“Más vale matar a cien inocentes que dejar escapar a un solo culpable”.
-Dolores Ibárruri-
La checa fue el término con el que se designó a la sanguinaria policía soviética creada tras la Revolución de Octubre. El nombre procedía de la primera policía política creada en Rusia en el año 1917. CHEKA es la sigla rusa de “Comisión Extraordinaria Panrusa para la supresión de la contrarrevolución y del sabotaje”, precursora de la NKVD y del KGB.
En la República española, las checas fueron cárceles privadas de los partidos, organizaciones y sindicatos de izquierda. Habilitadas en cines, iglesias, establecimientos públicos, domicilios particulares, sótanos y en general cualquier lugar apropiado para sus fines represivos (que eran incautados sin ningún miramiento y convertidos en cárceles del pueblo), en ellas se torturaba y se asesinaba, bien dentro de la propia checa o bien fuera de ella y al margen de cualquier consideración legal, a cualquier persona considerada simpatizante del bando nacional, o simplemente poco entusiasta con la República o el Frente Popular. Javier Paredes. Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá.
La famosa frase pronunciada por Dolores Ibárruri, la Pasionaria, en un mitin en Valencia, podría ser su lema de acción: “Más vale matar a cien inocentes que dejar escapar a un solo culpable”.
Se trataba de centros facultados para realizar detenciones, requisas y ejecuciones efectuadas por las milicias armadas de los diversos partidos. Teóricamente, su función era la de proteger la retaguardia republicana de los supuestos espías del bando sublevado, que conspirarían en la sombra para acabar con la República. Los destinatarios de la represión eran los llamados “quintacolumnistas”, personas desafectas con el régimen republicano que actuaban en la clandestinidad al servicio de los sublevados, aunque su supuesta actividad de espionaje y sabotaje era prácticamente nula. En realidad, eran personas que simplemente buscaban ponerse a salvo de la persecución política desatada por los partidos de izquierda, intentando pasarse al bando nacional, acceder al refugio de las embajadas extranjeras o simplemente ocultarse lo mejor posible para evitar su asesinato.
Además, el absoluto descontrol con el que actuaban los milicianos y la total ausencia de garantías para los detenidos, hizo que la inmensa mayoría de las personas se convirtieran en víctimas potenciales de los sabuesos de las checas por los más diversos motivos: pertenecer a una determinada clase social, tener ideas políticas conservadoras o liberales, profesar la fe católica, haber sido denunciado por una rencilla personal, acudir a la checa a protestar por la detención de un familiar o amigo, o disponer de bienes que pudieran ser incautados.
La Dirección General de Seguridad del Gobierno republicano dejó la purga de los rivales políticos en manos de los partidos y sindicatos del Frente Popular, lavándose cínicamente las manos de los crímenes cometidos. En aquellos primeros meses de la Guerra Civil se produjo la primera fase de la revolución: la liquidación del enemigo. Las checas contaban con la documentación electoral de las autoridades, lo que fue muy útil para una represión masiva, ya que 220.000 personas votaron al Frente Popular y 180.000 a la derecha. Las detenciones realizadas por los miembros de las checas, en muchos casos, se consumaban mediante la utilización de los archivos del Ministerio de Gobernación que se hallaban en el fichero de Matices Políticos o Control de Nóminas en la Dirección General de Seguridad.
Su actividad en Madrid comenzó en julio de 1936, y en muchos casos se prolongó hasta noviembre de ese mismo año, continuando algunas de ellas su funcionamiento bajo otras formas. En esos meses, más de 1.000 chequistas sembraron el terror en Madrid y asesinaron a cerca de 3.000 personas, si bien nunca será posible saber el número exacto de víctimas de las checas, puesto que muchos de los detenidos eran sacados de sus domicilios y asesinados sin que los familiares pudieran saber cuál de las múltiples organizaciones frentepopulistas había participado en los hechos, ni qué había sido de ellos. Al llevarse un detenido, sus familiares se entregaban a una frenética y desesperada búsqueda y cuando no aparecía acababan por tener que consultar el macabro fichero que, para el mantenimiento de todas las formalidades jurídicas, se hallaba en la Dirección General de Seguridad con las fotografías numeradas, de frente y de perfil, de todos los cadáveres aparecidos con signos de violencia. Si había sido «paseado», su fotografía, normalmente espeluznante, estaría allí. Violencia en el Madrid de la Guerra Civil: Los “paseos” (julio a diciembre de 1936) Javier Cervera Gil. Universidad Complutense de Madrid.
