EN la villa de Bilbao se viven días de emoción inenarrable. La batalla que se libra desde hace dos días en el Cinturón de hierro repercute en todos los hogares; para los más es preludio de liberación, para otros es el éxodo con la casa a cuestas.
En las montañas que dominan la ría, por el oriente, las continuas explosiones de las bombas de aviación, batiendo los emplazamientos de la artillería, han levantado ingentes penachos de humos negros y terrosos, que, extendiéndose hacia la ciudad, lo envuelven todo, sumiéndose en una densísima humareda que, al nublar el sol, produce una apariencia crepuscular, contribuyendo a hacer más impresionantes las últimas horas del dominio rojo.
A la afluencia de las fuerzas rojas hacia el frente con aire fanfarrón, confiados en la propaganda del Cinturón de hierro, sucede el desfile desordenado de unidades derrotadas que llevan en sus rostros el terror de los vencidos y que, a su paso, van arrojando cuanto puede estorbarles en su carrera.
Algunos jefes, entre ellos, intentan contener lo incontenible. En algunos momentos parece que los esfuerzos de organizar la resistencia en la ciudad van a conseguir algo, pero basta la caída de un proyectil largo para que la explosión dé al traste con los bélicos propósitos.
La gente, encerrada en sus domicilios, espera el momento de la liberación. A la aparición de las siluetas de los nacionales entre las explosiones del horizonte sucede la voladura por los rojos de los hermosos puentes sobre la ría, ilusiones y trabajos de varias generaciones destruidos en unos momentos por la barbarie roja…
La consigna es la de una completa destrucción; para ello se han minado, premeditada y perversamente, los grandes edificios y establecimientos industriales; pero la orden de Prieto, el cabecilla rojo de Bilbao, queda desbaratada por la rápida entrada de las tropas nacionales.
Los acontecimientos se precipitan. No se han repuesto todavía los espíritus de la alegría de ver a los soldados sobre las alturas inmediatas, cuando se acusa su presencia por las avenidas de la población. Pasan rápidos, sin ocuparse de lo que queda atrás, a tomar las salidas hacia el campo y posiciones al oeste de la ría.
Soldados del Requeté y de Falange avanzan en desfilada para ocupar las plazas y lugares importantes; los siguen muchachos y mujeres que los vitorean y los abrazan; vienen luego compañías sueltas en orden cerrado, llevando el paso, pero sin la rigidez de las formaciones formales, sino con ese aire tolerante de los triunfadores a su entrada en las poblaciones dominadas.
En pocos instantes las aceras y plazas se pueblan de una alegre muchedumbre que aclama sin cesar a las fuerzas victoriosas. Las tropas llevan a sus costados una verdadera procesión de madres y de esposas que interrogan a los recién llegados por sus deudos. Entre ellos, ansiosa y jadeante, marcha Isabelita Churruca, acompañada de sus hijos, de un pelotón a otro, interrogando con angustia a los oficiales:
ISABELITA.– ¿El Capitán Echeverría?
UN OFICIAL.– No sé; no pertenece a este batallón.
ISABELITA.– ¿Sabe algo del Capitán Echeverría?
OFICIAL.– Aquí no viene.
ISABELITA.– ¿El Capitán Echeverría?
OTRO CAPITÁN.– Debe de pertenecer a la 2.ª Brigada de Navarra; esta es la primera.
ISABELITA.– ¿La 2.ª de Navarra?
EL COMANDANTE.– Esta es.
ISABELITA.– ¿El Capitán Echeverría?
EL COMANDANTE.– No lo conozco. Vaya al Estado Mayor.
ISABELITA.– ¿Dónde está?
EL COMANDANTE.– Creo que en el Hotel Carlton.
Corren alocadamente Isabelita y su hija hacia el Hotel Carlton. Un grupo de requetés guarda la puerta del edificio.
ISABELITA.– ¿El Jefe de Estado Mayor?
UN REQUETÉ.– En el primer piso.
Suben Isabel y su hija.
ISABELITA.– ¿Puedo ver al Jefe de Estado Mayor?
UN OFICIAL.– Pase por aquí. Aquí es. (Dirigiéndose hacia el interior de la sala.) Mi Teniente Coronel, esta señora quiere verle.
EL JEFE.– ¿Qué desea?
ISABELITA.– ¡Perdóneme! Soy la esposa del Capitán Echeverría, que creo pertenece a la 2.ª de Navarra, y quiero saber dónde está.
EL JEFE.– ¿De qué batallón?
ISABELITA.– No sé. Me ha dicho un capitán que creía saberlo en la 2.ª de Navarra.
Entra el Capitán Anglada.
EL JEFE.– Capitán Anglada, ¿conoce usted al Capitán Echeverría? Esta señora es su esposa. Dice que estaba en la 2.ª de Navarra.
EL CAPITÁN ANGLADA.– Yo… (Titubeando.) Sí…, lo conocía; hace tiempo que no lo veo… El Capitán Acuña, de la Legión, debe de saber de él.
ISABELITA.– ¿El Capitán Acuña? ¿Dónde puedo verlo?
EL CAPITÁN ANGLADA.– Está con sus tropas; he de encontrarlo. Deje sus señas; yo la respondo que irá a visitarla.
ISABELITA (Mirando recelosa.).– Gracias, muchas gracias, pero no se olvide. Tome mi dirección. (Saca y entrega una pequeña tarjeta de visita sobre la que escribe sus señas.)
EL CAPITÁN ANGLADA.– Irá enseguida; no lo dude.
