“¡Qué dirán de nosotros los ingleses!”
-Telesforo Monzón-
La madrugada del 22 de marzo de 2022, un grupo de encapuchados pertenecientes a un grupo denominado Ernai, una de las múltiples organizaciones juveniles del entorno independentista vasco cobijadas al amparo de Sortu (partido heredero de Batasuna y matriz de Bildu), grabó en video, que luego difundió por las redes sociales, la destrucción de una cruz instalada en el puerto de Baracaldo. Poco después, Ernai reivindicaba el derribo y lo justificaba por la necesidad de “denunciar la base fascista del Estado español, defender la memoria justa y democrática, y reivindicar que el fortalecimiento del fascismo actual es inaceptable”.
Se trataba de una sencilla cruz de unos tres metros de altura sin ningún ornamento especial, construida hace muchos años e instalada en la dársena de Portu, en el puerto bilbaíno de Baracaldo. Dicha cruz conmemoraba el asesinato de numerosas personas indefensas el 25 de septiembre de 1936, que se encontraban presas en el barco prisión Cabo Quilates, fondeado frente a aquel lugar, en el puerto de Bilbao. Ese día fueron asesinadas 83 personas en las cubiertas y en la bodega del barco. Disparando sobre ellas, sin ningún miramiento, milicianos del PSOE y anarquistas, con la dejadez culpable de los miembros del PNV que tenían la misión de custodiarlos. Entre aquellas turbas asesinas había, también, nacionalistas “mendigoizales” y de Acción Nacionalista Vasca, partidarios de aniquilar a los «españolistas» para crear lo más rápidamente posible la República de Euskadi.
A partir de julio de 1936, primero la Junta de Defensa de Vizcaya y posteriormente el Gobierno interino vasco crearon en todo el País Vasco una Junta Calificadora Central. Su misión, al igual que la de cualquier policía política, consistía en investigar, localizar, detener y encarcelar a todos los supuestos enemigos del nacionalismo, de la República y del Frente Popular. Bastaba con haber militado en la Liga de Acción Monárquica, en los carlistas, en las filas de los liberales, de los mauristas, o tener un pensamiento sospechoso de falta de fervor republicano (o simplemente ser un veraneante en la costa), para ser tachado de fascista, traidor a la causa, enemigo del pueblo o cualquier otra denominación justificativa de la arbitrariedad o el atropello. Nada distinto de lo ya relatado sobre el terrorífico ambiente social del resto de capitales en poder de la República.
A pesar de la ocultación, la eliminación de placas conmemorativas, el silenciamiento social, el derribo de cruces, o la simple tergiversación histórica actual, es difícil ocultar el terror originado en la época de Gobierno del PNV, es decir, la de quienes llevan un siglo culpando a los demás de «violencia institucional» y paseando un falso victimismo por el mundo entero con la excusa de la liberación nacional del pueblo vasco.
Quizás la explicación pueda hallarse en la cateta fascinación anglófila de la clase dirigente vasca que, como en una especie de emulación inconsciente, haya adquirido la peculiar hipocresía que caracteriza el pensamiento anglosajón… Se trata de decir una cosa y hacer la contraria.
El hecho es que en los más de 75 años transcurridos desde que comenzó la Guerra Civil, no se ha generado un estudio profundo que analice la criminal represión republicana en el País Vasco sobre los presos llamados nacionales durante los años 1936 y 1937.
En una primera etapa, al comienzo de la Guerra Civil, se produjo una indiscriminada detención de personas simplemente desafectas con la izquierda y el Frente Popular, lo que provocó una masificación de las cárceles estatales de Larrinaga en Bilbao y Ondarreta en San Sebastián. Este problema de masificación, que también se dio en otras provincias republicanas con presos “nacionales” detenidos preventivamente por el mismo procedimiento injustificado como en Barcelona, Castellón, Tarragona, Valencia, Alicante, Palma de Mallorca, Mahón y Santander, hizo que la solución se buscase en las prisiones flotantes: barcos mercantes habilitados como centros de internamiento, dada la inexistencia material de instalaciones para acoger semejante número de disidentes reales o imaginarios… y en ellos se produjeron similares asesinatos a los del País Vasco que referiremos en adelante. En Barcelona: barcos Argentina, Uruguay y Villa de Madrid; en Castellón: barcos Isla de Menorca, Celta y Sebastián Martín; en Tarragona: barcos Cabo Cullera y Río Segre; en Valencia: barcos Mar Cantábrico, Aritz Mendi, Cabo de Palos y Legazpi; en Alicante: barcos Jaime II, Sil y Villamanrique; en Palma de Mallorca: barcos Aragón y Jacinto Verdaguer; en Mahón: barco Atlante; en Santander: barco Alfonso Pérez.
