RAZA: La novela escrita por Francisco Franco con el pseudónimo de Jaime de Andrade (Capítulo 8)
El capítulo 8 de RAZA profundiza en la supervivencia, el sacrificio y la división de España durante la Guerra Civil, siguiendo el destino de José Churruca y otros personajes atrapados entre la fe, la violencia y el deber.
EN la Cárcel Modelo se reúne el Tribunal Popular encargado de juzgar a José; un jefe, dos oficiales y varios paisanos se sientan en el estrado. Milicianos con armas, en pie, jalonan la estancia pegados a los muros. Una chusma llena el resto de la sala, separada del reo por una barandilla de madera.
UNA VOZ (Gritando.).— ¡A ver el Tribunal cómo se porta!
OTRA.— ¡Vaya pez!
OTRA.— ¡Aquí queremos ver la justicia!
OTRA.— ¡No te escaparás!
OTRA.— ¡Ahora hay pueblo que haga justicia!
El defensor se levanta, habla con el Presidente. Este toca, tímidamente, la campanilla. Termina la lectura de los autos.
EL PRESIDENTE.— Que pase el procesado.
Por una puerta lateral penetra el procesado, arrogante, entre cuatro milicianos con los monos desabrochados. En la sala se escucha una clamorosa oleada.
UNA MUJER.— ¡Es guapo el mozo!
OTRA.— ¡Poco le queda! ¡Pronto, calvo!
El Presidente agita de nuevo la campanilla.
EL PRESIDENTE.— ¿Es usted el Capitán José Churruca?
JOSÉ.— Sí, soy yo.
PRESIDENTE.— ¿Confesáis haberos alzado en armas contra la República?
JOSÉ.— Sí, estaba decidido a alzarme.
EL PRESIDENTE.— ¿Confesáis haber hecho resistencia a las fuerzas que os han detenido?
JOSÉ.— Sí, he hecho resistencia a los asesinos que me detuvieron. (Rumores.)
EL PRESIDENTE.— ¿Por qué los ultrajáis llamándolos asesinos?
JOSÉ.— Porque esos que tituláis fuerzas, y que me detuvieron, constituían una partida que acababa de asesinar en la Cuesta de San Vicente a varias personas para robarlas. (Clamor en el público.)
VOCES.— ¡Esa es la justicia republicana!
EL PRESIDENTE.— ¿No estáis arrepentido del daño que habéis podido causar? (Clamor en el público: “¡¡Ah!!”…)
JOSÉ.— No; veinte vidas que tuviera, veinte veces las ofrendaría a mi Patria.
EL PRESIDENTE.— No tengo más que preguntar. ¿Quiere alguno de los miembros del Tribunal interrogarlo?
Todos mueven la cabeza en sentido negativo.
EL FISCAL.— Yo deseo interrogarlo.
EL DEFENSOR.— Y yo.
EL PRESIDENTE.— El Fiscal tiene la palabra.
EL FISCAL.— ¿El procesado promovió, hace un mes aproximadamente, una agresión contra una manifestación popular de buenos republicanos?
JOSÉ.— Si se puede llamar agresión a tapar la boca del que ultraja su Patria, sí; le tapé la boca con la violencia que pude.
UNA VOZ.— ¡Qué cinismo!
EL FISCAL.— Está bien. No deseo más. Que conste este hecho.
EL DEFENSOR.— Antes de interrogar he de manifestar mi extrañeza de que se traten aquí sucesos pasados ya debidamente corregidos.
OTRA VOZ.— ¡Es otro fachista! ¡Al paredón con él!
EL DEFENSOR.— Soy el defensor y mi obligación es esclarecer los hechos. La única prueba que aquí tenemos es un hombre herido. ¿Cómo fue herido? Es lo que interesa. Lo fue a nuestro lado. (Con firmeza.) ¿No es verdad (Dirigiéndose al procesado.) que habéis derramado dos veces vuestra sangre por nuestra causa en…?
JOSÉ (Interrumpe).— ¡Falso! No tenéis derecho a ofenderme; basta que me ofenda esa canalla. ¡Mi sangre es de España, no de esa causa vil!… (Gran clamor en el público: ¡Oh!)
UNA VOZ.— ¿Lo ves?, idiota.
EL PRESIDENTE (Toca la campanilla.).— Ha terminado el juicio. El Tribunal se retira a deliberar. (A un cabo de milicianos.) Despejad la sala.
Sale primero el procesado, con la cabeza alta, arrogante y sereno. A su llegada a la galería de la Cárcel todos lo rodean.
UN PRESO.— ¿Qué ha pasado?
JOSÉ.— Lo que esperamos: creían que iba a defenderme, que les daría esa satisfacción.
OTRO PRESO.— ¿No te has defendido?
JOSÉ.— Sí; he defendido la Causa. Eso es lo importante. ¿Dónde está el padre Palomeque? Lo necesito. (Dirigiéndose a un preso.)
EL PRESO.— Está paseando con uno; debe de estar confesando; pero tú eres antes. ¡Padre Palomeque, Padre Palomeque! Lo precisamos; es urgente.
EL PADRE PALOMEQUE.— Bien, voy. Hola, Churruca, ¿qué tal le ha ido?
JOSÉ.— Bien, muy bien. No puedo pedir más. Dios me ayuda, concediéndome minutos tan preciosos. Necesito de su auxilio.
EL PADRE PALOMEQUE.— Bien, hijo. (Y cogiéndole del brazo se aleja bajo las miradas llenas de emoción de los compañeros.)
Mientras esto sucede, en otro sitio, en un piso situado en uno de los barrios aristocráticos de Madrid, llora una muchacha sobre el periódico del día. Es Marisol, la amiga de Isabel, la pareja de José en la boda, su mejor amiga en los días de vacaciones. Retuerce el diario entre las manos y las lágrimas surcan sus mejillas. “¿Qué podría hacer?” Discurre unos momentos, y se levanta, se seca con el pañuelo, mira la lista de teléfonos, apunta unas señas y sale hacia la calle. En la puerta, el viejo portero le dice:
TANO.— Señorita Marisol, ¿va usted a salir sola? ¿Quiere que le acompañe?
MARISOL.— No, Tano, no es necesario.
PORTERO.— Sí, sí, voy por la gorra. (Pero cuando sale, ya ha desaparecido la muchacha.) En fin, no ha querido. (Y, moviendo la cabeza, entra de nuevo.)
Entra la muchacha en un portal donde aparece una placa dorada: Pedro Churruca, Abogado, después de consultar la nota que hace poco ha escrito. Sube y llama. Un criado abre.
MARISOL.— ¿Don Pedro Churruca?
CRIADO.— Está ocupado, no podrá recibirla. Si es cliente, venga de cuatro a seis.
MARISOL.— No; se trata de algo grave de su familia. (Entrando resuelta.) Anúncieme: la señorita Marisol Mendoza. (Espera en el vestíbulo hasta que sale Pedro.) ¿No me recuerdas? Soy Marisol Mendoza, la amiga de Isabelita.
