La proyección de Franco a nivel nacional, fuera de lo puramente militar, se pone de manifiesto en una breve estancia en la península entre febrero y marzo de 1922 para disfrutar de un permiso/comisión de servicio. Dada la momentánea tranquilidad que existe en el frente tiene una breve licencia para trasladarse a Asturias. En Ferrol y en Oviedo va a ser objeto de los primeros homenajes populares que recibirá en su vida. El 20 de febrero llega a la capital, probablemente con un encargo de Millán Astray, para trasladar peticiones dadas las entrevistas que va a realizar[1].
Su popularidad y su posición queda puesta de manifiesto por dos realidades: por un lado, como recoge la prensa, la gente le reconoce por la calle; por otro, por las visitas que realiza. Así se informa de que acude al Ministerio de la Guerra a cumplimentar y conversar con el titular, Juan de la Cierva[2]. Es destacada su presencia en el diario ABC, lo que da lugar a un elogioso artículo del periodista Gregorio Corrochano en el que se le presenta como «el As de la Legión», fotografiándose con uniforme del Tercio en los talleres del diario, indicando lo que este militar está ya representando; ocupando el artículo y la foto toda una página del diario:
«Está en Madrid el “as” de la Legión. No hay que hacer un gran esfuerzo para comprender que hablamos del comandante Franco. No titubeamos en darle este calificativo, un poco pintoresco, pero muy comprensivo, seguros, además, de que no despertamos ni recelos ni suspicacias. Toda la Legión sabe lo que vale el comandante Franco, y se sentirá halagada al ver que a su comandante se le hace justicia. Desde el oscuro legionario que lucha en el anónimo o muere ocultando su nombre con un seudónimo, hasta su teniente coronel, el indispensable Millán Astray, que supo fundir de miles de vidas rotas la vida vigorosa que alienta la Legión; todos, sin envidia ni egoísmos personales, han de leer con alegría que a Franco le llamamos el “as” de la Legión.
Le encontramos ayer en la calle de Alcalá. Iba vestido de militar “bien”, tan curro, tan majo. No pudimos ocultar nuestra sorpresa. No sé por qué, acaso por pereza mental, se hace uso de un módulo rutinario y ya no se sale de él. A Franco, sin el Tercio, sin su chilaba de Xauen y su gorro cuartelero de dos picos, al que le da gracia y carácter el péndulo de la borla, es difícil reconocerle, y menos en el paseo ocioso de la calle de Alcalá.
¡Qué figura tan evocadora la de Franco! Es el desastre, es la reconquista, es el espíritu militar del Ejército. Gracias a Franco, Millán Astray pudo reposar tranquilo en la cama del hospital, después del combate de Nador. Luchaba Franco en el Tercio. Es la representación más exacta del jefe que tiene el valor militar más puro. Sereno, reflexivo, atento a la acción, resuelve el problema militar, eliminando el riesgo, mejor dicho, aceptándolo como un factor indispensable, pero sin preocuparse demasiado de él; ponderándole para que no sea una sorpresa ni una pesadilla que influya demasiado en el resultado. Relatar sus hechos de armas es imposible en una impresión a vuela pluma. Como dato que ponga el lector en condiciones acerca de la labor de Franco, diremos que en menos de un año lleva próximamente cincuenta combates; que empezó el 18 de abril del año pasado en las operaciones de Gomara, hizo luego las de Xauen, pasó a las de Beni-Arós, luego a Larache y en julio a Melilla, y desde entonces hasta ayer, que le encontramos en la calle de Alcalá, no ha descansado un día.
Tiene dos empleos por méritos de guerra. Ascendió a capitán por el combate de Beni Salem del 1 de febrero de 1914. Mandaba Regulares. Se vio en situación difícil, y con un puñado de moros que le quedaban se tiró a un barranco lleno de enemigos, que era el obstáculo del avance. Su decisión inesperada puso en fuga al enemigo y despejó la situación. Su asistente moro, asombrado, le besaba las manos y le decía: “Tú estar morabo; cuando no te han matado hoy no te matan nunca, tu estar morabo”. Ascendió a comandante por el combate del Biutz en 29 de julio de 1916. Ese día no estuvo todo lo morabo que el moro dijera. Le atravesaron de costado a costado de un balazo. En Melilla ha hecho una labor impagable. Un día el general Sanjurjo, que no es precisamente de los que se asustan de ver valentías, le dijo a Franco: “No va usted a ir al hospital de un tiro de un moro, sino de una pedrada que le voy a dar cuando le vea a caballo en las guerrillas”. Y Franco, que tiene cara de niño, sonríe como un chico a quien reprendieran por un exceso de celo del preceptor; pero convencido de que no se excede, de que no hace más que cumplir con su deber. Es un caso admirable.
