Años más tarde, Francisco Franco utilizaría el ejemplo de Abarrán como muestra de uno de los errores más frecuentes al librarse una batalla defensiva[1]:
«Así en Marruecos contemplamos a un Ejército esparcido en centenares de posiciones que aprisionaban sus efectivos en situaciones absurdas, con los hombres concentrados y expuestos a la desmoralización. La eficacia de los medios activos era casi nula; el aprovechamiento del terreno, pésimo, y las condiciones psicológicas para el defensor, harto menguadas ante un enemigo que hubiera estado mejor armado. En la mayoría de los casos, un punto de apoyo constituido por seis subelementos de resistencia escaqueados, cruzando fuegos y ocupando un espacio de doscientos o trescientos metros de frente por ciento cincuenta o trescientos de fondo, hubieran sido muchísimo más potentes y eficaces, asegurándoles contra toda clase de reveses.
En la mayoría de los casos, un tercio de las fuerzas bien organizadas hubiera sido más que suficiente.
La posición de Albarrán[2] es uno de los casos más típicos en este orden. Hombres valerosos y tropas aguerridas, que supieron morir en sus puestos, fueron vencidos con toda facilidad ante el primer azar favorable para los atacantes. La posición de Albarrán encerraba todos los defectos que tratamos de corregir. La concentración de elementos entremezclados de la Infantería y la Artillería en un pequeño espacio, circundado de un parapeto débil en terreno accidentado, con ángulos muertos, colocó a los defensores en las peores condiciones, desde el punto de vista de las características psicológicas para la defensa ante los efectos morales de las bombas de mano y fuegos del enemigo; y desde el activo, el fuego de nuestras armas no podía ser más precario. ¿Qué otra cosa hubieran representado unas posiciones compuestas de subelementos de resistencia enterrados, cubriendo el espacio vital de la defensa, cruzando fuegos que facilitasen a las armas el rendimiento máximo y llenase las condiciones físicas y morales que facilitasen la resistencia?
El error defensivo de Albarrán fue de trágicas consecuencias para la suerte del territorio…»[3].
[1] A diferencia de otros criterios habituales al analizar las Campañas de Marruecos, Franco no es un crítico a los blocaos/posiciones per se, sino a los malos blocaos, al establecimiento de los mismos sin las condiciones necesarias para cumplir su función. Cuando ello se llevaba a efecto estos puntos resistían contra todo pronóstico. Resistían, anota Franco, porque «el blocao estaba dispuesto para quedar aislado, para defenderse en todas direcciones»; porque «la acción del Jefe se ejercía directa, inmediata y contundente sobre sus soldados»; porque «tenía armas, municiones, agua y víveres para la resistencia»; «porque era más fácil y menos peligroso el quedarse que el abandonarlo»; porque «no obstante sus ángulos muertos, que permitían, en gran parte de los casos, acercarse, los hombres batían de cerca la alambrada y para tomarlo había que coger los fusiles por la punta»; porque «unía a los solados y le daba cohesión». Y concluye: «en resumen, reforzaba la moral propia y rebajaba la del enemigo, al que le representaba muy costosa su toma. Esto es, que, no obstante sus deficientes condiciones técnicas y tácticas, le bastaron las morales para triunfar». FRANCO BAHAMONDE, Francisco: ABC de la Batalla Defensiva (Aportación a la Doctrina), Madrid: Servicio Geográfico del Ejército, 1944 pp. 41-42.
[2] Franco utiliza este topónimo en su escrito en vez de la forma Abarrán.
[3] Ibíd., pp. 56-57.
