«Hízose todo en medio del mayor misterio y como si se tratara de un robo. Y eso fue: un inmenso robo hecho al pueblo español. Yo no lo sabía o no lo comprendía entonces: ahora que lo sé, el recuerdo de mi involuntaria complicidad me llena de indignación contra mí mismo y contra sus organizadores conscientes».
-Valentín González “el Campesino”-
Pocos meses antes del inicio de la Guerra Civil la reserva española de oro había sido registrada por las estadísticas internacionales, en mayo de 1936, como la cuarta más grande del mundo. Al contrario de lo que pueda parecer, no se debía a la ingente cantidad de oro traído de América durante la existencia del imperio, sino que fue acumulada principalmente durante la Primera Guerra Mundial, en la que España se mantuvo neutral. En su mayor parte estaba compuesta por monedas extranjeras y españolas, mientras que la fracción de oro en lingotes era mucho menor.
A pesar de que el Banco de España y sus reservas no eran de propiedad estatal, la institución estaba sometida al control tanto del Gobierno, que designaba al gobernador, como del Ministerio de Hacienda, que nombraba a varios miembros del Consejo General del banco.
La madrugada del 14 de septiembre de 1936, sólo tres semanas después de iniciarse la guerra, las ornamentadas paredes de la vieja entidad bancaria de la calle de Alcalá vieron la irrupción en el banco de fuerzas de carabineros y milicias. Venían enviadas por el Ministerio de Hacienda, de acuerdo con los comités de la UGT del mismo banco, y las acompañaban 50 o 60 metalúrgicos y cerrajeros y un grupo de empleados de banca pertenecientes al sindicato de Madrid. Todos ellos estaban dirigidos por el entonces director general del Tesoro y futuro ministro de Hacienda en el Gobierno de Negrín, Francisco Méndez Aspe.
Avisado y personado el jefe de las cajas de seguridad de alquiler y depósitos en el Banco, le manifestaron que el ministro de Hacienda había ordenado la apertura de las cajas, que debía llevarse a cabo con toda urgencia. Obtenidas las llaves, se abrieron las cajas y cámaras donde se custodiaban las reservas de la nación, y de inmediato comenzó a vaciarse el contenido de la gran cámara acorazada.
Al día siguiente, 15 de septiembre, se reunió urgencia el Consejo del Banco para dar cuenta oficial de la situación a los dos únicos consejeros representantes de los accionistas, José Álvarez Guerra y Lorenzo Martínez Fresneda. En aquella sesión informativa ambos presentaron su dimisión expresando su más enérgica protesta, y afirmando que aquel traslado era ilegal. En su alegato, tiempo después, Martínez Fresneda diría:
“No cabía discutir sobre impedir su realización, toda vez que esta ya estaba ejecutándose, pero sí cabía y lo hacía constar del modo más solemne mi enérgica protesta, por considerar el acuerdo ilegal e ineficaz en derecho. Era ilegal, porque siendo el oro de propiedad exclusiva del Banco, ni el Estado ni el Gobierno podían disponer de él. Por otra parte, dije, el oro es la reserva que previene la ley y que garantiza la convertibilidad del billete, y siendo ello así, en parte alguna puede estar, sino en la caja del Banco y precisamente cuando se acaba de inaugurar la nueva caja, que responde a todos los adelantos de seguridad a prueba de incendios, de bombas, etc., todo ello demuestra lo desafortunado del acuerdo. Concluí reiterando la protesta y a ella se sumó en iguales términos de energía el señor Álvarez Guerra (asesor jefe). Añadí que, como corolario de esa protesta y lógica consecuencia era mi dimisión que anunciaba al Consejo”.
Extracto del informe in voce pronunciado ante el Consejo General del Banco de España de Burgos en la sesión del día 22 de septiembre de 1937. Citado por Sánchez Asiaín (1999: 114-115).
Durante una semana, los agentes del Gobierno estuvieron extrayendo todo el oro allí depositado. Quienes se ocuparon de la operación fueron empleados del sindicato del Banco protegidos por las fuerzas de Carabineros, a base de tres turnos diarios. No salieron del Banco, y allí comían y dormían. El metal precioso se colocó en más de 10.000 cajas de madera de las utilizadas habitualmente para el transporte de municiones, que no estaban numeradas ni acompañadas de facturas que indicasen cantidad, peso o contraste del oro.