Cuando sale Isabel con su hija, se vuelve el Capitán al Jefe de Estado Mayor:
EL CAPITÁN ANGLADA.– ¡Pobre mujer!…
EL JEFE.– ¿Qué ocurre? ¿Ha muerto?…
EL CAPITÁN.– Eso creemos. Desapareció el día 16. El Capitán Acuña puede compensarla con otra alegría.
EL JEFE.– ¿Cómo?
EL CAPITÁN ANGLADA.– Acuña es un hermano que ella cree muerto. Fusilado en Madrid, salvó la vida milagrosamente y adopta este nombre para no comprometer a los que le salvaron.
EL JEFE.– Vaya usted a su encuentro, que bien lo merece.
Cuando Isabel regresa a su casa, escucha desde el vestíbulo la voz de su hijo jugando a los soldados: “Un-dos, un-dos…” Alguien parece que lo dirige. Corre hacia el comedor, cuando el niño, que ha sentido sus pasos, acude presuroso a su encuentro:
EL NIÑO.– ¡Mamaíta! ¡Mamaíta! ¡El tío José!
José, al que no veía porque estaba desenfilado de la puerta, aparece.
JOSÉ.– ¡Isabel!
Isabel se echa en sus brazos.
ISABELITA.– ¡Tú, tú! ¡Qué alegría!
JOSÉ.– Sí, yo. Un resucitado.
ISABELITA (Continúa abrazada y apoyada sobre él. De pronto, se separa inquieta y lo interroga.).– José, ¿y Luis?
JOSÉ.– No sé. Desaparecido.
ISABELITA (Agitada.).– Dime cuanto sepas.
JOSÉ.– Poco puedo decirte. Desaparecido una noche recorriendo el frente… Pensamos que puede estar prisionero.
Los niños lo miran asustados.
EL NIÑO.– ¿No viene papaíto?
JOSÉ.– No. Está en el cielo…
EL NIÑO.– Como abuelito, ¿verdad?
ISABELITA.– Mira, nena. Quédate con tu hermano, que yo tengo que hablar con el tío José.
Quedan solo Isabelita y José.
ISABELITA.– Tengo que hablarte, José. Hace un mes que ni vivo ni duermo. Sin ti, hoy me hubiera vuelto loca.
JOSÉ.– Vamos, serénate. Tú siempre fuiste mujer animosa. Yo haré de padre para tus hijos.
ISABELITA.– Gracias, José; pero no es eso. Escucha. Necesito desahogarme contigo.
JOSÉ.– Habla.
ISABELITA.– Solo el recordarlo me produce espanto. Era el 16 del pasado; a las tres de la madrugada sonó el timbre de esta puerta. El timbre era el terror: el registro, la persecución… lo demás; no sabéis lo que representaba un timbrazo.
Cuando pregunté quién era, oí claramente la voz de Luis. Abrí asustada. Me dominaba una mezcla de alegría y de temor. ¿Cómo había llegado? Su respuesta heló mi sangre; lo miré con espanto. Por nosotros lo había abandonado todo… Algo subía de mi corazón hasta mi garganta; algo que me ahogaba. Un solo pensamiento me obsesionaba: deshacer lo hecho, volverlo con los nuestros. Le pedí que se fuera; antes lo preferiría muerto. Me miró con amargura, y, sin una palabra, sin un gesto, se perdió en la oscuridad de la escalera, oí batirse el portón y caí anonadada, deshecha, sin fuerzas para nada. Días horribles de desesperación; más tarde, de esperanza. Solo pedía a Dios que me lo volviese con Honor.
JOSÉ (Con calma.).– Sin duda ha perecido en el empeño.
ISABELITA.– Es horrible, José. Yo lo eché de aquí, yo. Y su hija también… Durante muchos días, creí que había hecho bien, que ese era mi Deber, el nuestro; pero hoy dudo y vacilo. ¡Es espantoso!
JOSÉ.– Has hecho muy bien, Isabel. No había otro camino. Ese era el Deber. Otra cosa hubiera sido el deshonor y, tras él, también, la muerte.
ISABELITA.– ¡Qué peso me quitas!
JOSÉ.– Eres la misma. Fuerte y valerosa, como una Churruca: como nuestra madre. ¿Y tu hija?
ISABELITA.– Se despertó con la llegada, escuchó mis palabras y me acompañó en mi actitud. Rogó a su padre que se fuese. Jamás ha vuelto a hablar de ello. Sólo reza mucho por su papá, y, cuando lloro, intenta consolarme.
JOSÉ.– ¡Pobrecilla! Llámala.
Isabelita se acerca a la puerta y llama a la niña, que se acerca presurosa…
JOSÉ.– Óyeme, nena. Tu madre me acaba de referir cómo tu padre, arrastrado por el amor hacia vosotros, cruzó las líneas para veros. Al regresar, no tuvo suerte. Encontró la muerte. Solo los tres conocemos este hecho. En todas las operaciones había destacado por su valor y su pericia. Desde hoy, sólo debes recordar que os quería mucho y que fue un gran soldado. Guárdale el culto que merece y olvida la noche en que su cariño lo arrastró al loco empeño de visitaros. El Deber os impuso, a tu madre y a ti, el más grande de los sacrificios. Cayó por su Patria, y esta es la verdad histórica.
ISABELITA.– Sí; tío José.
EL NIÑO (Entra corriendo.).– Mamá, mamá. ¡Me han dejado solo!…
ISABELITA.– Anda, nena, ve con él; entretenlo, que en seguida acabo con el tío José.
Salen, contrariados, los dos niños.
