“No se conoce en la Historia ninguna actuación semejante de robo y reparto entre los dirigentes políticos cometido sobre los bienes del Patrimonio Histórico de su propia nación. Nada semejante se encuentra en las más negras páginas de la historia de nuestro Patrimonio Artístico. Ni en la devastadora invasión napoleónica, ni en la desastrosa desamortización de Mendizábal”.
-Martín Almagro-Gorbea-
La historia del expolio del Gabinete Numismático del Museo Arqueológico Nacional de Madrid es uno de los sucesos más bochornosos de la historia de España, hasta el extremo de hacer sentir vergüenza a cualquier persona con un mínimo de sensibilidad y sentido crítico que escuche su relato. Incluso la izquierda, a pesar de su ciego fanatismo, intenta ocultar el episodio en el desván de los recuerdos perdidos buscando su olvido definitivo. Pronto oiremos decir que nada de eso ha sucedido.
Pero los hechos son tozudos y la realidad incuestionable…
La tarde del 4 de noviembre de 1936 se presentó en el Museo Arqueológico de Madrid el subsecretario del Ministerio de Instrucción Pública, Wenceslao Roces, acompañado de un representante de la Junta Delegada de Incautación, Protección y Salvamento del Tesoro Artístico de Madrid (como podemos ver el creativo lenguaje orwelliano era la norma en la nomenclatura oficial de los organismos de la República española), Antonio Rodríguez Moñino, algunos guardias nacionales republicanos (Guardia Nacional Republicana, era el nuevo nombre que había recibido la Guardia Civil) y un grupo de milicianos.
El director del museo, Francisco Álvarez-Ossorio, y el conservador del Gabinete Numismático, Felipe Mateu y Llopis, recibieron con estupor a los visitantes y sobre todo la orden gubernamental de entregar al Ministerio de Instrucción los tesoros y los objetos más importantes de oro y plata, muy especialmente la colección de monedas de oro. Los responsables del museo no daban crédito, siendo conscientes de que aquello era un expolio en toda regla, y que con la excusa de proteger las monedas para que no “caigan en manos de los fascistas”, las piezas que de allí saliesen no iban a volver nunca más a la colección.
Sin más demora y sin mayores requisitos legales, aquella misma noche comenzó la requisa de las monedas de oro del Gabinete Numismático, (realmente, lo que más les importaba a las autoridades gubernativas de la República). Aquello tenía más aspecto de un robo con intimidación que de un procedimiento de protección y salvamento del patrimonio nacional, como iremos viendo.
Dada la ausencia de luz eléctrica en el museo, y lo tardío de la hora, dejaron la tarea y durmieron en el museo. La penosa tarea continuó al día siguiente, con los funcionarios del Museo intentando sabotear la requisa y escamotear y esconder las monedas de mayor valor histórico en los lugares más inverosímiles con riesgo de su propia vida. Tanto Mateu como Felipa Niño, también conservadora del Gabinete, se jugaron la vida intentando ocultar de las maneras más variopintas algunas de las monedas más valiosas de la colección: en cajones secretos, bajo las estatuas del jardín, en un arcón de plomo en el sótano, o haciendo pasar por plata las piezas de menor ley. Su previsión y su astucia lograron salvar algunas de las grandes piezas numismáticas que aún hoy podemos ver en el Museo Arqueológico, como el quaternion de Augusto, la gran dobla de Pedro I o el centén de Felipe IV.
Entre las monedas perdidas, en cambio, se encuentra toda la colección de moneda visigoda, cuyo estudio monográfico acababa de ser publicado en junio de 1936 por el propio Mateu. Del alrededor de mil monedas romanas se salvaron apenas noventa, y entre las desaparecidas para siempre se encontraban rarísimos quinarios de Augusto y Tiberio, o áureos de gran rareza de la dinastía de los Severos. Desaparecieron igualmente los múltiplos áureos de los Ptolomeos, entre otras rarezas de las series griegas.
También quedó muy tocada la colección de moneda islámica, que fue saqueada en su mayor parte, incluyendo la colección de Antonio Vives, de la que ahora solo se conservan sus improntas y publicaciones.
El propio jefe del Gabinete Numismático, Felipe Mateu, intentó convencer a los funcionarios gubernamentales del escaso valor intrínseco de muchas piezas, cuyo valor primordial era histórico. Así consiguió que no se llevasen los florines aragoneses y las monedas visigodas. Pero en el Ministerio no entendían de trascendencia histórica y esa misma tarde volvieron a por las monedas visigodas, a pesar de que Mateu insistía de que muchas estaban partidas y los trozos se mezclarían. Que a un numismático amante de la historia le obliguen a participar en semejante barbarie es como si a una madre le obligan a fusilar a sus propios hijos.