Las cajas fueron transportadas en camiones a la estación de Atocha. Bajo el control de fuerzas de carabineros y de las milicias, desde allí se las envió en tren a Cartagena, donde se depositaron en los polvorines de La Algameca, en una base naval bien custodiada. El traslado por vía férrea hasta Cartagena fue protegido por la Brigada Motorizada, el cuerpo parapolicial del PSOE. La primera expedición partió el 15 de septiembre sobre las 11.30 de la noche. El convoy llegó a las 16.30 horas del día 16 porque fue necesario transbordar parte de la carga en Alcázar de San Juan, La Roda y Hellín, al recalentarse por exceso de peso los cojinetes de algunos de los vagones.
Con el oro ya en Cartagena, el 6 de octubre, el Consejo de Ministros, a instancia de Negrín, tomó una decisión fatal: remitir tres cuartas partes de las reservas del oro de España a Moscú. En el texto sólo se indicó que Largo Caballero y Negrín quedaban autorizados a trasladarlo al lugar que considerasen que garantizaba su seguridad. Y para ellos la URSS debía ser el lugar más seguro del mundo. El acuerdo entre los dos Gobiernos para transferir parte del oro al Gosbank (Banco Central de la Unión Soviética) lo negociaron el presidente de Gobierno español, Largo Caballero, y el agregado comercial de la URSS en España, Arthur Stashevski, que previamente había elegido a Negrín como el títere ideal: un profesor adinerado y de costumbres licenciosas, fácil de extorsionar, y al que había persuadido para aceptar el traslado basándose en la conveniencia de tener una cuenta corriente en oro en Moscú, ante la necesidad de disponer de divisas para comprar suministros. Anthony Beevor. La Guerra Civil española.
Un mes más tarde, el 25 de octubre, a bordo de cuatro buques soviéticos (Kim, Jruso, Neva y Volgoles) zarparon hacia Moscú las 510 toneladas del precioso material expoliado, distribuidas en 7.800 cajas que tardaron tres días en ser embarcadas. Acompañaban a esta expedición, como personas de confianza, cuatro claveros del Banco de España *Clavero era un custodio de las llaves de las cajas fuertes del Banco: Arturo Candela, Abelardo Padín, José González y José María Velasco. Cabe indicar, que el agente ruso Orlov había reseñado 7.900 y Méndez Aspe, el representante del Gobierno español, 7.800 cajas; el recibo final fue por 7.800. Por tanto, se hace difícil discernir el error del robo, o de la desaparición mágica de esas cien cajas de oro.
Desembarcado en el puerto de Odessa, el general del GPU (Departamento Central de Inteligencia. El servicio de inteligencia militar de las Fuerzas Armadas de la Unión Soviética). Walter Krivitsky, presente en el acto, describe el episodio: Huido a Estados Unidos a finales de 1938, Krivitsky describe estos sucesos en su libro: Yo, jefe del servicio secreto militar soviético. El exagente soviético apareció muerto en 1941 en el hotel Bellevue de Washington con una herida en la sien.
“Toda la zona próxima al dique fue despejada y rodeada por cordones de tropas especiales. Durante varios días estuvieron transportando el oro, cargándolo en los camiones y llevándolo a Moscú en convoyes armados. (…) Intentó darme una idea de la cantidad de oro que habían descargado en Odesa mientras caminábamos por la gran Plaza Roja. Señaló la extensión que nos rodeaba y dijo: – Si todas las cajas de oro que apilamos en los muelles de Odesa se colocaran aquí una al lado de otra, cubrirían completamente la Plaza Roja”. Walter Krivitsky. In Stalin’s Secret Service. Págs. 112-13; citado por Bolloten (1989: 270).
En efecto, una vez en territorio soviético, el oro, custodiado por el 173º regimiento del NKVD, se trasladó inmediatamente al Depósito del Estado de Metales Preciosos del Comisariado del Pueblo para las Finanzas, en Moscú, donde fue recibido en calidad de depósito de acuerdo a un protocolo secreto. Entre los días 6 y 7 tuvo lugar la llegada y aceptación oficial de las cajas que contenían metales preciosos de acuerdo con “la declaración verbal del embajador de la República española en Moscú… y de los empleados del Banco de España que acompañan el convoy… puesto que las cajas no están numeradas ni provistas de facturas de acompañamiento que hubieran indicado la cantidad, el peso y el contraste del metal”.