PEDRO.— ¡Ah, sí, perdona! Pasa. ¿Qué quieres de mí?
MARISOL.— He conocido la condena de José y hay que salvarlo. Tú puedes hacerlo… Es tu hermano… (Con angustia.) ¡Van a matarlo! (Pedro escucha con la cabeza baja.) ¡Hazlo por tu madre, Pedro!
PEDRO.— Es inútil… (Meneando la cabeza.)
MARISOL (Que ha permanecido mirándolo, pendiente de sus palabras mientras las lágrimas bañan sus mejillas, se levanta hacia Pedro, cogiéndolo por la solapa con vehemencia.).— ¡No! ¡No es posible! No podemos abandonarle. ¡No lo harás, no! ¡Por ella, Pedro, por ella!
PEDRO.— Me juzgas mal. Es inútil; le mandé a un amigo abogado que lo defendiese y se negó a escucharlo. Se ha confesado autor de todo. Ha defendido sus ideas y ha atacado al Tribunal. Los hechos son públicos. No cabe siquiera la gracia. ¡No puedo, no puedo!
MARISOL (Dejándose caer sobre una silla, anonadada, exclama con amargura.).— ¡Y eres tú su hermano!…
PEDRO.— Sí, lo soy; pero nada puedo y a él le ofendería…
MARISOL (Levantando la cabeza.).— Es verdad. (Resuelta.) Entonces quiero verlo, acompañarlo, llevarle algo de calor, de amistad; que vea que no está tan solo.
PEDRO.— Puedes comprometerte; te perseguirán.
MARISOL.— No me importa. Que muera con el consuelo de que no todo es cobardía
PEDRO (Cogiendo el teléfono, resuelto.).— ¿Quién digo que eres?
MARISOL.— Su hermana, su esposa, algo suyo.
PEDRO.— No. Esa falsedad podría comprometernos. (Piensa un momento.) Diré que se trata de su prometida.
MARISOL.— ¡No!… (Reacciona.) Bueno, ¡sí! Eso; lo que quieras.
PEDRO (Llama al teléfono.).— ¿El Director de Prisiones? Soy Pedro Churruca. Usted supondrá por lo que le llamo. (Pausa.) No; no se trata de mí, sino de su prometida. (Pausa.) Sí, Marisol Mendoza. (Pausa.) Le daré una carta. (Pausa.) Ahora, ¿eh? (Pausa.) ¡Gracias! (Cuelga el teléfono. Dirigiéndose a Marisol.) Toma, vete a la Dirección de Prisiones y entrega esta tarjeta.
Escribe dos líneas en una tarjeta.
MARISOL.— ¡Gracias!… (Insistente.) ¡Pedro!… ¡Piensa!… ¡Haz algo!…
PEDRO.— Es inútil, Marisol.
MARISOL (Saliendo.).— Es tu Deber. (Con energía.)
PEDRO (Retirándose con la mano en la frente, repite en voz baja): ¿Mi deber?…
En la galería de la Cárcel.
UN GUARDIÁN (Llama a través de la reja.).— ¡Churruca, Capitán Churruca!
CHURRUCA.— ¿Qué hay, ha llegado la hora?
EL GUARDIÁN.— No, comunicación; dice el Director que le espera su prometida.
CHURRUCA.— ¿Mi prometida? (Sonriendo incrédulo.)
GUARDIÁN.— Sí, eso ha dicho el Director.
CHURRUCA (Se encoge de hombros.).— ¡Bien, abre! (Sale hacia la sala de visitas.)
El departamento de visitas, con doble reja. Otras dos personas, una mujer y una anciana, agarradas a las rejas, conversan con dos cautivos. Un miliciano armado pasea por el estrecho pasillo enrejado. En el espacio destinado al público una muchacha se acerca con ansia.
MARISOL.— ¡José, José! ¡Soy yo, Marisol!
CHURRUCA.— ¿Tú? ¿Tú, Marisol?
MARISOL.— Sí. Perdona. No tenía otro medio de llegar a ti, no sabía qué hacer, quería que no te sintieses solo. Aquí estoy… y pobre de mí, que nada puedo. ¡Es horrible! (Con desesperación.)
CHURRUCA.— Gracias, muchas gracias. ¡Qué buena y qué leal!… (Ella, agarrada a la reja, deja correr sus lágrimas.) ¡Qué hermoso hubiera podido ser!
MARISOL.— ¡Sí, tan hermoso!…
CHURRUCA.— Vamos, nena, me has hecho mucho bien; pero vete, vete pronto de este infierno, podría perjudicarte. ¡Vete, por Dios!…
MARISOL.— Intentaré volver a verte.
CHURRUCA.— No, es inútil. ¡Vete, te lo ruego! Tu pensamiento me acompañará. Lo poco que me quede de vida será para Dios y para ti.
MARISOL.— ¿Podríamos hacer algo?…
CHURRUCA.— ¿Sigue Tano con vosotros?
MARISOL.— Sí, tan leal. Quería acompañarme.
UN GUARDIÁN.— ¡Vamos, es la hora!
CHURRUCA.— Mira: en casa de mi hermana están mi uniforme y mis medallas. ¿Quieres mandármelos por Tano? No quiero morir así. (Señalando su mono.)
MARISOL.— ¡Lo intentaré!
El guardián le toca en el hombro; él se vuelve mirándole airado.
CHURRUCA (Con violencia.).— No me toques. ¡Espera! (Dulcemente.) ¡Adiós, Marisol!
MARISOL.— ¡Que Dios te ayude!
CHURRUCA.— A ti, Marisol. A mí, ya me ha ayudado. Adiós.
Se retira Churruca con el guardián. Ella queda agarrada a las rejas, llorando.
Marisol regresa a su casa atribulada; en su desesperación ante la impotencia, reza y llora al pie de una cruz.
MARISOL.— ¡Dios mío… ilumíname! (Baja la cabeza.)
De pronto se levanta y va al teléfono, busca en la guía y llama.
MARISOL.— Soy yo, Pedro. Lo vi y quiero hablarte. (Pausa.) Sí; es mejor. Te espero… ¡Pronto!
Reanuda su rezo, que pronto es interrumpido por unos golpes dados sobre la puerta.
LA DONCELLA.— ¿Se puede?
MARISOL.— Pase.
LA DONCELLA.— Un señor que dice que espera la señorita.
MARISOL.— Sí. Páselo a la sala.
Sale, llega a la sala, donde espera el visitante; lo saluda a media voz.
MARISOL (Entrando.).— Gracias por haber venido.
PEDRO (Con timidez.).— ¿Lo has visto? ¿Te ha encargado algo?
MARISOL.— Sí. Me pidió que le enviase del piso de tu hermana su uniforme y sus medallas. No quiere morir con mono.
