«La figura del comandante Franco, del Tercio de Extranjeros, se está agrandando de tal forma, que es una de las que más interesan de la campaña.
Siempre sereno, sonriente, aparece sobre sus soldados en el puesto avanzado de mayor peligro.
De Franco se dice que, cuando él mismo da orden de “¡Pie a tierra!”, nunca desciende él del caballo, como si su figura fuese a ser respetada por las balas.
Su valor, rayano en temeridad, no tiene ninguna jactancia. Quizá él mismo ignora que lo tiene. Y si sabe de su valor procura siempre callarlo, como si fuera uno de sus defectos. Tanto es así, que lo peor que se le puede hacer a este comandante de figura de niño, que juega a la guerra como un caballero enamorado de la muerte, es hablarle de sus arrogancias ante el enemigo.
Estas mismas líneas que justamente le dedicamos hoy, porque todos sus soldados y toda Melilla lo ha mirado como a un héroe, sabemos que han de molestarle.
Pero si sufrimos mucho el enojo de los hombres por haberles censurado ¿no vale más sufrirlo por haberlo elogiado?
Franco tiene ahora 28 años […] No es hombre que se haya familiarizado con el fuego por no haber sentido sus efectos[1]. Sabe también lo que es caer en el campo de batalla. Lo que sucede es que es militar por temperamento y devoción, hombre nacido para la guerra, capaz dentro de su carrera de todos los sacrificios.
Cuando se formó el Tercio, fue el primero en solicitar su ingreso, y tiene puestas todas sus ilusiones dentro de esta aguerrida tropa.
Sus soldados le adoran.
En la acción que relatamos, serenamente dio con su ejemplo personal el necesario vigor al ataque del Tercio, hasta el punto que más de una vez sobrepasó la primera línea en su caballo, mandando desde este punto peligrosísimo con una serenidad pasmosa.
Él fue también el que, al mando de sus soldados, desalojó los camiones blindados tumbados desde el otro día en la carretera de Casabona y verdadero fortín de los moros, que al amparo del blindaje tiraban sobre nuestros soldados impunemente[2].
Vencido el ataque, los legionarios volvieron la vista a su comandante y no pudieron menos de gritar:
–¡Viva nuestro comandante!
Mientras una ovación cerrada de todas las fuerzas llegaba a oírse en el zoco»[3].
¿Inmune a las balas? Leyenda, realidad, mito… En su Hoja Matriz de Servicios solo aparece como herida en combate la de 1916 en el Biutz. Sin embargo, la prensa habló de otra herida como vamos a ver. De ser verídica la información, solo cabe atribuir el silencio a la levedad de la herida o a una intención clara de mantener, tras el combate, ante sus hombres, incólume su figura ante las balas:
«Franco trajo de esta acción un recuerdo consigo. Un rosario moro que halló en una casa. Es un rosario de grandes cuentas, sin separación de Avemarías, hecho de hueso de paloma y aceituna, pintado de distintos colores.
Y trajo el heroico comandante más. Trajo una herida de gumía en la espalda, leve por fortuna, y que en el colmo de la modestia negó él, aunque a nosotros nos consta que se la está curando su ordenanza»[4].
Pocos días después, en la crónica que un apasionado reportero hace del combate en Dar Bono, se le retrata como el «alma de la Legión», refiriéndose también a esa herida en combate mencionada anteriormente:
«El tiroteo no cesa. Las baterías hacen fuego contra los barrancos por donde acomete o huye la morisma Y conforme avanzan las tropas, crece la línea de fuego jarqueña. Hay un instante en que abarca desde las proximidades de Tizza hasta las cercanías del zoco. Regulares y terciarios dan fieras embestidas y alejan a los moros por unos instantes; pero al poco vuelven, más osados, más impetuosos.
Desde una casucha, de bajas paredes parduscas, tirotean sin descanso a la bandera del Tercio. El comandante Franco –un héroe, alma de la Legión– corre hacia ella al frente de algunos hombres. Avanzan sin disparar un tiro, entran sin hacer fuego, y ya no se oye nada. La ansiedad es enorme: ¿qué ocurre? Han muerto los dieciocho ruafa que allí se guarecían. Franco se salvó por azar increíble; pues yendo a la cabeza, franqueando el primero la entrada, no poseía otra arma que sus puños. Un rifeño hercúleo le asestó recio golpe de gumía que el comandante pudo parar con el brazo, donde le abrió una herida de seis centímetros de extensión por dos y medio de profundidad. El moro no pudo secundar el golpe: Franco le echó las manos al cuello y le ahogó. Los otros, acribillados a bayonetazos, quedáronse allí para siempre»[5].
[1] Se refiere a la gravísima herida recibida en el Biutz que el lector ya conoce.
[2] Por esta acción fue felicitado el Tercio junto con los Regulares en la Orden General de la Alta Comisaría de España en Marruecos el 10 de septiembre: «con su indomable valor, con su admirable amor patrio, con su incomparable pericia, lograron asestar al enemigo uno de los mayores golpes que ha sufrido en todas nuestras campañas, ocasionándoles bajas numerosísimas. Todos cuantos integran esos Cuerpos modelos alcanzan tales virtudes militares, que es difícil señalar distinciones entre ellos, y este es el mayor galardón que puede ostentar una Corporación». TORRES: La Hoja…, pp. 119-120; FRANCO: Papeles…, pp. 111-117.
[3] ORTEGA Y GASSET, Eduardo y ENDERIZ, Ezequiel: «La acción del jueves. Relato del combate», La Libertad, 13-9-1921.
[4] La Libertad (Madrid), 13-9-1921.
[5] El Imparcial, 18-9-1921.
