“Ya dentro del Cuartel, alguien dice: Allí están los que no han escapado, serios, lívidos, rígidos… Matar, matar, seguir matando hasta que el cansancio impida matar más… Después… Después construir el socialismo… que se queden allí de cara a la pared… ¡Daros prisa! luego un disparo…, luego muchos disparos… La fórmula se había aplicado con una exactitud casi maravillosa”.
-Enrique Castro Delgado-
Y finalmente la realidad impuso su irrebatible presencia. El asesinato de Calvo Sotelo sirvió para que los dubitativos considerasen que “existía más peligro en no rebelarse que en hacerlo”.
En el debate del día 15 en el parlamento, el monárquico conde de Vallellano, dejaba clara la opinión de la oposición:
“Este crimen, sin precedentes en nuestra historia política, ha podido realizarse merced al ambiente creado por las incitaciones a la violencia y al atentado personal contra los diputados de derechas que a diario se profieren en el parlamento”.
Gil Robles, en su turno, incidió en la misma línea argumental:
“Vosotros tenéis la enorme responsabilidad moral de patrocinar una política de violencia que arma la mano del asesino; de haber, desde el banco azul, excitado la violencia; de no haber desautorizado a quienes desde los bancos de la mayoría han pronunciado palabras de amenaza y de violencia contra la persona del señor Calvo Sotelo.
Eso no os lo quitareis nunca; podéis, con la censura, hacer que mis palabras no lleguen a la opinión pública… pero la responsabilidad escalonada irá hacia lo más alto y os cogerá a vosotros como Gobierno y caerá sobre los partidos que os apoyan como coalición de Frente Popular y alcanzará a todo el sistema parlamentario y manchará de barro y de miseria y de sangre al mismo régimen.
Sé que vais a hacer una política de persecución, de exterminio y de violencia contra todo lo que significa derechas… Vosotros, que estáis fraguando la violencia, seréis la primera víctima de ella… Ahora estáis muy tranquilos, porque veis que cae el adversario. Ya llegará un día en que la misma violencia que habéis desatado se volverá contra vosotros”. Tomado de Stanley Payne: El camino al 18 de julio.
En realidad, para los socialistas las circunstancias transitaban por el cauce previsto. Largo Caballero basaba la estrategia socialista en fomentar el desencadenamiento de una breve guerra civil, que las izquierdas ganarían con rapidez y que serviría para expurgar de elementos indeseables al ejército y a la clase política en general. En la convulsión resultante, estimaba que el principal beneficiado sería el PSOE, que se haría cargo del Gobierno de transición, y dada la excepcionalidad de la situación, con plenos poderes para ejercerlo de forma incontestable… y ese sería el caldo de cultivo para llevar a cabo la revolución socialista.
Su análisis incluía el aplastamiento de la intentona militar por unas masas populares armadas y encuadradas en milicias controladas principalmente por su partido, convertidas en posterior apoyo fáctico, que le permitiría el ejercicio del poder revolucionario.
Su comentario en el periódico Claridad (órgano de expresión del ala radical del PSOE y de la UGT, seguidora de Largo Caballero), ese mismo 15 de julio, lo expresaba sin lugar a dudas:
“La lógica histórica aconseja soluciones más drásticas. Si el estado de alarma no puede someter a las derechas, venga, cuanto antes, la dictadura del Frente Popular. ¿No quieren este Gobierno? Pues que se sustituya por un Gobierno dictatorial de izquierdas. ¿No quieren la paz civil? Pues que sea la guerra civil a fondo. Todo menos un retorno de las derechas. Octubre fue su última carta y no la volverán a jugar más”.
Para el PSOE, la guerra civil no era solo posible, sino que era deseable para sus intereses y por tanto conveniente políticamente, de forma que cualquier acto que contribuyese a su desencadenamiento sería bien recibido.