ISABELITA.– Mis dolores me han hecho olvidarme de ti; la alegría de tu vida me compensa de otras amarguras; pero, dime: ¿cómo has podido salvarte? ¿Cómo ha sido posible este milagro?
JOSÉ.– Ya sabes cómo. Herido y fracasado en mi intento de ganar el Cuartel de la Montaña, fui a caer bajo la avalancha de la canalla, en las gradas del monumento a Cervantes. Su figura caballerosa presidió nuestra lucha desigual; el sublime cantor de la caballería la vio a sus pies hecha pedazos. En el granito de los escalones quedó la huella sangrienta de otra triste aventura.
Después comparecí ante un simulacro de tribunal, que unas veces justificaba el asesinato de los vencidos y otras el horrendo crimen de los inocentes. No admití disculpas ni atenuantes. Defendí a España y reclamé mi pena. Dios me ayudó mucho, pues en la cárcel no me faltó el consuelo divino de un sacerdote ejemplar, que me prestó el auxilio que el trance requería y el calor de una criatura ejemplar que, despreciando los peligros, me llevó el humano consuelo de su cariño.
ISABELITA.– ¿Marisol?
JOSÉ.– Sí, Marisol. ¡Qué buena! ¡Y qué sublime!… ¡Qué bien me hacía y qué amargor me dejaba!… Qué hermosa se presentaba la vida en el momento de dejarla… Y, sin embargo, ¡qué consuelo el saber que había quien llorase y pidiera por mí! Cuando al amanecer vinieron a buscarme, mi ánimo estaba dispuesto: había logrado superar el dulce recuerdo de lo que aquí quedaba. Solo al salir, cuando los rayos del sol ponían una nota de vida en el albor de la mañana, algo en mí quería rebelarse; me pareció más bello todo al abandonarlo. La presencia de los verdugos me trajo a la dura realidad, y rogando a Dios que me acogiese… Me vestí de gala… Luego, un recuerdo vago de susurros a mi alrededor; una cara bondadosa de mujer del pueblo que saciaba mi sed y me cuidaba como amorosa madre. Una consigna de silencio. Un santo protector en forma de médico, y, por fin, una emocionante marcha bajo la noche burlando las guardias enemigas, y al término… ¡España! ¡Nuestra España!
ISABELITA.– ¿No has visto a Marisol después?
JOSÉ.– No me fue permitido. Ella lo exigía así y yo no tenía derecho a ponerla en peligro.
ISABELITA.– Es verdad. Ahora comprendo una carta que nunca comprendí. Vas a verla. (Y de un armario escritorio la saca.) Toma.
JOSÉ (La lee en silencio.).– ¡Cuánta bondad y cuánta prudencia!… Dice mucho y… no dice nada.
ISABELITA.– La prensa estaba terminante.
JOSÉ.– Sí. Solo a Marisol debemos este bien. Expuso su vida por enterrar mis restos y esas buenas gentes, el portero y su hermana, coadyuvaron con su caridad. Y esto es lo desesperante, Isabel. Haber salido de allí sin verla; sin saber lo que la llevó a las rejas de la cárcel; la causa real de su intensa emoción. Unas veces pienso que son mi fantasía o mi deseo los que exageren el recuerdo de su aparente dolor; otras, lo razono como una sensibilidad femenina ante la muerte fría del mártir de una causa amada… Pero, en otras ocasiones, mi anhelo me habla de algo más profundo y grande…
“Está ahí su prometida” –me dijo el odioso carcelero–; reí al oírle… ¡Mi prometida! Pero cuando pasé de nuevo la cancela traía en el corazón un eco de promesas. Todo había cambiado para mí. En vísperas de muerte, algo me llamaba a la vida…
ISABELITA.– Y aún dudas, José… Siempre te demostró su simpatía, me atrevería a decir que siempre te ha querido.
JOSÉ.– ¿Te lo dijo acaso?…
ISABELITA.– No necesitaba decírmelo. Eras su mejor amigo, su pareja tantas veces, y nunca le prestaste la atención que merecía. ¿Te parece poco?
JOSÉ.– No, Isabel; siempre me agradó. Pero la vida no me ofreció un remanso de paz para detenerme. ¡Y hoy, que veo claro, no me creo con derecho para pedirle nada!
ISABELITA.– No será necesario. Todo llegará y mucho me alegra. Ella es digna de ti y tú de ella… Y qué gozo si Jaime viviera y pudiera uniros. (Con ansia.) ¿Has sabido de él? Aquí nos engañaban. Yo pregunté muchas veces; escribí a Cataluña y siempre el silencio. Solo me decían: “No puede pasarle nada; ya ve usted, aquí los frailes están en su hospital…”
JOSÉ.– Por muerto lo he llorado. Cuando salí, he intentado buscar noticias, averiguar algo. En Roma saben de la muerte santa de la comunidad. Como los antiguos mártires, cantando a nuestro Dios y perdonando a sus enemigos.
ISABELITA.– ¡Pobre Jaimito!…
JOSÉ.– El santo. ¿Te acuerdas de su promesa? Él pediría por nosotros. Él es, sin duda, el que nos ayuda.
ISABELITA.– Así debe ser.
JOSÉ.– ¿No te atreves a preguntar por Pedro?
ISABELITA.– Es cierto, no me atrevía.
JOSÉ.– Sé que ayudó a Marisol en su empeño. Con ellos está. ¿Hasta cuándo?…
Se oyen a través de las ventanas los ecos de una música con aire de zorcico: es el Oriamendi. Los chicos se precipitan en la habitación.
EL NIÑO.– ¡Mamita! ¡Mamita! La música.
JOSÉ.– Sí; el himno de los Requetés.
