El corneta rasga el espacio con el toque de oración. En el acto, todos se levantan y, cuadrándose rígidos, miran a la bandera, permaneciendo con el brazo en alto mientras la cadencia del toque se esparce por el campamento.
Cuando termina, vuelven el trajín y los ruidos del campamento.
De un airoso caballo baja un jinete; lleva los cordones de ayudante. Se dirige al Comandante y le dice:
EL AYUDANTE.– Me encarga el General le diga dedique sus tropas a la instrucción y al tiro; las predicciones meteorológicas son malas y no es posible operar.
EL COMANDANTE.– Muy bien. Dígale usted que así se hará, que no perderemos el tiempo, y que, aunque aparentemente inútiles, estos días los aprovechamos mucho, pues nos permiten instruir y completar al personal. ¿Qué noticias tienen ustedes del frente de Madrid?
EL AYUDANTE.– Pocas buenas. La cosa está muy dura. En el Pingarrón hemos tenido durísimos encuentros. Allí se han cubierto de gloria dos Banderas de la Legión y los Tabores de Regulares. Es lo más duro de la guerra; hay Banderas que han quedado con treinta hombres, y compañías de Regulares con siete. Ahora bien: allí han quedado deshechas seis Brigadas internacionales. Los olivares están negros de muertos.
EL CAPITÁN LUIS ECHEVERRÍA.– Entonces, mi Teniente Coronel, el enemigo cuenta en aquel frente con numerosas brigadas de extranjeros.
EL AYUDANTE.– Así es: diez han sido comprobadas en aquel frente, y unos 5.000 extranjeros pasan a diario por Port-Bou.
Mientras el Capitán Echeverría tuerce el gesto preocupado, el Capitán Anglada de la segunda compañía exclama:
EL CAPITÁN ANGLADA.– Buen servicio le estamos haciendo a Europa, purgándola de los indeseables de todas las revoluciones. ¡Más gloria todavía!
EL AYUDANTE.– Para vencer hay que destruir al enemigo, y antes o después hay que combatir duramente. Lo malo es lo de esta mañana. Las contrariedades del mar: hemos perdido el España frente a Santander.
EL COMANDANTE.– ¿Cómo?
EL CAPITÁN ANGLADA.– ¿El España?…
LUIS.– ¿El acorazado?…
EL AYUDANTE.– Sí, ¡el acorazado!…
LUIS.– ¿Pero eso es una catástrofe?
EL AYUDANTE.– No. Una contrariedad.
LUIS.– Es que si los rojos suben los barcos al Atlántico, adiós bloqueo. Basta la presencia del Jaime para barrernos del mar.
EL AYUDANTE.– Peor empezamos. Hay que tener fe. El Generalísimo ha estado esta mañana con nosotros y estaba muy tranquilo. Y ha dado orden a la Aviación de destruir al Jaime; los aviadores se han juramentado para hundirlo y así será…
EL CAPITÁN ANGLADA.– ¿Cómo fue, se sabe?
EL AYUDANTE.– Es lo de siempre: la negación de la beligerancia. Los barcos nacionales tienen que meterse dentro de las tres millas para apresar a los barcos extranjeros que los aprovisionan. Hoy, cuando el España intentaba detener un barco, este trató de ocultarse tras uno de guerra inglés; hubo de acercarse el España a la costa, la atmósfera estaba turbia y tocó una mina.
EL COMANDANTE.– ¡¡Canallas!! (Murmura.)
EL CAPITÁN ANGLADA.– Algún día nos pagarán estas cuentas, mi Comandante. El pueblo español no puede olvidar.
LUIS.– ¡Bilbao, cada día más lejos! (Gruñe entre dientes.)
EL AYUDANTE.– En Aragón, en cambio, nuestras fuerzas han batido al enemigo y han liberado la posición de Santa Quiteria.
LUIS.– ¡Qué guerra! Más de dos mil kilómetros de frente de costa, ¡y ahora sin escuadra!
El Ayudante se despide. El Comandante regresa a la casa, permaneciendo a la puerta los dos Capitanes.
LUIS.– Esto se pone mal. Y yo, que, un momento, llegué a pensar en la entrada en Bilbao, en abrazar a mi mujer y mis hijos, ¡qué lejos todo!