Y aunque para los comunistas, sometidos al criterio de Moscú (cuyo certero análisis afirmaba la falta de preparación de unas eventuales milicias populares revolucionarias para enfrentarse a la complejidad de un enfrentamiento armado general) aún no era el momento propicio, para Largo Caballero al igual que para otros líderes de la izquierda, una revolución socialista necesitaba de masas armadas y de un conflicto civil para triunfar y asentarse definitivamente en el poder.
Y la muerte de Calvo Sotelo, parecía ser la espoleta que provocase la explosión.
Ya desde 1934 el PSOE había insistido en armar al pueblo. Por supuesto, “el pueblo” era quien el propio partido había decidido que fuese. Es decir: los milicianos militantes de los partidos de izquierdas, una masa fanatizada, ignorante y servilmente sumisa a las consignas que repetían como loros amaestrados, sin ninguna actitud crítica hacia las órdenes recibidas. Una mano de obra revolucionaria sometida a intereses que escapaban a su comprensión, y cuyo descontento era promovido por una atmósfera de demagogia y odio inducidos hacia el enemigo de clase o simplemente hacia cualquier punto de vista disidente. Víctimas de una manipulación de sus instintos violentos, acometida con fines políticos bajo el control de planteamientos revolucionarios de carácter hispanófobo.
Así pues, cuando el 17 de julio comenzaron a llegar las noticias desde el norte de África de la insurrección de la guarnición de Melilla. El presidente Casares Quiroga, un hombre tan débil y enfermizo como cobarde y torpe, enseguida se vio desbordado por unos acontecimientos que previamente había creído poder controlar, en la ingenua idea de permitirlos para luego dar un escarmiento general yugulando el golpe y presentándose antes las Cortes como el salvador de la situación, esperando ver así reforzado definitivamente su estatus político ante sus socios de coalición.
Pero nada de eso ocurrió, los informes hablaban de una conspiración de mayor alcance y mejor organización de lo previsto, cuando numerosas plazas de la península se fueron sumando al alzamiento militar. Casares, desbordado e incapaz, presentó su dimisión el día 18 en contra del criterio de su amigo y mentor, el presidente de la República Manuel Azaña. De inmediato, este nombró presidente de Gobierno a Diego Martínez Barrio, el presidente del Congreso, hombre políticamente más moderado, y reconocido masón como gran maestro de la logia Gran Oriente Español. Barrio se puso en contacto con el general Emilio Mola, el artífice de la conspiración militar (conocido entre los conjurados con el nombre en clave de “el Director”), para ofrecerle un cargo en el consejo de ministros y la garantía de rectificación de las políticas del Frente Popular en un desesperado intento para frenar así el inminente conflicto armado de incalculables consecuencias.
Como no podía ser de otra manera, Mola rechazó el ofrecimiento, dejando a Martínez Barrio sin ninguna baza política que jugar y víctima de las críticas de sus aliados del Frente Popular, indignados ante la oferta hecha a los militares sublevados. Por aquel momento, ya de madrugada, las masas populares empujadas por la izquierda revolucionaria y por los sindicatos obreros habían tomado las calles y reclamaban ardorosamente armas al Gobierno, mientras llamaban traidor al propio Martínez Barrio, al mismo tiempo que los líderes socialistas insistían en la necesidad imperiosa de armarlas como único freno ante el golpe militar en marcha.
Martínez Barrio, no aguantó más y esa misma madrugada dimitió en el acto. Algo asombroso. Para hacerse el lector una idea cabal de la catadura de aquella clase política, baste observar la forma en que llevó a cabo su dimisión tras haber ostentado la presidencia del Gobierno de España durante solo unas horas. Barrio, presa del pánico, desapareció de la circulación “sin conocimiento de nadie” Memorias Políticas y de Guerra. Manuel Azaña. Editorial Grijalbo. 1981. marchándose a Valencia sin más contemplaciones.
