“Felipe Sandoval era un hombrezuelo seco, amojamado, con los ojos negros muy hundidos en las cuencas amoratadas, el pelo ralo y ceniciento aplastado sobre la frente, unas cuerdas muy tirantes en el cuello delgado que sostenía difícilmente la cabezota y un tórax hundido de tuberculoso”.
-Manuel Chaves Nogales-
Cualquier narración sobre los criminales sucesos de la cárcel Modelo de Madrid, sigue el esquema explicativo habitual de la propaganda izquierdista. Es decir, suele llevar implícita una velada justificación, intentando atenuar su naturaleza criminal. El procedimiento discursivo siempre es el mismo, sea una simple crónica periodística o un ensayo histórico de los numerosos historiadores profesionales que ejercen de activistas de la izquierda, induciendo opiniones y juicios de los lectores incautos.
Siempre existe una justa indignación popular que motiva las acciones criminales, una indignación basada en la feroz represión de las tropas franquistas sublevadas a medida que prosiguen su avance imparable, que desencadena la ira de las masas y por tanto el descontrol de los acontecimientos. Esa es la consigna historiográfica, una suerte de acción reacción, donde el primer agresor es siempre el bando sublevado, que con su criminal comportamiento provoca primero la justa cólera revolucionaria, y luego el desbocamiento incontrolado del que surgen unos “lamentables acontecimientos”. Para ello los sucesos atribuidos al bando nacional son exagerados, cuando no inventados directamente, sirviendo como coartada de un comportamiento intrínsecamente criminal para el que en realidad no existe justificación alguna.
No considero necesario rebatir semejante procedimiento puramente propagandístico. Ni las fanatizadas masas frentepopulistas pueden considerarse “el pueblo”, ni el Gobierno republicano era ignorante de la situación existente, ni cualquier persona con dos dedos de frente ocupando posiciones de responsabilidad política podía abstraerse de sus responsabilidades, salvo que todos ellos fuesen cómplices por acción o por omisión.
Crea el lector lo que quiera, pero la exposición cruda de los hechos basta para sacar conclusiones alejadas de la burda consigna desparramada por la propaganda para consumo de fieles siervos de la verdad izquierdista.
La cárcel Modelo se encontraba situada en el barrio madrileño de Argüelles. La estructura interna estaba formada por cinco galerías situadas en forma de estrella alrededor de un patio central; todas ellas constaban de una planta inferior, cuatro superiores y el patio central. En agosto de 1936, en la primera galería se encontraban los presos militares; en la segunda y en la tercera se encontraban los presos de significación derechista; en la cuarta se encontraban los delincuentes comunes; en la quinta se encontraban los detenidos en aplicación de la ley de vagos y maleantes y los condenados por delitos de sangre.
Tras el comienzo de la guerra se produjeron numerosas detenciones, y para el 21 de julio, cuatro días después del comienzo de la sublevación militar, más de 1000 personas en Madrid habían sido puestas bajo custodia policial. Unas semanas después, el 9 de agosto, unos 1800 prisioneros calificados de “fascistas” se encontraban encarcelados en la prisión Modelo, puros prisioneros políticos, personas que simplemente no eran partidarias del Frente Popular, habiendo discrepado públicamente de sus decisiones políticas. Las celdas, diseñadas para acoger a un solo preso, en agosto de 1936 estaban ocupadas por hasta cinco personas.
En cada establecimiento penitenciario se constituyó un Comité con representantes de todos los partidos políticos y entidades sindicales del Frente Popular, y el orden en el interior de las prisiones quedó encomendado a los milicianos. La influencia política en el régimen de las prisiones fue tan acusada que —a pesar de que oficialmente seguían dependiendo del Gobierno y en cada una de ellas había un director y otros funcionarios designados por el Ministerio de Justicia— eran utilizadas para alojar detenidos que quedaban a disposición de entidades políticas (partidos y sindicatos) que legalmente carecían de atribuciones para ello. En otros casos, tales entidades se atribuían facultades sobre detenidos por la Dirección General de Seguridad y que estaban oficialmente a disposición de la misma.
Sin embargo, la cárcel Modelo mantuvo a la administración carcelaria de preguerra, con Anastasio Martínez Nieto como director y Tomás de Miguel Frutos como subdirector. Y a diferencia de lo que ocurría en otras cárceles de Madrid, la Modelo seguía estando bajo control de los funcionarios de prisiones y la Guardia de Asalto.