Según Alexander Orlov, el agente soviético encargado de la operación por Stalin, en su declaración ante el senado de Estados Unidos tras su deserción en 1938 huyendo de las purgas soviéticas, este celebró la llegada del oro con un banquete al que asistieron miembros del Politburó, y en el que habría dicho: “Los españoles nunca más verán su oro, como tampoco ven sus orejas”, expresión que tomó de un conocido proverbio ruso. Thomas: 485 y 486.
Los cuatro funcionarios españoles enviados para supervisar la operación fueron retenidos por Stalin hasta octubre de 1938, y solo entonces se les permitió salir para lugares dispersos del extranjero: Estocolmo, Buenos Aires, Washington, y México, respectivamente. El embajador español, Marcelino Pascua, fue trasladado a París.
En realidad, todo había comenzado el 13 de septiembre, cuando el nuevo ministro de Hacienda, el socialista Juan Negrín, emitió un decreto “reservado”. El decreto reservado decía lo siguiente:
Ministro de Hacienda.
Excmo. Señor
Por su excelencia el presidente de la República, y con fecha 13 del actual, ha sido firmado el siguiente decreto reservado: El subrayado es mío. La anormalidad que en el país ha producido la sublevación militar aconseja al Gobierno adoptar aquellas medidas precautorias que considere necesarias para mejor salvaguardar las reservas metálicas del Banco de España, base del crédito público. La índole misma de la medida y la razón de su adopción exigen que este acuerdo permanezca reservado. El subrayado es mío. Fundado en tales consideraciones, de acuerdo con el Consejo de Ministros, y a propuesta del de Hacienda, vengo en disponer, con carácter reservado, lo siguiente:
Art. 1º: Se autoriza al ministro de Hacienda para que en el momento que lo considere oportuno ordene el transporte, con las mayores garantías, al lugar que estime de más seguridad, de las existencias que en oro, plata y billetes hubiera en aquel momento en el establecimiento central del Banco de España.
Art. 2º: El Gobierno dará cuenta en su día a las Cortes El subrayado es mío. de este decreto.
Madrid, 13-9-36.”
En esencia se trataba de dar cobertura legal al saqueo de la cámara acorazada del banco de España, situada a veintiocho metros de profundidad, que había sido construida en 1932 escogiendo precisamente la solución subterránea, pensando que esta ofrecía unas condiciones de seguridad máximas que permitían al Banco proteger los altos intereses y la misión nacional que tenía a su cargo: es decir, salvaguardar las reservas auríferas de la nación. Para ello disponía de un recién inaugurado sistema de seguridad de los mejores del mundo, diseñado por el arquitecto José Yarnoz, con una puerta principal de dieciséis toneladas que lo hacía inexpugnable al robo. Y en efecto, el sistema era inexpugnable al robo, pero no a una orden ministerial de un Gobierno izquierdista que, en palabras de Julio Camba: “se apoderó del Estado con el mismo criterio con el que hubiera podido apoderarse de un salchichón».
El decreto estaba firmado por el presidente de la República, Manuel Azaña, el cual declaró posteriormente su desconocimiento sobre el destino final de las reservas. Según justificó más tarde Largo Caballero, el presidente no fue informado hasta mucho después debido a su “estado emocional” y el “carácter reservado de la operación”:
“¿De esta decisión convenía dar cuenta a muchas personas? No. Una indiscreción sería la piedra de escándalo internacional (…). Se decidió que no lo supiera ni el presidente de la República, el cual se hallaba entonces en un estado espiritual verdaderamente lamentable, por consiguiente sólo lo sabía el presidente del Consejo de Ministros (el propio Largo), el ministro de Hacienda (Negrín) y el de Marina y Aire (Indalecio Prieto). El subrayado es mío. Pero los dos primeros serían los únicos que se habían de entender con el Gobierno de Rusia”. Fundación Pablo Iglesias, Archivo de Francisco Largo Caballero, XXIII, p. 477; citado por: (Moa 2001: 392).