En Bilbao existían tres barcos prisión abarrotados de presos políticos, simples herejes excomulgados del credo nacionalista y republicano. El carguero Arantzazu Mendi, junto a los barcos mercantes Altuna Mendi y Cabo Quilates, los tres anclados en la desembocadura de la ría de Bilbao y repletos con los presos de Vizcaya y de unas pocas localidades alavesas. Las tres naves configuraban, así, las prisiones flotantes de la Junta de Defensa de Vizcaya, bajo la responsabilidad de su gobernador civil Echevarría Novoa. Los buques mercantes Arantzazu Mendi, y Altuna Mendi pertenecían a la naviera Sota y Aznar, mientras que el Cabo Quilates pertenecía a la naviera Ybarra y Cía. Al comienzo de la guerra fueron incautados por la Junta de Defensa de Vizcaya.
Aunque las autoridades republicanas de la Junta vizcaína creyeron que habían encontrado la solución en los barcos mercantes para su problema de hacinamiento de presos derechistas, a quienes habían estado deteniendo sin cesar por todo el territorio bajo su control, no parecieron contar con otros factores que ya desde un principio iban a desestabilizar todo este sistema carcelario organizado para los detenidos. El primero era logístico y dimensional, basado en el puro espacio físico inapropiado para un encarcelamiento prolongado como el que se preveía. Espacio insuficiente e inadecuado, dificultad para la limpieza y la higiene, acumulando a seres humanos, hacinados en condiciones deplorables como simples animales enjaulados en un barco construido para el transporte de mercancías.
El segundo era de control y vigilancia, algo cuya responsabilidad recaía directamente sobre las autoridades nacionalistas y su entramado policial, dado que las principales competencias pasaron desde septiembre al incipiente Gobierno vasco al ser aprobado el estatuto autonómico por las Cortes, aunque hasta comienzos de octubre de 1936 no se formó oficialmente el primer Gobierno Autónomo mixto de nacionalistas y republicanos de izquierda, bajo la presidencia de José Antonio Aguirre, al conceder el Ejecutivo republicano el Estatuto de Autonomía para todo lo que quedaba de territorio vasco en manos republicanas.
Dados los antecedentes ocurridos en otras partes del país, con los asesinatos y linchamientos masivos en las cárceles de Madrid y en los trenes de Jaén ya referidos, no era asunto menor mantener la seguridad de unas personas indefensas, cuya custodia era responsabilidad de las autoridades peneuvistas y republicanas. Y los barcos prisión no eran, desde luego, el mejor lugar para la protección de seres humanos encerrados entre las mamparas de metal de sus bodegas, convertidas primero en su cámara de tortura, y más tarde en su patíbulo.
Sobre ellos y sobre los asesinados en las cárceles de Bilbao meses más tarde, que constituyó la mayor matanza colectiva de seres humanos en el País Vasco durante la Guerra Civil (ampliamente superior a la de Guernica) no se han realizado cuadros por pintores famosos, ni se ha exaltado la memoria colectiva, ni se han escrito lacrimógenos textos dedicados a su recuerdo por todo el mundo. Sobre ellos, simplemente se ha derribado una cruz intentando borrar su memoria y asesinarlos una vez más con la miseria moral y la iniquidad propia exclusivamente de la izquierda española y de sus miserables compañeros de viaje, expertos en el tiro en la nuca y la bomba lapa.
Como ya sabemos, el procedimiento no es nuevo. Se trata de hacer culpable a la víctima en cierta medida de su mala suerte, una especie de culpabilización cósmica por ser como es. Es decir, culpable de ser un desafecto y no una persona fiel a la verdad izquierdista… y desde luego siempre existe una lógica indignación popular que justifica cualquier desmán.