Esta característica fue la que motivó que algunos de los ocupantes de las celdas de la Modelo, lo fuesen por su propia voluntad al considerarla un lugar relativamente seguro y a salvo de la caótica situación que el terror izquierdista había desencadenado en el Madrid republicano, donde cualquier tropelía era posible y ninguna persona estaba a salvo ni en su propio domicilio, ante la tenebrosa actividad de las diversas brigadas milicianas que habían convertido la capital de España en una especie de coto de caza al hombre, donde la víctima acababa invariablemente torturado en las “checas”, las “cárceles del pueblo” o con una bala en la cabeza en cualquier tapia de las afueras.
Así pues, algunos contrincantes políticos del Frente Popular optaron por presentarse voluntariamente ante las autoridades solicitando el ingreso en prisión para acogerse al control del Estado, como medida de autoprotección. ¡Algo inaudito en cualquier país civilizado! Y desde luego un gran error que les introducirá directamente en la boca del lobo.
Personajes como Melquíades Álvarez, republicano, ex-presidente de las Cortes, fundador del Partido Reformista, y mentor político del propio Azaña. Manuel Rico Abello, ex-ministro de Gobernación y Hacienda con la propia República solo unos años antes. José Martínez de Velasco, también ex-ministro republicano en las carteras de Industria, Comercio, Agricultura y Asuntos Exteriores. José María de Albiñana, médico, escritor y fundador del Partido Nacionalista Español. Julio Ruiz de Alda, uno de los tripulantes del Plus Ultra, el primer avión en efectuar la ruta aérea sobre el Atlántico sur entre España y Argentina, la mayor gesta de la historia de la aviación española. O Fernando Primo de Rivera, hermano de José Antonio, el líder de la Falange, son solo algunos de los cientos de prisioneros que por cualquier intrascendente motivo amparado en la acusación genérica de “ser partidarios de la sublevación militar”, se encontraban encarcelados en aquel tiempo de ignominia social.
En cierta medida, en todos ellos existía una cierta confianza hacia la supuesta protección que el Estado y sus tribunales de justicia podrían proporcionarles. ¡Pobres ilusos! Todos ellos serían asesinados con la complicidad de unos y de otros. Hoy en día cuesta discernir qué es más vomitivo, si el acto criminal en sí o la insidiosa justificación de los hechos cuando no su ocultación total.
Los sicarios de la Memoria Histórica, en un desesperado intento autoexculpatorio, buscan “explicar”, “comprender” o directamente justificar lo ocurrido en la indignación consecuencia de los aún rudimentarios e ineficaces bombardeos sobre los aeródromos militares de Madrid y sobre la ciudad misma, o por la supuesta matanza de Badajoz, como si la lógica bélica del frente de batalla pudiese explicar el frío asesinato indiscriminado de inocentes en la retaguardia por una chusma miliciana, cruel, vengativa, sedienta de sangre y dirigida por un vulgar asesino como Felipe Sandoval Cabrerizo.
Es difícil encontrar en la historia moderna de la humanidad un suceso perpetrado bajo el mando de un sujeto más siniestro, contando además con la carta blanca de un Gobierno cuyo cobarde cinismo hace todavía más culpable su inacción.
Felipe Sandoval, alias Doctor Muñiz, era un simple delincuente común con amplia experiencia carcelaria, que pronto encontró en las ideas anarquistas la horma de su zapato. Hombre de acción e integrante del grupo de pistoleros de García Oliver y Durruti, Los Solidarios, enseguida destacó apretando el gatillo y cobijando sus actos criminales bajo el amparo del discurso anarquista y su fanática liberación de la humanidad. Nada nuevo bajo el sol de la tan repetida justificación de los hechos ante la supuesta bondad del fin.
El periodista Manuel Chaves Nogales lo retrata con precisión: “Felipe era un anarquista de toda la vida, a ratos ladrón y a ratos apóstol de la Idea por mesones aldeanos y patios de presidio. Era un hombrezuelo seco, amojamado, con los ojos negros muy hundidos en las cuencas amoratadas, el pelo ralo y ceniciento aplastado sobre la frente, unas cuerdas muy tirantes en el cuello delgado que sostenía difícilmente la cabezota y un tórax hundido de tuberculoso”.
Robos, atracos, asesinatos y cárcel, constituyeron su actividad vital durante los años previos a la Guerra Civil. Su fuga de la cárcel de Colmenar Viejo le pertrechó de un bagaje de prestigio entre el hampa nacional y de popularidad pública, acaparando portadas de periódicos con sus fechorías. Aunque para la revista Nuevo Mundo no era más que «un truhan que no sabe de ideas. Solo de estafas y del regusto ácido de la mala vida».