El Ministerio metió todo en cajas y se las llevó primero a Valencia, y a medida que el Gobierno de la República iba retrocediendo al compás de la modificación del frente de guerra según el avance de las tropas nacionales de Franco, finalmente a Cataluña. Desde allí, las monedas cruzaron la frontera hacia Francia donde fueron embarcadas y trasladadas a Méjico para terminar desapareciendo definitivamente, fundidas y convertidas en lingotes para su venta en oro bruto. En Valencia se unieron con diversos tesoros que el Gobierno de la Segunda República había robado a otros museos, a las cajas de seguridad de los bancos, a las entidades religiosas y a particulares, como veremos más adelante en el capítulo dedicado al yate Vita y al traslado a Méjico de los bienes expoliados.
“No se conoce en la Historia ninguna actuación semejante de robo y reparto entre los dirigentes políticos cometido sobre los bienes del Patrimonio Histórico de su propia nación. Nada semejante se encuentra en las más negras páginas de la historia de nuestro patrimonio artístico. Ni en la devastadora invasión napoleónica, ni en la desastrosa desamortización de Mendizábal, que al menos en teoría respetó los bienes de la nación. Tampoco ningún hecho paralelo semejante puede aducirse en otros países del mundo, ni democráticos ni no democráticos, pues ni en la Revolución Francesa, ni en la revolución bolchevique soviética o en la Revolución Cultural china hay noticia de que haya ocurrido un hecho semejante: que los bienes más significativos del Patrimonio Histórico, propiedad del Estado y custodiados en una institución pública, como era el Museo Arqueológico Nacional, hayan sido sacados oficialmente (y con explícitas amenazas a sus funcionarios) para ser utilizados para el beneficio y lucro personal de dichos dirigentes políticos”. Martín Almagro-Gorbea. El expolio de las monedas de oro del Museo Arqueológico Nacional en la II República española. Publicado en el Boletín de la Real Academia de la Historia CCV,1, 2008: 1-72.
Pero no adelantemos conclusiones, porque quizás para el lector incrédulo, escéptico o benevolente, sea necesario profundizar en los hechos para aclarar definitivamente su carácter criminal. Por él, como por cualquier persona con honestidad intelectual, es necesario meter el dedo en la llaga. Hagámoslo pues.
Al comenzar la Guerra Civil, el Museo Arqueológico contenía más de 160.00 monedas y 15.000 medallas, lo que suponía una de las principales colecciones numismáticas del mundo. De esta colección el máximo responsable era Felipe Mateu y Llopis, un joven doctor valenciano más interesado en los temas históricos y bibliotecarios que en las cuestiones políticas y militares.
El origen del Gabinete se remonta al rey Felipe V, que en 1711 decidió formar una colección unitaria con las diversas colecciones reales y con las que luego se fueron adquiriendo a la nobleza que gustaba de esa actividad como signo de distinción. A partir de entonces la colección no paró de crecer, contando ya en 1800 con más de 80.000 piezas. El prestigio internacional de la colección fue en aumento sin parar, y en 1925 podía considerarse una de las más importantes del mundo, acompañándose de numerosos estudios, catálogos y publicaciones y siendo un referente mundial para los expertos de la numismática. En definitiva, se trataba de un conjunto único e insustituible del Patrimonio Histórico de España.
Todo ello hace que su pérdida haya sido un suceso irreparable, una verdadera catástrofe, no solo para el Patrimonio Nacional español, sino también para el patrimonio cultural mundial, que todavía hoy los especialistas en la materia lamentan.
Como ya hemos visto, en los días posteriores al comienzo de la Guerra Civil la situación era absolutamente caótica y los asaltos tanto a las personas como a las propiedades estaban a la orden del día por cualquier mínima excusa. Grupos de milicianos, autoconvertidos en ley por su propia voluntad, ejercían el abuso de poder en sus respectivos pueblos casi como norma: bastaba una mera sospecha para entrar en casa de cualquiera, llevarlo a una checa, fusilarlo y apropiarse de todos sus bienes. En el caso de las iglesias, ni siquiera hacía falta sospechar nada para sustraer todo lo que hubiese de valor y prender fuego al resto.
Intentando controlar semejantes barbaridades, el Gobierno de la Segunda República constituyó la Junta de Incautación de Obras de Arte, como una manera de centralizar estas actividades, ponerlas bajo el control del Gobierno y evitar que quedasen a la merced del abuso de poder de unos milicianos que en muchos casos no sabían ni leer.
A la postre, esto fue como pasar de los hampones de barrio al crimen organizado…
El episodio del Gabinete Numismático del Museo Arqueológico es un caso paradigmático de todo ello. Para conocer con detalle lo sucedido es preciso recurrir a la memoria de sus propios protagonistas.
Conviene mencionar, no obstante, la sorprendente falta de estudios que sobre este negro suceso existe en la historiografía “oficial” académica, más interesada en el sexo de los ángeles, que en hechos de la mayor trascendencia histórica, política y cultural. Cobarde y acomplejada, da la impresión de que reserva su vacua erudición para causas de gran enjundia como mirarse su propio ombligo o arrimarse al sol que más calienta, generalmente cercano de algún comedero de alpiste izquierdista.