En cierta medida, su “espantada” recuerda a la dimisión del presidente de la I República, Estanislao Figueras, en 1873, cuando ante el caos político en que estaba sumido el fallido primer experimento republicano, tomó un tren a París después de un esperpéntico consejo de ministros, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, dejando como última frase la famosa: “Señores, ya no aguanto más. Voy a serles franco: ¡Estoy hasta los cojones de todos nosotros!”
El hecho es que Azaña nombró entonces, la mañana del 19 de julio, a José Giral Pereira como nuevo presidente de Gobierno. Giral era un químico y farmacéutico, que había sido titular de la cartera de Marina en el Gobierno de Casares Quiroga, y al igual que Martínez Barrio amigo personal íntimo, y por tanto de fidelidad asegurada a los designios de Azaña.
Giral inmediatamente ordenó distribuir armas al “pueblo” sometiéndose a los deseos del PSOE y de los sindicatos obreristas. A partir de aquel momento cualquier atisbo de ficticia realidad democrática desapareció definitivamente, tragada por la coacción socialista y de las demás fuerzas revolucionarias.
En realidad, las armas circulaban por Madrid en manos de los milicianos socialistas y comunistas desde mucho tiempo antes. Ya desde los acopios de Indalecio Prieto para la rebelión de octubre, el PSOE había efectuado depósitos ante la eventualidad de una nueva intentona, y de hecho las fuerzas del orden habían encontrado diversos alijos de armas ocultas en algunas sedes socialistas que habían sido noticia de prensa. Muchas de ellas engrosaban el arsenal de las milicias de las juventudes del partido, y habían sido empleadas en la guerra sucia de exterminio contra los militantes de derechas.
Sin embargo, una distribución masiva fomentada por el propio Gobierno era una situación completamente distinta que cambiaba la realidad, convirtiendo a Madrid en un lugar inundado de hombres armados. Hoy en día resulta grotesco ver las fotografías de aquellas personas anónimas, milicianos armados con fusiles o pistolas en actitudes tan chulescas como sugerentes de impericia e incompetencia militar. Una cutre e impúdica exhibición de ademanes ridículos, que solo expresan con claridad la inconsciencia de una población llevada al matadero por sus presuntos dirigentes.
Porque aquellos hombres armados eran especialmente peligrosos, simplemente porque la gran mayoría apenas sabía cómo utilizar correctamente una pistola. Aquellos milicianos con un arma en sus manos eran proclives a apretar el gatillo a la menor provocación, fruto de la impulsividad, la prepotencia y la impunidad. Existen registrados numerosos incidentes desafortunados entre los propios milicianos armados, tanto es así que la emisora de radio de Madrid tuvo que dar indicaciones específicas para acomodar las armas antes de entrar a los cines y lugares de asueto, o efectuar llamamientos para ahorrar balas, lo que da una idea de la especial propensión a utilizarlas con cualquier pretexto.
Porque para hacerse con un arma bastaba el carnet del partido, de cualquier partido o sindicato de izquierdas, y a veces ni eso. A partir de ahí el mensaje implícito transmitido por las autoridades hacia un gran número de personas, ignorantes y estúpidas, era casi de omnipotencia criminal.
Y esa fue la fuerza motriz que produjo la matanza del Cuartel de la Montaña.
El Cuartel de la Montaña, construido a partir de 1860, llamado así por estar situado sobre la montaña del Príncipe Pío, en realidad solo un pequeño promontorio desde el que se domina gran parte de Madrid, era un edificio de grandes dimensiones de ladrillo y granito, que estaba estructurado en torno a una planta rectangular, con dos grandes patios interiores y cuyas dependencias albergaban cuadras, cuartos de banderas, cocinas y hasta una prisión. Podía llegar a acomodar hasta 4.000 soldados.