Recientes estudios elaborados por un grupo de historiadores de la Universidad del CEU, presentados en 2.000 páginas de una investigación financiada por el Ministerio de la Presidencia, establecen el número de checas de Madrid en 345. De las 345 checas, los socialistas regentaban en exclusiva 49. Los anarquistas y los comunistas tenían el control de 90 y 89 checas respectivamente. Además, había otras 73 checas vinculadas a unidades concretas de las milicias y del Ejército Popular, en las que también tenían su cuota de dominio los socialistas junto con anarquistas y comunistas. Y lo mismo ocurría en los otros 44 restantes, donde se juntaban los integrantes de los distintos grupos de izquierdas bajo el paraguas de denominaciones menos conocidas que los partidos políticos. https://iehistoricos.ceu.es/investigacion/proyectos/checas-de-madrid/
Los milicianos o agentes al servicio de las checas solían actuar a instancias de denuncias anónimas, muchas veces procedentes de sirvientes, deudores o enemigos de los denunciados, y solían practicar las detenciones al anochecer. La víctima era detenida, la mayoría de las veces en su domicilio, aunque también podía serlo en su lugar de trabajo o en la calle, por un grupo de individuos cuyo número solía oscilar entre dos y diez, que en la mayoría de las ocasiones no presentaban ningún tipo de documentación oficial que acreditase su personalidad, y bien se identificaban verbalmente o mostraban algún tipo de carnet o placa con apariencia oficial. Se atribuían la condición de agentes de vigilancia, policías, o simples milicianos de alguna formación política, sindical o de retaguardia, auto investidos de autoridad policial. La detención solía ir acompañada de un registro domiciliario que conllevaba la incautación de los bienes de valor del sospechoso. En ocasiones, procedían al asesinato del detenido sin más trámite, pero lo usual era conducirlo a la checa para que prestara declaración. Allí, en un ambiente hostil, sin garantías procesales de ningún tipo y en escaso lapso de tiempo, el ciudadano era interrogado sobre cuestiones diversas que, sin saberlo, podrían conllevar su ejecución.
Felix Schleyer, cónsul de Noruega en Madrid, hace una somera descripción del ambiente de la famosa checa de Fomento, que visitó acompañado del delegado del Comité Internacional de la Cruz Roja, Georges Henny, intentando localizar y liberar a un miembro del servicio doméstico de la embajada de Japón, y cuya vida lógicamente peligraba como la de cualquier otro que se encontrase en aquella situación. El propio Schlayer comenta en su libro de memorias, Embajador en el Madrid rojo: “El ministro del Japón había dirigido al Gobierno varias reclamaciones por telégrafo sin fruto alguno. Se dirigieron a mí con el ruego de que lo sacara y yo me decidí a agarrar el toro por los cuernos y contemplar personalmente semejante antro.
Cuando llegamos allí, nuestro coche produjo enorme sensación entre el personal de guardia de la puerta. No daban crédito a sus ojos, no concebían la posibilidad de ver un auto del Cuerpo Diplomático aparcado donde solamente lo hacían los destinados a “dar los paseos”. Dentro estaban las estancias, descuidadas, llenas de milicianos que corrían de un lado para otro y cuyo aspecto patibulario no inspiraba confianza alguna. La atmósfera estaba a tono; el terror en cierto modo estaba en el aire, y el miedo a la muerte que habían experimentado innumerables víctimas continuaba “palpándose” y cortando el aliento”.
“(…) los calabozos eran muy húmedos y oscuros, y en ellos se encontraban hacinadas numerosas personas sin distinción de sexos, y todas ellas daban muestras de indecible terror cada vez que los guardianes abrían las puertas”.
El cónsul comenta que allí los presos conseguían mantener un aspecto de relativa limpieza, debido a la presteza con que se les sentenciaba y ejecutaba.
Determinadas checas utilizaron distintos métodos de tortura para obtener mejores resultados en esta labor de interrogatorio. Algunas de las celdas del lugar de detención estaban pintadas con líneas, cuadros blancos y negros, lunares de colores o espirales de aspecto psicodélico, o decoradas con motivos geométricos que creaban ilusiones ópticas simulando movimiento. También se seleccionaban especialmente los colores para producir inquietud en el recluso, con el objeto de conseguir un entorno desquiciante que rompiese los nervios de la víctima. Visto desde hoy puede parecer pueril, pero entonces se pensaba que aquellas imágenes podrían causar delirios, ofuscación o desubicación espaciotemporal, y eso permitiría doblegar más fácilmente la voluntad del detenido. Además, algunas celdas consistían en pequeños cubículos alquitranados para que se recalentaran con el calor del sol. Otras disponían unos ladrillos pegados de canto en el suelo, que no permitían sentarse o caminar por ella al detenido. Las superficies que podrían servir como cama o silla estaban inclinadas, de modo que no se podía estar tumbado, ni sentado, ni de pie, lo que convertía la simple estancia en una constante tortura.
https://www.elmundo.es/cronica/2018/02/16/5a8098abca4741de238b460c.html
La absoluta falta de garantías del sistema propició que proliferaran checas de todo tipo, formadas por meros delincuentes que, utilizando los mismos procedimientos, se enriquecían asesinando a personas inocentes. Delante iba el automóvil con el piquete de ejecución y detrás el camión que se encargaría de la requisa de los bienes de la persona asesinada.
Una de las piezas más cotizadas por los chequistas eran los archivos de las agrupaciones religiosas, donde figuraban los datos personales de sus componentes. Eso es lo que le sucedió en Madrid con la Asociación de la Virgen de la Milagrosa, cuya lista de congregantes fue robada por el Círculo Socialista del Norte. Con esa información, los socialistas asesinaron a cuantos encontraron de dicha asociación.