EL NIÑO.– ¡Abre! ¡Abre!…
Lo alzan hacia la ventana. Una muchedumbre llena la plaza y ante el Ayuntamiento canta los himnos nacionales. Cuando la ventana se abre, se escuchan los últimos compases del Oriamendi y empieza el himno de la Falange. Todos levantan el brazo, y José, acompañado de los chicos, canta en la ventana. Isabelita, mientras saluda con su brazo, se lleva el pañuelo a los ojos.
EL NIÑO.– ¡Qué bonito!
LA NIÑA.– Sí; tenemos que aprenderlo.
Isabelita, cogida del brazo de José, sonríe a sus hijos con dulce amargura.
DOS años de Jefe del Servicio de Información de Cataluña han envejecido a Pedro prematuramente; su cabellera, antes negra y brillante, se ha vuelto gris y descuidada, y las comisuras de sus labios se fruncen, imprimiendo al rostro un aire de amargura.
Si en el campo de la lucha contra las actividades de los nacionales ha cosechado éxitos, ha fracasado, sin embargo, en el difícil empeño de cortar la ola de crímenes de las hordas rojas. Su carácter se ha ido haciendo taciturno y reservado, y en su espíritu se han avivado los recuerdos de los años felices de la adolescencia, que hoy le persiguen como una obsesión.
En el tiempo transcurrido ha ido llenando su despacho de ficheros y carpetas, entre los cuales parece sepultado en vida.
En uno de estos días en que con desgana trabaja en su oficina, la entrada de un miliciano requiere su atención.
EL MILICIANO.– Camarada Churruca, una muchacha desea hablarte. Dice son asuntos graves que sólo a ti debe confiar.
PEDRO.– ¿No la conocéis?
EL MILICIANO.– No; tal vez una aventurera. (Guiñándole un ojo.) Es guapa.
PEDRO.– No seas bárbaro, será algo de servicio. Pásala. (Entra una muchacha joven, vestida de negro, sencilla, pero bien arreglada; aunque no lleva sombrero, delata su distinción.) Pase usted. Siéntese. Usted dirá qué asunto la trae aquí.
LA MUCHACHA.– Primero quiero saber si es usted hermano del valiente Capitán Churruca.
PEDRO.– Sí, así se llamaba. ¿Por qué lo pregunta?
LA MUCHACHA.– Entonces es usted hijo de uno de los héroes de Santiago de Cuba.
PEDRO (Contrariado.).– Bien. ¿A qué viene eso?
LA MUCHACHA.– Ahora mismo se lo diré. Soy Carmen Soler, viuda del Capitán García de Paredes, compañero de su hermano de usted y asesinado, como él, por los vuestros, en Montjuich. Todo lo que tenía en esta vida era él, nada me queda… Mi única ilusión es reunirme con mi marido, y, desde el día en que cayó muerto en los fosos de esa trágica y maldita fortaleza, me propuse seguir su camino: entregar mi vida por España. De modo que ya lo sabe usted. Fácilmente se adivina lo demás.
PEDRO.– ¿Qué quiere usted decir? Puedo socorrerla.
LA MUCHACHA (Con calma.).– No me entiende. Soy espía, espía de los nacionales. Sé que tiene usted los planos del frente y vengo a que me los entregue.
PEDRO (Bajando la voz.).– Pero, calle, ¡desgraciada! ¿No sabe usted que si la oyen la fusilarán en el acto?
LA MUCHACHA.– ¡Así terminaríamos antes; pero no será! Vamos, no dude, deme los planos.
PEDRO.– Pero, ¿está usted loca? ¿No comprende que una voz mía, un timbrazo, supone su muerte? (Impetuoso.) ¡Salga, salga y olvídese de que ha estado aquí!
LA MUCHACHA (Resuelta.).– No, no me voy. Yo no me voy sin los planos. Usted me los dará.
PEDRO (Amenazador.).– Mire que llamo…
LA MUCHACHA.– No, no llamará usted. Ya soy su cómplice. Nos matarían a los dos. Nadie querrá creer en lo que usted diga, lo malo es lo que mejor se cree y me creerían a mí. Decídase. (Levantándose y buscando.) ¿Dónde están los planos?
PEDRO.– ¡En mi vida he visto un caso igual!
LA MUCHACHA (Suplicante.).– No vacile, entrégueme los planos.
PEDRO.– Pero, ¿cómo se le ha metido en la cabeza que yo le pueda dar a usted esos planos?
LA MUCHACHA (Con vehemencia insinuante.).– Porque usted no puede ser igual a esa canalla. No puede desmentir la sangre que lleva. Debe odiarlos tanto como yo; a usted le han asesinado dos hermanos, uno de ellos un santo. (Pedro se turba.) Usted no puede ser traidor a los suyos. ¿Qué espera usted? ¿Dónde está su Deber?
A estas palabras, el Jefe del Servicio de Información inclina la cabeza y unas lágrimas empañan el brillo de sus ojos. Ella, entera e iluminada, aprovecha el momento para decidirle.
LA MUCHACHA (Con voz más queda.).– Un servicio puede redimir una vida. Si usted sirve a los nacionales, mi testimonio le salvará de un mañana muy próximo.
PEDRO (Arrogante, se endereza.).– Pero, ¿qué cree usted? ¿Que yo aprecio la vida? Por mucho desprecio que haga usted de la suya, yo hago aún más de la mía. Lo va usted a ver. (Va a un armario, coge unos planos, los dobla y los entrega.) Váyase, y guárdese su testimonio.
LA MUCHACHA (Dobla los planos fríamente, los guarda en su pecho y dice:).– Deme usted una tarjeta de agente.
