A causa de la ausencia de relaciones diplomáticas entre España y la URSS, el organismo que se hizo cargo de las gestiones finales para la repatriación de los españoles fue la Cruz Roja francesa. En enero de 1954 se puso en contacto con el presidente de la CRE, duque de Hernani, para coordinar el operativo. A partir de este momento, el ministro de Exteriores, Martín Artajo, puso a trabajar a sus embajadores en Grecia y Turquía para la contratación del barco que recogería a quienes iban a ser liberados en el puerto de Odesa, en el mar Negro. Era un grupo humano complejo, integrado por 296 militares y civiles que habían llegado a la URSS por circunstancias muy diferentes:
- División Española de Voluntarios 208
- Legión Española de Voluntarios 7
- Escuadrilla de Aviación 10
- Clandestinos en Wehrmacht y Waffen-SS 21
- Productores 10
- Niños 4
- Marinos 19
- Pilotos 11
- Internados civiles 4
- Desconocidos 2
El 22 de marzo abandonaron Vorochilogrado en ferrocarril. Les esperaba un viaje largo, pues el tren se detuvo en numerosos apeaderos, y en uno de estos debieron permanecer veinticuatro horas, por diversos imprevistos relacionados con los preparativos para su marcha. El día 26 el tren se adentró en el puerto de Odessa. Aquí estaba ya amarrado el barco que les conduciría a España, el Semiramis, propiedad de un armador griego, de pabellón liberiano y con la bandera de la Cruz Roja.
Personal soviético se encargó de pasar lista para confrontar los nombres con las relaciones de repatriables que tenían preparadas. En la escalerilla del barco les saludó y fue apuntando sus nombres Marcelle Barry, la delegada francesa de la Cruz Roja, muy atenta y cariñosa con todos los exprisioneros.

Como ya había hecho en varios campos durante el cautiverio, el capitán Oroquieta asumió la condición de capitán más antiguo, marginando al capitán Asensi, y solicitó el envío de dos radiogramas, uno dirigido al jefe del Estado español y otro al ministro del Ejército, que publicaría la agencia Cifra cuatro días después, así como la respuesta del ministro: «Recibido vuestro mensaje. La Patria, llena de alegría y orgullosa de vosotros, os espera con cariño. Yo os abrazo, Muñoz Grandes».
Cada camarote estaba equipado con dos literas, que todos se apresuraron a probar, como si fuera la mejor de las camas. Además la Cruz Roja les proporcionó varios lotes de ropa, lo que ayudó a mejorar el aspecto de una parte de los exprisioneros, otros prefirieron conservar las prendas rusas de trabajo u otras que habían comprado o cambiado durante el viaje haciendo uso de los rublos ganados con su trabajo. Después regresaron a cubierta, para tratar de no perderse nada de su fantástico recorrido. La tensión, contenida hasta entonces por mil y una formalidades, se desató. Sería el paisaje marino, por repetido, y ahora tranquilo, tras unos días de mar bravío, el encargado de calmar los ánimos, y de provocar algunas indisposiciones. El capitán Palacios se relajó, por primera vez en muchísimo tiempo. Su semblante perdió el gesto duro. Repartió sonrisas y abrazos e intercambió frases plagadas de ilusión con sus compañeros. Después se retiró al camarote.
