien iba a misa los domingos, para que el acusado fuera detenido y se comenzase un proceso de depuración contra él. Un proceso que, en el mejor de los casos pasaba por la detención a incautación de propiedades; pero que en miles de ocasiones conllevaba torturas e incluso brutales asesinatos como los que se describen en la selección de los siguientes artículos.
Castrado y quemado vivo por no apostatar
El odio a la religión fue una constante entre los milicianos de izquierdas durante la Guerra Civil. En estos días en los que la aplicación sectaria de la Ley de Memoria Histórica pretende eliminar vestigios de los crímenes cometidos en la represión del Frente Popular, conviene recordar algunos de los crímenes que en nombre del pueblo realizó la izquierda en aquellos años.
Hay muchos, y algunos ya han sido contados en este blog. Hoy vamos a contar el martirio y asesinato de Juan Duarte Martín, un joven diácono de 24 años, natural de Yunquera (Málaga), pero asesinado en Álora.
Era hijo de una familia de campesinos. Tuvieron 10 hijos, de los que sobrevivieron seis. De ellos Juan era el cuarto. Con 12 años le dijo a su padre que quería ingresar en el seminario para ser sacerdote. El padre, que era miembro de la adoración nocturna, le apoyó, a pesar de que no tenían dinero para costear su estancia en la residencia del seminario. Pero la familia hizo un esfuerzo y consiguieron enviar al hijo a cumplir con su vocación.
Los resultados académicos del joven fueron brillantes y, tras los exámenes volvía al pueblo donde ayudaba en a su padre en las labores del campo y, por las tardes, daba clases particulares a niños. También era frecuente verle organizando excursiones con niños a los que llevaba a visitar los alrededores.
Cuando llegó el verano de 1936, volvió a Yunquera para pasar las vacaciones con su familia. Allí hacía vida normal, sin ocultarse. Pero una vez estallada la guerra, sus padres le convencieron de que debía ocultarse. Lo hacía cada vez que los milicianos iban a su casa a buscarle. Para ello habilitaron una pequeña pocilga que estaba tapiada y a la que se accedía por una puerta camuflada.
Un día en el que estaban solos en casa el joven y su madre, los milicianos le vieron a través de la ventana y le detuvieron. Era el 7 de noviembre de 1936. En el calabozo municipal estaban también detenidos otros dos seminaristas del mismo pueblo: José Merino y Miguel Díaz. La misma tarde del 7 de noviembre fueron trasladados al municipio próximo de El Burgo. Los dos compañeros de cautiverio de Juan eran menores que él. Tenían 21 y 22 años respectivamente. No eran tan conocidos en la zona porque su actividad con los otros habitantes de Yunquera era menor.
Por eso, José y Miguel fueron asesinados durante la madrugada del 7 al 8 de noviembre. Los fusilaron sin ningún tipo de procedimiento en la carretera de Ardales, en presencia de Juan que debió creer que correría la misma suerte.
Pero no fue así. Juan fue trasladado a Álora. Un municipio de mayor tamaño donde fue encarcelado en los calabozos municipales.
Desde el día 8 empezaron a torturar a Juan. Recibía palizas diarias, le arrancaron las uñas de las manos y los pies introduciendo cañas bajo ellas, le aplicaban corrientes eléctricas en los genitales y le paseaban por las calles, simulando procesiones, entre insultos y bofetadas.
Cada día le decían que debía apostatar y cesarían los martirios, y cada día contestaba reafirmándose en sus creencias.
El día 12 de noviembre fue trasladado de los calabozos del ayuntamiento a la cárcel local. Allí siguieron los tormentos y añadieron otro más. Por la noche le llevaban mujeres y chicas para tentarle a mantener relaciones sexuales. Una de ellas fue una chica de 16 años a la que conocía. Ocurrió la tarde del día 15. Nuevamente rechazó los ofrecimientos y la respuesta de los milicianos del comité revolucionario local fue cortarle los testículos con una navaja de afeitar. El joven se desmayó por el dolor y la pérdida de sangre.
Aquella noche, los torturadores decidieron acabar con su vida. Tenían tanto odio hacia el joven que no había accedido a apostatar que le prepararon una muerte horrenda. Le trasladaron a una zona próxima conocida como Arroyo Bujía, allí le abrieron en canal, desde el abdomen hasta el cuello y, todavía vivo le llenaron de gasolina el vientre y le prendieron fuego. Juan gritó, entre los inmensos dolores que eso le producía “¡Ya lo estoy viendo!”, y en respuesta, uno de los milicianos le disparó varios tiros en la cabeza.