Afortunadamente, existe un trabajo esencial del historiador, arqueólogo y anticuario perpetuo de la Real Academia de Historia, Martín Almagro Gorbea, publicado en el Boletín de la Real Academia de la Historia, en 2008, y titulado: El expolio de las monedas de oro del Museo Arqueológico Nacional en la II República española. Se trata de un documentado estudio sobre aquellos hechos, utilizando en gran medida las declaraciones de los propios actores implicados en semejante desmesura, y los trabajos previos efectuados sobre todo por Carmen Alfaro Asins, arqueóloga y conservadora jefe del Departamento de Numismática del propio Museo Arqueológico.
Este trabajo de Almagro Gorbea será la referencia fundamental en adelante. Aconsejo su lectura al lector interesado en profundizar sobre el episodio. Su meridiana claridad expositiva y su ausencia de connotaciones partidistas lo convierten en un testimonio de primera magnitud, que solo por su mera existencia será una permanente acusación contra los herederos políticos de los responsables de aquel latrocinio.
Extraigo el relato textual que hace Carmen Alfaro, tomado de las declaraciones del principal testigo presencial, Felipe Mateu y Llopis, director y conservador principal en aquel momento del Gabinete Numismático, y que recoge Almagro Gorbea en su mencionado estudio:
“En la tarde del 4 de noviembre de 1936 se personó en el Museo el Subsecretario del Ministerio de Instrucción Pública, D. Wenceslao Roces, acompañado de un representante de la Junta de Incautación de Obras de Arte, Sr. Rodríguez Moñino, una serie de guardias armados, y un grupo de milicianos, siguiendo instrucciones del Gobierno de la República.
Desde el Museo fueron llamados su director, D. Francisco Álvarez- Ossorio, y el conservador del Gabinete Numismático, D. Felipe Mateu y Llopis, a quienes se transmitió la orden del Gobierno de la República de que les fueran entregados los tesoros y los objetos más importantes de oro y plata, especialmente las monedas, La negrita es mía. para ser custodiados por el Ministerio de Instrucción Pública”.
Se conserva copia del oficio con la orden de entrega de las monedas: “El Excmo. Sr. ministro de Hacienda (Juan Negrín. ¡Otra vez Negrín!), dice a este Ministerio lo que sigue: “En virtud de las circunstancias actuales, es absolutamente necesario que todos los efectos de valor, oro, plata y tesoros que forman las valiosas colecciones que se hallan en el Museo Arqueológico Nacional, sean colocadas convenientemente en disposición de transporte y traslado a este Ministerio, de donde pasarán al lugar que se designe para su definitiva custodia. Madrid, 2 de noviembre de 1936”. Martín Almagro-Gorbea. El expolio de las monedas de oro del Museo Arqueológico Nacional en la II República española. Publicado en el Boletín de la Real Academia de la Historia CCV,1, 2008: 1-72. Por supuesto nada se dice de la importancia histórica o cultural y solo se hace referencia a su valor estrictamente metálico en oro o plata.
Pero continuemos con el relato de los hechos por los testigos presenciales, en este caso con las propias palabras del conservador del Gabinete Numismático, el mencionado Felipe Mateu, tal como consta en su declaración transcrita en el apéndice III del citado estudio de Almagro Gorbea. Su prolija descripción da más la impresión de encontrarse ante un asalto armado ejecutado por rufianes, que ante miembros de un Gobierno democrático:
“Me presentaron a Wenceslao Roces; me pidió las llaves del Monetario, por casualidad aquel día habían quedado fuera del lugar acostumbrado y esto planteó algunas dificultades pues, al no hallarlas, no podía abrirse el salón tan rápidamente como deseaba el Subsecretario. Cómo fue pasando el tiempo sin hallarlas, este propuso que se descerrajase o abriese por cualquier otro procedimiento la puerta, insistiendo yo en que no hacía falta porque las llaves tenían que aparecer. Halladas ya y no teniendo más remedio que abrir, Roces y Moñino, explicaron la necesidad de retirar todas las monedas de oro para hacerse cargo de ellas. Roces indicó que aquella labor era urgente y había de quedar terminada aquella misma noche. Yo indiqué que esperaba que de todo aquello se hiciera la correspondiente relación y acta de entrega… Propuse que se hiciera relación detallada con la descripción de cada moneda y peso de la misma, una por una, para lo cual me había provisto ya de papel y tinta y una balanza. Me replicó que en modo alguno podía hacerse como yo quería, porque ello suponía mucho tiempo y había que terminar aquella misma noche.
A altas hora de la noche llegó Roces armado con una gran pistola que llegaba colgada de bandolera (…) Le contesté oportunamente lamentando el trabajo perdido de tantos Conservadores del Gabinete (…) Mientras recogía el material que había sobre la mesa Roces había hablado de la labor obstruccionista de muchos funcionarios, sobre la que me advirtió, así como en punto a la reserva que había que guardar sobre lo que se estaba actuando. Apéndice III. Martín Almagro-Gorbea. El expolio de las monedas de oro del Museo Arqueológico Nacional en la II República española. Publicado en el Boletín de la Real Academia de la Historia CCV,1, 2008: 1-72.