En aquel lugar se llevaron a cabo los fusilamientos del 3 de mayo de 1808 por los franceses, que inmortalizó Francisco de Goya en su célebre lienzo. Actualmente ya desaparecido, su terreno está ocupado por el templo de Debod, unas ruinas milenarias regaladas por el Gobierno egipcio al estado español como agradecimiento a su colaboración en la protección del complejo arqueológico de Abu Simbel.
Resulta una sombría coincidencia que la sede del actual PSOE se encuentre situada a unos pocos metros del lugar, en la calle Ferraz, al comienzo de la cual se localiza el mencionado templo.
En julio de 1936 se acuartelaba allí un regimiento de Infantería, otro de Zapadores Minadores y un grupo de Alumbrado e Iluminación. Aquel 18 de julio de 1936, los partidos políticos y las organizaciones sindicales afiliadas al Frente Popular sospechaban que las tropas allí acuarteladas esperaban el momento oportuno para secundar el alzamiento militar que había comenzado en el protectorado español del norte de África.
De hecho, solo unas horas antes, cuando Giral había decidido entregar armas a las milicias izquierdistas y envío a su ayudante, Díaz Varela, a reclamar los cincuenta mil cerrojos de fusil almacenados en el Cuartel de la Montaña, el coronel del regimiento Moisés Serra Bartolomé se había negado a entregarlos, resultando por tanto gran parte de las armas repartidas inservibles. Por motivos de seguridad, los fusiles se encontraban desmontados y divididas sus piezas entre diferentes cuarteles. En el Parque de Artillería, desde donde se distribuyeron a la población, había miles de fusiles pero estaban sin cerrojos, y eran por tanto inútiles.
En aquellas fechas de julio la sublevación en Madrid tendría como epicentro el Cuartel de la Montaña, donde 1.500 hombres entre militares y civiles de la Falange que se habían introducido voluntariamente, serían mandados por el general Joaquín Fanjul Goñi, un veterano de las campañas de Cuba y Marruecos, licenciado en derecho y que había sido diputado a Cortes por Cuenca en varias elecciones, militando en las filas del Partido Agrario.
La tarde del 19, ya iniciado el alzamiento en otros puntos de España, y por indicación del general Mola, Fanjul se presentó acompañado de su hijo Juan Manuel, abogado y falangista, en el Cuartel. Vestía de paisano y se disponía a dirigir la sublevación en la capital de España. Una vez en el interior y entregado el mando por el coronel del regimiento, el mencionado Moisés Serra Bartolomé, leyó un bando proclamando el estado de guerra y sublevando oficialmente el acuartelamiento.
Pero Fanjul, calculando erróneamente que pronto caerían sobre Madrid columnas de las guarniciones periféricas a la ciudad (así como desde las más lejanas Burgos o Valladolid) llegando en su auxilio, no sacó a las tropas del recinto militar para hacerse rápidamente con el control de puntos estratégicos, limitándose a esperar la llegada de ayuda… Una ayuda que nunca llegó.
Durante ese mismo día 19, una multitud encolerizada y armada, apoyada por fuerzas militares fieles a la República, y milicianos de los partidos de izquierda encuadrados en cinco regimientos mandados por militares profesionales (uno de ellos llamado Asturias e integrado por mineros asturianos que habían llegado aquella misma tarde), rodearon completamente el cuartel, cortaron las comunicaciones telefónicas y comenzaron un nutrido fuego de fusilería que pronto fue respondido desde las fuerzas atrincheradas dentro del recinto militar.
En el interior, el general Fanjul pronto se convenció de que se hallaban aislados, y era consciente que dentro del propio cuartel existían militares izquierdistas que intentarían complicar las cosas. El capitán Betancourt, que había salido varias veces en misión de enlace, le informó que se mantenía un cerco en toda regla sobre el cuartel, asediado por miles de personas. Fanjul creyó, por tanto, más factible mantenerse a la defensiva en el interior del cuartel, esperando a las columnas que seguía pensando avanzaban desde Burgos, Zaragoza y Pamplona, camino de Madrid. Todo se preparó para la defensa del edificio, instalando ametralladoras en los tejados, y protegiendo las aberturas con colchones y chapas metálicas.