En julio de 1936, Sandoval cumplía condena de prisión por robo a mano armada. Con el comienzo de la Guerra Civil, el Frente Popular lo puso en libertad, y en poco tiempo el perseguido por la justicia, el maleante profesional, ya afiliado a la CNT junto con muchos otros miembros del sindicato anarquista, pasó a formar parte de las milicias que operaban en la checa de Fomento, oficialmente llamada Comité Provincial de Investigación Pública de Madrid, (CPIP) cuya función era unificar y controlar la represión contra los sublevados. Más tarde se convirtió en el jefe máximo de la checa anarquista del Cinema Europa, en el barrio de Cuatro Caminos. El antiguo malhechor se convirtió en jefe de la policía paralela del Frente Popular y en sumo sacerdote de la justicia revolucionaria republicana. Así estaban las cosas.
Desde el poder casi omnímodo que le otorgaba su autoridad en la checa, Sandoval hacía y deshacía a su antojo. Dueño de la vida y de la muerte de los infelices que caían en sus manos, se aplicó con dedicación a impartir su particular voluntad, convirtiéndose en responsable de cientos de asesinatos en los alrededores de Madrid, interviniendo personalmente en algunos de ellos, y al mismo tiempo llenándose los bolsillos con los bienes de las víctimas de sus crímenes.
El 22 de agosto de 1936, Felipe Sandoval llegó a la cárcel Modelo de Madrid acompañado de su banda de forajidos, dispuesto a hacer efectiva la justicia revolucionaria mediante la eliminación física de cualquier persona disidente o simplemente reacia a asumir la verdad del pueblo… Y en la cárcel Modelo de Madrid existían muchas personas con esas características.
Las justificaciones de la propaganda izquierdista posterior, en su sempiterno ejercicio de confusión, intentan esconder el bosque entre los árboles, embarrando el campo con los detalles, como el abogado del criminal que obstaculiza la investigación mediante tecnicismos legales.
Para ello aluden a rumores de que los presos derechistas de la cárcel Modelo planeaban fugarse, basándose en que algunos periódicos de la zona republicana, como Claridad, *Portavoz del ala más izquierdista del socialismo español, dirigido por Luis de Araquistáin y fiel seguidor de la línea “caballerista” se hicieron eco de un hipotético plan de fuga de los detenidos derechistas, y denunciaron los supuestos privilegios de los que disponían muchos presos políticos. También criticaron el papel de algunos guardas de prisión, a los que se acusó de complicidad con los presos. Y ciertamente, tras la publicación del artículo de Claridad, algunos de los guardias desaparecieron y otros fueron retirados de la prisión y posteriormente detenidos como sospechosos, evidentemente con la autorización del propio Gobierno.
En cualquier caso, todo esto atrajo la atención del Comité Provincial de Investigación Pública (CPIP), que el 21 de agosto decidió enviar oficialmente un grupo a la prisión para realizar registros y comprobar la veracidad de los rumores. En realidad, la decisión tomada era otra. Para ello contaron con la autorización del director general de Seguridad, Manuel Muñoz Martínez.
Los milicianos del Comité de Investigación Pública eran mandados por Felipe Sandoval y Santiago Aliques Bermúdez, su lugarteniente y personaje de similar catadura. Un delincuente común con un largo historial de delitos, condenado en 1925 a ocho años de cárcel y liberado como muchos otros criminales al comienzo de la República.
Al poco tiempo de la entrada de Sandoval y sus hombres en la cárcel, se produjo un incendio en la leñera de la prisión, un suceso aún hoy en día no aclarado, y según muchas versiones efectuado por los presos comunes buscando provocar su liberación inmediata, pero que sirve para dispersar la atención sobre lo que realmente allí pasó, justificando en el desorden producido la supuesta represión sobre los presos derechistas que fueron considerados culpables.
Ante los sucesos que estaban teniendo lugar en la Modelo, algunas autoridades republicanas, como el ministro de la Gobernación, el general Sebastián Pozas; el director general de Seguridad, Manuel Muñoz Martínez, y el director general de Prisiones, Pedro Villar Gómez, se trasladaron hasta el lugar. Cuando llegaron, se encontraron con que la multitud allí concentrada exigía a gritos la liberación de los presos comunes y amenazaba con entrar violentamente en la cárcel para linchar a los derechistas detenidos. Tras una breve conversación con Sandoval abandonaron el lugar por donde habían venido dejando a este con las manos libres para imponer su voluntad.
Es decir, las autoridades de la República se lavaban las manos y dejaban el camino libre en la principal prisión del Estado objeto de su propia responsabilidad, a una cuadrilla de rufianes dirigida por un delincuente profesional, que de ese modo pasaban a convertirse en dueños de la vida y la muerte en un país supuestamente civilizado.