Otra manera para localizar a sus víctimas fue la utilizada en la checa del Palacio de Eleta, ubicada en la calle Fuencarral número 103. El control de esta checa estaba en manos de la Agrupación Socialista Madrileña y recibía el nombre de Comisión de Información Electoral Permanente (CIEP). Esta agrupación había sido la encargada del estudio del censo de los periodos electorales anteriores, y por lo tanto tenía dibujado en gran medida el mapa ideológico de los madrileños, y a partir de ahí para los milicianos chequistas la detención de los ciudadanos denominados desafectos, era como pescar en una bañera. Javier Paredes. Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá.
También gran parte de los porteros de los inmuebles acomodados eran utilizados como informantes al servicio de las checas, con la obligación de reportar ante estas quiénes eran los residentes fascistas o de derechas que vivían en la casa, con qué amistades se relacionaban, qué tipo de actividades o qué tipo de comentarios efectuaban, de tal manera que cualquier simple palabra equivocada o pronunciada a destiempo podría representar una visita en la madrugada de aquellos milicianos brutales, amenazantes y analfabetos, como paso previo a una muerte solitaria. Existía, por tanto, una amplia red de delatores que actuaba como una tela de araña dispuesta para atrapar a su presa. En el Madrid revolucionario, que había prescindido de la corbata y el sombrero, cualquier aspecto de burgués podía conducir a una checa.
Es el caso de Wenceslao Fernández Flórez, como refleja en su novela El terror rojo, un texto en el que narra la peripecia vivida en el Madrid revolucionario, y cómo se escondió y logró huir de una ciudad cercada en la que las fuerzas milicianas lo buscaban con la más que probable intención de matarlo. Dañado por la experiencia de la guerra, por los asesinatos de gente inocente en sus propias casas, con un tiro en la nuca en la escalera del inmueble, atenazados todos los vecinos por un miedo cerval en donde nadie salía a defender a la víctima.
Como cuando relata la visita de varias patrullas preguntando por él en el barrio debido a una venganza ridícula, la de una vecina disgustada por una crónica en ABC que no dejaba en buen lugar a su marido, asesor de Azaña. Por unos pocos minutos logró salvar milagrosamente la vida. Iban a matarlo y hubo de esconderse, él mismo dice, como un animal. Luego vino una incesante huida por Madrid, sin rumbo fijo, acogiéndose al refugio de dos embajadas, la argentina y la holandesa. Después consiguió llegar a Valencia y allí embarcar con destino al extranjero. El escritor, un hombre de paz, quedará como muchos otros herido para siempre por el horror vivido. Daba igual que hubiese sido elegido miembro de la Academia de la Lengua durante el régimen republicano, o que hubiese sido nombrado ciudadano de honor de la Segunda República.
Su “delito”, defender sus ideas y ser el brillante cronista parlamentario del periódico ABC. Un diario que sufrió muy especialmente la saña de la izquierda revolucionaria, no solo al ser incautado, sino con el asesinato de casi un centenar de sus trabajadores, como el del subdirector Alfonso Rodríguez Santamaría, o el de algunas firmas como Víctor Pradera o Álvaro Alcalá Galiano. Desde Acotaciones de un oyente, su columna periódica en el ABC, Flórez dirigió ácidas críticas a los dirigentes republicanos como la siguiente:
«En el Parlamento hay una pandilla de forajidos, hartos de matar y robar en la revolución de octubre; nos gobiernan ignorantes audaces, enamorados de sus magníficos automóviles con radio y calefacción; desde arriba y desde abajo se saquea el país: nunca tantas fortunas se improvisaron tan rápida y oscuramente». Tomado de Jesús Laínz. La Gran Venganza. De la memoria histórica al derribo de la monarquía. Ediciones Encuentro. Madrid-2021. ISBN: 9788413390666
La depurada pluma de Fernández Flórez da cuenta de su tragedia personal: “Unos traqueteaban la desnudez de la noche, otros golpeaban lenta y solemnemente; unos parecían tener prisa, otros calma; unos decían claramente ‘tic-tic’, otros casi tosían ‘toc-toc’, con una lentitud asmática. O corrían con pasos de ratoncito por el hilo de las horas o arrastraban su insomnio como pisadas de viejo, por el desván del tiempo, sobre mi cabeza (…) Mi sueño apenas ocupaba el breve intervalo que mediaba entre las descargas musicales, que fusilaban, cada quince minutos, un reposo no muy profundo ni muy tranquilo (…).