Al caer la noche las luces del cuartel se apagaron por precaución, los asediadores hicieron lo mismo con el alumbrado público. Todos en el cuartel se sabían rodeados, sin noticias del resto de fuerzas sublevadas, ni de la situación en el resto del país.
Esa noche del 19 al 20 de julio, se emplazaron tres piezas de artillería al mando del teniente Urbano Orad de la Torre, junto con el teniente Máximo Moreno (uno de los implicados, aunque indirectamente, en la muerte de Calvo Sotelo). Las piezas se instalaron en la Plaza de España, enfilando el objetivo, e iniciando por la mañana un intenso bombardeo sobre el cuartel, que fue golpeado duramente por los obuses. También apoyaban el cerco que se cerraba sobre el cuartel dos vehículos blindados. Por las terrazas de los edificios que rodeaban el cuartel se situaron guardias de asalto a cargo de numerosas ametralladoras.
Ese mismo día aviones militares hicieron varias pasadas sobre el edificio dejando caer bombas que estallaron en su interior causando bajas entre los sublevados.
Horas después, enarbolando bandera blanca se acercó hasta el cuartel un parlamentario, Francisco Carmona Martínez, acompañado por un pequeño grupo que le dio escolta. Llevaba un mensaje de parte del teniente Moreno, de la Guardia de Asalto, donde les comunicaba que tenía orden del Ministerio de la Guerra de conminar a la rendición a los sublevados: deben salir desarmados, brazos en alto entregándose como prisioneros, serán tratados con respeto y juzgados de acuerdo a las leyes vigentes.
Carmona es recibido y escuchado por los oficiales, que le contestan que resistirán mientras puedan, dejándole salir de nuevo.
Poco tiempo después se une al combate una pieza del quince y medio bajo las órdenes del teniente coronel Vidal. Disparando desde una posición cercana a la iglesia de los Carmelitas, demuestra la eficacia de su calibre. Los destrozos comienzan a ser visibles en el edificio. El teniente Orad ha cambiado la situación de una de sus piezas, emplazándola en la calle Luisa Fernanda con Ferraz. La aviación continúa causando estragos en el interior del cuartel. Se suman dos carros de combate de 14 toneladas que también participan en el asedio. La situación de los defensores comienza a ser desesperada.
El general Fanjul resulta herido levemente en la cabeza y el coronel Serra en el brazo, el despacho de este último ha resultado destrozado por el impacto de un proyectil. Empieza a cundir la desmoralización entre los defensores del cuartel. El coronel Serra intenta formar una compañía para salir del cuartel, pero se ven obligados a retroceder al recibir un intenso fuego de fusiles.
Los sitiadores han colocado un potente altavoz mediante el que se anima a los soldados a abandonar el cuartel, prometiéndoles que les mandarán licenciados a sus domicilios. Los defensores ven como los asaltantes van tomando posiciones cada vez más cerca de los muros del cuartel.
De pronto, aun sin cesar el tiroteo, aparece un trapo blanco en una de las ventanas del cuartel, y muchos de los sitiadores, que consideran aquello una rendición, haciendo gala de su negligente inconsciencia y olvidando el más elemental sentido común, comenzaron a correr hacia el cuartel dando gritos de alegría, con los fusiles en alto o disparando al aire, como si todo hubiese terminado. De repente las ametralladoras del cuartel abrieron fuego, y desde las ventanas los fusiles también dispararon contra los asaltantes. La bandera blanca no significaba la capitulación del cuartel, sino la rendición de alguno de los soldados que no eran partidarios del golpe o que habían decidido rendirse individualmente presas del pánico o de la falta de convicción. Este incidente episódico en el contexto general del combate, será exhibido por la propaganda izquierdista para justificar la matanza posterior. La desfachatez de los panegiristas del homicidio masivo no tiene límites, ni antes ni ahora.