En el caso de las víctimas de los barcos prisión vascos y de las cárceles asaltadas en enero de 1937, la culpa recae en los bombardeos de la aviación nacional sobre Bilbao.
Los panegiristas de la República ocultan, con tanta ignorancia como mala fe, que el bando republicano fue el primero en bombardear ciudades. Ya el mismo 18 de julio cayeron bombas sobre Ceuta, Melilla, Larache y Tetúan, y antes de finalizar el mes de julio de 1936, ya habían sufrido bombardeos Zaragoza, Sevilla y Córdoba, *Córdoba fue bombardeada en 47 ocasiones durante la guerra donde fue destruido el hospital militar con un balance de veinte muertos, continuando más tarde sobre Granada, Oviedo, Mallorca y Ferrol, poblaciones todas ellas en manos de los sublevados. Culminando con la masacre efectuada en la localidad cordobesa de Cabra, un lugar en la retaguardia, alejado del frente de combate y ya con la guerra prácticamente perdida por la República, sobre la que en escasos cinco minutos, los aviones republicanos descargaron seis toneladas de bombas que cayeron en el mercado de abastos en pleno día de feria semanal, cuando había allí numerosa población no solo de Cabra, sino de toda la comarca; sobre la Plaza Vieja donde esperaban los jornaleros a ser contratados para trabajar en el campo; y sobre el barrio de la Villa que era uno de los lugares más humildes del pueblo. Murieron oficialmente 109 personas, y hubo centenares de heridos, todos civiles.
Hay que añadir, no obstante, que el bombardeo de Cabra no fue un hecho aislado, porque en realidad fue uno más de los 16 bombardeos aéreos republicanos sobre la retaguardia nacional que se produjeron en el frente Sur entre el 21 de octubre y el 8 de noviembre de 1938. Entre ellos, se encuentra el bombardeo de Baena del 28 de octubre de 1938 y los de Albendín y Luque el día 8 de noviembre de 1938.
Lo cierto es que, mientras el Gobierno del Frente Popular inició una activa campaña publicitaria contra a los bombardeos nacionales (que llegó incluso al Vaticano), la propaganda nacional, mucho menos preocupada por estas materias y asombrosamente incompetente en ese ámbito bélico, sólo acertó a responder tardíamente con unos folletos que registran menos bombardeos y muertos causados por el enemigo que los que hubo realmente, como demostró Patricio Hidalgo Luque en su libro, La Guerra Civil en Córdoba. Los bombardeos aéreos sobre la capital (1936-1939). Universidad San Pablo-CEU, 2006.
Los bombardeos aéreos republicanos sobre la retaguardia nacional durante la guerra civil española
Se oculta también que, durante los primeros meses de la guerra, la mayor parte de la aviación española estaba en manos de la República, y sobre todo que hasta prácticamente diciembre de 1936 la hegemonía aérea pertenecía al Gobierno del Frente Popular y al Gobierno vasco, que hicieron uso de ella bombardeando ampliamente a población civil. Tanto es así que al comienzo de la guerra el Gobierno republicano disponía de 425 aviones frente a unos 119 de los nacionales, viejos e inadecuados. Ciertamente la participación internacional iría equilibrando la situación, de forma que tanto soviéticos, como italianos y alemanes, ayudarán posteriormente con material, técnicos y tripulaciones. De julio a diciembre el Frente Popular, generoso con el oro suministrado a Moscú, recibirá a cambio 197 aviones de combate, y los sublevados 157, incluyendo los 20 Junker Ju-52 que actuarían en el frente del norte bombardeando Bilbao. La Guerra Civil española mes a mes. Grupo Unidad Editorial S.A. 2005. Madrid. Tomo 3. Pág 121. Tomado de 4 de enero de 1937 ¿El Gernika del PNV? Carlos Olazábal Estecha. Fundación de estudios vascos. 2021.
Con la llegada de los aviones de la Legión Cóndor alemana, la hegemonía republicana en este frente se romperá, y el Gobierno vasco, haciendo uso de la hipocresía anglosajona antes mencionada, comenzó rápidamente a comprender su negro futuro y a plantearse su posible acomodo en él. Pronto se producirá un acercamiento al Gobierno de Franco, en un intento de conseguir la declaración de ciudades abiertas para las localidades vascas, evitando así su bombardeo y la destrucción de la infraestructura industrial, fuente de la prosperidad de la región.