Un año entero de mi vida pasado en angustia, en trances tales que ni mi imaginación de novelista los podría haber sospechado alguna vez. El fruto de tanto tiempo de trabajo aniquilado. Mi biblioteca robada y dispersa. Un hatillo de ropa en una maleta, la pluma en el bolsillo del chaleco. Y en el alma el dolor de haber visto tan cerca cuánta maldad encierra la humanidad”.
https://ediciones98.com/index.php/catalogo/wenceslao-fernandez-florez-el-terror-rojo/
También Clara Campoamor documenta en La revolución española vista por una republicana la clamorosa realidad de las ejecuciones extrajudiciales, de los “paseados” durante el Gobierno del Frente Popular en los meses previos al estallido de la guerra. Muchos días, ella misma se acercaba a las praderas del extrarradio para ver cuántos habían caído esa noche. Asesinatos impunes atribuidos a sujetos que estaban ligados a organizaciones afines, y que como ella misma relata también, el Gobierno no se atrevía a perseguir.
Campoamor cuenta cómo llevar sombrero y corbata podía ser entonces motivo suficiente para ser capturado y ejecutado. O salir de misa, o llevar un crucifijo, o ser simplemente un religioso parroquial. El clima de intimidación social que imponían los milicianos armados en los meses finales de la II República era aterrador.
En las checas más institucionalizadas, como el Comité Provincial de Investigación Pública, la famosa y siniestra checa de Fomento, anteriormente denominada checa de Bellas Artes, *Llamada así por estar ubicada en el modernista edificio del Círculo de Bellas Artes, obra del arquitecto gallego Antonio Palacios, autor también del emblemático edificio de Correos, actual sede del Ayuntamiento de Madrid. instaurada por el propio Gobierno, existían tribunales compuestos por miembros de las organizaciones políticas de izquierdas encargados de decidir la suerte de los detenidos. Sus miembros carecían de toda formación jurídica y, en muchas ocasiones y debido a su extracción social, de una mínima formación cultural. El detenido carecía de derecho a la defensa e ignoraba cuáles eran los cargos, los cuales iba intuyendo en función de las preguntas realizadas. El destino del arrestado podía seguir tres caminos: la libertad, la muerte y, en ocasiones, el ingreso en prisión. La condena a muerte era definitiva, inapelable y de inmediata ejecución, sin que la decisión fuera argumentada documentalmente. La víctima era conducida por milicianos a un lugar apartado en lo que se denominaba como “el paseo” por influencia de las películas de gánsteres. Una vez allí, se le asesinaba. https://es.wikipedia.org/wiki/Checa_(Espa%C3%B1a) Se podría delimitar toda una geografía de las zonas de exterminio en el Madrid del Frente Popular. Los comunistas, para asesinar a los detenidos de sus checas, solían elegir la Ciudad Universitaria, la Casa de Campo, la carretera del Pardo y Puerta de Hierro. Los anarquistas solían asesinarlos dentro de la checa, abandonando luego los cadáveres en las tapias de un cementerio o en la cuneta de una carretera. Por su parte, los socialistas de la checa de Marqués de Riscal asesinaban a sus víctimas en la Pradera de San Isidro.
Existían también determinados grupos operativos o de acción, como los Linces de la República o los Libertos de la FAI, que ejercían su actividad represora sin vincularse exclusivamente a una checa. Entre estos últimos, en el Madrid del inicio de la guerra destacaron dos de ellos: la Brigada de Investigación Criminal, dirigida por Agapito García Atadell, uno de los personajes más siniestros de la guerra, y la Brigada del Amanecer, denominada así por la hora en que desarrollaba sus actividades. Estos grupos de asesinos actuaban moviéndose entre diversos centros de detención sin adscribirse a ninguno de ellos. Violencia en el Madrid de la Guerra Civil: Los “paseos” (julio a diciembre de 1936). Javier Cervera Gil. Universidad Complutense de Madrid.
Llegados a este punto, considero conveniente detenernos con más detalle sobre la figura de Agapito García Atadell, el jefe de la llamada Brigada de Investigación Criminal, compuesta por cuarenta y cinco milicianos socialistas, en realidad una banda de asesinos y ladrones. Porque tanto la pomposamente denominada Brigada, como el propio García Atadell, en realidad eran una pieza más de un engranaje articulado y armado desde el Ministerio de Gobernación, que el 14 de agosto les había nombrado agentes de policía, adscritos al Cuerpo de Vigilancia junto con otras decenas de hombres de confianza del Frente Popular que pululaban por todo Madrid con las mismas atribuciones. Es esa cobertura ministerial, pensada para intentar hacerse con el control de la represión, la que otorgará en muchos casos carta de impunidad a los asesinos.
Tanto la actividad de esta “brigada” como la personalidad de su jefe, son paradigmáticas de un comportamiento criminal característico de aquellos días y puede dar una idea más exacta de la naturaleza de las cosas.
Agapito García Atadell nació en Vivero, Lugo. Linotipista de profesión, se trasladó joven a Madrid, donde pronto se introdujo en los círculos izquierdistas de la capital de España afiliándose primero a la UGT y luego a la Agrupación Socialista Madrileña.
No es, desde luego, la de García Atadell la historia de un individuo marginal que por casualidades de la vida se encontró en una situación de poder casi omnímodo. No, el individuo en cuestión era un destacado dirigente del PSOE, con una carrera ascendente dentro del partido y destinado a sus órganos de dirección. No estamos ante un personaje advenedizo y circunstancial, sino ante un miembro importante de la estructura del partido.