PEDRO.– Hoy, no.
LA MUCHACHA.– Volveré el lunes.
Al acercarse a la puerta vuelve la cabeza y le sonríe; Pedro baja los ojos.
LA MUCHACHA.– ¡Hola, Jefe!
PEDRO.– No me llame así.
LA MUCHACHA.– ¿Cómo entonces? ¿Camarada?
PEDRO (Secamente.).– No; Pedro.
LA MUCHACHA.– Bien. Necesito siete avales para siete personas en desgracia, cuatro pasaportes para cuatro desgraciados que corren peligro, y algo importante.
PEDRO (Con temor.).– ¿Qué?
LA MUCHACHA.– Un estado de cañones y municiones del ejército.
PEDRO.– Eso no puede ser. Una cosa es que haga el bien que pueda, y otra eso.
LA MUCHACHA.– Más importante era lo del primer día.
PEDRO.– Calle, calle, tuve un mal momento, participé de su odio, explotó mi desprecio hacia todo esto; mas en frío, no; es demasiado, compréndalo.
LA MUCHACHA.– No es usted consecuente. El bien hay que hacerlo a la Patria. La guerra está perdida para vuestra causa… (Él la mira con dureza.) Perdón, para este lado; cuanto antes termine, más vidas salvaremos. ¿Me dará los datos?
PEDRO.– No sé; no los tengo, es difícil.
LA MUCHACHA.– Entonces los buscaré por otro lado.
PEDRO.– No, no; no se exponga; yo lo intentaré…
LA MUCHACHA.– Gracias, Pedro.
PEDRO (Le entrega, después de firmarlos de dos bloques, los avales y pasaportes pedidos.).– ¿Estará usted contenta? Usted puede llenarlos. Que no se los cojan.
LA MUCHACHA.– No tema.
PEDRO.– Temo por usted.
LA MUCHACHA.– Gracias… (Marchándose y sonriendo.) Camarada… (En voz baja:) ¡Arriba España!
Él la indica silencio con un dedo en los labios. Ella sonríe. Él también.
La relación con Pedro ha valorado extraordinariamente los servicios de Carmen Soler; su audacia se ve, sin embargo, frenada por la conducta de Pedro; creía encontrar un rojo desalmado y ha descubierto, bajo la enorme tragedia que lo domina, un corazón sensible. Se apercibe de la simpatía que despierta y no quiere alentarla; sin embargo, lo exigen el interés de la Causa y la promesa hecha ante el esposo muerto.
Entregada a estas meditaciones, regresa Carmen un día hacia su casa cuando una mano acerada, posándose sobre su hombro, la vuelve a la realidad. Antes de que pudiera revolverse, se siente asida por la muñeca, sobre la que siente el frío metálico de una esposa.
Así, sin una palabra, es conducida a una de las checas de la Ciudad Condal.
A través de un patio pasan a una pequeña habitación donde, tras una mesa de despacho, aparece sentado el que pasa por jefe, que conversa con dos sujetos mal encarados. Objetos de iglesia se destacan sobre un armario y en uno de los rincones.
El agente se dirige al Jefe:
EL AGENTE.– Aquí está la muchacha.
EL JEFE.– Suéltala.
El agente abre la esposa que unía su muñeca a la de la muchacha. Mientras el Jefe la interroga, los otros dos hombres y el agente se apoyan con displicencia sobre la pared.
EL JEFE.– Conocemos tus pasos, tus relaciones con los nacionales. Solo puede salvarte tu sinceridad. (Imperativamente.) ¡Habla!
LA MUCHACHA.– Ignoro lo que preguntáis. Nada sé.
EL JEFE.– Ayudaré a tu memoria. ¿A qué vas a la oficina de Información?; ¿qué te lleva allí?
LA MUCHACHA (Decidida.).– El amor.
EL JEFE.– Mientes. No es cierto. Ibas como espía a buscar una información.
LA MUCHACHA (Con firmeza.).– No; estáis equivocados.
EL JEFE.– Veremos… (Abre un cajón y saca un salvoconducto y unos estados en papel de fumar.) ¿Los reconoces?… ¿Quién te dio estos estados?…
LA MUCHACHA (Palidece.).– Nada sé.
EL JEFE.– Rafael González ha sido más explícito: cantó antes de morir, no resistió al tormento. Veremos lo que aguantas tú. Es inútil que calles.
LA MUCHACHA (Resuelta.).– Bien. Es verdad; yo le entregué esos estados. Los robé en el Servicio de Información.
EL JEFE (Inquisitivo.).– ¿Tus cómplices?…
LA MUCHACHA.– No los tengo.
EL JEFE.– ¿Y Rafael González?
LA MUCHACHA.– Un desgraciado perseguido; entre ellos buscaba quien, a cambio de salir de aquí, me llevase el mensaje.
EL JEFE.– ¿Y tus relaciones con la oficina de Información?
LA MUCHACHA.– Me llevó allí mi odio. Sólo pensaba en servir a los nuestros. Me ofrecí de agente para hacer llegar informaciones falsas al enemigo. Procuré inspirar amores, fingí debilidades que no sentía, y, aprovechando los descuidos, robé los datos, papeles de las mesas; los engañé a todos.
EL JEFE (Dirigiéndose a los otros.).– Buena presa. (Dirigiéndose a ella:) Te gozas en el daño que has hecho. Confiesas tu odio.
LA MUCHACHA.– Sólo siento el mal que he dejado de haceros.