Cuando sus familiares se enteraron del suceso fueron a Álora a por el cuerpo, éste estaba enterrado a muy poca profundidad y mostraba los coágulos de sangre redondos, propios de las quemaduras. El hermano mayor de Juan, José, fue el encargado de recuperar el cuerpo y prepararlos para llevarlo de vuelta a Yunquera, sus padres y el resto de sus hermanos no fueron capaces de hacerlo al ver el estado en el que había quedado.
La Historia da muchas vueltas y 71 años después, un sobrino nieto del mártir Juan Duarte Martín, el diputado socialista José Andrés Torres Mora, fue el ponente en el Congreso de los Diputados de la Ley de Memoria Histórica. Una Ley que oculta los casos como el que padeció su familia para imponer una revancha que nada tiene que ver con la realidad histórica que vivió España durante la Guerra Civil y la posguerra.
Desangrados y descuartizados por pertenecer a la Adoración Nocturna
España, cuna de héroes, conquistadores y mártires, tiene cuatro nuevos beatos desde octubre de 2016: Genaro Fueyo Castañón, Antonio González Alonso, Isidro Fernández Cordero y Segundo Alonso González que fueron asesinados por ser católicos, por pertenecer a los grupos de Adoración Nocturna y por estar afiliados al Sindicato Católico de Hullera Española. Sus asesinos, los milicianos del comité local, cometieron sobre ellos torturas brutales y todo ello a pesar de que muchos de los criminales habían conseguido trabajo gracias al padre Fueyo.
Una de las víctimas, Antonio González, fue asesinado en solitario. Los otros tres fueron martirizados de forma conjunta.
Antonio González Alonso tenía 24 años. Había intentado ser sacerdote, pero su mala salud se lo impidió. Por eso optó por prepararse para ser maestro. Fue detenido el 20 de julio junto a su hermano y le llevaron a una cárcel. Allí le quisieron obligar a destrozar objetos religiosos y a blasfemar. Se negó pese a las palizas y sus captores le dijeron que lo pensara, que tenía 24 horas para cambiar de opinión o le asesinarían. Su última noche la pasó junto a su hermano, Cristóbal, a quien le explicó que “tengo una ocasión para dar mi vida a Dios en calidad de mártir; no quisiera desaprovechar esta gracia, pero tú haz lo posible para seguir viviendo y atender a nuestros padres”.
Al día siguiente no dudó en responder a los milicianos: “Lo he pensado bien y he llegado a la conclusión de que, en conciencia, no puedo ni debo pisar ese cuadro por lo que representa”.
El día 11 de septiembre le sacaron de la cárcel y le llevaron al Puerto de San Emiliano, a un alto en el que fueron asesinados cientos de personas que luego eran arrojadas sin el tiro de gracia a un barranco ahorrándose así el tener que enterrarlos. Por el camino pasaron por delante de la casa de sus padres. Su madre estaba sentada en la puerta con unas vecinas. La crueldad de sus captores les hizo frenar el coche y pasar despacio para que la madre pudiera ver que se llevaban a su hijo de “paseo”. Antonio aprovechó para gritar desde el coche: “Adiós, madre, hasta el cielo”.
Llegados al puerto, que se encuentra entre Mieres y Sama, bajaron al joven del coche. Según el testimonio del conductor del vehículo, le quisieron obligar a blasfemar, como se negó le cortaron la lengua. Después le dieron una paliza y, medio moribundo lo arrojaron al barranco donde le dejaron morir. Tras la guerra, de ese barranco se recuperaron cientos de cuerpos que no pudieron ser reconocidos. Entre ellos se encontraba el del mártir.
Genaro Fueyo Castañón había cumplido 72 años. Llevaba medio siglo dedicado al sacerdocio, 38 años al frente de la parroquia de Nembra. Su labor pastoral fue reconocida por todos y multiplicó las vocaciones. En 1908 había creado el grupo de Adoración Nocturna de la localidad y usaba los salones parroquiales para dar clase a los hijos de los mineros y los agricultores gratuitamente.
En octubre de 1934 tuvo que refugiarse en casa de uno de sus hermanos cuando se produjo la revolución en las cuencas mineras porque fue avisado por sus feligreses de que tenían previsto ir a detenerle para asesinarle. Gracias a este aviso no fue otro de las docenas de sacerdotes asesinados por comunistas, socialistas y anarquistas. En el verano de 1936 no tuvo tanta suerte. Fue detenido y asesinado la noche del 21 de octubre.