Al anochecer navegaban por el Bósforo. Hacia las nueve y media de la noche del 27, el Semiramis entró en el puerto de Estambul. En una lancha motora de la policía turca llegó hasta el barco la comisión de repatriación española. Presidía la comisión el embajador de España, señor Fiscowich, a quien acompañaban el director general de Política Europea, Aniel Quiroga, el presidente de la Cruz Roja española, duque de Hernani, acompañado de su homólogo francés, el delegado nacional de excombatientes, teniente coronel García Rebull, el coronel García del Castillo, dos capellanes, uno de los cuales había servido en la División 250, un inspector de la Policía, que era el comisario Armero, el inspector Gómez de la Dirección General de Seguridad, y un periodista que formaba parte del grupo gracias al beneplácito del embajador. Poco después llegaron cuatro periodistas que representaban a la agencia estatal de noticias, EFE, a la cadena de la Editorial Católica y a los diarios Arriba, que era el portavoz de Falange, y La Vanguardia. Los directores de los citados medios habían recibido instrucciones para orquestar una campaña de afirmación nacionalista y anticomunista, aunque esto no pareciera lo más conveniente cuando todavía quedaban algunos prisioneros en la URSS y se estaba negociando la repatriación de los «niños y niñas de la guerra» que habían expresado su deseo de regresar a España.

Los exprisioneros recibieron papel, sobres y todo lo necesario para que escribieran a sus familias. Esta correspondencia saldría en un avión rumbo a España a la mañana siguiente. En otra motora llegó al barco personal femenino de la Cruz Roja española. Todos se pusieron a hacer su trabajo. Las autoridades a realizar los saludos pertinentes, los periodistas a recabar el material para la crónica que enviarían a sus correspondientes empresas vía telegráfica esa misma noche, los policías a investigar sobre el comportamiento de los repatriados durante el cautiverio, tratando de disimular el objeto de sus preguntas, y las chicas de la Cruz Roja, en expresión de entonces, a repartir paquetes de regalo, obsequio de la Media Luna Roja de Turquía. Contenían ropa interior, tabaco y varios tipos de dulces, de los que los pasajeros dieron buena cuenta, algunos con cierta avidez de la que se arrepentirían unas horas después.
En cuanto el embajador abandonó el barco, el capitán Palacios volvió a su camarote, para acostarse. Apenas volvió a levantarse hasta que el barco llegó a su destino. Con quien más habló durante el viaje fue con un periodista-polizón, que era Torcuato Luca de Tena y Brunet. Este periodista deseaba hacer un gran reportaje y, si posible fuera, un libro sobre el tema de los prisioneros, preferentemente centrado en la figura de un oficial. Luca de Tena trabajaba como escritor y periodista y hacía además política, favorable a la restauración de la monarquía en la persona de Juan de Borbón, hijo del exrey Alfonso XIII, si bien dentro de los márgenes permitidos por el Gobierno. Era miembro de una conocida familia de periodistas y políticos monárquicos, nieto del fundador de la revista Blanco y Negro y del diario ABC y había sido recientemente designado miembro de la Real Academia Española. Al capitán Palacios le puso al día de su obra. En 1941 había publicado en Chile, donde su padre era embajador, su primer libro, Albor, de versos, al que siguieron, en 1945, Espuma, nube y viento, de poesía y prosa, ya publicado en España, El Londres de la post-guerra, recopilación de sus crónicas como corresponsal en la capital inglesa, Mr Thompson, su mundo y yo, a su regreso de Estados Unidos, y el ensayo La prensa ante las masas. En 1954 había publicado su primera novela, La otra vida del capitán Contreras, que sería llevada al cine por Vicente Escrivá, como guionista, y Rafael Gil, como realizador. Es posible que Luca de Tena no le contara entonces a Palacios que como director de ABC había durado un año, en 1952-1953, ya que tras sufrir varias multas y tener numerosos desencuentros con el ministro de Información, el falangista Gabriel Arias Salgado, había sido forzado a abandonar la dirección del diario por la Dirección General de Prensa. O tal vez sí, pues de alguna forma tenía que justificar que el resto de periodistas hubieran abandonado el barco y él se hubiera escondido para quedarse. Había sucedido que, estando en Madrid, se enteró de la repatriación de los españoles y solicitó autorización para formar parte del grupo de periodistas que viajaría a Estambul. Al serle denegado el permiso, Luca de Tena viajó a la capital turca y explicó su situación al embajador, quien le incorporó a la comitiva que iría al Semiramis. Después, cuando la representación española abandonó el barco, consiguió que alguien dijera que él había tenido que marcharse, para comunicar con su periódico, y, cuando el barco se hubo hecho a la mar, se excusó ante el capitán por su «torpeza» de no haberse dado cuenta al estar realizando una entrevista2. Luca de Tena dio a su primera crónica telegráfica, que sería publicada en página preferente del diario, el siguiente título: «Gritando “¡¡Viva Franco!! y ¡¡Viva España!!” llegaron anoche a Estambul 296 ex-cautivos de Rusia». Seguían referencias a la División Azul, que habría defendido «la civilización de Jesucristo», a los exprisioneros y a las gestiones del Gobierno para conseguir su liberación.