El propio Rodríguez Moñino, acompañante de Wenceslao Roces como representante gubernamental de la Junta de Incautación de Obras de Arte, confirma este relato en su declaración posterior, también incluida en el apéndice IV de la citada obra del profesor Martín Almagro-Gorbea:
“Serían ya las seis de la tarde o cosa así. Desde luego, había oscurecido completamente. Mateu y yo estábamos en el enorme caserón del Museo sin más compañía que la de cuatro guardias civiles que custodiaban el edificio. La luz había desaparecido del gran salón de numismática y ambos comenzábamos nuestra tarea en la forma más incómoda que pueda darse. Mientras con una mano, la izquierda, sosteníamos la lámpara que proyectaba una debilísima luz, con la derecha teníamos que ir abriendo las bateas donde estaban las monedas y haciendo la selección. Las piezas se iban echando en un saquillo que sostenía un guardia civil.
Excusado está decir la molestia y la incomodidad que esto nos suponía: aparte del enorme cansancio de los brazos. Como Mateu y yo andamos bastante mal de vista, sufrimos lo indecible. Cuando llevábamos un par de horas de rebusca, se presentó Roces con cazadora de cuero y enorme pistolón del nueve largo, cruzado con una correa al pecho. Del cinto, un parabellum con su caja de madera correspondiente.
Dijo que aquello iba muy lento. Que era preciso activar todo lo posible y me preguntó otra vez por la filiación de Mateu. Le respondí lo mismo que la vez anterior. Tengo la certeza de que una ligera indicación mía al Subsecretario, en aquellos momentos, hubiera bastado para desplazar a Mateu del Museo y tal vez para algo peor. No lo hice porque comprendí su interés conforme el mío, de evitar en lo posible perjuicios para las colecciones y porque desde el principio me repugnaba intervenir en la expoliación que se intentaba.
Para Mateu era doloroso, indudablemente, realizar el mandato del ministro. Yo lo comprendí así porque me sucedía lo mismo y porque tenía idea de que el enorme trabajo de clasificación y catalogación hecho durante tantos años se derrumbaba. Volvimos a la tarea.
Estuvimos hasta las cuatro o las cinco de la mañana trabajando. Roces volvió otras veces con su arsenal de pistolas a darnos prisa…
Cuando se terminó la labor se hizo un acta muy detallada de cómo se había realizado, a qué horas, en presencia de quiénes, número y época de las monedas, en fin, un documento en regla. Pero Roces, violentamente, lo rompió diciéndonos que era un disparate aquello, y que él haría como Subsecretario un recibo simple por tantas monedas de oro con tal peso. Ante esta actitud y razones, agachamos la cabeza, -no había otra solución-, y prepararon un cajoncito en el cual fue todo colocado convenientemente, siendo llevado por el propio Roces al Ministerio”. Apéndice IV. Martín Almagro-Gorbea. El expolio de las monedas de oro del Museo Arqueológico Nacional en la II República española. Publicado en el Boletín de la Real Academia de la Historia CCV,1, 2008: 1-72.
Creo que el lector podrá hacerse una idea cabal de lo que sucedió aquel 4 de noviembre en el Museo Arqueológico de Madrid. El abuso de autoridad, la intimidación, la amenaza y el robo de los bienes de la Nación por parte de unas autoridades republicanas convertidas más en una banda mafiosa que en gobernantes legítimos del Estado.
Carmen Alfaro, continúa describiendo la situación:
“La penosa labor de entrega de las monedas le fue encomendada a Felipe Mateu, conservador del Gabinete, quien esa noche, lo más lentamente posible, aprovechando la falta de luz y utilizando todo tipo de maniobras para retrasar la llegada al armario XII, donde se guardaba el oro, y evitar la salida de algunos ejemplares, fue recorriendo los armarios con los milicianos y el representante de la Junta de Incautación y retirando los cartones con las piezas.
Una vez en la sala Nº12 del Monetario, a la luz de linternas pues no había luz eléctrica, Felipe Mateu inició la búsqueda, lo más lentamente posible, por la parte izquierda del salón que daba a la calle Villanueva, donde no había oro, salvo lo español moderno, temiendo llegar al testero frontal donde se hallaba la colección Vives de moneda árabe. Así se fueron recorriendo los armarios y retirando los cartones con monedas, primero las onzas, y después, al llegar al armario XII, situado en la parte derecha del salón, los áureos romanos y los sólidos bizantinos, a los que siguieron una serie de monedas griegas. Por la escasa luz y la iniciativa del Dr. Mateu, fue posible que algunas monedas de oro pasaran como de plata y que en las cajas donde había doble cartón no se escrutara más que el superior.
En el vestíbulo de entrada a la Biblioteca, donde había unos potentes focos eléctricos, se instaló una mesa y una balanza. Allí, entre el asombro e indignación del Sr. Mateu, los cartones con las monedas se iban volcando en los gorros de los milicianos que le acompañaban y que después, por series, iban a parar a taleguitos independientes y estos, a su vez, a dos cajas. A instancia del Sr. Rodríguez Moñino se prescindió de la relación detallada de las monedas y solo se hizo el recuento y peso global por series… Aunque Mateu lo solicitó reiteradamente, el subsecretario no quiso relacionar adecuadamente las piezas y solo se hizo un recuento con el peso global por series… Dado lo avanzado de la noche, se interrumpió la labor hasta el día siguiente.