Así pues, ajenos a las consideraciones políticas e inmersos en la lógica de la guerra, la mañana del 25 de septiembre de 1936, los pilotos alemanes de los nueve trimotores Junker, que se acercaban a Bilbao después de remontar los montes que separan Álava de Vizcaya, se orientaron por el valle de Durango siguiendo el curso del Nervión, hasta la ría. Prácticamente carecían de instrumentos de navegación, pero se trataba de un camino sin obstáculos que los llevaba directamente hasta la capital vizcaína. El tiempo era magnífico y la visibilidad buena, propia del final del verano. Cerca ya de sus objetivos de bombardeo los tripulantes que controlaban la navegación desplegaron con cuidado una hoja de doble folio fotográfico donde se recogía el perfil a vista aérea de Bilbao y en el que, marcados con círculos rojos con su correspondiente número, se veían reflejados los objetivos de su bombardeo para ese día: Los depósitos de combustible de CAMPSA, la fábrica de Echevarría, los astilleros Euskalduna, el Depósito Franco, la Aduana en Uribitarte, o el colegio de los Salesianos en Deusto, convertido en fábrica de armas y depósito de municiones. En círculos verdes, quedaban los objetivos secundarios propicios para un ataque posterior, como la concentración industrial de la margen izquierda, donde se encontraba la fábrica de tanques y obuses situada en Altos Hornos de Vizcaya, la refinería y central térmica de Burceña, la fábrica de cartuchos Delta, y las cocheras del tranvía en Elorrieta convertidas en talleres para los aviones que despegaban desde el aeródromo de Lamiako. Ibíd.
En realidad, gran parte de la ciudad de Bilbao se había convertido en un objetivo militar, tomando a la población como escudos humanos. De tal forma, aparte de las instalaciones portuarias integradas en la ciudad, claro elemento del interés bélico, numerosas construcciones civiles del centro de la ciudad fueron convertidas en cuarteles de gudaris y milicianos, como el edificio de Magisterio, el colegio Santiago Apóstol, las Escuelas de Uribarri, el convento de las Adoratrices de Begoña, el casino de Archanda, la Escuela de Ingenieros en La Casilla, el colegio de Escolapios, y un sin fin de edificios cuya enumeración excedería la naturaleza de este ensayo. Ibíd.
Con la aparición de la escuadrilla alemana, las baterías antiaéreas que rodeaban Bilbao y su ría comenzaron a disparar y pronto centraron el tiro, los aviones enseguida rompieron la formación ante la barrera defensiva formada por las explosiones que proyectaban metralla buscando su fuselaje. Uno de los trimotores fue alcanzado y el resto de la escuadrilla tomó altura y soltó sus bombas con la escasa precisión que correspondía a aquella época. Cuando los aviones de caza al servicio del Gobierno vasco efectuaron su despegue del aeródromo de Lamiako, ya todo había terminado.
Ya días antes, el 16 de agosto, una incursión aérea nacional había incendiado los depósitos de CAMPSA en Santurce. Tras este bombardeo, una multitud que pedía la ejecución de los presos encerrados en los barcos prisión se congregó amenazante en los muelles. Incluso intentó acceder a los barcos en gabarras. Todos estos intentos fueron contenidos por la Guardia Civil a duras penas, pero la suerte de los presos cambió, sin embargo, cuando este cuerpo fue relevado y los milicianos socialistas y anarquistas pasaron a ocuparse de la custodia de los detenidos.