Y lo primero que hizo Sandoval fue disponer la liberación de unos 200 presos comunes sin ninguna aprobación de las autoridades correspondientes. Y lo segundo fue ordenar a sus hombres efectuar una selección de los detenidos más destacados, echando mano de los registros y de las fichas personales archivadas en las oficinas de la prisión. Pásmese el lector. El antiguo delincuente, perseguido por las fuerzas de seguridad del Estado, el enemigo público número uno, ahora convertido en el amo de la situación, en el dueño de la cárcel más importante del país, en plena capital de España. En eso había quedado convertida la República. Un régimen incapaz de controlar a las turbas asesinas, o más bien partícipe de su criminal acción mediante su hipócrita permisividad mirando hacia otro lado.
Mientras tanto, los funcionarios de la prisión que seguían en sus puestos tuvieron que asistir con impotencia a aquella vulneración de los más elementales principios de legalidad gubernativa, viendo cómo los milicianos revisaban los historiales de los prisioneros sin poder hacer nada por evitarlo.
Una vez efectuada la selección de los candidatos para ofrecer su cráneo a las balas, Sandoval decidió la formación de un “tribunal revolucionario popular”, que los juzgaría de forma sumaria ese mismo día en el interior de la prisión. Para ello, los sótanos de la cárcel, aquella noche del 22 al 23 de julio, fueron viendo desfilar entre sus gruesos muros a un considerable número de miembros destacados de la política española que la buena nueva del Frente Popular había decidido eliminar de raíz para evitar molestas interferencias en el radiante porvenir de la nación.
Felipe Sandoval y sus hombres del Comité Provincial de Investigación Pública serían los brazos homicidas de aquella política de eliminación física del disidente, pero las autoridades de la República jamás podrán evadir su desvergonzada culpabilidad.
En una grotesca farsa de tribunal, los ya mencionados Melquíades Álvarez, Manuel Rico Abello, José Martínez de Velasco, José María de Albiñana, Julio Ruiz de Alda y Fernando Primo de Rivera, fueron uno por uno condenados y asesinados hasta que se hizo de día, acompañados de otros personajes relevantes de la política nacional como: Ramón Álvarez Valdés, ex-ministro de Justicia; Elviro Ordiales Oroz, ex-director general de prisiones en 1934; los diputados cedistas Tomás Salort y Rafael Esparza; el monárquico Francisco Javier Jiménez de la Puente; Santiago Martín Báguenas, antiguo comisario de Investigación; Oswaldo Fernández Capaz, general del ejército y colonizador de Ifni durante la República; Rafael Villegas Montesinos, general del ejército; Enrique Matorras Páez, exmilitante comunista de veintitrés años, ideología a la que criticó publicando el libro El comunismo en España, o Ignacio Jiménez Martínez de Velasco.
El Gobierno del Frente Popular tuvo conocimiento exacto de los sucesos de la Cárcel Modelo por la presencia personal en las afueras de la cárcel aquel mismo día del ministro de la Gobernación, del director general de Seguridad, y del director general de Prisiones. Los ínclitos personajes, como ya se ha comentado, amilanados por el gentío que allí se había acumulado se marcharon con la dignidad del Gobierno semejando la de un perro con el rabo entre las piernas. Por tanto, pudo evitarlos imponiendo su autoridad y tomando cartas en el asunto de forma decidida, pero no lo hizo, dejando llevar a cabo a Sandoval y los suyos su actividad asesina.
A primeras horas de la mañana del 23 de agosto, la embajada británica en Madrid envió al Gobierno de Londres un informe donde se detallaba lo que había ocurrido. Cuando la noticia apareció en la prensa y se conoció fuera de Madrid, se originó un escándalo. El cuerpo diplomático extranjero exigió al presidente Giral que cesaran estas ejecuciones extrajudiciales, o de lo contrario los embajadores se retirarían de la capital.
Es muy significativa la anécdota de aquellas fechas, sucedida durante una recepción al cuerpo diplomático y relatada por Pablo de Azcárate, embajador español en Londres, en su libro de memorias: Mi embajada en Londres durante la Guerra Civil española.
“Al oír que se trataba del embajador de España, rojo de ira y sin estrechar la mano que yo instintivamente le tendía, Churchill declaró que no quería tener relación alguna conmigo y se alejó murmurando entre dientes: ´blood, blood… (sangre, sangre…)”. Mi embajada en Londres durante la Guerra Civil española. Pablo de Azcárate. ARIEL – 9788434400313.