EL JEFE (Que ha ido escribiendo en un pliego al compás que interroga a la muchacha.).– Bien; así acabaremos antes. (Dirigiéndose a los agentes:) Conducidla a la cárcel; enseguida enviaré el atestado para que la despachen.
Vuelven a ponerla las esposas y sale serena de la habitación. Uno de los agentes que presencia el caso:
EL AGENTE.– ¡Qué tía!…
OTRO AGENTE.– ¡Lástima, es guapa!
EL JEFE.– Y peligrosa. Miraros en el Jefe del Servicio de Información, ¡idiotas!
La detención de Carmen ha causado en Pedro una viva impresión y corre a la cárcel a entrevistarse con el director.
Su calidad de Jefe del Servicio de Información le ha abierto hasta hoy todas las puertas. Ha llegado al despacho del director, que le recibe afectuoso.
EL DIRECTOR.– Está usted equivocado. Es una pájara.
PEDRO.– Se trata de un agente nuestro. Ha prestado grandes servicios.
EL DIRECTOR.– Le han cogido datos que enviaba a los rebeldes.
PEDRO.– Datos falsos que yo le daba para que pasase a la España nacional. Es inocente; debéis soltarla.
EL DIRECTOR.– No sea iluso. Ya ha cantado cómo, mientras le fingía amor, le robaba los papeles. Ha confesado su odio hacia nosotros… ¡Buena pieza!…
Entra un oficial de la cárcel y habla en voz baja con el director. Pedro, anonadado, apoya en su mano la cabeza.
EL DIRECTOR.– Sí, que se cumpla. (Dirigiéndose a Pedro:) Venga. Va usted a verla. (Sale seguido de Pedro.)
En el foso de la fortaleza, un piquete de milicianos apunta a una mujer ante el muro. En la mano izquierda tiene ésta un pequeño crucifijo colgado de un cordón, que besa; serena, mira al piquete.
En el pretil del foso aparece el director con Pedro.
EL DIRECTOR.– Mire. (Señalando a la muchacha.)
LA MUCHACHA (Con el brazo derecho en alto.).– ¡Arriba España!
PEDRO (Gritando.).– ¡Alto, alto! (Corriendo a lo largo del pretil hacia el lugar del fusilamiento. Una descarga interrumpe sus palabras.) ¡Asesinos!, ¡Cobardes! ¡Asesinos de mujeres! Estáis llenando de fango y sangre a España. ¡Canallas! (Esconde la cara entre las manos.)
EL DIRECTOR.– La amabas, ¿eh?
PEDRO.– No, no la amaba.
EL DIRECTOR.– Ella lo confesó.
PEDRO.– Lo hizo por salvarme. Yo, yo le di los documentos. Ellos tienen razón; ellos harán una España honrada; nosotros la haríamos de criminales y de asesinos. Ella me convenció: cuanto más dure esto, más sangre y más lágrimas. Odio y desprecio siento hacia vosotros. Hacia mí mismo…
EL DIRECTOR.– Quedas detenido.
PEDRO.– Sí, que empiece la justicia por mí, ya era hora. Pronto me seguiréis. El bien que hayamos hecho es lo único que puede quedarnos al final de esta tragedia.
EL DIRECTOR (Imperativo.).– ¡Vamos!
Conducido por una pareja de agentes, seguido por un grupo de milicianos en otro coche, llega a la cárcel de Montjuich. Lo meten en un sótano donde hay muchos presos de filiación nacional.
UN PRESO.– ¡Si es Churruca, el comisario de Información!
OTRO PRESO.– ¿El poderoso?…
OTRO PRESO.– Sí, el dueño de salvoconductos y pasaportes.
EL PRIMER PRESO.– Será un espía.
PEDRO.– No me temáis. (Los presos le vuelven la espalda.) Tenéis razón, así soy de despreciable. No creo que os moleste mucho. (Algunos se van volviendo hacia él.) He sido un hombre equivocado, pero he encontrado mi camino, he buscado mi castigo. Mientras no lo cumpla, justo es vuestro enojo… Mas, al extinguirse mi vida, que va a ser en breve, ¿me haréis la merced de vuestra caridad?
Un anciano se abre camino entre los presos y le dice:
EL ANCIANO PRESO.– La caridad de Dios es inagotable. Soy sacerdote. ¿Qué quieres?
PEDRO.– ¡Gracias, Dios mío! (Cae de rodillas y le besa la mano.)
EL ANCIANO PRESO (Lo levanta.).– ¿Puedo ayudarte?
PEDRO (Sereno ya.).– Sí, os lo agradezco. Un encargo quiero para los que me sobrevivan: que busquen a los míos, si alguno queda, y les digan que yo mismo me he acusado, que muero contento cara al Deber. Ahora, auxílieme, padre.
Y Pedro se aparta con él hacia un rincón.
No pasa mucho tiempo sin que la defección de Pedro tenga sus consecuencias; a él ya se le tarda el pago de su deuda.
EL CARCELERO (Abre la reja y grita.).– ¡Pedro Churruca!
PEDRO.– Yo soy. (Levantándose.)
EL CARCELERO.– Listo.
Pedro se dirige al padre y se arrodilla ante él. El anciano lo bendice y absuelve.
Pedro le besa la mano y se levanta contento.
PEDRO.– Ha llegado mi hora… ¡Arriba España!
LOS PRESOS.– ¡Arriba!
Pedro sale contento hacia el sol que ilumina el foso. Los presos se arrodillan y se oye el murmullo de una plegaria… Una descarga suena fuera; luego, un tiro aislado.