A primera hora del día 5 se continuó con la búsqueda de monedas de oro y se sacaron una serie de monedas modernas extranjeras así como medallas. Ya por la tarde se retiraron en sus bandejas algunas monedas árabes sin pesar y la totalidad de las monedas visigodas.
Arriesgando su vida, Felipe Mateu junto con Felipa Niño, también conservadora del Museo, pudieron esconder otras pocas piezas en los rincones de los despachos.
Según el acta de entrega, las monedas incautadas, sin mayores precisiones fueron:
– 58 monedas griegas con peso de 0,429 kg.
– 830 romanas, con peso de 5,353 kg.
– 297 bizantinas, con peso de 0,992 kg.
– 343 árabes, con peso de 1,251 kg.
– 242 árabes que no se pesaron
– 322 visigodas que no se pesaron
– 94 españolas medievales y modernas, con peso de 1,028 kg.
– 11 francesas y portuguesas, con peso de 0,577 kg.
– 432 extranjeras, con peso de 2,581 kg.
– 67 medallas, con peso de 3,636 kg.
– 2 medallas más, con peso de 0,061 kg.
Martín Almagro-Gorbea. El expolio de las monedas de oro del Museo Arqueológico Nacional en la II República española. Publicado en el Boletín de la Real Academia de la Historia CCV,1, 2008: 1-72.
El número de monedas de oro que salieron del Museo fue, por tanto, de 2.796, con un peso de 15,908 kg. Sin contar las 242 monedas árabes y las 322 visigodas que no se pesaron. Es decir, una considerable cantidad de oro cuyo valor histórico y numismático era, sin embargo, mucho mayor. Un valor que a los “defensores de la cultura” les traía sin cuidado como el futuro se encargó de demostrar.
De tal forma, al margen del valor oro, se perdieron definitivamente importantes monedas griegas como un estatero de electrón de Cíclico; un darico de oro; el triple shekel de electrón de Cartago; las monedas de oro ptolemaicas; las republicanas romanas, casi todas las imperiales y gran parte de las monedas de Egipto.
Una de las pérdidas más significativas fue la de las monedas visigodas, así como la magnífica colección de monedas hispanoárabes de oro que se perdió en su totalidad.
Hay que mencionar también que no solo salieron por la vía rápida mediante el saqueo gubernamental las monedas de oro del Museo Arqueológico Nacional, sino también fue expoliado el Tesoro de los Quimbayas: un conjunto de objetos de oro de excepcional calidad artística y técnica, auténtica obra maestra del arte precolombino encontrado formando parte del ajuar de dos tumbas de esa cultura. El tesoro había sido un obsequio del presidente de Colombia a la Corona española a finales del siglo XIX, en agradecimiento por la intermediación de la reina Regente María Cristina en el conflicto fronterizo entre Colombia y Venezuela, que terminó beneficioso para la primera. Un fabuloso tesoro que en mayo de 1893 pasó a manos del Estado español fruto de la generosidad de la República de Colombia… Un tesoro que también acabó empaquetado y trasladado con las monedas de oro fuera de su lugar natural de protección y estudio en el museo arqueológico de Madrid. Afortunadamente, el tesoro pudo ser recuperado tras la guerra civil, cuando ya se encontraba en Suiza.
Es tan indignante como inútil seguir mencionando la irreparable pérdida histórica, producida por los gobernantes de la República con un afán exclusivo de enriquecimiento personal y buscando acomodarse en un futuro que no pintaba nada halagüeño. En cualquier caso, un latrocinio sin parangón en la historia universal.
Las monedas del Gabinete Numismático y el Tesoro de los Quimbayas fueron trasladados esa misma tarde al Ministerio de Instrucción en cajas de madera. Carmen Alfaro continúa:
“Las monedas se colocaron en dos cajas de madera, que en total contenían 8 talegos y varios paquetes con las bandejas de cartón de moneda árabe y visigoda. Ambas cajas se precintaron con sello de lacre del M.A.N. (Museo Arqueológico Nacional), y se bajaron a un coche que salió rápidamente del jardín con destino al Ministerio, y desde allí, junto con otros objetos, fueron llevadas por carretera a Valencia, donde estuvieron depositadas en las Torres de Serranos hasta mediados de 1937, en que fueron trasladadas a Barcelona.
Hasta noviembre de 1938, las monedas, custodiadas por la Junta Central del Tesoro Artístico, se hallaban en el Monasterio de Pedralbes de Barcelona, y desde allí, dependiendo ya directamente del Ministerio de Hacienda, pasaron a la caja fuerte de la Caja de Reparaciones situada en la Plaza de Cataluña. A este nuevo emplazamiento también llegaron las monedas procedentes de los depósitos del Banco de España de Madrid, mucho más abundantes y mezcladas a causa de haberse roto los sobres que las contenían y que indicaban el nombre del propietario o el número de la caja.