PEDRO.— ¡Es verdad! (Baja la cabeza.) ¿Lo has buscado?
MARISOL.— Sí. Tano, el portero, me lo ha traído. Quiero que se lo lleven; darle esa satisfacción.
PEDRO.— Bueno. Yo hablaré con el Director.
MARISOL (Interrogante.).— ¡Pedro! ¿No hay esperanza?
PEDRO (Moviendo lentamente la cabeza.).— No.
MARISOL.— ¡Es terrible! (Llevándose el pañuelo a la cara con miedo.) ¿Cuándo?
PEDRO (En voz más baja.).— ¡Mañana!
MARISOL.— ¡Pedro! (Suplicante.) ¡Quisiera recogerlo! Muerto, no deben negárnoslo.
PEDRO.— Lo intentaré. Mas, ¿quién podrá recogerlo?
MARISOL (Resuelta.).— ¡Yo!
PEDRO (Con calor.).— ¿Tú? ¡De ninguna manera! No sabes cómo está la calle.
MARISOL.— No importa; no podemos abandonarlo. Yo me arreglaré. El buen Tano… algún amigo.
PEDRO.— Eso es mejor. Alguien que no despierte pasión. A Tano no le faltarán amigos. En fin, voy a gestionarlo. Te enviaré el permiso. No me llames más: me han destinado a Barcelona y mañana partiré. Si algo necesitas, allí me tienes. (Despidiéndose.) ¡Salud! ….
Marisol lo mira con recelo.
PEDRO (Rectifica.).— Perdona. ¡Adiós!
MARISOL.— ¡Adiós! (Con firmeza.)
Al rato de salir Pedro entra en la habitación Tano.
MARISOL.— Quiero pedirte algo, Tano. Tú has sido siempre el más fiel de los servidores.
TANO.— Así es, señorita.
MARISOL.— Necesito de ti.
TANO.— Mándeme.
MARISOL.— Es que es muy peligroso; te expondrás, Tano. No tengo derecho…
TANO.— No importa, señorita Marisol. Yo soy viejo, y si falto, sé que han de mirar por los míos.
MARISOL (Segura.).— Eso, sí… Se trata… Mañana, al amanecer, matan al Capitán Churruca. Ha estado aquí su hermano; me ha prometido una autorización para recogerlo y quiero que vengas conmigo.
TANO.— ¿Usted, señorita? ¡De ninguna manera! No puede ser.
MARISOL.— Acaso me falte el valor para verlo morir, pero no para recogerlo.
TANO.— No. Usted se queda; iré yo… Me ayudará el muchacho.
MARISOL.— No lo expongas; yo voy.
TANO.— Deje esa idea; no podría. Es cosa de hombres y el chico lo hará contento. Iré a casa de mi hermana a pedirle el carro y con él lo llevaremos al cementerio. Es mejor que usted nos espere en su casita, que está aislada, muy próxima a la necrópolis. Este. Ella la acompañará mientras tanto.
MARISOL.— ¡Tano! (Le coge las manos apretándolas con las suyas, mientras llora arrimada a su pecho.) ¡Gracias…, muchas gracias!
TANO.— ¡Pobre señorita! (La separa.) Hasta la noche.
MARISOL.— Sí, hasta la noche.
Pasa la noche de este día Marisol en oración; todos los momentos le parecen pocos para rogar al que todo lo puede. Conforme se aproxima el amanecer su intranquilidad va en aumento; busca, sin encontrarlo, un rayo de esperanza.
La noche no ha sido para José más descansada; también él desea aprovechar los instantes, y, con un libro de oraciones, se prepara para el gran viaje; hay momentos que su pensamiento va hacia Marisol, hacia sus hermanos, hacia todo lo que aquí deja, y reanuda su meditación para pedir por ellos.
Amanece cuando el ruido de pasos y el tintineo de unas llaves le vuelven a la realidad. El carcelero aparece seguido de un piquete.
EL CARCELERO.— ¿Listo?
CHURRUCA (Con arrogancia.).— Listo. (Abraza a sus compañeros.) Buena suerte.
Estirándose la guerrera, en la que ha colocado sus cruces, sale airoso camino de la muerte.
La angustia ahoga la voz de sus compañeros.
Con unas esposas sujetan su muñeca a la de uno de los milicianos, y sale en medio del pelotón, con la cabeza erguida, como si se tratase de un ejercicio. Un hombre de edad madura, que ya figuró en el juicio, los sigue; es el juez, a quien acompaña el secretario, con un rollo de papeles en su mano.
Tano, que espera a cien metros de la cárcel, se acerca al juez y le enseña la autorización. El juez, marchando, la examina.
EL JUEZ.— Está bien. Podrás recogerlo terminado el acto.
Un sol de fuego se levanta en el horizonte, dorando el paisaje. En el paseo solitario picotean los gorriones, que se levantan en bandada al pasar los hombres.
Destaca la belleza del parque en esta hora.
Desciende el pelotón por los caminos floridos hasta los solares que se extienden al pie; a doscientos metros del lugar de la ejecución, un carro pequeño, con toldo, tirado por un asno y conducido por un muchacho, espera. Tano se ha separado del juez y se aleja, aproximándose al carro.
Llega el pelotón al lugar escogido, frente al terraplén del parque.
Le libran de las esposas. Cuando intentan vendarle los ojos, los rechaza.
CHURRUCA.— No es necesario. (Al intentar ponerlo de espaldas, se vuelve con violencia.) ¡No! (Con energía.) Me habéis de matar de frente.
Unos aviones roncan en el aire. El sonido de una sirena señala la alarma aérea.
EL JEFE DEL PELOTÓN.— ¡Vamos!, ¡rápidos! ¡Apunten!
CHURRUCA.— ¡¡Arriba España!! (El brazo derecho en alto.)
EL JEFE.— ¡¡Fuego!!
Una descarga hace caer a tierra al héroe.
La proximidad de las explosiones de las bombas lanzadas por el avión hace correr al pelotón y al juez. Antes, el jefe, desde unos pasos, le dispara el tiro de gracia con su pistola precipitadamente.
Cuando la aviación nacional hace huir a los milicianos, Tano corre hacia el caído mientras el muchacho acerca el carro.
Tano incorpora el cuerpo de José amorosamente. La sangre mancha su rostro, extendiéndose, también, por el pecho y por pantalones. La cabeza del caído pende sobre su tórax.
TANO (Se santigua y le dice al chico.).— ¡Ayúdame!
El chico, llorando, coge el cuerpo por los pies, mientras el portero, abrazándolo, lo levanta, lo echa en el carro y lo cubre con una manta. El carro se aleja hacia la Ronda, mientras las explosiones provocadas por la aviación se suceden, llenando el espacio de enormes polvaredas opalinas.
