EL COMANDANTE.— Entonces no tenemos tiempo que perder. Hay que establecer enlace con la Montaña antes de que sea imposible.
Empieza a hacerse más intenso el fuego de las ametralladoras y la fusilería.
EL COMANDANTE.— Oiga usted, Churruca, ¿quiere prestarnos un gran servicio?
JOSÉ.— Sí, mi Comandante; dedíqueme a lo que considere más útil; cuanto más duro, mejor.
EL COMANDANTE.— Gracias (Estrechándole la mano.); ya lo sabía. Mire, estamos sin enlace, esto empieza a ponerse serio y aislados nada lograremos; es necesario coordinar los distintos núcleos que forman nuestra resistencia, salir de la ratonera de Madrid. Para ello hay que alcanzar el Cuartel de la Montaña como sea; por el Parque del Oeste y por la Casa de Campo podemos unirnos y combatir en campo abierto; en los cuarteles la aviación va a aplastarnos tontamente bajo los escombros. Va usted a llevar una carta mía al general Fanjul.
JOSÉ.— Estoy dispuesto, mi Comandante.
EL COMANDANTE (Revistándolo.).— Así, no; sería inútil con ese traje; coja usted el traje usado de un mecánico y un mosquetón, que de esta manera será más fácil pasar.
JOSÉ.— Comprendido.
EL COMANDANTE (Al Capitán ayudante.).— Ramírez, acompañe al Capitán al garaje, escoja allí un mono usado y ayúdele a disfrazarse; dele un mosquetón, cartuchos y la documentación de un chofer. Enseguida le tendré preparado el pliego.
Se pone a escribir. Pasados breves momentos, entran de nuevo el Capitán ayudante y Churruca, vestido ya de miliciano.
JOSÉ.— A sus órdenes, mi Comandante.
COMANDANTE.— Bien. Aquí está el pliego. Léalo usted, por si tiene que deshacerse de él, poder transmitir su contenido.
JOSÉ (Lo lee, medita un poco y lo cierra.).— Bien; estoy dispuesto.
EL COMANDANTE (Abrazándolo.).— Buena suerte le deseo.
JOSÉ.— Gracias, hasta pronto.
Sale hacia el exterior saltando el muro del cuartel; se queda un rato echado en el suelo y pronto se pierde de vista tras la cerca de la Casa de Campo, que también franquea, y atraviesa el parque que conduce a la zona del Manzanares. Allí lo llaman desde una guardia.
UN MILICIANO.— ¡Eh, tú, compañero!…
JOSÉ.— ¿Qué hay?
EL MILICIANO JEFE.— Ven aquí, quédate con estos en el control, que son unos atontaos, que yo tengo que hacer en el Centro.
JOSÉ.— Bien; pero por poco tiempo, pues yo también tengo faena; para registrar, basta una vieja.
EL MILICIANO JEFE.— ¿Prefieres los tiros?
JOSÉ.— Sí, es más fructífero.
EL MILICIANO JEFE.— Bien, pues ven, que se quede este otro. (Y retiene a uno que pasa con una pistola.) Tú, muchacho, permanece aquí en el control hasta que volvamos, y si pasan fachistas, no dejéis uno con vida.
En la calle hay algunos cadáveres tendidos sobre las aceras. El tiroteo, que al principio era intermitente, se hace más intenso.
EL MILICIANO JEFE.— ¿Qué te parece? Tanto tiempo esperando, temiendo a los fantasmones, y ya ves con qué facilidad hoy semos los amos.
JOSÉ.— ¿Pero está ya todo limpio?
EL MILICIANO JEFE.— No. Esos perros fachistas se han metido en el Cuartel de la Montaña, pero durarán poco.
JOSÉ.— Vamos allá, ¡que debe de haber hule!
EL MILICIANO JEFE.— No seas idiota; deja que lo hagan los guardias, que al fin son enemigos, no nos vayan a quitar de en medio ahora que semos los amos.
JOSÉ.— No te falta razón; podemos verlo sin comprometernos.

Al doblar una esquina encuentran un grupo de milicianos y milicianas saqueando a los transeúntes.
EL MILICIANO JEFE.— ¿Qué hacéis?, compañeros.
UN MILICIANO (Con aire cínico.).— Estamos empezando el reparto. (Sacando del bolsillo un puñado de relojes.) ¿Veis? Cinco con leontina aquí (Señalando el bolsillo.), y 800 pesetas con una cartera en este otro. (Señalando otro bolsillo.)
En el suelo hay varios cadáveres. Se acerca un automóvil con un “U. H. P.” trazado groseramente con pintura blanca. Uno, que parece jefe, con gorro, mono y correaje y unas estrellas en el pecho, dice con aire autoritario:
EL JEFE.— ¿Qué hacéis aquí? ¡Ya habrá tiempo para eso! Primero hay que apagar los focos, ir a la Montaña. Se necesita gente.
EL MILICIANO JEFE.— Deja a los guardias que se arreglen, luego iremos nosotros.
EL JEFE.— No; hay que prevenirse, pueden traicionarnos. ¡Vamos! ¡Arreando!, ¡vivos! (Amenazándolos.)
EL MILICIANO JEFE.— ¿Y tú?; ¿no vienes?
EL JEFE.— No, yo soy el jefe. Yo dirijo. Me han hecho coronel. (Con petulancia.)