EL CAPITÁN ANGLADA.– No desesperes. A mal tiempo, buena cara. Todo llegará; un pequeño retraso.
LUIS.– No. Hace unos días lo creía, hoy ya no. Inglaterra y Francia los ayudan eficazmente. No quieren que lleguemos; el tiempo también los favorece. Esto no puede terminar bien. Nuestros soldados no tienen relevo, carecemos de reservas. Ni un solo día han descansado. Soldados de hierro no existen en ningún ejército; un día, se derrumban.
EL CAPITÁN ANGLADA.– No seas pesimista, Don Caviloso; te apuesto un almuerzo de angulas para todos los oficiales a que antes de quince días las tomamos en Bilbao… y eso que no me gustan.
LUIS.– ¡Qué loco! ¡Con qué gusto las pagaría! Acepto.
Una pareja del Cuartel General llega acompañando a un señor de unos cincuenta años de edad, aproximadamente. Una cadena de oro con una moneda colgada pende de su chaleco.
EL PAISANO.– ¿El Comandante del segundo de Flandes?
EL CAPITÁN ANGLADA.– Aquí es. (Se acerca a la puerta.) Mi Comandante. Aquí hay una patrulla del Cuartel General que le interesa.
Sale el Comandante.
EL COMANDANTE.– ¿Qué hay?, muchachos.
EL CABO.– Un pliego para mi Comandante.
EL COMANDANTE (Abre el pliego, lo lee y luego mira para el paisano, interrogándole.).– ¿Es usted Don Joaquín González?
EL PAISANO.– Sí, señor.
EL COMANDANTE.– ¿Y desea usted filiarse en el Batallón?
EL PAISANO.– Así es.
EL COMANDANTE.– ¿Qué edad tiene usted?
EL PAISANO.– Cincuenta y ocho años.
EL COMANDANTE.– No dejará usted de reconocer que no es la edad más a propósito para engancharse. La campaña es muy dura y el descanso se desconoce. El General, sin duda, ignorará esta circunstancia.
EL PAISANO.– No, señor, la conoce; soy fuerte, acostumbrado a la lucha.
EL COMANDANTE.– No es posible. He de hablar antes con el General. No comprendo qué puede mover esta decisión.
EL PAISANO.– Seré más explícito. Vengo de América, a donde marché muy joven, hice fortuna, me casé en el país y tuve dos hijos, a los que enseñé a amar a España. Cuando la nación española se vio en peligro, los chicos, desde su playa de veraneo, a muchas millas de mi casa, se vinieron a España voluntarios. Un telegrama de ellos me dio la buena nueva; otro, poco tiempo después, me hizo conocer la muerte de ambos en el campo de batalla. Mi vida ya no puede tener otro objeto que este. Para ellos trabajé y a la Patria los di contento. ¿Es mucho pedirle que me acepte lo poco que me queda?
EL COMANDANTE.– Tiene usted razón: nadie podrá negarse. ¡Lástima de muchachos! ¡Buena raza tenían! Hará usted honor a nuestra más brava Compañía. Capitán Anglada: filie usted en su unidad a don Joaquín González, y que todos le rindan el afecto y confianza que la Patria le debe.
EL CAPITÁN ANGLADA.– Sí, mi Comandante. (Volviéndose hacia un grupo de oficiales.) Alférez Torres: ordene al Sargento Tomás que se presente.
EL ALFÉREZ TORRES.– Sí, mi Capitán. (El Alférez da unos pasos y llama en la puerta de una chabola.) ¿Sargento Tomás? (Sale un Sargento arrogante, a quien una barba blanca lo señala con un aspecto venerable.) El Capitán lo necesita.
EL SARGENTO.– Bien, mi Alférez.
EL CAPITÁN ANGLADA (Mientras habla, el Sargento escucha en el primer tiempo del saludo.).– Sargento Tomás, aquí le presento a don Joaquín González; desde hoy forma parte de nuestra Compañía y va a ser soldado de su sección. Como usted, vino de América ante el peligro de la Patria. Sus dos únicos hijos murieron gloriosamente en nuestras filas. Necesita afecto y una nueva familia. Sea usted para él, además de un jefe, su hermano y camarada.
