“López Ochoa, aventurero sin escrúpulos, su crueldad era conocida… responsable de la caza de fugitivos, violación de las mujeres, machacamiento de los niños… repulsiva figura… ¿Enfermo en Carabanchel? ¿Quizás por miedo a que las masas le ajusticien?”.
-María Teresa León-
Eduardo López de Ochoa y Portuondo había nacido en Barcelona en enero de 1877. Militar con destacada hoja de servicios. General de división del Ejército de Tierra y persona de ideas liberales y republicanas. Perteneciente a la masonería y de talante personal sosegado y conciliador. Había luchado en Cuba y en las campañas africanas. Durante la dictadura de Primo de Rivera fue gobernador militar de Cataluña, pero pronto mostró sus desacuerdos con el régimen, y tuvo que exiliarse en Francia.
Allí escribió su famoso libro: De la Dictadura a la República, y desde allí participó en las intentonas republicanas de 1929 y 1930. A los tres días de la instauración de la República, fue nombrado capitán general de Cataluña.
López Ochoa ejemplifica notablemente el irracional sectarismo de una izquierda fanatizada por sus prejuicios y capaz de las mayores atrocidades, sin reflexionar mínimamente sobre la coherencia de las circunstancias que las motivan. Aunque no es el único caso de asesinato efectuada por los republicanos sobre otros republicanos, sí es altamente significativo por la crueldad y el ensañamiento producidos sobre una persona que no había tenido nada que ver con los preparativos del alzamiento ni se encontraba en la cercanía ideológica de sus promotores.
Cuando se produjo la rebelión de Asturias de 1934, López Ochoa fue designado personalmente por el presidente de la República, Alcalá-Zamora, como responsable de la sofocación del proceso insurreccional. Según refiere el historiador británico Paul Preston, en afirmación del propio Ochoa, “para evitar un excesivo derramamiento de sangre”. De hecho, está fuera de toda duda el enfrentamiento directo durante la campaña con el coronel Yagüe, jefe de los legionarios y regulares enviados como principal fuerza de choque. El motivo fue la discrepancia sobre el grado de violencia necesaria para reprimir la revuelta, y los contactos que el propio López Ochoa había establecido con los líderes mineros, ofreciéndoles mayor benevolencia en caso de rendición.
El hecho es que, avanzando desde Lugo, en una semana logró tomar Oviedo y normalizar la situación. Sin embargo, la izquierda lo consideró responsable de la supuesta represión sufrida motejándolo como “el carnicero de Asturias” y convirtiéndolo en uno de sus principales objetos de odio irracional.
Tras la victoria del Frente Popular de febrero de 1936, López Ochoa fue encarcelado, ingresando en la Prisión Militar de Guadalajara en marzo de ese año por un sumario que se le había abierto vengativamente por los sucesos de Asturias en el 34. El 3 de abril fue trasladado a causa de una enfermedad al Hospital Militar de Carabanchel (actual Hospital Gómez Ulla -Hospital Militar de la Defensa), y en esa situación se encontraba cuando en julio se desencadenó la Guerra Civil.
Pronto, el odio acumulado por el fracasado intento revolucionario de Asturias hizo que la memoria selectiva se fijase en López Ochoa.
María Teresa León, compañera de Rafael Alberti, escribiría en el periódico Ayuda, del Socorro Rojo Internacional, anticipando su deseo de venganza:
“López Ochoa, aventurero sin escrúpulos, su crueldad era conocida (…) responsable de la caza de fugitivos, violación de las mujeres, machacamiento de los niños (…) repulsiva figura (…) ¿Enfermo en Carabanchel? ¿Quizás por miedo a que las masas le ajusticien?”.
Las presiones surtieron su efecto, y el juez especial nombrado para instruir la causa contra el general ordenó que fuese reconocido facultativamente los días 1 y 15 de cada mes, y que lo fuera específicamente por los médicos Moreno Barbazán y Areces Matilla, de ideas izquierdistas y que nunca emitieron el preceptivo informe clínico.
A su vez, en el interior del Hospital, y especialmente en la sección de la prisión para militares enfermos instalada en el mismo, se observaban ciertas actitudes entre enfermeros, sanitarios y diverso personal auxiliar con tendencias frente populistas de clara animadversión hacia estos. Las amenazas, primero latentes, se fueron haciendo más frecuentes y explícitas. El peligro se estaba volviendo cada vez más real.