Porque, una vez en aquel Madrid de los años veinte, el antiguo tipógrafo ya empezaba a despuntar como un joven audaz y arrogante que consiguió convertirse en asiduo colaborador del semanario Renovación, órgano de la Federación de Juventudes Socialistas de España, donde escribían también personas que luego ocuparían puestos de responsabilidad en la represión en el Madrid revolucionario, como Santiago Carrillo o Segundo Serrano Poncela, de los que hablaremos más adelante. Sus artículos en Renovación son todos de carácter doctrinal contra el capitalismo, el imperialismo, la propiedad privada y sobre la actividad de las Juventudes Socialistas, el partido y el sindicato. Es decir, García Atadell se muestra como un socialista ortodoxo y sin fisuras:
“Estos y aquellos deben ser radicalizados, trastrocando de la mentalidad de algunos de sus componentes los viejos prejuicios demagógicos del liberalismo y la democracia, faramallas ya pasadas de moda y sólo subsistentes para engañar a cuatro incautos que creen posible que por tales procedimientos se puede llegar a la emancipación de la clase trabajadora”. 7 de octubre de 1933 en Renovación. Órgano de las Juventudes Socialistas de España. Tomado de Pedro Corral.
Ya desde el 13 de febrero de 1931, dos meses antes de que se proclamara la Segunda República, existe constancia gráfica y documental en el Heraldo de Madrid de su intervención en un acto organizado por el Comité de las Juventudes Socialistas Madrileñas, en el que García Atadell daría un pequeño discurso junto a otros políticos socialistas de importancia como Wenceslao Carrillo (padre de Santiago Carrillo) y Juan Simeón Vidarte. Lo que demuestra la total vinculación de García Atadell con el PSOE ya desde antes de estallar la guerra.
En esa misma época García Atadell es nombrado, primero secretario, y después presidente de la Asociación del Arte de Imprimir, creada en 1871 por Pablo Iglesias. Se trata de un cargo de gran poder político y simbólico entre la militancia socialista. Precisamente, el 21 de enero de 1934, con motivo del LXII aniversario de la fundación de la citada asociación, García Atadell intervendrá en un acto junto con Francisco Largo Caballero, presidente del PSOE y secretario general de UGT, en el Cinema Europa de Bravo Murillo. Mundo Gráfico publicaría el 24 de enero una foto de los dos oradores del acto de ese día.
Luego, en la candidatura del “prietista” Ramón González Peña, Atadell formó parte como número cuatro en la lista para el puesto de vicesecretario Ramón González Peña fue ex-jefe y organizador de la Rebelión de Asturias, futuro presidente del PSOE, presidente del grupo socialista en el Congreso de los Diputados, ministro de Justicia, y presidente de la UGT. a la presidencia de la Agrupación Socialista Madrileña, y haciéndolo, además, por delante de nombres tan destacados como los de Juan Negrín, Marcelino Pascua, o Rafael Henche, prueba de su influencia en el partido. Blog de Pedro Corral.
También fue delegado al XIII Congreso del PSOE, formando parte de la comisión de cooperación. Fundación Pablo Iglesias. Entrada: Agapito García Atadell.
Tras la sublevación militar, García Atadell pasó a formar parte de un nuevo grupo de policías leales a la causa republicana, designados como agentes de la autoridad por el ministro de Gobernación. La mayoría de estos “policías improvisados” estaban vinculados al PSOE y habían sido recomendados directamente por el Comité Ejecutivo del Partido Socialista. Ya en agosto de 1936, nuestro protagonista ostentaba el cargo de jefe de las Milicias Populares de Investigación, que dependía oficialmente del comisario de policía Antonio Lino.
Por tanto, su “brigada” era dependiente jerárquicamente de la Dirección General de Seguridad y del Ministerio de Gobernación, cuyos titulares en esos meses fueron el general Sebastián Pozas y, ya en septiembre, con el Gobierno de Francisco Largo Caballero, el socialista Ángel Galarza. El mando intermedio entre el ministerio y la brigada chequista recayó en el mencionado comisario Antonio Lino, que aparece el 4 de octubre junto a García Atadell en un reportaje laudatorio de la revista Crónica.
El trabajo de García Atadell y de sus cuarenta hombres consistía en perseguir y encontrar al máximo número de enemigos de la República, que supuestamente se escondían en Madrid, y ponerlos a disposición de la Justicia. En realidad, se trataba de localizar disidentes y exterminarlos como hemos visto en el funcionamiento de todas las checas. Muchos de ellos fueron entregados a la Dirección General de Seguridad. Sin embargo, muchos otros de los detenidos por el tipógrafo gallego no llegaron a ser puestos nunca a disposición de la justicia porque fueron asesinados. Los hombres de la Brigada Especial, además de tener un odio visceral hacia todo lo que significase derecha, también se dedicaban al robo y al saqueo de sus víctimas, lo que les obligaba a matarlas para no dejar rastro de sus fechorías.