EL SARGENTO.– Así será, mi Capitán. Compartiremos penas y glorias. Nuestros chavales le darán con gusto la mitad del afecto con que me honran.
EL CAPITÁN ANGLADA (Al nuevo recluta.).– Acompañe usted al Sargento, que le entregará su nueva ropa.
EL SARGENTO.– Magnífico. (Con sorna.) ¡Viejos nosotros! Verá usted qué lección vamos a dar a los chavales.
Se alejan hacia la chabola, quedando solo delante de la casa Luis, el Capitán Anglada y varios alféreces del Batallón.
LUIS.– No debieron admitirle; es un cargo de conciencia. Ya ha dado demasiado y tal vez…
No termina, le interrumpe el Capitán, severo:
EL CAPITÁN ANGLADA.– Para la Patria, todo es poco.
LUIS.– ¿Pero no basta la juventud, no es suficiente que le entreguemos a los mejores?
EL CAPITÁN ANGLADA.– Él es más cuerdo que nosotros. ¿Quién puede negarle lo que pide? Ocupar el puesto de sus hijos. ¿Es posible que no sientas optimismo a la vista de estos hombres? Ayer, el Sargento Tomás, que a los setenta años atraviesa el mundo para solicitar un puesto en el combate; hoy, esta familia que no siente lo que dio, sino el que no le acepten lo poco que le queda. Esta es la raza, la que llena de alto contenido la palabra Hispanidad.
LUIS (Con ironía.).– ¡Soberbio! Mas si a la raza le suprimimos los mejores y quedan esos que tú llamas “acomodaticios” y “cucos”, no ganará mucho la Hispanidad.
EL CAPITÁN ANGLADA (Dirigiéndose a los alféreces, que están en un grupo próximo y escuchan, prudentes, la conversación.).– Dar las gracias, muchachos. (A Luis:) No seas egoísta, Luis. Igual error cometíais antes del Movimiento: considerar excepción estas virtudes, que fueron y son generales. Cada héroe que cae, cada valiente que muere, hacen surgir ciento. Yo no me asombro. Otra cosa no sería España. Mira: hoy voy a sentar a mi mesa al nuevo soldado. ¿Quieres venir? Le alegraremos. La familia militar celebrará la llegada de uno de los mejores.
LUIS.– No seas loco; deja a ese hombre tranquilo con su dolor, que encuentre la paz que, sin duda, busca.
EL CAPITÁN ANGLADA.– Vamos, anímate, que voy a echar la casa por la ventana: café, cigarros, unas botellas. ¿Hace?
LUIS.– No, yo estoy de servicio y, por ello, os rogaría no alborotéis.
EL CAPITÁN ANGLADA.– Vosotros, muchachos, ¿no queréis una copa y un puro?
LOS ALFÉRECES.– Encantados.
EL CAPITÁN ANGLADA.– Pues a las nueve.
DESCANSA el campamento bajo un cielo cubierto de espesos nubarrones que el viento rasga para descubrir a retazos un cielo de luna. De una de las casetas se escapa un haz de luz, del que parece partir el rasguear de las guitarras, alterado por el chapoteo de las patrullas.
Un centinela se pasea ante la puerta del cuerpo de guardia. Otro se encuentra sobre las armas junto a la puerta del Comandante.
Algún tiro suelto y pequeñas ráfagas de ametralladora se escuchan de vez en cuando.
El Capitán Echeverría pasea con la cabeza baja por el rellano, ante las casas.
Un pelotón de gente se aproxima. Al “¡Alto!, ¿quién vive?” del centinela, responde un oficial, diciendo: “España. Una patrulla de servicio con un huido.”
LUIS (Capitán de servicio, los alumbra con su linterna de campaña.).– ¿Qué ha ocurrido?…
EL OFICIAL.– Delante de la línea de centinelas se empezaron a escuchar vivas a España, y cuando salimos en aquella dirección a reconocer al que gritaba, el enemigo disparó; esa fue la causa del tiroteo. En la cuneta, acostado, encontramos a este hombre, que, al parecer, trataba pasarse a nuestras filas.
LUIS.– ¿Algo más?
EL OFICIAL.– No. Eso es todo.