Porque aquel 25 de septiembre, sí consiguieron entrar en los barcos. Una turbamulta enfurecida dirigida por milicianos socialistas y de la CNT, sin ningún control por las autoridades vascas, que les dejaron hacer a su antojo evitando interponerse “para evitar disturbios”, penetró en los dos barcos anclados en la ría de Bilbao, y con total impunidad de forma sistemática asesinó a gran parte de los presos amontonados en las bodegas. El informe del fiscal, que años más tarde instruyó la causa por aquellos sucesos así lo refiere en su escrito de acusación:
“Todo se hizo con método y sin precipitaciones. Comenzaron por recorrer la cubierta, levantando, por su orden, los tablones que tapaban las bodegas en las que, enterrados en vida, padecían aquellos centenares de presos, y en una carnicería humana arrojaron bombas de mano e hicieron disparos con pistolas ametralladoras, sobre personas indefensas y despavoridas, que corrían a esconderse inútilmente en aquel espacio cerrado, intentando cubrirse con los colchones… pasado un rato hicieron subir a otros a la cubierta donde los remataron a tiros y golpes de barra. Más tarde descendieron al fondo de cada bodega grupos de asesinos que ordenaron formar a los presos, les interrogaron por su profesiones y acto seguido, obligaron a subir, uno a uno, por la larga escala a todos los sacerdotes y militares, que a la vista del cuaderno-registro figuraban señalados con lápiz rojo… una vez en la cubierta los asesinaron de un tiro en la nuca dejando los cadáveres amontonados sobre un charco de sangre…” Causa general. Informe del fiscal. Leg. 1582, Exp.1.
La matanza duró hasta las nueve de la noche. Las cuatro bodegas del barco fueron asaltadas. Tras una inicial masacre indiscriminada, al resto de las víctimas las fueron seleccionando con las listas que traían los milicianos.
El asalto costó la vida a 41 presos del Cabo Quilates y a 34 del Altuna Mendi. La historiografía izquierdista intenta una y otra vez cargar las tintas sobre la represión sistemática efectuada por las tropas de Franco en contraposición con la espontánea y visceral de los republicanos, intentando así atenuar, justificar y casi exculpar a sus dirigentes y al propio régimen frente populista, cuya responsabilidad se vería de esta manera diluida por el descontrol del pueblo. Por el contrario, la perversidad intrínseca del bando nacional se pondría de manifiesto al ser el autor de una represión organizada y controlada por sus jefes políticos, lo que demostraría ante el mundo su maldad. Este esquema argumentativo se repite una y otra vez, en los sucesos que hemos visto y en los que vendrán.
Sin embargo, los hechos no soportan este análisis. Miserable sociedad la que vive en permanente estado de convulsión, desasosiego y crimen, sin ningún control político y sólo movida visceralmente por la venganza y el resentimiento, sin ninguna cortapisa ante la vida humana y sin ningún control legal. Y miserables dirigentes cómplices e incapaces de hacer frente a la situación, incluso promoviéndola cínicamente en muchos casos.
No es de extrañar, por tanto, que tras el triunfo final en la guerra de los sublevados, junto a los desquites personales y las venganzas impuestas por la lógica bélica que se llevaron por delante a algunos inocentes, muchos juicios sumarísimos con las consiguientes ejecuciones, lo fuesen de personas con las manos manchadas de sangre e inmersos en los crímenes referidos.
En ese sentido, nada distinto de lo que ocurrió en toda Europa tras la Segunda Guerra Mundial, como en Alemania, Francia, o Italia, por poner un ejemplo, donde la represión con los partidarios del anterior régimen fue mucho más profunda y numerosa.
En cualquier caso, la culpabilidad del Gobierno vasco y de sus socios socialistas de coalición se puso de manifiesto a los pocos días de aquel desgraciado suceso del 25 de septiembre, que de haber existido voluntad de rectificación, debería haber servido para evitar situaciones similares en el futuro. Pero, por el contrario, nada de eso ocurrió.
Solo una semana más tarde, el 2 de octubre, el destructor Jaime I, un barco de la Armada republicana, cuyo Gobierno se efectuaba mediante asambleas y comisiones de marineros, hizo su entrada en el puerto de Bilbao. Ese mismo día gran parte de la marinería, sin control y azuzada por sus líderes políticos, entró de nuevo en el Cabo Quilates, entregándose a otro sangriento episodio criminal, con el resultado de 38 presos muertos. Algunas fuentes afirman que las ejecuciones fueron iniciadas por los propios milicianos que custodiaban el barco y que los marineros del Jaime I se unieron después.
Es decir, tras la primera matanza, todo había seguido igual. Las autoridades vascas mantuvieron el mismo estado de los presos sin prever una repetición de los hechos, que, dada la persistencia de la situación, era más que probable. Es difícil imaginar mayor estupidez.