Palacios había tenido mucho tiempo para pensar durante los meses anteriores, cuando supo que tenía un futuro por delante y en España. Ahora, tumbado en la litera, no paró de darle vueltas a la cabeza. Cuando fue capturado tenía 29 años. Regresaba con 41 y la salud quebrada. Varios de sus compañeros tenían enfermedades pulmonares o de estómago y problemas de descalcificación en los huesos. Él había perdido más de quince kilos de su peso habitual y ganado una úlcera de estómago, a causa de la mala alimentación y la acumulación de situaciones de tensión nerviosa. Ahora no pensaba en sus responsabilidades militares ni en la posibilidad de una más o menos brillante carrera militar. Pensaba en sí mismo como hombre, como ser humano. Se hizo preguntas, reflexionó sobre lo que le gustaría hacer, en Potes, en Madrid o en otro lugar. Tenía en mente un proyecto importante, pero llevarlo a cabo no dependía solo de él.
Hacia las cinco de la mañana del día 28, el barco levó anclas y prosiguió su ruta, rumbo a El Pireo para después surcar el mar Mediterráneo hasta la costa española. El presidente de la Cruz Roja francesa, Georges Brouardel, había negociado con el duque de Hernani que el barco haría escala en el puerto francés de Marsella para que aquellos exprisioneros que no desearan regresar a España tuvieran la opción de rehacer su vida en la Europa democrática, algo que no llegaron a saber la mayoría de los prisioneros que optaron por quedarse en la URSS. Incluso organizaciones de exiliados españoles en Francia intentaron hacer llegar a quienes viajaban en el Semiramis su deseo de recibirles en tierras francesas, pero parece improbable que esa invitación llegase a bordo. La delegación española, tras recibir instrucciones del Gobierno, impuso un itinerario directo a Barcelona, sin escalas; después uno de los repatriados sería autorizado a viajar a Francia.
Llegada a Barcelona
El día 30, el Semiramis navegaba frente a las costas de Sicilia. En la crónica publicada ese día en ABC, Luca de Tena hizo referencia a varios repatriados, oficiales y soldados, pero fue al capitán Palacios a quien dedicó más espacio, seguido de los capitanes Oroquieta y Asensi. Parece evidente que, con antelación, el periodista se había informado sobre Palacios, tal vez hablando con su cuñado Ramón, y que, una vez en el barco, se acercó deliberadamente a él, antes que a otros oficiales. Le dedicó dos párrafos para exaltar su comportamiento durante la «Guerra de Liberación» y la campaña en la URSS con la «División Azul». El día 1 de abril, a la altura de Baleares, el capitán del barco sintonizó varias emisoras de la radio española, que dedicaban atención constante a los pasajeros. Radio Nacional de Barcelona emitía un programa especial, con la presencia en las ondas de varios de sus familiares, que les dirigieron las palabras que lograron articular.