EN el árido descampado en cuya loma se encuentra el cementerio del Este existen, diseminadas a ambos lados de la carretera, modestísimas viviendas cuyos muros de ladrillo encierran pobres hogares de trabajadores; la proximidad de la necrópolis está compensada por el alegre sol que se disfruta y el bello panorama que se descubre. En una de estas viviendas, que por su proximidad a un arroyo se permite tener un reducido huerto, se encuentra la casa de la hermana de Tano, una de esas buenas mujeres de nuestro pueblo, todo corazón y espontaneidad.
Son esas horas primeras de la mañana, durante las que sólo discurren por las vías las gentes trabajadoras, cuando el carro de Tano atraviesa el barrio de las Ventas para detenerse en el corral de la casa de su hermana.
En el hueco de la puerta que da a esa parte se enmarca la figura de Marisol, a quien sujetan, en su ímpetu por salir, los brazos amorosos de la hermana de Tano.
LA HERMANA DE TANO.— ¡Por Dios, señorita! No se mueva; yo les ayudaré.
Así, mientras el chico sujeta el carro, Tano y su hermana descargan con cuidado la preciosa carga, que, envuelta en la manta, depositan sobre la cama de la buena mujer.
Marisol, que ha caído de rodillas al lado del cuerpo, va, con temor, descubriéndole el rostro para juntar su cara con la suya, mientras la estremece un hondo sollozo.
De pronto, se separa con emoción y sobresalto.
MARISOL.— ¡Caliente! ¡Está caliente! ¡Parece que respira!
Tano y su hermana, que comparten con el sobrino la escena de dolor, suponen que desvaría.
TANO.— ¡Por Dios!, señorita.
LA HERMANA DE TANO (Intentando separarla.).— Venga, serénese.
MARISOL (Ha sacado, rápida, de su bolso un espejito que lo aproxima a los labios del mártir, exclama, mostrándolo con alegría.).— ¡Vive! ¡Vive todavía! ¡Tano! ¡Tano! ¡Un médico! (Rectifica pronto acongojada.) ¡No, no! Lo matarían de nuevo… Anda, Tano, ¡pronto!… Hay que buscar uno de los nuestros! Mira, en la Castellana, 12, vive el doctor Gómez, dale esta tarjeta mía (Escribiendo en ella.): “¡Venga, por Dios!”. Vete pronto. (Le entrega un billete.) Toma un coche. (Dirigiéndose a la mujer.) ¿Tiene usted yodo?
MUJER.— Debe de haber un poquito aquí. (De un armario saca un pequeño frasco.) También tengo un poco de algodón.
MARISOL.— ¡Gracias! ¡Dios mío! ¡¡Ayúdame!! (Toma el algodón y enjuga la sangre que mana una herida en el cuello.)
MUJER.— Déjeme, señorita.
Y con las tijeras corta la camisa a la altura del pecho. Aparecen dos pequeñas heridas en él.
MARISOL (Amorosamente las seca y cura; también lo hace con la herida de la pierna.).— Basta así. No lo movamos. Esperemos que venga el médico. ¿Tiene café puro?
LA HERMANA DE TANO.— Sí. Lo tenía preparado para Tano.
MARISOL.— Deme un pocillo. (Y entreabriéndole la boca le vierte dos cucharadas. De rodillas, al lado de la cama, no abandona el pulso del herido.) Sí, ¡aún tiene vida!
LA HERMANA DE TANO.— ¡Que Dios lo salve!
Pasan unos minutos interminables hasta la llegada del médico.
MARISOL.— ¡Cómo tarda!
LA HERMANA DE TANO.— Calma, calma, señorita. Si no ha tenido tiempo.
MARISOL.— Es verdad, pero se muere.
LA HERMANA DE TANO.— ¿Pierde pulso?
MARISOL.— No; es que casi no tiene.
LA HERMANA DE TANO.— La Virgen de la Paloma nos ayudará, vamos a pedírselo.
El ruido de un coche les interrumpe, de vez en cuando, su rezo inútilmente. Por fin, ahora, sin sentirlo, se escucha la voz de Tano, que dice: “Por aquí, señor”; y en la puerta aparece seguido del doctor. Marisol corre hacia él.
MARISOL.— ¡Gracias! Muchas gracias por haber venido. Se trata (En voz baja.) de José Churruca. ¡Tiene que salvarlo!
EL MÉDICO.— ¡Veremos! (Saca del maletín una jeringuilla y administra al herido rápidamente varias inyecciones.) Esto es lo primero. Vamos a reconocerlo. Prepárenme, mientras, agua hervida.
Quiere hacerlo Marisol, pero la detiene la mujer.
LA HERMANA DE TANO.— Deje, señorita; yo lo haré.
Mientras la mujer pone el agua al fuego, en una habitación inmediata, el médico, ayudado por Tano, Marisol y el chico, reconoce al herido sin moverlo.
EL MÉDICO.— Cuatro heridas.
MARISOL.— ¿Graves?
EL MÉDICO.— Sí. Parecen muy graves. Sobre todo, esta del pecho. Es extraño no alcanzase el corazón. Es la peor. (Toma el pulso a José.) Bien, va reaccionando; esperemos.
El herido inicia una respiración fatigosa, entreabre los ojos y vuelve a quedar postrado.
EL MÉDICO.— Ya podemos moverlo, con precaución. (Lo cura, venda y pregunta a Marisol.) ¿Qué habéis pensado hacer con él?
MARISOL.— Nada todavía. La sorpresa. ¡No sé!
EL MÉDICO.— Aquí no puede estar.
MARISOL.— No. Comprometerían a esta buena señora.
LA HERMANA DE TANO.— Mire, señorita, por mí no lo hagan; también nosotros tenemos corazón.
MARISOL.— Gracias, gracias. (La abraza.)
EL MÉDICO.— Bien. Hoy sería peligroso trasladarlo. Que quede aquí dos o tres días y luego lo llevaré a mi clínica.
MARISOL.— ¿Cómo? ¡Lo descubrirían!
EL MÉDICO.— No. En ese tiempo reacciona… (Pausa.) Así, cuando mejore, lo haremos pasar por un herido de la sierra. ¡Vienen tantos! (Muy serio.) Nadie debe saber su existencia. Que nadie sospeche.
TANO.— Descuide, señor.
EL MÉDICO (Dirigiéndose a la mujer.).— Usted, señora, se queda con Tano y con el enfermo. Dele café puro; cada dos horas unas cucharadas. ¡Yo vendré a la noche!
LA HERMANA DE TANO.— De noche, no, señor. En este barrio peligraría. Muy temprano, que es cuando circulan las personas honradas.
EL MÉDICO.— Bien. Vendré después del amanecer. Usted, Marisol, debe volver a su casa. Yo la llevaré. Mi coche de médico la protege. ¡Vamos!
MARISOL.— ¿Ya?
EL MÉDICO.— Es necesario. (Dirigiéndose a la mujer y a Tano:) Aquí les dejo las inyecciones; si decae, se las ponen. Tengan una siempre preparada. Vamos (Cogiendo por el brazo a Marisol.), tengo esperanza.