Pero lo que vino después fue aún peor…
Carlos Olazábal Estecha, autor del libro 4 de enero de 1937 ¿El Guernika del PNV? Carlos María Olazábal Estecha. Fundación Popular de Estudios Vascos, 2012. hace uno de los mejores estudios exhaustivos sobre estos hechos, y comenta que: «Esta historia es muy confusa, deliberadamente confusa. Todos los intervinientes intentaron disculpar su responsabilidad y eludir convertirse en testigos de cargo contra nadie. Todos los testimonios son imprecisos, desconexos e inciertos en el tiempo. La descripción de los hechos, que duraron horas y que involucraron a cientos de hombres armados, se convierten en relatos atemporales o breves en los que los personajes son siempre desdibujados«.
En este mismo libro, sin duda la mejor fuente de conocimiento del episodio, su autor concluye: “De los documentos, y en contra de la versión histórica y periodística de los nacionales, se deduce que en ningún momento el populacho penetró en las cárceles y lideró la ejecución de los crímenes, lo cual es coincidente con los interrogatorios practicados por el juez y las manifestaciones recogidas por la Dirección de Prisiones. Incluso con las sentencias de muerte dictadas por los consejos de guerra de las tropas de Franco.
Las turbas estuvieron esencialmente en el exterior, pero en el interior los asesinatos los llevaron a cabo fuerzas y elementos militares”.
Carlos Olazábal Estecha. 4 de enero de 1937 ¿El Guernika del PNV? Carlos María Olazábal Estecha. Fundación Popular de Estudios Vascos, 2012. La negrita es mía. N del A.
¿Pero, qué ocurrió el 4 de enero de 1937?
Hacia las tres de la tarde de aquel día, la aviación alemana bombardeó de nuevo la capital vizcaína. El ataque causó al menos siete muertos, pero la defensa republicana logró abatir un Junker. Uno de los tripulantes, Adolf Hermann, consiguió saltar en paracaídas. Sus compañeros Herbert Barowsky, Paul Ziepp y Hans Schüll, se estrellaron con el aparato en el barranco de Lisurdi, muriendo en el acto. Otro tripulante, el telegrafista Karl Gustav Schmidt, también saltó en paracaídas y fue capturado y protegido por uno de los pilotos soviéticos al servicio del Gobierno vasco. Fue trasladado para su interrogatorio al Hotel Carlton, sede de la Consejería de Gobernación.
Adolf Hermann, sin embargo, no tuvo tanta suerte como sus camaradas. Con su paracaídas tomó tierra hacia Torre-Urizar. Allí muchas personas, que habían seguido su descenso, lo esperaban furiosas para lincharlo. Y en efecto, es difícil describir lo que sucedió, baste decir que su cadáver fue arrastrado por las calles de Bilbao, convertido en un guiñapo inerte, machacado, pisoteado, acuchillado, escupido y vejado de cualquier manera imaginable. Sus despojos humanos arrastrados por la ciudad fueron llevados hasta la puerta misma de la Consejería de Gobernación. El Bilbao de la época quedó perturbado por aquel linchamiento público, sin parangón en cualquier otra ciudad europea civilizada.
Poco después de estos sucesos, en un ambiente de extrema hostilidad, civiles y milicianos socialistas y anarquistas se concentraron en las inmediaciones de la Prisión Provincial de Larrínaga y de las tres cárceles que habían sido habilitadas para albergar a los presos desafectos con la causa republicana y nacionalista: la Casa Galera y los conventos de los Ángeles Custodios y El Carmelo, que habían sido convertidos en prisiones. Todas estas cárceles estaban ubicadas en el distrito de Begoña. Alrededor de las cinco de la tarde, ante la presión popular, la guardia exterior cedió, se inhibió o facilitó la entrada de los más exaltados, dependiendo del caso.
Comenzaron entonces los asaltos. El Gobierno Vasco tardó en reaccionar. Se mostró indeciso o completamente reacio a la hora de enviar un batallón que pudiera enfrentarse a las masas dispuestas al linchamiento colectivo. Al final, milicianos izquierdistas se ofrecieron al Departamento de Defensa para restablecer el orden. Al llegar y contemplar las escenas, unos se desentendieron y otros, contagiados por la ira de los asaltantes, se sumaron a la masacre y al pillaje.