Bajo el intenso fuego, el cuartel de la Montaña no podrá resistir mucho tiempo. Los cañonazos siguen causando importantes daños en la fachada y continúan las bajas entre los defensores, la acción de la aviación también es demoledora, así como el hostigamiento al que se ven sometidos los defensores por las ametralladoras emplazadas en las terrazas de los edificios que rodean el cuartel. Todo ello va haciendo mella en el ánimo de los sitiados, a lo que hay que sumar la acción de los militares izquierdistas, existentes entre la tropa y suboficiales que se encuentran dentro del cuartel, invitando a la deserción a los soldados.
El fuego se intensifica, lo que permite a una compañía de la Guardia Civil alcanzar la fachada, mientras numerosos milicianos intentan el asalto por el talud de la cercana estación del Norte. El cuartel de infantería ha caído, pero en el de Zapadores y el de Alumbrado continúa la resistencia, que poco a poco va siendo sofocada. Los últimos defensores se baten en retirada; algunos son alcanzados y muertos por disparos a quemarropa. Los últimos focos se rinden.
Finalmente, todo el cuartel acaba rindiéndose y los milicianos entran en tropel como una jauría sedienta de sangre.
Lo que ocurrió después pertenece a la historia universal de la infamia y del envilecimiento colectivo.
Lo que ocurrió después fue una matanza indiscriminada, brutal y sistemática sobre personas indefensas y desarmadas, efectuada por civiles izquierdistas armados por un Gobierno izquierdista, cuya responsabilidad toda la historiografía izquierdista se ha empeñado en ocultar, en minimizar o en exculpar directamente. Una cínica hipocresía promovida por los sicarios intelectuales o por los sectarios militantes, cuya ceguera cognitiva les impide asumir la realidad de unos hechos de los que un Gobierno republicano tan irresponsable como criminal fue el culpable.
Salvador de Madariaga escribió en su libro España: “El gabinete Giral cesó de ejercer la menor autoridad efectiva en cuanto se armó a los sindicatos. Los ministros vivieron durante las primeras semanas de la guerra sitiados en el Ministerio de Marina. El país se entregó a las dos pasiones políticas del español: la dictadura y el separatismo. No hubo región, ciudad, provincia o aldea que no montase su propio Gobierno, ni sindicato que no se erigiese en la práctica en Estado independiente. Alguna que otra vez todos estos Estados que pululaban en la España de izquierda consagraban cierta atención a la guerra civil, pero lo que más preocupaba a todo el mundo era cómo hacer la revolución proletaria. Planes para incautarse de tierras, fábricas, propiedades urbanas se discutían y ponían en práctica sin más espera, por decisión dictatorial, en cada uno de los mil y un Estados totalitarios en que España se había resquebrajado. Los hombres de más sentido y experiencia se daban cuenta del desastre al que iba España por aquel camino de anarquía…” Salvador de Madariaga. España: Ensayo de Historia Contemporánea. 1978.
El Cuartel entero se convirtió en un remolino de crímenes y sangre, en un presagio de muerte inminente para cualquier defensor rendido. Disparos en la cabeza sin ningún miramiento, bayonetazos sin control, despeñamiento de seres humanos al patio interior desde las ventanas de los pisos superiores, fusilamientos ante los muros del cuartel por cualquier grupúsculo de civiles armados que se sentía con autoridad suficiente para decidir la vida o la muerte. Una horripilante situación de falta de control y de autoridad, propiciada por la decisión gubernativa de entregar armas al populacho, haciendo de este el sumo sacerdote de una ceremonia criminal, al amparo del evangelio predicado por las sacerdotisas de la destrucción: Dolores Ibárruri: “¡Eso es simplemente imposible! ¡No cabe más solución que la de que una mitad de España extermine a la otra!”. Entrevista de Dolores Ibárruri por Felix Schlayer. 1936.