Esta ya gran cantidad de monedas fue trasladada al castillo de Figueras, donde estuvieron unos días, y de allí se las llevaron a Lavajol, donde el Gobierno había habilitado una antigua mina para guardar una parte de los tesoros (es casi inevitable evocar la cueva de Alí Babá por simple analogía de ideas).
Al parecer, el 6 de febrero de 1939 salieron de España en un camión por la aduana de Le Pertus, y desde una pequeña estación francesa se mandaron en tren a París, custodiadas por un funcionario del Ministerio de Hacienda, un comandante de Carabineros y el hijo del que fue Subsecretario del Ministerio de Hacienda, para ser finamente embarcados en el yate Vita rumbo a Méjico”. Martín Almagro-Gorbea. El expolio de las monedas de oro del Museo Arqueológico Nacional en la II República española. Publicado en el Boletín de la Real Academia de la Historia CCV,1, 2008: 1-72. En sus notas, Almagro añade: “Toda la información sobre este triste episodio así como sobre la identificación de las monedas se encuentra en el correspondiente expediente del Museo Arqueológico Nacional y ha sido ampliamente detallada por Carmen Alfaro Asins, 1993: id.1998; id., 1999: id. 2003”.
El análisis detallado del episodio del Vita merece un capítulo independiente, que se abordará más adelante como otro de los sucesos criminales de la izquierda española. Baste decir por ahora, que en él se trasladaron a Méjico las monedas del Museo Arqueológico y de la Casa de la Moneda, además de las joyas empeñadas en el Monte de Piedad por numerosas personas particulares, las robadas tras forzar las cajas de seguridad de los bancos, así como los objetos artísticos, ornamentos sagrados, lienzos y obras de arte, expoliados en museos religiosos, templos y conventos (como los tesoros de la Capilla Real de Madrid y de las catedrales de Toledo y de Tortosa). Lo que, al margen de su carácter esencialmente inmoral, significó una pérdida irreparable del patrimonio histórico, artístico y cultural de España.
Según Carmen Alfaro, en Méjico “se difuminaron las noticias sobre las monedas. Probablemente la mayoría de las piezas debieron ser fundidas quizás en la propia Casa de la Moneda, aunque quizá una pequeña parte se pudo vender y debe encontrarse en algún lugar desconocido”. Ibíd.
Aunque aquí entramos en el terreno de las especulaciones, parece bastante plausible la complicidad del presidente de Méjico, el general Lázaro Cárdenas, en todo este asunto, cuya “generosidad” pudo haber sido recompensada con una buena mordida del tesoro del Vita, siguiendo la tradicional actitud de las autoridades mejicanas al respecto.
Amaro del Rosal, director de la Caja General de Reparaciones, organismo dependiente del Ministerio de Hacienda y colaborador (junto al ministro de Hacienda, Juan Negrín, y el director general del Tesoro, Francisco Méndez Aspe), en la planificación del traslado de las reservas de oro del Banco de España a Cartagena y su posterior envío a la URSS, episodio del que ya hemos hablado. Fue también miembro y vocal, como representante de la UGT, del Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (SERE), organización formada por los republicanos exiliados que debía ayudar a coordinar los esfuerzos para su traslado a terceros países, especialmente Méjico. Posteriormente, él mismo se trasladaría a ese país, donde se estableció. Persona, por tanto, con conocimiento de los hechos que estamos relatando y elemento potencial para un intento de clarificación. Autor del libro: El oro del Banco de España y la historia del Vita, publicado en 1977, donde relata los acontecimientos desde su punto de vista y que, como otros muchos miembros del Gobierno republicano, intenta hipócritamente exculparse mediante una premeditada confusión narrativa que le aleje de responsabilidades.
Así escribe al respecto: “A estas alturas resulta ineludible la pregunta clave que deben hacerse los españoles: ¿Qué fue de todo aquello? Están por explicar los paraderos, el empleo que se dio al oro, a la plata, a los valores y a las joyas, y sobre todo debe aclararse qué se hizo con los objetos de arte… Mucho nos tememos que una gestión irresponsable convirtiera en lingotes de oro o plata aquellas colecciones numismáticas de valor incalculable y que se hiciera lo mismo con los objetos religiosos”. El oro del Banco de España y la historia del Vita. Barcelona. Grijalbo. 1977.
Resulta muy significativa esa cínica expresión de Amaro del Rosal: “una gestión irresponsable”. Para él, como para los dirigentes republicanos, lo irresponsable no es el expolio, el robo de bienes propiedad de la nación española, o de particulares, o de entidades religiosas, o su salida de España y su negligente custodia, convertidos en patrimonio exclusivo de esos dirigentes autoidentificados como el único Estado competente para serlo. Para él, la “gestión irresponsable” es la “incorrecta utilización” y el “empleo” que se dio a todo aquello, a lo que muchos de los exiliados republicanos, como él, no tuvieron acceso. ¿Cuál pensaba, entonces, que era el destino de todo aquello? ¿Todo aquello que con su colaboración se había robado a la nación como vulgares rufianes, mediante la requisa y el pillaje, amparados por una “legitimidad” estatal más propia de bárbaros que de personas civilizadas? ¿Una exposición itinerante internacional? ¿O seguía manteniendo que la peripecia errante por carreteras en mal estado, con cambios de ubicación constantes, con depósitos en minas de talco, o con singladuras en malas condiciones a través del océano Atlántico, eran la mejor forma de preservación del patrimonio cultural de España? Sencillamente ridículo.