Durante casi cuatro horas, las tandas de fusilamientos se sucedieron sin cesar hasta las ocho y media. El balance final aproximado fue de 239 asesinados: 8 en El Carmelo, 56 en la Casa Galera, 50 en Larrínaga y 110 en los Ángeles Custodios. Con todo, pudieron ser más de no haber sido por la oposición de varios inspectores de prisiones y la resistencia de los reclusos, especialmente de El Carmelo. Peor suerte corrieron en el otro convento, ya que perecieron dos tercios de los allí detenidos, los más indefensos por tratarse de ancianos y enfermos.
La mayoría de las víctimas de la masacre eran vascos de origen o residencia, muchos de ellos vecinos de Bilbao. La indiscriminación de la matanza hizo que murieran personas de todas las edades, condiciones y profesiones, incluyendo campesinos, trabajadores, sacerdotes, profesionales, políticos, militares, financieros y nobles. Además, la variedad política también fue amplia, incluyendo tradicionalistas, monárquicos, falangistas y apolíticos. Sin embargo, muchos eran simplemente católicos independientes. Bilbao, 4 de enero de 1937: memoria de una matanza en la Euskadi autónoma durante la Guerra Civil española. Carmelo Landa Montenegro, jauna Eusko Ikaskuntza-Sociedad de Estudios Vascos.
Los testigos que pudieron referir los detalles del suceso atribuyeron la autoría de las muertes a milicianos de los batallones Asturias, del PSOE/UGT; Castilla, de las Juventudes Socialistas Unificadas, y Malatesta, de la CNT.
El desastre no pudo ser mayor. Tras los crímenes de las prisiones flotantes, ocurridas en dos ocasiones, llegó otra masacre de mayores dimensiones y cuya autoría colectiva cabe atribuir a todo el abanico de fuerzas políticas que ostentaban el control político en el País Vasco: al PNV encargado de proteger y custodiar a los presos; a los socialistas de UGT y a los cenetistas, que fueron los autores directos del crimen, azuzando a una población tan brutal como estúpidamente asesina.
De hecho, el responsable político de aquellos hechos (nombrado por el lehendakari José Antonio Aguirre como consejero de Gobernación en aquel primer Gobierno vasco) era Telesforo Monzón, un personaje nacido en el seno de una familia aristocrática de indianos enriquecidos en América, llamado a heredar y dar continuidad a la gran casa de los Monzón de Olaso, una de las más poderosas y ricas de Guipúzcoa. Telesforo fue educado por preceptores religiosos que dirigieron su formación en alguna de las mansiones familiares, sin mezclarse con los muchachos de su edad, como alguien destinado a ocupar la cúspide de la jerarquía social. Había estudiado en Madrid la carrera de Derecho, que nunca llegó a terminar y, con el comienzo de la Guerra Civil y ya situado en la dirección del PNV, fue nombrado comisario de Orden Público en la Junta de Defensa de Guipúzcoa.
Ya con anterioridad a estos sucesos recién referidos de Vizcaya, cerca de 500 personas habían sido asesinadas entre el 18 de julio y el 1 de octubre en Guipúzcoa también bajo el mandato de Telesforo Monzón. Allí se produjeron otros asaltos de las cárceles con las consiguientes matanzas de presos, concretamente el asalto a la cárcel de Ondarreta y las matanzas de los presos de Tolosa y Guadalupe, ocurridas la noche del 30 de julio cuando, de madrugada, un grupo de milicianos tomó el control de la cárcel y fusiló a 53 personas.
En estos crímenes de Guipúzcoa, aunque la responsabilidad política corresponde a Monzón desde su competencia en el control del orden público, la autoría fue cosa del Comisario de Guerra nombrado por el Frente Popular, el comunista Jesús Larrañaga, uno de los impulsores del Partido Comunista de Euskadi (PCE-EPK), junto con Dolores Ibárruri y Juan Astigarrabía. Su participación en los hechos no ofrece duda en el momento actual. En la biografía realizada sobre el mencionado dirigente comunista por José Antonio Egido, se puede leer el siguiente testimonio de Francisco Cuenca: Egido, José Antonio: Jesús Larrañaga, Beasaingo Paperak. Nº 2. Beasain. 1993.