LA cruzada ha triunfado. El ejército rojo, batido por las fuerzas nacionales, huye buscando los pasos del Pirineo. Su gobierno hace días que se ha dispersado; un grupo de ellos, en la frontera, sostiene todavía la ficción del poder, mientras otros han buscado en Francia lugar seguro para sus personas.
Barcelona ha sido rodeada por nuestros soldados y sólo en la fortaleza de Montjuich se mantiene enhiesta la bandera roja.
Las explosiones de nuestra artillería la rodean; los defensores intentan huir y la bandera es sustituida por otra blanca.
A José le ha correspondido la tarea de asaltar la fortaleza. Sus tropas trepan por los glacis, salvan los fosos, coronan las edificaciones y hacen saltar los cerrojos de las prisiones, librando a nuestros hermanos cautivos.
LOS SOLDADOS.– ¡Hermanos, hermanos!… ¡Arriba España!
Caen muchos presos de rodillas. Algunos, enfermos, intentan incorporarse sobre sus camastros: “¡Viva, viva!”, exclaman con voz apagada y el brazo en alto.
UN OFICIAL.– ¡Pobre gente!
UN SOLDADO (Coge la cantimplora y se acerca a una cama.).– ¿Un traguito de coñac?
UN ENFERMO.– Sí, venga. Me dará fuerzas.
UN ENFERMO DE EDAD (El sacerdote ya conocido.).– Yo necesito un sacerdote.
Mientras unos soldados auxilian a los enfermos, salen los presos. El Oficial grita a la puerta:
UN OFICIAL.– ¿Está por ahí el Capellán? Avisarlo.
UNA VOZ.– Sí, aquí está.
EL CAPELLÁN (Entrando.).– ¿Quién me solicita?
EL ENFERMO.– Yo, hermano. Soy sacerdote; creí morirme sin este consuelo. ¡Bendito sea Dios!…
EL CAPELLÁN.– ¡Sea por siempre bendito!…
EL ENFERMO.– Le voy a entretener mucho, pero tengo muchos encargos: confesiones de cautivos en trance de muerte; disposiciones, mandatos a las familias; la última voluntad de los que cayeron. ¡Qué lucha para salvar todo en los registros! Los señalados con una cruz son más urgentes. Todos de interés. Este es el último fusilado. Pedro Churruca.
EL CAPELLÁN.– ¿Pedro Churruca?…
EL ENFERMO.– Sí, así dice. ¿Le extraña por lo rojo?
EL CAPELLÁN.– No. Espere. (Se levanta y ordena a un soldado.) Avise urgentemente al Comandante Acuña que tenga la bondad de venir.
EL ENFERMO.– ¿Qué le ocurre?
EL CAPELLÁN.– Se trata de su hermano.
EL ENFERMO.– Es extraño. Creo recordar que me dijo se los fusilaron…
EL CAPELLÁN.– Sí, lo fusilaron. Pero milagrosamente escapó a la muerte.
Entra Churruca.
JOSÉ.– ¿Qué desea?, padre.
EL CAPELLÁN.– Aquí, el sacerdote de este lecho, le contará algo que le interesa.
JOSÉ.– Usted dirá.
El Capellán se aleja unos pasos.
EL ENFERMO.– Daba a mi compañero una relación con los últimos encargos de los que aquí cayeron. Le hablaba de Pedro Churruca.
JOSÉ.– ¡Pedro! ¿Qué sabe usted de él?
EL ENFERMO.– Sí, Pedro Churruca. Aquí vino a morir. Él buscó su destino. No pudo sufrir la infamia que presidía todo. Se había puesto al servicio de los nacionales, y cuando sorprendieron a una muchacha heroica al servicio de la misma Causa y la fusilaron, no aguantó más: insultó a los verdugos y se confesó autor de todo. Buscó así una muerte honrada.
José, apoyados los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos, escucha.
EL ENFERMO.– Me dio este encargo: “Haga llegar a los míos, a Isabel Churruca o a sus hijos, que, aunque tarde, muero por la causa que ellos supieron distinguir. Sólo deseo me consideren digno de llamarme Churruca…” Y me dio esta pequeña medalla para ella. (Desabrocha su pecho y saca una medalla cosida a la camisa, que desprende de ella.) Tome.
JOSÉ (La coge con emoción, la mira.).– ¡De Jaime! (La lleva a los labios.)
EL ENFERMO.– Sí, de un hermano fraile.
JOSÉ (Con anhelo.).– ¿Se salvó su alma?, padre.
EL ENFERMO.– Se salvó. Hizo una perfecta confesión. Su contrición era sincera.
JOSÉ.– ¡Qué alegría! ¡Qué peso me quita usted de encima! Por fin, ¡Churruca! ¡Qué alegría! (Mirando al sacerdote.) No podría comprenderme.
EL ENFERMO.– Ya lo creo que le comprendo. A mí me denunció mi propio hermano y muero sin ese consuelo.
JOSÉ.– Es verdad. ¡Padre! (Coge y besa las manos del sacerdote.)
EL ENFERMO.– Hágase la voluntad de Dios.
José se separa para marchar rápidamente al servicio de transmisiones; allí ruega a un compañero le haga cursar un telegrama dirigido a Isabelita; con emoción escribe unas palabras en una hoja:
“Comparte mi alegría. Pedro murió como un Churruca, salvándose. José.”
Madrid ha sido liberado. La abuela de Marisol, en una butaca, hace labor; ella, nerviosa, se mueve por la habitación.
LA ABUELA.– ¿Qué te pasa, Marisol, que no cesas de moverte?
MARISOL.– No sé; tengo mucho miedo, abuela.
LA ABUELA.– ¿Miedo tú? ¡Y ahora que han entrado ya los nacionales!