Marisol sale volviendo la cabeza hacia el enfermo. El médico, animándola, le da unos golpecitos cariñosos sobre la cabeza.
EL MÉDICO.— ¡Pobre Marisol! Anímese, que aún tenemos hombre.
Marisol intenta sonreír.
Un gabinete burgués en una casa de Bilbao. Isabel, allí sentada, repasa los periódicos.
Titulares:
“El Capitán rebelde José Churruca se hace fuerte en la Plaza de España, tras el monumento dedicado a Cervantes”.
“La traición del Capitán Churruca”.
“El Capitán Churruca ante el Tribunal popular…”
“El Capitán Churruca insulta a la República, ante los jueces, provocando al pueblo”.
“El Capitán Churruca, condenado a la última pena”.
“Se ha cumplido la justicia en el Capitán Churruca”.
Isabelita deja correr las lágrimas ante los periódicos. Los chicos la consuelan.
EL NIÑO.— Mamita, no llores…
LA NIÑA.— Habrá ido al Cielo, mamá.
ISABELITA.— Sí, hijos; estará en el Cielo. Habréis de pedir todos los días por él.
Sobre la mesa tiene una carta que lee y relee, pasando del periódico al manuscrito. La carta es de Marisol y dice: “Madrid, 30 de julio. Querida Isabel: ¡Cuánto te he recordado en estos días! Compartí tu dolor y tu emoción. Hice cuanto pude… No desesperes, ten fe, como la tengo, y pídele a Dios la protección y ayuda que, constantemente, pide tu mejor amiga, Marisol”.
Isabelita pasa la vista de la carta a los periódicos; estos son del 24 de julio; la carta de Isabel, del 30.
No se explica cómo pueda tener fe y no desesperar… ¡Y ella que había llegado a creer que lo quería!
LA revolución roja, que en la mayoría de las provincias avanza arrolladora, arrastrando desbordada a los mismos que habían pensado en dirigirla, tiene en Cataluña facetas más perversas.
En medio de la vesania antirreligiosa, que destruye templos y siega vidas de santísimos varones, se elige, con premeditación perversa, quiénes han de ser los religiosos a los que conviene perdonar la vida.
Entre los perseguidos destacan los hermanos de San Juan de Dios, del pueblecito de Calafell, en el que Jaime Churruca había encontrado el camino de perfección elegido.
Su celo no conoce el descanso; los niños lo quieren entrañablemente. Sus manos son las más suaves para curar las dolencias de sus lacerados cuerpos, y su inquietud divina la que más los alivia y consuela en los dolores del espíritu.
Habían pasado muchos días y todavía no había llegado la ola de la revolución hasta el santo refugio, aunque las noticias de las sangrientas matanzas se hacían sentir cada vez más próximas.
Fue una tarde de agosto cuando un camión de milicianos se paró en la puerta del hospital.
Los golpes de las culatas de los fusiles sobre la puerta hacen acudir al santo Prior, que, abriendo sus brazos, intenta detener el avance del grupo.
EL PRIOR (Hablándolos con energía.).– No es posible; yo no lo consentiré. Ustedes no pueden hacer eso. ¿Qué va a ser de estas criaturas? ¿Quién va a cuidar de ellos?
Y cuando aquellos desalmados, empujándolo, intentan penetrar, exclama:
EL PRIOR.– Bien está, venid. (Abre las puertas de una sala y presenta aquel cuadro de dolor y de miseria.) ¿Seréis capaces de atropellarlos?
UN MILICIANO.– Ya lo verás, ¡so idiota! (Y empujándolo bruscamente a un lado, irrumpen todos en la sala.) ¡Aquí, a formar todos los clérigos, que os ha llegado la hora!
Y sin hacer caso de los gritos de dolor de las criaturas, a empellones, sin el menor respeto, los sacan de la sala.
Uno de los niños, postrado en su lecho de dolor, grita llorando:
UN NIÑO.– ¡No quiero, no quiero! ¡Malos, malos!
Otros niños, contrahechos y lisiados, se agarran a los hábitos de los frailes. Jaime lleva un racimo de chicos colgados de sus vestiduras.
JAIME.– Dejadme, hijitos, que me llama el Señor…
Y su espíritu se estremece, pensando en aquellas criaturas.
Sólo uno de los frailes, retenido por un quehacer, había permanecido alejado; a su llegada a la sala, ya habían salido sus hermanos en religión; sólo quedan unos milicianos y a ellos se dirige, exclamando con ejemplar y santa serenidad:
EL FRAILE.– Os olvidáis de mí…
Y sereno va a unirse a la triste comitiva.
En medio de una bárbara y soez algarabía, son conducidos hacia la playa próxima.
Sin una resistencia, sin un gesto de dolor o de rebeldía, en fila interminable, marcha, entre insultos y bayonetas, la Orden de San Juan de Dios. Los cantos litúrgicos se elevan de aquella santa procesión de mártires. Es ya de noche cuando llegan a la orilla del mar; bajo la luna se recortan los festones de espuma de las olas rompiendo sobre la arena. Un grupo de milicianos, con una ametralladora, espera, preparado.
Las voces de los verdugos detienen junto a la orilla la procesión heroica; sobre el horizonte, las siluetas de los frailes se alargan hacia la altura, nimbada por los resplandores de la luna.
Serenos y con la vista en alto esperan el sublime sacrificio. Vibran en el espacio, con grandiosidad inigualada, las notas del cántico sagrado, que la ametralladora corta con su trágico y triste trepidar.
En la noche de este día, cuando el terror duerme, como en los tiempos heroicos de las bárbaras persecuciones, unas santas mujeres descienden a la playa para dar sepultura a los sagrados restos, cortando de sus vestiduras, como preciosa reliquia, el paño empapado en la sangre generosa de los mártires.
Mientras esto sucede, Pedro, en Barcelona, se desespera para imprimir a los servicios de información disciplina y responsabilidad. Sus esfuerzos se estrellan desbordados por la revolución más sangrienta que la historia registra.
Patrullas del amanecer, cuadrillas de criminales, cárceles clandestinas y “checas” siembran el terror en la Ciudad Condal. Los agentes oficiales del servicio se debaten inútilmente intentando moderar lo inmoderable.
Unos policías a su servicio han detenido en la entrada de la población a un miliciano que transportaba en un saco el fruto de sus rapiñas. Es trasladado a presencia del Jefe del Servicio de Información.
Los guardias vacían sobre la mesa de Pedro el contenido del saco; el miliciano, esposado, los observa con torva mirada.
Cálices, bandejas de plata, patenas, candelabros, reliquias y medallas se esparcen por la mesa del Jefe de Información, cuyo rostro se contrae en un gesto de ira.
PEDRO.– ¿Dónde has robado esto? (Pregunta.)
MILICIANO.– Todo es de enemigos. (Replica con cinismo.)