Cuando a las cinco de la tarde del 2 de abril el Semiramis asomó en la bocana del puerto de Barcelona lo hizo acompañado de centenares de canoas, chalupas y pesqueros que, empavesadas con los colores nacionales, habían salido a su encuentro. Varias horas antes, tanto el puerto como los miradores de Montjuich y las Ramblas se habían llenado de gente que agitaba banderas españolas y, en menor medida, falangistas, pese a que personal de las organizaciones dependientes del partido único, el Frente de Juventudes, la Sección Femenina y la Guardia de Franco, se habían encargado de repartirlas por las calles. No cabe duda de que para el ministro del Ejército, quien presidía el acto y ostentaba la representación de Franco, también debió de resultar muy especial ese día, pues el titular del cargo no era otro que el teniente general Agustín Muñoz Grandes, falangista y, años atrás, proalemán, entusiasta de Hitler y primer jefe de la División Española de Voluntarios. Franco le había nombrado para el cargo tres años atrás, cuando introdujo importantes cambios en el ejecutivo en beneficio de la derecha nacionalcatólica; si se decidió por Muñoz Grandes para el citado ministerio fue porque este general le era fiel y porque así mantenía cierto equilibrio entre las familias del régimen. Es digno de mención que el otro general jefe de la División, Esteban-Infantes, no fue invitado a participar en el recibimiento. También lo es que en ningún medio de comunicación se le mencione y, asimismo, que siempre que se hace referencia a un saludo entre Muñoz Grandes y un repatriado, ya sea en el barco o después en la ciudad, se cite al primero como «su jefe», cuando otro general había sido también el superior de la mayor parte de los repatriados y quien mandaba la División cuando tuvo lugar la batalla de Krasnyj Bor.
El barco se dirigió hacia el muelle de la estación marítima. Pese al ruido ocasionado por los cohetes, las sirenas de los barcos y el griterío de la gente que les esperaba, y de los propios prisioneros, emocionados, Palacios intentó hacerse oír entre sus compañeros. No sabemos si lo consiguió. Sí que deseaba desde hacía tiempo dirigirles estas breves palabras: «Esta es la puerta grande de que yo os hablaba en Rusia». A continuación, los oficiales estrecharon la mano de todos los suboficiales, cabos y soldados, y les desearon suerte. En ese momento los ministros del Ejército y el secretario del Movimiento, Raimundo Fernández Cuesta, subieron al barco por una escalerilla, acompañados del delegado nacional de Sanidad, el falangista Agustín Aznar, y el presidente de la Junta Central de Recompensas del Ministerio del Ejército. Otros, familiares, fotógrafos y curiosos subieron por la escala de cuerda, burlando la cadena de guardias de seguridad en torno al buque. Les siguieron varias decenas más, por los puentes bajos de popa.

Al descender del barco, los repatriados se vieron rodeados de los suyos, familiares y amigos y, por supuesto, de los numerosos periodistas y fotógrafos, de las miles de personas que habían ido a recibirles, por identificarse con lo que había representado la «División Azul», y por multitud de curiosos deseosos de no perderse el recibimiento. Las fotografías y las imágenes de NO-DO reflejan mucha emoción, de los repatriados, de sus familiares y del resto de asistentes; un fotógrafo, Carlos Pérez de Rozas, decano de los fotógrafos barceloneses, sufrió allí un infarto y fallecería horas después. Conforme descendían, los repatriados eran abrazados por sus familiares y después agasajados por personal civil, militar y falangista. La Delegación Provincial del Ministerio de Información y Turismo les entregó una tarjeta de bienvenida y ejemplares de la prensa local y nacional, así como de la revista El Español, de los diarios deportivos, revistas taurinas y cinematográficas.