LUIS.– ¿Por qué se ha venido usted de las filas rojas?
EL HUIDO.– Porque no podía resistir más. Tengo en Vitoria a mi mujer y a mis dos hijos. Vi que no entraban ustedes en Bilbao, que esto se detenía, que tal vez no lograsen nunca penetrar en la capital vizcaína, y me alisté para pasarme; y aquí estoy. ¿Verdad que me dejarán ir a abrazar a mis chavales?
LUIS.– Sí… a abrazar a sus chavales. (Exclama maquinalmente. Y continúa:) ¿Cómo ha podido llegar hasta aquí sin ser visto?
EL HUIDO.– Salí por el lado del monte, corté la carretera, y, pegándome al talud sin hacer ruido, llegué hasta aquí, y, cuando oí voces, sintiéndome próximo, empecé a dar los vivas.
LUIS.– ¿Qué fuerzas hay en este frente?
EL HUIDO.– Hay seis regimientos en este sector, pero ayer llegaron muchos asturianos, dicen que 10.000, y cuarenta piezas de artillería. También llegaron tres regimientos de fortificación.
LUIS (Dirigiéndose al Oficial.).– Mándelo con una patrulla de la guardia a la tienda del Estado Mayor, exigiendo recibo.
EL ALFÉREZ.– Sí, mi Capitán.
Se van.
LUIS (Repite, hablando solo.).– “¡Abrazar a sus chavales!…”.
Da una vuelta por la explanada; de repente, se dirige hacia la carretera, se para, vacila… Una jota rasga el silencio, patriótica, llena de fuego:
Marchan jóvenes y viejos
a luchar en la Cruzada.
Yo, por unirme con ellos,
abandoné a la que amaba.
Se apaga la copla y el rasgueo de la guitarra continúa el acompañamiento.
Otra voz, en diferente tono, hace el eco a la primera:
Ya no grito ¡viva España!,
ya no basta el contemplar.
Mi grito de ¡arriba España!
dice la hemos de empujar.
En la oscuridad de la noche se ve vacilar al Capitán Luis Echeverría. Se dirige hacia la carretera.
La copla se alza de nuevo, con gallardía:
Dicen son muchos los rojos,
les ayuda el mundo entero;
sólo con mi Pilarica
yo me quiero ver con ellos.
De pronto, tapándose con las manos los oídos, se le ve, decidido, arrimarse al talud y perderse en las sombras de la carretera…
Su aproximación a las filas rojas ocasiona unos tiros de alarma seguidos de voces de “¡Alto!” “¿Quién vive?”; y después de responder: “La República”, el Capitán Echeverría se ve rodeado por unos milicianos.
LUIS.– Vengo a vuestro campo. Mi espíritu estaba aquí.
UN MILICIANO.– ¿Qué pruebas tienes?
LUIS.– Un tío en Bilbao y una mujer y dos hijos que me esperan.
UN MILICIANO.– Trae tus armas y pasa a ver al Capitán.
Entra Luis en una choza inmediata.
EL CAPITÁN DOMÍNGUEZ.– Caramba, Echeverría, ¿tú aquí? Qué, ¿te extraña verme? ¿No me reconoces? Soy aquel compañero vuestro, Domínguez, al que expulsasteis del Ejército por una minucia hasta que la justicia republicana me volvió a él.
LUIS (Rehaciéndose de lo desagradable del encuentro.).– Es verdad; no te conocía.
EL CAPITÁN DOMÍNGUEZ.– Pero, ¿cómo te has pasado?
LUIS.– Me he venido con los míos.
CAPITÁN DOMÍNGUEZ.– ¿Y tienes a alguien que pueda garantizarte? Si quieres, yo me presto.
LUIS (Con viveza.).– No, no hace falta. Tengo la familia en Bilbao.
EL CAPITÁN DOMÍNGUEZ.– Bien; pues si me necesitas, ya lo sabes: soy Capitán de la 54 Compañía. Podéis devolverle las armas, muchachos, y llevarlo junto al Comandante. Yo lo acompañaré también.