MARISOL.– Sí, abuela; pero temo por el futuro.
LA ABUELA.– No lo entiendo.
MARISOL.– Sí, tengo miedo. Lo que no conocí en aquellos días de terror, lo conozco hoy ante lo que a ti te parece tan pequeño.
LA ABUELA.– Vamos, ven aquí. Siéntate. ¿No has tenido noticias?
MARISOL.– Sí, muy buenas. Tano me las trajo del Estado Mayor.
LA ABUELA.– ¿Entonces?
MARISOL.– Es que no puedes imaginarte lo que pesa sobre mí cuanto por él hice. Mi dolor no pudo pasarle inadvertido; temo tanto verme querida por gratitud, por obligación… ¡Lo que daría por no haber sido yo!
LA ABUELA.– No seas tontuela. En amor, lo primero es sujetar al ser querido; lo demás (Con ironía.) es cuenta de una. Supiste arrancarlo de la muerte y no sabes sujetarlo en el amor…
MARISOL.– No me entiendes, abuela. Eran otros tiempos. Vosotros os conformabais con poco: ¡casaros! Nuestra generación es distinta; no admite un papel pasivo: verse querida por gratitud. Una vida así sería espantosa. No, no puedes comprenderme.
LA ABUELA (Sonriendo.).– Él te comprenderá, que es lo principal.
Mientras se desarrolla esta conversación, ha llegado José a casa de Marisol, encontrando a Tano junto a su portería.
JOSÉ (Precipitándose hacia Tano.).– ¡Tano, Tano! (Abrazándolo y besándolo.) Mi buen amigo. ¡Qué alegría! (Churruca entra en el portal abrazado a Tano.) ¡Cuánto deseaba abrazarlo! Y su hermana, mi leal enfermera, ¡qué buena también!
TANO.– ¡Qué alegría va a tener la señorita! ¡¡Vamos!! (Abriéndole el ascensor.)
Un timbrazo en la puerta sobresalta a Marisol. Se oyen voces: “¡Señorita! ¡Señorita!” Tano aparece seguido de José, que se destaca en el umbral de la puerta.
JOSÉ (Avanza dos pasos.).– ¡Marisol!
MARISOL (Con voz muy queda, se arroja en sus brazos.).– ¡José!…
Ella, apoyada contra él, deja correr sus lágrimas de emoción.
Cuando llega la hora, el espacio se llena de toques de clarines y de alegre volteo de campanas. La presencia de los voluntarios extranjeros enciende el entusiasmo de las masas. Los vítores a los pueblos amigos subrayan la gratitud indestructible de nuestra Patria.
A la cabeza de los españoles rompe la marcha una lucida representación de nuestra Armada. El blanco inmaculado de sus gorras realza lo perfecto de la formación.
Tempestades de aplausos surgen a su presencia, emocionando el corazón del viejo Almirante.
EL ALMIRANTE.– ¡Por fin! ¡Cómo lo anhelaba! ¡Romper nuestras cadenas! ¡Lograr mi revancha!
EL NIÑO.– ¡Mamita, mamita! Yo quiero ser marino.
EL ALMIRANTE.– Lo serás; pero con honra y barcos.
EL NIÑO.– Sí; con muchos barcos.
Ahora son los Regulares los que despiertan la admiración de las tribunas. Sus bandas de cornetas y pífanos, seguidas de los grandes tambores, van adornadas con sus vistosas galas.
Les siguen las filas arrogantes de los jóvenes alféreces en cabeza de los apretados escuadrones de nuestros leales marroquíes, con sus rostros de bronce bajo los turbantes blancos.
Con los aplausos llueven las alabanzas. ¡Qué buenos y qué leales! Son la expresión rotunda de la obra de España.
Los batallones españoles desfilan curtidos por el aire y el sol de cien batallas; como nadie, valientes; más que todos, sufridos. Procesión de banderas victoriosas, desgarradas por el viento y la metralla, sus viejos tafetanes hechos jirones, entre las filas de nuestros legionarios, las boinas rojas de nuestros requetés y las camisas azules de nuestras Falanges. La reciedumbre de nuestra juventud que pasa.
La aparición de José entre sus filas renueva el entusiasmo. Su nombre corre de boca en boca en medio del aplauso. José sonríe hacia los suyos; sus ojos buscan los de Marisol, que, feliz, intenta ocultar su emoción.
ISABELITA.– Vuestra alegría, Marisol, alivia mis penas.
MARISOL (Apretándose contra ella en tono quedo.).– ¡Mi querida Isabelita!
Desfile brillante de la caballería, de las masas de piezas artilleras, mientras en los aires el trepidar de los potentes motores llevan hacia lo alto todas las miradas. Los pájaros de acero dibujan en el cielo el nombre del Caudillo de España.
Y palmotea el niño, entusiasmado ante tanta grandeza, y pregunta a su madre, alborozado:
EL NIÑO.– ¿Cómo se llama esto?
Duda ella, antes de responderle, y el Almirante acude solícito en su ayuda.
EL ALMIRANTE.– Tu abuelo lo llamó los almogávares.
EL NIÑO.– ¿Cómo?
EL ALMIRANTE.– Sí, los almogávares, que en nuestra historia fueron la expresión más alta del valor de la raza: la flor de los pueblos del Norte, lo más heroico de la legión romana, lo más noble y guerrero de las estirpes árabes, fundidos en el manantial inagotable de nuestra raza ibera. No olvides que cuando en España surge un voluntario para el sacrificio, un héroe para la batalla o un visionario para la aventura, hay siempre en él un almogávar.