Todo ello corrobora la opinión del director del Museo del Prado durante esos años, el pontevedrés Francisco Javier Sánchez Cantón, cuando dice que los bienes del patrimonio histórico español, incluidas las obras del Prado, no tenían para los gobernantes del Frente Popular otro valor que el de “una suma de efectos cotizables en el mercado”.
Las propias autoridades gubernativas así lo revelan, dejando clara la inexistencia de cualquier propósito de protección de algún bien del patrimonio histórico, y sí, por el contrario, haciendo patente la finalidad de reunir un patrimonio propio para mantenerse en el exilio a costa de los bienes de una nación que consideraban de su propiedad particular. La carta de Negrín a Indalecio Prieto el 23 de junio de 1939, lo testifica:
“En marzo de este año, el ministro de Hacienda (Méndez Aspe), de acuerdo conmigo y conforme a un plan minuciosamente estudiado y preparado desde hacía mucho tiempo, trató de asegurar en países, o por procedimientos en que nuestro derecho sobre los recursos del Estado republicano no pudiera ser puesto en peligroso litigio, todos los medios utilizables para remediar, en la medida de lo posible, el infortunio de nuestros compatriotas en la emigración.
Gracias a nuestra previsión y diligencia han podido salvarse elementos tales que en su cuantía no lo hubieran soñado quienes hace dos años aseguraban que la guerra estaba a punto de terminar por agotamiento de nuestros recursos… Así, con cautela y rapidez, sin precipitaciones ni atolondramientos, se ha podido salvar lo que se ha salvado, resguardado por una posición jurídica, la más sólida dentro de lo viable”. La negrita es mía. Prieto. 1990. Pág.60. Tomado de Martín Almagro-Gorbea. El expolio de las monedas de oro del Museo Arqueológico Nacional en la II República española.
Sea como fuere, el hecho es que la necesidad de buscar un país inmune a “peligroso litigios”, según la eufemística expresión utilizada por Negrín, y descartada la URSS por su difícil acceso al tener que atravesar con el cargamento países poco favorables al Frente Popular, se concretó en Méjico como el lugar de promisión. Un país sometido a un régimen de partido único y con una clase política acostumbrada a la corrupción institucionalizada, donde la “manipulación” de los bienes expoliados y la fundición de las monedas podría hacerse con total garantía. Añadiendo, eso sí, las correspondientes mordidas, sin necesidad de exponerse a “peligrosos litigios jurídicos” internacionales, precisamente por la ausencia de una legalidad mejicana con criterio independiente, dominada por el partido único gobernante y su apoyo interesado a los gerifaltes izquierdistas españoles. De tal forma, Méjico se convirtió en el lugar elegido para el dorado exilio de los jerarcas republicanos, a cuyas manos fueron a parar muchas de las riquezas “previsoramente” acumuladas.
Lo cierto, es que de las monedas nunca más se supo. No existe documentación directa de a dónde fue a parar el tesoro numismático del Museo Arqueológico, lo que constituye una de las páginas más vergonzosas de la historia de España, protagonizada, otra vez más, por el sectarismo de la izquierda aglutinada en el Frente Popular.
Finalizada la Guerra Civil, el Gobierno español y el nuevo director del Museo hicieron gestiones oficiales para averiguar el paradero de las monedas en Méjico, pero allí imperaba la ley del silencio sobre ese asunto. Se redactó, además, una carta en tres idiomas dirigida a los principales museos del mundo reclamando ayuda. Hasta la fecha no se han obtenido resultados.
Los expertos numismáticos han estado ojo avizor ante la posible aparición en tiendas especializadas para su venta, o en exposiciones, museos o catálogos, de algunas de las famosas monedas que componían la colección. Nada se ha descubierto hasta ahora, lo que refuerza la hipótesis, en la que todos coinciden, de que transcurridos casi ochenta años desde su robo y desaparición lo más probable es que hayan sido destruidas, fundiéndolas en lingotes de oro, despreciando su valor histórico y cultural, para convertirlas en “una suma de efectos cotizables en el mercado” al servicio exclusivo de los jerarcas republicanos.
Llegados a este punto conviene detenerse en el principal protagonista de estos hechos, el subsecretario del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes del Gobierno de la República: Wenceslao Roces. Reflejo paradigmático de la desfachatez insolente que caracteriza a la izquierda española, absolutamente inmune a cualquier posibilidad de autoanálisis crítico sobre su actuación en el pasado.
Roces, un brillante intelectual comunista asturiano, profesor de Derecho Romano, traductor de Marx al español y director de la Editorial CENIT, que fue la primera en España en la publicación de literatura marxista y revolucionaria. Exiliado en la URSS tras los sucesos de la revuelta asturiana de 1934, regresó a España tras el triunfo del Frente Popular, y fue nombrado subsecretario de Estado del Ministerio de Instrucción Pública (una especie de Ministerio de Cultura actual).