Es decir, el presidente Azaña, el jefe del Estado, firmó lo que le pusieron delante, sin enterarse de lo que firmaba. Una de las decisiones más trascendentes política y económicamente de la historia de España, tomada secretamente por tres miembros del Gobierno, ocultándosela al propio presidente de la República y a los demás miembros del gabinete y engañando al propio jefe del Estado para su firma. Directamente podrían haber falsificado la firma, y el hecho sería prácticamente el mismo. Así estaban las cosas en aquel desgobierno republicano…
La excusa, alegada por Negrín y sus compañeros socialistas, fue la necesidad de llevar el oro a un lugar seguro ante el avance de las tropas de Franco. Pero el hecho es que, sin embargo, una decisión de semejante calibre, nada menos que vaciar el banco de España de sus ingentes reservas, al margen de su más que discutible conveniencia y legalidad, debería haber buscado primero el conocimiento y luego el asentimiento de todo el Gobierno y sobre todo del presidente de la República, que tendría que firmar la orden. Nada de eso se tuvo en cuenta.
Luis Araquistáin, escritor, periodista, político y director del periódico socialista Claridad, (y que en septiembre fue nombrado embajador en Francia por el Gobierno de Largo Caballero, encargándose de la compra de armas para abastecer al ejército republicano durante la contienda hasta mayo de 1937), era buen conocedor de las circunstancias que motivaron la decisión, la atribuyó a la coacción soviética:
”Como estoy seguro de que Largo Caballero, de quien era yo entonces amigo íntimo, no se hallaba en tal estado de desesperanza en cuanto al desenlace de la guerra, y me cuesta también mucho trabajo imaginar presa de tal abatimiento a Negrín, no me queda otra alternativa que volver a la hipótesis de la coacción soviética, o declarar simplemente que la entrega del oro a Rusia fue una locura de todo punto inexplicable”. Cuadernos del Congress for Cultural Freedom (1965), pág. 58.
Diego Abad de Santillán, militante español anarquista, escritor, editor y figura prominente del movimiento anarcosindicalista en España y Argentina, fue muy crítico con la persona de Juan Negrín, denunciando la colaboración de este con los comunistas y su absoluta falta de escrúpulos ante la justicia o la ley. En su libro de memorias Por qué perdimos la guerra, escribe:
“Si el Gobierno Negrín hubiese tenido que responder de su gestión política, económica y financiera, habría tenido que terminar ante el pelotón de fusilamiento… El delito de los que consintieron ese desfalco al tesoro público merece juicio severísimo. Y los que han tolerado sin protesta esa guardia de corps de un advenedizo sin moral y sin escrúpulos, también deben ser responsabilizados, por su negligencia o su cobardía, de ese atentado al tesoro. Tiene el arte maquiavélico de corromper a la gente, y es esa corrupción que le rodea lo que permite el secreto de la política que practica, política que, a causa de la inmoralidad y de los derroches en que se apoya, no puede ser más que secreta, como el arte del atraco. La clandestinidad, sin embargo, en asuntos como los financieros, no tiene antecedentes en ningún país.
El propio Mussolini tiene que acudir al parlamento para que apruebe sus presupuestos y vote los créditos para sus hazañas. La dictadura negrinesca (…) es más absoluta que la de Hitler y la de Mussolini, pues no necesita ni considera necesario dar cuenta a nadie, ni siquiera a sus ministros, de los miles de millones de pesetas evaporados”. Abad de Santillán, Por qué perdimos la Guerra. Pág. 328-330.
Juan Negrín (ministro de Hacienda en aquel momento y posterior presidente de Gobierno), el principal protagonista de todo el episodio, era un personaje tan singular como sectario. Nacido en Gran Canaria de familia católica conservadora, destacado médico fisiólogo con una sólida formación científica adquirida en Alemania donde estudió la carrera. Hombre políglota y luego dedicado a la docencia, estaba culturalmente muy por encima de sus dos compañeros de partido, Prieto y Caballero, ambos muy limitados en ese aspecto. Era también un individuo fanáticamente convencido de la verdad revelada, y que años más tarde, terminada la guerra, sería expulsado del partido por Indalecio Prieto, acusado de ser un títere de la URSS y de haber enviado el oro de la República a Moscú.