Recorren un centenar de metros, llegando ante la casa-habitación del Comandante, llaman a la puerta y sale en las sombras de la noche el Comandante, quien, enterado de lo sucedido, manifiesta:
EL COMANDANTE.– Bueno, pues coger mi coche y llevarlo a Bilbao, al Estado Mayor.
Una oficina del Estado Mayor de Bilbao. Gentes desharrapadas, en mangas de camisa, que desempeñan allí la función de los Estados Mayores. Botellas en la mesa, colillas por los suelos y un hombre como de más autoridad, que interroga:
EL COMANDANTE MILICIANO.– ¿De dónde has salido?
LUIS.– Soy el Capitán Luis Echeverría, del Ejército Nacional. Me he pasado del enemigo.
EL COMANDANTE MILICIANO.– ¿Y cuánto tiempo estuviste con él?
LUIS.– El suficiente para poder pasarme. Es la primera ocasión que se me ha presentado.
EL COMANDANTE MILICIANO.– ¿Tienes quién te avale?
LUIS.– Sí, señor: don Luis Echeverría, industrial en esta.
EL COMANDANTE MILICIANO.– ¿Y algún militar?
LUIS (Duda un momento.).– El Capitán Domínguez, que me acogió, de la 54 Compañía.
EL COMANDANTE MILICIANO.– Deja tu dirección y vete con los tuyos. Mañana, a las diez, en esta oficina, para ser destinado.
LUIS.– ¿Alguna cosa más?
EL COMANDANTE MILICIANO.– Nada. Puedes marcharte. ¡Ah!, pero, ¿no me das la mano?
LUIS.– Se me había olvidado.
Estrecha la mano del comandante rojo y, con la cabeza baja, sale el capitán desertor. Ya fuera, en la noche tropieza con distintas patrullas de milicianos que le intervienen su documentación, a los que muestra el volante que acaba de recibir para circular por Bilbao. Son las tres de la mañana cuando hace sonar el timbre del departamento de su casa; suceden unos momentos de angustiosa espera, hasta que una voz femenina interroga, antes de abrir, tras la mirilla. Es la voz de Isabelita, la que agita su corazón con un latir desenfrenado. Dominando la emoción, responde:
LUIS.– Soy yo, Isabelita.
Se abre la puerta y aparece trémula la figura de la esposa; el espanto y la inquietud se reflejan en su semblante, cortando el impulso del marido para abrazarla.
ISABELITA.– ¿Tú?… ¿Tú aquí?
LUIS (Vacilando).– Sí, yo. He venido a veros… No podía estar sin vosotros…
ISABELITA (Con inquietud creciente.).– ¿Cómo? ¿Con quién has llegado?
LUIS (Con la cabeza baja, respondiendo.).– Por el frente… He abandonado mi uni…
No acaba la frase; Isabel palidece, y, rígida, le ataja:
ISABELITA.– ¡No! ¡No! ¡Dime que no! Tú no has hecho eso… ¡Vete! ¡¡Vete, por Dios, con los nuestros!!… (Y con la mano le señala la puerta, abierta todavía.)
La niña, que ha acudido en camisón al escuchar el diálogo, se queda asustada en el fondo del vestíbulo, e, inocente, repite las frases de su madre.
LA NIÑA.– ¡Vete, papá, por Dios, vete!
Luis, anonadado, vacila unos momentos. Siente su vida derrumbarse en un instante. Una luz nueva se hace en su cerebro; su deber, unirse otra vez a los suyos; y, ajeno a cuanto le rodea, como un autómata, se precipita por las escaleras, mientras Isabelita, destrozada por el esfuerzo, cae sollozando ante el pequeño Cristo que preside el vestíbulo. Su hija, sin comprenderlo, se abraza, impresionada, a su madre.
Calles solitarias, barridas por los chubascos del noroeste, cunetas fangosas en las carreteras asfaltadas, recorridas en marcha febril; zarzas que desgarran sus vestiduras alcanzando su cuerpo, insensible a los dolores; caídas en zanjas y regueros para levantarse de nuevo y reanudar la huida; balas que silban; carreras en la noche; paradas y sobresaltos, acostado sobre el suelo encharcado, presiden la lucha del Capitán Echeverría contra el destino trágico…
POR la carretera que conduce de Vitoria al frente marcha una Bandera de la Legión, llevando el paso y entonando sus canciones de guerra; en su aire marcial y en lo brioso de la marcha se acusa una de nuestras más bravas unidades. Al acercarse al campamento, el Capitán Churruca, que manda la Bandera, levanta el brazo en alto para que se detengan los legionarios.