PEDRO.– ¿Esto?
Y al tocar el botín con la mano y extenderlo sobre la mesa siente el Jefe de Información la repugnancia del robo sacrílego; de pronto, atrae su atención un objeto que le es familiar. Una medalla. El Cristo de los Navegantes aparece en una de sus caras. Instintivamente lleva la mano a ella evocando los días de su juventud. Recuerda que él tuvo una medalla igual, y al contemplar la que tiene entre sus manos no puede reprimir un gesto: en el reverso figura una fecha, la del nacimiento de su hermano.
PEDRO (Arrebatado por la ira.).– ¿Dónde has cogido esta medalla? ¿A quién le has arrancado esto?
MILICIANO.– Es de los frailes de San Juan de Dios, de los que apiolamos en Calafell.
PEDRO (Arrojándose sobre el miliciano.).– ¡Canalla! Entregarlo al Jefe de Seguridad. ¡Así enterraréis a la República!
Cuando salen los guardias, el Jefe cae derrumbado sobre el sillón. Su mano crispada sujeta la medalla, que pende de una cadena de oro; su pensamiento vuela hacia su hermana, hacia su cuñado, de los cuales no tiene noticias.
PEDRO.– ¡No; esto es una locura, esto no es el Deber!
Apoya la cabeza sobre las manos, en un gesto impotente y desesperado.
HABITACIÓN en un sanatorio rojo. José, herido, en una cama. Un gran vendaje le tapa gran parte de la cara. Unas gafas de concha desfiguran su rostro. Por debajo de ellas lee unos periódicos.
Entra el médico.
EL MÉDICO.– ¿Qué tal?, Fernández.
JOSÉ.– Muy bien, don Mariano. Me siento con fuerzas (En voz baja.): ¿Y ella?
EL MÉDICO.– Calle, calle. Pueden oírnos. Usted sigue mal hasta que todo esté preparado.
JOSÉ.– ¿Es que se va a acabar la guerra, y yo aquí? ¡Necesito pasar a la otra zona! Irme con los míos. (Pausa.) Hacerme digno del favor de Dios.
EL MÉDICO.– Ya irá, ya irá, ¡que hay tela! Mírese en mí. Prisionero de esta gente; siempre vigilado; curando y salvando rojos; ¡es horrible! Muchas veces pienso si no será mejor descararse, acabar de una vez. ¡Tantos estamos así!
JOSÉ.– Tiene usted razón. ¡Soy un insensato!
EL MÉDICO.– Un impaciente. Necesita fortalecerse; no es fácil salir. Hay que andar mucho para pasarse a nuestras filas. Yo, con la esperanza de hacerlo, doy grandes paseos, me estoy de pie muchas horas, subo y bajo las escaleras del hospital…
JOSÉ.– Yo ya hago ejercicio por la noche (En voz baja.): ¿Y Marisol! ¿Sabe usted algo de ella?
EL MÉDICO.– Sí. Tano estuvo ayer en la consulta; me trajo una documentación recogida a un desgraciado muerto; será desde hoy la suya. Quédesela, que la necesitará al salir (Lee.): “Dámaso Fernández, voluntario del batallón República, herido en la Sierra de Guadarrama.” ¿Está bien?
JOSÉ.– Perfecta. Pero, ¿nada me dice de Marisol?
EL MÉDICO.– Está muy bien. Se ha hecho enfermera de uno de mis hospitales de niños. Es un sacrificio que ha ofrecido a Dios si usted se curaba. Curar incluso a sus enemigos. ¡Es ejemplar!
JOSÉ.– ¿No va a salir, a refugiarse?
EL MÉDICO.– No lo creo. Le debe tanto a Dios, que no creo le hurte lo que ha prometido y que ella considera bien menguado pago.
JOSÉ (Bajando la cabeza.).– Tiene razón. Y… ¿he de irme sin verla?
EL MÉDICO.– Desde luego.
Desde este momento las horas se hacen para José interminables. Intenta inútilmente leer; unas veces es Marisol y su silencio el objeto de sus preocupaciones; otras, España, la zona nacional, su ausencia de las operaciones de guerra. Un incidente cualquiera puede torcerlo todo. Solo la presencia del médico logra calmar sus ansias.
Por fin se aproxima el momento esperado. El doctor ha llegado más alegre que los otros días; de pie, a su lado, aplaca su impaciencia.
EL MÉDICO.– Mucho cuidado, no cometa alguna imprudencia. Pasado mañana es el día. Puede usted salir un rato hoy, pero no se aventure más que a dar una pequeña vuelta, sin sentarse ni entablar conversaciones. Una torpeza sería catastrófica. No lejos, en Alcalá 128, hay un dentista. Mañana, a las siete, irá usted allí, adonde irán a recogerlo.
JOSÉ (Apunta.).– Alcalá, 128. ¿Nombre?
EL MÉDICO.– Doctor Vera. Una gran persona. Va usted a que le reconozca la boca, que le molesta con neuralgias; diga que lo mando yo; si le pusieran resistencia, insista, que lo espera.
JOSÉ.– ¿Hay alguna contraseña?
EL MÉDICO.– Para éste no hace falta más; ya le he hablado. Entre nueve y diez, ya de noche, irá una camioneta a recogerlo; para ella es necesaria la contraseña: Milicianos, a luchar. Nadie sabe más que es usted gallego, que se fuga porque tiene la familia en Santiago. No puede pasar sin los suyos y esto es todo. Si fracasase el intento, no debe perder esta personalidad.
JOSÉ (Apunta los datos en un papel y lo guarda.).– Gracias, gracias. (Abraza al Médico.) ¡Me siento capaz de todo! ¡Por fin! (De repente cambia de actitud.) ¿Y Marisol? Unas líneas solo, doctor. ¡Que no crea en mi egoísmo!
EL MÉDICO.– No insista. Su deber es obedecer. Yo le haré llegar esa inquietud sin peligro ni rastro.
JOSÉ.– Gracias.
EL MÉDICO.– Adiós. Si no hay novedad, no le veré ya. Suerte.
JOSÉ.– Gracias, muchas gracias.
Se abrazan con emoción.
EL MÉDICO (Al salir.).– ¡Dichoso él!
Una casa de pisos de la calle de Alcalá, con una placa con el rótulo: Doctor Vera, Médico Odontólogo, piso 1.º. Frente a la puerta, José, vestido de miliciano, con la cabeza vendada y sus gafas negras, lee y entra.
El ascensor lo conduce a la puerta del piso.
JOSÉ (Entrando.).– ¿El doctor Vera?
EL DOCTOR VERA.– Soy yo. Usted, sin duda, es Dámaso Fernández.
JOSÉ.– Así es.