Sin embargo, en 2009, hace relativamente pocos años, y tras la fervorosa labor de Ángel Viñas (uno de los sicarios principales de la Memoria Historia y también un antiguo funcionario franquista), el PSOE lo ha rehabilitado. De forma simbólica y de manos de Leire Pajín, el partido entregó, en un acto institucional, el carnet de militante socialista a su nieta. Dado el personaje escogido por el PSOE para el acto de desagravio, se desconoce si en realidad el motivo real era ese, o condenarlo definitivamente al olvido.
Con respecto a Negrín, el historiador Juan Moradiellos, en su libro: Don Juan Negrín, coincide:
“Ya durante la guerra y con más motivo en la dolorosa postguerra, el doctor Negrín tuvo la desgracia y el infortunio de concitar casi tanto odio, animadversión y hostilidad en el bando enemigo franquista como en su propio bando republicano. Y no hay punto de exageración alguno en esta afirmación, como puede demostrar un breve recorrido sobre los testimonios existentes al respecto”. Juan Moradiellos. 2006. Don Juan Negrín. Barcelona: Península. pp. 14-27.
Tanto es así que el propio Valentín González, “el Campesino”, comunista y uno de los más destacados jefes militares de la República, dice así en sus memorias:
«El Kremlin se dedicó a intervenir abiertamente en la guerra civil española a los dos meses de empezada (…) Pero al pueblo español le costaría un altísimo precio en sangre, en sufrimiento y en oro (…) La situación de Madrid se hacía peligrosa y los ministros concedieron fácilmente lo que se les pedía, aunque ignorando los verdaderos propósitos de Negrín. Conocieron tales propósitos sólo el embajador soviético, Rosenberg, el servicio de la NKVD en España y una parte del Buró Político del Partido Comunista Español...
Hízose todo en medio del mayor misterio y como si se tratara de un robo. Y eso fue: un inmenso robo hecho al pueblo español. Yo no lo sabía o no lo comprendía entonces: ahora que lo sé, el recuerdo de mi involuntaria complicidad me llena de indignación contra mí mismo y contra sus organizadores conscientes». Tomado de Jesús Laínz. La Gran Venganza. De la memoria histórica al derribo de la monarquía. Ediciones Encuentro. Madrid-2021. ISBN: 9788413390666.
En cualquier caso, al margen de las más que discutibles buena voluntad o buenas intenciones de Negrín (algo de lo que como es sabido está empedrado el infierno), lo que sí demostró sin lugar a dudas fue su incompetencia y su traición. Napoleón decía que para ganar una guerra eran necesarias tres cosas: “Dinero, dinero y dinero”, y ciertamente a la República no le faltaba, como tampoco le faltaba el único tejido industrial del país, incluyendo las fábricas de armas y municiones, la práctica totalidad de la aviación y de la marina.
Los esbirros de la Memoria Histórica, con Viñas a la cabeza, justifican el saqueo del oro y su traslado a Moscú en la imperiosa necesidad de comprar material bélico para ganar la guerra, y la consecuente utilización de este como garantía de pago a la URSS. Pero en lo que todo el mundo está de acuerdo, incluso los mencionados paniaguados de la “historia oficial”, es en la gigantesca estafa en que se convirtió la compra de un material militar del que no llegaría más que una pequeña parte. Un material anticuado y de mala calidad, con sobrecostes desmesurados, cambios de divisa muy desfavorables mediante una “contabilidad creativa” utilizada por los soviéticos, manipulando los cambios de divisa de rublos a dólares y de dólares a pesetas con lo que obtuvieron un enorme diferencial a su favor, y facturas por la custodia del oro fuera de toda razón financiera. Es decir, a la traición al Estado que supuso el traslado del oro de la nación a un país extranjero, a la hipoteca política y económica que significaba tal hecho, se unió la enorme incompetencia mostrada en su gestión hasta la completa liquidación anunciada unilateralmente por las autoridades de la URSS.