Entre las muchas cosas que recuerdo de Melilla, la más arraigada tiene lugar en Taxuda, el día de la toma del Gurugú. Sabido es que toda la harka se fue sobre Sanjurjo, que les cortaba la retirada. Favorable el terreno para el moro, que en breve recorrido se ponía a cubierto de nuestros fuegos y en condiciones de luchar mucho tiempo con esta ventaja, y penosísimo para los nuestros, que emprendieron la subida por sitio poco recomendable, si el avance fue penoso la retirada tenía un peligro difícil de evitar. Cuando la acción era más empeñada y las tropas estaban mezcladas por las reacciones ofensivas un poco a la desesperada, celebraban Consejo el coronel Castro Girona –por quien Franco siente devoción–, Franco y el comandante Albriat, ayudante de Sanjurjo, que fue a llevar una orden y se quedó en aquel puesto de honor, representando a su general. Discutida la retirada por escalones, que tenía la dificultad de los batallones mezclados, quedó Franco mandando la extrema retaguardia. El salto tenía que ser rapidísimo, después de intensificar la acción para que no se apercibiera el enemigo. A una señal convenida inician la retirada, y ya cerca del otro escalón: ¡Ay!, un herido. Otra vez subir a recoger el herido. Vuelven a retirarse. Un muerto. A subir por el muerto. Y cuando ya logran salir de la cortina de fuego, ve Franco que se han dejado unas cajas de municiones; detiene la retirada y ordena subir a recoger las cajas. Al llegar las cajas se encuentran que están vacías, y Franco exclama: “no importa, hoy no es día de dejar en el campo ni las cajas vacías”. Esto tiene un sabor tan épico y novelesco como la aventura de los mosqueteros en el sitio de la Rochela cuando vuelven a recoger la servilleta que le sirvió de bandera durante el almuerzo.
Todo esto lo evocábamos ayer mientras paseábamos por Madrid con Franco, quien iba un poco avergonzado de que la gente, al reconocerle, fijase su atención, porque Franco es el hombre más modesto que conocéis, no modesto por educación o por fórmula, sino porque realmente no se da importancia a sí mismo; en tan alto concepto tiene el cumplimiento del deber.
Marcha a Asturias a abrazar a su madre, aprovechando la calma y la presencia de Millán Astray en la zona de Melilla. “Voy a tranquilizar a mi madre –nos dijo– que como los tres hermanos somos militares, siempre está en zozobra por alguno”.
Encontramos al teniente Navarro, también de la Legión, todavía sin curar desde el combate de Sebt, que fue el 2 de octubre. Le dieron un tiro en la nuca y le salió por la boca. El capitán Covo, de ametralladoras, creyéndole muerto, le tapó la cabeza con un saco terrero y entre los muertos se lo llevaron[3].
Ayer comentaba con Franco que él, aunque todavía paralítico y sin curar, vive; y que Covo, el que le tapó la cara como se le tapa a los muertos en la guerra, murió.
–Murió el día de Taxuda –dice Franco–, el mejor capitán de ametralladoras.
Y lo dijo con un gesto que quien en este momento le viera la cara pudo darse cuenta, en la calle de Alcalá, lo que es en un combate el “as” de la Legión»[4].
No solo eso, también en esos días, estando en Madrid, es recibido junto con el coronel Gómez Jordana, jefe del Estado Mayor del Alto Comisario, por el rey Alfonso XIII, para plantear cuestiones relacionadas con temas presupuestarios[5]. En una breve entrevista con los periodistas, que cada medio reprodujo con más o menos preguntas, explicó:
«–¿Qué puede usted decirnos de la campaña?
–Nosotros no podemos decir nada nuevo, porque somos los últimos en enterarnos de todo. ¡Cuántas cosas pasan allí que las sabemos luego de unos días por la Prensa!
Después de ser interrogado acerca del Tercio, hizo los mejores elogios hacia él, tanto de los jefes y oficiales, como de las clases y soldados.
–Se baten todos de la más hermosa manera. Con ellos se puede siempre, en todo momento, contar. Y así puede irse a todas partes. Da gusto mandar esa milicia, tan decidida, tan valerosa. Son leones luchando».
[1] La Vanguardia, 21-2-1922.
[2] El Telegrama del Rif, 22-2-1922.
[3] El capitán Eduardo Covo Gómez entró en la Academia de Toledo en 1906 y llegó a Melilla en 1909 en la 2ª División Expedicionaria. En 1911 volvió a la península para regresar al combate en 1912. En 1913, siendo destinado a ametralladoras, comenzó a especializarse en el manejo de esta arma. Combatió hasta 1917 en el Zoco el Had, Yazanem, Monte Arruit, Zoco de Yemaa, Tauriat Hamed, Beni Salem, Saf el Haman, Kudia Riba, Megaret y Maida. En septiembre de 1920 fue destinado al Tercio, a la I Bandera que está creando Franco, pasando a mandar la 3ª compañía de ametralladoras. El 10 de octubre de 1921 en la operación para la toma del Gurugú fue herido de muerte. Franco en Diario de una Bandera escribe: «“…no es nada”, nos dice, “un balazo en el vientre”. ¡Pobre as de las ametralladoras! Su herida le había de causar la muerte». Herido gravemente consiguió llegar con vida al hospital donde fallecería el 12. Ese mismo día también cayeron los tenientes Joaquín Moore de Pedro y Antonio Rodríguez Cifuentes. Cfr. GARCÍA MOYA, Antonio: «Capitán Don Eduardo Covo Gómez, el As de las ametralladoras», La Legión. Revista de los Tercios y Apoyos, n.º 543 II/2018.
[4] GORROCHANO, Gregorio: “El as de la Legión”, ABC, 22-2-1922.
[5] El Debate, 22-2-1922; El Eco de Cartagena, 22-2-1922.