En cualquier caso, la fama de García Atadell no dejaba de crecer en aquel verano de 1936 gracias a los periódicos de la época, que publicaban de manera elogiosa los servicios que hacía su brigada. Se le dedicaban portadas y entrevistas en exclusiva por la mayoría de los medios de comunicación, y tanto él como su brigada eran famosos entre los fieles de la República.
De todas las apariciones mediáticas en la prensa, posiblemente la más relevante de todas corresponda a la revista Crónica del 13 de septiembre de 1936. Aquel día le dedicaron una página entera a él y a su brigada, haciendo hincapié en la “la gran labor” que hacían en la retaguardia. Se acompañaba de tres fotografías en las que aparecía nuestro protagonista. La primera, junto a varios de sus milicianos y cuatro diputados socialistas. Además de destacar sus “servicios valiosísimos”, la noticia aseguraba que “la labor realizada por Atadell y los que colaboran con él es enorme y sólo un hombre de su capacidad intelectiva y de su resistencia física podría realizarla”.
El texto se deshacía en elogios describiéndolo como un “destacado y veterano miembro del Partido Socialista” y que para “un futuro muy próximo” tendría reservadas “importantísimas misiones en el panorama político nacional”.
La misma revista, el 4 de octubre, le vuelve a dedicar toda una página con dos grandes fotografías alabando la estrecha relación que mantiene su “brigada” de milicianos con el comisario de Policía, Antonio Lino. Los comentarios son sumamente significativos: “La eficaz labor que, en colaboración con García Atadell, está llevando a cabo el comisario Lino, con el que trabaja de manera estrecha, y la colaboración entre ambos está dando inmejorables frutos puesto que manejan la escoba de la retaguardia, propiciando detenciones sensacionales… Entre Lino y García Atadell, secundados ambos por una legión de valiosísimos agentes, Madrid está quedando limpio de fascistas”.
Todas estas noticias manifiestan sin recato la coordinación y el control de aquellos grupos de asesinos por parte de las autoridades republicanas, utilizando incluso los archivos del Ministerio de Gobernación para perseguir a los desafectos. La tesis del desorden debido a la acción de personas fuera del control republicano se cae por su propio peso. Y por supuesto la intervención del PSOE en los crímenes del terror republicano queda puesta en evidencia, aunque hoy en día sus militantes piensen, en su ignorancia voluntaria, que aquellos hechos tuvieron lugar en Marte, y no en la España en 1936 cometidos por sus propios correligionarios.
Porque la realidad era que, instalado en un palacete requisado del paseo de la Castellana (el de los Condes del Rincón, en la esquina con la desaparecida calle Martínez de la Rosa), García Atadell y sus camaradas socialistas de la Brigada de Investigación Criminal decidirán, durante meses de incansable actividad criminal, sobre la vida y la muerte de más de ochocientas personas. Desde obreros desafectos, hasta aristócratas indiferentes; desde antiguos rivales políticos a simples religiosos; o desde comerciantes a personas con mala relación con algún vecino izquierdista. Los cadáveres de muchos de ellos formarán parte del tétrico paisaje de aquellos días en los Altos del Hipódromo, la Ciudad Universitaria, la Casa de Campo y el Cementerio del Este. Pedro Corral Blog.
Con la llegada de las tropas de Franco a Madrid, y antes del inicio de la batalla para la toma de la ciudad, García Atadell puso pies en polvorosa y terminó huyendo de España junto con su mujer y su lugarteniente de la Brigada de Investigación, Pedro Penabad Rodríguez, acompañados de varias maletas repletas de dinero y joyas, fruto de las rapiñas durante sus fechorías criminales. Desde Alicante huyó a Marsella, cruzando luego Francia y embarcando en Saint-Nazaire con dirección a Cuba. Por entonces su huida había significado un gran impacto mediático, y la misma prensa que unas semanas antes lo había ensalzado como un héroe de la República, pasó a considerarlo una rata traidora de la peor calaña. Finalmente, las autoridades nacionales lo capturaron durante la escala de su barco, el Mexique, en Santa Cruz de La Palma.
El 15 de julio de 1937, Atadell y Penabad fueron ahorcados en el patio de la prisión de Sevilla. No es descartable algún homenaje actual como represaliados del franquismo. Tanto es así que, hasta hace escasamente un año, en la página web del ayuntamiento de Vivero, su localidad natal, el nombre de Agapito García Atadell constaba en el apartado dedicado a “Personalidades vivarienses ilustres” del siglo XX.
En realidad, el dirigente socialista solo era uno más de los múltiples “señores de la guerra”, que bullían por la capital de España y por las demás ciudades importantes del país en poder del Frente Popular. Por encima de la ley, pero protegidos por esta, eran la pura representación del terror de la izquierda y de su trabajo de limpieza política exterminando al simple disidente, que tendría su “solución final” con los asesinatos masivos de presos en Paracuellos, Torrejón y Aravaca, ejecutados en noviembre de ese mismo año.