y Margarita Nelken, aquella comunista con nombre de flor y espíritu de hiena, cuyas proclamas servían para la justificación de los más exaltados: “Venganza? ¿Represalias? No digas cosas absurdas, camarada. A las alimañas se las aplasta por eso: porque son alimañas. Y a las fieras dañinas para el hombre, el hombre consciente debe suprimirlas para salvaguardia de la humanidad. Allí las tenéis, camaradas. Allí habréis de encontrarlas”. Margarita Nelken. Periódico Claridad, 28-agosto-36. Págs. 4 y 5.
El descontrol y la vorágine criminal era tal, que algunas crónicas describen a muchos milicianos con los calzados teñidos de rojo, pringados en sangre humana, los pantalones doblados hasta las rodillas, y vistiendo una guerrera de oficial arrancada a cualquier cadáver. O con un pañuelo atado a la cabeza y encima algún casco de soldado. O blandiendo espadas y machetes que acaban de recoger en la armería. Gentes anónimas, hasta aquel momento grises ciudadanos sin relevancia social, pasaron a convertirse en asesinos autómatas, en psicópatas sin alma fortalecidos por el poder de un arma en sus manos y la convicción de ser los representantes de la verdad revelada por el Gobierno del Frente Popular.
Al mismo tiempo, otros grupos de carroñeros humanos, prestos y silenciosos, rebuscaban y vaciaban los bolsillos de los muertos o heridos, dejándolos sin un céntimo, sin las habituales cadenas o medallas de oro ocultas bajo la ropa, sin relojes y hasta sin anillos en los dedos. Los pocos supervivientes fueron el testimonio imperecedero de la ignominia. El Cuartel entero, como si fuera también un cadáver, fue saqueado rápida y sigilosamente…
La guadaña de la muerte actuó en todas partes, tan loca y tan ciega, que a algunos no los vio o los pasó por alto. Fueron poquísimos, en suma, los que consiguieron salvarse. Pero la mayoría de la oficialidad fue asesinada, con los cadetes y los falangistas de primeros.
El número de muertos (prisioneros asesinados de forma inmediata tras la rendición) fue superior a 130. Las fotografías pueden verse en cualquier simple búsqueda en internet, donde el patio del cuartel quedó tapizado de cadáveres para el perenne recuerdo de la historia criminal de la izquierda española. Unos cadáveres abandonados a su suerte, que comenzaron a descomponerse rápidamente debido a las altas temperaturas del verano madrileño. Finalmente tuvieron que ser recogidos por los basureros como inmundicia humana. Ningún familiar tuvo el valor de acercarse a reclamarlos, de hacerlo, muy probablemente hubiese acabado engrosando las cifras de aquellos despojos humanos.
Sobre la naturaleza extremadamente sanguinaria de aquel bestial día, quedó el testimonio de uno de sus protagonistas: el comunista Enrique Castro Delgado, creador del 5° Regimiento de Milicias y miembro del Comité Central del Partido Comunista de España. Así lo describió en un célebre pasaje de su libro, Hombres made in Moscú:
“Ya dentro del Cuartel, alguien dice: Allí están los que no han escapado, serios, lívidos, rígidos… Castro sonríe al recordar la “fórmula”. “Matar, matar, seguir matando hasta que el cansancio impida matar más… Después… Después construir el socialismo” (…) Que salgan en filas y se vayan colocando en aquella pared de enfrente, y que se queden allí de cara a la pared… ¡Daros prisa! La fórmula se convirtió en síntesis de aquella hora…, luego un disparo…, luego muchos disparos… La fórmula se había aplicado con una exactitud casi maravillosa”. Hombres made in Moscú. Enrique Castro Delgado.