El hecho cierto es que en julio de 1936, un agente de la inteligencia soviética, Alexander Mijáilovich Orlov, fue enviado a España como enlace con el Ministerio de Interior de la República. En realidad, era el responsable máximo del NKVD en España. Alexander Orlov también diseñó un plan para acabar con el POUM y, especialmente, con Andreu Nin (quien fue Conseller de Justicia hasta el 15 de diciembre de 1936, fecha en la que, por presiones del PSUC, fue destituido). Su verdadero nombre era Leva Lazarevitz Feldvin. A finales de 1938 huyó de la URSS a los Estados Unidos, donde publicó un libro titulado: “La historia secreta de los crímenes de Stalin”. Sabía de lo que hablaba. Según sus declaraciones posteriores ante el Senado de Estados Unidos tras su deserción de la URSS, su misión en España era la de asesor en temas de “espionaje, contraespionaje y lucha de guerrillas”. Pero el 20 de octubre de 1936, Orlov recibió un telegrama cifrado de Stalin ordenándole organizar el envío del oro a la URSS y concertar los preparativos con el socialista Negrín, ministro de Hacienda, añadiendo que “Junto con el embajador Rosenberg, organice con el jefe del Gobierno español, Caballero, el envío de las reservas de oro de España a la Unión Soviética. Esta operación debe llevarse a cabo en el más absoluto secreto. Si los españoles le exigen un recibo por el cargamento, niéguese. Repito, niéguese a firmar nada y diga que el Banco del Estado preparará un recibo formal en Moscú”. Burnett Bolloten. La Guerra Civil Española. Revolución y Contrarrevolución. 1989. Pág. 265. Por todo ello, Orlov sería condecorado posteriormente con la “Orden de Lenin”.
Alexander Orlov, tras ponerse en contacto con Negrín, contestó que llevaría a cabo la operación con los tanquistas soviéticos que acababan de llegar a España. Más adelante, una vez huido de la Unión Soviética y convertido en desertor bajo el control del FBI, declararía lo siguiente ante el Senado de los Estados Unidos:
“Deseo subrayar que, en aquel tiempo, el Gobierno español no controlaba completamente la situación. Le dije francamente al ministro de Hacienda Negrín, que si alguien se enteraba de ello, si los anarquistas interceptaban a mis hombres, rusos, con los camiones cargados de oro español, los matarían y sería un tremendo escándalo político en todo el mundo, que incluso podría provocar una revolución interna. Por ello le pregunté si el Gobierno español podría extenderme credenciales bajo algún nombre ficticio como representante del Banco de Inglaterra o del Banco de América, porque entonces podría decir que el oro se estaba transportando a América por razones de seguridad. Negrín no puso ninguna objeción. Pensó que era una buena idea. Yo hablaba un inglés relativamente bueno y podía pasar por extranjero. Por lo tanto, me extendió las credenciales de un hombre llamado Blackstone y me convertí en el representante del Banco de América”. Congreso de los EE.UU. Senado. Scope of Soviet Activity. Pp. 3431-32. Citado por Bolloten (1989: 267-8).
Y continúa:
“Una brigada de tanques soviéticos había desembarcado en Cartagena dos semanas antes y estaba estacionada en Archena, a 40 millas. La mandaba el coronel S. Krovoshein, que los españoles conocían como Melé. Krovoshein me asignó veinte camiones militares y otros tantos de sus mejores tanquistas (…) Los sesenta marinos españoles habían sido enviados al polvorín con una hora o dos de anticipación (…) Y así, el 22 de octubre, al anochecer, me dirigí, seguido de una caravana de camiones, al depósito de municiones”. Ibíd.
El final de la historia ya lo sabemos, el oro acabó en Moscú, y ya nunca más se supo…
La consecuencia inmediata de todo aquello fue una crisis monetaria sufrida por la España republicana en 1937. La credibilidad financiera del Gobierno quedó en entredicho y la población en general comenzó a desconfiar profundamente de la situación financiera del país. El decreto del Ministerio de Hacienda del tres de octubre de 1936, que exigía a los españoles que entregasen a las autoridades de la República todo el oro amonedado o en joyas que poseyeran, hizo cundir la alarma entre la población que aún conservaba oro y entre los que temían una veloz depreciación de la moneda. Sin una reserva de oro, necesaria en esos años para respaldar una moneda en constante devaluación, con el comercio interno y externo prácticamente suprimido, y con una industria dedicada exclusivamente a la producción de guerra, se comenzaron a emitir cantidades crecientes de billetes sin ninguna cobertura metálica ni respaldo de otra clase, incrementando así el papel moneda circulante. Todo ello abocaba a una irremediable inflación.