Isidro Fernández Cordero era un padre de familia numerosa de 42 años. De sus siete hijos tres acabaron siendo sacerdotes. Regentaba un bar con una pequeña tienda, además de trabajar en las minas de Hullera Española. El 24 de julio, cuatro milicianos entraron de noche en su casa para comunicarle que tenía que acudir a prestar declaración en el Comité Revolucionario local. Cuando fue le detuvieron en la improvisada cárcel que era la antigua sede de la Adoración Nocturna a la que Isidro pertenecía. Los milicianos le dejaron en libertad unos días después, pero volvió a ser requerido para que se presentara en el Comité bajo amenazas de atacar a su familia si no acudía.
Su cautiverio duró más de dos meses. Durante este tiempo sus hijos acudían a verle con cierta frecuencia y siempre les decía que debían perdonar a los que le tenían detenidos. Fue asesinado en la Iglesia de Nembra durante la noche del 21 de octubre.
Segundo Alonso González tenía 48 años cuando fue detenido en 1936. Tuvo 12 hijos de los que sobrevivieron siete. Era el presidente de la Asociación Nocturna, del Sindicato Católico de Mineros y de la Cofradía del Rosario. Para ganarse la vida y mantener a su amplia familia estaba obligado a trabajar mucho. Además de en la mina de Hullera Española, realizaba labores agrícolas y trabajos de carpintería.
Cuando fue detenido por los milicianos locales, presumían de haber detenido a alguien importante. Le interrogaron y le golpearon porque querían que les entregase las armas que pensaban que se escondían en el local de Adoración Nocturna. Segundo no las entregó porque no había ninguna. Fue encerrado en esos mismos locales convertidos en cárcel improvisada y asesinado en la noche del 21 de octubre en la Iglesia de Nembra junto a los dos mártires anteriores.
El asesinato de los tres mártires en la madrugada del 21 de octubre fue de una brutalidad impresionante. Primero se les obligó a cavar su propia tumba. Como el sacerdote era una persona mayor, los dos jóvenes hicieron su trabajo. Luego, dentro de la Iglesia les preguntaron en qué orden querían ser asesinados. Don Genaro pidió ser el último para poder dar consuelo a sus dos compañeros de martirio. Después, uno detrás de otro, fueron desangrados y descuartizados en vivo por un grupo de siete personas, cinco de ellas mujeres. Cuando sus cuerpos fueron recuperados tras la Guerra Civil, se encontraban incorruptos.
Pero estos hechos no se rigen por la Ley de Memoria Histórica. Es preferible arrancar placas y crucifijos de las fachadas de catedrales que honrar a las víctimas inocentes.
Fusilar y dinamitar al Sagrado Corazón, la macabra diversión de las milicias
El Cerro de los Ángeles alberga, desde 1919, un monumento consagrado a la adoración del Sagrado Corazón. Allí se vivieron escenas de odio y violencia protagonizadas por las milicias del Frente Popular en los primeros días de la Guerra Civil. El primer asalto al complejo religioso se produjo el 23 de julio de 1936, cuando cinco jóvenes pertenecientes a Acción Católica que se turnaban para defender el convento y el monumento fueron asesinados por un escuadrón de milicianos.
Desde ese momento todo el complejo situado en una zona elevada, de gran importancia estratégica, quedó en manos republicanas hasta que fue recuperada por los nacionales. El Frente Popular decidió, lejos de aprovechar su uso estratégico, emplear el convento para instalar una checa en la que fueron asesinadas decenas de personas.
No contentos con ello, el 7 de agosto los milicianos, socialistas y anarquistas en su mayor parte, realizaron un fusilamiento del monumento al Sagrado Corazón y emprendieron las labores de demolición. Empezaron intentando derribar la columna de sujeción de la estatua a mano, pero sus casi 900 toneladas de piedra lo hacían imposible, por eso optaron por dinamitar la base de la estructura.
El siguiente paso fue cambiar el nombre del entorno por decisión del Gobierno republicano, que no debía tener nada mejor que hacer, pasando a ser el de Cerro Rojo, en sustitución del de Cerro de los Ángeles.
Repercusión internacional
Las imágenes que la prensa frentepopulista difundió en sus publicaciones, especialmente la de la formación de un pelotón de fusilamiento para disparar al Sagrado Corazón, llegaron rápidamente a todos los países europeos. Dos de ellos, Irlanda y Rumanía, reaccionaron enviando voluntarios para luchar contra el comunismo y en defensa de los valores del cristianismo que estaban siendo atacados en España.