EL DOCTOR VERA.– Bien; pues pase aquí, a mi biblioteca, donde tiene usted lectura, pues hasta más tarde no le recogerán. ¿Tomará usted algo conmigo? Una taza de café, que el paseo ha de ser largo. Aquí le tengo unos higos secos y chocolate, por si tiene que estar más tiempo en el campo que el previsto. Las aventuras empiezan y no se sabe lo que duran. Tome, llene los bolsillos, no vaya a olvidarse.
Luego toca el timbre y acude una sirviente de edad avanzada.
EL DOCTOR VERA.– Mire, Dorotea, va a ponernos algo de merendar y café.
JOSÉ.– Muchas gracias. No sé cómo agradecerle.
EL DOCTOR VERA.– Cada uno trabaja como puede; no es brillante, pero es práctico. Me basta la satisfacción del servicio, oscuro, sí…
JOSÉ.– Y peligroso.
EL DOCTOR VERA.– El final está descontado.
JOSÉ.– ¿Por qué no se viene usted un día?
EL DOCTOR VERA.– No es posible. Sólo así puede redimirse una vida. Tuve un pasado malo, de izquierdismo. Esto me dio influencia y posición en aquella sociedad corrompida. ¿Qué más puedo hacer que ponerlo todo en este servicio?
JOSÉ.– Todo se redime. Nadie podría negarle un perdón…
EL DOCTOR VERA.– ¡Sí; yo! (Con firmeza.)
DOROTEA.– ¿Se puede?
EL DOCTOR VERA.– Pase.
Ante el silencio de los dos, va colocando la sirvienta la frugal merienda sobre una pequeña mesa.
EL DOCTOR VERA.– Déjelo; nosotros nos serviremos.
Sale la sirvienta.
JOSÉ.– ¿Cuántos han pasado?
EL DOCTOR VERA.– Ciento cuatro.
JOSÉ.– ¿Sin novedad?
EL DOCTOR VERA.– No. Una vez tuvieron que perder un día en una casa de labor, pero todo está estudiado.
JOSÉ.– ¿Y el doctor?¹¹⁹
EL DOCTOR VERA (Sirviéndole.).– Es muy difícil… Lo vigilan… En eso confiamos. Esta gente no respeta nada, ni la ciencia, ni la maestría. No hay un trabajador más recargado. Días de dieciséis horas operando, salvando vidas, y… ¡qué vidas algunas!
JOSÉ.– ¿Hay muchos engañados?
EL DOCTOR VERA.– Sí, como yo¹²⁰.
DOROTEA.– Señor: Llaman de la portería, el mandadero del campo, que si necesitan algo. Faltan huevos y patatas.
EL DOCTOR VERA.– Bien. Dile que le mando una nota, que espere. (Sale la criada.) Vamos, ¡aprisa! (De repente, observando que José está a cuerpo, con un ligero uniforme de soldado, va a una habitación y vuelve con una zamarra, que le entrega.) Tome, las noches son frescas y húmedas, póngasela. No se olvide: Milicianos, a luchar.
Le da la mano. José lo abraza y se pierde en la escalera¹²¹.
Una camioneta cerrada, con los faros encendidos, espera a la puerta del dentista. José se acerca a ella. Un hombre de mono lo interroga: “¿Qué hay?”.
JOSÉ.– ¡Milicianos, a luchar!¹²²
EL HOMBRE.– ¡Bien!, sube. (Abre la puerta de atrás y le mete dentro.) No hablen. Si nos detienen, vienen convidados por mí, a recoger víveres para los hospitales.
JOSÉ.– Bien.
EL HOMBRE.– ¿Tu nombre?
JOSÉ.– Dámaso Fernández.
El hombre cierra de nuevo. La camioneta se pone en marcha. Pasa por un punto de registro.
UNO DEL REGISTRO.– ¿Eres tú?
EL HOMBRE.– Sí.
EL DEL REGISTRO.– Que nos traigas huevos.
EL HOMBRE.– Si los encuentro…
En otro registro.
UNO DEL REGISTRO.– ¿Hay algo para el jefe?
EL HOMBRE.– Sí, un paquete de la parienta. (Y le arroja un paquete como de ropa.)
OTRO DEL PUESTO.– Oye, ¿a cómo andan las patatas?, que aquí no hay.
EL HOMBRE.– Creo que a peseta, ¿queréis?
EL DEL REGISTRO.– Sí, trae lo que puedas.
EL HOMBRE.– Pocas, que los hospitales andan mal. ¡Salud!
Para la camioneta, después de un largo rodar por las carreteras, ante una bifurcación con un camino; a veinte pasos se levantan dos sombras.
UNA VOZ.– ¿Quién va?
HOMBRE.– ¡Milicianos, a luchar!
LA VOZ.– Aquí estamos. ¿Cuántos son?
EL HOMBRE.– Cinco, uno herido.
UNO DE LA RONDA.– Mala cosa; hay que andar mucho.
Saltan a la carretera y se reúnen en el sendero.
UN GUÍA (Dirigiéndose a José.).– Tienes treinta kilómetros de mal camino. ¿Podrás?
JOSÉ.– Sí, y aún más.
UN GUÍA.– Si no puedes, cógete a uno y alternaremos. Antes de las cuatro hay que pasar el río.
Marchando en fila india transcurren varias horas de andar interminable a través del campo, con frecuentes detenciones en las que, a la señal que emite el guía, un ligero silbido de pájaro nocturno, se arrojan al suelo; otras veces es realmente un ave la que causa la detención. A lo lejos rompe la calma el sonido de las ametralladoras, o los tiros de alarma de los centinelas. Pasan rozando algunos puestos rojos; el caminar se hace más cuidadoso y cauto; el corazón de los fugitivos late con fuerza, pero, por fin, se alejan del peligro y alcanzan los cañizos de la orilla del Tajo.
OTRO GUÍA.– Por aquí, esperar un momento. (Recorre la orilla del río, desaparece y retorna con una cuerda y algo que remolca: es como un cajón flotante. Da unos silbidos cortos, como canto de ave, y le contestan desde el otro lado.) ¡A ver!, el primero, el herido.
Pasa José al cajón, que se aleja hacia la otra orilla, tirado por una cuerda. Ya en ella, salta a tierra.
UN HOMBRE.– ¿Se ha mojado?
JOSÉ.– Un poco.
EL HOMBRE.– Sí, trae mucha corriente.
A los pocos momentos, los seis pasados, con los dos guías, remontan el talud del río y toman una senda al lado de un arroyo afluente. Se paran.
UN GUÍA.– ¡Esperar aquí! (Avanza cantando.)
UNA VOZ.– ¡Alto! ¿Quién vive?
UN GUÍA.– España. El río viene crecido.
Aparece una patrulla con un cabo.
EL CABO.– ¿Y los demás?
UN GUÍA.– Atrás quedan.
EL CABO.– ¡Llámalos!
El guía silba de nuevo. Es contestado y aparecen los pasados y el otro guía.
EL CABO.– Seguirme. Vamos a ver al jefe.