Las voces de “¡Alto!” de los capitanes de compañía van deteniendo las unidades.
Churruca, seguido del ayudante y de su ordenanza, montado, sale al galope hacia el campamento; se detiene al lado de una casita, en la que un pequeño banderín señala la oficina del Estado Mayor. En un inmediato cobertizo de ramaje se encuentran un coronel y varios jefes. José para su caballo y desmonta frente a ellos.
JOSÉ (Interroga a un ordenanza.).– ¿La segunda Brigada de Navarra?
UN JEFE.– Aquí es. (Señalando al Coronel.) El señor Coronel la manda.
JOSÉ (Acercándose y en el primer tiempo del saludo.).– Mi Coronel: soy el Capitán Acuña, que manda la 15 Bandera de la Legión. La fuerza espera órdenes para la entrada en el campamento.
EL CORONEL.– ¿Buena Bandera?
JOSÉ.– Como de la Legión, mi Coronel. Tres cuartas partes de bajas en el Pingarrón sin retroceder un centímetro.
EL CORONEL.– Soberbio; pero pocos hombres.
JOSÉ.– No, mi Coronel; hemos cubierto bajas. Sobran los voluntarios.
EL CORONEL.– ¿Cansados?
JOSÉ.– No, mi Coronel, con más gas que antes; la Legión no conoce eso.
EL CORONEL.– Cierto es, hoy no lo conoce nadie. Bienvenido, y suerte. El Comandante (Señalando a uno de los Jefes que allí están.) le indicará el lugar para el vivac. (Le estrecha la mano.) Descansar.
Los otros Jefes le saludan, estrechándole, a su vez, la mano.
UN JEFE.– ¿Mucho hule por el Pingarrón?
JOSÉ.– Mucho. Más de tres mil muertos quedaron delante de nuestras posiciones.
EL JEFE.– ¿Un enemigo duro este internacional?
JOSÉ.– Sí, lo ha sido en estos primeros días; lo más duro e indeseable del hampa europea; pero no creo le queden muchos ánimos; los hemos deshecho materialmente, han conocido lo que somos los españoles.
EL JEFE.– ¿Preferirían ustedes a los otros rojos?
JOSÉ.– Yo, no. Prefiero a los internacionales. ¡Qué alegría que el enemigo sea extranjero; no sentir el dolor de la propia sangre!
EL JEFE.– Sí, es verdad. No había caído en ello.
JOSÉ.– Si usted supiera cuántas veces en los combates hemos cesado el fuego, suspendido la persecución, por ser españoles…
EL JEFE.– De todos modos, parece que son menos duros que los internacionales.
JOSÉ (Con vehemencia.).– No, los españoles son más bravos, y ¡qué satisfacción verlos valientes! Pecan los que los menosprecian: rebajan nuestra victoria e injurian a nuestra raza. Equivocados, sí; pero valientes.
OTRO JEFE (Interviniendo.).– De acuerdo. Aquí también son valientes…
UN CAPITÁN.– ¿Sabe usted algo del Capitán Villamartín, de Regulares? Es mi hermano.
JOSÉ.– Ha estado magnífico. Su compañía fue algo extraordinario. Allí lo dejé.
EL JEFE DE ESTADO MAYOR.– Vamos, lo acompañaré al vivac. Deberá prepararse enseguida con cuatro días de víveres, la mitad en frío, dispuestos para emprender el avance al primer aviso, tan pronto el tiempo lo permita.
JOSÉ.– A sus órdenes, mi Coronel. Buenas tardes.
Marchan mientras siguen la conversación.
EL JEFE DE ESTADO MAYOR.– Aquí tiene usted un plano del sector; desde uno de los observatorios de artillería puede usted familiarizarse con el terreno; es muy conveniente. (Pasan entre las tiendas de campaña. Los soldados falangistas saludan.) Es una de las Banderas de Castilla: la de Burgos.

JOSÉ.– Buena cara tienen.