En su detallado estudio Violencia en el Madrid de la Guerra Civil: Los paseos, Javier Cervera Gil, de la Universidad Complutense de Madrid, destaca la siguiente relación correspondiente a las que considera como las checas más importantes en función de la actividad que desarrollaron, tanto en lo que se refiere a la ejecución de «paseos» como a la mera realización de registros y detenciones:
– Checa de Fomento o de Bellas Artes: La más importante por encima de todas las demás. Estuvo en el Círculo de Bellas Artes hasta el 25 de octubre en que se trasladó a la calle Fomento 9. Oficialmente constituía el Comité Provincial de Investigación Pública, creado por iniciativa de Manuel Muñoz Martínez, director general de Seguridad, a inicios de agosto. Por tanto, era la checa oficial por antonomasia. Funcionó hasta el 7 de noviembre.
– Checa de Marqués de Riscal: situada en el número 1 de esa calle, en el Palacio de los Condes de Casa Valencia, que había sido una sede de Renovación Española. Oficialmente era la sede de la Primera Compañía de Enlace del Ministerio de Gobernación y la dirigía Alberto Vázquez Sánchez.
– Checa de Narváez: en los números 18 y 20, donde estaba el colegio del Sagrado Corazón. Era el Ateneo Libertario de Retiro de CNT. A su frente destacó la figura de Mariano García Cáscales. En octubre se trasladó al Restaurante Cóndor de la calle Jorge Juan 68. También era Cuartel de Milicias Confederales.
– Checa de San Bernardo: en la iglesia situada en los números 72 y 74 de esa calle, comenzó a funcionar el 22 de julio oficialmente como Radio 8 del PCE, dirigida por Agapito Escanilla de Simón. También era cuartel de dos batallones del Quinto Regimiento, y en febrero de 1937 pasó a ser cuartel de Valentín González, el Campesino. Relacionada con esta checa estaba la Fundación «Pasionaria», en la Ronda de Atocha, donde se fundía lo requisado en los registros.
– Checa del Ateneo Libertario de Vallehermoso: estaba en la calle Blasco de Garay 53 y 55, en el Convento de las Madres Concepcionistas Franciscanas. No se significó tanto en la realización de ejecuciones sino más bien en detenciones.
– Checa de Ferraz: En el número 10 de esta calle. Estaba relacionada con el Ateneo de Vallehermoso y oficialmente era un Comité de Abastos de CNT, hasta que el 16 de noviembre, por la proximidad del frente, se trasladó al número 14 de la calle Serrano. En la práctica, su jefe era Carmelo Iglesias Muñoz, aunque esta checa fue frecuentada por una de las figuras relevantes de la Checa de Fomento, Manuel Ramos Martínez.
– Checa de la Iglesia del Carmen: en la carretera de Aragón 40. No se distinguió por cometer asesinatos, aunque sí albergó detenidos, y su jefe, José Olmeda Pacheco, terminó ante un pelotón de fusilamiento, aún en guerra, parece que tras enterarse Amor Nuño Pérez, destacado cenetista, de que en este centro se profanaron tumbas y desenterraron cadáveres que expusieron para que fueran visitados, previo pago de entrada, por la gente. Debido a ello en el verano de 1937 se transformó en almacén de abastos.
– Checa del Cuartel Spartacus o Espartaco: Comandancia de la Guardia Nacional Republicana y sede de una Comisión Depuradora de este nuevo cuerpo y de la Guardia Civil. Se ubicaba en el número 18 de la calle Santa Engracia, y la dirigía el teniente García Gumilla.
– Checa del Ateneo Libertario de Ventas de CNT: estaba en el Arroyo del Abroñigal, cerca del Puente de Ventas, y a su frente estuvo un personaje muy conocido y desalmado, Antonio Hurtado Fajardo, alias el Chato de Ventas.
– Checa de la Estación de Atocha: comenzó a funcionar en el Salón Regio de esta estación y en octubre se trasladó al número 9 de la calle Príncipe de Vergara. Sus integrantes pertenecían a las Milicias Ferroviarias de CNT, dirigidos por Eulogio Villalba Corrales, conocido por su participación en las matanzas de los trenes de Jaén
– Checa del Cinema Europa: era el Ateneo Libertario de Tetuán que ocupaba este cine en la calle Bravo Murillo 150. También fue cuartel de milicias confederales, para lo cual además ocupó el Grupo Escolar Jaime Vera, anejo a este cine. En esta checa actuó Felipe Emilio Sandoval Cabrerizo, conocido como Doctor Muñiz, una de las figuras más siniestras por su actividad represora durante la guerra en Madrid, y del que ya hemos hablado en el capítulo anterior.
– Checa del Ateneo Libertario de la Elipa: estuvo en la calle Iturbe 29, solo unos días, pasando inmediatamente al edificio del Real Colegio del Loreto en la calle O’Donnell 57. La dirigían los hermanos Julián y Rafael Abad Romero y Juan Romanillos Romanillos.
– Checa Campo Libre: se instaló en el Antiguo Convento de los Maristas de la calle Fuencarral 126. Tenía mucha relación con el Comité de Defensa de la CNT que dirigía Eduardo Val en la calle Serrano 111, y con el Comité Regional de la calle Fernando El Santo 23. Esta checa la dirigía Antonio Rodríguez Sanz, el Antoñito, que encabezaba un grupo que actuó también para la Checa de Fomento.