En nota que publicó la prensa diaria, el periódico El Liberal, incautado por las milicias obreras el 27 de agosto, dedicó encendidos elogios a los milicianos asesinos y los felicitó “por su disciplina y valor probado”. El Liberal, 27 de agosto de 1936.
Después de estos sucesos, se constituyó en la Cárcel Modelo un Comité de Control con representantes de todos los partidos políticos y entidades sindicales del Frente Popular, y se encomendó la guardia interior de la cárcel a las milicias.
Hasta el 25 de agosto se mantuvo esta organización sin intervención alguna de funcionarios del Cuerpo de Prisiones en el régimen interior del establecimiento. En esta fecha se autorizó la vuelta al servicio de los funcionarios, subordinándolos en todo al criterio de los milicianos, y estos mismos funcionarios pudieron observar todavía las manchas de sangre que en los sótanos del edificio habían dejado los asesinatos cometidos solo unos días antes.
El régimen del Comité de Control de Milicianos para el servicio de vigilancia interior de la cárcel se mantuvo hasta la evacuación completa de la prisión, el 16 de noviembre de 1936; este sistema facilitó las sacas de presos destinados a ser asesinados, que al principio de una manera individual y más tarde en expediciones numerosas, fueron realizadas hasta la clausura del centro penitenciario.
Felipe Sandoval Cabrerizo, “Doctor Muñiz”, fue capturado por las fuerzas nacionales al acabar la guerra cuando intentaba huir de España. En los interrogatorios delató a todos los antiguos compañeros que pudo, buscando salvar el pellejo. Fue juzgado y condenado a pena de muerte. Antes de que se hiciese efectiva, saltó desde la ventana de la comisaría donde estaba detenido falleciendo en el acto.
Por sus delaciones se pudo conocer el nombre y las funciones de muchos de sus colaboradores en la checa anarquista del Cinema Europa, en la calle Bravo Murillo, probablemente la más sanguinaria de Madrid.
Nombres como el de Santiago Aliques Bermúdez, su lugarteniente, que formó el grupo de defensa de la checa y al que se le atribuyen cientos de asesinatos de hombres y mujeres, así como participación en la saca de la cárcel de Ventas, que terminó con los asesinatos del cementerio de Aravaca.
Sandoval señaló también a los hermanos Brígido, Gregorio y Juan Gómez Barba como los que le acompañaron en el asesinato de un matrimonio del barrio de Retiro efectuado en la carretera de Fuencarral, y a Antonio Prieto Blázquez, que junto al propio Sandoval asesinó en un hotelito de Ciudad Lineal al bibliotecario Florián Ruiz Egea.
Junto a los arriba citados, a continuación se expone una relación de otros nombre proporcionados por Sandoval: Pablo González Cubillo, de la CNT, que asaltó la cárcel Modelo; Félix González Díez, que también fue miembro del comité de Fuencarral; Juan Gutiérrez Villegas, acusado de llevar a los detenidos a la checa; Antonio Martínez Rojas, carpintero asaltante de la Modelo; Enrique Merino del Ojo, chófer, acusado de asesinar al obispo de Sigüenza; Isaac Sánchez Guimaray, albañil, que formaba parte de los piquetes de ejecución; Pedro Sanz Labanda, contable de la checa; Antonio y Narciso Segura Germán, que participaron en los asesinatos del Cuartel de la Montaña; Higinio Viela Lafuente; Cristóbal Villar Galán, mozo de tren; Saturnino Andrés Alba; Ramón Ayuso García, miembro de los grupos de ejecución; Máximo Belloso Barbado, asaltante de la Cárcel Modelo; Miguel Cantalapiedra Martín, y Alberto Chenel de la Cal. https://www.abc.es/espana/madrid/abci-335-chequistas-carmena-incluira-memorial-cementerio-almudena-201802200147_noticia.html
Todos estos nombres estaban vinculados a labores organizativas y ejecutivas en la checa del Cinema Europa. Y todos estos individuos fueron detenidos al finalizar la guerra, juzgados, condenados a muerte y fusilados.
En 2018, el ejecutivo municipal de Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid apoyada en las fuerzas de izquierda que la sostenían en el Ayuntamiento, decidió la construcción de un monumento memorial en el cementerio de La Almudena que recordase a las víctimas fusiladas por el franquismo. El monumento constaba de una gran pared en la que se colocarían unas placas con los nombres de los represaliados que los “investigadores” de la memoria histórica habían recopilado, para honrar su memoria. Con la llegada del nuevo Gobierno municipal se retiraron las placas con los nombres.
Los nombres de todos los miembros de la checa del Cinema Europa, citados anteriormente, estaban en esas placas de homenaje.