EL JEFE.– Mejores hechos.
Un grupo de requetés en otras tiendas.
EL JEFE.– El Tercio de Montejurra. También canela fina. (Señalando a
otro grupo de tiendas:) El segundo de Flandes… No se dejan aventajar por nadie… Buena solera.
JOSÉ.– Les disputaremos el puesto.
EL JEFE.– Eso me gusta.
Se cruzan con un grupo de oficiales en la puerta del puesto de mando del batallón de Flandes, ya conocido.
UN COMANDANTE.– Mi Teniente Coronel, ¿alguna novedad?
EL JEFE.– No. Sólo la llegada de la 15 Bandera de la Legión. Va a ponerse a su izquierda. Desde mañana le entregará la mitad oeste de su frente.
EL COMANDANTE.– Muy bien.
EL CAPITÁN ANGLADA (Observando a José.).– ¿Cómo? ¡El Capitán Churruca!… ¿Tú? (Abrazándolo.) ¡Qué alegría!
JOSÉ (Emocionado, se deja abrazar; mas, reaccionando inmediatamente, murmura en voz baja.).– Calla, por Dios… (En alta voz.): Me confundes; soy Acuña, algunos me confunden.
EL CAPITÁN ANGLADA (Murmurando y encogiéndose de hombros.).– No entiendo.
JOSÉ.– ¿Quieres acompañarnos?
EL CAPITÁN ANGLADA.– Desde luego. Te enseñaré el frente.
JOSÉ.– A sus órdenes. (Dirigiéndose al Comandante de Flandes.)
EL CAPITÁN ANGLADA.– ¿Puedo hablar?
JOSÉ.– Sí, habla. (Al Jefe de Estado Mayor.) Usted, mi Teniente Coronel, conviene que se entere y que me ayude.
EL CAPITÁN.– ¿Qué ocurre?
JOSÉ.– El Capitán Churruca fue fusilado en Madrid; allí quedó muerto. Desmentir este hecho, darle nueva vida pública, costaría vidas preciosas; yo soy Acuña. Así tiene que ser. Confío en ti, en ustedes; una indiscreción mataría a los que me salvaron.
EL JEFE.– No tema; comprendo. Será usted Acuña para todos.
EL CAPITÁN ANGLADA.– Y si fuese necesario, yo juraría que eres Acuña. ¿Cómo sucedió el milagro?
JOSÉ.– Fui fusilado, mas una mano amiga quiso honrar mis restos… darles cristiana sepultura… Dios premió su bondad…, vivía. Eso es todo.
EL CAPITÁN ANGLADA.– ¡Qué lástima que tengamos que callarlo! ¡Cuánta alegría para los compañeros!
EL JEFE DE ESTADO MAYOR.– Ahí tiene usted el lugar para el campamento. Cubrirán el frente hasta la carretera, incluida esta; en ella confrontarán. Adiós y buenas tardes, Capitán Acuña. (Se despide y, al separarse, le vuelve a mirar.) ¡Qué majo! (Exclama.)
JOSÉ.– ¿A qué distancia está el frente?
EL CAPITÁN ANGLADA.– El nuestro, a 500 metros. El enemigo, a 1.000 del nuestro.
JOSÉ.– ¿Está cortada la carretera?
EL CAPITÁN ANGLADA.– Sí, el enemigo la tiene barreada con unos muros a la revuelta.
JOSÉ.– ¿Y nosotros?
EL CAPITÁN ANGLADA.– Aprovechamos y batimos la defensa de ellos. Está batida por los dos lados.
JOSÉ (Al ordenanza, que le sigue con los dos caballos.).– Vaya al Capitán y guíe la Bandera hasta aquí.
EL CAPITÁN ANGLADA.– Oye, Chu…, digo, ¡Acuña! ¿Te acuerdas de aquel chico, tan amigo nuestro, sobre todo tuyo, Luis Echeverría, de la Academia…?
JOSÉ (Inquieto.).– Qué…, ¿qué sabes de él?
EL CAPITÁN ANGLADA.– Nada… Estaba con nosotros, mandaba nuestra primera Compañía.
JOSÉ.– ¡Cómo!, ¿muerto?