Por tanto, la población buscó el acaparamiento de oro y plata ante la acelerada depreciación de la peseta republicana y el riesgo real de que, en caso de una victoria nacional, sus ahorros en dinero no tuviesen ningún valor en la nueva situación. Mientras que en la zona nacional los precios crecían un 40%, en la zona republicana llegaron a alcanzar un 1.500%. Las monedas metálicas prácticamente desaparecieron y fueron sustituidas por piezas redondas de cartulina o papeles. La gran mayoría de la población civil se negó a recibir como dinero unos billetes depreciados, con los cuales además poco podía comprarse por la subida de los precios.
En una grotesca manifestación de hipocresía esencial, casi al final de la guerra, Largo Caballero (socialista y presidente de Gobierno cuando se produjeron los hechos), cargó contra Negrín intentando evadir su cuota de responsabilidad en el desastre:
“¿Cuánto oro se entregó a Rusia? Nunca pudo saberse, porque el Sr. Negrín, sistemáticamente, se ha negado siempre a dar cuentas de su gestión. Después se ha sabido, por unas cuentas publicadas por el Banco de España el 30 de abril de 1938, que dicho Banco había entregado en custodia 1.592.851.906 millones [sic] en oro y 307.630.000 en plata. Aparte de esto, Hacienda se incautó de todo lo existente en cajas de seguridad de los bancos oficiales y privados, cuyo valor se eleva, seguramente, a muchos millones. ¿Todo esto más las alhajas que existían en el Palacio Nacional, en habitaciones reservadas, y las de muchos particulares, se han gastado en armas? ¿Al terminar la guerra qué oro quedaba en poder de Rusia? ¿Ha liquidado con el Gobierno llamado del Sr. Negrín? Esto no lo puede saber nadie más que él, pues (…) siempre se negó a dar cuenta de la situación económica. (…) El señor Negrín, sistemáticamente, se ha negado siempre a dar cuenta de su gestión, (…) de hecho, el Estado se ha convertido en monedero falso. ¿Será por esto y por otras cosas por lo que Negrín se niega a enterar a nadie de la situación económica? Desgraciado país, que se ve gobernado por quienes carecen de toda clase de escrúpulos (…) con una política insensata y criminal han llevado al pueblo español al desastre más grande que conoce la Historia de España. Todo el odio y el deseo de imponer castigo ejemplar para los responsables de tan gran derrota serán poco”. Francisco Largo Caballero. Marzo de 1939. Fundación Pablo Iglesias, Archivo de Francisco Largo Caballero, XXIII, p. 467 y ss.; citado por Moa (2001: 392).
Declaraciones como estas fueron una constante en el llamado exilio republicano. Los enfrentamientos entre sus principales líderes fuera de España adquirieron tonos de esperpento, alcanzando su culmen con el episodio del yate Vita, del que nos ocuparemos más adelante. El historiador Enrique Moradiellos, poco sospechoso de franquista, comenta que “el exilio republicano dio un lamentable espectáculo de división, discusiones, apelaciones cruzadas e insultos, basados en lo que cada uno había hecho en el pasado, y formalizando un desencuentro tan absoluto que los dos principales líderes del socialismo durante la guerra no volvieron a tener una conversación ni un contacto serio en el futuro”.
Según el propio Moradiellos, el Gobierno de la República en el exilio habría conseguido sacar de España ingentes cantidades de dinero en metálico, más de seis millones de libras, que sería utilizado casi en exclusividad por los dirigentes exiliados, y que se uniría a otros latrocinios como el material aeronáutico que se vendió en Canadá y, sobre todo, al cargamento del referido yate Vita, que arribó a Méjico tras la guerra cargado de bienes fruto del expolio de particulares y de museos públicos como el Arqueológico de Madrid, y sobre cuya propiedad el presidente mexicano, Lázaro Cárdenas, dio plena posesión a Indalecio Prieto, generando una agria disputa entre las dos organizaciones que se encargarían de acoger a los exiliados de la guerra.
