Fue una revista de humor emblemática que vivió casi tanto como el régimen de Franco. Nació cinco años después del golpe contra la República, en 1941, y desapareció tres años después de morir Franco, en 1978. No fue una revista franquista sino, más bien, sobre todo en su última etapa, cuando se decidió a tratar temas políticos, una revista crítica, que le costó numerosas multas y suspensiones.
Fue fundada por Miguel Mihura, autor teatral, humorista y académico de renombre, que la dirigió durante los tres primeros años. En esta primera fase, fue una revista de humor dulce e ingenuo. La portada de su primer número, el 8 de junio de 1941, ofrece una muestra significativa de su estilo; es un chiste de Tono en el que una mujer y un hombre mantienen este diálogo:
—¡Caramba, don Jerónimo! Está usted muy cambiado.
—Es que no soy don Jerónimo.
—¡Pues más a mi favor!
Cuando abandona Mihura, que vende la publicación a una empresa formada por el conde de Godó, Juan José Pradera y Manuel Pombo Angulo, le sustituye el periodista y humorista Álvaro de Laiglesia, que dirigirá la revista hasta 1977. Unos meses después, en diciembre del año siguiente, desaparecerá definitivamente tras una etapa en que Summers, Máximo y Cándido, con la ayuda de los periodistas Miguel Ángel Flores y Fermín Vilchez, realizan varios intentos de reactivarla que resultan vanos.
Con de Laiglesia, La Codorniz alcanza sus más altas cotas de interés, de gracejo y de audacia en la crítica política, hasta el límite de lo permitido y a veces un poco más allá del límite. Prueba de ello es que llegó a ser objeto de admiración incluso por opiniones e ingeniosidades que ni siquiera había publicado.
Uno de los rumores que le construyeron la aureola de revista intrépida decía que había sido sancionada por publicar un parte meteorológico que decía: «Reina un fresco general procedente de Galicia». Otro rumor decía que había tenido problemas por escribir sobre «la moto verde del Marqués de Villavespa», en alusión al yerno de Franco, el marqués de Villaverde.
Una historia muy difundida aseguraba que la revista había publicado en una portada el dibujo de una entrada a un túnel y que todas las páginas habían sido impresas en negro, hasta que en la contraportada lo que el lector veía era la salida del túnel. Se decía también que, en momentos de dificultades con el gobierno, la revista había incluido este teorema:
Almohadín es a Almohadón lo que Cojín es a Equis.
Y nos importa tres Equis que nos cierren la edición.
Pero el propio Álvaro de Laiglesia negó que estos cuatro casos respondieran a la realidad (véase su libro La Codorniz, sin jaula). Lo que demostraba la existencia de esos bulos era la fama que había ganado La Codorniz, una revista que hizo el papel de aliviadero de las necesidades de crítica en unos años en que estaba terminantemente prohibida y luego en unos años en que estaba levemente tolerada.
De ahí su larga lista de sanciones. La revista trató de responder siempre a su lema de portada, que rezaba «La revista más audaz para el lector más inteligente». Prueba de su fama es que los títulos de muchas de sus secciones se hicieron frases comunes, como «Donde no hay publicidad resplandece la verdad» o «Tiemble después de haber reído», que encabezaba la página en que la revista incluía su habitual relato de terror.
Ese desparpajo correspondía en gran parte a su director, Álvaro de Laiglesia, que en los primeros años de la televisión tuvo un pequeño espacio de humor que tituló «Usted pregunte lo que quiera que yo le responderé lo que me dé la gana» y que había destacado como autor teatral (El caso de la mujer asesinadita) y como novelista de humor (Un náufrago en la sopa, Todos los ombligos son redondos, Yo soy Fulana de Tal, Licencia para incordiar, Listo el que lo lea…).
En La Codorniz dejaron su firma los principales humoristas del país, con dibujo y sin dibujo, como Antonio Mingote, Chumy Chúmez, Enrique Herreros, Dátile, Julio Carabias, Miguel Gila, Julio Cebrián, Evaristo Acevedo, Forges, José Luis Coll, Mena, Tono, Serafín, Pablo, Máximo, Kalikastres, Rafael Munoa, Fernando Puig Rosado, Summers, OPS, Pgarcía, Óscar Pin, Pablo, Serafín, Antonio Madrigal y Sir Cámara; notables periodistas y escritores, como Wenceslao Fernández Flórez, Ramón Gómez de la Serna, César González Ruano, Enrique Jardiel Poncela, Manuel Halcón, Francisco García Pavón, José López Rubio, Santiago Lorén, Carlos Luis Álvarez Cándido, Rafael Castellano, Noel Clarasó, José Llopis, Eduardo Mallorquí, Alfredo Marqueríe, Edgar Neville, Jacinto Miquelarena, Manuel Vicent, Manuel Pombo Angulo, Alfonso Sánchez, Remedios Orad, Gonzalo Vivas y Ángel Palomino.
Víctor Vadorey y Joaquín Vidal, el guionista de cine Rafael Azcona, y hasta algún político del régimen, como Carlos Robles Piquer, que sorprendentemente colaboró desde 1970 a 1973 en la sección «Oh, qué tiempos», con el seudónimo «Juan Español (hijo)».
La Codorniz, que tan bien se había desenvuelto entre y frente a los límites marcados por el franquismo, murió en plena Transición. La aparición en mayo de 1972 de la revista Hermano Lobo, con un humor más directo y comprometido, marcó el comienzo de su desaparición.