EL CAPITÁN ANGLADA.– No. Algo extraño. Desapareció de aquí una noche, hace cinco días.
JOSÉ (Extrañado.).– ¿Desapareció?… (Con vehemencia.) Dime cuanto sepas. Lo creía en Bilbao; había salido de Madrid el día 18. ¡Cuenta, cuenta!
EL CAPITÁN ANGLADA.– Tú ya le conocías de la Academia, lo seriote y formal que era; lo encontré muy pesimista.
JOSÉ.– ¿Pesimista? Tal vez…
EL CAPITÁN ANGLADA.– Sí, estaba desesperado con las paradas. Todo lo veía a través de su contrariedad por no estar ya en Bilbao. En el combate tiraba para delante que era un primor. Tenía allí a los suyos.
JOSÉ.– Sí, mi hermana Isabel, su esposa… dos niños…
EL CAPITÁN ANGLADA (Sorprendido.).– Lo ignoraba. Nunca habló de ti. ¡Bueno!; cuando yo llegué ya habías muerto. Sólo se te recordaba cuando se citaban los valores perdidos.
JOSÉ.– Sigue. ¿Cómo fue?
EL CAPITÁN ANGLADA.– Aquella tarde le había apostado una comida a que antes de quince días estaríamos en Bilbao. Al contestarme le noté algo extraño. ¿Amargura…? No sé. “Acepto –me dijo–; con gusto la pagaría”.
JOSÉ.– ¡La pagaré yo!
EL CAPITÁN ANGLADA.– Aquella misma tarde había recibido un nuevo recluta, un gran ejemplar de la raza… Improvisé en mi tienda un festejo para la noche. Lo invité y no aceptó… En realidad, estaba de servicio. Me aconsejó que no alborotásemos… Tuvimos cantos, coplas, y, es extraño, no nos molestó.
JOSÉ.– ¿Cuál fue la última hora en que se le vio?
EL CAPITÁN ANGLADA.– Las once y diez; a esa hora le encontró la última patrulla. Él era muy minucioso, recorría todos los puestos. Desde ese momento nadie lo vio. Se hizo una minuciosa descubierta, se registró todo… ¿Se perdió en la noche al recorrer el frente?… Nadie lo sabe, ni las radios rojas acusaron anormalidad.
JOSÉ.– ¿Decías que estaba pesimista?
EL CAPITÁN ANGLADA.– Sí, había sido un día gafe de noticias. Pérdida del España, combates muy duros en el Pingarrón, detención del avance sobre Guadalajara. Precisamente para distraer a los muchachos organicé yo el festejo.
JOSÉ.– En el Pingarrón estaba yo esa noche; muy dura fue; allí perdí muchos de mis mejores soldados. ¡Qué lástima no haber podido enterarle de mi vida! ¡Qué optimismo le produciría! Nada sabía de él; lo creía en Bilbao, muerto o escondido. ¡Pobre hermana mía!… Ella, con tanto temperamento, y él, bueno, pero tan caviloso. Tenme al tanto de lo que sepáis y guarda mi secreto.
EL CAPITÁN ANGLADA.– No temas. Siento habértelo dicho. Perdóname, no conocía tu parentesco.
JOSÉ.– No te preocupes. Te lo agradezco. Tenía que saberlo; cuanto antes, mejor. Pero, dime, ¿dudan de él?
EL CAPITÁN ANGLADA.– No. Nadie se lo explica. Su compañía le quería. Era buen militar; se había portado con valentía; eso sí, muy rígido, excesivamente. Esto aleja todo temor. Sin duda una patrulla enemiga lo sorprendería.
JOSÉ.– ¿Hubo tiros aquella noche?
EL CAPITÁN ANGLADA.– Todas las noches suenan algunos aislados, en especial del enemigo. Centinelas que se asustan; milicianos que desertan. Hubo algunos durante la noche.
JOSÉ (Inquisitivo.).– ¿Y tú (Mirándole fijamente.), dudas de él?
EL CAPITÁN ANGLADA.– Yo, no. (Con firmeza.)
JOSÉ.– Yo tampoco; era un soldado… Voy con mi gente. Adiós.
Llegan las fuerzas que manda José, mientras se estrechan las manos, despidiéndose, los dos capitanes.