Para terminar esta descripción de aquel gigantesco saqueo al patrimonio nacional que representó el traslado de las reservas de oro españolas a un país tan democrático como la URSS de Stalin, efectuado por el Gobierno de la República dirigido por el PSOE, algo sin parangón en la historia universal, sólo queda recurrir a la descripción de los hechos que efectúa en 1953 Indalecio Prieto, uno de los líderes del PSOE y miembro de aquel Gobierno:
“En cuanto al lucro de Rusia, el relato que ahora reitero aquí es ciertamente asombroso.
El 25 de Octubre de 1936 se embarcaron en Cartagena con destino a Rusia siete mil ochocientas cajas llenas de oro, amonedado y en barras, oro que constituía la mayor parte de las reservas del Banco de España.
Previamente, el señor Negrín, como ministro de Hacienda (todavía no era presidente del Consejo), obtuvo el acuerdo del Gobierno y la firma del presidente de la República para un decreto autorizándole las medidas de seguridad que estimara indispensables en cuanto al oro del Banco de España. Como miembro de aquel Gobierno, acepto la responsabilidad que me corresponde por el acuerdo, aunque ni los demás ministros ni yo conocimos el propósito perseguido.
Ignoro si llegó a conocerlo el entonces presidente del Consejo, Francisco Largo Caballero.
El embarque se verificó con gran misterio. Si yo me enteré fue por pura casualidad, a causa de haber llegado a Cartagena para asuntos del servicio -era yo ministro de Marina y Aire- cuando el embarque se efectuaba bajo la dirección personal de los señores Negrín y Méndez Aspe.
Cuatro empleados del Banco embarcaron en el buque que conducía el precioso cargamento. No se les dijo a dónde iban. Creyeron que desembarcarían en Port Vendres, Sete o Marsella y aparecieron… en Odessa. El 6 de noviembre llegaron con nuestro oro a Moscú. Y allí, ocurrió algo que también merece ser narrado. Los funcionarios del Grosbank miraban y remiraban minutos enteros cada pieza y la pesaban y repesaban. Los empleados del Banco de España, acostumbrados a gran celeridad en operaciones semejantes, no se explicaban tamaña lentitud, por la cual se invirtieron varios meses en el recuento. Pero esta lentitud obedecía al deseo de justificar la permanencia en Rusia de quienes habían ido custodiando la mercancía. A toda costa se quería impedir su regreso a España para que no se divulgara el enorme envío de oro. Las familias de los viajeros se inquietaban por desconocer el paradero de estos, y para calmar su intranquilidad se las embarcó también, sin decirles adónde iban, y se los llevó a Rusia.
La entrega del oro, tan meticulosamente pesado y medido, había de concluir algún día, y concluyó. Los bancarios creyeron entonces que, terminada ya su misión, tornarían a España. Más sus reclamaciones en ese sentido ante nuestro embajador, don Marcelino Pascua, eran inútiles. No se les consentía salir; estaban confinados con sus familias en Rusia.
Al cabo de dos años, cuando la guerra se extinguía, el encargado de negocios, don Manuel Martínez Pedroso, logró romper aquel confinamiento. Pero a los cuatro bancarios no se les repatrió. En España podían hablar más de la cuenta.
Y con objeto de evitarlo se les desparramó por el mundo: uno fue a dar con sus huesos a Buenos Aires, otro a Estocolmo, otro a Washington y otro a México. Al mismo tiempo desaparecían de la escena los altos funcionarios soviéticos que intervinieron en el asunto: el ministro de Hacienda, Grinko; el director del Grosbank, Marguliz; el subdirector, Cagan; el representante del Ministerio de Hacienda en dicho establecimiento de crédito, Ivanoski; el nuevo director del Grosbank, Martinson… Todos cesaron en sus puestos, varios pasaron a prisión y Grinko fue fusilado.
Entre tanto, una revista gráfica, La URSS en Construcción, dedicaba un
número especial al aumento de las existencias de oro en Rusia, atribuyéndolo al desarrollo de la explotación de los yacimientos auríferos de Rusia. Era el oro de España.
Rusia no ha devuelto ni una sola onza”. Indalecio Prieto. Méjico. Marzo de 1953. Documentos sobre la Guerra Civil. El destino del oro del Banco de España. Tomado de la Fundación Andreu Nin.