Por cierto, sobre el propio Castro Delgado, su correligionario Enrique Líster escribió años más tarde:
“Cuando fui observando sus características, entre las que destacaba su cobardía –nadie puede decir que lo haya visto jamás en una trinchera en primera línea–, su falta de humanitarismo y su desprecio por la vida de los combatientes, sus ridículos aires de estratega y sus estúpidas poses napoleónicas, yo me preguntaba cómo semejante cretino podía haber sido nombrado jefe del 5º Regimiento”. Enrique Líster Forján. Memorias.
El miserable asesinato de los defensores del cuartel de la Montaña en julio de 1936 quedará en los anales de la historia bélica, (porque, al margen de cualquier otra consideración ideológica, bélica era aquella situación) como una de las mayores atrocidades cometidas en el mundo civilizado contra tropas vencidas y desarmadas.
La primera gran carnicería de la Guerra Civil había tenido lugar en la capital de España y a escasos quinientos metros de la sede del Gobierno de la nación, el llamado por entonces Palacio Nacional (actual Palacio Real).
Una declaración oficial de la CNT, emitida tras la caída del Cuartel de la Montaña, dejaba clara su satisfacción por lo ocurrido, sin un gramo de autocrítica por lo allí sucedido: “La CNT está orgullosa del acto realizado… El pueblo español ha derrotado a los que desde hace mucho tiempo venían desde las sombras fraguando el complot… ¡Viva la CNT! ¡Viva la República!”. El terror rojo. Julius Ruiz.
De igual forma, una nota conjunta firmada por José Salmerón, de Izquierda Republicana; Fulgencio Díez Pastor, de Unión Republicana; Manuel Cordero y Juan Simeón Vidarte, del PSOE, y Vicente Uribe por el Partido Comunista, también publicada pocas horas después de la criminal acción, comunicaba lo siguiente: “El pueblo trabajador ha conseguido una gran victoria, pero son necesarios más sacrificios para exterminar al enemigo común”. El terror rojo. Julius Ruiz
Pero ese “enemigo común objeto de exterminio”, para que no quede ninguna duda, lo describe en un editorial el periódico El Socialista el 21 de julio, es decir, al día siguiente:
“Los confabulados de la rebelión militar eran todos los miembros de la vieja y podrida sociedad… Sorprende la utilización del mismo término: “podrida sociedad” que había utilizado en su momento como justificación el anarquista Santiago Salvador en 1884, cuando lanzó la bomba sobre el patio de butacas del Liceo de Barcelona. Para esta izquierda liberadora, cualquier crimen está justificado por la supuesta buena intención de sus ideas. Desde el ignaciano trapisondista al banquero usurario; desde el aristócrata caduco de sangre al mequetrefe epiceno; desde el rentista… al especulador sin conciencia… en fin, toda la ralea oscura, babeante, untuosa, bancaria, palatina, sacristanesca y rapaz, que se había convertido al fascismo”.
A su vez, el 31 de julio un editorial de CNT decía:
“En la ciudad, bien escondidos en las covachas industriales, comerciales, bancarias, jurídicas, parlamentarias y estatales, abunda un enemigo feroz y sanguinario. Así, los antifascistas no han de tener contemplaciones con el traidor. Hay que eliminar a este, esté donde esté y cualquiera que sea… ¡Nada de sentimentalismos!”. El terror rojo. Julius Ruiz.
Es decir, para los órganos de propaganda de los partidos de izquierda y para sus dirigentes, el exterminio del antagonista político o social era la mejor opción, y en esa hoguera de purificación social cualquiera podría arder según el amplio criterio de los apóstoles de la verdad histórica, encarnados en los dirigentes izquierdistas y del Frente Popular. Esa línea de actuación tendría importantes consecuencias y explicaría los crímenes posteriores. Explicaría el terror republicano, en suma.
Porque la República, la izquierda y el Frente Popular, pronto se superarían a sí mismos en miseria moral y talante homicida durante el tenebroso futuro que estaba por llegar.