Como hemos visto, Wenceslao Roces, armado con su pistola del nueve largo y acompañado por sus milicianos y guardias civiles, fue el principal factótum del episodio de latrocinio del Museo Arqueológico. Da una idea del grado de desinformación (y de la capacidad de propaganda de la izquierda española) la ausencia de referencias en las diversas biografías sobre el personaje, al episodio del Arqueológico, que ni siquiera se menciona. Antes, al contrario, su figura es ensalzada como el presunto “salvador” de las obras del Prado gracias a una actuación casi heroica, incluyendo (lo cual es aún más sorprendente) la biografía oficial de la Real Academia de Historia en su página web.
https://dbe.rah.es/biografias/4560/wenceslao-roces-suarez
Al asunto de la “salvación” de las obras del Prado, le dedicaremos un capítulo especial en esta Historia Criminal de la Izquierda Española, digno de figurar en la Historia Universal de la Infamia.
Roces también ha sido acusado de estar implicado en la desaparición, tortura y asesinato del líder del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) Andrés Nin, a manos de miembros del PCE y de la policía soviética del NKVD, mediante la invención de falsas pruebas incriminatorias que “demostrarían” la culpabilidad de Andrés Nin, y en consecuencia legitimarían su eliminación por traición.
Sea como fuere, exiliado en Méjico como las monedas que expolió, en 1977 fue presentado por el Partido Comunista como candidato en las primeras elecciones tras la muerte de Franco, y exhibido públicamente como un “luchador por la democracia”. Lo hospedaron en un reconocido hotel de la capital y lo pasearon por la Asturias roja como un símbolo de honestidad izquierdista, consiguiendo el acta de Diputado al Senado por esa región, y demostrando que la amnesia colectiva y la falsificación histórica son el mejor antídoto contra la justicia y la razón.
De Roces, el entonces presidente socialista del Principado de Asturias, Juan Luis Rodríguez-Vigil, dijo textualmente: “Era un hombre retraído, de relación no fácil. Una persona interesante a la que teníamos respeto, pero yo creo que tenía un fanatismo del que no se puede hacer uno idea”. No cabe mejor definición del ciego sectarismo de los salvadores de la humanidad cuyo epítome es la vieja izquierda española de siempre, fanática hasta el exterminio.
En cualquier caso, Roces, ya convertido en senador de la nación española, e interrogado por el destino final de los bienes propiedad del Patrimonio Nacional en cuyo expolio y desaparición había participado de forma decisiva, siempre mantuvo un displicente silencio. En pocos meses abandonó el Senado y regresó a Méjico, renunciando al acta de senador. Allí recibió las más altas condecoraciones nacionales. En verdad, los políticos mejicanos podían estarle bien agradecidos.
Solo queda concluir esta indignante historia con las conclusiones que el propio Martín Almagro-Gorbea expone en su renombrado libro:
“La desaparición de las monedas de oro del Museo Arqueológico Nacional es uno de los más lamentables sucesos acaecidos a lo largo de la historia del rico Patrimonio Histórico de España y, casi sin ninguna duda, el más vergonzoso de todos.
Todos los datos evidencian que la incautación de las monedas de oro del Gabinete Numismático, por sus circunstancias y características, solo se puede calificar como un robo con intimidación y abuso de autoridad, que supone un grave caso de prevaricación, con el agravante de que se trataba de un bien público de la mayor importancia cultural y simbólica para todos los españoles sin distinción de ideologías.
En este auténtico robo no cabe aducir razones ideológicas, pues la notable pérdida económica y patrimonial que se sustraía a la Nación, a la sociedad y a cada ciudadano, fue destinada al beneficio de algunos políticos de la elite republicana, que con esos medios buscaron asegurarse la vida durante su exilio, idea que les había llevado a urdir el plan de expolio desde el principio.
Los sucesos y circunstancias analizados desmienten con rotundidad cuanto se ha dicho sobre la política de defensa del patrimonio Histórico-Artístico por parte del Gobierno de la II República Española. Según evidencian los hechos, dicha defensa era sólo propaganda, algo muy propio de regímenes totalitarios como el soviético, particularmente en tiempos de Stalin, cuyo influjo tan patente fue en los últimos años de la República española.
Los datos analizados confirman que se trata de un comportamiento mafioso, como evidencia la incautación y utilización personal sin documentación de control alguno de las monedas de oro del Museo Arqueológico Nacional… Por ello, en una sociedad de esas características no se puede hablar de democracia, salvo si el término se utiliza como un recurso más de propaganda al servicio del sistema mafioso citado”.
Se puede decir más alto, pero no más claro.
Pero el hecho es que poca literatura existe sobre estos sucesos por parte de los “investigadores de la verdad histórica”, de los “escribidores sobre la Guerra Civil”, de los “artistas comprometidos con la memoria”. La consigna de la izquierda es echar tierra sobre el asunto y ocultarlo, para que pronto sea considerado simplemente como la sombra de un sueño.