«Larrañaga me dio la orden: Ir a la cárcel y fusilar a todos. Entrar con tu equipo en la cárcel, ponerlos contra la pared y fusilarlos a todos. Me lo dijo como que estoy aquí». http://www.gipuzkoa1936.com/verano3.php. Pedro Barruso. Verano y Revolución. La Guerra Civil en Guipúzcoa. Diputación Foral de Guipúzcoa.
En Tolosa, el Comité Revolucionario también se encargó de la represión a su manera:
«Alguien tenía que aceptar la responsabilidad de lo que iba a suceder aquella noche, dar las órdenes precisas. Lo aceptó el presidente del Comité Revolucionario, él dio la orden y el Comité en pleno, bajo su entera responsabilidad, ejecutó el plan acordado. Aquella noche fueron ejecutados los dirigentes más caracterizados del fascismo tolosano: se efectuaron múltiples registros en domicilios fascistas, se encarceló a más de doscientos reaccionarios; la dirección de la cárcel pasó a manos de gente de confianza; las dos únicas ametralladoras que había en Tolosa, ocultas en el cuartel de la Guardia Civil, pasaron a manos del pueblo». Ibíd.
Sea como fuere, el hecho es que, tras estas masacres de Guipúzcoa (un episodio en el que todos los implicados intentaron escurrir hipócritamente el bulto organizando una ceremonia de la confusión destinada a enmarañar lo sucedido para esconder sus responsabilidades) la figura de Telesforo Monzón emerge nuevamente como encargado del orden público desde su Consejería de Gobernación, en el Gobierno vasco, cuando se producen las nuevas masacres de presos, esta vez en Vizcaya.
No es de extrañar pues, que esta peculiar afinidad por la muerte y el crimen que parece acompañarle, hayan convertido al personaje muchos años después de estos hechos en fundador de Herri Batasuna, el brazo político de ETA, y en diputado de esa coalición electoral alcanzando un mullido sillón en las Cortes españolas en 1979.
En cualquier caso, la historia recuerda sus palabras como respuesta a las matanzas sucedidas en las cárceles en Vizcaya el 4 de enero de 1937:
¿¡Pero, qué dirán de nosotros los ingleses?!
Ahora, muchos años después, el actual Gobierno vasco no necesita a los cachorros de ETA para borrar la memoria mediante la destrucción de cruces conmemorativas con nocturnidad y alevosía. Él solo se sirve y se basta para ello. En 2014, con una manifiesta vocación política de ocultar sus culpas sobre las víctimas del 4 de enero de 1937 y de otros hechos similares, el lendakari Íñigo Urkullu puso en marcha la Ley 4/2014 de 27 de noviembre para la creación del Instituto de la Memoria, la Convivencia y los Derechos Humanos, rebautizado como “Gogora” por la dictadura lingüística del vascuence. La “factoría Gogora”, con sus historiadores de cabecera, se ha encargado de ir eliminando cualquier memorial que recuerde a los asesinados del 4 de enero de 1937, por el simple procedimiento de usar torticeramente una ley como la de Memoria Histórica, que les permite eliminar placas, cruces, nombres o cualquier vestigio de las huellas de la represión republicana y de las víctimas inocentes que causó. Puro Orwell, el Instituto de la Memoria encargado de promover el olvido…
Y mediante ese mecanismo de amnesia inducida, una vez más, la izquierda de siempre con sus parásitos comensalistas continua orgullosa de su pasado y haciendo ostentación de él. Hace solo unos meses, en abril de 2022, se produjo la instalación de un monolito en Archanda, Bilbao. En dicho monolito figura la inscripción: “Desde Euskadi en recuerdo de los combatientes por la democracia y la libertad”, y entre los nombres de los batallones homenajeados aparecen entre otros, el batallón del PSOE/UGT, Asturias, el de las Juventudes Socialistas Unificadas, Castilla, y el batallón de la CNT, Malatesta.
¿Se acuerda el lector de los nombres de los batallones que fueron principales ejecutores de los crímenes del 4 de enero?
Así se escribe la historia criminal de la izquierda española.