Remoloneando se dirige el grupo hacia el cuartel. El fuego se oye más intenso. Marchan uno a uno por la acera, pegados al muro, delante de todos el Capitán Churruca. Este se para al llegar a las bocacalles, que hace cruzar al grupo corriendo. De repente, al desembocar frente al cuartel, un tiro hiere a José en el brazo. Al oír el quejido, todos se paran, la sangre chorrea por la mano y se extiende por la manga.
EL MILICIANO JEFE.— ¡Eh, que han herido a mi compañero!
JOSÉ.— No es nada; sigamos.
EL MILICIANO JEFE.— No, es imprudente; yo te llevo a la Casa de Socorro.
OTRO MILICIANO.— Y yo.
OTRO.— Y yo.
OTRO.— Y yo.
El grupo de milicianos lo coge en brazos y, contra su voluntad, lo llevan a una Casa de Socorro próxima.
EL MÉDICO (Después de cortar con las tijeras el mono y descubrir la herida.).— Es limpia, no parece haya roto el hueso; has tenido suerte. (Da yodo a la herida y empieza a vendarla.)
Llega un practicante, y al acercarse al grupo, exclama:
EL PRACTICANTE.— ¡Pero si es el Capitán Churruca!
EL MILICIANO JEFE.— ¿Cómo capitán?
JOSÉ.— Ya veis cómo miente; yo capitán y herido por la causa. Te engañas, camarada.
EL PRACTICANTE (Con cinismo y seguridad.).— No. Eres el Capitán Churruca. No te despintas; te conozco bien. Fui sanitario en Marruecos y más de una vez te curé tu balazo del pecho. Tú no puedes ser de los nuestros.
JOSÉ.— Te confundes. Jamás te he hablado. Soy Marcelo García, chofer. (Y saca un carnet de su mono.)
EL PRACTICANTE.— Falso, yo afirmo que es el Capitán Churruca, que en Melilla, herido grave en el pecho, combatió durante toda una tarde.
UN MILICIANO.— Pronto vamos a aclararlo. (Y echándole mano al pecho intenta desabrochar su mono.)
JOSÉ (Se levanta de un salto, como electrizado, y empuña su fusil).— ¡Atrás! ¡Atrás, digo!
Apuntándolos; y mientras los milicianos, sorprendidos, permanecen inmóviles, gana la calle. El grupo de milicianos lo sigue, disparando sobre él.
UN MILICIANO.— ¡A ese, a ese! ¡Fachista! ¡A ese!
Le hacen fuego de varios lados. El monumento a Cervantes le ofrece un abrigo, se acoge a él y se parapeta. Dispara; hace retroceder a los milicianos; uno es herido por él. Mas, por la espalda, acude un grupo de guardias, despechugados y sucios, que le hace fuego, hiriéndolo; se agarra un hombro, se tambalea, trata de levantar el arma que se le cae pesadamente; no puede. Ocasión que aprovechan los perseguidores para llegar hasta él. Se apoya José sobre el pedestal de la figura de Cervantes y cae bajo la avalancha de los valientes que engrosa el grupo.
UN GUARDIA.— ¡Cogerle vivo, cogerle vivo!
Con el brazo sano agarra el mosquetón, intentando todavía mantener a raya a los que lo golpean. Un golpe por la espalda lo derriba. Los guardias le incorporan del suelo. Levantado, sobre las escalinatas del monumento, mira con desprecio a aquella turba.
UN MILICIANO.— Por fin caíste, Capitán. Ahora no negarás.
La sangre le mancha un hombro, donde parece sufrir el nuevo balazo.
JOSÉ.— Sí; soy el Capitán Churruca, que defiende a la Patria que vosotros intentáis hundir. ¡Vamos, acabar ya! ¡Valientes! (Las balas silban sobre ellos y encogen las cabezas.) ¡No temblar! ¡Acabar de una vez! (Con energía, retándolos con su mirada.)
UN GUARDIA.— Hay que llevarlo preso.
EL MILICIANO JEFE.— Sí, llevémosle al Mando, que éste es un pez gordo y nos valdrá el servicio.
OTRO MILICIANO.— A Gobernación.
OTRO.— Eso es; a Gobernación.
Lo levantan y lo llevan a empujones cubriéndose con el monumento; a su amparo lo atan con sus cinturones. Al paso por la calle se va reuniendo gente y chiquillos que siguen al grupo.
MILICIANO.— ¡Ha caído el pez!
“¡Un fachista! ¡Canalla!” —gritan los que lo conducen—. Gritos, improperios de furias y marimachos: “¡Hay que matarlo!”. En la calle de Bailén un camión se ofrece a llevarlos a Gobernación, donde entra el vehículo por la puerta lateral. Al poco rato sale para la Cárcel Modelo, donde lo ingresan en la enfermería. Allí, el médico del establecimiento procede a reconocer las heridas, entre varios milicianos armados.
EL MÉDICO.— No es cosa muy grave; en algunos días espero esté curado. Hay juventud, que es lo principal.
JOSÉ.— Sí, juventud, ¿para qué?
Pasados unos días lo trasladan a la primera galería. Otros presos se interesan por él.
JOSÉ.— He fracasado (Les dice.); no tuve suerte, no pude hacer llegar el pliego.
UN PRESO.— Has hecho cuanto humanamente pudiste; nadie podría haber pasado.
JOSÉ.— Pero aquí se perdió la causa.
EL PRESO.— Dicen que las fuerzas de Marruecos vienen sobre Madrid.
JOSÉ (Alegrándose.).— Entonces triunfarán. Estoy seguro.