Los primeros en llegar fueron los voluntarios irlandeses, eran miembros de dos grupos: los “camisas azules” y los “camisas verdes”, liderados por Eoin O’Duffy. La tropa enviada ascendía a 700 militantes. Muchos eran veteranos que habían participado como soldados en la Guerra de Liberación de Irlanda junto a Michael Collins, pero la mayor parte eran jóvenes que se integraron en unidades autónomas dentro de las banderas de la Legión o de las banderas de Falange. Participaron muy activamente en la batalla del Jarama.
Los voluntarios rumanos pertenecían a la Guardia de Hierro, un grupo nacionalista dirigido por Corneliu Zelea Codreanu quien pidió voluntarios para defender el cristianismo en España. Su intención era dar testimonio del apoyo de los cristianos rumanos a la causa nacionalista en España por lo que tenía de defensa de los valores de la Europa cristiana. Sin embargo, la respuesta dentro de la Guardia de Hierro fue tan abrumadora que obligó a Codreanu a tomar una medida prudente.
Las listas de voluntarios eran muy numerosas. Según los documentos internos de la formación llegaron a apuntarse más de 13.500 voluntarios. Algunos autores han asegurado que fueron 20.000. En cualquier caso, el partido de Codreanu no tenía capacidad para dotar y enviar un contingente de ese tamaño y optó por enviar a una representación de varios dirigentes del partido. Los elegidos fueron el General Georgios Cantacuceno, Banica Dobre, Nicolae Totu, el príncipe Alexandru Cantacuceno, Ion Mota, Vasile Marin, Dimitru Borsa, sacerdote ortodoxo, y Gheorge Clime.
El alcalde de Lérida que fue fusilado por Companys por celebrar una cabalgata
Juan Rovira y Roure era un político perteneciente a la Liga Catalana que fue mantenido como alcalde de Lérida por Luis Companys cuando se hizo cargo de la presidencia de la autonomía catalana al frente de Esquerra Republicana de Cataluña. Su gran arraigo social y su popularidad así se lo aconsejaron al traidor que quiso proclamar la independencia catalana aprovechándose de la revolución de Asturias en octubre de 1934.
Su formación académica, además de la tradición familiar, le hicieron ser un católico practicante que, durante la República, le costó no pocos problemas con la persecución religiosa que se inició en mayo de 1931.
En Lérida, el 5 de enero de 1936 se celebró la tradicional cabalgata de Reyes con la autorización expresa del alcalde. Poco después, la unidad de Mossos d’Esquadra que quedaba en el municipio fue retirada con la excusa de que hacían falta en Barcelona. La realidad es que Rovira y Roure había mantenido el orden, en la medida de sus posibilidades, y se enfrentaba a los milicianos que pretendían instaurar el terror revolucionario desde la checa que habían establecido en la ciudad catalana.
Tras la salida de los Mossos, los chequistas implantaron un régimen de terror en la localidad que llegó a la detención, el 18 de agosto de 1936, del propio alcalde que fue fusilado el 27 de agosto en los muros del cementerio municipal. Su cuerpo, sin tiro de gracia, fue arrojado a la fosa común donde compartió destino con los cientos de represaliados por anarquistas, socialistas y comunistas.
En el sumario de la “causa” instruida contra Rovira y Roure consta como una de las acusaciones que le costaron la vida era que “había hecho celebrar la cabalgata de los Reyes Magos”, una cabalgata que había sido suprimida o cambiada en la mayoría de los municipios de España.
Uno de los enterradores del cementerio, que declaró en la causa general, aseguró que el alcalde murió perdonando a quienes le habían torturado en la checa y le fusilaban en ese momento, a la vez que “invocaba a Jesucristo”.
Juan Rovira y Roure estaba casado y había tenido tres hijos, uno de los cuales murió a edad muy corta en 1930. Fue canonizado en los procesos abiertos por la Iglesia Católica sobre los mártires de la Guerra Civil.
CONCLUSIÓN
La persecución religiosa del Frente Popular durante la Guerra Civil Española constituye uno de los capítulos más oscuros del conflicto, tanto por la magnitud de la violencia ejercida como por la crueldad de muchos de los métodos empleados. El martirio de religiosos, seglares y defensores de la fe pone de manifiesto que la guerra no solo se libró en los frentes, sino también en la vida cotidiana de miles de personas desarmadas.
Reconocer estos hechos no implica negar otros sufrimientos ni justificar represiones posteriores, sino asumir la complejidad y la tragedia integral del periodo. Solo desde una memoria histórica completa, que incluya a todas las víctimas y evite lecturas selectivas del pasado, es posible comprender la profundidad de las heridas que dejó la Guerra Civil y avanzar hacia una reflexión histórica más honesta y reconciliadora.