El clima que había aquellos días en el hospital militar era de absoluta anarquía. Ya desde el mismo día 18 de julio, se crearon dos Comités de Milicias, uno militar y otro civil para la gestión en su interior. El militar, dirigido de una forma oficial por el cabo Manuel Muñoz del Molino, aunque de una forma indirecta lo dirigía el comandante Moreno Barbazán (que sería nombrado director del centro tras el fusilamiento del coronel González Deleito), y el civil estaba compuesto por un conjunto de empleados civiles: pintores, cocineros, mecánicos, etc. Ambos Comités, junto al Comité del pueblo de Carabanchel Alto, compuesto por militantes de la CNT, fueron los que invadieron el hospital en los últimos días del mes de julio y los que detuvieron y asesinaron al General López Ochoa.
https://elcorreodeespana.com/historia/659931596/Memoria-Historica-Julio Merino
Dadas estas circunstancias, tanto por parte del abogado defensor del general (intercediendo ante el magistrado juez), como por parte del coronel González Deleito, director del Hospital, haciéndolo ante el ministro de la Guerra (el general Castelló), se solicitó algún tipo de medida para proteger a López Ochoa. Por parte del juez, se denegó la petición de prisión atenuada para el general efectuada por el abogado, y por parte del sucesor en el Ministerio de la Guerra del general Castelló (el teniente coronel Hernández Saravia), se prolongó la situación sin tomar ninguna medida. Estas decisiones denegadas o dilatadas en el tiempo provocaron el desenlace final.
Debemos recordar que el general López Ochoa estaba encarcelado, simplemente por haber sido el jefe operativo de las fuerzas enviadas por el Gobierno de la República para frenar la rebelión de Asturias, y que no había tenido nada que ver con la sublevación militar que en aquel momento estaba en marcha.
Con una situación cada vez más peligrosa no solo para el general López Ochoa sino para los demás militares ingresados, el director del hospital, el coronel González Deleito, ideó una estratagema para conseguir sacar a López Ochoa del hospital. Para ello se amortajó completamente al general, intentando hacerlo pasar por un fallecido trasladado al depósito de cadáveres del centro, y desde allí, mediante una ambulancia, lograr sacarlo definitivamente de aquella ratonera en que se había convertido el Hospital Militar. El plan fue descubierto y le costó la vida al coronel González Deleito, que fue fusilado de inmediato por el Comité de Milicias de Carabanchel Alto, y sustituido por el comandante Moreno Barbazán, partidario del Frente Popular.
Solo unos días después, miembros del Comité Revolucionario irrumpieron en la habitación del general López Ochoa, y en pijama sin permitirle vestir su ropa, lo sacaron del hospital entre el jolgorio de un considerable gentío y lo llevaron hacia el oeste, por el descampado que bordeaba la vía del tren de los Ingenieros, rodeados por una muchedumbre, tal vez espantada, tal vez sedienta de sangre. La primera idea era fusilarlo allí mismo, pero los asesinos discutieron el asunto entre ellos y decidieron seguir hasta el cerro de Almodóvar, parece existir un vínculo geológico-cósmico-verbal entre el izquierdismo español y sus iconos referenciales una elevación del terreno de donde se sacaba arena para la construcción, posteriormente arrasado y urbanizado. Fue en la subida al cerro cuando López Ochoa se volvió hacia los milicianos, se encaró con ellos y les dijo: «¡Podéis tirar cuando os venga en gana!». Los disparos, simultáneos, acribillaron su cuerpo levantándolo del del suelo. Todo el mundo miraba en silencio.
Uno de los asesinos pidió una navaja, que fue proporcionada por uno de los enfermeros del Gómez Ulla: una navaja grande, con la que le cortaron la cabeza, que luego clavaron en la bayoneta del fusil de un miliciano. Con ella en alto, a modo de bárbara demostración de venganza, bajaron por la Carretera del Hospital hacia General Ricardos y la fueron exhibiendo en procesión por Carabanchel, llegando hasta la Plaza Mayor, donde la Guardia de Asalto terminó con el ritual sangriento. La navaja fue devuelta al enfermero, que pasó años, al menos hasta el final de la guerra, mostrándola y alardeando de su contribución al crimen. https://www.libertaddigital.com/opinion/historia/la-muerte-del-general-lopez-de-ochoa-1276237487.html
Pocos días después, el Diario oficial de la República publicaba las cesantías en el ejército decretadas por el ministro de la Guerra:
“El general López Ochoa Causará baja definitiva en el Ejército, con pérdida de empleo, prerrogativas, sueldos, gratificaciones, pensiones, honorarios, condecoraciones y demás que le corresponda”.