Se suponía que, hacia las siete de la tarde, los pasajeros se dirigirían en autocar a la basílica de Nuestra Señora de la Merced, redentora de cautivos, para rezar una salve en acción de gracias por su liberación. Pero a causa del enorme gentío, una parte de los autobuses no lograron cubrir el itinerario y optaron por dirigirse directamente al Hospital Militar del Generalísimo, donde se hizo a todos un breve reconocimiento y los enfermos quedaron ingresados. La Sección Femenina y la improvisada, no sabemos si contando con los interesados, Hermandad de Familiares de Caídos y Prisioneros de Excombatientes de la División Azul les obsequiaron con una bolsa con la inscripción «A los prisioneros de Rusia. Bienvenida a la Patria. ¡Arriba España! 1941-1954» y el siguiente contenido: un rosario, dos medallas de la Merced y de la Virgen del Pilar, una camisa azul, una botella de vino generoso, dos de champagne, un botellín de anís, dos botellas de leche, tres paquetes de cigarrillos “Bisonte”, un cuarterón de tabaco picado, cuatro cajas de cerillas, dos libritos de papel de fumar, una caja de galletas, una pastilla de chocolate, otra de turrón de Jijona, una bolsa de peladillas y un billetero monedero con un emblema de la División Azul que contenía toda la moneda fraccionaria española en billetes y metálico, desde cincuenta pesetas para abajo. También les fue entregada una bolsa con fruta variada y una caja de naranjas obsequio de los sindicatos barceloneses. El teniente coronel jefe del hospital había recibido además, de un barcelonés anónimo, 14.000 pesetas en metálico para distribuirlas y 27 cajones de botellas de cerveza.
Los repatriados apenas habían tenido tiempo para reflexionar sobre algunas cuestiones que no tardarían en ser muy criticadas en ambientes falangistas, los cuales, una vez más, trataron de apropiarse esta parte de la historia de la División Española de Voluntarios/División 250 de la Wehrmacht. Gustara o no, llamó la atención que la ceremonia de recibimiento fuera muy corta, y la implicación del gobierno escasa. Puede pensarse que este procedimiento y la presencia de Muñoz Grandes al frente del Ministerio del Ejército eran elementos contradictorios. Pero Franco sabía que no debía permitirse la exaltación continuada de unos hombres que habían combatido con el uniforme alemán. La afirmación nacionalista y el anticomunismo no debían ser mezclados ahora con otra cosa, léase el recuerdo de la alianza con el Tercer Reich. Nada de esto debía enturbiar el logro alcanzado con los pactos con Estados Unidos y el concordato con el Vaticano, firmados el año anterior, y menos aún la labor de la diplomacia española para alcanzar el ingreso en la ONU, que llegaría un año después. Motivos poderosos para que no hubiera un discurso oficial de recibimiento, ni un mensaje de Franco a los recién llegados. El sentimiento general en el partido fue de decepción. Por varios motivos. No importó mucho que los dos ministros no acudieran a la misa, aunque el obispo les estuvo esperando casi dos horas, con el templo lleno de gente, ya que Muñoz Grandes acudió al hospital. Lo que molestó fue la ausencia de discursos y que, al parecer, no se autorizara la llegada de los repatriados en ferrocarril a Madrid, para un recibimiento oficial y multitudinario, que debería recordar la salida y regreso del primer reemplazo de la División, en 1941-1942. Durante los días siguientes se extendió el rumor de que personal de Falange en Barcelona y Madrid lo había planeado así, sin consultar a los interesados, y que en la estación de ferrocarril de Barcelona hubo incidentes entre falangistas y la Policía Armada. Otro rumor decía que el Gobierno había retrasado la llegada del Semiramis a España para que los excautivos no llegaran antes del 1 de abril, y así no pudieran participar en el desfile de la victoria, algo en lo que, en realidad, no se había pensado en medios militares.
Como dijimos, todavía quedaban en la URSS algunos cautivos españoles. El Gobierno no dio ninguna información sobre ellos durante estos días y tampoco sobre las gestiones hechas para la liberación de los que ya estaban en España. En palabras del ministro del Ejército: «no se han regateado esfuerzos para que la repatriación fuese una realidad. No se pueden hacer distingos entre las personas y entidades que colaboraron en este gran deseo del Gobierno. Todo se ha podido realizar felizmente gracias a la Divina Providencia».