Por una senda, entre la maleza, abandonan el Tajo, desfilando ante un campo de olivares, hasta llegar a una casa modesta de labor en la que está establecida una oficina. Es la 2.ª Sección del Estado Mayor.
Entran todos en un pequeño local.
Ante el Jefe de la 2.ª Sección del Estado Mayor.
EL JEFE DE LA 2.ª SECCIÓN.– ¿Qué tal el viaje? (Dice interrogando al guía.)
EL GUÍA.– Muy bien.
EL JEFE.– Pase y que le den café y preparen algo para estos. (Dirigiéndose al ordenanza.) Llévalos al comedor y prepara café y churros, que ya va a amanecer. (Interroga a los pasados. José se ha puesto el último.) Usted, ¿quién es? (Dirigiéndose a uno.)
EL PASADO.– Julio Latorre, profesor de la Universidad.
EL JEFE.– ¿Familia en esta zona?
EL PASADO.– Sí, mis padres en Valladolid.
EL JEFE.– ¿Quiere telegrafiarles?
EL PASADO.– Si es posible, desde luego.
EL JEFE.– ¿Conoce usted algo de interés para la guerra?
EL PASADO.– Sí, la llegada de 6.000 internacionales a Madrid, anteayer.
EL JEFE.– Bien; luego ampliaremos. (Toma nota.) Otro.
EL PASADO.– Padre Marchena, jesuita.
EL JEFE.– ¿Familia en nuestra zona?
EL PASADO.– La Compañía de Jesús.
EL JEFE.– ¿Noticias?
EL PASADO.– De guerra, ninguna; de otro carácter, muchas: crímenes sin cuento y esta nota de recados.
EL JEFE.– ¿Desea telegrafiar?
EL PASADO.– Después de los demás.
EL JEFE.– Otro.
EL PASADO.– Pilar Bustamante.
EL JEFE.– ¿Cómo?
LA PASADA.– Sí, sacrifiqué mi cabello; estaba muy perseguida por visitar a los camaradas presos, por facilitarles auxilios. Llevo dos meses haciendo de muchacho.
EL JEFE.– ¿Noticias?
LA PASADA.– Sí. Tengo nota de dónde están colocados unos cañones. Yo dormía en unas covachuelas cerca.
EL JEFE.– ¿Algo más?
LA PASADA.– Sí. También traigo algunas notas que me han dado los camaradas de Madrid. (Se sienta, deshace la alpargata y saca un librillo de papel de fumar; sus hojas están totalmente escritas.)
EL JEFE (Leyendo.).– Buen servicio.
LA PASADA.– Me alegro.
Los otros pasados la contemplan con admiración.
El Jefe toca un timbre y aparece un suboficial.
EL JEFE.– Oiga, Pelayos. Acompañe a esta señorita a Talavera y, a cargo del servicio, que le faciliten una primera ropa, que estará deseando recuperar su feminidad.
LA PASADA (Sonriendo).– Gracias; casi me había acostumbrado.
El suboficial la mira con extrañeza.
EL JEFE.– Venga luego.
LA PASADA (Al salir, exclama).– ¡Arriba España!
Los otros contestan: “¡Arriba!”
EL JEFE.– Otro.
EL PASADO (Un muchacho de quince años).– José de Sandoval.
EL JEFE.– ¿Familia?
EL PASADO.– Toda asesinada en la zona roja: padre, madre y dos hermanos.
EL JEFE.– ¿Cómo te salvaste?
EL PASADO.– Estaba en el colegio. Mataron a los frailes y nos echaron a la calle, todavía con el guardapolvo del colegio. Cuando fui a casa nadie quedaba allí; se había instalado la F.A.I.¹²⁴. Me preguntaron a qué iba y contesté que a ver cómo se instalaban los camaradas; entonces me enseñaron la casa y me preguntaron: “¿Eres de la F.A.I.?” Dije que no, por la edad; me contestaron que ya no funcionaban esas monsergas; me dieron un carnet y con él viví este tiempo.
EL JEFE.– ¿Noticias?
EL PASADO.– Nada. Muchos rusos en Madrid. El Hotel Florida, lleno.
EL JEFE.– ¿Cómo lo sabes?
EL PASADO.– Era botones del hotel.
EL JEFE.– Quédate, entonces, que habrá que ampliar.
EL PASADO.– Yo quiero alistarme; para eso me pasé. Nadie puede oponerse; nadie me queda. (Dice resuelto.)
EL JEFE.– Bien (Le estrecha la mano.). Te quedas con nosotros.
EL PASADO.– ¿En la Legión?
EL JEFE.– No; esto no es la Legión.
EL PASADO.– ¡Ah! (Con desencanto.)
EL JEFE.– Bueno, ya hablaremos. ¡Otro!¹²⁵
Le toca su turno a José.
JOSÉ (Echa encima de la mesa su documentación.).– Esto es lo oficial, lo que conviene. ¿Estamos solos? (Mira hacia los lados.)
EL JEFE.– Sí; aquí puede hablar sin temor.
JOSÉ.– Soy el Capitán Churruca, fusilado por los rojos el 24 de julio.
EL JEFE.– ¿Usted Churruca?
JOSÉ (Se quita su vendaje y sus gafas.).– Sí, cuatro tiros y la ayuda de Dios.
EL JEFE (Se levanta y le abraza.).– ¿Noticias?
JOSÉ.– Este estado. La columna de la derecha, quitándole el último cero, son muertos del enemigo en las distintas semanas; la de la izquierda, heridos. Es lo único que en el hospital pude saber.
EL JEFE (Recoge el documento.).– ¡Qué enormidad! ¿Fidelidad de la noticia?
JOSÉ.– El director es de los nuestros: el doctor Gómez.
EL JEFE.– ¿Quiere avisar a alguien?
JOSÉ.– No; es mejor que no lo haga. Conviene que quede en silencio mi vida ya que peligrarían las de otros que me han salvado. Todos me creen muerto y mi caso tuvo extraordinario relieve.
EL JEFE.– Es verdad. Hasta aquí llegó. Magnífico, magnífico. ¡Qué alegría para todos! ¡Qué emoción al leer en la prensa roja su conducta! Sí, ya sé yo a quién telegrafiar.
JOSÉ.– ¿A quién?
EL JEFE.– A Moscardó y a los suyos.
JOSÉ.– ¡Ah, sí! Pero mejor es que no lo haga, pues no sabrían moderarse. Iré yo… ¡Qué alegría! ¡Abrazarlos! Al Borlilla, a Alba, a todos.
EL JEFE.– Alba murió. ¿Quién es el Borlilla?
JOSÉ.– Un valiente capitán de la Guardia Civil, antiguo oficial del Tercio. Ossorio se llama.
EL JEFE.– También ha muerto en la defensa.
JOSÉ.– ¡Qué dolor!
EL JEFE.– ¡Sí, es todo tan duro!… (Cogiéndole por el brazo.) Vamos al comedor.