– El grupo de checas de la Casa de Campo: eran cinco, agrupadas en torno a esta zona. La de la Carrera San Isidro 18 y la de Bofaru, carretera de Extremadura 164, ambas de la CNT. La del Paseo de Monistrol 1 y 3; la de la Iglesia de Santa Cristina, carretera de Extremadura 32, y la de la calle Antillón 4, estas tres del PCE o de las JSU. Las cinco dejaron de actuar a inicios de noviembre cuando las tropas de Franco llegaron a Madrid.
– Checa de Mesón de Paredes: era el Ateneo Libertario de Barrios Bajos, que hasta el 25 de julio tuvo su sede en la calle Encomienda 3, trasladándose desde entonces al número 37 de Mesón de Paredes, al Convento-Iglesia de Santa Catalina de Siena. La dirigían el conserje del Ateneo, José Barreiro Blanco, y Carlos Iglesias Alósete.
– Checa de la calle Lista 29: Los primeros días fue Cuartel del Quinto Regimiento, hasta que este se instaló en la calle Francos Rodríguez. Ocupaba el edificio del convento de clausura de las religiosas de la Concepción Jerónima, en la esquina con la calle Velázquez. Esta checa del PCE la dirigió Cándido Bartolomé.
– Checa de Cabrejas: en la calle Monte Esquinza 2, o Génova 29, ocupando el Palacio del Conde de Tovar. La dirigía el camarero cenetista Avelino Cabrejas Platero, que capitaneaba un grupo de milicianos que se significó en la práctica de detenciones y ejecuciones tanto partiendo de los locales de la checa como actuando en las cárceles, especialmente la de Ventas e incluso para la checa de Fomento.
– Ateneo Libertario de Centro de CNT: En el número 5 de la calle del Pez, en un antiguo convento de monjas benedictinas que se incendió a mediados de noviembre debido a que fue alcanzado en un bombardeo, motivo por el cual dejó de actuar. Fue también cuartel de las milicias confederales.
En Barcelona, el responsable de la NKVD en Cataluña, Ernst Moritsovich Gere, conocido también como “Pedro”, fue uno de los principales promotores de las checas en aquella ciudad. Alfonso Laurencic, un oscuro arquitecto de origen franco-austríaco, uno de los personajes más sórdidos y crueles de la época, fue el ideólogo y constructor de las checas del Servicio de Investigación Militar (SIM) de Vallmajor y de la calle Zaragoza, las más sanguinarias en la Ciudad Condal.
Allí, el investigador César Alcalá contabiliza y enumera un total de 46 checas, aunque probablemente, al igual que en Madrid, su cifra real haya sido mucho mayor. Algunas de las más importantes fueron:
– Checa de Vallmajor: también conocida como “Preventorio D”. Estaba ubicada en el antiguo convento de Magdalenas de la calle Vallmajor. Como muchas checas de Barcelona, dependió en un primer momento del Partido Socialista Unificado de Cataluña, y más tarde del SIM (Servicio de Investigación Militar). El preventorio D, y un chalet situado en la acera de enfrente, formaban la sección sexta del SIM.
– Checa de la calle Zaragoza: ubicada en el antiguo convento de religiosas sanjuanistas, también llamada “Preventorio G”.
– Checa de la Tamarita: dirigida por agentes soviéticos.
– Checa del Seminario: adscrita a la FAI hasta la derrota de la CNT en 1937, cuando pasa a ser controlada por el SIM.
– Checa de San Elías: en la calle del mismo nombre.
La mayor parte de los chequistas abandonaron Madrid junto al Gobierno en su huida a Valencia ante el avance de las tropas sublevadas. Fue entonces cuando la ciudad quedó en manos de la Junta de Defensa, con Santiago Carrillo al frente del Orden Público, que organizó la represión y muerte de los “fascistas”, en Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz. El asesinato masivo de miles de personas, ¡¡miles!! en unos pocos días de noviembre. El episodio más sangriento de la historia europea previo a la guerra mundial y del que nos ocuparemos más adelante.
Las actividades de las checas y de los desalmados e indeseables que las integraban, y que ni siquiera el contexto de una guerra puede justificar, siguieron produciéndose en Madrid a lo largo de toda la contienda, aunque ya limitadas por la intervención gubernamental y la necesidad perentoria de ganar la guerra. Pero, aunque el terror de los primeros meses de guerra en el Madrid republicano descendió ostensiblemente en 1937, un régimen que hipócritamente se definía como democrático ya había quedado totalmente invalidado ante la historia, salvo para sus sectarios seguidores de la izquierda voluntariamente ciegos a la realidad y alimentados por la exculpatoria prosa panfletaria, llena de tantas mentiras como de falsedades, y por los fusiles de la cacería mediática perpetrada por sus historiadores chequistas contra la solvencia académica de cualquiera que les lleve la contraria con argumentos y racionalidad.
